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¿CUÁNDO Y
POR QUÉ
NACIÓ EL
TRIBUNAL DE
LA
INQUISICIÓN?
El primer
tribunal
inquisitorial
para juzgar
delitos
contra la fe
nació en el
siglo XIII.
Fue fundado
por el Papa
Honorio III
en 1220 a
petición del
emperador
alemán
Federico II
Hohenstaufen,
que reinaba
además en el
sur de
Italia y
Sicilia.
Parece que
el emperador
solicitó el
tribunal
para mejorar
su
deteriorada
imagen ante
la Santa
Sede
(personalmente
era amigo de
musulmanes y
no había
cumplido con
la promesa
de realizar
una cruzada
a Tierra
Santa) y
pensó que
era un buen
modo de
congraciarse
con el Papa,
ya que en
aquella
época el
emperador
representaba
el máximo
poder civil
y el Papa,
el religioso
y, era
conveniente
que las
relaciones
entre ambos
fueran al
menos
correctas.
El romano
pontífice
exigió que
el primer
tribunal
constituido
en Sicilia
estuviera
formado por
teólogos de
las órdenes
mendicantes
(franciscanos
y dominicos)
para evitar
que se
desvirtuara
su misión,
como de
hecho
intentó
Federico II,
al utilizar
el tribunal
eclesiástico
contra sus
enemigos.
—¿Existía en
el siglo
XIII alguna
razón de
justificara
la creación
de ese
tribunal que
consideraba
la herejía
como delito
punible?
—Conviene
aclarar que
los primeros
teólogos
cristianos
de la talla
de
Tertuliano,
San Ambrosio
de Milán o
San Martín
de Tours
sostuvieron
que la
religión y
la violencia
son
incompatibles.
Eran más
partidarios
de la
doctrina
evangélica
que
recomienda
corregir y
amonestar a
quien
dilapida el
bien común
de la fe. La
represión
violenta de
la herejía
es, como ha
señalado
Martín de la
Hoz, un
error
teológico de
gravísimas
consecuencias,
implicado en
la íntima
relación que
de hecho se
trabó entre
el poder
civil y la
Iglesia en
la Edad
Media. La
herejía pasó
a ser un
delito
comparable
al de quien
atenta
contra la
vida del
rey, es
decir, de
lesa
majestad,
castigado
con la
muerte en
hoguera como
en el siglo
IV, bajo los
emperadores
Constantino
y Teodosio.
A principios
del siglo
XIII
aparecieron
dos herejías
(albigense y
valdense) en
el sur de
Francia y
norte de
Italia.
Atacaban
algunos
pilares de
la moral
cristiana y
de la
organización
social de la
época.
Inicialmente
se intentó
que sus
seguidores
abandonaran
la
heterodoxia
a través de
la
predicación
pacífica
encomendada
a los recién
fundados
dominicos;
después se
procuró su
desaparición
mediante una
violenta
cruzada. En
esas
difíciles
circunstancias
nace el
primer
tribunal de
la
Inquisición.
—Es lógico,
pues, que la
Inquisición
resulte una
institución
polémica.
—Desde
luego,
porque,
afortunadamente,
hoy sabemos
que es
injusto
aplicar la
pena capital
por motivos
religiosos.
Los
católicos de
fin del
siglo XX
conocemos la
doctrina del
Concilio
Vaticano II
sobre la
libertad
religiosa,
que
coincide, en
sus
planteamientos
básicos con
la de muchos
teólogos
cristianos
de los
cuatro
primeros
siglos de
nuestra era.
Por este
motivo, el
Papa Juan
Pablo II en
su Carta
Apostólica
Tertio
Milenio
Adveniente
(10-11-94)
ha subrayado
la necesidad
de revisar
algunos
pasajes
oscuros de
la historia
de la
Iglesia para
reconocer
ante el
mundo los
errores de
determinados
fieles,
teniendo en
cuenta la
unión
espiritual
que nos
vincula con
los miembros
de la
Iglesia de
todos los
tiempos.
