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Hemos visto que la esencia de la moda es el cambio: “no
está hecha para durar...” Pero hay otro hecho
que llama considerablemente la atención: ese cambio
no obedece a nuestra voluntad y además, en mayor o
menor grado, nos arrastra, querámoslo o no. Todos estamos
sujetos a esa presión casi inevitable. Aunque a primera
vista puede parecer que el escoger unas piezas de vestir determinadas
es una decisión muy personal, ya que está ligado
–como se verá– a la psicología de
la persona, en realidad no depende totalmente de ella.
1-¿Somos libres o esclavos?
¿Qué ocurriría si una mujer diseñara
su propio vestuario, siguiendo única y exclusivamente
su gusto, sin atender para nada a las tendencias del momento?
Algunas lo han hecho –fue la idea del “Movimiento
estético”, en la que algunas mujeres rechazaron
la silueta del momento (el corset) para vestirse con amplias
prendas de estilo medieval o renacentista (según los
entendían o imaginaban). Pero nunca tuvo gran aceptación,
y duró poco. Quienes se vestían así,
en abierta oposición a la moda general, llamaban la
atención y causaban extrañeza; en vez de un
vestido normal, parecía más bien un disfraz(16).
Estar sometidos a las corrientes de cambio es una exigencia
de la vida en sociedad, y la moda puede ser aceptada totalmente
o en parte, pero prescindir de ella por completo no es fácil,
aunque tampoco parece ser lo mejor. Es necesario seguirla,
pero...¿hasta qué punto? Porque para quienes
la siguen fielmente se puede convertir en una verdadera tiranía...
¡y pocas tiranías han sido tan absolutas como
la de la moda!
En su obra “Norteamérica vista por un oriental”,
el diplomático chino Wu Tingfang hacía
en el S. XIX este comentario al referirse a la moda. Carga
sin duda las tintas, pero no deja de acercarse a la realidad.
Para este autor, “la moda es obra del demonio”.
Cuando decidió esclavizar a la humanidad, encontró
en la moda su mejor arma. La moda cautiva al hombre, lo priva
de su libertad. Es el dictador más autocrático,
y su mandato es obedecido por todas las clases, altas y bajas
sin excepción. Cada estación dicta nuevos decretos,
y no importa cuán ridículos sean, todo el mundo
se somete a ellos(17). Y una literata rumana que vivió
en el París del período de entreguerras, afirmó,
refiriéndose a la diseñadora Gabrielle (Coco)
Chanel: “Es una mujer que ha gobernado por más
tiempo que cualquier ministro, sin tener Parlamento. Una mujer
(…) cuyos decretos tienen fuerza de ley más allá
de nuestras fronteras”(18). Esta sujeción a la
moda puede llevar a mujeres por demás inteligentes
a someterse a las más refinadas torturas, o a ponerse
claramente en ridículo, al menos ante la posteridad.
2-Cualquier sacrificio es pequeño...
Refiriéndose a la moda a partir del S. XVIII, la
autora Jane Dorner recoge esta realidad en pocas líneas:
“Las mujeres se las han arreglado, en el transcurso
de las últimas diez generaciones, para disimular su
forma natural en una variedad de formas, de modo que parecieran
cestas de fruta, cántaros de leche, husos, corolas
de flores, campanas y muchachos”(19).
El costo de la moda, en términos económicos,
es considerable, pero lo que podríamos llamar “el
costo humano” lo supera con creces. Baste pensar en
el esfuerzo de las madres chinas por vendar los pies de sus
hijas para que fueran tan pequeños que tuvieran que
desplazarse dando pequeños saltitos, lo cual era uno
de los distintivos de las verdaderas damas; las tablas con
las que, en algunas civilizaciones mesoamericanas, se presionaba
paulatinamente el cráneo de los niños, hasta
que adquiriera la forma ovalada y con frente amplia que les
parecía más bella; los malos ratos soportados
por infinidad de mujeres sin poder respirar adecuadamente,
apretadas por un corset; la dificultad para caminar sobre
tacones altísimos, como los llamados “chopines”
o “chapines” del Renacimiento, que conseguían
elevar a la usuaria hasta 30 pulgadas; quienes los usaban
tenían que ser sostenidas por una o dos ayudantes en
cada brazo. ¿Qué lógica podía
impulsarlas a usarlos, a pesar de tanta incomodidad? “El
sentido común nos dice que los tacones bajos son más
cómodos, pero nuestra vanidad nos dice que con tacones
altos nos vemos mejor”(20). Habría que mencionar
también el peso de los sombreros enormes; la falta
de libertad de movimientos para caminar causada por las faldas
exageradamente estrechas en los tobillos, creación
de Poiret; los zapatos de punta fina y tacón delgado,
decididamente incómodos; las peripecias para sentarse
cuando se llevaba polisón; el vinagre que tomaron muchas
jóvenes en los años del auge del Romanticismo,
para quedar pálidas y ojerosas...
