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CAPITULO V: SOÑAR UNA NUEVA MODA (María Rosa Noda)

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Capítulo V: Soñar una nueva moda

CAPITULO V: SOÑAR UNA NUEVA MODA
La moda digna es siempre acorde con el pudor, que es la defensa de la intimidad corporal y espiritual


Una de las mejores maneras de entusiasmarse con este panorama –de esfuerzo pero con grandes expectativas– es imaginarse por un momento la moda “como debería ser”. De alguna manera, “soñar” una moda realmente humana.

¿Cómo debe ser la moda? ¿Qué calificativos nos gustaría poder aplicarle? Naturalmente, la respuesta depende del “proyecto de vida” de la persona a la que se pregunta, y éste, a su vez, depende de sus convicciones sobre el ser del hombre y la mujer y el sentido de la vida. Si se le hiciera esta pregunta a aquellas personas cuyo proyecto de vida está orientado hacia metas más sólidas que las de quienes buscan sólo el bienestar o la ganancia, menos efímeras que las de quienes sólo persiguen la admiración ajena, y más ancladas en la realidad del ser humano que las de quienes ni siquiera saben que hay un sentido y un fin, contestarían en el fondo cosas muy parecidas. Desde el recto conocimiento de lo humano se puede “soñar” una moda realmente humana, que contribuya al bien de las personas que la diseñan, la promueven, la distribuyen, la venden, la compran y la usan; a la larga, a la familia y a la sociedad entera.
Es evidente que se pueden encontrar muchas formas distintas de expresar esta imagen de la moda “como debería ser”. Pero sin duda que todas coincidirían en que su objetivo sería ofrecer una imagen agradable, digna y elegante, de acuerdo con la edad y condición, el lugar, el acontecimiento, el propio estilo, las tendencias de la moda, con una inversión de recursos (dinero y tiempo) sobria y prudente. Dicho de otro modo, podría decirse que la moda debe ser digna, elegante, bella, inteligente, libre, sobria, auténtica, democrática y actual.

1-DIGNA: El vestido debe reflejar la dignidad de la persona

1.1 El fundamento de la dignidad

La dignidad del hombre y de la mujer proviene de que son personas: “…el ser humano tiene la dignidad de persona: no es solamente algo, sino alguien”(50). Es capaz de conocer y amar. Tiene profundidades impensadas de entendimiento, libertad y creatividad. Es alguien, en definitiva, cuya dignidad está fundamentada en Dios”(51) .

1.2 El vestido como reflejo de la dignidad

¿Cómo tendría que ser el vestido para reflejar esta dignidad? Es el vestido que hace honor a la condición de persona (ser corpóreo-espiritual) y que al mismo tiempo constituye un reconocimiento de la dignidad de los demás. Un modo de vestir digno es el que, al cubrir adecuadamente el cuerpo, permite y facilita que el mundo interior, el modo de ser, los valores de la persona, se trasluzcan al exterior, sin que haya nada que obligue a la vista a detenerse en lo meramente corporal, y menos todavía, a concentrarse únicamente en el cuerpo como promesa de satisfacción material, que es lo que ocurre cuando se viste sin pudor.

“El cuerpo del hombre goza de una dignidad especial, ya que está, junto con el alma, en estrecha relación con Dios. Los órganos humanos (cerebro, corazón, hígado, etc.) por tanto, aunque morfológica y bioquímicamente sean parecidos a los de los animales, sin embargo, mientras pertenecen al hombre vivo, son esencialmente distintos. Se distinguen por el principio que los vivifica; éste no es un ‘alma’ animal (vegetativa, o simplemente inmaterial) sino un alma humana”(52). Es el hecho de poseer un alma espiritual el que da a todo lo humano una dimensión distinta. La manera de vestir debe reflejarlo, debe estar de acuerdo con la verdad sobre el hombre y la mujer, y buscar el bien, el desarrollo pleno, no la corrupción.

La moda digna es siempre acorde con el pudor, que –como ya hemos visto– es la defensa de la intimidad corporal y espiritual. “Intimidad significa mundo interior –este mundo dentro de mí, del que yo tengo alguna conciencia; es el ‘santuario’ de lo humano. Lo íntimo es lo que sólo conoce uno mismo: es lo más propio. Puedo entrar dentro de mí, y ahí puedo estar solo conmigo mismo; nadie puede apresarme. De alguna manera, me poseo en el origen, soy dueño de mi mismo. Es característico del espíritu este poseerse a sí mismo”(53) .

