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Lluis Clavell
Universidad de la Santa Cruz
(Roma)
www.opusdei.es,
03.05.2008
www.arvo.net,
06.05.2008
El reto peculiar de la
etapa histórica que
vivimos consiste –en
gran medida– en lograr
comunicar la novedad de
Cristo a quienes
consideran que se trata
de una figura de algún
modo superada. Artículo
del profesor Lluís
Clavell.
A lo largo de su
extraordinario pontificado,
Juan Pablo II convocó a
todos los cristianos a la
tarea de evangelizar
aquellos países y ambientes
que, a causa de un largo
proceso de secularización,
ya no conocen a Cristo.
Muchos apenas han oído
hablar de Jesús y, a la vez,
se sienten insatisfechos
ante las propuestas terrenas
más difundidas en la opinión
pública; otros han escuchado
o leído algo sobre su
Persona, pero en realidad la
conocen superficialmente o
poseen una imagen
deformada.
El reto peculiar de la etapa
histórica que vivimos
consiste –en gran medida– en
lograr comunicar la novedad
de Cristo a quienes
consideran que se trata de
una figura de algún modo
superada.
Benedicto XVI ha querido
asumir plenamente esta
misión: en sus homilías,
discursos, escritos, se
advierte cómo busca modos de
ponernos en contacto con el
verdadero Cristo y de
suscitar la amistad con Él.
Muchos, creyentes y no
creyentes, corresponden a
este empeño, como se aprecia
en la creciente atención que
se presta a las palabras del
Papa y en el notable aumento
de las personas que acuden a
la plaza de San Pedro para
oírle. También las colas
constantes para rezar ante
la tumba de Juan Pablo II
son una prueba de la
reacción positiva de la
gente a la llamada de la
nueva evangelización, y de
la indeleble necesidad que
el corazón humano tiene de
Dios.
FACILITAR EL ENCUENTRO
CON JESUCRISTO
En Pentecostés, el Espíritu
de Verdad se presentó en
forma de lenguas de fuego
sobre María y los
discípulos. Los Apóstoles
hablaron con palabras que
los millares de peregrinos
presentes en Jerusalén esos
días comprendieron en su
propio idioma.
Hoy, como entonces, el
Consolador nos impulsa a
emplear unas argumentaciones
y un lenguaje que se ajusten
a cada ambiente y a cada
persona. La situación
cultural, política y
mediática plantea la
exigencia de encontrar
razones convincentes para
los diferentes contextos
sociales, de elaborar ideas
que atraigan, y de ofrecer
soluciones positivas a las
dificultades.
Se trata de dar motivaciones
sólidas y comprensibles, de
modo sereno, respetuoso y
amable, como recomienda la
primera carta de San Pedro:
glorificad a Cristo en
vuestros corazones, siempre
dispuestos a dar respuesta a
todo el que os pida razón de
vuestra esperanza; pero con
mansedumbre y respeto[1].
Ahora, como en los primeros
pasos de la Iglesia, sólo un
mejor conocimiento del
rostro amable de Jesucristo
y una amistad más profunda
con Él nos permitirán
sorprender a nuestros
contemporáneos con una
noticia esperanzadora y
alegre: la que supone
descubrir al Señor como el
único capaz de llenar con
creces los dolorosos vacíos
de sentido en los que tantas
veces se angustian.
Benedicto XVI insiste en la
necesidad de fortalecer la
razón, y en la importancia
que ha tenido, ya en sus
orígenes, el encuentro del
cristianismo con la
tradición filosófica
helénica. Su primera
encíclica, Deus caritas
est, es un ejemplo de su
voluntad de reconciliar
razón y fe en el núcleo
mismo del cristianismo, el
amor divino: «la naturaleza
específica de la fe es la
relación con el Dios vivo,
un encuentro que nos abre
nuevos horizontes mucho más
allá del ámbito propio de la
razón.
Pero, al mismo tiempo, es
una fuerza purificadora para
la razón misma. Al partir de
la perspectiva de Dios, la
libera de su ceguera y la
ayuda así a ser mejor ella
misma. La fe permite a la
razón desempeñar del mejor
modo su cometido y ver más
claramente lo que le es
propio»[2].
