Cuando
apareció este libro, a mediados de los 90, la
ideología de género se encontraba en Europa en
estado de gestación. Ahora, sin embargo, la nueva
tendencia ha irrumpido con fuerza en todos los ámbitos:
social, cultural, intelectual y político, de manera que
puede considerarse como la ideología dominante en
nuestro tiempo. Para esa forma de pensar no existen lo
masculino y lo femenino, sino diversidad de
orientaciones afectivo-sexuales, y las diferencias entre
el hombre y la mujer son meramente culturales y
esencialmente opresoras, por lo que deben ser diluidas.
En tales circunstancias, lo femenino adquiere una
actualidad imprevisible, porque, contra viento y marea,
sigue reivindicando el género y la diferencia. Carlos
Goñi consciente de que este libro -«Lo femenino.
Género y diferencia»-, escrito hace diez años, choca
frontalmente con la llamada “ideología de género” que
intenta confundir lo genuinamente masculino y lo
genuinamente femenino, ha actualizado su obra, cuyas
tesis cobran hoy, si cabe, mayor relevancia. Por lo
demás, Carlos Goñi - desde hace años colaborador de Arvo.net -,
nos facilita para nuestros lectores uno de los capítulos
del libro, el
«3.
El feminismo masculino»:
[3.]
El feminismo masculino
Estas
diferencias entre lo masculino y lo femenino no han sido
tenidas en cuenta por los diversos movimientos feministas.
De tal modo que se puede afirmar que el feminismo radical
desfeminiza a la mujer. Aunque parezca lo contrario, su
ideal es el hombre que domina a las mujeres, fuerte,
independiente, mujeriego... El feminismo radical desposee a
la mujer de todo lo que tiene de femenino y la convierte en
un “hombre débil”. El feminismo radical no es femenino, sino
un machismo cambiado de género.
No cabe duda
de que durante los últimos tiempos la mujer –gracias a los
movimientos feministas– ha obtenido logros importantes en
cuanto a su autoafirmación respecto al hombre. Que la
sociedad ha sido y es machista se ha convertido en un
tópico, pero es verdad. Que las mujeres se quieran parecer
cada vez más a los hombres no es sino una muestra más de que
estamos muy lejos todavía de una sociedad no machista.
Los
movimientos feministas que tanto han proliferado desde el
siglo pasado se han limitado, casi exclusivamente, a copiar
actuaciones, modos de vida y, cómo no, errores de los
hombres. Yo creo que ésta es la razón por la que, en cierto
modo, han fracasado. Han conseguido mucho, pero la sociedad
sigue siendo machista, o quizás más machista que antes,
porque parece que el comportamiento machista es deseable
incluso por algunas mujeres.
Respecto al
feminismo, existe una paradoja que no acabo de categorizar:
parece que los logros feministas han favorecido más al
hombre que a la mujer. Las feministas han puesto sus fuerzas
casi exclusivamente en la imitación de lo masculino, y yo
diría más, en la imitación de los defectos masculinos. Han
cifrado su ideal en un “igualitarismo” que olvida lo
genuinamente femenino. Ello, lejos de conseguir la dignidad
para la mujer, la masculiniza y la empobrece. Si se deja
llevar por ese ingenuo espíritu de imitación, se estará
condenando a sí misma a permanecer en un plano de
inferioridad que de ninguna manera le corresponde.
La mujer no ha
de renunciar a sí misma para situarse en condiciones de
igualdad con el hombre; al revés, debe enarbolar con orgullo
su propia feminidad. Ya lo decía el periodista Ángel
Ganivet: “La mujer tiene un solo camino para superar al
hombre: ser cada día más mujer”.
La historia
del feminismo se ha escrito en tres fases. La primera se
inició a finales del siglo XIX y dio lugar a un movimiento
fundamentalmente de orden político y encaminado a conseguir,
como algo esencial, el derecho al voto de la mujer. La
segunda se sitúa en los años 1960 y 1970 y tiene como
objetivo la igualdad con el hombre; su lucha se lleva a cabo
ya en el plano social y hace hincapié en la “liberación
sexual” de la mujer. Esta fase es de máxima radicalización,
lo que se conoce como feminismo del “género” y yo he
denominado feminismo radical. Creo que se puede corroborar
con relativa facilidad que en esta fase el feminismo ha
echado piedras sobre su propio tejado, puesto que al haber
llevado al extremo los temas relacionados con la familia y
la sexualidad, ha difuminado la identidad femenina.
Curiosamente, el feminismo radical ha conseguido que los
hombres escriban ensayos y estudios sobre la dignidad de la
mujer, pero no que escriban más poesías.
A partir de
los años 1980 se fue fraguando una nueva idea del feminismo
que poco a poco ha ido cogiendo fuerza y que resulta más
conforme con la dignidad de la mujer. Este nuevo feminismo
resalta lo que es propio de la mujer, compromete al hombre
en la construcción de un orden más justo y equilibrado, y
defiende la familia como el ámbito de entrega, amor y
solidaridad entre el hombre y la mujer. El antiguo feminismo
enfrentaba la tribu de las mujeres contra la tribu de los
hombres; el nuevo, en cambio, no busca el enfrentamiento,
sino la colaboración, porque el problema femenino no sólo
afecta a la mujer, sino también al hombre.
El nuevo
feminismo va por el camino de feminizar al hombre, de
implicarle en los problemas de la mujer, de contagiar a la
sociedad toda de una nueva sensibilidad. Busca la igualdad,
por supuesto, no la mera uniformidad, pues sabe que ésta
diluye la diferencia, mientras que aquélla la respeta. Estoy
convencido de que si el mundo fuese más femenino, tendría
menos sombras.
Carlos Goñi
Lo femenino. Género y diferencia,
(3 ed.) Eunsa, Pamplona, 2008.
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