1.3 El modo de vestir nunca es indiferente

El hombre y la mujer de algún modo crean las tendencias de la moda y a la vez son afectados por ellas. Ya que tienen que vestirse, pueden hacerlo de muchas maneras posibles. Pero no es indiferente el tipo de vestuario que se escoja, precisamente porque tiene algunos requisitos que se derivan de la dignidad arriba mencionada. Noblesse oblige. En primer lugar, el respeto al propio cuerpo y respeto a los demás, No podrá ser, entonces, cualquier moda, sino la que esté de acuerdo con esta dignidad y con este respeto; la vinculación de la persona con las corrientes de moda tiene una justa medida, señalada por la templanza propia de quien sabe que no es sólo cuerpo; el deseo de atraer tiene también raíces en la consideración de la dignidad de los demás, y seguirá los cauces que señale la prudencia… En resumen, la moda también queda iluminada por el conocimiento profundo del ser humano, y tiene que mantenerse en el nivel de respeto y dignidad que le corresponde.

1.4 La imagen femenina

Especialmente la mujer “ (...) marca la pauta en la sociedad en la que vive, pone el tono en los círculos en que se mueve. Su aspecto, su presentación, su manera de ser, sus gestos, su irradiación, su aroma, sus detalles, su voz, se proyectan sobre todas las personas en su entorno, marcando el tono, tanto en lo estético, como en lo ético. Y esto causa un efecto recíproco. Así como se presenta la mujer, así se le trata. La forma de presentarse una mujer siempre surte efecto, independientemente de si ella misma lo pretende o no”(54) .

“La decencia en el vestido no es un valor anticuado o pasado de moda. Es un valor funcional, que se refiere al sentido que el hombre confiere a su vida en cada momento, a través de su relación con los demás”(55).

En resumen, podemos decir que un modelo puede ser bellísimo en sí: el material, la perfección del corte y de los terminados, el color, la exquisitez de los adornos; puede ser apropiado para la ocasión y haber sido escogido libremente; la usuaria considera que es auténtico reflejo de su personalidad, o sea, es auténtico, y está a la última moda. Pero si no es modesto (en el sentido de que defiende la intimidad física) no es realmente “humano”. Se podría decir que si no hay pudor no hay verdadera elegancia y la belleza será siempre parcial, porque falta lo primordial, que es el poder reflejar el mundo interior. Por eso, es fácil entender que esta característica es la más importante de todas las que pueden enumerarse para describir la moda “como debería ser”.

2-ELEGANTE: La elegancia es un modo de ser

2.1 La elegancia es una “buena elección”

La moda debe ser elegante. Otro de los términos que se manejan continuamente, sin que sea fácil “atraparlo” en una definición. ¿Qué es, en sí, la elegancia? ¿Es lo mismo que la dignidad o la belleza?

El término elegancia se refiere a “elegir”: la persona elegante sería la que sabe escoger. Sólo por analogía se puede decir –y es el lenguaje que se usa en la vida diaria– que una prenda “es muy elegante”. Es posible pasar largos ratos admirando bellísimos vestidos en una exposición y calificarlos como la cumbre de la elegancia. Pero en realidad, aunque un vestido puede ser bello y estar magistralmente confeccionado, en sí mismo no es elegante; es “capaz de hacer que quien lo use se vea elegante”. Si nadie la usara nunca, quedaría como una promesa, como algo que nunca llegó a florecer; en último extremo, no es más que un pedazo de tela.

Porque el vestido no elige; quien lo usa es quien “elige” la prenda que le facilitará (aunque nunca lo puede garantizar) “verse elegante”. Precisamente es esa la etimología del término: elegancia hace relación a elegir lo más adecuado.
Y “elegir” es un acto de la voluntad, algo que supone el ejercicio de la facultades específicamente humanas: la inteligencia y la voluntad libre. Es, pues, un acto eminentemente interior. Para muchos autores, la elegancia es una cualidad que no se puede limitar al vestido, sino que abarca el conjunto de manifestaciones de la personalidad: el modo de hablar, de relacionarse con los demás, de conducirse en todo momento. Un autor llega a denominarla, con mucha razón, “el perfume del espíritu” (56).

