|
¡Me habría gustado tanto poder comprar aquellos
zapatos...! En la vitrina se veían preciosos: eran
de piel, color rosa pálido, con un tacón delgado
no muy alto. La punta de los zapatos era larga y estrecha,
tal como los usaban las modelos y las artistas de cine. Para
colmo de la elegancia, tenían un pequeño adorno
hecho con la misma piel rosada. Estuve un rato admirándolos,
sin atreverme a entrar en la tienda. Hacía tiempo había
aprendido que si no aparecen precios en la vitrina, el establecimiento
estaba por encima de mis posibilidades. Pero me propuse firmemente
ahorrar todo lo que pudiera, para poderlos comprar algún
día.
Al los pocos meses volví a la zapatería con
la idea de adquirirlos, pero resultó que ya no estaban
a la venta. De hecho, no se veía ningún zapato
estrecho y de tacón fino por los alrededores. La vitrina
estaba llena de zapatos grandes, gordos y toscos, con un tacón
tan ancho que se salía por los lados. Y algunos parecían
como montados encima de una plataforma de corcho…
–¿Qué pasó con los zapatos elegantes?
–Ya no se usan–, me dijo a media voz la vendedora;
–lo último es lo que tenemos en la vitrina. Es
lo que se está usando, y viera cómo se han vendido.
–¡Pero no son bonitos!, me atreví a opinar.
–¿Cómo que no? Es lo que encontraría
en París, en Nueva York...¿No ha visto las revistas?
–Tal vez vi un número de hace dos o tres meses...
¿Pero de verdad esto es lo que está de moda?
–Sí, y ya verá cómo le van a gustar...
–No sé...lo dudo. Pero, en fin...
A los pocos días pude comprobar que, efectivamente,
aparecían en todas las revistas como el non plus ultra
de la moda, y cuanto más los veía, en las ilustraciones
o por la calle, menos feos y más simpáticos
me parecían: gorditos, un poco toscos, pero encantadores.
Pero tuvo que pasar algún tiempo para que me animara
a comprar un par. Me costó acostumbrarme, pero a las
pocas semanas me sentía como si caminara por las calles
de Manhattan o de Milán: realmente eran la última
moda, ¡y además cómodos! Pero en algún
lugar de mi corazón seguía conservando la imagen
de aquellos zapatos rosados que nunca volvería a ver.
Pasó el tiempo –dos años, tal vez tres–
sin que regresara a la zapatería, porque ya no trabajaba
en esa zona de la ciudad. Pero un día tuve que ir a
hacer alguna gestión por allí y pasé,
con cierta nostalgia, por el frente de la tienda. Me detuve
un momento a ver lo que había en la vitrina, pero no
sé por qué algo me hizo mirar hacia adentro,
y me pareció… ¡Pero, no, no era posible!
En una esquina había una mesita pequeña, y sobre
la mesa había tres o cuatro pares de zapatos rosados…
¡mis zapatos rosados! Un letrero bastante disimulado
anunciaba el precio: menos de la décima parte de lo
que habían costado el día que los vi por primera
vez. Era evidente, por el precio, que querían deshacerse
de ellos. ¡Qué alegría! Ahora sí
que me los llevaría. Aunque, pensándolo bien,
¿para qué me iban a servir ahora? ¿Con
qué me los pondría? Y sobre todo, iría
distinta a todas mis amigas, que llevaban los gruesos zapatos
con plataforma. Además, pensándolo bien, no
eran bonitos: ¡aquellos taconcitos delgados, tan anticuados!
Tal vez si la punta no fuera tan afilada... No, la verdad
es que eran bastante feítos... Silenciosamente me despedí
de los zapatos rosados, con bastante menos dolor que la primera
vez. Lástima que fueran tan feos, porque mi presupuesto
me habría permitido comprar varios pares en esta ocasión.
Treinta años después, todavía me pesa
mi falta de clarividencia. Si los hubiera comprado en aquel
momento y los hubiera guardado durante dos o tres décadas,
me habría ahorrado bastante dinero, porque… ¡volvieron
a ponerse de moda! Pero para entonces ya había desaparecido
la zapatería, para dar paso a un gigantesco centro
comercial. Así es la vida. Sobre todo, así es
la moda...
¿Quién puede decir que comprende perfectamente
eso que llamamos “la moda”? Porque es un fenómeno
extraordinariamente complejo y sobre todo misterioso. Pensemos:
lo que nos gusta hoy, tal vez ya no nos gustará dentro
de unos meses; y lo que nos gustaría ponernos siempre
–porque nos queda bien y está en perfectas condiciones–
no lo podemos usar, al menos por ahora. Si lo conservamos
adecuadamente, tal vez dentro de 30 años podamos volverlo
a usar, haciéndole algunos pequeños cambios;
por supuesto, si estamos vivos, si nos cabe y si la tela no
está muy deteriorada…
Es desconcertante. Somos las mismas personas hoy que ayer,
pero lo que ayer nos parecía precioso, hoy nos parece
detestable y no nos lo pondríamos por nada del mundo.
¿Qué ha cambiado? Nosotros seguimos siendo los
mismos... Tampoco ha cambiado la cosa en sí: la prenda
en cuestión sigue siendo la misma: la talla es la adecuada,
es de buen material… seguiría sirviendo perfectamente.
Pero tenemos que dejarla y adquirir otra. Es un verdadero
misterio. Y además de dictar tiránicamente lo
que podemos ponernos y lo que no podemos usar, nos hace muchas
veces ir francamente incómodos. ¿Cómo
han podido hombres y mujeres soportar el ahogo de un enorme
cuello de pliegues almidonados? ¿Y caminar sobre unos
zapatos de tacón altísimos, que requieren verdadera
maestría para no perder el equilibrio? ¿O ponerse
unos sombreros que pesaban casi más que la usuaria?
Estamos ante un fenómeno con el que nos relacionamos
día a día, pero que se escurre cuando queremos
entenderlo con profundidad. Numerosos autores se han dedicado
al tema, con más o menos acierto: desde historiadores
hasta economistas, pasando por psicólogos, sociólogos,
semiólogos... La moda es un fenómeno tan rico
en matices, que se presta para realizar investigaciones muy
variadas; por ejemplo, es posible investigar cómo se
vestían las damas y los caballeros en la corte de Enrique
VIII, los soldados romanos, las mujeres “pioneras”
del Oeste de Estados Unidos o los campesinos rusos en tiempos
de Pedro el Grande. Conocer el desarrollo de la industria
de la moda como tal, especialmente a partir de la mecanización
de este sector, desde los primeros grandes diseñadores
como Worth hasta las “maquilas” o “sweatshops”
que funcionan hoy en varios países centroamericanos,
es también un tema de gran interés; también
es posible profundizar en el significado de un determinado
modo de vestir dentro de la estratificación social
en un momento y en un lugar dado.
Además del interés histórico, sociológico,
económico o de otro tipo, también es posible
estudiar la situación de la moda en una época
concreta, con el propósito de evaluar lo que parecen
ser sus logros y lo que se puede calificar como sus carencias
o claramente sus errores. Si se trata de una época
ya pasada, este juicio de valor, como es natural, no puede
“cambiar nada”; pero si se trata de la moda del
momento presente, existe la posibilidad no sólo de
evaluar sino también de considerar –partiendo
de criterios antropológicos sólidos– si
su “ser” coincide con lo que se presenta con su
“deber ser”; y, si no es así, sugerir estrategias
que permitan modificar la situación y conseguir que
el mundo de la moda sea “lo que debe ser”. Esto
es lo que me gustaría hacer en este libro.
|