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Todos los actores que acabamos de mencionar en el capítulo
anterior se unen para producir la moda. Pero ese “producto”
–que pasa por tantas manos– puede ser excelente
en todo sentido, o puede no serlo: en cuanto a la idea que
la anima, la calidad, la asequibilidad, la adecuación
a la dignidad de quienes la usarán... Si tuviéramos
que calificar la moda de nuestra época, ¿qué
diríamos? Como es fenómeno que tiene tantas
facetas, habría que considerarlo desde diversos puntos
de vista. Podremos, dentro de los límites reducidos
de estas consideraciones, calificarla –o al menos describir
los rasgos que parecen más relevantes– desde
el punto de vista social, económico, artístico,
tecnológico, y también desde su dimensión
ética; porque en resumidas cuentas lo que tiene más
interés es considerar la moda como fenómeno
genuinamente humano.
1-Los logros de la moda actual
Varios elementos muy positivos se pueden apreciar hoy en
el terreno de la moda. En primer lugar, está prácticamente
al alcance de todos; existe una mayor libertad que en otras
épocas para elegir el vestuario; la industria de la
moda tiene actualmente considerable prestigio, y existe una
gran oferta de programas académicos para preparar a
quienes desean dedicarse a este campo laboral. También
se aprecia una continua preocupación por aprovechar
los adelantos de la ciencia y la técnica: nuevos y
mejores materias primas, equipos, procedimientos, que permiten
mejorar la producción y los precios. Desde el punto
de vista artístico y creativo, tal vez nunca antes
ha existido una gama tan amplia de opciones ante el diseñador,
lo cual es sin duda algo muy positivo. Por otra parte, la
economía de muchos países recibe de las industrias
relacionadas con la moda beneficios importantes. Podemos fijarnos
al menos brevemente en cada uno de estos logros.
1.1 Democratización de la moda: Uno de los
primeros datos que saltan a la vista es que la moda ha dejado
de ser un fenómeno de élites, para convertirse
en un fenómeno de masas. Aunque las clientes de la
Alta Costura siguen constituyendo un sector especial, las
nuevas tecnologías y la globalización informática
–entre otros elementos– han conseguido que un
modelo creado para la Colección de Primavera de un
modisto parisino, por ejemplo, se pueda adquirir al poco tiempo
en una boutique en Beirut, San Salvador o Singapur. Un poco
más adelante se venderán en comercios más
modestos modelos parecidos, de modo que muchas mujeres pueden
adquirir prendas de vestir que están “a la última
moda”. La calidad de esta moda producida en masa puede
ser buena, aceptable o claramente mala, pero al menos llega
a muchos, si no a casi todos; sin duda es un avance que la
moda sea cada vez menos un elemento distintivo de una clase
social entendida como ámbito impenetrable.
La moda es, más que nunca, un fenómeno de
masas: las fotografías de las pasarelas de hoy en Nueva
York, París y Milán llegan en pocas horas, vía
internet, a todo el mundo. La diversificación de los
procesos de producción permiten que en muy poco tiempo
estos modelos (al menos, piezas inspiradas por ellos) se encuentren
en las salas de venta de las grandes ciudades. Las modistas
tienen acceso a las mismas fotografías, y también
en un plazo breve se pueden adquirir los patrones necesarios.
Lo que al principio del reinado de una corriente de moda puede
ser un poco más caro, casi enseguida podrá ser
adquirido por mucho menos precio, al producirse masivamente.
1.2 Mayor libertad en el vestuario: Desde hace
varias décadas, las rígidas restricciones impuestas
por las convenciones sociales en torno al vestuario se han
flexibilizado enormemente, lo cual es muy de agradecer. En
la época victoriana, por ejemplo, era de rigor que
una mujer de la aristocracia dispusiera de vestidos distintos
para cada momento del día: el de estar en la casa,
el de recibir visitantes, el de salir por la mañana,
el de salir por la tarde; también el de “tomar
el té”, y el de gala para la cena. Los trajes
de baile, de Corte y de luto se añadían a esta
colección. La moda actual, por el contrario, busca
un vestuario que sirva para usos múltiples: se hace
énfasis en conjuntos de piezas intercambiables que,
con el cambio de accesorios, pueda servir a una mujer para
ir a una reunión de trabajo en la mañana, almorzar
con sus amigas, asistir a una actividad en el colegio de sus
hijos por la tarde, y acompañar a su esposo a una cena.
Por supuesto, también es posible adquirir vestidos
apropiados para la mañana, ropa más formal como
para asistir a un cocktail, y vestidos de noche. Pero la exigencia
de un vestuario específico para cada ocasión
se ha flexibilizado hasta tal punto que incluso en las actividades
sociales más relevantes es fácil encontrar tipos
de vestuarios muy variados. Esto habría sido imperdonable
en otras épocas.
