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VALORES DE LA MUJER (Jutta Burggraf)

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La mujer en el Magnificat

La concepción de la mujer según las interpretaciones del Magnificat
 

"Contemplo la recepción del Magnificat sobre todo bajo el aspecto de la concepción de la mujer, no pueden ser consideradas cuestiones exegéticas particulares, por lo demás muy interesantes, por ejemplo respecto de la composición, del autor o de su fecha..."

Por Jutta Burggraf *

Una mirada al ámbito germanohablante en el siglo XX .
 
Como resulta imposible tener en cuenta todas las interpretaciones, me limitaré al estudio de aquellas que surgieron o tuvieron repercusión en el ámbito de habla alemana, y trataré ejemplarmente algunas de ellas que me parecen especialmente significativas para nuestro tema. Puesto que contemplo la recepción del Magnificat sobre todo bajo el aspecto de la concepción de la mujer, no pueden ser consideradas cuestiones exegéticas particulares, por lo demás muy interesantes, por ejemplo respecto de la composición, del autor o de su fecha. Tampoco será posible dar un peso equilibrado a las diversas épocas, puesto que en el transcurso del tiempo la cuestión de la mujer ha adquirido cada vez más importancia. El punto esencial de mis consideraciones se situará por consiguiente en las últimas décadas del siglo pasado.

1. Consideraciones preliminares
 
Sin temor a exagerar puede afirmarse que la veneración de la Virgen ha sido sometida a oscilaciones enormes durante el siglo xx. En las primeras décadas se consideró, en círculos católicos, como una parte integrante e indiscutible de la práctica religiosa, existiendo desde los inicios el riesgo de que en algunos grupos extremos adquiriera también rasgos hipertróficos: después de la Segunda guerra Mundial la caracterizaba con particular evidencia la credulidad, la emocionalidad extremada y la manía de milagros y apariciones. A ello se añadió la tendencia a querer apoyarse meramente en leyendas en vez de en verdades históricas y objetivas
. Así se comprende que algunos contemplaron preocupados esta evolución hacia la decisión dogmática de 1950.

El Concilio Vaticano II puso diques a las exageraciones y dio un nuevo impulso, importante y necesario, para la renovación de la piedad mariana
. A pesar de ello, no se pudo impedir que perdiera en las décadas posteriores —sobre todo en Europa Central— una parte considerable de su resonancia. Asimismo, la investigación teológica de la época postconciliar se preocupó muy poco de la Madre de Jesús. En forma paralela, surgieron corrientes nuevas –muchas de ellas, bastante controvertidas- que redescubrieron a María para sí y se empeñaron en acercar su figura a los hombres con interpretaciones más bien arbitrarias. Se trata esencialmente de las teologías feminista y de liberación.

Constantemente se ha puesto de manifiesto que la evolución de la Mariología católica corrió pareja con la imagen católica de la mujer, incluso que ambas se dieron mutuamente notables impulsos. Y es evidente que en el siglo XX se transformó considerablemente no sólo la imagen de María, sino también la concepción de la mujer. “Cuanto más grande María, tanto más pequeña la mujer”, se ha señalado no sin un cierto sarcasmo y con bastante razón, al referirse a las primeras décadas
. Efectivamente, junto con María se idealizó también a la mujer; pero a esta alta estima en la teoría correspondió no raras veces un menosprecio en la práctica. “El hombre le hacía creer a la mujer que era una reina y la trataba como una esclava”, dijo Simone de Beauvoir en su célebre obra Le Deuxième Sexe, que se designó más tarde como “la biblia del feminismo”. Hasta qué punto este juicio se basa en la realidad es algo que sigue sometido a discusión; de todos modos, en aquel tiempo se hablaba con cierta unilateralidad de la subordinación de la mujer a su esposo, de la mujer como “ministro del interior de la familia”, cuyo lugar específico era el de estar con sus hijos y en su hogar. En el ambiente emprendedor del Concilio Vaticano II se produjo luego una saludable ampliación y profundización del enfoque. Numerosos teólogos se empeñaron en establecer una nueva formulación de la dignidad de la mujer. Sin embargo, sus aspiraciones loables fueron aprovechadas en ocasiones por una propaganda antieclesiástica y fueron conducidas cada vez más ampliamente hacia la crítica social atea. En este orden de ideas se transmitió no raras veces la impresión de que la imagen de la Virgen sólo podía tener efectos perturbadores sobre la emancipación y el progreso, lo que explica en parte que en los años sesenta y setenta se tomó una cierta distancia frente a ella. Distancia que parece haber sido superada a través de la ya mencionada visión nueva de la Madre de Jesús. En algunos de los enfoques contemporáneos la mujer ocupa —a la par que María— un lugar destacado; e incluso, a veces, se considera a ambas como aquellas que traerán la salvación a la humanidad.

