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CAPITULO IV: LA MODA EN LA ACTUALIDAD (María Rosa Noda)

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Capitulo IV: La moda en la actualidad

CAPITULO IV: LA MODA EN LA ACTUALIDAD

Existe una mayor libertad que en otras épocas para elegir el vestuario


Todos los actores que acabamos de mencionar en el capítulo anterior se unen para producir la moda. Pero ese “producto” –que pasa por tantas manos– puede ser excelente en todo sentido, o puede no serlo: en cuanto a la idea que la anima, la calidad, la asequibilidad, la adecuación a la dignidad de quienes la usarán... Si tuviéramos que calificar la moda de nuestra época, ¿qué diríamos? Como es fenómeno que tiene tantas facetas, habría que considerarlo desde diversos puntos de vista. Podremos, dentro de los límites reducidos de estas consideraciones, calificarla –o al menos describir los rasgos que parecen más relevantes– desde el punto de vista social, económico, artístico, tecnológico, y también desde su dimensión ética; porque en resumidas cuentas lo que tiene más interés es considerar la moda como fenómeno genuinamente humano.

1-Los logros de la moda actual

Varios elementos muy positivos se pueden apreciar hoy en el terreno de la moda. En primer lugar, está prácticamente al alcance de todos; existe una mayor libertad que en otras épocas para elegir el vestuario; la industria de la moda tiene actualmente considerable prestigio, y existe una gran oferta de programas académicos para preparar a quienes desean dedicarse a este campo laboral. También se aprecia una continua preocupación por aprovechar los adelantos de la ciencia y la técnica: nuevos y mejores materias primas, equipos, procedimientos, que permiten mejorar la producción y los precios. Desde el punto de vista artístico y creativo, tal vez nunca antes ha existido una gama tan amplia de opciones ante el diseñador, lo cual es sin duda algo muy positivo. Por otra parte, la economía de muchos países recibe de las industrias relacionadas con la moda beneficios importantes. Podemos fijarnos al menos brevemente en cada uno de estos logros.

1.1 Democratización de la moda: Uno de los primeros datos que saltan a la vista es que la moda ha dejado de ser un fenómeno de élites, para convertirse en un fenómeno de masas. Aunque las clientes de la Alta Costura siguen constituyendo un sector especial, las nuevas tecnologías y la globalización informática –entre otros elementos– han conseguido que un modelo creado para la Colección de Primavera de un modisto parisino, por ejemplo, se pueda adquirir al poco tiempo en una boutique en Beirut, San Salvador o Singapur. Un poco más adelante se venderán en comercios más modestos modelos parecidos, de modo que muchas mujeres pueden adquirir prendas de vestir que están “a la última moda”. La calidad de esta moda producida en masa puede ser buena, aceptable o claramente mala, pero al menos llega a muchos, si no a casi todos; sin duda es un avance que la moda sea cada vez menos un elemento distintivo de una clase social entendida como ámbito impenetrable.

La moda es, más que nunca, un fenómeno de masas: las fotografías de las pasarelas de hoy en Nueva York, París y Milán llegan en pocas horas, vía internet, a todo el mundo. La diversificación de los procesos de producción permiten que en muy poco tiempo estos modelos (al menos, piezas inspiradas por ellos) se encuentren en las salas de venta de las grandes ciudades. Las modistas tienen acceso a las mismas fotografías, y también en un plazo breve se pueden adquirir los patrones necesarios. Lo que al principio del reinado de una corriente de moda puede ser un poco más caro, casi enseguida podrá ser adquirido por mucho menos precio, al producirse masivamente.

1.2 Mayor libertad en el vestuario: Desde hace varias décadas, las rígidas restricciones impuestas por las convenciones sociales en torno al vestuario se han flexibilizado enormemente, lo cual es muy de agradecer. En la época victoriana, por ejemplo, era de rigor que una mujer de la aristocracia dispusiera de vestidos distintos para cada momento del día: el de estar en la casa, el de recibir visitantes, el de salir por la mañana, el de salir por la tarde; también el de “tomar el té”, y el de gala para la cena. Los trajes de baile, de Corte y de luto se añadían a esta colección. La moda actual, por el contrario, busca un vestuario que sirva para usos múltiples: se hace énfasis en conjuntos de piezas intercambiables que, con el cambio de accesorios, pueda servir a una mujer para ir a una reunión de trabajo en la mañana, almorzar con sus amigas, asistir a una actividad en el colegio de sus hijos por la tarde, y acompañar a su esposo a una cena. Por supuesto, también es posible adquirir vestidos apropiados para la mañana, ropa más formal como para asistir a un cocktail, y vestidos de noche. Pero la exigencia de un vestuario específico para cada ocasión se ha flexibilizado hasta tal punto que incluso en las actividades sociales más relevantes es fácil encontrar tipos de vestuarios muy variados. Esto habría sido imperdonable en otras épocas.