Dentro de las muchas exageraciones que se han puesto de moda,
una de las más relevantes fue sin duda la de los enormes
peinados con que las damas de la corte de Luis XVI de Francia
pensaban presentarse como la cumbre de la elegancia. Han quedado
inmortalizados en los retratos de muchas aristócratas
de la época, en concreto los de la infortunada reina
María Antonieta. En el peinado intervenía el
pelo de la interesada, untado con grasa y polvos de cal, la
peluca y una gran variedad de adornos: cintas y lazos, flores
naturales y artificiales, pájaros disecados... Como
es de suponer, la elaboración de semejantes estructuras
tomaba mucho tiempo y tenía que ser realizado por personas
especializadas, pero las damas elegantes consideraban que
valía la pena la inversión, ya que este tipo
de “peinado” podría durar al menos un mes,
incluso dos. Había que dormir con la cabeza cuidadosamente
colocada entre almohadones, y se vendían gorros de
noche con la suficiente amplitud para proteger el peinado;
algunos incluso eran anunciados como gorros “a prueba
de ratones e insectos”: existía la posibilidad
real de que el peinado se convirtiera en refugio de alimañas,
a veces incluso sin que su dueña se diera cuenta. No
es difícil imaginar la incomodidad que este tipo de
peinado llevaba consigo, pero las que lo llevaban estaban
dispuestas a muchos sacrificios, incluso a viajar arrodilladas
en el coche para que cupiera el enorme peinado... Por supuesto,
sólo las mujeres que tenían mucho tiempo y personal
a su disposición podían dedicarse a este tipo
de adorno, que además indicaba claramente que quien
lo lucía no tenía que realizar ningún
trabajo manual, ya que habría sido imposible.
El campo de la cosmética ha estado también
regido por el vaivén veleidoso de la moda. A casi doscientos
años de distancia, es hoy muy interesante leer lo que
en 1805 Johann Bartholomäus Trommdorff publicó
en su obra “El Arte del Arreglo para las Elegantes”(21)
en la que se recogen algunas recetas de polvos, pomadas y
carmines para embellecerse. Veamos algunas de las más
sencillas:
Polvo blanco para la cara: Reducir pintura
blanca a polvo muy fino, y mezclarla después con tragacanto
(…) Para esto, se toma un poco de pintura blanca hecha
polvo, se pone en una taza de porcelana limpia y se echa por
encima agua de tragacanto. (Esta se prepara dejando reposar
el tragacanto machacado toda la noche, dejarlo asentar para
que se aclare). Cuando el polvo blanco está cubierto
con agua de tragacanto, revolver hasta que se haya conseguido
una pasta espesa y untarla en un pedazo de papel blanco, al
que se haya esparcido previa-mente polvo de pintura blanca.
Formar pequeñas bolitas de la mezcla, del tamaño
de un guisante, secarlas en un lugar libre de polvo y conservarlas
en una caja. Para usarlas: preparar primero una buena pomada
(con grasa, cera, etc.) Machacar en un mortero algunas de
las bolitas secas, unirlas con la pomada y mezclar bien. Extender
en la cara, retirando el exceso con papel absorbente. Esto
hace que la cara se ponga brillante y que pueda recibir la
pintura roja.
Rojo español: Poner una libra del
mejor azafrán turco en una bolsa de lino, dejarlo toda
la noche remojando en agua de río, exprimirlo y enjuagarlo
en más agua de río hasta que no suelte más
color rojo. Poner a hervir agua en una olla nueva, añadir
1/4 lb de potasa limpia. Retirar del fuego, añadir
el azafrán y dejar reposar. Colar el líquido
a un recipiente de vidrio. Añadir vinagre de vino fuerte,
hasta que todo haya tomado un color rojo. Dejar reposar varios
días. Pasado este tiempo, un polvo rojo se deposita
en el fondo. Se seca y se guarda. Con una pluma de ave limpia
se unta esta mezcla en trozos de papel bien liso. Los papeles
se pasan por la cara para conseguir el rubor.
Los lunares también tuvieron su momento “de
gloria”: cuando estaban en su apogeo, las damas elegantes
llevaban consigo una cajita llena de lunares de seda o terciopelo
en forma de media luna, estrella, o simplemente redondos para
poder reponer enseguida los que se le cayeran en el transcurso
de la jornada. Se untaban con alguna sustancia como clara
de huevo, barniz, etc. No era raro usar 8 lunares en la cara.