La mujer tiene posibilidad de escoger entre muchas maneras
de vestir (un tema distinto es si en la vida real puede adquirir
las prendas que desearía), y de alguna forma, crear
su propia moda; puede escoger práctica-mente lo que
quiera. Por otra parte, ha desaparecido (al menos en gran
parte) el elemento que podríamos llamar “vanidad
de clase”, porque en principio no es fácil ya
ubicar en la escala social a una persona por su vestido. Las
imitaciones de los productos de las grandes marcas son cada
vez más perfectas; con un presupuesto limitado y una
serie de decisiones inteligentes, una mujer se puede presentar
con tanta elegancia como quien tiene la posibilidad de encargar
los modelos de Alta Costura ($15,000), pagar accesorios sumamente
caros (carteras, $5,000), zapatos ($1,000, etc).
Tal vez podríamos decir que en este campo estamos
en el punto opuesto de lo que pretendían las Leyes
Suntuarias –no tanto al tratar de moderar los gastos,
cuanto al tratar de marcar un rígido código
de vestuario para cada clase–, y esto es sin duda un
signo de avance social: realmente no tiene sentido (como no
sea halagar el “ego” de algunos) tratar de impedir
que quienes no cuentan con una situación económica
privilegiada se vistan igual que quienes sí la tienen,
o al menos traten de vestirse en forma parecida.
1.3 Profesionalización: Este gran desarrollo
ha traído consigo también un incremento del
recono-cimiento de todos los posibles puestos de trabajo dentro
de la industria de la moda como pertenecientes a un conglomerado
laboral prestigioso. Los diseñadores, desde el nacimiento
de la Alta Costura, han gozado de prestigio; en la actualidad
han surgido innumerables posiciones relacionadas: fotógrafos
de moda, modelos, cosmetólogos, editores de revistas
de moda, columnistas sobre temas de moda, conservadores en
museos de textiles, ilustradores de imágenes de moda,
diseñadores de vitrinas, encargados de mercadeo, además
del gran ejército de artesanos que, en muchos países
del mundo, se dedican a bordar, tejer, curtir pieles, hacer
botones, broches, mostacilla, etc.
En estrecha relación con el carácter cada
vez más profesional de estas tareas está el
auge que han tenido los centros docentes dedicados a preparar
a los estudiantes para ejercerlas. Las Escuelas patrocinadas
por la Cámara Sindical de la Alta Costura ofrecen cursos
desde 1928, pero ha sido en los últimos 10 ó
15 años cuando se han multiplicado estas iniciativas,
ofreciendo preparación para prácticamente todas
las facetas de la moda: diseño de interiores, producción,
publicidad, mercadeo... Esto ha supuesto un gran impulso para
la industria, que puede contar cada año con nuevos
elementos que se incoporan a este campo de trabajo.
1.4 Libertad creativa: La gama de colores, texturas,
materiales, es amplísima. No hay una dominación
extrema como la que ocurría en los años en los
que Worth “reinó” sobre la moda: las grandes
fábricas de telas y encajes de Lyon le enviaban muestras
y con base en sus decisiones se producían o no. Para
que fuera rentable la producción industrial se orientaba
por los cauces que Worth estableciera, aunque naturalmente
no todo el material era adquirido por su Casa de modas. Pero
en el mercado textil era éste el material que los demás
modistos podían adquirir, porque era el que la industria
había producido en cantidad. Nadie se arriesgaba a
producir una tela o un adorno que Worth no fuera a emplear.
Este tipo de restricción de hecho es cosa del pasado.
El juego del mercado es el que tiene la última palabra.
Los diseñadores y quienes producen elementos de vestuario
1.5 Adelantos tecnológicos: En gran parte,
la libertad creativa y la democratización de la moda
se deben a los grandes adelantos técnicos que se han
incorporado al campo de la moda. Podría decirse que
este proceso de llevar la moda a todos comenzó con
el advenimiento de la máquina de coser, y con la producción
de los primeros patrones, que Amos Butterick lanzó
al mercado en 1858. En la actualidad, todas las fases del
proceso de creación, distribución y venta de
las prendas se han beneficiado de nuevas técnicas.
Si antes había que cortar las piezas una a una, hoy
en día las máquinas permiten cortar 500 de un
solo movimiento; la creación del diseñador se
facilita con programas cibernéticos que le permiten
la elaboración virtual de cualquier prenda, en cualquier
color y textura, con lo que se evita mucho trabajo que antes
era inevitable. Aunque las colecciones en vivo siguen siendo
un punto focal de la industria, y tienen su “mística”
especial, muchos diseñadores recogen sus colecciones
en videos que después son enviados a clientes en todo
el mundo.