La mujer tiene posibilidad de escoger entre muchas maneras de vestir (un tema distinto es si en la vida real puede adquirir las prendas que desearía), y de alguna forma, crear su propia moda; puede escoger práctica-mente lo que quiera. Por otra parte, ha desaparecido (al menos en gran parte) el elemento que podríamos llamar “vanidad de clase”, porque en principio no es fácil ya ubicar en la escala social a una persona por su vestido. Las imitaciones de los productos de las grandes marcas son cada vez más perfectas; con un presupuesto limitado y una serie de decisiones inteligentes, una mujer se puede presentar con tanta elegancia como quien tiene la posibilidad de encargar los modelos de Alta Costura ($15,000), pagar accesorios sumamente caros (carteras, $5,000), zapatos ($1,000, etc).

Tal vez podríamos decir que en este campo estamos en el punto opuesto de lo que pretendían las Leyes Suntuarias –no tanto al tratar de moderar los gastos, cuanto al tratar de marcar un rígido código de vestuario para cada clase–, y esto es sin duda un signo de avance social: realmente no tiene sentido (como no sea halagar el “ego” de algunos) tratar de impedir que quienes no cuentan con una situación económica privilegiada se vistan igual que quienes sí la tienen, o al menos traten de vestirse en forma parecida.

1.3 Profesionalización: Este gran desarrollo ha traído consigo también un incremento del recono-cimiento de todos los posibles puestos de trabajo dentro de la industria de la moda como pertenecientes a un conglomerado laboral prestigioso. Los diseñadores, desde el nacimiento de la Alta Costura, han gozado de prestigio; en la actualidad han surgido innumerables posiciones relacionadas: fotógrafos de moda, modelos, cosmetólogos, editores de revistas de moda, columnistas sobre temas de moda, conservadores en museos de textiles, ilustradores de imágenes de moda, diseñadores de vitrinas, encargados de mercadeo, además del gran ejército de artesanos que, en muchos países del mundo, se dedican a bordar, tejer, curtir pieles, hacer botones, broches, mostacilla, etc.

En estrecha relación con el carácter cada vez más profesional de estas tareas está el auge que han tenido los centros docentes dedicados a preparar a los estudiantes para ejercerlas. Las Escuelas patrocinadas por la Cámara Sindical de la Alta Costura ofrecen cursos desde 1928, pero ha sido en los últimos 10 ó 15 años cuando se han multiplicado estas iniciativas, ofreciendo preparación para prácticamente todas las facetas de la moda: diseño de interiores, producción, publicidad, mercadeo... Esto ha supuesto un gran impulso para la industria, que puede contar cada año con nuevos elementos que se incoporan a este campo de trabajo.

1.4 Libertad creativa: La gama de colores, texturas, materiales, es amplísima. No hay una dominación extrema como la que ocurría en los años en los que Worth “reinó” sobre la moda: las grandes fábricas de telas y encajes de Lyon le enviaban muestras y con base en sus decisiones se producían o no. Para que fuera rentable la producción industrial se orientaba por los cauces que Worth estableciera, aunque naturalmente no todo el material era adquirido por su Casa de modas. Pero en el mercado textil era éste el material que los demás modistos podían adquirir, porque era el que la industria había producido en cantidad. Nadie se arriesgaba a producir una tela o un adorno que Worth no fuera a emplear. Este tipo de restricción de hecho es cosa del pasado. El juego del mercado es el que tiene la última palabra. Los diseñadores y quienes producen elementos de vestuario

1.5 Adelantos tecnológicos: En gran parte, la libertad creativa y la democratización de la moda se deben a los grandes adelantos técnicos que se han incorporado al campo de la moda. Podría decirse que este proceso de llevar la moda a todos comenzó con el advenimiento de la máquina de coser, y con la producción de los primeros patrones, que Amos Butterick lanzó al mercado en 1858. En la actualidad, todas las fases del proceso de creación, distribución y venta de las prendas se han beneficiado de nuevas técnicas. Si antes había que cortar las piezas una a una, hoy en día las máquinas permiten cortar 500 de un solo movimiento; la creación del diseñador se facilita con programas cibernéticos que le permiten la elaboración virtual de cualquier prenda, en cualquier color y textura, con lo que se evita mucho trabajo que antes era inevitable. Aunque las colecciones en vivo siguen siendo un punto focal de la industria, y tienen su “mística” especial, muchos diseñadores recogen sus colecciones en videos que después son enviados a clientes en todo el mundo.

