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EL PONDERAR DE MARÍA VIRGEN Y EL PENSAR CRISTIANO (Antonio Orozco)

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 EL PONDERAR DE MARÍA VIRGEN Y EL PENSAR CRISTIANO

 
Autor: Antonio Orozco
Fuente:
Escritos Arvo
Actualización en Arvo.net: 30.10.2009
 
 

APRENDER A PENSAR
CONCEBIR A CRISTO

 
 
La Virgen María ante el saludo del Ángel se para a pensar. Pensar, ponderar: pondus, peso, sopesar, gravedad… ¿Qué es hoy lo más grave? Lo más grave que sucede hoy día es que no sucede el pensar. Lo decía el profesor Leonardo Polo, allá por los años 60 del siglo pasado. Se pasa de pensar. Interesa no el pensamiento sino el "sensamiento". Se presta mucha atención a lo que "se siente", si se siente mucho o se siente poco, si lo siento o si no lo siento. Es un modo de pensar en cosas inestables, fluctuantes, inconsistentes. Es un pensamiento que es poco "pensamiento", se desarrolla casi en el vacío.
 
No se piensa en lo que hay y en lo que son en el fondo las cosas. No se piensa si son "medios" o "fines". Se renuncia a proseguir aquella tarea emprendida con tanto entusiasmo cuando éramos niños: averiguar el último porqué de las cosas. ¿Por qué, por qué, por qué…? Quizá nos dijeron alguna vez, «¡basta!¡porque sí!». Aquello nos rebelaba y frustraba la fuerza vital más fecunda de nuestro ser pensante. Un «porque sí» es un sinsentido. Admitir en el alba de la vida intelectual un «porque sí» es como iniciar el camino de la delincuencia o de la droga. Puede ser un camino sin retorno, hacía la filosofía del absurdo, de la náusea, del nihilismo, del materialismo que nos circunda.
 
Sin embargo "hay algo en las cosas que las convierte en cautivadora estancia del pensar" (J.M. Albareda). "Cualquier rayo de luz puede guiarnos hacia el sol" (Sertilanges). “Pensar, enseñar a pensar, aprender a pensar", es la triple obligación de la inteligencia» (A. LLano). Se trata sin duda de una obligación estrictamente moral, pues la razón es la facultad que Dios nos ha dado para descubrir el bien y regir toda nuestra conducta.
 
¿Por qué a menudo hay miedo a pensar, miedo a la luz y a la libertad del genuino pensador? Quizá porque cualquier rayo de luz nos guía hacia el sol, y no siempre el hombre se encuentra dispuesto a interesarse por la fuente que puede saciar su más profunda sed.
 
Permitidme unos párrafos de Balmes en El criterio: «El pensar bien consiste, o en conocer la verdad, o en dirigir el entendimiento por el camino que conduce a ella. La verdad es la realidad de las cosas... Si deseamos pensar bien, hemos de procurar conocer la verdad, es decir, la realidad de las cosas. ¿De qué sirve discurrir con sutileza, o con profundidad aparente, si el pensamiento no está conforme con la realidad? (cap. I, párr. I)
 
         El buen pensador procura ver en los objetos todo lo que hay, pero no más de lo que hay. Ciertos hombres tienen talento para ver mucho en todo; pero les cabe la desgracia de ver todo lo que no hay, y nada de lo que hay. Una noticia, una ocurrencia cualquiera, les suministran abundante materia para discurrir con profusión, formando, como suele decirse, castillos en el aire. Estos suelen ser grandes proyectistas y charlatanes.
 
         Otros adolecen del defecto contrario; ven bien, pero poco; el objeto no se les ofrece sino por un lado; si este desaparece, ya no ven nada. Estos se inclinan a ser sentenciosos y aferrados en sus temas. Se parecen a los que no han salido nunca de su país o pueblo: fuera del horizonte a que están acostumbrados, se imaginan que no hay más mundo, más ideas, mejores cosas.
 