—¿Entonces,
la «leyenda
negra», más
que leyenda
es una
realidad
histórica?
—Es preciso
advertir que
la polémica
sobre la
Inquisición
se nutre de
otra actitud
muy distinta
a la ya
expuesta; me
refiero a la
ignorancia
histórica,
la falta de
contextualización
de los
hechos, el
desconocimiento
de las
mentalidades
de épocas
pasadas, la
escasez de
estudios
comparativos
entre la
justicia
civil y la
inquisitorial...
Todo esto
contribuye a
formar no
sólo una
polémica
justificada
sino una
injusta
leyenda
negra en
torno a la
Inquisición.
—¿Qué hay,
pues, de
verdad sobre
la actividad
de la
Inquisición,
concretamente
en España?
—Se formaron
los primeros
tribunales
en 1242, a
partir de un
Concilio
provincial
de
Tarragona.
Dependían
del obispo
de la
diócesis y,
por regla
general, su
actuación
fue
moderada.
Con la
llegada de
los Reyes
Católicos al
poder, el
Santo Oficio
cambió de
modo
notable.
Isabel y
Fernando
consideraron
que la
unidad
religiosa
debía ser un
factor clave
en la unidad
territorial
de sus
reinos. La
conversión
de las
minorías
hebrea y
morisca era
la condición
para
conseguirlo;
algunos se
bautizaron
con
convencimiento,
otros no y
éstos fueron
perseguidos
por la
Inquisición.
En 1478 los
Reyes
Católicos
consiguen
del Papa
Sixto IV una
serie de
privilegios
en materia
religiosa,
entre ellos,
el
nombramiento
del
Inquisidor
General por
la monarquía
y el control
económico
del Santo
Oficio. Por
otra parte,
la actitud
de los
cristianos
ante las
comunidades
judía y
morisca en
España fue
muy variada
a lo largo
de la
Historia.
Había judíos
asentados en
España desde
el final del
Imperio
Romano.
Durante la
etapa
visigoda
fueron
tolerados y
perseguidos
en distintas
épocas.
Algunos
reyes
castellanos
y aragoneses
supieron
crear
condiciones
de
convivencia
pacífica,
pero el
pueblo llano
no miraba
con buenos
ojos a los
hebreos
prestamistas
(el interés
anual legal
de los
préstamos
ascendía al
33%); además
se les
consideraba,
de acuerdo
con una
actitud muy
primaria,
culpables de
la muerte de
Jesucristo.
El malestar
se
transformó a
finales del
siglo XIV en
revueltas y
matanzas
contra los
judíos en el
sur y
levante
español.
Los Reyes
Católicos no
sentían
animadversión
personal
contra los
hebreos (el
propio rey
Fernando
tenía sangre
judía por
parte de
madre) y en
su corte se
hallaban
financieros,
consejeros,
médicos y
artesanos
hebreos. Los
judíos
vivían en
barrios
especiales
(aljamas) y
entregaban
tributos
directamente
al rey a
cambio de
protección.
El deseo de
unión
religiosa y
de evitar
matanzas
populares
impulsaron a
los Reyes a
decretar la
expulsión de
los judíos
españoles
(unos
110.000) en
marzo de
1492. La
alternativa
era recibir
el bautismo
o abandonar
los reinos,
aunque se
preveían
consecuencias
económicas
negativas en
los
territorios
españoles.
Sólo unos
10.000
hebreos se
adhirieron a
la fe
cristiana y,
entre ellos,
bastantes
por
intereses no
religiosos.
Entonces
surgió el
criptojudaísmo,
la práctica
oculta de la
religión de
Moisés
mientras se
mantenía
externamente
el
catolicismo.
Contra estos
falsos
cristianos,
como se ha
dicho, actuó
la
Inquisición.