La fe se presenta como amiga
de la razón, como una
iluminación trascendente,
como una luz más potente que
se infunde en nuestra
inteligencia humana; pero
Benedicto XVI reivindica
también el papel que la
razón puede desempeñar como
instancia crítica de la
religión misma.
La razón, abierta a la
trascendencia, a la búsqueda
de la verdad, proporciona
–desde la perspectiva
cristiana– una base para el
diálogo con otras creencias;
más aún, es un recurso
fundamental para que la
religión no degenere en
superstición. De este modo,
se puede decir que la razón
pertenece al núcleo de la
tarea del teólogo, y también
a la existencia teologal
cristiana, en la medida en
que –como recordaba el Papa,
citando a Manuel II
Paleólogo– «no actuar según
la razón es contrario a la
naturaleza de Dios»[3].
A la luz de la Revelación
cristiana, que enseña cómo
en el principio era el
Logos
[4], la razón
amplía su uso: no se cierra
en las realidades sensibles,
sino que su apertura a la
verdad alcanza de algún modo
los interrogantes
fundamentales del hombre, y
es capaz de purificar la
forma en la que se vive la
fe
[5]. La fe y la
razón «son como las dos alas
con las cuales el espíritu
humano se eleva hacia la
contemplación de la verdad»[6].
AMPLIAR EL HORIZONTE DE
LA RAZÓN, UNA TAREA
UNIVERSITARIA
Al abordar las relaciones
entre la razón y la fe, el
cristiano debe contar con la
diversidad de las ciencias.
Actualmente, la
especialización es una
característica patente en la
organización de las
ciencias; gracias a ella,
además, el progreso
científico ha recibido en el
último siglo un notable
empuje.
En bastantes ocasiones, sin
embargo, es probable que el
científico sea llevado por
su mismo trabajo a
plantearse cuestiones que
nunca podrá resolver con su
propio método de
conocimiento; esta carencia
muestra la necesidad de
estimular la colaboración
entre los expertos de las
distintas ramas del saber,
para aunar enfoques y llegar
así a una síntesis novedosa.
La búsqueda de una nueva
armonía entre fe y razón es
una tarea especialmente
propia de la Universidad.
Ésta se debería convertir en
«un gran laboratorio en el
que, según las diversas
disciplinas, se elaboran
itinerarios siempre nuevos
de investigación en una
confrontación estimulante
entre fe y razón (...). ¿No
es una aventura que
entusiasma? Sí, lo es
porque, moviéndose dentro de
este horizonte de sentido,
se descubre la unidad
intrínseca que existe entre
las diversas ramas del
saber: la teología, la
filosofía, la medicina, la
economía, cada disciplina,
incluidas las tecnologías
más especializadas, porque
todo está unido»
[7].
En la Universidad, se
condensa la universalidad de
los conocimientos humanos y
se manifiesta la dependencia
entre el crecimiento de la
persona humana y el plan
creador divino: la
investigación –como
cualquier otro trabajo
honesto– enriquece nuestro
habitar el mundo, al tiempo
que propone a cada
generación un compromiso con
el futuro.
Para realizar esta gran
aventura de síntesis
cultural, Benedicto XVI
sugiere un camino: «la razón
científica moderna ha de
aceptar simplemente la
estructura racional de la
materia y la correspondencia
entre nuestro espíritu y las
estructuras racionales que
actúan en la naturaleza como
un dato de hecho, en el cual
se basa su método.
Ahora bien, la pregunta
sobre el porqué existe este
dato de hecho, la deben
plantear las ciencias
naturales a otros ámbitos
más amplios y altos del
pensamiento, como son la
filosofía y la teología»
[8]. Los que
cultivan las ciencias
particulares han de abrirse,
por lo tanto, a un ámbito
superior capaz de iluminar
una multiplicidad de
resultados, en donde sea
posible percibir una
comprensión que dé unidad a
esos conocimientos: el mundo
alcanza su significado en la
capacidad unificadora de la
inteligencia, pero ésta ha
de desplegarse a un más allá
trascendente, que confiera
su sentido último a la
existencia.
Por otra parte, la apertura
universal de la razón afecta
también a los teólogos y a
los filósofos, que no pueden
aislarse y prescindir de las
otras ciencias. La filosofía
–de modo particular la
metafísica– utiliza
conocimientos de las demás
disciplinas y examina sus
presupuestos, tratando de
aclararlos y justificarlos.
