Por ROBERT SPAEMANN *
EL PADRE DE NUESTRO GREMIO filosófico, Sócrates, fue
invitado a proponer un castigo que le pareciera adecuado para
sancionar su atentado contra la political correctness
de Atenas. Respondió con una provocación al tribunal al solicitar,
como benefactor de su patria, poder comer todos los días gratis
en el palacio de gobierno. Fue sobre todo esta desvergüenza
la que le hizo merecer la pena de muerte. Como buenos demócratas,
los atenienses eran sensibles a todo lo que consideraban arrogancia.
Los tiempos cambian, como se puede ver en esta celebración en
el palacio del Gobierno de Navarra. Según he oído, el presidente
Miguel Sanz nos va a ofrecer -aunque solamente hoy, y
no a diario- algo de comer y beber. Pero antes me ha hecho entrega
de esta preciosa medalla, que me otorgan mis colegas de la Facultad
de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra, después
de que me hubieran hecho uno de los suyos al concederme hace
años el doctorado honoris causa.
¡Y todo esto en el palacio del gobierno! ¿Qué ha cambiado a
este respecto en comparación con los tiempos de Sócrates?
Un filósofo tiene que hacer aquí examen de conciencia. ¿Acaso
se ha vuelto políticamente correcto en lugar de ser un correctivo?
¿Es posible que la sociedad llegue a interesarse por la filosofía?
Se trata aquí del interés por plantear públicamente cuestiones
cuyo ocultamiento es, precisamente, lo que asegura la estabilidad
de nuestra vida cotidiana. Es decir, hablamos de las así llamadas
"preguntas últimas".
Es justamente la reflexión y el discurso continuado acerca de
estas "preguntas últimas" lo que define a la filosofía. Para
sí misma, la filosofía no conoce tabúes. Pero ella piensa en
el sentido de los tabúes vigentes en la vida pública. "El que
dice que no es necesario honrar a los dioses ni amar a los padres
no merece argumentos, sino una reprimenda", escribe Aristóteles.
La filosofía puede decir por qué esto es así. Y lo dice con
argumentos. Esto sólo es posible cuando también se permite argumentar
en contra, como ocurre en el seminario filosófico. Aquí debe
ser legítimo defender la inmoralidad, la ley del más fuerte,
la eutanasia o el racismo. Pero este es también el ámbito donde
se puede comprender por qué en la sociedad -allí donde no se
trata de la búsqueda de la verdad, sino de la praxis- no se
puede defender todo. La filosofía es esencialmente anarquista
y sólo puede cultivarse en un ámbito de anarquía teórica. Aunque
ella está muy lejos de trabajar a favor de la anarquía práctica.
ESTADO, SOCIEDAD Y FILOSOFÍA
¿Qué interés pueden tener el Estado y la sociedad por la filosofía?
¿Qué interés puede tener que los fundamentos del orden social
se conviertan en objetos de la reflexión crítica Precisamente,
el estado moderno no deriva su legitimidad de la verdad de determinadas
convicciones, sino de la corrección procedimental de sus mecanismos
de decisión. Non veritas sed auctoritas facit legem,
dice Thomas Hobbes. Pero conviene tener claro que la
legalidad procedimental proporciona legitimidad tan sólo mientras
esos procedimientos alumbran decisiones que están de acuerdo
con las intuiciones humanas elementales acerca de la justicia.
Se puede prescindir de las cuestiones relativas a la verdad
y la justicia sólo en la medida en que la paz interna constituya
el supremo valor absoluto.
Pero hay siempre circunstancias en las que los hombres consideran
que no vale la pena conservar esta paz. Circunstancias en las
que se puede afirmar, con Bertold Brecht: "Hemos decidido
temer más nuestra mala vida que la muerte". No es posible desterrar
del discurso público la pregunta acerca de la vida buena. Pero
esta es la pregunta propia de la filosofía. Y una sociedad sólo
es libre en la medida en que posibilita ese discurso. La filosofía
no depende del reconocimiento social. La reflexión libre sobre
las "preguntas últimas", en diálogo con los que las han pensado
desde antiguo, tiene siempre lugar, incluso cuando los que lo
hacen se ven obligados a ganarse a duras penas el sustento como
bibliotecarios, limpiadores de ventanas o presidiarios. Pero
la experiencia muestra que los sistemas que intentan aislar
a los filósofos de esta manera son mucho más inestables que
las sociedades libres, que pagan a los profesores de filosofía
sin prescribirles lo que tienen que enseñar.
CÓMO HACER INOFENSIVAS LAS OPINIONES
Esto se puede entender como una refinada estrategia de inmunización.