Pero no pensemos que las exageraciones han afectado solamente
a la moda femenina. En la Edad Media, por ejemplo, los hombres
dieron en usar un tipo de calzado que se denominó “poulaines”
o “crackowes”, porque eran fabricados en Cracovia
(Polonia). La moda masculina fue determinando que la punta
de los zapatos se fuera estilizando y alargando cada vez más;
algunos llegaron a tener puntas de 18 pulgadas, que entonces
se doblaban hacia arriba y se amarraban al tobillo. Es obvio
que este tipo de calzado sólo podía ser usado
por quienes no tuvieran mucho que caminar ni mucho trabajo
manual que hacer.
La moda alrededor del S. XVI favoreció especial-mente
el lucimiento del varón. Por algún motivo que
no ha logrado aclararse completamente (algunos afirman que
se relaciona con el atuendo de los soldados suizos al terminar
una batalla) se puso de moda hacer cortes en la tela del vestido
superior, para sacar por la abertura un poco de tela contrastante
que estaba debajo. Primero se empleó por las mangas,
pero poco a poco se fue extendiendo esta moda a todo el vestido
del hombre. Como el traje femenino ofrecía menos posibilidades
para ser decorado de esta manera, los hombres “señorearon
como los pavos reales en la escena de la moda a principios
del S. XVI”(22).
El cuello fue otro de los elementos que tuvieron gran relevancia
durante décadas. Enrique III de Francia usó
un cuello que tenía más de 12” de anchura,
hecho con 18 yardas de lino finamente plegado. En Inglaterra
se consideraba una exageración, ya que por esa época
los cuellos alcanzaban solamente 9”. De hecho, hizo
fortuna una mujer que ofrecía el servicio de almidonarlos
y plegarlos. Más adelante se introdujo una armazón
de alambre, que podía incluso entretejerse con alambre
de oro o plata. El efecto final, en cualquier caso, era de
una cierta altivez; y se cuenta que una dama francesa de alcurnia
que gustaba de usar cuellos amplios, se veía obligada
a tomar la sopa con una cuchara cuyo mango medía 2
pies de largo. En Estados Unidos también se hacían
sentir los dictados de la moda. George Washington recordaba
que, cuando tenía 18 años, los pantalones se
usaban tan apretados que algunos jóvenes –él,
entre ellos– los colgaban de dos maderas y daban un
salto para caer dentro de ellos. Sólo así era
posible lograr el ajuste que los elegantes de la época
requerían. En resumen, ningún sacrificio parece
imposible si el deseo de estar de moda prevalece sobre el
sentido común…
Quienes siguen los dictados de la moda a pie juntillas,
no se detienen al considerar que una determinada tendencia
o una prenda de vestir pueden ser dañinas para la salud.
Wu Jingtan cuenta el caso del trágico accidente,
reportado en el London Times, en el que perdió la vida
una joven inglesa de 16 años en el siglo pasado: llevaba
una falda muy amplia, muy a la moda, y un fuerte vendaval
se metió bajo las ropas, convirtiéndolas en
una especie de paracaídas. Según los espectadores,
se levantó más de 20 pies sobre el suelo, y
enseguida se vino abajo, golpeándose mortalmente. Como
reflexión final declara el autor: “¡Si
la pobre niña hubiera usado ropa china, este terrible
accidente no habría ocurrido; su vida no habría
sido sacrificada a la moda”(23).
Al leer estos ejemplos surge la tentación de asombrarse
o incluso reírse de los esfuerzos empleados por nuestros
antepasados para “ir a la moda”, una moda que
les haría verse ridículos, según nuestros
cánones actuales. Pero no está de más
considerar unas palabras de Thoreau: “Cada generación
se ríe de las modas antiguas, pero sigue religiosamente
las nuevas” (24).
Es casi seguro que muchos de nosotros hemos padecido en carne
propia la tiranía de la moda, o conocemos a una o varias
personas que sufren bajo sus dictados. A finales del siglo
pasado la moda dictaba unas cinturas tan estrechas –como
la de Scarlett O’Hara, que presumía de tener
la “más pequeña de todo el condado”,
de menos de 18 pulgadas– que era necesaria mucha ayuda
para poder amarrar las cintas del corset, medio indispensable
para reducir la cintura a la mínima expresión.
Nadie parecía estar incómoda con la figura de
“reloj de arena” (o “de hormiga”,
si se llevaba al extremo). Y si parece exageración,
pensemos en cuántas muchachas jóvenes y mujeres
ya hechas y derechas sufren lo indecible porque su figura
no coincide con las de las supermodelos que cobran una fortuna
por unas horas de posar o de recorrer la pasarela. Sin duda
podríamos mencionar al menos media docena de “super-dietas”
que pueden ayudarnos a parecernos de algún modo a las
imágenes que conocemos por las revistas y la televisión.
¡Cuánto tiempo y cuánto sacrificio (hecho
en aras de “lucir bien”), hechos con el único
fin de poder usar un vestido tres, dos o al menos una talla
menor de la que nos correspondería...!