Para estudiar más detenidamente estas corrientes hermenéuticas, la recepción de un hermoso texto del Evangelio según San Lucas se presta mejor que ningún otro lugar de las Sagradas Escrituras. Se trata del Magnificat de María (Lc 1,46-55), aquel magno encomio de la omnipotencia de Dios que se fundamenta en la vivencia de una maternidad extraordinaria
. María se coloca con este canto en la tradición profética de la fe de promisión veterotestamentaria, que halla su continuación y plenitud en el Nuevo Testamento, sobre todo en el Sermón de la Montaña (Lc 6,21ss.). Alaba a Dios como liberador de los oprimidos y humildes. El hecho de que sea precisamente una mujer quien da testimonio de una liberación global y en un lugar central del evangelio, ha sido convertido por algunos exégetas en piedra angular de sus conclusiones; otros autores, en cambio, apenas se han referido a esta circunstancia, restándole toda significación.

A continuación, me gustaría recalcar someramente la concepción de la mujer tal como emana de las interpretaciones del magnificat. Para ello, me atendré a las épocas de veneración de la Virgen en nuestro siglo tal como se esbozaron brevemente. Como resulta imposible tener en cuenta todas las interpretaciones, me limitaré al estudio de aquellas que surgieron o tuvieron repercusión en el ámbito de habla alemana, y trataré ejemplarmente algunas de ellas que me parecen especialmente significativas para nuestro tema. Puesto que contemplo la recepción del Magnificat sobre todo bajo el aspecto de la concepción de la mujer, no pueden ser consideradas cuestiones exegéticas particulares, por lo demás muy interesantes, por ejemplo respecto de la composición, del autor o de su fecha. Tampoco será posible dar un peso equilibrado a las diversas épocas, puesto que en el transcurso del tiempo la cuestión de la mujer ha adquirido cada vez más importancia. El punto esencial de mis consideraciones se situará por consiguiente en las últimas décadas del siglo pasado.
 
2. Desde el principio del siglo hasta el Concilio Vaticano II
 
En la primera mitad del siglo XX la Mariología se sirve en gran medida de una terminología simbólica y alegórica. La Madre de Dios se considera como “prototipo”, como “tipo” de la Iglesia
. Por lo general, se admiran sus privilegios, se recomiendan sus virtudes a los cristianos para que las imiten. Así se destacan en el contexto del Magnificat, por ejemplo, su gran amor al prójimo, su cortesía, su admiración agradecida frente a la pariente mayor. En la interpretación del canto se subraya frecuentemente su modestia, su discreción y temor a Dios.

Algunos se empeñan en captar el carácter público de su misión y dejan de lado, en general, lo específicamente
femenino
.

Una excepción interesante es el cardenal Michael von Faulhaber, que en sus famosas interpretaciones del Magnificat tomó postura expresamente respecto de las cuestiones femeninas en boga en aquel entonces. Con todo, este gran teólogo no es sospechoso de tergiversar el esquema propuesto anteriormente. Incluso podría esperarse una defensa de la imagen tradicional de la mujer; pues se conoce que el cardenal sostuvo la opinión de que la primacía del hombre sobre la familia estaba tan consolidada “como el granito del Sinaí
”, una tesis que a estas alturas resulta bastante controvertida. Lo que antes se consideraba “ley divina” en círculos teológicos se designa hoy no raras veces como “pecado estructural”.

Faulhaber consideró a la mujer un ser subordinado al hombre. Pero no la consideró inferior. Aquí se hace patente que seguía la línea de la llamada imagen católica “conservadora” de la mujer, cuyos representantes más serios recalcaron desde siempre que la “subordinación” no debía entenderse como valorativa. En sus observaciones al Magnificat el cardenal concedió a las mujeres cualidades espirituales y morales, y amplias posibilidades. Lo hizo sobre todo destacando a María como su representante y modelo
.

