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Una de las mejores maneras de entusiasmarse con este panorama
–de esfuerzo pero con grandes expectativas– es
imaginarse por un momento la moda “como debería
ser”. De alguna manera, “soñar” una
moda realmente humana.
¿Cómo debe ser la moda? ¿Qué
calificativos nos gustaría poder aplicarle? Naturalmente,
la respuesta depende del “proyecto de vida” de
la persona a la que se pregunta, y éste, a su vez,
depende de sus convicciones sobre el ser del hombre y la mujer
y el sentido de la vida. Si se le hiciera esta pregunta a
aquellas personas cuyo proyecto de vida está orientado
hacia metas más sólidas que las de quienes buscan
sólo el bienestar o la ganancia, menos efímeras
que las de quienes sólo persiguen la admiración
ajena, y más ancladas en la realidad del ser humano
que las de quienes ni siquiera saben que hay un sentido y
un fin, contestarían en el fondo cosas muy parecidas.
Desde el recto conocimiento de lo humano se puede “soñar”
una moda realmente humana, que contribuya al bien de las personas
que la diseñan, la promueven, la distribuyen, la venden,
la compran y la usan; a la larga, a la familia y a la sociedad
entera.
Es evidente que se pueden encontrar muchas formas distintas
de expresar esta imagen de la moda “como debería
ser”. Pero sin duda que todas coincidirían en
que su objetivo sería ofrecer una imagen agradable,
digna y elegante, de acuerdo con la edad y condición,
el lugar, el acontecimiento, el propio estilo, las tendencias
de la moda, con una inversión de recursos (dinero y
tiempo) sobria y prudente. Dicho de otro modo, podría
decirse que la moda debe ser digna, elegante, bella, inteligente,
libre, sobria, auténtica, democrática y actual.
1-DIGNA: El vestido debe reflejar la dignidad de
la persona
1.1 El fundamento de la dignidad
La dignidad del hombre y de la mujer proviene de que son
personas: “…el ser humano tiene la dignidad de
persona: no es solamente algo, sino alguien”(50). Es
capaz de conocer y amar. Tiene profundidades impensadas de
entendimiento, libertad y creatividad. Es alguien, en definitiva,
cuya dignidad está fundamentada en Dios”(51)
.
1.2 El vestido como reflejo de la dignidad
¿Cómo tendría que ser el vestido para
reflejar esta dignidad? Es el vestido que hace honor a la
condición de persona (ser corpóreo-espiritual)
y que al mismo tiempo constituye un reconocimiento de la dignidad
de los demás. Un modo de vestir digno es el que, al
cubrir adecuadamente el cuerpo, permite y facilita que el
mundo interior, el modo de ser, los valores de la persona,
se trasluzcan al exterior, sin que haya nada que obligue a
la vista a detenerse en lo meramente corporal, y menos todavía,
a concentrarse únicamente en el cuerpo como promesa
de satisfacción material, que es lo que ocurre cuando
se viste sin pudor.
“El cuerpo del hombre goza de una dignidad especial,
ya que está, junto con el alma, en estrecha relación
con Dios. Los órganos humanos (cerebro, corazón,
hígado, etc.) por tanto, aunque morfológica
y bioquímicamente sean parecidos a los de los animales,
sin embargo, mientras pertenecen al hombre vivo, son esencialmente
distintos. Se distinguen por el principio que los vivifica;
éste no es un ‘alma’ animal (vegetativa,
o simplemente inmaterial) sino un alma humana”(52).
Es el hecho de poseer un alma espiritual el que da a todo
lo humano una dimensión distinta. La manera de vestir
debe reflejarlo, debe estar de acuerdo con la verdad sobre
el hombre y la mujer, y buscar el bien, el desarrollo pleno,
no la corrupción.
La moda digna es siempre acorde con el pudor, que –como
ya hemos visto– es la defensa de la intimidad corporal
y espiritual. “Intimidad significa mundo interior –este
mundo dentro de mí, del que yo tengo alguna conciencia;
es el ‘santuario’ de lo humano. Lo íntimo
es lo que sólo conoce uno mismo: es lo más propio.
Puedo entrar dentro de mí, y ahí puedo estar
solo conmigo mismo; nadie puede apresarme. De alguna manera,
me poseo en el origen, soy dueño de mi mismo.
Es característico del espíritu este poseerse
a sí mismo”(53) .