Es la dictadura del “arquetipo delgado”, que
ha ido haciéndose más férrea cada día.
Kate Betts afirma que “en los tiempos antiguos, la gordura
significaba realeza, y ser flaco denotaba pobreza. Durante
el siglo XIX, las figuras han estado de moda y han pasado
de moda, como el largo de las faldas y los cortes de pelo”.
Refiriéndose a este carácter dictatorial, señala
con acierto la misma autora que “la moda, que puede
hacer que la gente se sienta bella y glamorosa, puede también
hacerlas sentir peor sobre si mismas si no son tan bellas,
o tal delgadas o tan fabulosas como los ‘cisnes’
que aparecen en las fotografías. Durante la última
década, las imágenes de las revistas de modas
han estado cada vez más divorciadas de la realidad
de los lectores. Las modelos cada vez son más delgadas”
(25) Y mujeres que podrían ser normales y felices,
gastan gran parte de su vida en un esfuerzo incansable para
reducir una pulgada, siquiera un centímetro. No es
que esté mal cuidar la figura, incluso por razones
de salud, pero...¡pasarse la vida pensando en eso! Es
consecuencia de que la moda se ha constituido en un árbitro
inflexible, con poder incluso para robarnos el sueño.
3- ¿Por qué seguimos la moda?
Tiene que haber fuerzas muy poderosas que nos hagan someternos
a cosas que ni se nos ocurriría hacer, dejados a nuestro
libre albedrío. Si alguien nos ordenara tomar vinagre,
dejar de comer, llevar un gran peso en la cabeza, caminar
en zancos, untarnos la cara con grasa, o apretarnos la cintura
hasta casi no poder respirar... le diríamos que no.
¿Con qué derecho nos manda a pasar tales incomodidades?
Pero si la moda nos obli-ga...entonces es otra cosa. No hay
que cuestionarse lo que pide, sino encontrar cómo hacerlo,
y lo más pronto posible. ¿Qué nos hace
proceder de esta manera? ¿Por qué personas que
tal vez incluso se precian de “no obedecer a nadie”,
se sujetan dócilmente al imperio de la moda? En resumidas
cuentas, ¿qué es lo que nos hace someternos
a los dictados arbitrarios de la moda?
Detrás de cada decisión relacionada con el
atuendo hay un complejo entramado de razones, internas y externas
al usuario, que van mucho más allá de las meras
necesidades de cubrirse. Aunque no sea fácil percatarse
de ellas en el trasiego de la vida diaria, existen y ejercen
una influencia considerable. Si nos preguntaran por qué
nos vestimos de una determinada manera y no de otra, sin duda
tendríamos algunas respuestas. Pero probablemente no
todas, a no ser que hayamos hecho un profundo estudio de lo
que es y lo que implica la moda. Muchos de los autores que
se han detenido a considerar el tema, coinciden en señalar,
entre las razones más importantes, las siguientes,
que se podrían expresar en pocas palabras: “Nos
vestimos así y no de otro modo, porque queremos ser
aceptados y atraer a los demás; para lograrlo, tratamos
de parecernos a todos, y a la vez buscamos distinguirnos de
los otros; y también enviamos mensajes sobre nosotros
mismos, que nos ayuden a ser mejor conocidos y apreciados”.
3.1 El deseo de ser aceptado y de atraer
Radica en lo más íntimo de la persona, y es
el que lleva a vestir de manera parecida a los “otros”,
para pertenecer al grupo, para no ser excluido, para no “desentonar”.
Queremos agradar, atraer, necesitamos ser aceptados por los
demás; de algún modo presentimos que la dignidad
innata que nos corresponde por ser personas nos hace merecer
ese reconocimiento. Hay pocas situaciones tan incómodas
como presentarse, por error, en una fiesta elegante con ropa
de hacer deporte. La situación contraria también
es molesta: excederse en el nivel del vestuario. Seguramente
es por eso que las invitaciones indican el tipo de vestido
que se espera de los asistentes. Se sentiría también
muy mal quien se pusiera un vestido de raso bordado en pedrería
brillante para asistir a un partido de tennis en un club deportivo.
De alguna manera, la uniformidad puede dar seguridad.
“Desde los albores de la humanidad, tanto los hombres
como las mujeres han estados preocupados por su apariencia.
Hacían bien en estarlo, porque...¿qué
hay que no se relacione con ella? Encontrar compañía
y amistades, tener éxito en los negocios, dar la imagen
de la propia personalidad y muchos otros elementos importantes
se facilitan con una apariencia agradable”(26).
“En todos los hombres, en mayor o menor medida, existe
la tendencia a ser aceptado en la sociedad. Para conseguirlo,
es necesario en muchas circunstancias adaptarse a lo que se
sabe que la sociedad espera de uno. Esta tendencia es en sí
misma positiva, pero cuando no está unida a una reflexión
sobre sí mismo y sobre los valores que quiere realizar
en la vida, se puede convertir en un foco de inautenticidad”(27).