Pero enseguida surge un interrogante. ¿No se hacen aquí nuevamente elucubraciones idealistas acerca de lo “femenino”, pero sin considerar a las mujeres concretas, con sus preocupaciones e inquietudes específicas? Sin lugar a dudas, este no es el caso en el cardenal Faulhaber quien, muy por el contrario, hizo una serie de propuestas prácticas para la promoción de las mujeres e incluso llegó a presentarlas en forma abiertamente combativa. A modo de ejemplo, en 1910 se vio obligado a avisar que “la buena noticia del derecho a la formación de las mujeres no ha madurado hasta la actualidad en todas partes”. A muchos todavía no se les ha hecho patente, anunció, que la inteligencia femenina “no es un mero valor relativo”, que —según un decir muy difundido en aquel entonces— sólo sirve para que “algunos hombres se aburran algo menos con mujeres inteligentes que con las estúpidas”
. La historia de la Iglesia proporciona, en cambio, un testimonio esplendoroso de los logros espirituales del sexo femenino. Les dice inconfundiblemente a las mujeres: “Podéis ser también profesoras, no tenéis que ser únicamente alumnas”.

Para fundamentar esta visión, Faulhaber recurre al Magnificat. Allí, señala, la mujer demuestra que es capaz de moverse en las “profundidades del alma” y en las “alturas del espíritu”. Por este motivo, el cardenal ve precisamente allí un llamamiento a la colaboración de las mujeres en todos los ámbitos del arte y de la vida intelectual
.

Faulhaber va aún más lejos. No sólo encuentra en el Magnificat un testimonio de la inteligencia y la sensibilidad del sexo femenino. Ve en él también una justificación para las mujeres de inmiscuirse en la política, de participar en la vida pública: cuando maría canta: “derriba a los potentados de sus tronos” entonces atestigua -según él- que también una mujer es capaz de hacer suya la “lengua de trueno de los profetas”
. En el Magnificat se encuentran “tonos duros como el metal”, destaca incluso el cardenal. “¿Quién se atreve a decir en estas circunstancias que la política no tenga nada que ver con la religión, y que las almas entregadas a Dios -particularmente las mujeres- deban mantenerse alejadas de la vida pública? Si la Virgen silenciosa de Nazaret […] se preocupa (en el Magnificat) por los acontecimientos en el teatro del mundo, entonces tampoco puede permanecer indiferente al hombre religioso, ni a las mujeres, si el brazo de Dios es visible en el gobierno del mundo […] o si espíritus altaneros confunden a los hombres a través de su ciencia, si los poderosos políticos borran el nombre de Dios de la vida pública, si advenedizos capitalistas echan por tierra el orden económico”.

El Magnificat confirma, según Faulhaber, que las mujeres poseen un derecho a desarrollar sus capacidades y hacerse cargo de responsabilidades públicas. Como cristianas incluso se espera de ellas que intervengan con todas sus fuerzas en favor de la Buena Nueva y en contra del pesimismo, del materialismo y del ateísmo
. Ahora bien, sus esfuerzos sólo serán fructíferos si están unidas a Dios, esto es, si acogen humildemente la gracia divina. Por este motivo, Faulhaber destaca la humildad de María como otra característica del Magnificat, que se manifiesta en la misma estructura del canto que no es un himno a María y las mujeres, sino un himno de María a la bondad, la omnipotencia y la fidelidad de Dios. María orienta toda alabanza hacia Dios; lo subrayaron también otros comentaristas famosos en la época anterior al Vaticano II, por ejemplo Rengstorf y Schmaus (en su primera Dogmática). Desde el punto de vista del contenido, la humildad se manifiesta sobre todo en el hecho de que la Madre de Jesús se designa en el Magnificat —y también en la Anunciación (Lc 1,38)— como esclava del Señor: “Él ha puesto sus ojos en la humildad de su esclava.” En contraposición al canto similar de Ana en el Antiguo Testamento (1 Sam 1,11), la “bajeza” de la esclava en el Magnificat no designa —según la convicción unánime de los intérpretes— el destino de la esterilidad, que era humillante en aquel entonces (Gen 30,23), ni el escarnio relacionado con ella (1 Sam 1,6s.). Al hablar María de la bajeza expresa que ella sola no puede hacer nada, en cambio todo lo puede con la ayuda de Dios. Schmaus llama la atención sobre el hecho de que debe considerarse como título honorífico el de ser esclava del Señor: María depende únicamente de Dios, no de los hombres —no de los varones de su sociedad, podría completarse desde el punto de vista actual. Ella es consciente de su elección para desempeñar un servicio único. El título expresa además —ahora según Faulhaber— la cercanía espiritual de María con su Hijo divino, que fue anunciado como siervo de Dios. “El Mesías […] no quiso desempeñar el papel de señor, ni dejar que le sirvieran, ni manifestarse como soberano, ni andar por caminos propios. Él quiso adoptar la condición de siervo (Flp 2,7) […] y considerar que su pan de cada día era cumplir el encargo del Padre”. Faulhaber destaca de modo indirecto, pero, a diferencia de otros intérpretes, con gran claridad, que la actitud fundamental de la humildad no es un asunto específicamente femenino, sino que se exige igualmente de todo cristiano, sea varón o mujer: porque cada uno está llamado a seguir a Cristo que se manifestó en la figura del siervo.