Para ser elegante, según se ha dicho más arriba, hay que saber elegir. Se asume que quien elige escogerá lo mejor: lo digno y lo bello. Pero puede ser que se escoja un modelo como elegante, aunque no sea digno. En ese caso, puede decirse que estrictamente hablando no hay verdadera elegancia, porque se ha elegido mal. “Cualquier comportamiento que pueda ser calificado de éticamente malo, queda excluido del ámbito de la elegancia, porque el término ‘elegancia’ nos remite al concepto de ‘elegir lo mejor’ y lo mejor nunca puede ser el mal” (57).

Algo parecido puede decirse de la relación entre elegancia y belleza: ¿puede ser elegante un vestido digno, pero feo? Es difícil, aunque –a diferencia del caso anterior– no es imposible, porque la elegancia no se reduce al uso del vestido: como hemos visto, es algo interior. Es “en el interior del espíritu humano (...) donde emergen las diversas virtualidades configuradoras de la elegancia. Necesariamente hay que partir desde la estructura mas intima y profunda de la personalidad para encontrar el origen y la causa de ciertas formas de ser que no dudamos en calificar como elegantes. La elegancia tiene mucho más que ver con la riqueza interior que con el adorno externo de unas ropas” (58).

La elegancia se dará cuando hay sencillez y mesura; cuando se hayan contestado correctamente las preguntas ¿quién, cómo, cuándo y dónde?; cuando se haya cuidado la calidad de materiales; cuando se haya conseguido naturalidad y comodidad; cuando las prendas se hayan combinado con gusto; cuando se hayan escogido cuidadosamente los accesorios y el calzado; cuando haya limpieza y orden.(59)

Esta misma autora entiende elegancia como “una virtud que se da, cuando el conjunto de los gestos, del vestido, del comportamiento, en su armonía, naturalidad y sencillez, se puede reconocer que detrás de esa envoltura exterior hay un alma. Elegancia es el dominio del espíritu sobre el cuerpo. Cuando ese espíritu, esa alma puede percibirse a través de lo material y exterior, ha sido capaz de pasar el cuerpo y sonar a través de la envoltura (…) Entonces se ha dado tanto personalidad como elegancia” (60).

También García encuentra que la elegancia brota del interior de la persona: “…necesariamente hay que partir desde la estructura mas íntima y profunda de la personalidad para encontrar el origen y la causa de ciertas formas de ser que no dudamos en calificar como elegantes”(61). Y no duda en afirmar que “la elegancia tiene mucho más que ver con la riqueza interior que con el adorno externo de unas ropas”(62). Más adelante expresa su convicción de que “la elegancia femenina, entonces, no radica en el ensalzamiento de los encantos corporales, sino en la armonía de cuerpo y espíritu, en la unidad de lo visible y lo invisible, en el misterio que está escondido más allá de lo corporal. Si la mujer pierde ese misterio, ese enigma, agotará el interés muy pronto, ya no interesa, aburre. Se desecha. Y la mujer no debe perder nunca esa facultad de interesar, de encantar, con la cual fue dotada desde su creación”(63) .


2.3. No está solo en el vestuario

Profundizar más en el concepto de elegancia permite captar que “surge siempre de la delicadeza del espíritu”. Para García, la elegancia no es una cualidad esporádica, que se dé de vez en cuando, en una circunstancia determinada, porque en realidad más que “ponerse elegante” (que siempre es algo extrínseco a la persona), de lo que se trata es de “ser elegante”. La ropa, los cosméticos, etc., tienen un alcance muy pequeño y no logran ocultar la vulgaridad que pueda albergar en el alma. Este autor llega aún más lejos y afirma que “educación, cultura y delicadeza de espíritu son…el trípode sobre el que se sustenta la elegancia”(64).

3-BELLA: ¿Dónde radica la belleza?