1.3 El modo de vestir nunca es indiferente
El hombre y la mujer de algún modo crean las tendencias
de la moda y a la vez son afectados por ellas. Ya que tienen
que vestirse, pueden hacerlo de muchas maneras posibles. Pero
no es indiferente el tipo de vestuario que se escoja, precisamente
porque tiene algunos requisitos que se derivan de la dignidad
arriba mencionada. Noblesse oblige. En primer lugar,
el respeto al propio cuerpo y respeto a los demás,
No podrá ser, entonces, cualquier moda, sino la que
esté de acuerdo con esta dignidad y con este respeto;
la vinculación de la persona con las corrientes de
moda tiene una justa medida, señalada por la templanza
propia de quien sabe que no es sólo cuerpo; el deseo
de atraer tiene también raíces en la consideración
de la dignidad de los demás, y seguirá los cauces
que señale la prudencia… En resumen, la moda
también queda iluminada por el conocimiento profundo
del ser humano, y tiene que mantenerse en el nivel de respeto
y dignidad que le corresponde.
1.4 La imagen femenina
Especialmente la mujer “ (...) marca la pauta en la
sociedad en la que vive, pone el tono en los círculos
en que se mueve. Su aspecto, su presentación, su manera
de ser, sus gestos, su irradiación, su aroma, sus detalles,
su voz, se proyectan sobre todas las personas en su entorno,
marcando el tono, tanto en lo estético, como en lo
ético. Y esto causa un efecto recíproco. Así
como se presenta la mujer, así se le trata. La forma
de presentarse una mujer siempre surte efecto, independientemente
de si ella misma lo pretende o no”(54) .
“La decencia en el vestido no es un valor anticuado
o pasado de moda. Es un valor funcional, que se refiere al
sentido que el hombre confiere a su vida en cada
momento, a través de su relación con los demás”(55).
En resumen, podemos decir que un modelo puede ser bellísimo
en sí: el material, la perfección del corte
y de los terminados, el color, la exquisitez de los adornos;
puede ser apropiado para la ocasión y haber sido escogido
libremente; la usuaria considera que es auténtico reflejo
de su personalidad, o sea, es auténtico, y está
a la última moda. Pero si no es modesto (en el sentido
de que defiende la intimidad física) no es realmente
“humano”. Se podría decir que si no hay
pudor no hay verdadera elegancia y la belleza será
siempre parcial, porque falta lo primordial, que es el poder
reflejar el mundo interior. Por eso, es fácil entender
que esta característica es la más importante
de todas las que pueden enumerarse para describir la moda
“como debería ser”.
2-ELEGANTE: La elegancia es un modo de ser
2.1 La elegancia es una “buena elección”
La moda debe ser elegante. Otro de los términos que
se manejan continuamente, sin que sea fácil “atraparlo”
en una definición. ¿Qué es, en sí,
la elegancia? ¿Es lo mismo que la dignidad o la belleza?
El término elegancia se refiere a “elegir”:
la persona elegante sería la que sabe escoger. Sólo
por analogía se puede decir –y es el lenguaje
que se usa en la vida diaria– que una prenda “es
muy elegante”. Es posible pasar largos ratos admirando
bellísimos vestidos en una exposición y calificarlos
como la cumbre de la elegancia. Pero en realidad, aunque un
vestido puede ser bello y estar magistralmente confeccionado,
en sí mismo no es elegante; es “capaz de hacer
que quien lo use se vea elegante”. Si nadie la usara
nunca, quedaría como una promesa, como algo que nunca
llegó a florecer; en último extremo, no es más
que un pedazo de tela.
Porque el vestido no elige; quien lo usa es quien “elige”
la prenda que le facilitará (aunque nunca lo puede
garantizar) “verse elegante”. Precisamente es
esa la etimología del término: elegancia hace
relación a elegir lo más adecuado.
Y “elegir” es un acto de la voluntad, algo que
supone el ejercicio de la facultades específicamente
humanas: la inteligencia y la voluntad libre. Es, pues, un
acto eminentemente interior. Para muchos autores, la elegancia
es una cualidad que no se puede limitar al vestido, sino que
abarca el conjunto de manifestaciones de la personalidad:
el modo de hablar, de relacionarse con los demás, de
conducirse en todo momento. Un autor llega a denominarla,
con mucha razón, “el perfume del espíritu”
(56).