Entre los más recientes proyectos está la
Tecnología de Percepción Sensorial, que consiste
en un tratamiento de micro-encapsulación para textiles
con un gran potencial. Mediante esta tecnología se
puede enriquecer la tela (algodón, lana o fibras sintéticas)
con sustancias tales como aloe vera, vitaminas, repelentes
contra insectos, por ejemplo. Las cortinas, alfombras y cubrecamas
pueden tratarse para que desprendan fragancias, a la vez que
rechazan ataques de hongos y bacterias. Incluso se ofrecen
ya en el mercado sábanas tratadas con aroma de lavanda
y de manzanilla, que pueden inducir el sueño. En la
Universidad Politécnica de Hong Kong se trabaja en
un tratamiento que convierta a las telas en “auto-lavables”;
al tratar las fibras con dióxido de titanio, la tela
realiza por sí misma el proceso de liberarse de los
diversos tipos de suciedad. Por su parte, la Universidad de
Leeds (Inglaterra) trabaja en un instrumento que facilitará
el trabajo en los telares. Usando un rayo de luz y un sensor
de luminosidad similar a los que se encuentran en las cámaras
digitales, se podrá medir la tensión del hilo
–que es esencial para la adecuada producción
de la tela– sin detener la maquinaria (39)
No quiere decir que estos adelantos faciliten el trabajo
por igual: como se pudo ver en la “maquila” de
Madrás, muchos empresarios tienen en uso aparatos obsoletos,
y emplean medios rudimentarios. Pero al menos puede decirse
que existen los equipos y los instrumentos que facilitan la
creación y permiten acelerar el proceso de elaboración
y distribución de cualquier prenda o accesorio. Esto
promete poner en manos de los consumidores un producto mejor,
a menos costo y en un tiempo más breve.
1.6 Generación de ingresos: Como ya se ha
mencionado, la industria de la moda, con todas sus ramificaciones,
mueve muchos billones de dólares; genera grandes ingresos
para muchos países y da empleo a gran cantidad de personas.
Basta pensar que en 1998 los norteamericanos adquirieron 17.2
billones de piezas de vestir, y a la vez desecharon más
de cien mil toneladas de ropa usada. En la cumbre de la industria
están los grandes conglomerados, seguidos por las grandes
empresas productoras, los grandes almacenes, pasando por las
industrias de menor envergadura hasta llegar a las maquilas,
las boutiques y lo que se considera como el escalón
último del mundo de la moda: el negocio de las prendas
recicladas. Junto con los beneficios que reporta para la economía
de muchos países, habría que mencionar una considerable
deshumanización del proceso: en el afán de “ganar
más”, se busca la producción masiva al
menor costo posible, y se ubican las maquilas en países
sin legislaciones fuertes de protección a los trabajadores
ni aún a los menores trabajadores. Por otra parte,
en el diseño de las prendas no parecen entrar en juego
consideraciones que no sean reductibles a la mayor ganancia
2-¿Hay algo que cambiar?
Después de contemplar tantos rasgos positivos de
la moda en la actualidad, es natural examinar si hay otros
rasgos que podrían considerarse menos positivos o claramente
negativos. Tiene sentido hacerlo, porque así como los
primeros son como caminos amplios por los que puede seguir
avanzando la moda, los segundos están llamados a mejorar.
Y entre estos rasgos cabría mencionar también
varios, pero dos prácticamente engloban a todos los
demás: el consumismo, provocado en gran parte por la
enorme presión publicitaria, y la falta de consideración
por la dignidad de la persona humana, especialmente la mujer.
2.1 La presión publicitaria: Las técnicas
de mercadeo, ayudadas por la difusión de imágenes
globalizada, y por estudios cada vez más sofisticados
sobre la psicología del hombre y de la mujer, se han
multiplicado y han ganado en incisividad y eficacia. Se dirige
a “captar” la voluntad y orientarla a la compra,
sea de alimentos, de carros o de lugares donde ir de vacaciones.
La presión se siente con fuerza también en lo
relacionado con la industria del vestido, los accesorios,
los cosméticos. Se asume que cada producto es lo “último”,
y que poder contar con lo “último” es condición
y garantía de felicidad. Si no encuentra oposición,
conduce al consumismo y a la ansiedad: no hay posibilidad
de disfrutar tranquilamente de lo que se ha comprado, porque
enseguida aparece otro producto más reciente, el verdadero
“último”, y hay que adquirirlo.
El avance de la informática y la globalización
de la información es algo muy útil, pero es
también un arma poderosa para inducir a comprar. Lo
que se presenta esta tarde en una pasarela en París,
New York, Milán o Tokio, o en cualquier otro lugar,
tiene la posibilidad de ser visto mañana en casi todo
el mundo. Esto era completamente impensable en épocas
pasadas (recordemos el afán con el que se esperaba
la llegada de las “pandoras”, las muñecas
parisinas que lucían los modelos de moda).
2.2 Consumismo: “Añadimos piezas de
ropa al armario, como se añade agua a un río
que ya está crecido…”, (40) comenta con
razón una autora. El hecho de que la moda esté
al alcance de muchos, unido a la presión publicitaria,
ha traído como consecuencia que la industria de la
moda, como ya se apuntó antes, sea una de las más
fuertes económicamente hablando; pero algo a primera
vista tan positivo, si se maneja sin moderación, pueden
hacer de la industria de la moda un terreno óptimo
para lucrar. Las ganancias pueden ser enormes, pero para ganar
más hay que producir más, y si se produce más,
es necesario que la gente “sienta la necesidad de tener
más”, y “compre más”. “El
materialismo práctico, tan difundido en la sociedad
opulenta, tiene por alma el espíritu de riqueza, que
provoca un ferviente enamoramiento de los bienes de la tierra,
considerados como el supremo valor” (41) .