Entre los más recientes proyectos está la Tecnología de Percepción Sensorial, que consiste en un tratamiento de micro-encapsulación para textiles con un gran potencial. Mediante esta tecnología se puede enriquecer la tela (algodón, lana o fibras sintéticas) con sustancias tales como aloe vera, vitaminas, repelentes contra insectos, por ejemplo. Las cortinas, alfombras y cubrecamas pueden tratarse para que desprendan fragancias, a la vez que rechazan ataques de hongos y bacterias. Incluso se ofrecen ya en el mercado sábanas tratadas con aroma de lavanda y de manzanilla, que pueden inducir el sueño. En la Universidad Politécnica de Hong Kong se trabaja en un tratamiento que convierta a las telas en “auto-lavables”; al tratar las fibras con dióxido de titanio, la tela realiza por sí misma el proceso de liberarse de los diversos tipos de suciedad. Por su parte, la Universidad de Leeds (Inglaterra) trabaja en un instrumento que facilitará el trabajo en los telares. Usando un rayo de luz y un sensor de luminosidad similar a los que se encuentran en las cámaras digitales, se podrá medir la tensión del hilo –que es esencial para la adecuada producción de la tela– sin detener la maquinaria (39)

No quiere decir que estos adelantos faciliten el trabajo por igual: como se pudo ver en la “maquila” de Madrás, muchos empresarios tienen en uso aparatos obsoletos, y emplean medios rudimentarios. Pero al menos puede decirse que existen los equipos y los instrumentos que facilitan la creación y permiten acelerar el proceso de elaboración y distribución de cualquier prenda o accesorio. Esto promete poner en manos de los consumidores un producto mejor, a menos costo y en un tiempo más breve.

1.6 Generación de ingresos: Como ya se ha mencionado, la industria de la moda, con todas sus ramificaciones, mueve muchos billones de dólares; genera grandes ingresos para muchos países y da empleo a gran cantidad de personas. Basta pensar que en 1998 los norteamericanos adquirieron 17.2 billones de piezas de vestir, y a la vez desecharon más de cien mil toneladas de ropa usada. En la cumbre de la industria están los grandes conglomerados, seguidos por las grandes empresas productoras, los grandes almacenes, pasando por las industrias de menor envergadura hasta llegar a las maquilas, las boutiques y lo que se considera como el escalón último del mundo de la moda: el negocio de las prendas recicladas. Junto con los beneficios que reporta para la economía de muchos países, habría que mencionar una considerable deshumanización del proceso: en el afán de “ganar más”, se busca la producción masiva al menor costo posible, y se ubican las maquilas en países sin legislaciones fuertes de protección a los trabajadores ni aún a los menores trabajadores. Por otra parte, en el diseño de las prendas no parecen entrar en juego consideraciones que no sean reductibles a la mayor ganancia

2-¿Hay algo que cambiar?

Después de contemplar tantos rasgos positivos de la moda en la actualidad, es natural examinar si hay otros rasgos que podrían considerarse menos positivos o claramente negativos. Tiene sentido hacerlo, porque así como los primeros son como caminos amplios por los que puede seguir avanzando la moda, los segundos están llamados a mejorar. Y entre estos rasgos cabría mencionar también varios, pero dos prácticamente engloban a todos los demás: el consumismo, provocado en gran parte por la enorme presión publicitaria, y la falta de consideración por la dignidad de la persona humana, especialmente la mujer.

2.1 La presión publicitaria: Las técnicas de mercadeo, ayudadas por la difusión de imágenes globalizada, y por estudios cada vez más sofisticados sobre la psicología del hombre y de la mujer, se han multiplicado y han ganado en incisividad y eficacia. Se dirige a “captar” la voluntad y orientarla a la compra, sea de alimentos, de carros o de lugares donde ir de vacaciones. La presión se siente con fuerza también en lo relacionado con la industria del vestido, los accesorios, los cosméticos. Se asume que cada producto es lo “último”, y que poder contar con lo “último” es condición y garantía de felicidad. Si no encuentra oposición, conduce al consumismo y a la ansiedad: no hay posibilidad de disfrutar tranquilamente de lo que se ha comprado, porque enseguida aparece otro producto más reciente, el verdadero “último”, y hay que adquirirlo.
El avance de la informática y la globalización de la información es algo muy útil, pero es también un arma poderosa para inducir a comprar. Lo que se presenta esta tarde en una pasarela en París, New York, Milán o Tokio, o en cualquier otro lugar, tiene la posibilidad de ser visto mañana en casi todo el mundo. Esto era completamente impensable en épocas pasadas (recordemos el afán con el que se esperaba la llegada de las “pandoras”, las muñecas parisinas que lucían los modelos de moda).

2.2 Consumismo: “Añadimos piezas de ropa al armario, como se añade agua a un río que ya está crecido…”, (40) comenta con razón una autora. El hecho de que la moda esté al alcance de muchos, unido a la presión publicitaria, ha traído como consecuencia que la industria de la moda, como ya se apuntó antes, sea una de las más fuertes económicamente hablando; pero algo a primera vista tan positivo, si se maneja sin moderación, pueden hacer de la industria de la moda un terreno óptimo para lucrar. Las ganancias pueden ser enormes, pero para ganar más hay que producir más, y si se produce más, es necesario que la gente “sienta la necesidad de tener más”, y “compre más”. “El materialismo práctico, tan difundido en la sociedad opulenta, tiene por alma el espíritu de riqueza, que provoca un ferviente enamoramiento de los bienes de la tierra, considerados como el supremo valor” (41) .

