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Autor:
Ramiro
Pellitero Arvo.net,
13/01/2008 Publicado en: Análisis
Digital Fecha:
15/12/07
En
la película “Vidas contadas” (Jill Sprecher,
2002) queda claro que la historia de cada uno se entreteje con la
de los demás. La vida no parece justa muchas veces: “La
fortuna sonríe a algunos y se ríe de otros”
-dice un personaje-, y la felicidad puede convertirse “en
una maldición”. Incluso los que tienen fe pueden
sentir la tentación de “tirar la toalla” ante
las dificultades. Pero es patente el valor tanto de la fe como de
la libertad.
Le
cuesta más entenderlo al profesor de Física,
acostumbrado a la “irreversibilidad” de las leyes de
la materia. Sin embargo, desde el principio intuye que la
realidad personal funciona de otra manera; él quiere “lo
que todos queremos: vivir la vida, despertarme animado, ser
feliz”, y para eso huye “de una vida predecible, del
aburrimiento”; aunque se equivoca casi siempre en los
medios, y pocas veces se pone en el lugar de los demás.
walking distance" de la Universidad, esto es, una casa a una
distancia desde la que pudiera ir paseando cada mañana a
su despacho sin necesidad de coger el coche ni de tener que
preocuparse luego de aparcarlo.
Se
ve cómo los gestos de las personas cambian los
acontecimientos, para bien (una actitud amable, una sonrisa) o
para mal (una venganza, un desprecio). Nuestras decisiones
influyen en la vida de los demás. Que “el ser humano
necesita de 45 centímetros de espacio personal” debe
de ser un consuelo en Manhattan -símbolo por antonomasia
de la vida moderna-, donde es difícil evitar mezclarse con
los otros. Además hay que contar con que necesitamos
tiempo para rectificar, aunque el tiempo también se acaba.
“El juez está a la puerta…, consideramos
felices a aquellos que resistieron”, dice un predicador en
la película. Hasta el final, todo puede arreglarse o
estropearse: “A veces -dice otro personaje- la gente tiene
suerte: se le concede una segunda oportunidad”. En todo
caso, el destino no está escrito, sino que con Machado
habría que concluir: “se hace camino al andar”.
Para
Saint-Éxupéry, somos como ramas que pertenecemos a
un mismo árbol. Y Josemaría Escrivá
predicaba que “ninguna persona es un verso suelto, sino que
formamos parte de un mismo poema divino, que Dios escribe con el
concurso de nuestra libertad”. Por tanto, que “Dios y
yo” es lo único importante, es una verdad a medias,
como reconocía Newman en una especie de retractación.
Y el Concilio Vaticano II proclamó que “Dios quiso
santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados
entre sí, sino constituirlos en un pueblo”, la
familia de Dios (la Iglesia, como germen de la solidaridad entre
todos los pueblos).
En
su encíclica sobre la esperanza cristiana, Benedicto XVI
critica que la edad moderna haya sustituido el “Reino de
Dios”, por el “reino del hombre”, entendido el
hombre como materia sin libertad. Pero también habla de
una necesaria “autocrítica del cristianismo
moderno”, para que se comprenda mejor a sí mismo
desde sus propias raíces. Cabe preguntarse en este sentido
si no habremos caído, muchos cristianos, en el “mito
del progreso” (materialista) o en una fe que no ha sido
suficientemente pensada y hecha cultura, de manera que hayamos
contribuido a la idea de que el mensaje del Evangelio es
individualista.
Afirma
el Papa que, en Jesús, Dios “nos ha amado hasta el
extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su
conjunto” y que "estar en comunión con
Jesucristo nos hace participar en su ser para todos”. Sobre
esta base se apoya la fe en el juicio definitivo y el carácter
salvador de la esperanza cristiana. Es ciertamente –señala–
esperanza para mí, pero siempre es a la vez esperanza para
los demás, para los otros. Y por tanto el cristiano debe
plantearse no sólo la pregunta. “¿Cómo
puedo salvarme yo mismo?”, sino también: “¿Qué
puedo hacer para que otros se salven y para que surja también
para ellos la estrella de la esperanza? Entonces –concluye-
habré hecho el máximo también por mi
salvación personal”.
En
resumidas cuentas, Benedicto XVI dice que los cristianos hemos de
aprender de nuevo una “esperanza activa”, que nos
lleve a colaborar con los otros, en la oración, en el
trabajo, en el sufrimiento por sacar adelante las cosas buscando
la verdad y la justicia, y rechazando todo individualismo. Ya 150
años antes de Cristo, dijo Terencio: “Soy humano y
nada de lo humano me es ajeno”. En esa misma línea
con las luces del cristianismo, escribió Dostoievsky que
“todos somos responsables de todo”.
Al
final de “Vidas contadas”, se pregunta si la fe no es
“la antítesis de las pruebas” (porque no
probaría nada). En su segunda encíclica el Papa,
con la tradición cristiana, sostiene que la fe es la
“prueba” de lo que no se ve, la “sustancia”
de lo que se espera, la llave para la “vida eterna”.
Y la fe y la esperanza se prueban y se muestran por el amor. De
la esperanza de las personas tocadas por Cristo –señala-
“ha brotado esperanza para otros que vivían en la
oscuridad y sin esperanza”.
*Profesor
de Teología pastoral Universidad
de Navarra
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