3.2 La tendencia a la imitación
Usar lo que los demás usan (especialmente aquéllos
que son considerados como modelos de estilo o elegancia en
el grupo social) da seguridad. Si esas personas lo usan, seguramente
es adecuado y conseguirá con más facilidad el
fin deseado: sentirse parte del grupo. Gracias a la tendencia
humana a la imitación –que, por otra parte, tiene
su función, especialmente en el campo de la formación–
los empresarios de la moda pueden fabricar millones de piezas
de vestir idénticas y venderlas en todo el mundo. Se
llegan a usar verdaderos “uniformes”, especialmente
entre los adolescentes y jóvenes.
La Duquesa alemana Isabel Carlota, que se casó en
1671 con Felipe I, Duque de Orléans, no fue muy estimada
en Versalles hasta que su hijo fue constituido regente para
el joven rey Luis XV varios años después. Era
una infatigable escritora epistolar, y sus cartas están
llenas de comentarios que permiten conocer detalles de la
vida en la corte. En una de ellas se refiere a la tendencia
a la imitación, en este caso movida por el afán
de adular: “Cualquier cosa que yo diga o haga es tan
admirada por los cortesanos, que cuando uso en este tiempo
frío mi vieja estola de piel de nutria para calentarme
el cuello, todos se han mandado a hacer una igual y ahora
es la gran moda, lo cual me hace reír porque las mismas
gentes que ahora admiran esta moda y la usan, son los que
hace cinco años se burlaban tanto de mí a causa
de mi piel de nutria que no había podido usarla más.
Así ocurre en esta Corte, si los cortesanos saben que
tú tienes el favor real, puedes hacer lo que quieras
y estar segura de que será copiado”(28).
3.3 Necesidad de distinguirse y de afirmar la propia
individualidad
El vestido es, generalmente, una expresión más
de nuestra forma de ser, porque al escogerlo buscamos en el
una cierta identificación. Por eso no es algo tan ajeno
a nosotros como podría suponerse, al comprobar que
no somos nosotros quienes hacemos las modas. “Las palabras,
los gestos, la ropa exteriorizan nuestra manera de ser, en
definitiva constituyen un reflejo, una sombra, –para
utilizar el símil platónico– de lo que
realmente es sustantivo en el ser humano: su espíritu”
(29).
Aunque parece contradecir lo que se ha dicho sobre la necesidad
de ser aceptado, la necesidad de distinguirse es también
una motivación detrás de las decisiones sobre
la propia imagen. Tanto como necesitamos parecernos a los
demás, integrarnos en un grupo humano, necesitamos
“ser nosotros mismos”. Normalmente, no se tratará
de una “copia fotostática” perfecta. La
riqueza de la Creación es manifiesta: cada hoja de
árbol, cada copo de nieve es diferente, único,
y mucho más los seres humanos. Aunque imitemos, para
parecernos a los otros, siempre ponemos algo propio, que de
alguna manera nos distinga y afirme nuestra personalidad.
Algunos autores llegan a dar precedencia a este factor, ubicándolo
por encima incluso del deseo de aceptación, aunque
esto es cuestionable. Probable-mente sea más acertado
el comentario de H.G. Orwell, que recoge esa “tensión”
entre dos extremos aparentemente opuestos: “Cada uno
de los pobres mortales se ve afligido por los temores contrapuestos
de “ser ordinario” y de “ser excéntrico”.
El –y especialmente ella– está continuamente
imitando y evitando la imitación; tratando de ser singular
y a la vez igual que los demás…” (30).
Nuestra imagen, querámoslo o no, está sometida
a escrutinio e interpretación. “No sólo
usamos el vestido: de alguna manera, nuestro vestido nos define”,
afirma Jane Plausell (31). Otra autora señala que “con
el vestido, el ser humano se relaciona, busca ser visto, se
integra en una sociedad, buscando al mismo tiempo distinguirse
de ella. La moda es uniformización y, al mismo tiempo,
individualización”(32).
3.4 Necesidad de expresarse y de comunicar algo a los
demás
Con la manera de vestir el usuario proporciona información
abundante sobre sí mismo. Sin caer en la semiótica,
que nos diría que “todo es signo”, es fácil
comprender que el vestuario es una manera de transmitir mensajes
sobre nosotros mismos; a la vez, aprendemos desde la infancia
a descifrar los mensajes que transmiten los demás mediante
su vestuario y forma de presentarse. El vestido puede brindar
información –o la ha brindado, en algunas épocas–
sobre muchos datos, entre ellos:
3.4.1 Lugar de procedencia: Es el caso de los que
llamamos “trajes típicos”, en los que una
pequeña variación del colorido o de la forma
de usar una prenda permite saber de donde proviene la persona.