Se ha desarrollado así una mentalidad de consumo en el usuario (no sólo en la moda, como es de suponer) que conduce a gastos tal vez innecesarios o mayores de lo que deberían ser. Así describe acertadamente la situación el Prof. José Orlandis: “La segunda mitad del S. XX ha legado al S. XXI un fenómeno sin precedentes en la historia: la aparición en los países del Primer Mundo de una sociedad en la cual la mayoría de sus miembros disfrutan de un razonable nivel de bienestar, hasta el punto de que esa sociedad, en su conjunto, merece el apelativo de ‘opulenta’”(42) . Y agrega: “La sociedad opulenta ha multiplicado el número de bienes a disposición del hombre, y al promover el afán ilimitado de consumo, ha generado el vicio del ‘consumismo’. El mundo ha ido llenándose de ‘cosas’ y éstas han ido suscitando nuevas apetencias. Los hombres descubren cada día otras necesidades, y estiman que su satisfacción es indispensable para alcanzar la felicidad”(43).

En el campo de la moda el consumismo lleva a adquirir piezas de vestir, accesorios, cosméticos... en mucha mayor cantidad que la que sería realmente necesaria. Por ejemplo, aunque –como se mencionó al hablar de la mayor libertad en el terreno del vestuario– ya no es necesario cambiarse cuatro o cinco veces al día, se ofrece mercancía novedosa cada día, que de facto hace que la comprada anteriormente resulte obsoleta. Es muy interesante comprobar los esfuerzos de mercadeo dirigidos a niños y jóvenes: no sólo se les anima a ser ellos los que escojan sus atuendos, sin ninguna intervención paterna; se les ofrecen juguetes que están pensados para crear paulatinamente –o en un plazo muy breve– la mentalidad de consumo en lo referido al vestuario. Hay muñecas “modelos” que vienen acompañadas con varios conjuntos de moda, con innumerables accesorios, con cosméticos (para la muñeca y para la dueña). Se ha extendido la costumbre de anunciar “sets”: por ejemplo, antes se usaba un perfume; ahora se promueve la idea de contar con un “guardarropa” (wardrobe) de perfumes; hay posibilidad de comprar champú para pelo largo oscuro, grado de especialización realmente difícil de comprender... La publicidad recurre a frases como “Les Must” (que vendría a significar las cosas que hay que tener, los elementos indispensables, sin los cuales no se puede estar), “Essential”, y otros similares.

Si el proceso de elaborar una prenda –desde su diseño hasta su venta– es tan complejo, como se comentó al hacer referencia al “mundo de la moda”, es natural que una pieza que debe atravesar tantas etapas se encarezca para cubrir el margen de ganancias de cada una de ellas. Pero es precisamente aquí donde Coleridge denuncia lo que llama “la conspiración de la moda”. “La conspiración de la moda no es simplemente una conspiración de subir el precio a ropas caras alrededor del mundo, es una conspiración de gusto y de negociación: la prerrogativa de los editores internacionales de moda para determinar cómo se vista el mundo, y de qué manera su objetividad puede ser minada, la despótica vanidad de los diseñadores y la dureza de los compradores de almacenes para distribuir su inmenso presupuesto “abierto para compras”. Con frecuencia la conspiración es una conspiración de silencio. Una revista hace enormes esfuerzos en hacer que ropa mala se vea bien, porque el diseñador es un fuerte anunciante en la revista. Los diseñadores principales ejercen una extraordinaria presión en los almacenes por departamentos para obtener un área prominente, a la vez que roban ideas a los rivales más pequeños. Los almacenes de departamentos, por su parte, aprueban el espionaje con tal de añadir una etiqueta particular a su salón de diseñadores” (44).
Muy relacionado con el consumismo (porque es una de sus motivaciones más poderosas) se encuentra lo que se conoce como “snobismo”, y que en el fondo tiene los mismos ingredientes que la simple vanidad, y se especializa en el uso de determinadas marcas.

Es el afán de ser aceptado y el deseo de afirmación –mencionados anteriormente– llevados a un extremo. Ya no es suficiente tener “cosas”, o simplemente “tener más cosas”, sino hay que tener “determinadas cosas”. En el campo de la moda esto se refiere al gran tema de “las marcas”. Estamos aquí ante un fenómeno complejo: no se trata ya de vestirse, ni de hacerlo de acuerdo a los colores, corte, etc. de moda; se trata de usar algo (o todo, en casos extremos) de una marca que, por las razones que sea, se considera como requisito para estar “a la última”. Las marcas “de moda” cambian, pero permanece desde hace varios años esta manifestación de “deseo de imitar”, “deseo de ser aceptado”.