Es un saber adecuado a las
cuestiones de principios,
pero de ningún modo hace
superfluas las demás
ciencias
[9].
Además, la apertura de la
razón reclama que filosofía
y teología reflexionen sobre
otras dimensiones de la
existencia humana, como son
las grandes experiencias
religiosas. «En el diálogo
de las culturas invitamos a
nuestros interlocutores a
este gran logos, a
esta amplitud de la razón.
Redescubrirla constantemente
por nosotros mismos es la
gran tarea de la
universidad»
[10].
UNA SÍNTESIS PERSONAL,
FRUTO DE LA UNIDAD DE VIDA
Las relaciones entre fe y
razón no se manifiestan sólo
en el ámbito universitario:
podemos considerar las
enseñanzas de Juan Pablo II
y Benedicto XVI como
llamamientos de la
Providencia a expresar mejor
la armonía entre la fe y la
razón.
Responder a esta llamada
obliga a cuidar la propia
formación y a considerar
cómo la fe ilumina la
inteligencia en nuestro
existir diario; supone poner
medios para que nuestra
razón sea católica.
En palabras de San Josemaría,
una mente auténticamente
cristiana debería poseer
amplitud de horizontes, y
una profundización enérgica,
en lo permanentemente vivo
de la ortodoxia católica;
–afán recto y sano –nunca
frivolidad– de renovar las
doctrinas típicas del
pensamiento tradicional, en
la filosofía y en la
interpretación de la
historia...; –una cuidadosa
atención a las orientaciones
de la ciencia y del
pensamiento contemporáneos;
–y una actitud positiva y
abierta, ante la
transformación actual de las
estructuras sociales y de
las formas de vida[11].
Como no todas las personas
tenemos las mismas
oportunidades, ni
capacidades, ni intereses
para profundizar en la
formación cultural, las
anteriores palabras se
concretarán en cada caso de
modo diverso; pero en todos
han de suponer un acicate
para considerar los medios
que ponemos en la tarea de
comprender mejor los
problemas de nuestro tiempo
y ser más incisivos en las
propuestas que aportamos.
La familiaridad con la
dimensión racional de la fe
es una parte fundamental de
la formación teológica de
todo cristiano, y
ciertamente un factor
importante del don de
lenguas que San
Josemaría pedía para el
apóstol moderno
[12].
Las lecturas de calidad
ayudan en muchos aspectos:
añaden razonamientos,
informaciones, cuidado del
lenguaje, educación de los
sentimientos y afectos... La
lectura puede ser un medio
muy apropiado para ampliar
los propios horizontes
formativos. Sin duda, la
lectura sosegada estimula la
formulación de nuevos
proyectos y permite
enjuiciar mejor las
informaciones –en ocasiones,
fragmentarias– que se
reciben desde los medios de
comunicación; pero, con
relativa frecuencia, algunos
estilos de vida dificultan
que el lector se acerque a
obras literarias o de
pensamiento que le podrían
enriquecer: la intensidad
del trabajo induce a muchas
personas a buscar un
descanso pasivo, como el que
proporcionan la televisión o
las novelas de pura
evasión.
Pensando en las nuevas
generaciones, es útil
recordar que la cultura
personal y colectiva depende
mucho del ambiente en el que
uno se ha formado. Por eso,
para rehabilitar la razón y
ejercitarla en armonía con
la fe, es decisivo que la
educación que se recibe en
la familia o en el colegio
ayude a apreciar, ya desde
la infancia, la belleza del
bien, de los comportamientos
virtuosos y de las obras
íntegramente acabadas. De
los padres, profesores,
tutores y amigos depende que
los jóvenes se aficionen
pronto a la lectura y
ejerciten cada vez más esa
participación en el Logos
divino que es la
inteligencia.
Otro ingrediente de la
mentalidad universal es la
actitud positiva y abierta
frente a las corrientes de
pensamiento. Para poder
desvelar a los hombres que
Cristo es la respuesta a sus
inquietudes, es necesario
mostrar que nos hacemos
cargo de los problemas y de
las soluciones que nos
propone el interlocutor, por
equivocadas que nos puedan
parecer.
