| 1. En la Iglesia todos
los seguidores de Cristo pueden y deben ser miembros activos
en virtud del bautismo y la confirmación, y los casados,
en virtud del mismo sacramento del matrimonio. Pero quiero
destacar hoy algunos puntos relacionados con el compromiso
de la mujer que, ciertamente, está llamada a dar su
contribución personal -dignísima e importantisima-
a la misión de la Iglesia.
La mujer, participando, como todos los fieles, del ministerio
sacerdotal, profético y real de Cristo, manifiesta
sus aspectos especificos, correspondientes y adecuados a la
personalidad femenina; y precisamente por esta razón
recibe algunos carismas, que abren caminos concretos a su
misión.
2. No puedo repetir aquí cuanto he escrito en la carta
apostólica Mulieris dignitatem (15 de agosto de 1988)
y en la exhortación apostólica Christifideles
laici (30 de diciembre de 1988) sobre la dignidad de la mujer
y los fundamentos antropológicos y teológicos
de la condición femenina. He hablado allí de
su participación en la vida de la sociedad humana y
cristiana y en la misión de la Iglesia, en relación
con la familia, la cultura y los diferentes estados de vida,
los varios sectores en los que se realiza la actividad humana
y las diversas experiencias de alegría y dolor, salud
y enfermedad, éxito y fracaso, presentes en la vida
de todos.
Según el principio enunciado por el Sínodo
de 1987 y recogido por la Christifideles laici (n. 51), «las
mujeres participen en la vida de la Iglesia sin ninguna discriminación
también en las consultaciones y en la elaboración
de las decisiones». De ahí que las mujeres tengan
la posibilidad de participar en los varios consejos pastorales
diocesanos y parroquiales, así como en los sínodos
diocesanos y en los concilios particulares. Más aún,
según la propuesta del Sínodo, las mujeres «deben
ser asociadas a la preparación de los documentos pastorales
y de las iniciativas misioneras, y deben ser reconocidas como
cooperadoras de la misión de la Iglesia en la familia,
en la profesión y en la comunidad civilo (ib.). En
todos estos campos la intervención de mujeres preparadas
puede dar una gran contribución de sabiduría
y moderación, de valentía y entrega, de espiritualidad
y fervor para el bien de la Iglesia y de la sociedad.
3. En todo el compromiso eclesial de la mujer puede y debe
reflejarse la luz de la revelación evangélica,
según la cual una mujer, como representante del género
humano, fue llamada a dar su consenso a la encarnación
del Verbo. El relato de la Anunciación sugiere esta
verdad cuando nos enseña que sólo después
del fiat mihi de María, que aceptaba ser la madre del
Mesias, «el ángel, dejándola, se fue»
(Lc 1, 38). El ángel había cumplido su misión:
podía llevar a Dios el sí de la humanidad, pronunciado
por María de Nazaret. Siguiendo el ejemplo de María,
a la que Isabel poco tiempo después proclama bendita
por haber creído (cf. Lc 1, 42), y recordando que también
a Marta antes de resucitar a Lázaro, Jesús le
pide una profesión de fe (cf. Jn 11, 26), la mujer
cristiana se sentirá llamada de modo singular a profesar
y a testimoniar su fe. La Iglesia necesita testigos decididos,
coherentes y fieles que, ante las dudas y la incredulidad
tan frecuentes en muchos sectores de la sociedad actual, muestren
su adhesión a Cristo, siempre vivo, con sus palabras
y sus obras.
No podemos olvidar que, según el relato evangélico,
el día de la resurrección de Jesús las
mujeres fueron las primeras en testimoniar esta verdad, afrontando
las dudas y, quizá, cierto escepticismo de los discípulos,
que no querían creer pero que, al final, compartieron
su fe. También en aquel momento se manifestaba la naturaleza
más intuitiva de la diligencia de la mujer, que la
hace más abierta a la verdad revelada y más
capaz de captar el significado de los hechos y aceptar el
mensaje evangélico. A lo largo de los siglos han sido
innumerables las pruebas de esta capacidad y de esta prontitud.
4. La mujer tiene una aptitud particular para transmitir
la fe y por eso, Jesús recurrió a ella para
la evangelización. Así sucedió con la
samaritana, a la que Jesús encuentra en el pozo de
Jacob y elige para la primera difusión de la nueva
fe en territorio no judío. El evangelista anota que,
después de haber aceptado personalmente la fe en Cristo,
la samaritana se apresura a comunicarla a los demás,
con entusiasmo pero también con la sencillez que favorece
el consenso de fe: «Venid a ver a un hombre que me ha
dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?»
(Jn 4, 29). La samaritana, pues, se limita a formular una
pregunta y atrae a sus paisanos hacia Jesús, con la
humildad sincera que acompaña la comunicación
del maravilloso descubrimiento que ha hecho.