Como las exigencias, así también las promesas del cristianismo son las mismas para los dos sexos. Debido a la mentalidad de la época, Faulhaber tuvo que destacarlo expresamente: “Hermanas de la Madre del Salvador, cantad salmos -así reza patéticamente el final de un tratado-, pues también vosotras estáis llamadas a la luz del Evangelio y a las fuentes de la gracia divina. El Magnificat pertenece al Evangelio y es, por tanto, un documento dotado del sello divino que garantiza también al mundo femenino el derecho de ‘con-gozar’ de los beneficios de la salvación”
. Por muy loable que sea la intención de presentar a la mujer como ser equivalente al hombre, no deja de ser notable que el hombre —según la visión de entonces— “goza” de los bienes salvíficos, mientras que la mujer los “con-goza”.

Schelke establece una relación entre María y las grandes mujeres del Antiguo Testamento —a María, la hermana de Moisés (Ex 15,20 s.), a Débora (Idc 5) y a Judit (Idt 16)— que fueron aclamadas como salvadoras y profetas de su pueblo y de ninguna manera iban a la zaga a los hombres
.

Podemos concluir para la primera mitad del siglo XX que el cardenal Faulhaber es aquel autor que ha considerado la cuestión de la mujer más explícitamente en la interpretación del Magnificat. Aprovechó el texto para defender la importancia de la formación y de la participación en la vida pública de las mujeres. Respecto de la recepción del Magnificat, no le atañe a él el reproche feminista de que se realza el sexo femenino en la teoría, pero que a la vez se lo reduce en la vida diaria.
Al contrario, los comentarios del Magnificat de Faulhaber deben haber tenido un efecto sumamente liberador para las mujeres de su época. Lo testimonia la filósofa Edith Stein que cita literalmente al cardenal en sus trabajos para justificar el compromiso social de las mujeres
.
 
3. La época posterior al Concilio Vaticano II
 
Después de la mitad del siglo se anunció un cambio general en la Mariología que fue preparado, por un lado, por los estudios de algunos teólogos influyentes, sobre todo por Karl Rahner. Éste consideró a la Madre de Jesús, de acuerdo con su enfoque antropológico-existencial de la redención, como un caso ejemplar de salvación, como “la primera de los redimidos”, y convirtió así la Mariología en el proyecto fundamental de una antropología teológica
.

Por otro lado, el cambio fue fomentado por la creciente conciencia de la dimensión social del evangelio dentro de la teología y la catequesis modernas, a lo que contribuyó decisivamente la Constitución pastoral Gaudium et spes del Vaticano II. Se nos plantea la cuestión de cómo la nueva visión fue aprovechada para la concepción de la mujer, y cómo se expresó en las interpretaciones del Magnificat.

En primer lugar conviene estudiar los grandes comentarios exegéticos de Schürmann, Schnackenburg y Ernst. En ellos el Magnificat sólo ocupa un espacio reducido, apenas se tocan cuestiones específicas de la mujer —a no ser que consideremos que los tres autores destacan la “dignidad de la Madre del Mesías”
. Sin embargo, las actitudes de los exegetas respecto de la relevancia práctica del Evangelio no carecen de importancia para nuestro análisis. Se revelan en las discusiones a qué da lugar el concepto de “bajeza”, el tipo de la revolución anunciada (“derriba a los potentados de sus tronos”) y finalmente, de forma subordinada, la interpretación individual o colectiva del texto.