Un ánimo auténticamente
católico y universal sabe
analizar y exponer la
posición del otro, incluso
cuando sea contraria a la
personal, con respeto, sin
ridiculizarla, tomándola en
serio, con todo el atractivo
que pueda tener.
Examinar con calma los
argumentos contrarios ayuda
a hacerse preguntas,
estimula a madurar las
propias ideas, a pensar
seriamente: es un modo de
razonar utilizado
frecuentemente por el Papa
Benedicto XVI. Omitir este
primer paso puede llevar a
los oyentes a aceptar algo
sin interiorizarlo, o a que
consideren –quizá con razón–
que la respuesta no responde
al problema planteado: el
argumento de autoridad tiene
una vigencia limitada y, de
hecho, en la mayor parte de
los temas no es suficiente;
por el contrario, penetrar
en las razones del otro
permite poner de relieve los
límites de esas ideas, por
muy generalizadas que estén,
en el momento oportuno y con
objeciones motivadas.
Sin un verdadero interés
desinteresado –es decir,
amoroso– por el otro, no
llegaremos nunca a
comprenderlo a fondo, como
es: sólo el amor entiende de
lo concreto.
LA ARMONÍA ENTRE RAZÓN Y
FE EN LA VIDA PÚBLICA
El uso de la razón en su
función argumentativa y
retórica ayuda a perder el
miedo a hablar de Dios en el
mundo profesional y público,
a no limitar la labor
apostólica al ambiente
privado, familiar y
amistoso.
La cultura actual exige que
los cristianos participen en
los debates públicos sobre
temas de interés general, y
que lo hagan manifestando su
unidad de vida. De este modo
se potenciará un debate
auténticamente sereno y
razonado, con un lenguaje
cuidado que contribuirá a la
convivencia pacífica.
Hoy, en algunos lugares, se
pretende poner como base del
diálogo político un cierto
relativismo, que ignora
cualquier concepción
trascendente del hombre.
Frecuentemente, se presenta
relacionado con la
tolerancia, como queriendo
afirmar que creer en Dios
incapacita para comprender
los problemas y necesidades
de quienes no tienen fe; o
incluso que el creyente, a
la hora de dialogar,
pretende imponer –aunque no
sea consciente de ello– unas
convicciones que son
puramente subjetivas.
Sin embargo, el relativismo
no es una condición para el
progreso, ni el resultado de
un mayor respeto a la
libertad; basta considerar
la historia para ver la
aportación decisiva del
cristianismo en el
descubrimiento de la
dignidad humana, de la
confianza en la razón y en
los valores de la libre
convivencia.
La fe no ha perdido ninguna
de sus virtualidades: por
eso, frente a las
dificultades de un ambiente
que relega lo religioso a lo
privado, el cristiano no
puede dejarse llevar por el
desánimo o por la tentación
de ocultar sus creencias.
Esto sería una manifestación
de tibieza, de comodidad y,
en definitiva, de no haber
captado la profunda relación
entre razón y fe.
El diálogo político requiere
aunar esfuerzos para
construir el bien común;
solicita de cada persona su
iniciativa, sus propuestas,
sus soluciones a los
problemas sociales. En este
sentido, la doctrina social
de la Iglesia propone «un
humanismo a la altura del
designio de amor de Dios
sobre la historia; un
humanismo integral y
solidario, que pueda animar
un nuevo orden social,
fundado sobre la dignidad y
libertad de la persona»
[13]. Quien no
hiciera oír su voz ante el
relativismo imperante no
sólo renunciaría a esa
concepción cristiana del
hombre, sino que abdicaría
de su propia intimidad, de
tal modo que privaría a los
demás de su personal
aportación al bien común.
Ciertamente, la Iglesia no
pretende imponer su fe a
quienes no la tienen; pero
la verdad de su concepción
del hombre pueden
reconocerla, al menos en
parte, los no creyentes. Una
de sus contribuciones a la
vida civil y política
consiste en ofrecer
argumentos racionales: «no
hay que olvidar que, cuando
las Iglesias o las
comunidades eclesiales
intervienen en el debate
público, expresando reservas
o recordando ciertos
principios, eso no
constituye una forma de
intolerancia o una
interferencia, puesto que
esas intervenciones sólo
están destinadas a iluminar
las conciencias,
permitiéndoles actuar libre
y responsablemente de
acuerdo con las verdaderas
exigencias de justicia»
[14].
