| A vosotras mujeres del
mundo entero, os doy mi más cordial saludo:
1. A cada una de vosotras dirijo esta carta con objeto de
compartir y manifestar gratitud, en la proximidad de la IV
Conferencia mundial sobre la mujer, que tendrá lugar
en Pekín el próximo mes de septiembre.
Ante todo deseo expresar mi vivo reconocimiento a la organización
de las Naciones Unidas, que ha promovido tan importante iniciativa.
La Iglesia quiere ofrecer también su contribución
en defensa de la dignidad, papel y derechos de las mujeres,
no sólo a través de la aportación específica
de la delegación oficial de la Santa Sede a los trabajos
de Pekín, sino también hablando directamente
al corazón y a la mente de todas las mujeres. Recientemente,
con ocasión de la visita que la señora Gertrudis
Mongella, secretaria general de la Conferencia, me ha hecho
precisamente con vistas a este importante encuentro, le he
entregado un Mensaje (ver texto a partir de la página
11) en el que se recogen algunos puntos fundamentales de la
enseñanza de la Iglesia al respecto. Es un mensaje
que, más allá de la circunstancia específica
que lo ha inspirado, se abre a la perspectiva más general
de la realidad y de los problemas de las mujeres en su conjunto,
poniéndose al servicio de su causa en la Iglesia y
en el mundo contemporáneo. Por lo cual he dispuesto
que se enviara a todas las Conferencias episcopales, para
asegurar su máxima difusión.
Refiriéndome a lo expuesto en dicho documento, quiero
ahora dirigirme directamente a cada mujer, para reflexionar
con ella sobre sus problemas y las perspectivas de la condición
femenina en nuestro tiempo deteniéndome en particular
sobre el tema esencial de la dignidad y de los derechos de
las mujeres, considerados a la luz de la palabra de Dios.
El punto de partida de este diálogo ideal no es otro
que dar gracias. «La Iglesia --escribía en la
carta apostólica Mulieris dignitatem-- desea dar gracias
a la santísima Trinidad por el "misterio de la
mujer" y por cada mujer, por lo que constituye la medida
eterna de su dignidad femenina por las "maravillas de
Dios", que en la historia de la humanidad se han realizado
en ella y por ella» (n.3 1).
2. Dar gracias al Señor por su designio sobre la vocación
y la misión de la mujer en el mundo se convierte en
un agradecimiento concreto y directo a las mujeres, a cada
mujer, por lo que representan en la vida de la humanidad.
Te doy gracias, mujer-madre, que te conviertes en seno del
ser humano con la alegría y los dolores de parto de
una experiencia única, la cual te hace sonrisa de Dios
para el niño que viene a la luz y te hace guía
de sus primeros pasos, apoyo de su crecimiento, punto de referencia
en el posterior camino de la vida.
Te doy gracias, mujer-esposa, que unes irrevocablemente tu
destino al de un hombre, mediante una relación de recíproca
entrega, al servicio de la comunión y de la vida.
Te doy gracias mujer-hija y mujer-herrnana, que aportas al
núcleo familiar y también al conjunto de la
vida social las riquezas de tu sensibilidad, intuición,
generosidad y constancia.
Te doy gracias, mujer-trabajadora, que participas en todos
los ámbitos de la vida social, económica cultural,
artística y política, mediante la indispensable
aportación que das a la elaboración de una cultura
capaz de conciliar razón y sentimiento, a una concepción
de la vida siempre abierta al sentido del «misterio»,
a la edificación de estructuras económicas y
políticas más ricas de humanidad.
Te doy gracias, mujer-consagrada, que a ejemplo de la más
grande de las mujeres, la Madre de Cristo, Verbo encarnado,
te abres con docilidad y fidelidad al amor de Dios, ayudando
a la Iglesia y a toda la humanidad a vivir para Dios una respuesta
«esponsal», que expresa maravillosamente la comunión
que él quiere establecer con su criatura.
Te doy gracias, mujer, ¡por el hecho mismo de ser mujer!
Con la intuición propia de tu femineidad enriqueces
la comprensión del mundo y contribuyes a la plena verdad
de las relaciones humanas.
3. Pero dar gracias no basta, lo sé. Por desgracia,
somos herederos de una historia de enormes condicionamientos
que, en todos los tiempos y en cada lugar, han hecho difícil
el camino de la mujer, despreciada en su dignidad olvidada
en sus prerrogativas, marginada frecuentemente e incluso reducida
a esclavitud. Esto le ha impedido ser profundamente ella misma
y ha empobrecido la humanidad entera de auténticas
riquezas espirituales. No sería, ciertamente, fácil
señalar responsabilidades precisas, considerando la
fuerza de las sedimentaciones culturales que a lo largo de
los siglos, han plasmado mentalidades e instituciones. Pero
si en esto no han faltado, especialmente en determinados contextos
históricos, responsabilidades objetivas, incluso en
no pocos hijos de la Iglesia, lo siento sinceramente. Que
este sentimiento se convierta para toda la Iglesia en un compromiso
de renovada fidelidad a la inspiración evangélica,
que precisamente sobre el tema de la liberación de
la mujer de toda forma de abuso y de dominio tiene un mensaje
de perenne actualidad, el cual brota de la actitud misma de
Cristo. Él, superando las normas vigentes en la cultura
de su tiempo, tuvo en relación con las mujeres una
actitud de apertura, de respeto, de acogida y de ternura.
