|
Por Card.
Joseph Ratzinger
en María, Iglesia naciente,
Ed. Encuentro, Madrid 1999, pp.
39-44
El siguiente punto de vista al
que quisiera referirme es la
doctrina de la mediación de
María, que el Papa [Juan Pablo
II] desarrolla muy ampliamente
en su encíclica [Redemptoris
Mater]. Sin duda, éste es el
punto en el que se concentrarán
más la discusión teológica y la
ecuménica. Es verdad que ya el
concilio Vaticano II mencionó
también el título «mediadora» y
habló de hecho de la mediación
de María (LG 60 y 62), pero este
tema nunca se había expuesto
hasta ahora en documentos
magisteriales de forma tan
amplia. La encíclica no va de
hecho más allá del Concilio,
cuya terminología hace suya.
Pero ahonda los planteamientos
de éste y les da con ello nuevo
peso para la teología y la
piedad.
Ante todo quisiera aclarar
brevemente los conceptos con los
que el Papa delimita
teológicamente la idea de la
mediación y previene contra
malentendidos; sólo entonces se
podrá comprender también
convenientemente su intención
positiva. El Santo Padre subraya
con mucha insistencia la
mediación de Jesucristo, pero
esta unicidad no es exclusiva,
sino inclusiva, es decir,
posibilita formas de
participación. Dicho de otro
modo: la unicidad de Cristo no
borra el «ser para los demás» y
«con los demás de los hombres
ante Dios»; en la comunión con
Jesucristo, todos ellos pueden
ser, de múltiples maneras,
mediadores de Dios unos para
otros. Éstos son hechos simples
de nuestra experiencia
cotidiana, pues nadie cree solo,
todos vivimos, también en
nuestra fe, de mediaciones
humanas. Ninguna de ellas
bastaría por sí misma para
tender el puente hasta Dios,
porque ningún ser humano puede
asumir por su cuenta una
garantía absoluta de la
existencia de Dios y de su
cercanía. Pero, en la comunión
con aquel que es en persona
dicha cercanía, los hombres
pueden ser mediadores los unos
para los otros, y de hecho lo
son.
Con ello, primeramente, la
posibilidad y frontera de la
mediación queda delimitada de
forma universal en la
coordinación con Cristo. A
partir de allí desarrolla el
Papa su terminología. La
mediación de María se funda
sobre la participación en la
función mediadora de Cristo;
comparada con ésta, es un
servicio en subordinación (n°.
38). Estos conceptos están
tomados del Concilio, lo mismo
que la siguiente frase: esta
tarea fluye «de la
sobreabundancia de los méritos
de Cristo, se apoya en su
mediación, depende completamente
de ella y de ella toma toda su
eficacia» (n° 22; LG 60). La
mediación de María se realiza,
por consiguiente, en forma de
intercesión (n° 21).
Todo lo dicho hasta aquí vale
para María lo mismo que para
toda colaboración humana en la
mediación de Cristo. En todo
ello, por tanto, la mediación de
María no se diferencia de la de
otros seres humanos. Pero el
Papa no se queda ahí. Aun cuando
la mediación de María está en la
línea de la colaboración
creatural con la obra del
redentor, es portadora, no
obstante, del carácter de lo
«extraordinario»; llega de
manera singular más allá de la
forma de mediación
fundamentalmente posible para
todo ser humano en la comunión
de los santos. La encíclica
desarrolla también esta idea en
estrecha conexión con el texto
bíblico.
[DIMENSIÓN
FEMENINA Y MATERNA DE LA
IGLESIA]
El Papa pone de manifiesto una
primera noción de la especial
forma de mediación de María en
una detenida meditación del
milagro de Caná, en el que la
intervención de María hace que
Cristo anticipe ya entonces en
el signo su hora futura -como
sucede continuamente en los
signos de la Iglesia, en sus
sacramentos-. La verdadera
elaboración conceptual de lo
especial de la mediación mariana
tiene lugar después,
principalmente en la tercera
parte, de nuevo con una
vinculación sublime de
diferentes pasajes de la
Escritura que en apariencia
distan mucho entre sí, pero que
precisamente juntos -¡la unidad
de la Biblia!- generan una
sorprendente luminosidad. La
tesis fundamental del Papa dice
así: el carácter único de la
mediación de María estriba en
que es una mediación materna,
ordenada al nacimiento
continuo de Cristo en el mundo.