Se ha desarrollado así una mentalidad de consumo
en el usuario (no sólo en la moda, como es de suponer)
que conduce a gastos tal vez innecesarios o mayores de lo
que deberían ser. Así describe acertadamente
la situación el Prof. José Orlandis: “La
segunda mitad del S. XX ha legado al S. XXI un fenómeno
sin precedentes en la historia: la aparición en los
países del Primer Mundo de una sociedad en la cual
la mayoría de sus miembros disfrutan de un razonable
nivel de bienestar, hasta el punto de que esa sociedad, en
su conjunto, merece el apelativo de ‘opulenta’”(42)
. Y agrega: “La sociedad opulenta ha multiplicado el
número de bienes a disposición del hombre, y
al promover el afán ilimitado de consumo, ha generado
el vicio del ‘consumismo’. El mundo ha ido llenándose
de ‘cosas’ y éstas han ido suscitando nuevas
apetencias. Los hombres descubren cada día otras necesidades,
y estiman que su satisfacción es indispensable para
alcanzar la felicidad”(43).
En el campo de la moda el consumismo lleva a adquirir piezas
de vestir, accesorios, cosméticos... en mucha mayor
cantidad que la que sería realmente necesaria. Por
ejemplo, aunque –como se mencionó al hablar de
la mayor libertad en el terreno del vestuario– ya no
es necesario cambiarse cuatro o cinco veces al día,
se ofrece mercancía novedosa cada día, que de
facto hace que la comprada anteriormente resulte obsoleta.
Es muy interesante comprobar los esfuerzos de mercadeo dirigidos
a niños y jóvenes: no sólo se les anima
a ser ellos los que escojan sus atuendos, sin ninguna intervención
paterna; se les ofrecen juguetes que están pensados
para crear paulatinamente –o en un plazo muy breve–
la mentalidad de consumo en lo referido al vestuario. Hay
muñecas “modelos” que vienen acompañadas
con varios conjuntos de moda, con innumerables accesorios,
con cosméticos (para la muñeca y para la dueña).
Se ha extendido la costumbre de anunciar “sets”:
por ejemplo, antes se usaba un perfume; ahora se promueve
la idea de contar con un “guardarropa” (wardrobe)
de perfumes; hay posibilidad de comprar champú para
pelo largo oscuro, grado de especialización realmente
difícil de comprender... La publicidad recurre a frases
como “Les Must” (que vendría a significar
las cosas que hay que tener, los elementos indispensables,
sin los cuales no se puede estar), “Essential”,
y otros similares.
Si el proceso de elaborar una prenda –desde su diseño
hasta su venta– es tan complejo, como se comentó
al hacer referencia al “mundo de la moda”, es
natural que una pieza que debe atravesar tantas etapas se
encarezca para cubrir el margen de ganancias de cada una de
ellas. Pero es precisamente aquí donde Coleridge denuncia
lo que llama “la conspiración de la moda”.
“La conspiración de la moda no es simplemente
una conspiración de subir el precio a ropas caras alrededor
del mundo, es una conspiración de gusto y de negociación:
la prerrogativa de los editores internacionales de moda para
determinar cómo se vista el mundo, y de qué
manera su objetividad puede ser minada, la despótica
vanidad de los diseñadores y la dureza de los compradores
de almacenes para distribuir su inmenso presupuesto “abierto
para compras”. Con frecuencia la conspiración
es una conspiración de silencio. Una revista hace enormes
esfuerzos en hacer que ropa mala se vea bien, porque el diseñador
es un fuerte anunciante en la revista. Los diseñadores
principales ejercen una extraordinaria presión en los
almacenes por departamentos para obtener un área prominente,
a la vez que roban ideas a los rivales más pequeños.
Los almacenes de departamentos, por su parte, aprueban el
espionaje con tal de añadir una etiqueta particular
a su salón de diseñadores” (44).
Muy relacionado con el consumismo (porque es una de sus motivaciones
más poderosas) se encuentra lo que se conoce como “snobismo”,
y que en el fondo tiene los mismos ingredientes que la simple
vanidad, y se especializa en el uso de determinadas marcas.
Es el afán de ser aceptado y el deseo de afirmación
–mencionados anteriormente– llevados a un extremo.
Ya no es suficiente tener “cosas”, o simplemente
“tener más cosas”, sino hay que tener “determinadas
cosas”. En el campo de la moda esto se refiere al gran
tema de “las marcas”. Estamos aquí ante
un fenómeno complejo: no se trata ya de vestirse, ni
de hacerlo de acuerdo a los colores, corte, etc. de moda;
se trata de usar algo (o todo, en casos extremos) de una marca
que, por las razones que sea, se considera como requisito
para estar “a la última”. Las marcas “de
moda” cambian, pero permanece desde hace varios años
esta manifestación de “deseo de imitar”,
“deseo de ser aceptado”.
