1-La moda, ese gran misterio...
Aunque no es fácil comprender la moda en todas sus
facetas, vale la pena intentarlo, porque al ir desentrañando
cada una de ellas se llega a entender un poco mejor qué
tendencias y motivaciones están detrás de una
prenda de vestir o de una corriente más amplia que
aspira a señalar “cómo nos debemos vestir”.
El fenómeno de la moda puede contemplarse desde tantos
puntos de vista que no encontraremos una explicación
en la que todos coincidan: la definición que nos podría
dar sobre el tema un diseñador no es la misma que nos
daría un empresario o un historiador o un sociólogo;
el médico tendría también algo que decir;
lo mismo que el psicólogo, y no digamos el artista;
el economista diría algo diferente al editor de revistas
femeninas; y la mujer que sale feliz de la tienda donde ha
comprado un nuevo modelo diría, en último extremo,
una de las explicaciones más certeras: “la moda
es lo que me hace lucir más bella...”.
Podemos comenzar la búsqueda de los elementos que
pueden ayudar a comprender lo que es la moda tomando como
punto de partida las sucintas definiciones de algunos diccionarios:
“Uso pasajero que regula, según el gusto
del momento, el modo de vestirse, de vivir, etc.” “Moda
es un uso nuevo que no ha llegado a ser general. En llegando
a ser adoptado por todos, o por la mayor parte, o por algún
tiempo, ya es uso”.(1)
“Estilo en vestido, cosméticos, conducta,
especialmente los más recientes o los más admirados”
“Modo de actuar, manera de conducirse” El objeto
de moda sería el “diseñado para seguir
la tendencia actual, pero no necesariamente para durar”.(2)
“Uso, modo o costumbre que está en boga
durante algún tiempo o en determinado país,
con especialidad en los trajes, telas y adornos, principalmente
los recién introducidos”.(3) En especial
esta definición de la Real Academia de la Lengua Española
sobre la voz “moda” reúne en pocas palabras
elementos fundamentales:
Uso, modo o costumbre: Para que se pueda hablar
de “moda” tiene que haber generalización;
algo llega a ser “uso, modo o costumbre” a base
de ser usado o hecho por varias personas, y no una sola vez
sino muchas. De hecho, la moda puede existir únicamente
en el contexto de la vida en sociedad, porque busca siempre
una reacción por parte de “otro”. Normalmente,
nadie se viste para impresionarse a sí mismo. Si una
persona viviera aislada, la moda no tendría sentido;
se vestiría de acuerdo a la necesidad o a la comodidad.
Pero estaría libre de la “ansiedad” de
ir a la moda, porque no tendría que preocuparse de
ninguna manera de la imagen que proyecta: no hay nadie para
“captar” esta proyección. La moda es, pues,
algo íntimamente ligado a la naturaleza social del
hombre.
Que está en boga: que se desarrolla felizmente,
con facilidad: Seguir la moda gusta, hace que la persona sienta
un “algo” especial; precisamente por eso lo usan
muchos al mismo tiempo. Mientras dura el período (casi
siempre breve) en que algo “está en boga”
se disfruta al usarlo.
Durante algún tiempo: probablemente es éste
el componente esencial, que tiene que ser considerado con
detenimiento. Este es el destino de todas las modas, por definición:
no ser permanentes sino cambiantes. Una moda permanecerá
más o menos tiempo, pero desde el principio se sabe
que es caduca. El carácter de pasajero es inherente
a concepto de moda; como dice acertadamente una de las definiciones
mencionadas, “no está hecha para durar”.
Todos los acontecimientos que afecten, en mayor o menor medida,
a la sociedad, de alguna manera serán promotores del
cambio.
Con especialidad en los trajes, telas y adornos:
Se habla de la moda para referirse a formas de hablar, de
comportarse, de diseñar la vivienda, de preparar los
alimentos, porque en sentido amplio, afecta a muchos aspectos
de la vida: un barrio, un artista, una dieta, un lugar para
ir de vacaciones, una carrera universitaria… “se
ponen de moda”, “pasan de moda”, aunque
el término “moda” lleva a pensar en primer
lugar en el vestuario, y en particular en el vestuario femenino.
Es interesante considerar que, aunque el vestido y la moda
están íntimamente relacionados, no se identifican.