De este modo honraba en la mujer la dignidad que tiene desde
siempre, en el proyecto y en el amor de Dios. Mirando hacia
él, al final de este segundo milenio, resulta espontáneo
preguntarse: ¿qué parte de su mensaje ha sido
comprendido y llevado a términn?
Ciertamente, es la hora de mirar con la valentía de
la memoria, y reconociendo sinceramente las responsabilidades,
la larga historia de la humanidad, a la que las mujeres han
contribuido no menos que los hombres, y la mayor parte de
las veces en condiciones bastante más adversas. Pienso,
en particular, en las mujeres que han amado la cultura y el
arte, y se han dedicado a ello partiendo con desventaja, excluidas
a menudo de una educación igual, expuestas a la infravaloración,
al desconocimiento e incluso al despojo de su aportación
intelectual Por desgracia, de la múltiple actividad
de las mujeres en la historia ha quedado muy poco que se pueda
recuperar con los instrumentos de la historiografía
científica. Por suerte, aunque el tiempo haya enterrado
sus huellas documentales, sin embargo se percibe su influjo
benéfico en la linfa vital que conforma el ser de las
generaciones que se han sucedido hasta nosotros. Respecto
a esta grande e inmensa «tradición» femenina,
la humanidad tiene una deuda incalculable. ¡Cuántas
mujeres han sido y son todavía más tenidas en
cuenta por su aspecto físico que por su competencia,
profesionalidad, capacidad intelectual, riqueza de su sensibilidad
y en definitiva por la dignidad misma de su ser!
4. ¿Y qué decir también de los obstáculos
que, en tantas partes del mundo, impiden aún a las
mujeres su plena inserción en la vida social, política
y económica? Baste pensar en cómo a menudo es
penalizado, más que gratificado, el don de la maternidad,
al que la humanidad debe también su misma supervivencia.
Ciertamente, aún queda mucho por hacer para que el
ser mujer y madre no comporte una discriminación. Es
urgente alcanzar en todas partes la efectiva igualdad de los
derechos de la persona y, por tanto, igualdad de salario respecto
a igualdad de trabajo, tutela de la trabajadora-madre, justas
promociones en la carrera, igualdad de los esposos en el derecho
de familia, reconocimiento de todo lo que va unido a los derechos
y deberes del ciudadano en un régimen democrático.
Se trata de un acto de justicia, pero también de una
necesidad. Los graves problemas sobre la mesa, en la política
del futuro, verán a la mujer comprometida cada vez
más: tiempo libre, calidad de la vida, migraciones,
servicios sociales, eutanasia, droga, sanidad y asistencia,
ecología, etc. Para todos estos campos será
preciosa una mayor presencia social de la mujer, porque contribuirá
a manifestar las contradicciones de una sociedad organizada
sobre puros criterios de eficiencia y productividad, y obligará
a replantear los sistemas en favor de los procesos de humanización
que configuran la «civilización del amor».
5. Mirando también uno de los aspectos más
delicados de la situación femenina en el mundo, ¿cómo
no recordar la larga y humillante historia--a menudo «subterránea»--de
abusos cometidos contra las mujeres en el campo de la sexualidad?
A las puertas del tercer milenio no podemos permanecer impasibles
y resignados ante este fenómeno. Es hora de condenar
con determinación, empleando los medios legislativos
apropiados de defensa, las formas de violencia sexual que
con frecuencia tienen por objeto a las mujeres. En nombre
del respeto de la persona no podemos, además, no denunciar
la difundida cultura hedonista y comercial que promueve la
explotación sistemática de la sexualidad, induciendo
a chicas, incluso muy jóvenes, a caer en los ambientes
de la corrupción y hacer un uso mercenario de su cuerpo.
Ante estas perversiones, ¡cuánto reconocimiento
merecen en cambio las mujeres que, con amor heroico por su
criatura, llevan a término un embarazo derivado de
la injusticia de relaciones sexuales impuestas con la fuerza!;
y esto no sólo en el conjunto de las atrocidades que,
por desgracia, tienen lugar en contextos de guerra todavía
tan frecuentes en el mundo, sino también en situaciones
de bienestar y de paz, viciadas a menudo por una cultura de
permisivismo hedonista, en que prosperan también más
fácilmente tendencias de machismo agresivo. En semejantes
condiciones, la opción del aborto, que es siempre un
pecado grave, antes de ser una responsabilidad de las mujeres,
es un crimen imputable al hombre y a la complicidad del ambiente
que lo rodea.