Esto ha provocado una ola creciente de imitaciones, a veces
muy perfeccionadas; hace algunos años –y es posible
que todavía sea así– en la Tercera Avenida
de Manhattan, en pleno y elegante East Side, se colocaban
vendedores ambulantes con mesas llenas de bolsas y pañuelos
de seda, relojes, joyería... Eran imitaciones bien
hechas, tanto que es posible que si se hubieran exhibido las
bolsas en las vitrinas de Vuitton o Gucci, los pañuelos
de seda en Chanel o Nina Ricci, los relojes en Cartier y la
joyería en Bulgari tal vez a muchos les habría
costado distinguir que se trataba de falsificaciones. Se trafica
con el deseo de muchas mujeres de tener “algo”
que al menos parezca haber salido de una de las grandes casas
de moda. Para los jóvenes, la cantidad de pantalones
de mezclilla (“blue jeans”) que se venden con
marca falsa –a una fracción del precio del original–
es asombrosa. Y esta mentalidad se ha difundido por muchos
países, donde en los pueblecitos más recónditos
se encuentran piezas de vestir con alguna de las grandes marcas
bien visible: son las falsificaciones que están posiblemente
en el extremo inferior de la escala, pero tienen éxito
entre un determinado tipo de compradores.
2.3 La falta de respeto a la dignidad de la persona:
En relación a la dimensión ética de la
moda, ante cualquier observador se pone de manifiesto que
ha habido un declive en el respeto a la dignidad de la persona,
y concretamente a la mujer. Se hizo referencia anteriormente
a la dimensión ética de la moda, y con base
en lo que entonces se dijo, se puede fácilmente calificar
a muchas modas actuales como carentes de pudor. “Calificar”
requiere contrastar lo real contra lo ideal, el “ser”
contra el “debe ser”. Para quien sustente una
postura relativista, un intento de este tipo carece de sentido;
dentro de este modo de entender la realidad, no hay bien ni
mal, y por tanto no es posible hablar de un “deber ser”,
ni de la moda ni del hombre en su totalidad. Pero para quien
se fundamenta en la recta comprensión del hombre y
la mujer, sí es posible al menos llegar a formarse
un juicio sobre la adecuación de una moda concreta
a los requerimientos que se derivan del deseo de defender
la propia intimidad (pudor).
2.3.1 La pérdida del sentido del pudor.
A nadie escapa el creciente deterioro moral que ha tenido
lugar en las últimas décadas. Es evidente
que la moda es permisiva, porque la sociedad es permisiva;
ha perdido el anclaje con los valores fundamentales, y ha
confundido los términos. En nombre de los derechos
humanos se aborta, en nombre de la libertad de expresión
se agrede, en nombre de la libre investigación científica
se hacen manipulaciones genéticas que no le pasaban
a nadie por la mente hace algunos años. Es más
que natural que este estado de cosas se refleje como en
un espejo en la manera de vestir. Y a la vez, la manera
de vestir permisiva (mejor podríamos decir, al margen
de toda consideración antropológica o ética)
provoca y agudiza la permisividad en la conducta.
La velocidad vertiginosa de los medios de comunicación,
por otra parte, hace posible que modas faltas de pudor le
den la vuelta al mundo, y generen un interés y una
difusión que no merecen. Y no hace falta gran clarividencia
para percibir la conexión directa que existe entre
la moda que no respeta el pudor y el aumento vertiginoso
del número de divorcios o el desprecio frontal al
matrimonio. Como esta conexión existe, es posible
pensar que una mejora en la “dignificación”
de la moda redundará en la “dignificación”
de la mujer, la restauración de la familia y la elevación
moral de la sociedad.
En el fondo del olvido o del desprecio del pudor en el
vestido se encuentran elementos tales como el relativismo,
el naturalismo y el abierto y claro hedonismo, que han conseguido
pernear la cultura durante muchos años. Hay quienes
consideran que la modestia (que es el pudor manifestado
en la forma de vestir) es totalmente innecesario, asunto
de convencio-nalismo y costumbre. Sería una cuestión
relativa, dependería de la cultura en la que se está
inmerso, del momento histórico y otras variables
similares. Se le puede aplicar el comentario que un autor
hace sobre la apreciación de la belleza, que entiende
como “asunto de educación; una vez que uno
se acostumbra a algo, no importa cuán raro o estrafalario,
no pensará que lo es, después de un tiempo.
Cuando yo salí de China por primera vez y vi a niñas
caminando por la calle con su pelo suelto sobre sus hombros,
me sentí un poco extrañado. Pensé en
lo descuidados que sin duda serían sus padres para
dejar salir a sus hijas en tal estado de descuido. Más
adelante me di cuenta que era la moda, y cambié mi
modo de pensar, hasta que poco a poco llegué a considerarlo
muy bonito” (45) . Es cierto que mucho en el vestir
es convencional y por tanto relativo –es decir, fruto
de ponernos de acuerdo sobre algo, y en el terreno de la
moda “el ojo se acostumbra a todo”. Pero hay
algo objetivo: la intimidad corporal necesita protección,
y esta protección se la brinda el vestido.