En la mayoría de las
ocasiones no serán las
instituciones oficiales de
la Iglesia las que
intervengan en la discusión
pública, sino que
corresponderá a los fieles
laicos tomar las
decisiones concretas de
orden teórico o practico
–por ejemplo, en relación a
las diversas opiniones
filosóficas, de ciencia
económica o de política, a
las corrientes artísticas y
culturales, a los problemas
de su vida profesional o
social, etc.– que cada uno
juzgue en conciencia más
convenientes y más de
acuerdo con sus personales
convicciones y aptitudes
humanas[15].
Cada uno debe considerar
responsablemente, en la
presencia de Dios, cómo
puede colaborar en la
implantación de un orden
social que sea más justo,
que exprese mejor la
dignidad humana.
Aunque los políticos poseen
un compromiso más directo
con la edificación del bien
común, no es una tarea
reservada sólo a ellos.
Todos los cristianos están
llamados a cooperar con el
desarrollo social en sus
propias circunstancias:
dando ejemplo de justicia en
las relaciones
profesionales; colaborando
en iniciativas culturales o
de solidaridad, o en los
medios de comunicación; tal
vez quepa intervenir en
asociaciones profesionales,
o participar en una
conferencia...
Las posibilidades son
múltiples, y a cada uno
corresponde reconocer cuándo
se le presentan. Pero, en
definitiva, también en el
terreno de la opinión,
aunque no haya reglas
universales, convendrá
mostrar en muchos casos –de
un modo adecuado, pensando
en el público al que nos
dirigimos– que sin
Jesucristo falta la
perspectiva para comprender
el verdadero calado de
muchas situaciones; que toda
cuestión puede encontrar
respuesta desde una
perspectiva cristiana,
aunque a veces no sea fácil
formularla.
En esta nueva
evangelización, el cristiano
hace fecundo el don que Dios
le ha dado con el Bautismo.
Se sabe participe de la
misión real, profética y
sacerdotal de Cristo, y
confía en Él para que ponga
el incremento a su labor.
El creyente, enviado a la
viña por Quien mejor la
conoce, escucha con nueva
fuerza las palabras de Juan
Pablo II: «¡No tengáis
miedo! ¡Abrid, abrid de par
en par las puertas a Cristo!
Abrid a su potestad
salvadora los confines de
los Estados, los sistemas
tanto económicos como
políticos, los dilatados
campos de la cultura, de la
civilización, del
desarrollo. ¡No tengáis
miedo! Cristo sabe lo que
hay dentro del hombre. ¡Solo
Él lo sabe!»
[16].
Autor: Lluís Clavell
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[1] 1 Pe
3, 15-16.
[2] Benedicto XVI,
Litt. enc. Deus caritas
est, n. 28.
[3] Cfr.
Benedicto XVI, Discurso en
la Universidad de Ratisbona,
12-IX-2006
[4] Cfr. Jn
1, 1
[5] Cfr.
Benedicto XVI, Discurso en
la Universidad de Ratisbona,
12-IX-2006.
[6] Juan Pablo II,
Litt. enc. Fides et Ratio,
preámbulo.
[7] Benedicto XVI,
Discurso en la Universidad
Católica del Sacro Cuore,
Roma, 25-XI-2005.
[8] Benedicto XVI,
Discurso en la Universidad
de Ratisbona, 12-IX-2006.
[9] Cfr. Santo
Tomás de Aquino, Super
Boetium De Trinitate ,
III, q. 5, a. 1 ad 6.
[10] Benedicto
XVI, Discurso en la
Universidad de Ratisbona,
12-IX-2006.
[11] San
Josemaría, Surco, n.
428.
[12] Cfr. Ibid.,
nn.430, 899.
[13] Compendio
de Doctrina Social de la
Iglesia, n. 19.
[14] Benedicto
XVI, Discurso, 30-III-2006.
[15] San
Josemaría, Conversaciones,
n. 12.
[16] Juan Pablo
II, Homilía al inicio del
ministerio de Supremo Pastor
de la Iglesia, 22-X-1978.
Citado en Exhort. apost.
Christifideles laici, n.
34.
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