En el pasado mes
de marzo, dos conocidos periódicos han
abordado el fenómeno de las adolescentes
que, a edades cada vez más tempranas, se
entregan a las exigencias de la cosmética. A
ello podríamos añadir el reclamo
publicitario que emiten algunas emisoras
musicales cuyo slogan viene a decir: “si
eres de las que prefieres lo externo y
estimas tu imagen personal, utiliza los
servicios de cosmética X”.
En estos
reportajes periodísticos aparecen toda una
galería de personajes: desde adolescentes de
12 o 13 años que dicen “pirrarse” por el
brillo de los labios, la laca de uñas, el
lápiz de ojos (eyeliner), la máscara de
pestañas… y que “a los 7 u 8 años ya
jugábamos a maquillarnos, y a los 11 o 12
comenzamos de verdad”, hasta psicólogos
denunciando que “la culpa es de los adultos,
porque confunden tener cosas, con ser
importantes y sentirse seguros” Para
confirmar tal aseveración, una vivaracha y
deshinibida Cristina de 14 años, no se corta
un pelo para manifestar: “en la adolescencia
te sientes una mierda y te maquillas por
inseguridad, las cosas claras ¿no lo hacen
los mayores para sentirse más seguros?, pues
es la posibilidad de ser como ellos, de
tener más estabilidad”. También desfilan
profesores que nos recuerdan lo ya sabido:
“La TV, la publicidad, las redes
electrónicas, pesan más que lo que reciben
de los padres o de la escuela”. Publicidad
que bombardea sin piedad a los jóvenes,
recordándoles que deben cuidar el peso, el
pelo, el cutis… Una juiciosa maestra señala
su negativo beneficio educativo: “El mensaje
publicitario interfiere en tantos aspectos
de la evolución de los adolescentes, que al
final no evolucionan”.
Leyendo estos
reportajes, te ilustras sobre “movimientos”
de estilos diversos: el estilo “pijo”, el
gótico, el “mexicano”, el modelo “lolita,
provocativamente aniñado, o la “feista”,
quizá la más rompedora, como manifestación
de rebeldía e independencia, a base de
presentar un aspecto “sucio”, con las rastas,
los enganches, los piercings, con el mórbido
deseo de que los mayores les digan “a donde
vas con eso”. Frívolas adolescentes que te
“caen bien”, por su atrevida espontaneidad:
“te maquillas para estar más guapa, la
verdad es que si lo sabes hacer, lo estás.
Los chicos acaban siempre yendo con la que
se ha pasado una hora alisándose el pelo. La
gente no valora el que no seas falsa, y si
te maquillas ligas el doble, es matemático”.
Los maternales deseos de que vayan más
naturales por parte de la maquilladora de
“Operación Triunfo”, parecen caer en saco
roto, pues la mayoría les agrada encubrir su
faz natural a base de purpurina, pestañas
cargadas, coloretes azul-violados, piedras
en la piel, las que tienen el pelo rizado lo
quiere liso y viceversa. Y no son pocas, las
que tienen a su favor la ovejuna
“complacencia” de los padres, que parece
estar encantados.
Que las
adolescentes se “rindan” a la magia de la
cosmética, es algo que desde tiempos
ancestrales siempre ha ocurrido y ocurrirá.
Forma parte del eterno femenino, y a veces
es de agradecer, por su ingenuo y agradable
encanto, su desenfadada coquetería. Pero
como contrapunto, quizá habría que
preguntarse, si no es motivo de preocupación
el que pongan en estos edulcorados
menesteres su único deseo y su exclusivo
interés para sentirse realizadas, quizá
semiamadas, o en cualquier caso aceptadas en
sus vociferantes grupos.
Algunos aspectos
desafortunados del nuevo bachillerato,
permite que nuestros jóvenes alumnos se
puedan “saltar” sin despeinarse, la
asignatura de filosofía al ser una
“optativa”. Con ello se alejan de la
posibilidad de dialogar con el sabio y
“atractivo” Platón, cuya concepción del
camino ascensional que nos conduce al mutuo
reconocimiento y a la auténtica estima,
igual podría interesarles. Traduciéndolo a
nivel coloquial, Platón viene a decir, que
la atracción física (chica conoce a chico y
viceversa) es el primer escalón que hay que
ascender, pero al ser un simple
reconocimiento externo, no hay que quedarse
en él para no sentirse frustrado y
esforzarse para subir el siguiente escalón;
el de las cualidades morales (chica-chico se
conocen interiormente y descubren su
sinceridad, honestidad, alegría, fortaleza,
bondad, educación…), unas cualidades que por
su propia dinámica impulsan el ascenso al
escalón de la belleza intelectual, en el que
la atracción mutua se hace más intensa y
poderosa, (ambos quedan mutuamente prendados
de su inteligencia, sensibilidad,
profundidad, reflexividad, sabiduría,
capacidad…), hasta culminar en el amor
ideal, que es el referido al conocimiento
divino, que nos abre al gozo del amor y la
belleza perfecta.
Si algunos de
ellos eligen la historia del arte o el
dibujo artístico, igual tienen la suerte de
que les expliquen que los diversos matices
de blancos que aparecen en los vestidos de
las figuras de frailes del genial pintor
Francisco de Zurbarán, son extremadamente
valorados por su bella profundidad, porque
tienen esplendor, es decir, porque
son blancos que irradian su color desde el
interior hacia el exterior. En cambio, los
colores considerados inferiores y menos
bellos, son los brillantes, que
surgen por reflejo exterior y anidan
solamente en la superficie.
Que nuestras
adolescentes sientan un irresistible deseo
por los labios “brillantes”, maquillarse con
purpurina o coloretes rosados para exaltar
su belleza exterior, puede ser un “buen
arranque”, si saben compaginarlo (pues son
capaces de ello) con el “maquillaje” de su
belleza interior, la del alma, que es
reflejo del “esplendor”, de la verdadera
belleza. Sin duda sería un grato y
estimulante piropo que a una le pudieran
decir: “eres una chica esplendorosa”