6. Mi «gratitud» a las mujeres se convierte,
pues, en una llamada apremiante, a fin de que por parte de
todos, y en particular por parte de los Estados y de las instituciones
internacionales, se haga lo necesario para devolver a las
mujeres el pleno respeto a su dignidad y a su papel. A este
propósito, expreso mi admiración hacia las mujeres
de buena voluntad que se han dedicado a defender la dignidad
de su condición femenina mediante la conquista de fundamentales
derechos sociales, económicos y políticos, y
han tomado esta valiente iniciativa en tiempos en que este
compromiso suyo era considerado un acto de transgresión,
un signo de falta de femineidad una manifestación de
exhibicionismo, y tal vez un pecado.
Como expuse en el Mensaje para la Jornada mundial de la paz
de este año, mirando este gran proceso de liberación
de la mujer, se puede decir que «ha sido un camino difícil
y complicado y, alguna vez, no exento de errores, aunque sustancialmente
positivo, incluso estando todavía incompleto por tantos
obstáculos que, en varias partes del mundo se interponen
a que la mujer sea reconocida, respetada y valorada en su
peculiar dignidad» (n. 4).
¡Es necesario continuar en este camino! Sin embargo
estoy convencido de que el secreto para recorrer libremente
el camino del pleno respeto de la identidad femenina no está
solamente en la denuncia, aunque necesaria, de las discriminaciones
y de las injusticias, sino también y sobre todo en
un eficaz e ilustrado proyecto de promoción, que contemple
todos los ámbitos de la vida femenina, a partir de
una renovada y universal toma de conciencia de la dignidad
de la mujer. A su reconocimiento, no obstante los múltiples
condicionamientos históricos, nos lleva la razón
misma, que descubre la ley de Dios inscrita en el corazón
de cada hombre. Pero es sobre todo la palabra de Dios la que
nos permite descubrir con claridad el radical fundamento antropológico
de la dignidad de la mujer, indicándonoslo en el designio
de Dios sobre la humanidad.
7. Permitidme, pues, queridas hermanas, que medite de nuevo
con vosotras sobre la maravillosa página bíblica
que presenta la creación del ser humano, y que dice
tanto sobre vuestra dignidad y misión en el mundo.
El libro del Génesis habla de la creación de
modo sintético y con lenguaje poético y simbólico,
pero profundamente verdadero: «Creó, pues, Dios
al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó:
varón y mujer los creó » (Gn 1, 27). La
acción creadora de Dios se desarrolla según
un proyecto preciso. Ante todo, se dice que el ser humano
es creado «a imagen y semejanza de Dios» (cf Gn
1, 26), expresión que aclara en seguida el carácter
peculiar del ser humano en el conjunto de la obra de la creación.
Se dice, además, que el ser humano, desde el principio,
es creado como «varón y mujer» (Gn 1, 27).
La Escritura misma da la interpretación de este dato:
el hombre, aun encontrándose rodeado de las innumerables
criaturas del mundo visible, ve que está solo (cf.
Gn 2, 2O). Dios interviene para hacerlo salir de tal situación
de soledad: «No es bueno que el hombre esté solo.
Voy a hacerle una ayuda adecuada» (Gn 2, 18). En la
creación de la mujer está inscrito, pues, desde
el inicio el principio de la ayuda: ayuda--mírese bien--no
unilateral, sino recíproca. La mujer es el complemento
del hombre, como el hombre es el complemento de la mujer:
mujer y hombre son complementarios entre sí. La femineidad
realiza lo «humano» tanto como la masculinidad,
pero con una modulación diversa y complementaria.
Cuando el Génesis habla de «ayuda», no
se refiere solamente al ámbito del obrar, sino también
al del ser. Femineidad y masculinidad son complementarias
entre sí no sólo desde el punto de vista físico
y psíquico, sino también ontológico.
Sólo gracias a la dualidad de lo «masculino»
y de lo «femenino», lo «humano» se
realiza plenamente.
8. Después de crear al ser humano varón y mujer,
Dios dice a ambos: «Llenad la tierra y sometedla»
(Gn 1, 28). No les da sólo el poder de procrear para
perpetuar en el tiempo el género humano, sino que les
entrega también la tierra como tarea, comprometiéndolos
a administrar sus recursos con responsabilidad. El ser humano,
ser racional y libre, está llamado a transformar la
faz de la tierra. En este encargo que esencialmente es obra
de cultura, tanto el hombre como la mujer tienen desde el
principio igual responsabilidad. En su reciprocidad esponsal
y fecunda, en su común tarea de dominar y someter la
tierra, la mujer y el hombre no reflejan una igualdad estática
y uniforme, y ni siquiera una diferencia abismal e inexorablemente
conflictiva: su relación más natural, de acuerdo
con el designio de Dios, es la «unidad de los dos»,
o sea una «unidualidad» relacional, que permite
a cada uno sentir la relación interpersonal y recíproca
como un don enriquecedor y responsabilizante.
A esta «unidad de los dos» confía Dios
no sólo la obra de la procreación y la vida
de la familia, sino la construcción misma de la historia.
Si durante el Año internacional de la familia, celebrado
en 1994, se centró la atención sobre la mujer
como madre, la Conferencia de Pekin es ocasión propicia
para una nueva toma de conciencia de la múltiple aportación
que la mujer ofrece a la vida de todas las sociedades y naciones
. Es una aportación, ante todo, de naturaleza espiritual
y cultural, pero también socio-política y económica.