Es necesario y conveniente vestirse, porque existen unas necesidades
objetivas en el hombre y la mujer de abrigar el cuerpo, protegerlo
contra posibles agresiones, y de cubrirlo para defender su
intimidad. Pero la moda es lo que nos lleva a vestirnos de
una manera o de otra, por razones distintas a la estricta
conveniencia de satisfacer estas necesidades objetivas.
Los inicios de la moda se remontan a los albores de la historia.
A las pieles de animales seguirían tejidos rústicos,
a los que de vez en cuando se les modificaba algún
elemento y se les añadirían elementos decorativos,
simbólicos, tal vez mágicos. Entre las tareas
que el ama de casa tradicionalmente asumía para cuidar
del hogar y de los suyos, la elaboración y conservación
de la ropa era posiblemente una de las que más entrenamiento
exigían; por eso, el aprendizaje comenzaba muy pronto,
y las técnicas específicas pasaban de madres
a hijas: cardar, hilar, tejer la tela, cortar, coser, bordar…
Durante siglos estos trabajos se hicieron dentro del hogar
familiar.
Al aumentar la complejidad de las prendas, su elaboración
se encargaba a personas especializadas. Con el pasar del tiempo,
sastres y modistas eran dos figuras indispensables en cualquier
pueblo, por pequeño que fuera.
Pero la gente común usaba lo que usaron sus antecesores,
y las formas de vestir tenían una larga permanencia.
En sentido estricto, no se guiaban por la moda. Lo que podemos
llamar el “arte del buen vestir” fue durante milenios
privilegio de la realeza y la aristocracia. Los trabajadores
no tenían ni tiempo ni dinero para ocuparse mucho del
tema; tendrían pocas mudas de ropa, y las prendas mejores
–por ejemplo, la que usaban el día de su boda–
se guardaba cuidadosamente y se sacaba únicamente para
fechas muy señaladas; incluso, podía servir
para amortajar a sus dueños. Pero en los círculos
cortesanos, vestir “a la moda” era un asunto esencial.
Con el desarrollo de la burguesía a partir de la Baja
Edad Media (S. XI-XII), se amplía más el panorama.
Este nuevo grupo social, adinerado pero carente de títulos
de nobleza, sentía necesidad de expresar mediante el
vestido su recién adquirido poder económico
y dignidad.
Principalmente los recién introducidos:
Como ya se ha dicho, la moda es una realidad cambiante, dinámica,
fugaz, que no puede atraparse; aparece y está llamada
a desaparecer al poco tiempo, por más bella que parezca
en un momento dado. Es natural que así sea, porque
el cambio es una constante en el mundo y en la vida; pero,
a diferencia de los cambios que ocurren naturalmente, el cambio
propio de la moda es artificial y su ritmo es mucho más
acelerado y caprichoso. El elemento de “novedad”
y el de “cambio” constituyen, a juicio de muchos
autores, la esencia misma de la moda.
Un análisis más detenido de los comentarios
presentados más arriba llevan a entender la moda como:
-Un proceso que está en perpetuo movimiento,
-En el que cualquier acontecimiento –grande o pequeño–
que afecte de alguna manera a la sociedad traerá
consigo cambios;
-Es un ámbito propicio para la creatividad.
A lo anterior podemos añadir que la moda tiene repercusiones
económicas; y, por ser un fenómeno humano, tiene
una dimensión ética.
2-La moda es algo que cambia
“Uno de los aspectos más fascinantes de esta
actividad (el mundo de la moda) es el estado de perpetua “espera”
(“stand-by”), en el que el diseñador y
su maquinaria permanentemente monitorean la vida y los acontecimientos
en todo el mundo para evitar el riesgo de ser barrido por
la corriente o de ser dejado en tierra (...) La Alta Costura
ha registrado todos las convulsiones del siglo, los cambios
de la condición de la mujer, por supuesto, pero también
la pobreza de las guerras, la nostalgia por períodos
de abundancia, el descubrimiento del espacio, los nuevos materiales
y el deseo general de “libertad”(4).