3.1 La belleza es un trascendental del ser

La belleza, ¿es algo objetivo o es algo totalmente subjetivo? Aunque nadie lo aprecie, ¿es bello un conjunto? Sí, porque como trascendental del ser, la belleza es el ser mismo en cuanto apetecible. Por eso, la belleza no está solamente en la mente de quien observa, sino en la cosa en sí. ¿Una cosa es bella, si le parece bella a quien la observa? Es un tema muy interesante y relacionado con la moda. El concepto de bello puede cambiar –de hecho, cambia sustancialmente de una época a otra, de una cultura a otra–, pero tampoco sería correcto considerarlo como algo completamente relativo.

3.2 Algunos elementos objetivos

La historia del arte permite apreciar algunas constantes, en cuanto a la forma de percibir y expresar lo bello; no son elementos arbitrarios, sino que son la “contraparte”, por así decir, de lo que se nos muestra en la naturaleza: la simetría, las curvaturas, los colores, los contrastes. El artista parte de aquí, añade, enriquece… Pero hay siempre una tendencia al orden y a la armonía que no puede ignorarse. Una obra pictórica –y lo mismo una conjunto de vestir– pueden encerrar un enorme dinamismo (por color, línea), pero normalmente el vestuario no está integrado por únicamente este tipo de piezas. Pero, por otra parte, la capacidad de apreciar la belleza es susceptible de educación.

Cualquiera puede adquirir las técnicas necesarias para confeccionar el vestuario: cortar, coser, accesorizar. Pero los ejemplos de modelos realmente bellos son los que hacen a sus creadores “grandes” en el diseño de modas. Elsa Schiaparelli, por ejemplo, presentaba habitualmente elementos concebidos para provocar un “shock” en el mundo de la moda: sus vestidos surrealistas, sus botones en todas las formas concebibles, incluso acróbatas de circo; el collar hecho de aspirinas...; su empleo del zipper como elemento decorativo... Pero su maestría en el empleo del color, en el corte y la accesorización es innegable.

3.3 La belleza de lo natural

En último extremo, la belleza de la moda está relacionada con la naturalidad. Los vestidos de Corte –por ejemplo, alguno de los usados por la zarina Alejandra para las ocasiones de gran gala, o los exquisitos modelos de la Reina Alejandra de Inglaterra, esposa de Eduardo VII– son recargados en extremo, pero tienen una gran belleza. Si no se usan con naturalidad –en este caso, lo “natural” para ambas soberanas era la postura “real”–, se convierten en bellos disfraces. Pocas cosas restan más elegancia que la preocupación por lo que se lleva puesto. En cierto modo, el vestido que se lleva es algo “para olvidar”, no para recordar continuamente.

4-INTELIGENTE: “Pensar” la moda

La moda es inteligente cuando se adecua a la realidad de la persona que la usa. La figura, la edad, la ocupación –además del clima, lugar, hora, tipo de actividad– deben ser tomadas en cuenta al tomar decisiones sobre el vestuario. La inteligencia se pone de manifiesto cuando se reconoce y acepta los aspectos defectuosos de la figura (que habrá que disimular en la medida de lo posible) y los que resultan atractivos. No se trata de engañar, sino de reconocer y aprovechar, dentro de la atmósfera de dignidad y elegancia. A este respecto, muchos autores afirman (probablemente con razón) que es muy difícil encontrar una mujer que esté plenamente de acuerdo con su figura; piensa que es muy bajita, o muy alta, o que está muy delgada, o que está muy gorda, o que su pelo es muy rizado, o que es muy lacio, o que es muy negro, o que es muy rubio, o que es pelirroja... Muchas cosas pueden cambiar –puede engordar, adelgazar o teñirse el pelo– pero en general lo más inteligente parece ser aceptarse y “trabajar” a partir de ahí.

5-LIBRE: Crear una moda personal

La libertad ante la moda se manifiesta en tomar, de entre las tendencias que se ofrecen, los elementos que pueden incorporarse a una moda digna. Y hacerlo con seguridad y elegancia. Es éste el primer paso para empezar a construir “la propia moda”, la de una mujer que sabe poner en primer lugar lo más valioso, y considerar todo lo demás como anecdótico. Hacerlo así requiere fuerza de carácter –quien no la tiene simplemente se dejará llevar por “lo que se usa”–; y es un buen medio para desarrollar el estilo. Con razón se ha dicho que las modas cambian continuamente, pero es el estilo lo que permanece.