Para ser elegante, según se ha dicho más arriba,
hay que saber elegir. Se asume que quien elige escogerá
lo mejor: lo digno y lo bello. Pero puede ser que se escoja
un modelo como elegante, aunque no sea digno. En ese caso,
puede decirse que estrictamente hablando no hay verdadera
elegancia, porque se ha elegido mal. “Cualquier comportamiento
que pueda ser calificado de éticamente malo, queda
excluido del ámbito de la elegancia, porque el término
‘elegancia’ nos remite al concepto de ‘elegir
lo mejor’ y lo mejor nunca puede ser el mal” (57).
Algo parecido puede decirse de la relación entre
elegancia y belleza: ¿puede ser elegante un vestido
digno, pero feo? Es difícil, aunque –a diferencia
del caso anterior– no es imposible, porque la elegancia
no se reduce al uso del vestido: como hemos visto, es algo
interior. Es “en el interior del espíritu humano
(...) donde emergen las diversas virtualidades configuradoras
de la elegancia. Necesariamente hay que partir desde
la estructura mas intima y profunda de la personalidad para
encontrar el origen y la causa de ciertas formas de ser que
no dudamos en calificar como elegantes. La elegancia
tiene mucho más que ver con la riqueza interior que
con el adorno externo de unas ropas” (58).
La elegancia se dará cuando hay sencillez y mesura;
cuando se hayan contestado correctamente las preguntas ¿quién,
cómo, cuándo y dónde?; cuando se haya
cuidado la calidad de materiales; cuando se haya conseguido
naturalidad y comodidad; cuando las prendas se hayan combinado
con gusto; cuando se hayan escogido cuidadosamente los accesorios
y el calzado; cuando haya limpieza y orden.(59)
Esta misma autora entiende elegancia como “una virtud
que se da, cuando el conjunto de los gestos, del vestido,
del comportamiento, en su armonía, naturalidad y sencillez,
se puede reconocer que detrás de esa envoltura exterior
hay un alma. Elegancia es el dominio del espíritu sobre
el cuerpo. Cuando ese espíritu, esa alma puede percibirse
a través de lo material y exterior, ha sido capaz de
pasar el cuerpo y sonar a través de la envoltura (…)
Entonces se ha dado tanto personalidad como elegancia”
(60).
También García encuentra que la elegancia
brota del interior de la persona: “…necesariamente
hay que partir desde la estructura mas íntima y profunda
de la personalidad para encontrar el origen y la causa de
ciertas formas de ser que no dudamos en calificar como elegantes”(61).
Y no duda en afirmar que “la elegancia tiene mucho más
que ver con la riqueza interior que con el adorno externo
de unas ropas”(62). Más adelante expresa su convicción
de que “la elegancia femenina, entonces, no radica en
el ensalzamiento de los encantos corporales, sino en la armonía
de cuerpo y espíritu, en la unidad de lo visible y
lo invisible, en el misterio que está escondido más
allá de lo corporal. Si la mujer pierde ese misterio,
ese enigma, agotará el interés muy pronto, ya
no interesa, aburre. Se desecha. Y la mujer no debe perder
nunca esa facultad de interesar, de encantar, con la cual
fue dotada desde su creación”(63) .
2.3. No está solo en el vestuario
Profundizar más en el concepto de elegancia permite
captar que “surge siempre de la delicadeza del espíritu”.
Para García, la elegancia no es una cualidad
esporádica, que se dé de vez en cuando, en una
circunstancia determinada, porque en realidad más que
“ponerse elegante” (que siempre es algo extrínseco
a la persona), de lo que se trata es de “ser elegante”.
La ropa, los cosméticos, etc., tienen un alcance muy
pequeño y no logran ocultar la vulgaridad que pueda
albergar en el alma. Este autor llega aún más
lejos y afirma que “educación, cultura y delicadeza
de espíritu son…el trípode sobre el que
se sustenta la elegancia”(64).
3-BELLA: ¿Dónde radica la belleza?
3.1 La belleza es un trascendental del ser
La belleza, ¿es algo objetivo o es algo totalmente
subjetivo? Aunque nadie lo aprecie, ¿es bello un conjunto?