Esto ha provocado una ola creciente de imitaciones, a veces muy perfeccionadas; hace algunos años –y es posible que todavía sea así– en la Tercera Avenida de Manhattan, en pleno y elegante East Side, se colocaban vendedores ambulantes con mesas llenas de bolsas y pañuelos de seda, relojes, joyería... Eran imitaciones bien hechas, tanto que es posible que si se hubieran exhibido las bolsas en las vitrinas de Vuitton o Gucci, los pañuelos de seda en Chanel o Nina Ricci, los relojes en Cartier y la joyería en Bulgari tal vez a muchos les habría costado distinguir que se trataba de falsificaciones. Se trafica con el deseo de muchas mujeres de tener “algo” que al menos parezca haber salido de una de las grandes casas de moda. Para los jóvenes, la cantidad de pantalones de mezclilla (“blue jeans”) que se venden con marca falsa –a una fracción del precio del original– es asombrosa. Y esta mentalidad se ha difundido por muchos países, donde en los pueblecitos más recónditos se encuentran piezas de vestir con alguna de las grandes marcas bien visible: son las falsificaciones que están posiblemente en el extremo inferior de la escala, pero tienen éxito entre un determinado tipo de compradores.

2.3 La falta de respeto a la dignidad de la persona: En relación a la dimensión ética de la moda, ante cualquier observador se pone de manifiesto que ha habido un declive en el respeto a la dignidad de la persona, y concretamente a la mujer. Se hizo referencia anteriormente a la dimensión ética de la moda, y con base en lo que entonces se dijo, se puede fácilmente calificar a muchas modas actuales como carentes de pudor. “Calificar” requiere contrastar lo real contra lo ideal, el “ser” contra el “debe ser”. Para quien sustente una postura relativista, un intento de este tipo carece de sentido; dentro de este modo de entender la realidad, no hay bien ni mal, y por tanto no es posible hablar de un “deber ser”, ni de la moda ni del hombre en su totalidad. Pero para quien se fundamenta en la recta comprensión del hombre y la mujer, sí es posible al menos llegar a formarse un juicio sobre la adecuación de una moda concreta a los requerimientos que se derivan del deseo de defender la propia intimidad (pudor).

2.3.1 La pérdida del sentido del pudor. A nadie escapa el creciente deterioro moral que ha tenido lugar en las últimas décadas. Es evidente que la moda es permisiva, porque la sociedad es permisiva; ha perdido el anclaje con los valores fundamentales, y ha confundido los términos. En nombre de los derechos humanos se aborta, en nombre de la libertad de expresión se agrede, en nombre de la libre investigación científica se hacen manipulaciones genéticas que no le pasaban a nadie por la mente hace algunos años. Es más que natural que este estado de cosas se refleje como en un espejo en la manera de vestir. Y a la vez, la manera de vestir permisiva (mejor podríamos decir, al margen de toda consideración antropológica o ética) provoca y agudiza la permisividad en la conducta.

La velocidad vertiginosa de los medios de comunicación, por otra parte, hace posible que modas faltas de pudor le den la vuelta al mundo, y generen un interés y una difusión que no merecen. Y no hace falta gran clarividencia para percibir la conexión directa que existe entre la moda que no respeta el pudor y el aumento vertiginoso del número de divorcios o el desprecio frontal al matrimonio. Como esta conexión existe, es posible pensar que una mejora en la “dignificación” de la moda redundará en la “dignificación” de la mujer, la restauración de la familia y la elevación moral de la sociedad.

En el fondo del olvido o del desprecio del pudor en el vestido se encuentran elementos tales como el relativismo, el naturalismo y el abierto y claro hedonismo, que han conseguido pernear la cultura durante muchos años. Hay quienes consideran que la modestia (que es el pudor manifestado en la forma de vestir) es totalmente innecesario, asunto de convencio-nalismo y costumbre. Sería una cuestión relativa, dependería de la cultura en la que se está inmerso, del momento histórico y otras variables similares. Se le puede aplicar el comentario que un autor hace sobre la apreciación de la belleza, que entiende como “asunto de educación; una vez que uno se acostumbra a algo, no importa cuán raro o estrafalario, no pensará que lo es, después de un tiempo. Cuando yo salí de China por primera vez y vi a niñas caminando por la calle con su pelo suelto sobre sus hombros, me sentí un poco extrañado. Pensé en lo descuidados que sin duda serían sus padres para dejar salir a sus hijas en tal estado de descuido. Más adelante me di cuenta que era la moda, y cambié mi modo de pensar, hasta que poco a poco llegué a considerarlo muy bonito” (45) . Es cierto que mucho en el vestir es convencional y por tanto relativo –es decir, fruto de ponernos de acuerdo sobre algo, y en el terreno de la moda “el ojo se acostumbra a todo”. Pero hay algo objetivo: la intimidad corporal necesita protección, y esta protección se la brinda el vestido.