Esa mediación mantiene presente
en el acontecer salvífico la
dimensión femenina, que tiene en
ella su centro permanente. Desde
luego, no queda espacio alguno
para eso allí donde la Iglesia
sólo se entiende
institucionalmente, en forma de
actividades y decisiones
mayoritarias. Ante esta
ostensible sociologización del
concepto de Iglesia, el Papa
recuerda unas palabras de Pablo
demasiado poco meditadas: «por
(vosotros) sufro de nuevo
dolores de parto, hasta ver a
Cristo formado en vosotros» (Ga
4,19). La vida surge, no por el
hacer, sino dando a luz, y
exige, por tanto, dolores de
parto. La «conciencia materna de
la Iglesia primitiva», a la que
el Papa hace referencia aquí,
nos interesa precisamente hoy
(n° 43).
Ahora bien, desde luego se puede
preguntar: ¿cómo es que debemos
ver esta dimensión femenina y
materna de la Iglesia concretada
para siempre en María? La
encíclica desarrolla su
respuesta con un pasaje de la
Escritura que a primera vista
parece decididamente contrario a
toda veneración de María. A la
mujer desconocida que,
entusiasmada por la predicación
de Jesús, había prorrumpido en
una alabanza del cuerpo del que
había nacido aquel hombre, el
Señor le opone estas palabras:
«Dichosos más bien los que oyen
la Palabra de Dios y la guardan»
(Lc 11,28). Con ellas conecta el
Santo Padre una palabra del
Señor que va en la misma
dirección: «Mi madre y mis
hermanos son aquellos que oyen
la palabra de Dios y la cumplen
(Lc 8,20s.).
Sólo en apariencia nos
encontramos aquí ante una
declaración anti-mariana. En
realidad, estos textos declaran
dos nociones muy importantes. La
primera es que, además del
nacimiento físico único de
Cristo, hay otra dimensión de la
maternidad que puede y debe
continuar. La segunda noción
es que esta maternidad, que
permite nacer continuamente a
Cristo, se basa en la escucha,
guarda y cumplimiento de la
palabra de Jesús. Ahora bien,
precisamente Lucas, de cuyo
evangelio están tomados estos
dos pasajes, caracteriza a María
como la oyente arquetípica de la
Palabra, la que lleva en sí la
Palabra, la guarda y la hace
madurar. Esto significa que, al
transmitir estas palabras del
Señor, Lucas no niega la
veneración de María, sino que
quiere conducirla precisamente a
su verdadero fundamento. Indica
que la maternidad de María no es
sólo un acontecimiento biológico
único; que, por tanto, ella fue,
es y seguirá siendo madre con
toda su persona. En Pentecostés,
en el momento en que la Iglesia
nace del Espíritu Santo, esto se
hace concreto: María está en
medio de la comunidad orante
que, mediante la venida del
Espíritu, se convierte en
Iglesia. La correspondencia
entre la encarnación de Jesús en
Nazaret por la fuerza del
Espíritu y el nacimiento de la
Iglesia en Pentecostés no se
puede pasar por alto. «La
persona que une ambos momentos
es María» (n° 24). En esta
escena de Pentecostés, quisiera
ver el Papa la imagen de nuestro
tiempo, la imagen del año
mariano, el signo de esperanza
para nuestra hora (nº 33).