         Un entendimiento claro, capaz y exacto, abarca el objeto entero. Lo mira por todos sus lados, en todas sus relaciones con lo que le rodea. La conversación y los escritos de esos hombres privilegiados se distinguen por su claridad, precisión y exactitud. En cada palabra encontramos una idea, y se ve que esta idea se corresponde a la realidad de las cosas. Ilustran, convencen, dejan plenamente satisfechos. Pensamos "sí, es verdad, tiene razón". Para seguirlos en sus discursos no necesitamos grandes esfuerzos; nos allanan el camino. Sólo se ocupa de hacernos notar con oportunidad los objetos que encontramos a nuestro paso. Si explican una materia difícil y abstrusa, también nos ahorran mucho tiempo y fatiga (cf. párr. III)
 
"Echase pues de ver que el arte de pensar bien no interesa solamente a los filósofos, sino también a las gentes más sencillas. El entendimiento es un don precioso que nos ha otorgado el Criador, es la luz que se nos ha dado para guiarnos en nuestras acciones; y claro es que uno de los primeros cuidados que debe ocupar al hombre es tener bien arreglada esta luz. Si ella falta nos quedamos a oscuras, andamos a tientas; y por este motivo es necesario no dejarla que se apague. No debemos tener el entendimiento en inacción con peligro de que se ponga obtuso y estúpido; y por otra parte, cuando nos proponemos ejercitarle y avivarle, conviene que su luz sea buena para que no nos deslumbre, bien dirigida para que no nos extravíe" (párr V)
 
 
 

CONCEBIR A CRISTO

 
No siempre concedemos su valor a lo que tenemos, a lo que hay en nuestra mente -«sólo» en nuestra mente-, como si no tuviera consistencia alguna, como si los pensamientos, intuiciones y conceptos tuviesen una existencia ideal no sólo en el sentido incorpóreo o inmaterial, sino también en el sentido de inconsistente, inoperante o transitorio y caduco, de cosa que va y viene, que pasa y se va sin dejar apenas un recuerdo cada día más diluido en el archivo oscuro de la memoria. Quizá el temor de creer –como ciertamente ha sucedido y sucede en la historia del pensamiento- que nuestra mente «crea» la realidad, como si las cosas existieran sólo en la medida en que las conozco y en tanto en cuanto son pensadas, nada más. No, mi pensamiento no crea el mundo, ni sus pobladores, ni a Dios. Pero conoce, descubre, y vive y crece conociendo y descubriendo. Y conociendo, ama. Y conociendo y amando la persona crece, se enriquece, va siendo «más».
 
Nuestro crecimiento como personas gravita y en cierto modo determina nuestra vida cotidiana, nuestra vigilia y nuestro sueño, nuestro trabajo y nuestro descanso. Nuestros heroísmos y nuestras vilezas, dependen de lo que conocemos. Ojos que no ven corazón que no siente. No siempre hacemos lo que sabemos bueno y evitamos lo que sabemos malo. A veces, como acontecía al apóstol Pablo «no hago el bien que quiero y en cambio hago el mal que no quiero». Pero si tengo la mente poblada de ideas buenas, de conceptos adecuados a la verdad, la bondad y la belleza, podré elegir y hacer la verdad, lo bueno y lo bello. De lo contrario, no. Si tengo juicios equivocados o confusos, si no sé distinguir el bien del mal, mi conducta, mi vida, podrá irá de mal en peor.
 
El saber no da por sí solo la virtud, la fortaleza de espíritu, el dominio de sí, la libertad de escoger lo que realmente quiero, pero facilita todo esto. De ahí la importancia de «poblar» bien, «amueblar» bien, «formar» bien nuestra cabeza, es decir, nuestra mente. Sólo así podré enfilar el camino de la verdad, del bien y de la belleza, de la sabiduría.
 
De lo que se halle en mi mente, depende lo hay en mi corazón, en mis manos, a mi alrededor, en «mi vida». Hay un camino que es verdad y vida, uno solo, muy ancho, polifacético y multiforme, pero uno sólo: Cristo. Él es a la vez Camino, Verdad y Vida, Dios y hombre verdadero. Y, antes de hacerse hombre, envió un ángel a la Virgen María para anunciarle que había sido escogida para ser Madre virginal de Dios Hijo, que en Ella se haría «carne», hombre de carne y hueso. Es decir, algo «increíble». Y la Virgen creyó. Acogió en su mente la palabra de Dios que a la vez era el anuncio de que el «Logos» («Palabra» y «Razón», Persona Segunda de la Trinidad) iba a encarnarse en su seno. Por la fe colosal de su capacidad inmensa de recibir con toda humildad el don de la palabra divina, concibe en su mente al «Logos» divino, entiende y concibe mentalmente el misterio de la Encarnación del Verbo. Y por haberlo concebido así en su mente «es mucho más bienaventurada que por haberlo engendrado físicamente. En Ella, preservada sin mancha de pecado y llena de gracia, Dios ha encontrado la 'tierra buena' en la que ha depositado la semilla de la nueva humanidad». (JPII, Ang. 7-XII-2004)
 