Los vestidos profusamente bordados de algunos países
centroeu-ropeos, los sombreros tiroleses, el kimono japonés,
las tocas de encaje de las campesinas de varias regiones francesas,
serían algunos ejemplos.
3.4.2 Grupo étnico: Las diferencias de vestuario
y arreglo entre los grupos tribales, por ejemplo, entre los
masaai y los kikuyu de Kenya; los huipiles multicolores de
Chichicastenango, en Guatemala, permiten en un golpe de vista
identificar a la usuaria como originaria de ese departamento
del país, y reconocerla al mismo tiempo como perteneciente
al grupo étnico quiché, una de las principales
etnias de origen maya.
3.4.3 Edad: En siglos pasados las jóvenes
pasaban su infancia y su adolescencia con el pelo suelto,
cayendo por la espalda, o recogido en la nuca y adornado con
un lazo. Peinarse con el pelo hacia arriba, formando un rodete
en lo alto de la cabeza, era signo claro de haber llegado
a la edad casadera. A la vez, ninguna mujer pasada la juventud
se presentaba con el pelo suelto, sino recogido –y con
sombrero, al menos para salir a la calle–. Y durante
mucho tiempo, el momento en que los muchachos podían
usar pantalón largo era el que marcaba su salida de
la niñez.
3.4.4 Situación social: Hoy en día
es difícil comprender la lógica que se ubica
detrás de medidas rígidas sobre qué puede
usar una persona y qué no puede usar. Pero es sumamente
interesante conocer las Leyes Suntuarias, por ejemplo las
promulgadas en Inglaterra por Enrique VIII y sus sucesores,
que afectaban específicamente el modo de vestir. La
idea no era nueva: en la Antigüedad, varias leyes romanas
habían tratado de controlar, los gastos de cada celebración,
los alimentos que podían servirse durante el convite…
No es que se cumplieran escrupulosamente, especialmente en
los períodos en los que el emperador se ausentaba de
Roma, pero es evidente que en algún momento parecieron
necesarias(33).
Pero las Leyes Suntuarias de la época de los Tudor
tienen una connotación especial: de lo que se trataba
en primer lugar es que la forma de vestir de cada persona
proporcionara una indicación exacta de su ubicación
precisa en la escala social. Esto se consideraba esencial,
porque se pensaba que lo contrario daría pie a muchos
equívocos, de lamentables consecuencias. En la época
victoriana, aún sin estar ya en vigor este tipo de
leyes, la sociedad seguía sometida a ese rigor, voluntaria
o involuntariamente. Se consideraba intolerable que una mujer
de rango social inferior –una costurera, por ejemplo–
vistiera de la misma manera: podrían sus interlocutores
cometer el imperdonable error de admitirla en su trato como
una igual, y después verse en una situación
embarazosa. La rigidez de la ordenación jerárquica
se extendía también a los empleados domésticos
en aquellas mansiones donde había varios: sus funciones
y sobre todo el lugar exacto que cada uno ocupaba en la escala
del servicio se manifestaba, entre otras cosas, en su vestido.
Con el advenimiento de la ropa elaborada en serie a finales
del S. XIX, la calidad de los materiales, el corte y el acabado
de los trajes aportaban una información preliminar
sobre la condición económico-social del usuario.
Especialmente en el caso del traje masculino era más
fácil apreciar el “status”: Si el hombre
que trabajaba la tierra, el minero, o quien desempeñara
un oficio rudo quería tener un traje nuevo y no tenía
los medios para mandarlo a hacer a su medida, se veía
obligado a comprar uno de los muchos idénticos que
se ofrecían en las ventas del ramo. Ahora bien, esos
trajes habían sido cortados según patrones cuyas
medidas se acercaban más al hombre de ciudad que al
desarrollo muscular de un campesino o un operario de maquinaria
pesada. Por esa razón la chaqueta casi siempre le quedaría
apretada o las costuras fuera de lugar, tal como puede apreciarse
en muchas fotografías de la época. Sólo
con verlo, los demás sabían que no se trataba
de una persona de alcurnia, sino de alguien que se ubicaba
en los estratos que consideraban inferiores en la sociedad:
alguien a quien no era posible mandarse a hacer el traje con
un buen sastre.
Cuando, a raíz de la Revolución Industrial,
emergió en Inglaterra una amplia clase media burguesa,
el vestuario se consideró una de las formas más
importantes de atestiguar la riqueza recién adquirida.