6-SOBRIA: El arte de no exagerar

A la Emperatriz María Teresa de Austria le llegaron comentarios sobre las frívolas modas adoptadas por su hija María Antonieta, entonces Delfina de Francia. Se ha enterado de que su tocado alcanza más de 36 pulgadas de algo, sin contar las altas plumas y lazos colocados sobre la peluca. Muy sensatamente le comentó en una carta: “Siempre he sido de la opinión de que debemos seguir la moda con prudencia, nunca con exageración”(65)

6.1 ¿Cuánto será suficiente?

La moderación requiere pensar en las necesidades reales, que varían en cada caso, y establecer ciertos límites para no sucumbir “ahogados” por la cantidad o el exceso. En el inventario hecho al vestuario de la Emperatriz Josefina en 1809 después de su divorcio de Napoleón, se lee que tenía 676 vestidos, 49 trajes de corte, 252 sombreros, 60 chales, 785 pares de zapatos…(66) A la Reina Isabel I de Inglaterra le gustaban tanto los trajes ricos y adornados, que sorprende la descripción de una de las faldas interiores: “de satín blanco, bordada en toda su superficie con oro veneciano, plata y seda de distintos colores, con una bella orla bordada con granadas, piñas y las nueve Musas…”(67) Uno de los enemigos de la elegancia es el exceso, la “fiebre” de querer estar siempre al último grito de la moda. La sobriedad en este campo lleva a colocar el tema de la propia imagen en el lugar que le corresponde, que desde luego no es el primero. Además de la sencillez, la sobriedad llevará a tener lo que se necesite para vestir bien y de acuerdo a la situación social de cada uno pero no mucho más. Especialmente porque un vestido, sobre todo si es de línea clásica, como el “pequeño vestido negro” o los conjuntos de Chanel– puede cambiar mucho según los accesorios con los que se use; y porque en nuestros tiempos ya no está vigente la “orden” –expresa o no– de que ninguna dama podía usar el mismo vestido dos veces en la corte. Por otra parte, desde hace varios años se ha hecho énfasis en los conjuntos que pueden usarse desde la mañana hasta la noche (porque las circunstancias familiares y laborales así lo exigen muchas veces). Ni la elegancia ni la belleza provienen de contar con todos los vestidos y todos los accesorios y cosméticos que el dinero puede comprar. Ayudan, pero la sobriedad precisamente consiste en encontrar el punto adecuado.

6.2 Tomar decisiones libremente

La elección de las prendas debe obedecer a una decisión consciente (no se debe comprar sin pensar), de acuerdo a las necesidades personales, presupuesto, flexibilidad en el uso de las prendas. Requiere considerar las necesidades reales y “construir” idealmente un vestuario que permita presentarse bien sin tener que contar con un número exagerado de elementos. Por otra parte, el afán de “tener” (base del consumismo) necesita también ser moderado por la recta razón. Entre otras cosas, porque retroalimenta al artificialmente inflado mundo de la moda. Y es una senda espiral que no tiene fin; y, sobre todo, que no tiene sentido y no parece que una preocupación exagerada por el vestuario sea acorde con la dignidad humana. El gusto está sometido a un proceso de perfeccionamiento. No es algo estático, que se posee en su estado pleno sino a través de un largo proceso de transformación. También la elegancia participa de ese dinamismo tan propio de todo lo que hace referencia a la naturaleza humana. Por eso cada época, cada generación, tiene sus cánones de elegancia, que responden ciertamente a la sensibilidad estética de un tiempo determinado.(68)

Hay que consumir usando la razón, para evitar el consumismo, que es un fenómeno social que tiende a arrastrarnos. Continuamente surgen nuevas ideas, nuevos productos que la publicidad se encarga de difundir por todas partes. Muchas veces esto nos permite descubrir posibilidades que no se nos habían ocurrido, o simplemente introduce un elemento de novedad muy positivo, nos facilita formas de solucionar algún problema... Pero muchas veces seguir una moda determinada que se presenta como “le dernier cri” (el último grito) carece de sentido; puede ser una moda contraria a lo que íntimamente pensamos y somos. “Por eso se requiere una toma de postura personal, para seguirla o no”(69).

7-AUTENTICA: La moda debe decir la verdad

7.1 ¿Vestido o disfraz?