Sí, porque como trascendental del ser, la belleza es
el ser mismo en cuanto apetecible. Por eso, la belleza no
está solamente en la mente de quien observa, sino en
la cosa en sí. ¿Una cosa es bella,
si le parece bella a quien la observa? Es un tema muy interesante
y relacionado con la moda. El concepto de bello puede cambiar
–de hecho, cambia sustancialmente de una época
a otra, de una cultura a otra–, pero tampoco sería
correcto considerarlo como algo completamente relativo.
3.2 Algunos elementos objetivos
La historia del arte permite apreciar algunas constantes,
en cuanto a la forma de percibir y expresar lo bello; no son
elementos arbitrarios, sino que son la “contraparte”,
por así decir, de lo que se nos muestra en la naturaleza:
la simetría, las curvaturas, los colores, los contrastes.
El artista parte de aquí, añade, enriquece…
Pero hay siempre una tendencia al orden y a la armonía
que no puede ignorarse. Una obra pictórica –y
lo mismo una conjunto de vestir– pueden encerrar un
enorme dinamismo (por color, línea), pero normalmente
el vestuario no está integrado por únicamente
este tipo de piezas. Pero, por otra parte, la capacidad de
apreciar la belleza es susceptible de educación.
Cualquiera puede adquirir las técnicas necesarias
para confeccionar el vestuario: cortar, coser, accesorizar.
Pero los ejemplos de modelos realmente bellos son los que
hacen a sus creadores “grandes” en el diseño
de modas. Elsa Schiaparelli, por ejemplo, presentaba habitualmente
elementos concebidos para provocar un “shock”
en el mundo de la moda: sus vestidos surrealistas, sus botones
en todas las formas concebibles, incluso acróbatas
de circo; el collar hecho de aspirinas...; su empleo del zipper
como elemento decorativo... Pero su maestría en el
empleo del color, en el corte y la accesorización es
innegable.
3.3 La belleza de lo natural
En último extremo, la belleza de la moda está
relacionada con la naturalidad. Los vestidos de Corte –por
ejemplo, alguno de los usados por la zarina Alejandra para
las ocasiones de gran gala, o los exquisitos modelos de la
Reina Alejandra de Inglaterra, esposa de Eduardo VII–
son recargados en extremo, pero tienen una gran belleza. Si
no se usan con naturalidad –en este caso, lo “natural”
para ambas soberanas era la postura “real”–,
se convierten en bellos disfraces. Pocas cosas restan más
elegancia que la preocupación por lo que se lleva puesto.
En cierto modo, el vestido que se lleva es algo “para
olvidar”, no para recordar continuamente.
4-INTELIGENTE: “Pensar” la
moda
La moda es inteligente cuando se adecua a la realidad de
la persona que la usa. La figura, la edad, la ocupación
–además del clima, lugar, hora, tipo de actividad–
deben ser tomadas en cuenta al tomar decisiones sobre el vestuario.
La inteligencia se pone de manifiesto cuando se reconoce y
acepta los aspectos defectuosos de la figura (que habrá
que disimular en la medida de lo posible) y los que resultan
atractivos. No se trata de engañar, sino de reconocer
y aprovechar, dentro de la atmósfera de dignidad y
elegancia. A este respecto, muchos autores afirman (probablemente
con razón) que es muy difícil encontrar una
mujer que esté plenamente de acuerdo con su figura;
piensa que es muy bajita, o muy alta, o que está muy
delgada, o que está muy gorda, o que su pelo es muy
rizado, o que es muy lacio, o que es muy negro, o que es muy
rubio, o que es pelirroja... Muchas cosas pueden cambiar –puede
engordar, adelgazar o teñirse el pelo– pero en
general lo más inteligente parece ser aceptarse y “trabajar”
a partir de ahí.
5-LIBRE: Crear una moda personal
La libertad ante la moda se manifiesta en tomar, de entre
las tendencias que se ofrecen, los elementos que pueden incorporarse
a una moda digna. Y hacerlo con seguridad y elegancia. Es
éste el primer paso para empezar a construir “la
propia moda”, la de una mujer que sabe poner en primer
lugar lo más valioso, y considerar todo lo demás
como anecdótico. Hacerlo así requiere fuerza
de carácter –quien no la tiene simplemente se
dejará llevar por “lo que se usa”–;
y es un buen medio para desarrollar el estilo. Con razón
se ha dicho que las modas cambian continuamente, pero es el
estilo lo que permanece.