Estas palabras parecen una exageración, cómo decirlo, espiritualista. «María es mucho más bienaventurada porque ha creído en Cristo que por haberlo engendrado físicamente». Sin embargo, llevan dentro un carga inmensa de fe, de razón, de vida y de siglos, que bien podría causar un encendimiento de amor en un corazón abierto
 
¿No es grandioso esto? ¿No es para pararse a pensar? No es una simple opinión de Juan Pablo II. Tenemos testimonios del siglo III. Orígenes(a. 185 - 254), afirma que «El Señor abre el seno maternal del alma [cristiana], para que sea engendrado el Logos de Dios, y así el alma se haga Madre de Cristo" (Selecta in Genesim, PG 12, 124 C). «¿O no sabes - pregunta Orígenes, como cosa que hubiera de tenerse por sabida - que de la semilla de la palabra de Dios que se siembra nace Cristo en los corazones de los oyentes?" (Homilía sobre el Levítico, 12,1 7). Es una doctrina que de Orígenes pasó por muchos caminos y variantes - San Máximo Confesor, San Agustín, Juan Escoto Eurígena - hasta la mística alemana (cfr. Schmaus,Teología dogmática, t. V, p. 74)". SanGregorio Nacianceno(330-390) asegura que «cada alma lleva en sí como en un seno materno a Cristo. Si ella no se transforma por una santa vida, no puede llamarse Madre de Cristo. Pero cada vez que tú recibes en ti la palabra de Cristo, y le das forma en tu interior, modelándola en ti como en un seno materno por la meditación, tú puedes llamarte Madre de Cristo" (Sobre el ciego y Zaqueo, 4: PG 59, 605). Otro de los grandes Padres,San Gregorio de Niza, enseñará en resumidas cuentas que «el alma virgen concibe al Verbo y lo entrega al mundo».
 
En una de una las lecciones de la Liturgia de las Horas, se afirma que «también se puede decir que cada alma fiel es esposa del Verbo de Dios, madre de Cristo, hija y hermana, virgen y madre fecunda (análogamente, como María y la Iglesia). Todo lo cual, la misma Sabiduría de Dios, que es Palabra del Padre, lo dice universalmente de la Iglesia, de modo especial de la Virgen María, e individualmente de cada fiel. Por eso dice: Habitaré en la heredad del Señor. La heredad del Señor en su significado universal es la Iglesia, en su significado especial es la virgen María y en su significado individual es también cada alma fiel. Cristo permaneció nueve meses en el seno de María; permanecerá en el tabernáculo de la fe de la Iglesia hasta la consumación de los siglos; y en el conocimiento y en el amor del alma fiel por los siglos de los siglos» (Beato Isaac,Sermón51: PL 194, 1862-1863. 1865). Y en otro lugar recoge un texto de San Ambrosio, en el que, al referirse a las palabras de Isabel a María, «dichosa tú que has creído», dice: «Pero también vosotros sois dichosos porque habéis oído y creído, pues todo el que cree, como María, concibe y da a luz al Verbo de Dios y proclama sus obras.Que resida, pues, en todos el alma de María, y que esta alma proclame la grandeza del Señor; que resida en todos el espíritu de María, y que este espíritu se alegre en Dios; porque, si bien según la carne hay sólo una madre de Cristo, según la fe Cristo es fruto de todos nosotros, pues todo aquel que se conserva puro y vive alejado de los vicios, guardando integra la castidad, puede concebir en sí la Palabra de Dios. / El que alcanza, pues, esta perfección proclama, como María, la grandeza del Señor y siente que su espíritu, también como el de María, se alegra en Dios, su salvador; así se afirma también en otro lugar: Proclamad conmigo la grandeza del Señor" (San Ambrosio,Comentario sobre el Evangelio de San Lucas, libro 2, 19, 22-23. 26-27: CCL 14, 39-42; LIT HOR, 21 lect. del 21 de dic.; el texto subrayado lo cita San Josemaría Escrivá en Amigos de Dios, n. 281)
 
 
Por eso es tan importante «formar» a Cristo –Verdad, Bondad, Vida, Belleza…- en nuestra mente, para que nuestra vida se conforme con la suya. Tener una idea clara, un concepto claro de Cristo, tener en la mente una imagen cada vez más adecuada de Cristo es vital para el cristiano y para el mundo.
 