“La persona es tanto más auténtica cuanto más profundamente se sitúa ante la verdad de sí misma”(70) . Es la persona la que se debe reflejar en la manera de vestir. Cualquier otra cosa puede calificarse como “disfraz”. La falta de autenticidad en la forma de vestir puede tener muchas consecuencias. Por ejemplo, si una mujer se viste de manera inmodesta, está enviando –aunque no lo pretenda directamente, aunque ni siquiera lo piense– una señal a quienes se relacionen con ella, que en el fondo la verán como una mujer de conducta desordenada. No le puede extrañar que se la trate como a una mujer de conducta desordenada. Tan ilógico como que un abogado se vista de médico, o que un magistrado entre a su sala de Corte vestido de albañil es que una mujer honrada se presente vestida como una mujer de vida no honrada. Una de dos: o realmente se trata de una mujer que tiene, o quiere tener, mala conducta; o se trata de una mujer a la que la frivolidad y las falsas alabanzas han llevado a ignorar las señales que envía.

El vestido es ante todo un instrumento para crear y mejorar la propia imagen, para decirle al mundo: Esta soy yo. Lo que somos por dentro es lo que manifestamos por fuera. No hay dicotomía posible entre nuestro mundo interior y el que mostramos externamente. Se exterioriza lo que pertenece a nuestra forma de ser más íntima.(71) Aparece aquí la exigencia de coherencia; elegir precisamente de acuerdo a ese mundo interior, no contra él; lo contrario haría que la persona fuera con un “disfraz”. Y los disfraces, por más bella que hagan aparecer a la persona que los usa, no son más que para un momento. Lo que interesa es que el vestido sea producto de una elección realizada con base en los valores del mundo interior de cada uno.

7.2 Parecer lo que se es

Naturalmente, puede ocurrir –aunque no es fácil– que una persona cuyo mundo interior es desordenado y desprovisto de verdaderos valores, elija habitualmente un vestuario adecuado y se vea realmente elegante. Se daría aquí una falta de equilibrio: algo así como una casa descuidada o ruinosa, con una fachada impecable que lleva a pensar en las bellezas que habrá en el interior. Por otra parte, también puede ocurrir lo contrario –y esto sí es más frecuente–: que una adolescente buena, o una honrada madre de familia, por falta de juicio, adopten el vestuario, los gestos y actitudes que corresponderían a una mujer de vida desarreglada. Tampoco aquí coincide lo que parece con lo que es. La fórmula de la moda verdaderamente auténtica será, entonces, combinar un mundo interior rico, plenamente humano, recto, con la forma de vestir que facilite que ese mundo “salga” al exterior.

8-DEMOCRATICA: Moda para todos

Las Leyes Suntuarias desaparecieron hace tiempo. No tiene mucho sentido –mejor dicho, sería señal clara de vanidad– el afán de presentarse de tal manera que inmediatamente se nos reconozca como pertenecientes a una élite adinerada. Este afán (en el que se inserta la obsesión por las marcas o el dejar de lado cualquier prenda una vez que se ha hecho más popular) se explica sólo por el deseo de no ser confundido con alguien de una clase social inferior. La movilidad social actual es grande, y la “clase” de una persona se descubre en muchas cosas, no sólo en el vestir; y no se trata de “clases” socioeconómicas, sino de otras posibles clasificaciones: de personas educadas, de personas compasivas, de personas trabajadoras... Lo que no tiene sentido, y desde luego no es acorde con la dignidad de las personas, es buscar el trato únicamente con personas “de la misma clase” (en el sentido socioeconómico) y evitar el trato con cualquier otra.

El respeto se debe a todas las personas, sea cual sea su condición y ocupación. El vestido puede señalar ocupaciones, oficios: por ejemplo, al rey se debe especial respeto, los magistrados en muchos países visten toga, los encargados del orden y la seguridad van uniformados. Al respeto que se les debe como seres humanos, se añade el respeto al cargo que en ese momento están desempeñando. Lo que no es humano es rechazar a una persona porque su modo de vestir denota que no tiene riquezas materiales y todos los recursos y posibilidades que esas riquezas llevan consigo. Si en épocas pasadas se ponían todos los medios para evitar el “error lamentable” de que una persona perteneciente a la aristocracia pudiera equivocadamente considerar a otra como “su igual”, al menos hay que saber que no era algo para imitar, sino para evitar: En el “Gran Teatro del Mundo”, todos los actores son iguales en su dignidad de hijos de Dios, sea cual sea el papel que les toque en suerte representar.