En su actitud pueden vislumbrarse las cualidades típicas
del apostolado femenino también en nuestro tiempo:
la iniciativa humilde, el respeto a las personas, sin la pretensión
de imponer un modo de ver, y la invitación a repetir
su experiencia como camino para llegar a la convicción
personal de la fe.
5. Es preciso observar que, en la familia, la mujer tiene
la posibilidad y la responsabilidad de la transmisión
de la fe en la primera educación de los hijos. De modo
peculiar, le corresponde la tarea gozosa de llevarlos a descubrir
el mundo sobrenatural. La comunión profunda que la
une a ellos le permite orientarlos eficazmente hacia Cristo.
Sin embargo, esta tarea de transmisión de la fe por
parte de la mujer no está destinada a realizarse sólo
en el ámbito de la familia sino como se lee en la Christifideles
laici, «también en los más diversos lugares
educativos y, en términos más amplios, en todo
aquello que se refiere a la recepción de la palabra
de Dios, su comprensión y su comunicación, también
mediante el estudio, la investigación y la docencia
teológica» (n. 51). Se trata de alusiones al
papel que la mujer desempeña en el campo de la catequesis,
que ha ganado hoy espacios amplios y diversos, algunos de
los cuales eran impensables en tiempos pasados.
6. Además, la mujer tiene un corazón comprensivo,
sensible y compasivo, que le permite conferir un estilo delicado
y concreto a la caridad. Sabemos que ha habido siempre en
la Iglesia numerosas mujeres -religiosas y laicas, madres
de familia y solteras- que se han dedicado a aliviar los sufrimientos
humanos. Han escrito páginas maravillosas de entrega
a las necesidades de los pobres, de los que sufren, de los
enfermos, de los minusválidos y de todos los que ayer
eran -y a menudo aún lo son hoy- abandonados o rechazados
por la sociedad. ¡Cuántos nombres suben del corazón
a los labios incluso cuando se quiere hacer sólo una
simple alusión a esas figuras heroicas de la caridad
ejercida con tacto y habilidad completamente femenina, en
las familias, en los institutos, en los casos de males fisicos,
y con personas que eran víctimas de la angustia moral,
la opresión y la explotación! Nada de esto escapa
a la mirada divina, y también la Iglesia lleva en su
corazón los nombres y las experiencias ejemplares de
tantas nobles representantes de la caridad, que a veces inscribe
en el catálogo de sus santos.
7. Por último, un campo significativo del apostolado
femenino en la Iglesia es el de la animación de la
liturgia. La participación femenina en las celebraciones,
generalmente más numerosa que la masculina, muestra
el compromiso en la fe, la sensibilidad espiritual, la inclinación
a la piedad y la adhesión de la mujer a la oración
litúrgica y a la Eucaristía.
En esta cooperación de la mujer con el sacerdote y
con los otros fieles en la celebración eucarística,
podemos ver proyectada la luz de la cooperación de
la Virgen María con Cristo, en la Encarnación
y en la Redención. Ecce ancilla Domini: «He aquí
la esclava del Señor, hágase en mi según
tu palabra» (Lc 1, 38).
María es el modelo de la mujer cristiana en el espíritu
y en la actividad, que dilata en el mundo el misterio del
Verbo encarnado y redentor.
Jesús confió la continuación de su obra
redentora en la Iglesia al ministerio de los Doce y de sus
colaboradores y sucesores. No obstante, junto a ellos quiso
la cooperación de las mujeres como lo demuestra el
hecho de haber asociado a María a su obra. Más
específicamente, manifestó esa intención
con la elección de María Magdalena como pregonera
del primer mensaje del Resucitado a los Apóstoles.
Es una colaboración que aparece ya al comienzo de la
evangelización, y se ha repetido luego muchísimas
veces, desde los primeros siglos cristianos, ya sea como actividad
educativa o escolar, ya como compromiso de apostolado cultural,
o de acción social, o de colaboración con las
parroquias, las diócesis y las diferentes instituciones
católicas. En todo caso, la luz de la Ancilla Domini
y de las otras mujeres ejemplares, que el Evangelio ha inmortalizado,
resplandece en el ministerio de la mujer. Aunque a muchas
no las conocemos, de ninguna de ellas se olvida Cristo, quien,
al referirse a María de Betania, que había derramado
sobre su cabeza aceite perfumado, afirmó: «Dondequiera
que se proclame esta buena nueva, en el mundo entero, se hablará
también de lo que ésta ha hecho» (Mt 26,
18).
Agradezco al Señor que me haya permitido celebrar
hoy un nuevo encuentro en esta sala. (Trad. L"O.R.)
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