2.3.2 ¿Tenía razón Rousseau?:
Desde un plantea-miento naturalista, nada que se refiera
al hombre y la mujer puede ser lesivo para su dignidad;
todo lo que brota natural y espontáneamente del ser
humano sería bueno. Cualquier intento de proteger
la intimidad corporal sería considerado innecesario,
porque del cuerpo y las actitudes hacia él “no
puede surgir nada malo”. Este planteamiento, propuesto
inicialmente por Rousseau e incorporado plenamente en la
educación moderna en muchos países, parte
de algo tan cierto como que el cuerpo “es bueno”,
pero olvida un ingrediente importante, esencial para entender
la vida y la conducta humanas: el ser humano no es perfecto,
tiene las potencialidades necesarias para adquirir esa perfección,
y las desarrollará a base de superar obstáculos
y alcanzar metas. Uno de esos obstáculos surge de
la propia naturaleza humana, porque está inclinada
al error y dañada por la tendencia a obrar mal: es
lo que en la teología católica se denomina
“consecuencias del pecado original”, una de
las cuales es la que se conoce como “concupiscencia”,
y que es causa de que todo hombre y toda mujer se vea inmerso
en una tensión interior, que nadie ha descrito mejor
que San Pablo en el siglo I. En un mundo donde no existiera
la concupiscenia, no habría necesidad de vestuario
alguno, porque no habría ningún desorden en
las apetencias del cuerpo. Pero no es el caso: estamos en
un mundo en el que sí tiene su lugar, y muy importante,
el pudor.
Las dos posturas mencionadas, relativismo y naturalismo,
han contribuido también a la atmósfera de
permisividad y hedonismo que caracteriza nuestra época.
No es sólo el laissez passer, laissez faire,
sino un agresivo materialismo que intenta empapar toda la
sociedad humana. El hedonismo, por su parte, hijo del materialismo,
lleva a considerar el placer como fin último y único
de la vida. En el cuerpo no ve nada más que un instrumento
de placer: se le escapa toda noción sobre su unión
con el alma espiritual, la dignidad de ser depositario de
la capacidad de conocer y de querer, desprecia toda consideración
sobre el valor de la sexualidad integrada en el todo de
la persona. Ante esa atmósfera de hedonismo, la moda
no es indiferente. Si no tiene el cuidado de cubrir el cuerpo
adecuadamente, fomenta la tendencia a verlo como objeto
de placer. Y es esa la impresión que dan muchos modelos
actuales.
2.3.3 ¿Dónde está la medida exacta?
El paso del tiempo puede modificar las costumbres, y puede
cambiar la manera de entender hasta qué punto debe
llegar esa protección a la intimidad: por ejemplo,
antes del siglo XX una falda que dejara gran parte de la
pantorrilla al descubierto se consideraba escandalosa, y
un atentado contra el pudor de la mujer. El largo de la
falda ha subido, bajado, vuelto a subir, de acuerdo a las
tendencias de la moda. Pero hay un límite, y si se
sobrepasa, se está descubriendo la intimidad y se
está colaborando con la atmósfera hedonista,
en vez de colaborar en irla eliminando. ¿Quién
establecerá ese límite? ¿Y cuál
es? De acuerdo a las costumbres del S. XVI, quien levantara
el ruedo una o dos pulgadas del suelo estaba enviando un
mensaje, y no precisamente de rectitud de conducta. En el
s. XXI la falda puede llegar a la rodilla o unos centímetros
más abajo, pero siempre varias pulgadas más
arriba de lo que se usaba hace 400 años, y sin embargo
no envía en sí misma ese mensaje.
Ahora bien, el sentido común (entre otros elementos)
ayuda a entender que una falda excesivamente corta –como
la “minifalda” que hizo furor desde que fuera
propuesta en los años 1960s por la diseñadora
inglesa Mary Quant como el símbolo de lo moderno
y “audaz” – no es compatible normalmente
con las exigencias del pudor. Ataviada (mal ataviada) con
una falda tan corta, la usuaria llama la atención
hacia su intimidad corporal –aunque manifieste que
esa no es su intención, e incluso en el supuesto
que alguien la crea.; ésta queda más expuesta
todavía al caminar, agacharse, sentarse, cruzar la
pierna, y es fácil darse cuenta. Ya no es cuestión
de usos convencionales: es cuestión de sentido común,
que indica que esa exhibición del cuerpo no es acorde
con el respeto ni a la dignidad propia ni a la ajena.
2.3.4 La imagen de la mujer: El panorama real
de la moda, con toda su riqueza de matices pero también
con su espiral descendente hacia el permisivismo total,
puede causar desazón. Sobre todo porque se presenta
como una fuerza muy poderosa (y lo es), que no lleva visos
de estar dispuesta a mostrarse más respetuosa con
la dignidad de la persona. Por el contrario, es evidente
que se muestra cada día más agresiva, como
quien sabe que nada ni nadie podrá hacerla volver
atrás. Son ya varias las generaciones de niñas
y adolescentes que no han oído siquiera mencionar
que existe una actitud no sólo muy conveniente, sino
indispensable para el desarrollo de la persona, que orienta
a custodiar la intimidad. Por el contrario, se les ha enseñado
por todos los medios que tales actitudes eran cosa del pasado,
propias de épocas en las que todavía existían
muchos prejuicios y tabúes, que ya no tienen ninguna
vigencia. Después de escuchar día tras día
slogans tales como “Mi cuerpo es mío y hago
con él lo que quiero”, es ciertamente difícil
captar la necesidad y la grandeza de la virtud de la castidad,
no digamos del pudor y la modestia.