Mientras Schürmann y Ernst repiten que la referencia a la “bajeza” debe comprenderse ante todo como expresión de humildad de la “esclava del Señor”
, Schnackenburg considera apropiado tener también en cuenta las circunstancias externas. María perteneció a las capas inferiores del pueblo, a los pobres que no tenían influencias. Su pobreza ciertamente no se refiere tanto a las circunstancias económicas que pueden cambiar constantemente, sino más bien a un gran desamparo humano.

Aparte de la exégesis de la palabra “bajeza”, Schürmann observa también en otros lugares del Magnificat referencias a la situación social. Aclara que ciertamente no es un pensamiento clasista el que determina las afirmaciones de este cántico
; pero agrega que, con la mirada puesta en los “poderosos” y “ricos”, habría de admitirse que el estado externo del mundo se hallaba “en un desorden nefasto”. “Sólo una revolución que viene de Dios, […] puede remediarlo. Esta revolución será también política, que cambiará la situación del poder, y será también social invirtiendo las circunstancias de propiedad
Schnackenburg, sin embargo, no va tan lejos. Intenta apaciguar los ánimos y asegura que Schürmann no supuso que en el Magnificat se hubiera descrito cómo cambiarían o se invertirían las circunstancias en el futuro a través de una revolución político-social
. María habló de estos acontecimientos revolucionarios “sin ánimo de venganza” y sin resentimiento que rara vez faltan en las revoluciones humanas; en cambio, en el Magnificat se expresa “admirando la grandeza de Dios” que demuestra a los ricos la superioridad de su poder.

Ernst afirma finalmente con meridiana claridad que el aspecto social se vuelve “prácticamente insignificante” en este texto de índole rigurosamente teológico
. Ante las expectativas mesiánicas de los judíos uno puede hablar ciertamente, a primera vista, de una “inversión del poder”: los grandes serán derribados del trono, los pequeños serán elevados. Pero las cuentas no salen en el contexto escatológico de la predicación de Jesús. Allí no se habla de ninguna manera de una nueva reglamentación de la propiedad, de una “expropiación de los expropiadores”. Pues las antiguas categorías ideológicas del poder ya no cuentan. De ahora en adelante sólo importa el principio de la diaconía que ha encontrado en María, la “esclava del Señor”, una anticipación visible, y en la elevación del siervo Jesús al Kyrios, su realización completa.

Para los tres comentaristas, el Magnificat es esencialmente un canto de agradecimiento a las hazañas de Dios y una alabanza de su santidad
. Schnackenburg rechaza expresamente una interpretación colectiva del texto que supusiera que la canción no era cantada por María, la madre de Jesús, sino por el antiguo pueblo de Dios a través de la boca de María. De esta manera, María debería entenderse en su canto de alabanza como una personificación de Israel, no como una persona individual. Y no se podrían estimar sus virtudes. Schürmann, Schnackenburg y Ernst subrayan sobre todo aquellas virtudes que tradicionalmente se atribuyen a las mujeres, a pesar de que los autores seguramente no quieren negar que son vigentes para ambos sexos: disponibilidad y entrega, espíritu de servicio, obediencia, humildad y piedad. Puede que sea apropiado a estas actitudes que Schnackenburg suela llamar a María “la Virgen silenciosa”. Ahora bien, si se considera que el cardenal Faulhaber eligió exactamente la misma designación, precisamente cuando habló de la relevancia política del Magnificat, se hace patente que no se trata de una alabanza de la pasividad y de la timidez. Más bien constituye una referencia a la capacidad de contemplación de María, a su apertura frente a los planes divinos. Se debe añadir que Schnackenburg —como también los demás comentaristas— explica muy claramente la fe de María que tiene un paralelo en la actitud del patriarca Abrahám. María se convierte en representante del nuevo pueblo de la salvación. La promesa hecha a los padres, especialmente a Abrahám halla ahora su cumplimiento.

Considerando estas interpretaciones del Magnificat se manifiesta que las relaciones con la realidad social sólo se establecen de modo vacilante y luego en parte se retiran nuevamente. La exégesis predominantemente espiritual corresponde, ciertamente, en gran medida al contenido del texto. Pero cabe preguntarse qué consecuencias trae consigo la exclusión de las cuestiones sociales. La imagen de la mujer que se vislumbra en el fondo resulta extremamente borrosa. Sólo se hace visible en aquellos principios que -según la opinión de los comentaristas- deberían caracterizar a todos los cristianos. Todos deberían empeñarse en practicar la entrega y la humildad. Cabe preguntarse por qué no se habla de la valentía y de la fortaleza de María, de su magnanimidad y su seguridad de la victoria, puesto que estas actitudes también se manifiestan muy claramente en el Magnificat. Si los comentaristas consideran, finalmente, a María en su calidad de mujer como representante de todos los cristianos y como digna sucesora de Abrahám, entonces acabarán haciendo realmente una distinción del sexo femenino, pero sin haber llegado a nuevos conocimientos frente a la teología tradicional. Ni tampoco sacarán conclusiones concretas de este hecho.
 