2.3.2 ¿Tenía razón Rousseau?: Desde un plantea-miento naturalista, nada que se refiera al hombre y la mujer puede ser lesivo para su dignidad; todo lo que brota natural y espontáneamente del ser humano sería bueno. Cualquier intento de proteger la intimidad corporal sería considerado innecesario, porque del cuerpo y las actitudes hacia él “no puede surgir nada malo”. Este planteamiento, propuesto inicialmente por Rousseau e incorporado plenamente en la educación moderna en muchos países, parte de algo tan cierto como que el cuerpo “es bueno”, pero olvida un ingrediente importante, esencial para entender la vida y la conducta humanas: el ser humano no es perfecto, tiene las potencialidades necesarias para adquirir esa perfección, y las desarrollará a base de superar obstáculos y alcanzar metas. Uno de esos obstáculos surge de la propia naturaleza humana, porque está inclinada al error y dañada por la tendencia a obrar mal: es lo que en la teología católica se denomina “consecuencias del pecado original”, una de las cuales es la que se conoce como “concupiscencia”, y que es causa de que todo hombre y toda mujer se vea inmerso en una tensión interior, que nadie ha descrito mejor que San Pablo en el siglo I. En un mundo donde no existiera la concupiscenia, no habría necesidad de vestuario alguno, porque no habría ningún desorden en las apetencias del cuerpo. Pero no es el caso: estamos en un mundo en el que sí tiene su lugar, y muy importante, el pudor.

Las dos posturas mencionadas, relativismo y naturalismo, han contribuido también a la atmósfera de permisividad y hedonismo que caracteriza nuestra época. No es sólo el laissez passer, laissez faire, sino un agresivo materialismo que intenta empapar toda la sociedad humana. El hedonismo, por su parte, hijo del materialismo, lleva a considerar el placer como fin último y único de la vida. En el cuerpo no ve nada más que un instrumento de placer: se le escapa toda noción sobre su unión con el alma espiritual, la dignidad de ser depositario de la capacidad de conocer y de querer, desprecia toda consideración sobre el valor de la sexualidad integrada en el todo de la persona. Ante esa atmósfera de hedonismo, la moda no es indiferente. Si no tiene el cuidado de cubrir el cuerpo adecuadamente, fomenta la tendencia a verlo como objeto de placer. Y es esa la impresión que dan muchos modelos actuales.

2.3.3 ¿Dónde está la medida exacta? El paso del tiempo puede modificar las costumbres, y puede cambiar la manera de entender hasta qué punto debe llegar esa protección a la intimidad: por ejemplo, antes del siglo XX una falda que dejara gran parte de la pantorrilla al descubierto se consideraba escandalosa, y un atentado contra el pudor de la mujer. El largo de la falda ha subido, bajado, vuelto a subir, de acuerdo a las tendencias de la moda. Pero hay un límite, y si se sobrepasa, se está descubriendo la intimidad y se está colaborando con la atmósfera hedonista, en vez de colaborar en irla eliminando. ¿Quién establecerá ese límite? ¿Y cuál es? De acuerdo a las costumbres del S. XVI, quien levantara el ruedo una o dos pulgadas del suelo estaba enviando un mensaje, y no precisamente de rectitud de conducta. En el s. XXI la falda puede llegar a la rodilla o unos centímetros más abajo, pero siempre varias pulgadas más arriba de lo que se usaba hace 400 años, y sin embargo no envía en sí misma ese mensaje.

Ahora bien, el sentido común (entre otros elementos) ayuda a entender que una falda excesivamente corta –como la “minifalda” que hizo furor desde que fuera propuesta en los años 1960s por la diseñadora inglesa Mary Quant como el símbolo de lo moderno y “audaz” – no es compatible normalmente con las exigencias del pudor. Ataviada (mal ataviada) con una falda tan corta, la usuaria llama la atención hacia su intimidad corporal –aunque manifieste que esa no es su intención, e incluso en el supuesto que alguien la crea.; ésta queda más expuesta todavía al caminar, agacharse, sentarse, cruzar la pierna, y es fácil darse cuenta. Ya no es cuestión de usos convencionales: es cuestión de sentido común, que indica que esa exhibición del cuerpo no es acorde con el respeto ni a la dignidad propia ni a la ajena.

2.3.4 La imagen de la mujer: El panorama real de la moda, con toda su riqueza de matices pero también con su espiral descendente hacia el permisivismo total, puede causar desazón. Sobre todo porque se presenta como una fuerza muy poderosa (y lo es), que no lleva visos de estar dispuesta a mostrarse más respetuosa con la dignidad de la persona. Por el contrario, es evidente que se muestra cada día más agresiva, como quien sabe que nada ni nadie podrá hacerla volver atrás. Son ya varias las generaciones de niñas y adolescentes que no han oído siquiera mencionar que existe una actitud no sólo muy conveniente, sino indispensable para el desarrollo de la persona, que orienta a custodiar la intimidad. Por el contrario, se les ha enseñado por todos los medios que tales actitudes eran cosa del pasado, propias de épocas en las que todavía existían muchos prejuicios y tabúes, que ya no tienen ninguna vigencia. Después de escuchar día tras día slogans tales como “Mi cuerpo es mío y hago con él lo que quiero”, es ciertamente difícil captar la necesidad y la grandeza de la virtud de la castidad, no digamos del pudor y la modestia.