¡Es mucho verdaderamente lo que deben a la aportación
de la mujer los diversos sectores de la sociedad, los Estados,
las culturas nacionales y, en definitiva, el progreso de todo
el género humano!
9. Normalmente el progreso se valora según categorías
científicas y técnicas y también desde
este punto de vista no falta la aportación de la mujer.
Sin embargo, no es ésta la única dimensión
del progreso, es más, ni siquiera es la principal.
Más importante es la dimensión ética
y social, que afecta a las relaciones humanas y a los valores
del espíritu: en esta dimensión, desarrollada
a menudo sin clamor, a partir de las relaciones cotidianas
entre las personas, especialmente dentro de la familia, la
sociedad es en gran parte deudora precisamente al «genio
de la mujer» .
A este respecto, quiero manifestar una particular gratitud
a las mujeres comprometidas en los más diversos sectores
de la actividad educativa, fuera de la familia: asilos, escuelas,
universidades, instituciones asistenciales, parroquias, asociaciones
y movimientos. Donde se da la exigencia de un trabajo formativo
se puede constatar la inmensa disponibilidad de las mujeres
a dedicarse a las relaciones humanas, especialmente en favor
de los más débiles e indefensos. En este cometido
manifiestan una forma de maternidad afectiva, cultural y espiritual,
de un valor verdaderamente inestimable, por la influencia
que tiene el desarrollo de la persona y en el futuro de la
sociedad. ¿Cómo no recordar aquí el testimonio
de tantas mujeres católicas y de tantas congregaciones
religiosas femeninas que, en los diversos continentes han
hecho de la educación, especialmente de los niños
y de las niñas, su principal servicio? ¿Cómo
no mirar con gratitud a todas las mujeres que han trabajado
y siguen trabajando en el campo de la salud, no sólo
en el ámbito de las instituciones sanitarias mejor
organizadas, sino a menudo en circunstancias muy precarias,
en los países más pobres del mundo, dando un
testimonio de disponibilidad que a la vez roza el martirio?
10. Deseo, pues, queridas hermanas, que se reflexione con
mucha atención sobre el tema del «genio de la
mujer», no sólo para reconocer los caracteres
que en el mismo hay de un preciso proyecto de Dios que ha
de ser acogido y respetado, sino también para darle
un mayor espacio en el conjunto de la vida social, así
como en la eclesial. Precisamente sobre este tema, ya tratado
con ocasión del Año mariano, tuve oportunidad
de ocuparme ampliamente en la citada carta apostólica
Mulieris dignitatem, publicada en 1988. Este año, además,
con ocasión del Jueves santo, a la tradicional carta
que envío a los sacerdotes he querido agregar idealmente
la Mulieris dignitatem, invitándoles a reflexionar
sobre el significativo papel que la mujer tiene en su vida
como madre, como hermana y como colaboradora en las obras
apostólicas. Es esta otra dimensión,--diversa
de la conyugal, pero asimismo importante--de aquella «ayuda»
que la mujer, según el Génesis, está
llamada a ofrecer al hombre.
La Iglesia ve en María la máxima expresión
del «genio femenino» y encuentra en ella una fuente
de continua inspiración. María se ha autodefinido
«esclava del Señor» (Lc 1, 38). Por su
obediencia a la palabra de Dios ella ha acogido su vocacion
privilegiada, nada fácil, de esposa y de madre en la
familia de Nazaret. Poniéndose al servicio de Dios,
ha estado también al servicio de los hombres: un servicio
de amor . Precisamente este servicio le ha permitido realizar
en su vida la experiencia de un misterioso, pero auténtico
«reinar». No es casualidad que se le invoque como
«Reina del cielo y de la tierra». Con este título
le invoca toda la comunidad de los creyentes, la invocan como
«Reina» muchos pueblos y naciones. ¡Su «reinar»
es servir!!Su servir es «reinar»!
De este modo debería entenderse la autoridad, tanto
en la familia como en la sociedad y en la Iglesia. El «reinar»
es la revelación de la vocación fundamental
del ser humano, creado a «imagen» de Aquel que
es el Señor del cielo y de la tierra, llamado a ser
en Cristo su hijo adoptivo. El hombre es la única criatura
sobre la tierra que «Dios ha amado por sí misma»,
comno enseña el Concilio Vaticano II, el cual añade
significativamente que el hombre «no puede encontrarse
plenamente a sí mismo sino en la entrega sincera de
sí mismo» (Gaudium et spes, 24).
En esto consiste el «reinar» materno de María.
Siendo, con todo su ser, un don para el Hijo, es un don también
para los hijos e hijas de todo el género humano, suscitando
profunda confianza en quién se dirige a ella para ser
guiado por los difíciles caminos de la vida al propio
y definitivo destino trascendente. A esta metafinal llega
cada uno a través de las etapas de la propia vocación,
una meta que orienta el compromiso en el tiempo tanto del
hombre como de la mujer.