6-SOBRIA: El arte de no exagerar
A la Emperatriz María Teresa de Austria le llegaron
comentarios sobre las frívolas modas adoptadas por
su hija María Antonieta, entonces Delfina de Francia.
Se ha enterado de que su tocado alcanza más de 36 pulgadas
de algo, sin contar las altas plumas y lazos colocados sobre
la peluca. Muy sensatamente le comentó en una carta:
“Siempre he sido de la opinión de que debemos
seguir la moda con prudencia, nunca con exageración”(65)
6.1 ¿Cuánto será suficiente?
La moderación requiere pensar en las necesidades
reales, que varían en cada caso, y establecer ciertos
límites para no sucumbir “ahogados” por
la cantidad o el exceso. En el inventario hecho al vestuario
de la Emperatriz Josefina en 1809 después de su divorcio
de Napoleón, se lee que tenía 676 vestidos,
49 trajes de corte, 252 sombreros, 60 chales, 785 pares de
zapatos…(66) A la Reina Isabel I de Inglaterra le gustaban
tanto los trajes ricos y adornados, que sorprende la descripción
de una de las faldas interiores: “de satín blanco,
bordada en toda su superficie con oro veneciano, plata y seda
de distintos colores, con una bella orla bordada con granadas,
piñas y las nueve Musas…”(67) Uno de los
enemigos de la elegancia es el exceso, la “fiebre”
de querer estar siempre al último grito de la moda.
La sobriedad en este campo lleva a colocar el tema de la propia
imagen en el lugar que le corresponde, que desde luego no
es el primero. Además de la sencillez, la sobriedad
llevará a tener lo que se necesite para vestir bien
y de acuerdo a la situación social de cada uno pero
no mucho más. Especialmente porque un vestido, sobre
todo si es de línea clásica, como el “pequeño
vestido negro” o los conjuntos de Chanel– puede
cambiar mucho según los accesorios con los que se use;
y porque en nuestros tiempos ya no está vigente la
“orden” –expresa o no– de que ninguna
dama podía usar el mismo vestido dos veces en la corte.
Por otra parte, desde hace varios años se ha hecho
énfasis en los conjuntos que pueden usarse desde la
mañana hasta la noche (porque las circunstancias familiares
y laborales así lo exigen muchas veces). Ni la elegancia
ni la belleza provienen de contar con todos los vestidos y
todos los accesorios y cosméticos que el dinero puede
comprar. Ayudan, pero la sobriedad precisamente consiste en
encontrar el punto adecuado.
6.2 Tomar decisiones libremente
La elección de las prendas debe obedecer a una decisión
consciente (no se debe comprar sin pensar), de acuerdo a las
necesidades personales, presupuesto, flexibilidad en el uso
de las prendas. Requiere considerar las necesidades reales
y “construir” idealmente un vestuario que permita
presentarse bien sin tener que contar con un número
exagerado de elementos. Por otra parte, el afán de
“tener” (base del consumismo) necesita también
ser moderado por la recta razón. Entre otras cosas,
porque retroalimenta al artificialmente inflado mundo de la
moda. Y es una senda espiral que no tiene fin; y, sobre todo,
que no tiene sentido y no parece que una preocupación
exagerada por el vestuario sea acorde con la dignidad humana.
El gusto está sometido a un proceso de perfeccionamiento.
No es algo estático, que se posee en su estado pleno
sino a través de un largo proceso de transformación.
También la elegancia participa de ese dinamismo
tan propio de todo lo que hace referencia a la naturaleza
humana. Por eso cada época, cada generación,
tiene sus cánones de elegancia, que responden
ciertamente a la sensibilidad estética de un tiempo
determinado.(68)
Hay que consumir usando la razón, para evitar el
consumismo, que es un fenómeno social que tiende a
arrastrarnos. Continuamente surgen nuevas ideas, nuevos productos
que la publicidad se encarga de difundir por todas partes.
Muchas veces esto nos permite descubrir posibilidades que
no se nos habían ocurrido, o simplemente introduce
un elemento de novedad muy positivo, nos facilita formas de
solucionar algún problema... Pero muchas veces seguir
una moda determinada que se presenta como “le dernier
cri” (el último grito) carece de sentido;
puede ser una moda contraria a lo que íntimamente pensamos
y somos. “Por eso se requiere una toma de postura personal,
para seguirla o no”(69).