Los filósofos y los otros intelectuales pueden hablar todo lo
que quieran. Es la manera más segura de hacer inofensivas sus
opiniones. De hecho, los escritores han comprobado con frecuencia
que la influencia de los intelectuales disidentes es mucho mayor
en estados con una libertad de expresión limitada que en las
sociedades libres. Aquí, lo que el filósofo sabe o cree saber
no tiene más valor que el de una opinión entre otras. Los filósofos
no pueden pretender que la distinción entre doxa y episteme,
entre opinar y saber, o la diferencia entre un filósofo y un
sofista, encuentre un reconocimiento social general.
Es la misma filosofía la que hace inteligible esa diferencia.
Para el estado no hay diferencias entre filósofos y sofistas,
como, por lo demás, ya ocurría en la Atenas de los tiempos de
Sócrates. No obstante, ese estado tiene cierto interés
en la existencia y actividad de esos hombres: es el interés
por que los procesos sociales no se desarrollen de manera puramente
espontánea y violenta, sino bajo la forma de un debate basado
en argumentos.
Es el mismo interés que fundamenta la obligación de acudir a
juicio con un abogado. El hecho de que una de las partes disponga
del mejor abogado no significa que la justicia esté de su lado.
Es igualmente improbable que ninguna de las partes tenga razón.
Puede ocurrir perfectamente que una de las partes tenga toda
la razón y disponga a la vez del peor abogado. En cualquier
caso, la obligación de contar con un abogado defensor está bien
fundada. No es deseable que las partes se ataquen con violencia
o que expresen mediante gritos la urgencia de sus intereses.
Deben más bien argumentar. Y es el juez el que al final sopesa,
no intereses, sino fundamentos y argumentos a favor de intereses.
Filósofos y sofistas, los intelectuales en general, son abogados
defensores del conjunto de la sociedad.
COMO A VECES SOMOS ÚTILES...
Los filósofos son también otra cosa, pero esto sólo lo entienden
ellos mismos y los otros filósofos. No hay motivo para pagarles
por ello o distinguirlos con premios. Pero como a veces resultamos
útiles como ciudadanos gracias a nuestra competencia argumentativa,
de modo ocasional se nos da de comer públicamente en el pritaneo.
Doy gracias por ello sinceramente y de corazón. En este caso,
mi corazón latió más fuerte cuando oí el nombre del premio que
recibo: Roncesvalles. No hubiera sido posible imaginar algo
más romántico. Nin tampoco algo que fuera más importante para
una democracia. Las democracias sólo pueden resultar buenas
y duraderas cuando las almas de sus ciudadanos no son democráticas.
Por fortuna, los demócratas de los países libres emplean en
el trato el término "señor" y no otros como "ciudadano" o "camarada".
En el ámbito político, hoy no sabríamos qué hacer con una figura
como Carlomagno. Por eso mismo es de la mayor importancia
que encuentre un trono en el corazón de cada europeo. En política
es más importante la capacidad para el discurso que la habilidad
en el manejo de las armas.
Pero sólo los que conservan vivo el recuerdo de la espada de
Rolando merecen ser escuchados. En política no importa
tener razón sin más, sino que esa razón sea reconocida públicamente.
Pero sólo merecen ese reconocimiento los que consideran, siguiendo
la inspiración socrática, que es mejor sufrir la injusticia
antes que cometerla. Sócrates y Rolando merecen ser recordados
más por su muerte que por su vida.
Si la filosofía deja de ser la doctrina de la buena muerte,
tampoco lo es de la vida buena. Entonces desaparece, deja de
existir y ya no quedarán más que los sofistas.
*Biografía:
Robert Spaemann es profesor emérito de la Universidad de Munich.
Además, ha sido profesor visitante en las Universidades de Río
de Janeiro, Salzburgo, París (La Sorbona), Berlín, Hamburgo,
Zurich o Moscú. También se le ha galardonado con diversas distinciones:
doctor honoris causa por las Universidades de Friburgo (Suiza),
Santiago de Chile, Universidad Católica de América y Universidad
de Navarra. Ha recibido también la Medalla Tomás Moro (1982)
y la Cruz del Mérito de Alemania (1ª clase, 1987). Asimismo,
es "Officier de I"Ordre des Palmes Academiques" (1988), miembro
fundador de la Academia Europea de las Ciencias y de las Artes
y miembro de la Academia Pontificia Pro Vita en Roma.
Su obra está principalmente dedicada al ámbito de la filosofía
práctica. Destacan sus escritos Crítica de las utopías políticas
(1977, 1980), Ética: Cuestiones fundamentales (1987), Lo natural
y lo racional: Ensayos de antropología (1987, 1989), Felicidad
y benevolencia (1991) y Personas: Acerca de la distinción entre
algo y alguien (1996, 2000).
De la revista Nuestro Tiempo Nº 564. Junio 2001. (Págs.
47-51)
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