La moda parece haber alcanzado actualmente un hito –aunque sería tal vez más correcto decir “una sima”– de desconsideración por la dignidad humana, y en especial de irrespeto por la imagen de la mujer. El erotismo en la forma de vestir se presenta como arte y la falta de toda consideración a la dignidad propia y ajena se promueve como “audacia”; esta forma de presentarse se promueve por todos los medios, y desde la infancia. Es consecuencia (y causa, al mismo tiempo) del grave deterioro moral por el que atraviesa la sociedad, al menos la sociedad occidental, aunque por su enorme influencia en relación a la moda es posible afirmar que se trata de un fenómeno universal. Las poderosas fuerzas que mueven la moda parecen estar empeñadas en sembrar un ambiente de erotismo que ha tenido, tiene y tendrá consecuencias nefastas. Pero, aunque algunos pretendan presentarlo así, el erotismo no es un valor cultural, ni una forma sofisticada de arte. Es una nueva forma de servidumbre: la mujer es degradada, para presentarla como esclava sexual.(46) Refiriéndose a esta situación, un autor comenta acertadamente: “En muy buena parte, los medios masivos de comunicación, los anuncios publicitarios y mil publicaciones han contribuido a mostrarnos otro tipo, muy deformado y parcial, de lo que es la mujer. Muestran un modelo de mujer muy reducido, para contemplar su cuerpo, destacando sólo lo que tiene de bello o de placentero a los sentidos” (47) . Pero una mujer sin pudor carece de uno de sus mayores encantos; ha cambiado el toque de misterio que atrae, por la exposición pública de aquello que por su misma naturaleza reclama ser privado, íntimo, poseído y entregado libremente, en el único y riquísimo ámbito propio: el amor esponsal. Por definición, el amor verdaderamente humano reclama la exclusividad y la permanencia: uno, con una y para siempre. En esa relación del “uno con una” se da la maravilla de la donación conyugal que no sólo es fuente de felicidad, y lugar generador de nuevas vidas humanas, sino camino de auténtica madurez y perfección para el hombre y la mujer.

Es fácil comprender que una sociedad inundada por estas imágenes –de las que quien lo quiera difícilmente puede librarse de ellas, aunque quiera, porque es lo que está en la calle, en las revistas, en el cine, en las tiendas...– no puede al mismo tiempo dar a la mujer el respeto que le corresponde; no tendrá consideración por la familia, ni autoridad moral para hacer frente a la educación de las nuevas generaciones. Una sociedad así está cavando su propia tumba. Esta realidad logra opacar los indiscutibles logros en el terreno de la moda; a pesar de todos ellos, si la moda no va de acuerdo con la dignidad de la persona, falla en lo esencial. Un vestido puede estar hecho por el mejor modisto, con telas bellísimas, corte impecable, y a la vez no servir para “vestir” a la usuaria, porque no respeta su dignidad. En otras palabras, porque ignora, pasa por alto, desprecia o frontalmente destruye una de las actitudes más importantes para el pleno desarrollo de la persona, y más necesarias para la convivencia social: la defensa de su intimidad. De una moda así puede decirse que necesariamente tiene que cambiar, si quiere adecuarse a la condición humana, a reflejar lo que la persona tiene de más valioso, y para beneficiar a quien la usa y a toda la sociedad.

2.3.5 ¿Por qué defender la intimidad?: Una de las tendencias más lamentables de nuestra época es el deseo de hacer desaparecer toda intimidad. En todos los ambientes, por todos los medios: desde la promoción a los programas televisivos en los que el público es introducido hasta las esferas más privadas, hasta la insistencia en acostumbrar a los niños de kindergarten a usar baños mixtos y duchas sin cortina. En el campo de la moda, esta tendencia se traduce en piezas de vestir que no velan la intimidad física, sino que la colocan a la vista de todos. Pero se trata de un grave error: la intimidad corporal requiere “a gritos” esa protección; el impudor es realmente una violación de un derecho humano esencial. Quien usa un vestido impúdico está haciendo varias cosas a la vez: comunica sin palabras a quienes la rodean que o bien no tiene intimidad que custodiar, o bien que ignora que esta intimidad requiere custodia; o bien voluntariamente desea descubrirla. No tiene interés en ser conocida como persona, alma y cuerpo; por otra parte, manifiesta escaso respeto hacia el derecho de los que la rodean. Podría alguien preguntarse si el derecho humano no es más bien a enseñar el cuerpo y usarlo como mejor le parezca a cada quien; si así fuera, ejercitar este derecho se opondría frontalmente al derecho de los demás a mantener su integridad. Ser obstáculo iría en perjuicio del derecho del otro al respeto.