7-AUTENTICA: La moda debe decir la verdad
7.1 ¿Vestido o disfraz?
“La persona es tanto más auténtica cuanto
más profundamente se sitúa ante la verdad de
sí misma”(70) . Es la persona la que se debe
reflejar en la manera de vestir. Cualquier otra cosa puede
calificarse como “disfraz”. La falta de autenticidad
en la forma de vestir puede tener muchas consecuencias. Por
ejemplo, si una mujer se viste de manera inmodesta, está
enviando –aunque no lo pretenda directamente, aunque
ni siquiera lo piense– una señal a quienes se
relacionen con ella, que en el fondo la verán como
una mujer de conducta desordenada. No le puede extrañar
que se la trate como a una mujer de conducta desordenada.
Tan ilógico como que un abogado se vista de médico,
o que un magistrado entre a su sala de Corte vestido de albañil
es que una mujer honrada se presente vestida como una mujer
de vida no honrada. Una de dos: o realmente se trata de una
mujer que tiene, o quiere tener, mala conducta; o se trata
de una mujer a la que la frivolidad y las falsas alabanzas
han llevado a ignorar las señales que envía.
El vestido es ante todo un instrumento para crear y mejorar
la propia imagen, para decirle al mundo: Esta soy yo. Lo que
somos por dentro es lo que manifestamos por fuera. No hay
dicotomía posible entre nuestro mundo interior y el
que mostramos externamente. Se exterioriza lo que pertenece
a nuestra forma de ser más íntima.(71) Aparece
aquí la exigencia de coherencia; elegir precisamente
de acuerdo a ese mundo interior, no contra él; lo contrario
haría que la persona fuera con un “disfraz”.
Y los disfraces, por más bella que hagan aparecer a
la persona que los usa, no son más que para un momento.
Lo que interesa es que el vestido sea producto de una elección
realizada con base en los valores del mundo interior de cada
uno.
7.2 Parecer lo que se es
Naturalmente, puede ocurrir –aunque no es fácil–
que una persona cuyo mundo interior es desordenado y desprovisto
de verdaderos valores, elija habitualmente un vestuario adecuado
y se vea realmente elegante. Se daría aquí una
falta de equilibrio: algo así como una casa descuidada
o ruinosa, con una fachada impecable que lleva a pensar en
las bellezas que habrá en el interior. Por otra parte,
también puede ocurrir lo contrario –y esto sí
es más frecuente–: que una adolescente buena,
o una honrada madre de familia, por falta de juicio, adopten
el vestuario, los gestos y actitudes que corresponderían
a una mujer de vida desarreglada. Tampoco aquí coincide
lo que parece con lo que es. La fórmula de la moda
verdaderamente auténtica será, entonces, combinar
un mundo interior rico, plenamente humano, recto, con la forma
de vestir que facilite que ese mundo “salga” al
exterior.
8-DEMOCRATICA: Moda para todos
Las Leyes Suntuarias desaparecieron hace tiempo. No tiene
mucho sentido –mejor dicho, sería señal
clara de vanidad– el afán de presentarse de tal
manera que inmediatamente se nos reconozca como pertenecientes
a una élite adinerada. Este afán (en el que
se inserta la obsesión por las marcas o el dejar de
lado cualquier prenda una vez que se ha hecho más popular)
se explica sólo por el deseo de no ser confundido con
alguien de una clase social inferior. La movilidad social
actual es grande, y la “clase” de una persona
se descubre en muchas cosas, no sólo en el vestir;
y no se trata de “clases” socioeconómicas,
sino de otras posibles clasificaciones: de personas educadas,
de personas compasivas, de personas trabajadoras... Lo que
no tiene sentido, y desde luego no es acorde con la dignidad
de las personas, es buscar el trato únicamente con
personas “de la misma clase” (en el sentido socioeconómico)
y evitar el trato con cualquier otra.
El respeto se debe a todas las personas, sea cual sea su
condición y ocupación. El vestido puede señalar
ocupaciones, oficios: por ejemplo, al rey se debe especial
respeto, los magistrados en muchos países visten toga,
los encargados del orden y la seguridad van uniformados. Al
respeto que se les debe como seres humanos, se añade
el respeto al cargo que en ese momento están desempeñando.
Lo que no es humano es rechazar a una persona porque su modo
de vestir denota que no tiene riquezas materiales y todos
los recursos y posibilidades que esas riquezas llevan consigo.