11. En este horizonte de «servicio»--que, si
se realiza con libertad recíproca y amor, expresa la
verdadera «realeza» del ser humano--es posible
acoger también, sin desventajas para la mujer, cierta
diversidad de papeles, en la medida en que tal diversidad
no es fruto de imposición arbitraria, sino que mana
del carácter peculiar del ser masculino y femenino.
Es un tema que tiene su aplicación específica
incluso dentro de la Iglesia. Si Cristo--con una elección
libre y soberana, atestiguada por el Evangelio y la constante
tradición eclesial--ha confiado solamente a los varones
la tarea de ser «icono» de su rostro de «pastor»
y de «esposo» de la Iglesia a través del
ejercicio del sacerdocio ministerial, esto no quita nada al
papel de la mujer, así como al de los demás
miembros de la Iglesia que no han recibido el orden sagrado,
siendo por lo demás todos igualmente dotados de la
dignidad propia del «sacerdocio común»,
fundamentado en el bautismo. En efecto, estos distintos papeles
no deben interpretarse a la luz de los cánones de funcionamiento
propios de las sociedades humanas, sino con los criterios
específicos de la economía sacramental, o sea,
la economía de «signos» elegidos libremente
por Dios para hacerse presente en medio de los hombres.
Por otra parte, precisamente en la línea de esta economía
de signos, incluso fuera del ámbito sacramental, hay
que tener en cuenta la «femineidad» vivida según
el modelo sublime de María. En efecto, en la «femineidad»
de la mujer creyente, y particularmente en el de la «consagrada»,
se da una especie de «profecía» inmanente
(cf. Mulieris dignitatem, 29), un simbolismo muy evocador,
podría decirse un fecundo «carácter de
icono», que se realiza plenamente en María y
expresa muy bien el ser mismo de la Iglesia como comunidad
consagrada totalmente con corazón «virgen»,
para ser «esposa» de Cristo y «madre»
de los creyentes. En esta perspectiva de complementariedad
«icónica» de los papeles masculino y femenino
se ponen mejor de relieve las dos dimensiones imprescindibles
de la Iglesia: el principio «mariano» y el «apostólico-petrino»
(cf ib. 27).
Por otra parte, como recordaba a los sacerdotes en la citada
carta del Jueves santo de este año, el sacerdocio ministerial,
en el plan de Cristo, «no es expresión de dominio,
sino de servicio» (n. 7). Es deber urgente de la Iglesia,
en su renovación diaria a la luz de la palabra de Dios,
evidenciar esto cada vez más, tanto en el desarrollo
del espíritu de comunión y en la atenta promoción
de todos los medios típicamente eclesiales de participación,
como a través del respeto y valoración de los
innumerables carismas personales y comunitarios que el Espíritu
de Dios suscita para la edificación de la comunidad
cristiana y el servicio a los hombres.
En este amplio ámbito de servicio, la historia de
la Iglesia en estos dos milenios, a pesar de tantos condicionamientos,
ha conocido verdaderamente el «genio de la mujer»,
habiendo visto surgir en su seno mujeres de gran talla que
han dejado amplia y beneficiosa huella de sí mismas
en el tiempo. Pienso en la larga serie de mártires,
de santas, de místicas insignes. Pienso de modo especial
en santa Catalina de Siena y en santa Teresa de Jesús,
a las que el Papa Pablo VI concedió el título
de doctoras de la Iglesia. Y ¿cómo no recordar
además a tantas mujeres que, movidas por la fe, han
emprendido iniciativas de extrordinaria importancia social
especialmente al servicio de los más pobres? En el
futuro de la Iglesia en el tercer milenio no dejarán
de darse ciertamente nuevas y admirables manifestaciones del
«genio femenino».
12. Vosotras veis, pues queridas hermanas, cuántos
motivos tiene la Iglesia para desear que, en la próxima
Conferencia, promovida por las Naciones Unidas en Pekín,
se clarifique la plena verdad sobre la mujer. Que se dé
verdaderamente su debido relieve al «genio de la mujer»,
teniendo en cuenta no sólo a las mujeres importantes
y famosas del pasado o a las contemporáneas sino también
a las sencillas, que expresan su talento femenino en el servicio
a los demás en la vida ordinaria. En efecto, es dándose
a los otros en la vida diaria como la mujer descubre la vocación
profunda de su vida; ella que, quizá más aún
que el varón, ve al hombre, porque lo ve con el corazón.
Lo ve independientemente de los diversos sistemas ideológicos
y políticos. Lo ve en su grandeza sin límites,
y trata de acercarse a él y serle de ayuda.. De este
modo, se realiza en la historia de la humanidad el plan fundamental
del Creador e incesantemente viene a la luz, en la variedad
de vocaciones, la belleza--no solamente física, sino
sobre todo espiritual--con que Dios ha dotado desde el principio
a la criatura humana y especialmente a la mujer.