Respecto a
los
moriscos,
unos 350.000
en el siglo
XV, la
política fue
similar. Se
intentó de
modo más o
menos
adecuado su
conversión
tras la toma
de Granada,
pero al
comprobar
que su
asimilación
no era
satisfactoria
se procedió
a la
expulsión de
los no
conversos,
tras
violentos
enfrentamientos,
en 1609,
bajo el
reinado de
Felipe III.
Durante el
siglo XVII
aparece con
fuerza el
fenómeno
social de la
limpieza de
sangre: para
acceder a
determinados
cargos u
oficios era
necesario
ser
cristiano
viejo, es
decir, no
tener sangre
judía o
morisca en
los
antepasados
recientes.
—¿Qué
delitos
juzgaba el
Tribunal de
la
Inquisición
y cuáles
eran las
penas?
—Inicialmente
el tribunal
fue creado
para frenar
la
heterodoxia
entre los
bautizados:
las causas
más
frecuentes
eran las de
falsos
conversos
del judaísmo
y
mahometismo;
pronto se
añadió el
luteranismo
con focos en
Sevilla y
Valladolid;
y el
alumbradismo,
movimiento
pseudo-místico.
También se
consideraban
delitos
contra la
fe, la
blasfemia,
en la medida
que podía
reflejar la
heterodoxia,
y la
brujería,
como
subproducto
de
religiosidad.
Además, se
perseguían
delitos de
carácter
moral como
la bigamia.
Con el
tiempo se
introdujo el
delito de
resistencia
al Santo
Oficio, que
trataba de
garantizar
el trabajo
del
tribunal.
La pena de
muerte en
hoguera se
aplicaba a
hereje
contumaz no
arrepentido.
El resto de
los delitos
se pagaban
con
excomunión,
confiscación
de bienes,
multas,
cárcel,
oraciones y
limosnas
penitenciales.
Las
sentencias
eran leídas
y ejecutadas
en público
en los
denominados
autos de fe,
instrumento
inquisitorial
para el
control
religioso de
la
población.
Desde el
siglo XIII,
la Iglesia
admitió el
uso de la
tortura para
conseguir la
confesión y
arrepentimiento
de los reos.
No hay que
olvidar que
el tormento
era
utilizado
también en
los
tribunales
civiles; en
el de la
Inquisición
se le dio
otra
finalidad:
el acusado
confeso
arrepentido
tras la
tortura se
libraba de
la muerte,
algo que no
ocurría en
la justicia
civil. Las
torturas
eran
terribles
sufrimientos
físicos que
no llegaban
a mutilar o
matar al
acusado.
—Una figura
inevitable
en la
polémica
sobre la
Inquisición
es
Torquemada.
¿Es tan
fiero el
león como lo
pintan? ¿Qué
hubo en los
juicios
contra
Carranza y
Antonio
Pérez?
—Fray Tomás
de
Torquemada
fue
Inquisidor
General
entre 1485 y
1496. Gozó
de la
confianza de
los Reyes
Católicos.
Lo cierto es
que no
existe
todavía una
biografía
definitiva
sobre este
importante
personaje.
Desde luego
sentía
animadversión
hacia los
judíos e
influyó
decisivamente
en el
decreto de
expulsión de
1492, sin
embargo no
era
sanguinario,
como cierta
leyenda
injustificada
pretende
hacernos
creer,
aunque sí es
obvio que
presidió el
tribunal en
años de
intensa
actividad .
No obstante,
redactó una
serie de
normas y
leyes para
garantizar
el buen
funcionamientos
del tribunal
y evitar
abusos.
Carranza era
arzobispo de
Toledo y
Primado de
España. Fue
acusado
injustamente
de
luteranismo
y condenado
a la pena
capital por
la
inquisición
española;
por tratarse
de un
prelado, la
causa se
inició con
el permiso
de Roma y
fue revisada
por el Papa
que no vio
motivos
proporcionados
para tal
veredicto.
