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¡QUÉ LANCES!
Antonio Orozco Delclós
Arvo.net
05.12.2007
El pasado domingo, primero de
Adviento, a la hora del Angelus, el
papa Benedicto XVI, anunció a la
multitud reunida en la Plaza de San
Pedro la edición de su segunda
encíclica, titulada Spe salvi.
Corría ya difundida en los
medios veloces. De nuevo el sabio
Pontífice nos asombra con su
clarividencia teológica, filosófica,
histórica y espiritual. Con Juan
Pablo II podíamos resumir; exponía,
re-flexionaba, se ex-tendía... Cabía
resumir. Obras del profesor y
cardenal Ratzinger cabe resumirlas.
Al papa Benedicto XVI resulta poco
menos que imposible. Todo es
relevante. Todo es análisis en
síntesis. Ciertamente, salpica su
documento con ejemplos de santos.
Pero todo es importante; no se puede
prescindir de los ejemplos. Hay que
leer la encíclica de cabo a rabo y
después volver a leerla.
Por eso se agradece que el mismo
Papa nos ofrezca su "resumen", en el
que se descubre su intención
esencial, asequible a todos.
«Este domingo –me permito traducir
del italiano- es un día oportuno
para ofrecer a la Iglesia entera y a
todos los hombres de buena voluntad
mi segunda Encíclica, que he querido
dedicar precisamente al tema de la
esperanza cristiana. Se titula
Spe salvi, porque se abre con
las palabras de San Pablo: "En la
esperanza hemos sido salvados" (Rom
8, 24). En este, como en otros
pasajes del Nuevo Testamento, la
palabra "esperanza" va en estrecha
conexión con la palabra "fe". Es un
don que cambia la vida de quien lo
recibe, como demuestra la
experiencia de tantos santos y
santas. ¿En qué consiste esta
esperanza, tan grande y "fiable" que
nos insta a decir que en ella
nosotros tenemos la "salvación"?
Consiste, sustancialmente, en el
conocimiento de Dios, en el
descubrimiento de su corazón de
Padre bueno y misericordioso. Jesús,
con su muerte en cruz y su
resurrección, nos ha revelado su
rostro, el rostro de un Dios tan
grande en el amor al extremo de
comunicarnos una esperanza
irrompible; tan es así que ni
siquiera la muerte puede destruirla,
porque la vida de quien se fía de
este Padre, se abre al horizonte de
la eterna felicidad».
A continuación el Papa advierte el
contraste con la situación
generalizada en el mundo
contemporáneo, una de las raíces del
alejamiento de Dios, un error
lamentable; un error fundado en
supuestos desmentidos por la
realidad histórica. La ciencia ha
salido adelante gracias a la
confianza en la obra de una
Inteligencia Creadora – el Logos -
que confiere lógica inteligibilidad
– no caos - al universo. Pero
atendamos a sus palabras: «El
desarrollo de la ciencia moderna ha
confinado más y más la fe y la
esperanza a la esfera privada e
individual, de tal modo que hoy
resulta evidente, y acaso dramático,
que el hombre y el mundo tienen
necesidad de Dios -¡del Dios
verdadero!- de otra forma quedan
privados de esperanza. La ciencia
contribuye mucho al bien de la
humanidad – sin duda – pero no en
grado de redimirla. El hombre es
redimido por el amor, que hace buena
y bella la vida personal y social.
Por eso la gran esperanza, la plena
y definitiva, está garantizada
únicamente por Dios, por el Dios que
es el amor, que en Jesús nos ha
visitado y nos ha dado la vida, y en
Él volverá al final de los tiempos.
Es en Cristo que esperamos, ¡y es a
Él a quien esperamos! Con María su
Madre, la Iglesia va al encuentro
del Esposo: y lo hace con las obras
de caridad, porque la esperanza,
como la fe, se demuestra con el
amor.»
El
Papa concluía deseando «Buen
Adviento a todos». Había comenzado
enseñando que con el primer domingo
de Adviento «comienza un nuevo Año
litúrgico y así el Pueblo de Dios se
pone en camino para vivir el
misterio de Cristo en la historia».
Es decir, no evocamos una leyenda,
un mito, una fábula que sucedió no
se sabe cuándo, "érase una vez...".
Tenemos lugar y fechas documentadas,
personajes históricos.
Se conoce al Papa sabio, teólogo y,
en cierto sentido, filósofo,
sociólogo, psicólogo, lingüista,
historiador, en fin, culto como
pocos... Se conoce asimismo al Papa
melómano intérprete de Mozart en sus
ratos de merecido reposo. Tal vez
algún día hayamos de aventurarnos a
desvelar las entretelas de su
corazón germánico y descubrir, con
sorpresa,
impresa en letras de oro la Copla
de Juan de la Cruz:
Tras de un amoroso lance
y no de esperanza falto
volé tan alto tan alto
que le di a la caza alcance.
Papa poeta y místico. Se le dan bien
los lances. No le teme a toro alguno
por afilada que resulte su
cornamenta y poderosa la
musculatura. ¡Qué lances! Lutero,
Kant, Engels, Marx, Lenin,
la escuela de Francfort, Max
Horkheimer y Theodor W. Adorno,
... Algunos todavía no se han
enterado de la fiesta, ni de que va,
ni de por quién lucen las estrellas.
Es hora de despertar del sueño.
¡Bienvenidos a la Esperanza! Tal vez
entre de tal modo en el alma que nos
despliegue las alas con poderosa
envergadura y alcancemos el Amor
definitivo. No habrá que temer
episódicos estrellamientos. No
puedes "subir" -escribe san
Josemaría-. -No es extraño:
¡aquella caída!... / Persevera y
"subirás". -Recuerda lo que dice un
autor espiritual: tu pobre alma es
pájaro, que todavía lleva pegadas
con barro sus alas. / Hacen falta
soles de cielo y esfuerzos
personales, pequeños y constantes,
para arrancar esas inclinaciones,
esas imaginaciones, ese decaimiento:
ese barro pegadizo de tus alas. / Y
te verás libre. -Si perseveras,
"subirás" [Camino 991].
Esperanza dinámica, en acción íntima
que refluye al entorno personal, a
los otros yo que nos rodean y
alcanza - vuelo de águilas, amoroso
lance - en una suerte de bálsamo
ecológico espiritual rigurosamente
imprescindible. ¡Bienvenidos a la
fiesta! |