Mientras confío al Señor en la oración
el éxito de la importante reunión en Pekín,
invito a las comunidades eclesiales a hacer del presente año
una ocasión para una sentida acción de gracias
al Creador y al Redentor del mundo precisamente por el don
de un bien tan grande como es el de la femineidad: ésta,
en sus múltiples expresiones, pertenece al patrimonio
constitutivo de la humanidad y de la Iglesia.
Que María, Reina del amor, vele sobre las mujeres
y sobre su misión al servicio de la humanidad, de la
paz y de la extensión del reino de Dios.
Con mi bendición.
Vaticano, 29 de junio, solemnidad de San Pedro y San Pablo,
del año l995
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Mensaje de Juan Pablo II a la señora Gertrude Mongella,
secretaria general de la IV Conferencia mundial de las Naciones
Unidas sobre la mujer
1. Con mucho gusto le doy la bienvenida al Vaticano en este
momento en que usted y sus colaboradoras están comprometidas
en la preparación de la IV Conferencia mundial de las
Naciones Unidas sobre la mujer, que se celebrará en
Pekín el próximo mes de septiembre. Allí,
la atención de la comunidad internacional se concentrará
sobre algunas cuestiones importantes y urgentes que atañen
a la dignidad, al papel y a los derechos de la mujer. Su visita
me permite expresarle mi profundo aprecio por sus esfuerzos
encaminados a hacer de la Conferencia cuyo tema es: Acción
por la igualdad, el desarrollo y la paz, una ocasión
para reflexionar serena y objetivamente sobre estas metas
vitales, y sobre el papel que la mujer ha de desempeñar
a fin de alcanzarlas.
La Conferencia ha suscitado grandes expectativas en amplios
sectores de la opinión pública. Consciente de
que está en juego el bienestar de millones de mujeres
en todo el mundo, la Santa Sede, como usted sabe, ha participado
activamente en las reuniones preparatorias y regionales con
vistas a la Conferencia. En este proceso, la Santa Sede ha
discutido tanto sobre cuestiones locales como globales de
particular interés para la mujer, no sólo con
otras delegaciones y organizaciones sino también y
especialmente con las mujeres mismas. La delegación
de la Santa Sede, compuesta en su mayor parte por mujeres,
ha escuchado con gran interés y estima las esperanzas
y los temores, las preocupaciones y las exigencias de mujeres
de todo el mundo.
2. Las soluciones para las cuestiones y los problemas planteados
ante la Conferencia, para ser correctas y permanentes, no
pueden basarse sólo en el reconocimiento de la dignidad
inherente e inalienable de la mujer, y en la importancia de
su presencia y de su participación en todos los ámbitos
de la vida social. El éxito de la Conferencia dependerá
de si ofrece una visión verdadera de la dignidad y
de las aspiraciones de la mujer, una visión capaz de
inspirar y apoyar respuestas objetivas y realistas a los sufrimientos,
las luchas y las frustraciones que siguen formando parte de
la vida de numerosísimas mujeres.
De hecho, el reconocimiento de la dignidad de todo ser humano
es el fundamento y la base del concepto de los derechos humanos
universales. Para los creyentes, esa dignidad y los derechos
que brotan de ella, están cimentados sólidamente
en la verdad de la creación del ser humano a imagen
y semejanza de Dios. La Carta de las Naciones Unidas se refiere
a esta dignidad de la misma manera, reconociendo la igualdad
de derechos del hombre y la mujer (cf. Preámbulo, apartado
2), un concepto fundamental en casi todos los instrumentos
internacionales sobre derechos humanos. Si el potencial y
las aspiraciones de numerosas mujeres de todo el mundo no
se hacen realidad, se debe en gran parte al hecho de que,
no se defienden sus derechos humanos, reconocidos en esos
instrumentos. En este sentido, la Conferencia puede lanzar
una advertencia precisa, invitando a los gobiernos y a las
organizaciones a trabajar efectivamente para garantizar legalmente
la dignidad y los derechos de la mujer.
3. Como ponen de relieve la mayoría de las mujeres,
igualdad de dignidad no significa ser idéntica al hombre.
Esto sólo empobrecería a la mujer y a toda la
sociedad, deformando o perdiendo la riqueza única y
los valores propios de la femineidad. En la visión
de la Iglesia, la mujer y el hombre han sido llamados por
el Creador a vivir en profunda comunión entre sí,
a conocerse recíprocamente, a entregarse a sí
mismos y actuar juntos tendiendo al bien común con
las características complementarias de lo que es femenino
y masculino.
Al mismo tiempo, no debemos olvidar que, en el nivel personal,
cada uno experimenta su dignidad no como el resultado de la
afirmación de sus derechos en el plano jurídico
e internacional, sino como la consecuencia natural de una
específica atención material, emotiva y espiritual
recibida en el carazón de su propia familia. Ninguna
respuesta a las cuestiones que atañen a la mujer puede
olvidar su papel en la familia o tomar a la ligera el hecho
de que toda vida nueva está confiada totalmente a la
protección y al cuidado de la mujer que la lleva en
su seno (cf carta encíclica Evangelium vitae, 58).