Es cierto que el vestido modesto no es en sí mismo garantía ni de pudor ni de buena conducta; puede ocurrir que una mujer vaya cubierta de la cabeza a los pies, pero que mire, hable y se conduzca en forma desvergonzada. Pero lo contrario no suele ser posible; quien tiene conciencia de su dignidad vela cuidadosamente el cuerpo ante los demás. Es además una de las garantías de que será reconocida como persona. El vestido que en vez de velar, desvela, realmente dificulta la comunicación con la persona entera, porque atrae la atención hacia una parte: el cuerpo, y, de éste, justamente lo que es más íntimo.

Hay una gran falta de coherencia: la legislación de casi todos los países regula la oferta de pornografía,– ubicación, prohibición de vitrinas, etc.–, pero el mismo veneno se expende libre de trabas por otros canales: medios de comunicación. No es necesario detenerse a explicar los rasgos de impudor presentes hoy en la moda: saltan a la vista. Invaden las pasarelas, saltan a los medios de comunicación, son usados por multitudes... La imagen femenina, completamente despojada del encanto y “misterio” derivados del pudor, se usa como se podría emplear la de una planta, un biftec o una piedra. Se la trata como un objeto de consumo, como “carnada” para vender más, sea cual sea el producto de que se trate.

2.3.6 La violación del derecho a la intimidad corporal: El pudor –protección de la intimidad– es realmente un derecho de la persona. Sin embargo, por diversas razones se ha perdido esta noción, hasta llegar a convencerse de que el impudor es lo legítimamente humano. Estamos en un momento en el que el naturalismo ha traído consigo un materialismo exacerbado, y el escepticismo denuncia como “agresivo” cualquier intento de descubrir fundamentos sólidos en los que apoyar la realidad del hombre, y por lo tanto la moralidad.

La moda atenta frontalmente contra la dignidad de la mujer cuando la presenta como “objeto de deseo”. Prescinde de su espiritualidad, de la nobleza de sus facultades, de su origen (criatura) de su fin (Dios mismo), para colocarla en el mismo nivel que, por ejemplo, un plato de comida. Presentar un alimento como “objeto de deseo” es lógico y natural, dentro de los cauces que señala la recta razón. La hamburguesa, la paella o el helado de chocolate no tienen más dimensión que la material, ni más finalidad que servir a la conservación y desarrollo de la vida del hombre. Pero considerar así a un ser humano, sea quien sea y en las circunstancias que sea, no es simplemente un error, sino una estafa y un insulto.

Si le doy un puntapié a una piedra que encuentro en mi camino, nadie me lo puede reclamar: es solamente una “cosa”, un ente inanimado, tiene su función, pero no require una consideración especial. Si le doy un puntapié a un gato, el scenario es distinto, metafísicamente hablando: es un ser animado, con una dotación neurologial que le permite sentir; no sería correcto dedicarme a provocarle dolor, sólo por satisfacer una tendencia desordenada de dominio mal entendido, darle rienda suelta al mal humor, etc. Porque Micifuz no es “una cosa”: es ya algo más: un ser vivo. Aunque exista, en ultimo extremo, en función del hombre, merece, como toda la Creación, respeto. Al pensar en el ser humano, entramos en un scenario diferente. Entre el animal más desarrollado y el hombre, media un abismo cualitativo. El hecho de poseer un alma immortal nos coloca en otra dimensión. Por esto, si tratar al gato como si fuera una piedra es ya cuestionable, tratar a una persona como si fuera un gato es simplemente inaceptable. Por eso resulta sorprendente la perseverancia con que muchos pretenden hacerlo. Lo lógico sería dedicar los esfuerzos a promover y hacer que brillara la dignidad humana. Lo ilógico es lo contrario. Pero basta ver un desfile de modas actual para darse cuenta de que esta ilogicidad parece haber adquirido dimensiones de epidemia.

En el terreno del vestir, como en tantos otros campos de la vida humana, todo tipo de exhibicionismo está completamente fuera de lugar. Si lo que fue creado para ser protegido cuidadosamente, se pone en la vía pública, se agosta, pierde todo su encanto y su valor. Pero es más: se convierte en un elemento tóxico, nocivo, porque no ayuda a que en las personas domine la razón sobre las tendencias; por el contrario, –por la inclinación de la naturaleza humana a obrar de modo opuesto al que le llevaría a su perfección, realidad que la teología católica denomina “reliquias del pecado original”– constituyen un obstáculo para el perfeccionamiento de quienes están alrededor, y se ven sometidos a la presión que supone este exhibicionismo. Vestir sin pudor es “una amenaza” para el entorno. Algunos tal vez lo promuevan por la satisfacción de perjudicar a los demás, pero –si existen– seguramente son los m

18/10/2005 ir arriba
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