Es un hecho comprobable que la industria del vestido depende
de la innovación perpetua. La moda cambia continuamente,
en una vorágine imposible de detener, porque depende
de factores que no están –al menos totalmente–
sometidos a la voluntad del usuario; y también porque
se busca positivamente el cambio continuo, que es el elemento
necesario para mantener el proceso en movimiento.
Un repaso rápido a las distintas épocas de
la historia de la moda puede despertar una reacción
de asombro e incredulidad. Pensemos sólo en la silueta
femenina en los últimos tres o cuatro siglos: ha pasado
por las faldas abultadas a ambos lados de las elegantes en
Versalles en tiempos de Luis XV, a la estilizada silueta imperio
que lucía la jovencísima Natasha Rostov al bailar
por primera vez con el Príncipe Andrey Bolkonsky en
los primeros años del siglo XIX –según
nos la describe Tolstoi en “La Guerra y La Paz”–
a las anchísimas faldas y crinolinas que Charles Frederick
Worth diseñaba para la Emperatriz Eugenia de Montijo,
a la falda recogida hacia atrás de Anna Karenina, pasando
por la cintura de avispa que dificultaba la respiración
de la usuaria, a la silueta de odalisca propuesta por Poiret,
a la figura plana y rectangular introducida por Gabrielle
Chanel, a los vestidos cortos de las bailarinas de Charleston
y “ragtime”, a la romántica silueta conseguida
por las manos mágicas de Madeleine Vionet o las maravillosas
sedas o terciopelos de Fortuny, hasta los uniformes femeninos
de la II Guerra, hasta la famosa “New Look” de
Dior... Ancho, anchísimo, estrecho, estrechísimo,
corto, largo, con mangas abultadas arriba, o abultadas cerca
del puño; con la cintura en su lugar natural, o más
arriba, o más abajo, o sin aparecer de ninguna manera…
De la Reina María de Rumanía son estos párrafos,
escritos en 1925, que recogen en primera persona estos cambios:
“Desde los días del polisón, que usé
siendo una niña muy pequeña, y del que estaba
ridículamente orgullosa, he vivido en medio de todo
tipo de modas: He usado faldas acampanadas y mangas enormes.
Me he tropezado sobre trajes demasiado largos, que flotaban
en el suelo como olas. He protestado contra faldas que me
llegaban sólo a las rodillas. Algunas veces he usado
mi cintura bajo los brazos, y otra vez me he tenido que acostumbrar
a la cintura moderna, de la que un caballero dijo en una ocasión:
‘No entiendo por qué a las mujeres modernas les
gusta sentarse sobre sus cinturas’. Y de la misma manera
me he apretado la cintura, o la he dejado suelta, de acuerdo
al capricho de la moda (...) Una cosa es cierta: los ojos
se acostumbran con asombrosa rapidez a cualquier moda que
sea “lo último” en un momento dado”.(5)
El cambio suele ser cíclico, con movimientos pendulares.
A las faldas muy largas le siguen faldas más cortas,
para volver a alargarse. Se usan las hombreras, se dejan de
usar, se vuelven a poner de moda, se dejan de usar nuevamente…
Algunas modas, sin embargo, han desaparecido prácticamente
“sin dejar rastro”, por razones diversas (ya no
es viable, ya no existe el tipo de vida que la hacía
conveniente, era muy incómoda, etc.) En su momento,
se daba por bien empleado cualquier sacrificio para “estar
a la moda”. Pasados los años es posible que se
adopte algún rasgo, pero las incomodidades tienden
a no regresar. Los altos cuellos que dominaron varias décadas
a finales del S. XIX y principios del XX, sostenidos por armazones
de alambre o ballenas delgadas, tuvieron su momento de regreso,
pero como una alternativa más, y sin la incomodidad
anterior.
El ritmo del cambio, además, parece ser uniformemente
acelerado. En la era victoriana, por ejemplo, una moda podía
demorar entre 10 y 15 años en realmente llegar a las
provincias. Con el advenimiento del tren y los medios de comunicación
ya en la era eduardiana el ciclo de cambio era anual. Hoy
en día los modistos presentan una colección
para cada temporada, y suelen introducir ideas novedosas en
cada una. Por lo tanto, cuatro veces al año nos enfrentamos
con una nueva moda, o al menos con algo que cambiar, si queremos
estar “a la última”. La moda genera su
propia dinámica de cambio: surge un nuevo estilo, que
es difundido por las clientes más cercanas a los modistos
(normalmente, personas adineradas que se mueven en las altas
esferas de la sociedad). En muy poco tiempo, se elaboran miles
y miles de piezas de vestir (en serie) que llegan a las tiendas
de las grandes capitales, y más adelante, a todos los
rincones. El estilo en cuestión se vuelve así
más asequible económicamente y muchas personas
lo hacen propio. Ante esa divulgación y masificación,
las personas que iniciaron la moda dejan de usarla. Y se inicia
de nuevo el proceso.