Salvo algunas excepciones importantes, hay que tener presente que en la teología postconciliar no se dice mucho de María. ¿Cuál podría ser el motivo? Es cierto que ha habido una disminución generalizada de la fe; pero esta no parece ser la única respuesta. Un buen número de estudiosos señalan que el motivo radicaría en la discrepancia entre teoría y práctica: “María constituyó el objeto de múltiples especulaciones abstractas en la teología, mientras que era el objeto de una veneración muy emocional en la vida de piedad. La idea y el ideal, la razón y el sentimiento no hallaron una adecuada mediación en la Mariología. En la teología, la Virgen resultó demasiado alejada de la experiencia, en la piedad, sin embargo, estaba demasiado cercana a vivencias afectivas”
.

El papa Pablo VI se esforzó precisamente en las décadas postconciliares por aunar más profundamente teología y vida de fe. Intentaba rescatar a María del ámbito de la piedad subjetiva como de aquel de la especulación abstracta. En su Carta apostólica Marialis Cultus, sobre la veneración a María, el Santo Padre trató de unir, ya en los años setenta, la distancia religiosa a la Madre de Jesús con la cuestión de la mujer: “Se observa, en efecto, que es difícil encuadrar la imagen de la Virgen, tal como se presenta en cierta literatura devocional, en las condiciones de vida de la sociedad contemporánea y en particular en las condiciones de la mujer; bien sea en el ambiente doméstico, donde las leyes y la evolución de las costumbres tienden justamente a reconocerle la igualdad y la corresponsabilidad con el hombre en la dirección de la vida familiar; bien sea en el campo político, donde ella ha conquistado en muchos países un poder de intervención en la sociedad igual al hombre; bien sea en el campo social, donde desarrolla su actividad en los más diversos sectores operativos, dejando cada día más el estrecho ambiente del hogar; lo mismo que en el campo cultural, donde se le ofrecen nuevas posibilidades de investigación científica y de influencia intelectual”
.

Pablo VI presentó a María como modelo de la “nueva mujer”, una mujer que determina activa y comprometidamente los acontecimientos del mundo. Pues “a pesar de su completa entrega a la voluntad de Dios, María no era de ninguna manera pasivamente sumisa o una mujer caracterizada por una religiosidad extraña, sino que era una mujer que no vacilaba de anunciar que Dios es el vengador de los humildes y oprimidos y que derribará a los poderosos de sus tronos (Lc 1,51-53). Ella [la mujer moderna] reconocerá a María […] como una mujer fuerte que padeció la pobreza y el dolor, la huida y el exilio (Mt 2,13-23): situaciones que no puede pasar por alto aquel que, según el espíritu del Evangelio, quisiera fomentar las fuerzas liberadoras de cada persona así como las de la sociedad humana”
.

El teólogo Paul Schmidt se considera plenamente en esta línea
. En sus meditaciones sobre el Magnificat vuelve a subrayar el “carácter político” de este cántico remitiéndose expresamente a Schürmann como “testigo nada sospechoso” y sabiendo aprovechar también –según una espiritualidad ecuménica- las interpretaciones sugestivas de Martín Lutero. El reformador dedicó su comentario acerca del Magnificat a un hombre que se contaba entre los poderosos y ricos de su tiempo, y con él le entregó a su futuro soberano un espejo de cómo debe ser el comportamiento cristiano. El texto demuestra a la vez la gran importancia modélica que el reformador atribuyó a María para la configuración de la vida política.

Es significativo que Paul Schmidt explica su postura mediante el ejemplo de la humildad; observa que “esta actitud se consideró hasta ahora, como muchas otras virtudes pasivas, la propiedad típica de María y de la mujer cristiana, y ha contribuido notablemente a la ascética apartada del mundo que caracterizó durante mucho tiempo la espiritualidad cristiana”
.

Enviado por SCRIPTA DE MARIA - 19/09/2006 ir arriba
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