Aunque éste
no llegó a
aplicarse,
Felipe II
destituyó a
Carranza
para
subrayar la
autonomía
del tribunal
español
respecto a
la Santa
Sede.
Antonio
Pérez era
secretario
del rey y
fue acusado
de
asesinato;
como
consiguió
huir de la
justicia de
Castilla, la
Inquisición
le imputó de
ciertos
cargos para
poder
detenerlo.
El reo salió
de España y
dio a
conocer su
caso en las
cortes de
Francia e
Inglaterra.
Es un claro
ejemplo de
utilización
política del
tribunal por
parte del
rey, que
supo airear
oportunamente
su antiguo
secretario.
Por otra
parte, los
casos de
Carranza y
Pérez ponen
de relieve
algo
característico
del Tribunal
de la
Inquisición:
su poder no
hacía
distinciones
a la hora de
acusar a
prelados,
cortesanos ,
nobles o
ministros;
fue, en ese
sentido, un
tribunal
democrático
con una
jurisdicción
sólo
inferior a
la del Papa.
—¿Cuál fue
la actitud
del Santo
Oficio
español ante
la brujería?
—En España
hubo pocos
casos de
brujería en
comparación
al resto de
Europa. Fue
un fenómeno
más
destacado
entre la
población
bautizada de
los
territorios
americanos,
por el apego
a sus ritos
y
tradiciones
seculares.
En la
Península
fueron
desgraciadamente
famosas las
brujas de
Zugarramurdi
(Navarra)
condenadas
en 1610.
Desde
entonces se
tuvo en
cuenta la
acertada
observación
de un
inquisidor,
para quien
cuanto menos
se hablara
de ellas,
menos casos
habría; la
Inquisición
prefirió
considerarlas
personas
alucinadas o
enfermas.
—Otra
cuestión
espinosa que
suscita la
Inquisición
es el número
de víctimas
¿es posible
saber
cuántas
fueron?
La
Inquisición
tuvo una
larga vida
en España:
se instauró
en 1242 y no
fue abolida
formalmente
hasta 1834
durante la
regencia de
María
Cristina.
Sin embargo,
su actuación
más intensa
se registra
entre 1478 y
1700, es
decir,
durante el
gobierno de
los Reyes
Católicos y
los Austrias.
En cierto
sentido no
se puede
calcular el
número de
personas
afectadas
por la
Inquisición:
la migración
forzosa de
millares de
judíos y
moriscos; la
deshonra
familiar que
comportaba
una
acusación
del tribunal
durante
varias
generaciones;
la obsesión
colectiva
por la
limpieza de
sangre, lo
hacen
imposible.
Respecto al
número de
ajusticiados
no hay datos
definitivos
porque hasta
ahora no se
han podido
estudiar
todas las
causas
conservadas
en archivos.
Aunque
parciales,
son más
próximos a
la realidad
los estudios
realizados
por los
profesores
Heningsen y
Contreras
sobre 50.000
causas
abiertas
entre 1540 y
1700:
concluyen
que fueron
quemadas
1.346
personas, el
1,9% de los
juzgados. Es
posible,
aunque la
cifra no sea
definitiva,
que los
ajusticiados
a lo largo
de la
historia del
tribunal
fueran unos
5.000.
Afortunadamente,
el
cristianismo,
a diferencia
de las
ideologías,
tiene
siempre una
doctrina
buena,
cierta y
definitiva
que le
permite
rectificar
los errores
prácticos en
los que
pueden
incurrir
algunos de
sus
miembros: el
Evangelio.
Jorge
BALVEY
(*) Beatriz
Comella es
licenciada
en Geografía
e Historia.
Imparte
seminarios
de Historia
y Filosofía
en el
Colegio
Mayor
Zurbarán de
Madrid. Ha
publicado,
además del
libro
indicado, un
ensayo sobre
el caso
Galileo;
colabora en
la Agencia
Aceprensa y
con
artículos de
opinión en
unos 60
diarios y
revistas. |