3- ¿Qué factores impulsan los cambios?
Los historiadores de la moda consideran que entre los principales
factores que influyen en el desarrollo de los estilos –y
por lo tanto promueven el cambio– pueden mencionarse
los precedentes históricos, los acontecimientos políticos
y los cambios sociales, la situación de la economía,
los avances tecnológicos y las corrientes artísticas.(6)
3.1 Precedentes históricos: Muchas corrientes
de moda han buscado imitar el vestuario de épocas antiguas.
La época del Imperio napoleónico contempló
un acercamiento a la grandeza de los antiguos griegos y romanos;
entre otras razones, por los notables descubri-mientos arqueológicos
realizados. Este afán de imitar el estilo de la época
clásica se reflejó en la arquitectura, el mobiliario
y el atuendo. Es interesante comparar el retrato de la Reina
María Antonieta de Francia, pintado por Mme. Sevignée
Lebrun en 1787, y el de Mme. Récamier, en 1806. Solamente
20 años los separan, pero el cambio en el vestuario
es radical: el estilo “griego” es sencillo, “natural”,
aunque en realidad constituye un anacronismo artificial. El
vestido y el peinado de la Reina son extremadamente recargados,
como no se han vuelto a ver después de la Revolución
Francesa.
En la Antigüedad clásica encontró inspiración
también Fortuny a principios del siglo XX, con sus
túnicas de seda plisada que pusieron de moda el “chiton”
griego, con el nombre de antiguas ciudades: Delfos, Knossos.
Poiret siguió el estilo “oriental” de odalisca;
la moda patrocinada por la tienda “Liberty” de
Londres se inclinó por las líneas renacentistas.
A raíz de la campaña napoleónica a Egipto,
surgió un nuevo interés por lo egipcio. También
se desató la moda de reminiscencias egipcias, sobre
todo en joyería, en torno al descubrimiento de la tumba
de Tutankamon, hecha por Howard Carter en 1922.
3.2 Acontecimientos Políticos: Naturalmente,
de una manera o de otra los cambios políticos se reflejan
en el vestido. Para continuar con la moda en Francia, la persecución
contra la aristocracia en la época revolucionaria trajo
como consecuencia una simplificación notable del vestuario:
de ninguna manera se quería alguien distinguir como
“aristócrata”. A partir de 1789 emerge
el modo de vestir del pueblo, como opuesto al modo de vestir
de la clase alta: no hay todavía una línea de
moda definida: se opta por modelos de algún modo parecidos
a los de antes, pero de dimensiones mucho más reducidas,
y prácticamente desprovistos de adornos. De las enormes
pelucas llenas de lazos y figuras se pasa, en un primer momento,
a un sombrero todavía amplio pero mucho más
discreto que los usados antes de la Revolución. A raíz
de importantes descubrimientos arqueológicos, en la
época imperial se populariza el atuendo “a la
griega” ya mencionado, muy sencillo y de poco volumen.
Siempre hay quien refleja en el vestuario incluso lo trágico;
por increíble que parezca, y sin duda con una cierta
dosis de frivolidad, se puso de moda en este tiempo el uso
de un pañuelo rojo en el cuello, “à la
guillotine”.