Lo que Lucas hace visible con
alusiones entretejidas, el Santo
Padre lo encuentra plenamente
explicado en el evangelio de
Juan: en las palabras del
Crucificado a su madre y a Juan,
el discípulo amado. Las palabras
«Ahí tienes a tu madre» y
«Mujer, ahí tienes a tu hijo»
han fecundado desde siempre la
reflexión de los intérpretes
sobre el cometido especial de
María en la Iglesia y para la
Iglesia; con razón son el centro
de toda meditación mariológica.
El Santo Padre las entiende como
el testamento de Cristo
pronunciado desde la cruz. Allí,
en el interior del misterio
pascual, María es entregada al
ser humano como madre. Aparece
una nueva maternidad de María
que es fruto del nuevo amor
madurado a los pies de la cruz
(n°. 23). Queda así visible la
«dimensión mariana en la vida de
los discípulos de Cristo... no
sólo de Juan... sino de todo
discípulo de Cristo, de todo
cristiano». «La maternidad de
María, que se convierte en la
herencia del hombre, es un
regalo que Cristo hace
personalmente a cada ser humano»
(n°. 45).
El Santo Padre da aquí una
explicación muy sutil de la
palabra con la que el evangelio
cierra la escena: «Y desde
aquella hora el discípulo la
acogió en su casa» (Jn 19,27).
Ésta es la traducción a la que
estamos habituados; pero la
profundidad del acontecimiento
-así lo acentúa el Papa- sólo se
pone de manifiesto cuando
traducimos de forma totalmente
literal. Entonces el texto dice,
en realidad: él la acogió
dentro de lo suyo. Para el
Santo Padre, esto significa una
relación absolutamente personal
entre el discípulo -todo
discípulo- y María, un dejar
entrar a María hasta lo más
íntimo de la propia vida
intelectual y espiritual, un
entregarse a su existencia
femenina y materna, un confiarse
recíproco que se convierte
continuamente en camino para el
nacimiento de Cristo, que
realiza en el hombre la
configuración con Cristo. Así,
no obstante, el cometido mariano
arroja luz sobre la figura de la
mujer en general, sobre la
dimensión de lo femenino y el
cometido especial de la mujer en
la Iglesia (nº 46).
Con este pasaje se agrupan en
adelante todos los textos de la
Escritura que se entretejen en
la encíclica hasta formar un
tejido unitario. Pues el
evangelista Juan, tanto en el
episodio de Caná, como en el
relato de la cruz, llama a
María, no por su nombre, ni
«madre», sino con el título
«mujer». La conexión con Gn 3 y
Ap 12, con el signo de la
«mujer», queda así establecida
desde el texto, y, sin duda, en
Juan tras esta denominación está
la intención de elevar a María,
como «la mujer» en general, al
plano de lo universalmente
válido y de lo simbólico (13).
El relato de la crucifixión se
convierte así simultáneamente en
interpretación de la Historia,
en la referencia al signo de la
mujer que, de forma materna,
toma parte en la lucha contra
los poderes de la negación y en
este punto es signo de la
esperanza (n° 24 y n° 47). Todo
lo que se sigue de estos textos,
la encíclica lo resume en una
frase del Credo de Pablo VI:
«Creemos que la santísima Madre
de Dios, la nueva Eva, Madre de
la Iglesia, prolonga en el cielo
su tarea materna en favor de los
miembros de Cristo, cooperando
en el nacimiento y fomento de la
vida divina en las almas de los
redimidos» (nº 47).
(13)
Acerca del debate exegético
moderno sobre Jn 19,26s cf. R.
Schnackenburg, Das
Johannesevangelium III,
Friburgo de Brisgovia 6 1992,
pp. 321-328; R. E. Brown, K. P.
Donfried, J. A. Fitzmyer, J.
Reumann, Mary in the New
Testament, Filadelfia -
Nueva York 1978, pp. 206-218 [tr.
esp. María en el Nuevo
Testamento, Sígueme, Salamanca
1982]; N. M. Flanagan, Mary
in the Theology of John"s Gospel
Mar. 40 (1978) 110-120.
|