Especialmente los trajes de mujer sirvieron para dar ese testimonio:
se usaba muchísima tela, abundancia de vuelos, encajes,
adornos, bordados y pieles; por otra parte, el vestido también
atestiguaba que la usuaria era una persona muy adinerada,
que se podía permitir tener muchas personas a su servicio:
porque las telas finas, las mangas largas con puños
de encaje y vuelos eran vestuario adecuado sólo para
quien no tuviera que realizar trabajos manuales. Y la larga
hilera de pequeños botones forrados con la que se cerraba
el vestido exigían alguien que los abrochase. Es ésta
una idea muy antigua: los mandarines chinos usaban cubreuñas
de metales preciosos, porque las uñas larguísimas
eran signo de imposibilidad de hacer nada personalmente, y
por lo tanto señal de tener quién lo hiciera.
3.4.5 Profesión u ocupación: Muchas
profesiones u ocupaciones tienen un modo de vestir propio,
para usar mientras se esté desempeñando ese
trabajo. Han surgido mediante largos procesos y por muchas
causas –eficiencia, origen, etc.–: identificamos
enseguida al policía, al bombero, al médico,
o al juez dentro del tribunal; muchos de los que sirven a
la comunidad tienen uniformes: los carteros, encargados del
tendido eléctrico, enfermeras... Muchos centros de
enseñanza tienen también uniforme. Los sacerdotes
católicos, por ejemplo, visten habitualmente lo que
se denomina “traje talar”, para indicar su condición
de clérigos y su disposición continua de servicio
a las almas.
3.4.6 Estado civil: En muchas culturas el vestido,
tocado, peinado y adornos permiten saber a la primera mirada
si la mujer es soltera, casadera, casada o viuda.
3.4.7 Ocasión: Por ejemplo, el vestido nupcial,
las togas de los universitarios, el “faldón”
del bautizo; los vestidos de luto (aunque varía el
color en las distintas culturas, es común el tener
un atuendo especial para los períodos de duelo).
3.4.8 Filiación religiosa: La mujer islámica
se cubre totalmente –o al menos la cabeza– con
la burqa o elchador, aunque bajo el “hijab” (de
“hijaba”, palabra árabe que indica ocultar)
se vista al estilo occidental. Los cuáqueros en Estados
Unidos conservan el vestido sencillo del S. XVIII. Dentro
del Cristianismo, los sacerdotes visten traje talar y alzacuellos.
La forma de vestir de los judíos ortodoxos permite
reconocerlos fácilmente.
3.4.9 Personalidad: La forma de vestir y de comportarse
da, normalmente, indicios sobre la interioridad de la persona.
Puede decirse que el vestido “traduce” lo que
ocurre dentro. Vestirse de “saco y ceniza” es
indicativo de la contrición interior por haber ofendido
a Dios. En el antiguo pueblo de Israel el “rasgarse
las vestiduras” era expresión de una gran conmoción
interior. Una persona tímida probablemente no se pondrá
“el último grito de la moda”, y una joven
de actitud rebelde no tendrá inconveniente –al
contrario– en usar lo más moderno, aunque sea
excéntrico. Aunque hay que tener en cuenta que la relación
personalidad– forma de vestir no es siempre adecuada.
Puede ocurrir que no concuerde el vestido con la interioridad.
Una persona de vida desarreglada puede vestirse de manera
tal que su situación de deterioro moral no se transparente.
Puede ocurrir también –y es lamentable–
que por seguir la moda, la mujer se vista como si su conducta
fuera desarreglada, aunque sea una honrada madre de familia.
También se busca, muchas veces, “impresionar”:
dar una imagen que nos “eleve” en la estima y
consideración de los demás, pero que no corresponde
a nuestra realidad.
NOTAS
16- Se llamó “Vestido Estético”
a un tipo de vestuario diseñado como protesta contra
la moda contemporánea; propuesto por artistas del Movimiento
Estético ( 1870-1880) como Dante Gabriel Rosetti y
Edward Burne Jones, en la Inglaterra victoriana; logró
aceptación entre algunos intelectuales, literatos y
artistas. El vestido femenino era más flojo y menos
estructurado que lo establecido por la moda del momento, y
buscaba seguir el estilo del vestido medieval y renacentista
usando telas de lana, seda o terciopelo. Podía adquirse
en la tienda Liberty, en Londres. Cfr. WESTON THOMAS, Pauline,
“The Aesthetic Dress Movement”, en http://
www.fashion-era.com/aesthetics.htm.
17- Cfr. WU TINGFANG: “America as seen by an Oriental”,
Frederick Stokes Co., Nueva York, 1914. Wu Tingfang fue Embajador
de China ante los Estados Unidos, Perú, Cuba, y posteriormente
fue Ministro de Relaciones Exteriores y de Justicia en el
Gobierno Provincial de su país. Recogió sus
impresiones en su obra “Norteamérica vista por
un oriental”, en la que comenta todo lo que le resultaba
novedoso: la prosperidad del país, el gobierno, la
educación, la condición de la mujer, la libertad,
las costumbres. Dedica a la forma de vestir el capítulo
10 de su obra.