La moda parece haber alcanzado actualmente un hito –aunque
sería tal vez más correcto decir “una
sima”– de desconsideración por la dignidad
humana, y en especial de irrespeto por la imagen de la mujer.
El erotismo en la forma de vestir se presenta como arte
y la falta de toda consideración a la dignidad propia
y ajena se promueve como “audacia”; esta forma
de presentarse se promueve por todos los medios, y desde
la infancia. Es consecuencia (y causa, al mismo tiempo)
del grave deterioro moral por el que atraviesa la sociedad,
al menos la sociedad occidental, aunque por su enorme influencia
en relación a la moda es posible afirmar que se trata
de un fenómeno universal. Las poderosas fuerzas que
mueven la moda parecen estar empeñadas en sembrar
un ambiente de erotismo que ha tenido, tiene y tendrá
consecuencias nefastas. Pero, aunque algunos pretendan presentarlo
así, el erotismo no es un valor cultural, ni una
forma sofisticada de arte. Es una nueva forma de servidumbre:
la mujer es degradada, para presentarla como esclava sexual.(46)
Refiriéndose a esta situación, un autor comenta
acertadamente: “En muy buena parte, los medios masivos
de comunicación, los anuncios publicitarios y mil
publicaciones han contribuido a mostrarnos otro tipo, muy
deformado y parcial, de lo que es la mujer. Muestran un
modelo de mujer muy reducido, para contemplar su cuerpo,
destacando sólo lo que tiene de bello o de placentero
a los sentidos” (47) . Pero una mujer sin pudor carece
de uno de sus mayores encantos; ha cambiado el toque de
misterio que atrae, por la exposición pública
de aquello que por su misma naturaleza reclama ser privado,
íntimo, poseído y entregado libremente, en
el único y riquísimo ámbito propio:
el amor esponsal. Por definición, el amor verdaderamente
humano reclama la exclusividad y la permanencia: uno, con
una y para siempre. En esa relación del “uno
con una” se da la maravilla de la donación
conyugal que no sólo es fuente de felicidad, y lugar
generador de nuevas vidas humanas, sino camino de auténtica
madurez y perfección para el hombre y la mujer.
Es fácil comprender que una sociedad inundada por
estas imágenes –de las que quien lo quiera
difícilmente puede librarse de ellas, aunque quiera,
porque es lo que está en la calle, en las revistas,
en el cine, en las tiendas...– no puede al mismo tiempo
dar a la mujer el respeto que le corresponde; no tendrá
consideración por la familia, ni autoridad moral
para hacer frente a la educación de las nuevas generaciones.
Una sociedad así está cavando su propia tumba.
Esta realidad logra opacar los indiscutibles logros en el
terreno de la moda; a pesar de todos ellos, si la moda no
va de acuerdo con la dignidad de la persona, falla en lo
esencial. Un vestido puede estar hecho por el mejor modisto,
con telas bellísimas, corte impecable, y a la vez
no servir para “vestir” a la usuaria, porque
no respeta su dignidad. En otras palabras, porque ignora,
pasa por alto, desprecia o frontalmente destruye una de
las actitudes más importantes para el pleno desarrollo
de la persona, y más necesarias para la convivencia
social: la defensa de su intimidad. De una moda así
puede decirse que necesariamente tiene que cambiar, si quiere
adecuarse a la condición humana, a reflejar lo que
la persona tiene de más valioso, y para beneficiar
a quien la usa y a toda la sociedad.
2.3.5 ¿Por qué defender la intimidad?:
Una de las tendencias más lamentables de nuestra
época es el deseo de hacer desaparecer toda intimidad.
En todos los ambientes, por todos los medios: desde la promoción
a los programas televisivos en los que el público
es introducido hasta las esferas más privadas, hasta
la insistencia en acostumbrar a los niños de kindergarten
a usar baños mixtos y duchas sin cortina. En el campo
de la moda, esta tendencia se traduce en piezas de vestir
que no velan la intimidad física, sino que la colocan
a la vista de todos. Pero se trata de un grave error: la
intimidad corporal requiere “a gritos” esa protección;
el impudor es realmente una violación de un derecho
humano esencial. Quien usa un vestido impúdico está
haciendo varias cosas a la vez: comunica sin palabras a
quienes la rodean que o bien no tiene intimidad que custodiar,
o bien que ignora que esta intimidad requiere custodia;
o bien voluntariamente desea descubrirla. No tiene interés
en ser conocida como persona, alma y cuerpo; por otra parte,
manifiesta escaso respeto hacia el derecho de los que la
rodean. Podría alguien preguntarse si el derecho
humano no es más bien a enseñar el cuerpo
y usarlo como mejor le parezca a cada quien; si así
fuera, ejercitar este derecho se opondría frontalmente
al derecho de los demás a mantener su integridad.