Santo Tomás de Aquino se fija en otra dimensión del misterio que consideramos. Dice que Cristo «tenía una generación eterna y otra temporal, y antepone la eterna a la temporal… Aquellos que hacen la voluntad de mi Padre le alcanzan según la generación celestial (... ). Todo fiel que hace la voluntad del Padre, esto es, que sencillamente le obedece, es hermano de Cristo, porque es semejante a Aquel que cumplió la voluntad del Padre. Pero quien no sólo obedece, sino que convierte a otros, engendra a Cristo en ellos, y de esta manera llega a ser como la Madre de Cristo" (Tomas de A.,Comentario sobre S. Mateo, 12, 49-50). La fe, unida a la pureza, a la piedad, a la caridad, nos hace hermanos, padres y madres de Cristo. Tiene más miga de lo que parece lo que decía Jesús muy cerca de su Madre: «quienquiera que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los Cielos, es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mt 12, 50).
 
Realmente, Dios es magnífico y sorprendente. Que se me disculpe la insistencia: nos lleva de asombro en asombro. El mundo sobrenatural de la gracia desconcierta a nuestros pobres esquemas humanos. Y así, en la Sagrada Escritura, se llama a Cristo "Padre", se le llama "Hermano", Primogénito entre muchos hermanos (San Pablo), y se le llama también Hijo:Puer natus est nobis, ¡nos ha nacido un hijo!, como cantamos en Navidad.
 
Es preciso esquivar la tentación de pensar que es excesivo todo esto. Es excesivo según las medidas humanas, pero Dios es mucho más grande y generoso de lo que podemos soñar. Sólo nos pide para obrar grandes prodigios una fe viva, coherente y consecuente, una fe con obras en el amor.
 
Por lo demás, de manera semejante a como la Virgen y San José, no necesitaron otro Hijo, porque en Cristo hallaban tanto la plenitud del cariño filial, como la plenitud de su propia paternidad o maternidad, así tampoco, ningún hombre, ninguna mujer cristiana,necesitanen rigor más hijos que el Hijo de Dios que se hace también Hijo suyo. De ahí que la virginidad y el celibato apostólicos son valores completos que no requieren, para plenificar a la persona, de la paternidad o la maternidad de la sangre.
 
Dios nunca deja de sorprendernos, y a quienes sacrifican las tendencias naturales, da una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo y las arenas de las playas. El celibato apostólico capacita para engendrar la vida de Cristo en muchísimas almas. Por eso San José podía llamarse perfectamente y de modo eminente «padre de Jesús», y a Jesús, «hijo de José», «hijo del artesano, del carpintero…». Por lo mismo, dice San Agustín: «A José no sólo se le debe el nombre de padre, sino que se le debe o más que a otro alguno». Y añade: «¿cómo era padre? Tanto más profundamente padre, cuanto más casta fue su paternidad (... ) El Señor no nació del germen de José. Sin embargo, a la piedad y a la caridad de José, le nació un hijo de la Virgen María, que era el Hijo de Dios» (Sermo51, 20: PL 38, 351).
 
Como advierte Fray Luis de León, «Tiene nombre de Hijo Cristo, porque el Hijo nace y porque le es a Cristo tan propio y, como si dijésemos, tan de su gusto el nacer que sólo El nace por cinco diferentes maneras, todas maravillosas y singulares. Nace, según la divinidad eternamente del Padre. Nació de la Madre virgen, según la naturaleza humana, temporalmente. El resucitar, después de muerto, a nueva y gloriosa vida para más no morir, fue otro nacer. Nace en cierta manera en la hostia, cuantas veces en el altar los sacerdotes consagran aquel pan en su cuerpo. Y, últimamente, nace y crece en nosotros mismos... » (En Los nombres de Cristo)
 
Cuando María entra en casa de Isabel, ésta, inspirada por el Espíritu Santo, exclama: «Dichosa tú que has creído. ¡Bendito el fruto de tu vientre!». En el Ave María, añadimos, con un acto de fe: «¡Jesús!». A cada cristiano que viva a fondo su fe en Cristo, perfecto Dios y perfecto hombre, nacido de María Virgen, habremos de decir: «¡Dichoso tú que has creído! ¡Bendito el fruto detu mente: Jesús!
 
Enviado por arvo.net - 30/11/2009 ir arriba

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