18- ROMAN, Constantin: “Blouse Roumaine”, p. 68.
Compilación de ensayos escritos por mujeres rumanas.
La cita proviene de un ensayo de la escritora Marthe Lahoravy,
posteriormente Duquesa de Bibesco, que vivió varios
años en París en el período de entreguerras.
Cfr. http://www.constantinroman.com/blouseroumaine
19- DORNER, Jane, The changing..., p. 27.
20- BROOKS, Mary: The Secrets of Distinctive Dress,
publicado por The Woman’s Institute, Scranton, Pennsylvania,
1918.
21- TROMMDORFF, Johann Bartholomaus, Die Kunst der Toilette
fur die Elegante Welt (The Art of Costume for the Elegant
Ladies), publicado en Erfurt, Alemania, en 1805.
22- DORNER, Jane: The changing.... p. 16.
23- WU JINTIANG, America as seen....
24- THOREAU, Henry David: Walden and Other Writings,
Modern Library Paperback edition, Random House, Inc. Nueva
York, p. 24.
25- BETTS, Kate: “The Tyranny of Skinny, Fashion Insider’s
Secret”, en: The New York Times, marzo 31, 2002
26- DORNER, Jane: The changing... p.16.
27- RODRIGUEZ QUIROGA, Francisca: La madurez afectiva,
Ed. PROMESA, San José de Costa Rica, 2003, p. 152.
28- ISABEL CARLOTA DE ORLEANS: Epistolario. (A woman’s
life in the Court of the Sun King: Letters of Liselotte Von
Der Pfalz 1652-1722). Publicado por Johns Hopkins University
Press, 1984, p. 18.
29- MARTI GARCIA, Miguel-Angel: La Elegancia, el perfume
del espíritu, Ediciones Internacionales Universitarias,
Madrid, 2a. ed. 2002, p. 28.
30- ORWELL, Georges: Select Conversations with an Uncle
and two other Reminiscences. The Merriam Co., Nueva York,
1895. En : http://www.gaslight.mtroyal.ca/unclex01.htm
31- PLAUSELL, Stephanie: “Body Language: clothing ourselves
and others”. Publicado en Christian Century, 16 de enero
de 2002.
32- REISCHREITER de TRUJILLO, Eva María: Señora
de la moda, Ed. PROMESA, San José de Costa Rica,
2000, p. 11.
33- Leyes Suntuarias: Del latín “sumptus”,
gasto; “sumere”, consumir. Se trata de disposiciones
diseñadas para regular los gastos personales y especialmente
para prevenir la extravagancia y el lujo. En el Imperio Romano,
las Leyes Oppias buscaban evitar el despilfarro; pero lo característico
de las Leyes Suntuarias en la Inglaterra de los Tudor era
la intención de mantener separadas a las distintas
clases sociales. Debía ser posible conocer, con sólo
una mirada, el “lugar social” que le correspondía
a cada persona. Durante el reino de Enrique VIII, la violación
de estas leyes podía resultar en la pérdida
de las propiedades, los títulos nobiliarios o (en el
caso de las clases sociales más bajas) incluso la muerte.
He aquí algunos ejemplos (reglamentación del
vestido de las mujeres): “Nadie debe usar ... tela de
oro o plata, o de seda color púrpura... excepto...
las Condesas y todas las mujeres sobre ese rango. Nadie debe
usar ... seda o tela mezclada con seda o bordada con seda,
perlas, oro o plata... excepto... las Baronesas y todas las
mujeres sobre ese rango. Nadie debe usar ... tela de plata
en cinturones o faldas... excepto... las esposas de los Caballeros
y todas las mujeres sobre ese rango. Nadie debe usar ... bordados
de oro, plata o seda, o adornos de cabeza adornados con perlas...
excepto... las esposas de los hijos primogénitos de
los Barones, y todas las mujeres sobre ese rango; y las hijas
de los Barones, las esposas de los Caballeros del Rey o las
damas de honor. Nadie debe usar... terciopelo en las blusas
o chaquetas, o bordados con hilos de seda ...excepto...las
esposas de los Caballeros y todas las mujeres sobre ese rango.
Nadie debe usar... terciopelo en las faldas, o satín
en vestidos, capas u otras prendas exteriores... excepto...las
esposas de los hijos primogénitos de los Caballeros,
y damas de la corte de Condesas, y todas las mujeres sobre
ese rango. Por último, nadie debe usar ...satín,
damasco, tafetán o moiré en sus vestidos...
excepto... las esposas de Caballeros Terratenientes, y todas
las mujeres sobre ese rango”. Cfr. “Sumptuary
Laws in Tudor England”, en: http://costume.dm.net/sumptuary.html.
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