Para respetar este orden natural, es necesario oponerse a
la falsa concepción según la cual el papel de
la maternidad es opresivo para la mujer, y que un compromiso
con su familia, particularmente con sus hijos, le impide alcanzar
la plenitud personal, y a las mujeres en su conjunto les impide
influir en la sociedad. Así se perjudica no sólo
a los hijos, sino también a la mujer e incluso a la
sociedad, cuando se la hace sentir culpable de querer permanecer
en su casa para educar y cuidar a sus hijos. Por el contrario,
habría que reconocer, aplaudir y apoyar con todos los
medios posibles la presencia de la madre en la familia, tan
importante para la estabilidad y el crecimiento de esta unidad
básica de la sociedad. De la misma manera la sociedad
necesita recordar a los esposos y padres sus responsabilidades
familiares, y debe esforzarse por crear una situación
en la que no se vean obligados por las circunstancias económicas
a salir siempre de su casa en busca de trabajo.
4. Además, en el mundo actual, donde numerosos niños
afrontan crisis que amenazan no sólo su desarrollo
a largo plazo sino también su propia vida, es urgente
restablecer y reafirmar la seguridad que proporcionan los
padres responsables--madre y padre--en el ámbito de
la familia. Los hijos necesitan el ambiente positivo de una
vida familiar estable, que asegure su desarrollo hacia la
madurez humana, las niñas en igualdad con los niños.
La Iglesia ha mostrado históricamente, tanto con palabras
como con hechos, la importancia de educar a las niñas,
proporcionándoles asistencia sanitaria, particularmente
donde de otro modo no podrían gozar de estos beneficios.
Cumpliendo la misión de la Iglesia y apoyando los objetivos
de la Conferencia sobre la mujer, impulsaremos a las instituciones
y organizaciones católicas de todo el mundo a seguir
preocupándose y a prestar atención especial
a las niñas.
5. En el mensaje de este año para la Jornada mundial
de la paz, sobre el tema: La mujer, educadora para la paz,
escribí que el mundo necesita urgentemente «escuchar
las aspiraciones de paz que ellas (las mujeres) expresan con
palabras y gestos y, en los momentos más dramáticos,
con la elocuencia callada de su dolor» (Mensaje para
la Jornada mundial de la Paz de 1995. n. 4. De hecho debería
ser evidente que «cuando las mujeres tienen la posibilidad
de transmitir plenamente sus dones a toda la comunidad cambia
positivamente el modo mismo de comprenderse y organizarse
la sociedad» (ib., n. 9). Se trata de un reconocimiento
del papel único que la mujer desempeña para
humanizar la sociedad y conducirla hacia los objetivos positivos
de la solidaridad y la paz. De ningún modo la Santa
Sede pretende limitar la influencia y la actividad de la mujer
en la sociedad. Por el contrario, sin apartarla de su función
en la familia, la Iglesia reconoce que la contribución
de la mujer al bienestar y al progreso de la sociedad es incalculable;
la Iglesia considera que las mujeres pueden hacer mucho más
para salvar a la sociedad del virus mortal de la degradación
y la violencia, que hoy registran un aumento dramático.
No deberían existir dudas de que sobre la base de
su igual dignidad con el hombre, «las mujeres tienen
pleno derecho a insertarse activamente en todos los ámbitos
públicos y su derecho debe ser afirmado y protegido
incluso por medio de instrumentos legales donde se considere
necesario» (ib., n. 9). En verdad, en algunas sociedades,
la mujer ha dado grandes pasos en esta dirección, participando
de un modo más decisivo, no sin haber superado numerosos
obstáculos, en la vida cultural, social, económica
y política (cf. ib., n. 4). La Conferencia de Pekín
puede ayudar a consolidar este desarrollo positivo y esperanzador,
en particular exhortando a todos los países a superar
situaciones que impiden reconocer, respetar y apreciar a la
mujer en su dignidad y competencia. Es preciso cambiar profundamente
las actitudes y la organización de la sociedad para
facilitar la participación de la mujer en la vida pública,
y, al mismo tiempo, tomando las medidas necesarias para que
tanto la mujer como el hombre puedan cumplir sus obligaciones
especiales con respecto a la familia. En algunos casos ya
se han realizado cambios para permitir que la mujer tenga
acceso a la propiedad y a la administración de sus
bienes. No se debería descuidar tampoco las dificultades
especiales y los problemas que afronta la mujer que vive sola
o que es jefe de familia.
6. De hecho, el desarrollo y el progreso implican tener acceso
a los recursos y a las oportunidades, igual acceso no sólo
entre los países menos desarrollados, los que están
en vías de desarrollo y los más ricos, y entre
las clases sociales y económicas, sino también
entre hombres y mujeres (cf. concilio Vaticano II, constitución
sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes 9). Hay
que hacer mayores esfuerzos para eliminar la discriminación
contra la mujer en áreas que incluyen la educación,
la asistencia sanitaria y el empleo. Donde se excluye sistemáticamente
de estos bienes a determinados grupos o clases, y donde las
comunidades o países carecen de infraestructuras sociales
básicas y oportunidades económicas, las mujeres
y los niños son los primeros que experimentan la marginación.