9-ACTUAL: Saber escoger, saber desechar

Además de todo lo mencionado más arriba, es deseable que el vestuario esté de acuerdo con las tendencias de la moda. Muchas veces no es posible aceptarlas plenamente, porque no son dignas; pero se puede incorporar lo accesorio, en ese proceso que ya hemos mencionado de “hacer la propia moda”. Se puede seguir el colorido, el tipo de material, la línea, y sobre todo se puede accesorizar ampliamente con los elementos adecuados, para conseguir (si se desea, porque es un asunto personal) ir incluso “a la última”. Hacer propio, dentro de las tendencias del momento, lo que se considera bello y con posibilidades de ayudar a presentar una imagen elegante es una gran muestra de sabiduría. La industria de la moda sobrevive y se expande a base del cambio: varias veces en el año se presentan nuevos colores, materiales, líneas, y es muy aconsejable estar pendiente. Ignorarlas por completo no es posible; y en el hipotético caso que se consiguiera, no tendría mucho sentido vestirse con prendas que serían más bien un disfraz.

Es interesante notar, sin embargo, la permanencia de lo clásico. Muchas empresas hoy en día se dedican a la venta de vestidos antiguos. Naturalmente, los que tienen cien años o más se adquieren para colecciones, museos o escuelas de diseño de moda. Pero los modelos de los grandes modistos desde principios de siglo, pueden usarse hoy sin desentonar. Esa es la “virtud” de los clásicos: la permanencia, la durabilidad.

NOTAS

50. CIC, No. 357.51 BURGGRAF, Jutta: Una perspectiva..., p. 14.
52. BURGGRAF, Jutta: Una perspectiva..., p. 23.
53. BURGGRAF, Jutta: Una perspectiva..., p. 36.
54. RESCHREITER de TRUJILLO, Eva María: Señora de la moda, p. 9.
55. MORATAYA FLEISCHMAN, Sheila: “¿Quién eres en la playa?” en: Un verano con valores, portal Encuentra: http:/ /www.encuentra.com/includes/documentophp?Id=4864 &IdSec=590
56. MARTI GARCIA, Miguel-Angel: La Elegancia, el perfume del espíritu, Ediciones Internacionales Universitarias, Madrid, 2a. ed. 2002, Introducción.
57. MARTI GARCIA, Miguel-Angel: La Elegancia..., p 14.
58. MARTI GARCIA, Miguel-Angel: La Elegancia..., p. 14
59. Cfr. MARTI GARCIA, Miguel-Angel: La Elegancia..., pp. 14. Cfr. también: RESCHREITER de TRUJILLO, Eva María: Señora de la moda, p. 9.
59. MARTI GARCIA, Miguel-Angel: La Elegancia..., p. 16
60. MARTI GARCIA, Miguel-Angel: La Elegancia..., p. 16
61. MARTI GARCIA, Miguel-Angel: La Elegancia..., p. 16
62. MARTI GARCIA, Miguel-Angel: La Elegancia..., p. 16
63. RESCHREITER de TRUJILLO, Eva María: Señora de la moda, p. 18
64. MARTI GARCIA, Miguel-Angel: La Elegancia..., p. 97
65. COLEMAN, Elisabeth, citada en: DORNER, Jane: The changing ..., p. 8
66. Cfr. DORNER, Jane: The changing..., p. 31
67. DORNER, Jane: The changing..., p. 17
68. Cfr. MARTI GARCIA, Miguel-Angel: La Elegancia...,.p.20
69. RODRIGUEZ QUIROGA, Francisca: La madurez..., p. 153.
70. RODRIGUEZ QUIROGA, Francisca: La madurez..., p. 151.
71. Cfr. RESCHREITER de TRUJILLO, Eva María: Señora de la moda, p. 18.

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Contacto: webmaster@arvo.net
Director de Revistas: Javier Martínez Cortés
Editor-Coordinador:Antonio Orozco Delclós
 

 

18/10/2005 ir arriba
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