Ser obstáculo iría en perjuicio del derecho
del otro al respeto.
Es cierto que el vestido modesto no es en sí mismo
garantía ni de pudor ni de buena conducta; puede
ocurrir que una mujer vaya cubierta de la cabeza a los pies,
pero que mire, hable y se conduzca en forma desvergonzada.
Pero lo contrario no suele ser posible; quien tiene conciencia
de su dignidad vela cuidadosamente el cuerpo ante los demás.
Es además una de las garantías de que será
reconocida como persona. El vestido que en vez de velar,
desvela, realmente dificulta la comunicación con
la persona entera, porque atrae la atención hacia
una parte: el cuerpo, y, de éste, justamente lo que
es más íntimo.
Hay una gran falta de coherencia: la legislación
de casi todos los países regula la oferta de pornografía,–
ubicación, prohibición de vitrinas, etc.–,
pero el mismo veneno se expende libre de trabas por otros
canales: medios de comunicación. No es necesario
detenerse a explicar los rasgos de impudor presentes hoy
en la moda: saltan a la vista. Invaden las pasarelas, saltan
a los medios de comunicación, son usados por multitudes...
La imagen femenina, completamente despojada del encanto
y “misterio” derivados del pudor, se usa como
se podría emplear la de una planta, un biftec o una
piedra. Se la trata como un objeto de consumo, como “carnada”
para vender más, sea cual sea el producto de que
se trate.
2.3.6 La violación del derecho a la intimidad
corporal: El pudor –protección de la intimidad–
es realmente un derecho de la persona. Sin embargo, por
diversas razones se ha perdido esta noción, hasta
llegar a convencerse de que el impudor es lo legítimamente
humano. Estamos en un momento en el que el naturalismo ha
traído consigo un materialismo exacerbado, y el escepticismo
denuncia como “agresivo” cualquier intento de
descubrir fundamentos sólidos en los que apoyar la
realidad del hombre, y por lo tanto la moralidad.
La moda atenta frontalmente contra la dignidad de la mujer
cuando la presenta como “objeto de deseo”. Prescinde
de su espiritualidad, de la nobleza de sus facultades, de
su origen (criatura) de su fin (Dios mismo), para colocarla
en el mismo nivel que, por ejemplo, un plato de comida.
Presentar un alimento como “objeto de deseo”
es lógico y natural, dentro de los cauces que señala
la recta razón. La hamburguesa, la paella o el helado
de chocolate no tienen más dimensión que la
material, ni más finalidad que servir a la conservación
y desarrollo de la vida del hombre. Pero considerar así
a un ser humano, sea quien sea y en las circunstancias que
sea, no es simplemente un error, sino una estafa y un insulto.
Si le doy un puntapié a una piedra que encuentro
en mi camino, nadie me lo puede reclamar: es solamente una
“cosa”, un ente inanimado, tiene su función,
pero no require una consideración especial. Si le
doy un puntapié a un gato, el scenario es
distinto, metafísicamente hablando: es un ser animado,
con una dotación neurologial que le permite sentir;
no sería correcto dedicarme a provocarle dolor, sólo
por satisfacer una tendencia desordenada de dominio mal
entendido, darle rienda suelta al mal humor, etc. Porque
Micifuz no es “una cosa”: es ya algo más:
un ser vivo. Aunque exista, en ultimo extremo, en función
del hombre, merece, como toda la Creación, respeto.
Al pensar en el ser humano, entramos en un scenario
diferente. Entre el animal más desarrollado y el
hombre, media un abismo cualitativo. El hecho de poseer
un alma immortal nos coloca en otra dimensión. Por
esto, si tratar al gato como si fuera una piedra es ya cuestionable,
tratar a una persona como si fuera un gato es simplemente
inaceptable. Por eso resulta sorprendente la perseverancia
con que muchos pretenden hacerlo. Lo lógico sería
dedicar los esfuerzos a promover y hacer que brillara la
dignidad humana. Lo ilógico es lo contrario. Pero
basta ver un desfile de modas actual para darse cuenta de
que esta ilogicidad parece haber adquirido dimensiones de
epidemia.
En el terreno del vestir, como en tantos otros campos
de la vida humana, todo tipo de exhibicionismo está
completamente fuera de lugar. Si lo que fue creado para
ser protegido cuidadosamente, se pone en la vía pública,
se agosta, pierde todo su encanto y su valor. Pero es más:
se convierte en un elemento tóxico, nocivo, porque
no ayuda a que en las personas domine la razón sobre
las tendencias; por el contrario, –por la inclinación
de la naturaleza humana a obrar de modo opuesto al que le
llevaría a su perfección, realidad que la
teología católica denomina “reliquias
del pecado original”– constituyen un obstáculo
para el perfeccionamiento de quienes están alrededor,
y se ven sometidos a la presión que supone este exhibicionismo.
Vestir sin pudor es “una amenaza” para el entorno.
Algunos tal vez lo promuevan por la satisfacción
de perjudicar a los demás, pero –si existen–
seguramente son los m
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