Y aún así, donde abunda la pobreza, o frente
a la devastación de conflictos y guerras. o la tragedia
de la emigración, forzada o por otras causas, muy a
menudo es la mujer la que conserva las huellas de la dignidad
humana, defiende la familia y preserva los valores culturales
y reli*iosos. La historia se escribe casi exclusivamente como
una narración de las conquistas del hombre, cuando,
de hecho, en su mayor parte ha sido plasmada más a
menudo por la acción decidida y perseverante de la
mujer en busca del bien. En otra ocasión he escrito
acerca de la obligación del hombre con respecto a la
mujer en el ámbito de la vida y la defensa de la vida
(cf. carta apostólica Mulieris dignitatem, 18). Es
muy necesario aún hablar y escribir acerca de la gran
deuda que tiene el hombre con respecto a la mujer en todos
los otros campos del progreso social y cultural. La Iglesia
y la sociedad humana han sido, y siguen siendo inmensamente
enriquecidas por la presencia y los dones únicos de
la mujer, especialmente por las que se han consagrado al Señor
y, en él, se han entregado al servicio de los demás.
7. No cabe duda de que la Conferencia de Pekín prestará
atención a la terrible explotación de mujeres
y niñas que existe en todas partes del mundo. La opinión
pública sólo está comenzando a hacer
inventario de las condiciones inhumanas en las que mujeres
y niños se ven a menudo obligados a trabajar, especialmente
en las áreas menos desarrolladas del mundo con un sueldo
mínimo o incluso sin él, y sin derechos ni seguridad
laborales. ¿Y qué decir de la explotación
sexual de mujeres y niños? La trivialización
de la sexualidad, especialmente en los medios de comunicación,
y la aceptación en algunas sociedades de una sexualidad
sin freno moral ni responsabilidad, son perjudiciales sobre
todo para la mujer, pues aumenta los desafíos que ha
de afrontar para defender su dignidad personal y su servicio
a la vida. En una sociedad que sigue este camino, es muy fuerte
la tentación de recurrir al aborto como una solución
para el resultado no deseado de la promiscuidad sexual y la
irresponsabilidad. Y aquí, una vez más, es la
mujer la que soporta el mayor peso. A menudo abandonada a
sus propias fuerzas o presionada para que acabe con la vida
de su hijo antes de que nazca, debe soportar después
el peso de su conciencia, que le recuerda siempre que ha quitado
la vida a su hijo (cf. Mulieris dignitatem, 14).
Una solidaridad radical con la mujer exige que se afronten
las causas que impulsan a no desear al hijo. Jamás
habrá justicia, incluyendo la igualdad, el desarrollo
y la paz, tanto para la mujer como para el hombre, si no existe
la determinación firme de respetar, proteger, amar,
servir a la vida, a toda vida humana, en cualquier estadio
y situación (cf. Evangelium vitae, 5 y 87). Es bien
sabido que ésta es una preocupación fundamental
de la Santa Sede, y se reflejará en las posiciones
que tomará su delegación en la Conferencia de
Pehn.
8. El desafío que afrontan la mayor parte de las sociedades
consiste en apoyar, más aún, en fortalecer el
papel de la mujer en la familia y, al mismo tiempo, hacer
lo posible para que use todos sus talentos y ejerza todos
sus derechos en la construcción de la sociedad. Sin
embargo, una mayor presencia de la mujer en las fuerzas laborales,
en la vida pública y, en general, en los procesos para
tomar decisiones que marcan el camino de la sociedad, en plena
igualdad con el hombre, seguirá siendo problemática
mientras los costes estén a cargo del sector privado.
En esta área el Estado tiene un deber de subsidiariedad,
que ha de ejercer a través de apropiadas iniciativas
legislativas y de seguridad social. En la perspectiva de políticas
de libre mercado sin control, existen pocas esperanzas de
que la mujer pueda superar los obstáculos que encuentre
en su camino.
La Conferencia de Pekín afronta numerosos desafíos.
Esperamos que, en su desarrollo, la Conferencia evite los
escollos del individualismo exagerado, con el relativismo
moral que lo acompaña, o, en el lado opuesto, los escollos
de un condicionamiento social y cultural que no permite que
la mujer llegue a tomar conciencia de su propia dignidad,
con consecuencias drásticas para el propio balance
de la sociedad y con continuo dolor y desesperanza por parte
de tantas mujeres.
9. Señora secretaria general, espero y pido a Dios
que los participantes en la Conferencia aprecien la importancia
de lo que se ha de decidir en ella, así como sus implicaciones
para millones de mujeres de todo el mundo. Se requiere una
gran sensibilidad para evitar el riesgo de tomar iniciativas
que estén lejos de solucionar las necesidades de la
vida concreta y satisfacer las aspiraciones de la mujer, a
quien la Conferencia quiere servir y promover. ojalá
que, con la ayuda de Dios todopoderoso, usted y todas las
personas implicadas trabajen con claridad de mente y rectitud
de corazón, para que se alcancen más plenamente
los objetivos de igualdad, desarrollo y paz.
Vaticano, 26 de mayo de l995.
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