Si en épocas pasadas se ponían todos los medios
para evitar el “error lamentable” de que una persona
perteneciente a la aristocracia pudiera equivocadamente considerar
a otra como “su igual”, al menos hay que saber
que no era algo para imitar, sino para evitar: En el “Gran
Teatro del Mundo”, todos los actores son iguales en
su dignidad de hijos de Dios, sea cual sea el papel que les
toque en suerte representar.
9-ACTUAL: Saber escoger, saber desechar
Además de todo lo mencionado más arriba, es
deseable que el vestuario esté de acuerdo con las tendencias
de la moda. Muchas veces no es posible aceptarlas plenamente,
porque no son dignas; pero se puede incorporar lo accesorio,
en ese proceso que ya hemos mencionado de “hacer la
propia moda”. Se puede seguir el colorido, el tipo de
material, la línea, y sobre todo se puede accesorizar
ampliamente con los elementos adecuados, para conseguir (si
se desea, porque es un asunto personal) ir incluso “a
la última”. Hacer propio, dentro de las tendencias
del momento, lo que se considera bello y con posibilidades
de ayudar a presentar una imagen elegante es una gran muestra
de sabiduría. La industria de la moda sobrevive y se
expande a base del cambio: varias veces en el año se
presentan nuevos colores, materiales, líneas, y es
muy aconsejable estar pendiente. Ignorarlas por completo no
es posible; y en el hipotético caso que se consiguiera,
no tendría mucho sentido vestirse con prendas que serían
más bien un disfraz.
Es interesante notar, sin embargo, la permanencia de lo
clásico. Muchas empresas hoy en día se dedican
a la venta de vestidos antiguos. Naturalmente, los que tienen
cien años o más se adquieren para colecciones,
museos o escuelas de diseño de moda. Pero los modelos
de los grandes modistos desde principios de siglo, pueden
usarse hoy sin desentonar. Esa es la “virtud”
de los clásicos: la permanencia, la durabilidad.
NOTAS
50. CIC, No. 357.51 BURGGRAF, Jutta: Una perspectiva...,
p. 14.
52. BURGGRAF, Jutta: Una perspectiva..., p. 23.
53. BURGGRAF, Jutta: Una perspectiva..., p. 36.
54. RESCHREITER de TRUJILLO, Eva María: Señora
de la moda, p. 9.
55. MORATAYA FLEISCHMAN, Sheila: “¿Quién
eres en la playa?” en: Un verano con valores, portal
Encuentra: http:/ /www.encuentra.com/includes/documentophp?Id=4864
&IdSec=590
56. MARTI GARCIA, Miguel-Angel: La Elegancia, el perfume
del espíritu, Ediciones Internacionales Universitarias,
Madrid, 2a. ed. 2002, Introducción.
57. MARTI GARCIA, Miguel-Angel: La Elegancia...,
p 14.
58. MARTI GARCIA, Miguel-Angel: La Elegancia...,
p. 14
59. Cfr. MARTI GARCIA, Miguel-Angel: La Elegancia...,
pp. 14. Cfr. también: RESCHREITER de TRUJILLO, Eva
María: Señora de la moda, p. 9.
59. MARTI GARCIA, Miguel-Angel: La Elegancia...,
p. 16
60. MARTI GARCIA, Miguel-Angel: La Elegancia...,
p. 16
61. MARTI GARCIA, Miguel-Angel: La Elegancia...,
p. 16
62. MARTI GARCIA, Miguel-Angel: La Elegancia...,
p. 16
63. RESCHREITER de TRUJILLO, Eva María: Señora
de la moda, p. 18
64. MARTI GARCIA, Miguel-Angel: La Elegancia...,
p. 97
65. COLEMAN, Elisabeth, citada en: DORNER, Jane: The changing
..., p. 8
66. Cfr. DORNER, Jane: The changing..., p. 31
67. DORNER, Jane: The changing..., p. 17
68. Cfr. MARTI GARCIA, Miguel-Angel: La Elegancia...,.p.20
69. RODRIGUEZ QUIROGA, Francisca: La madurez...,
p. 153.
70. RODRIGUEZ QUIROGA, Francisca: La madurez...,
p. 151.
71. Cfr. RESCHREITER de TRUJILLO, Eva María: Señora
de la moda, p. 18.
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