Otro ejemplo interesante: el vestido que la futura emperatriz
de Austria –Elisabeth de Habsburgo, conocida como “Sissi”–
usó para la cena en palacio el día anterior
a su boda con Francisco José, tenía franjas
decorativas bordadas en hilos de colores sobre la tela blanca;
examinados de cerca, se puede apreciar que entre la decoración
hay muchas palabras en árabe: algo muy de moda en la
capital del Imperio austríaco, en la que todavía
se sentía con fuerza la influencia de elementos provenientes
del Imperio turco, cuyas fuerzas habían sido detenidas
algunos siglos antes a las puertas de Viena. El vestido austero
usado por las mujeres inglesas durante los años de
la II Guerra, cuando se establecieron regulaciones que establecían
la cantidad máxima de tela que podía usarse
para cada pieza de vestir, y la prohibición de botones
que no fueran los estrictamente necesarios y adornos de todo
tipo. Es por eso que, en un gesto de devoción por la
monarquía, muchas jóvenes de Londres enviaron
generosamente a la entonces Princesa Isabel sus cupones para
adquirir tela, de modo que pudiera tener un bello vestido
para su boda.
3.3 Cambios Sociales: Los períodos de crisis
suelen presagiar profundos cambios sociales, y éstos
a su vez se traducirán en cambios radicales en la moda.
Por ejemplo, es indudable que la cristianización de
Europa se reflejó, entre muchas otras cosas, en la
modestia del vestido, especialmente el atuendo femenino. En
los primeros siglos altomedievales, las prendas de vestir
serían seguramente sencillas y funcionales, elaboradas
con materiales de producción doméstica. Aunque
es difícil saber a ciencia cierta cómo eran
los vestidos en esta época, de la información
que puede obtenerse de descripciones contenidas en algunos
manuscritos, tapices, mosaicos y pinturas se sabe que alrededor
del año 500 de nuestra era, en lo que había
sido el Imperio de Occidente ambos sexos usaban el bliaut,
sobrevestido flojo con una abertura amplia para ponérselo
por la cabeza; con mangas más amplias en el vestido
de la mujer.
En los primeros quince años del siglo XX, acontecimientos
tales como la Gran Guerra, los movimientos sufragistas para
la mujer, la gran epidemia de influenza, incluso el hundimiento
del Titanic señalaron el final de lo que se había
llamado “la Belle Epoque”, que coincide más
o menos exactamente con el reinado de Eduardo VII entre 1900
y 1910, aunque varios historiadores aconsejan extenderlo hasta
1914, y que se caracterizó por una mentalidad que algunos
han denominado de “despreocupación artificial”:
después de varios años de fuertes sufrimientos
y privaciones, desde el campo de la moda, la música,
el arte en general, se animaba a la juventud a “tirar
al aire” todo cuidado, no pensar más que en la
diversión del momento, mejor si era frenética.
Esta mentalidad dio sus frutos en la década de los
veinte: la rígida estratificación social típica
de la época eduardiana no sobrevivió incólume
a la Primera Guerra Mundial; muchas mujeres, que habían
tenido que sustituir a los hombres en numerosos trabajos,
no querían volver a su antigua condición exclusiva
de “señora de la casa”; y en el terreno
del vestuario, este nuevo (y cuestionable) afán de
libertad condujo –por primera vez en más de un
siglo– a la desaparición del corset
que había dominado la silueta. Los diseñadores
del momento (Poiret, Chanel) ofrecieron una silueta recta,
masculinizada, antitética a la grácil y exagerada
postura curva característica de las elegantes de fines
del siglo XIX. Bailes como el charleston y el rag
time popularizaron los ritmos africanos que se bailaban a
velocidades vertiginosas. Las jóvenes “flappers”
lucían los vestidos más cortos que se habían
visto en el mundo occidental desde hacía milenios,
decorados con largos flecos brillantes. Indudablemente, estos
años se tienen bien ganado el apelativo de “Los
Locos Veinte”.
3.4 Factores económicos: La Baja Edad Media
(S XI) trajo consigo –por primera vez en varios siglos–
excedentes que se tradujeron en un mayor bienestar material,
comercio, más disponibilidad de tiempo y recursos.
El vestido reflejó fielmente la mejora en “status”
, especialmente en la nueva clase burguesa. Cuando en el 1099
los primeros cruzados conquistaron Jerusalén, llegaron
a Europa telas muy ricas, que llamaron notablemente la atención
de quienes podían adquirirlas. Como eran muy caras,
el vestido se convirtió en una forma de exhibir la
riqueza. En contraste con la ausencia de colorido en los vestidos
altomedievales, se empezaron a usar telas de colores vivos
que eran también señal de riqueza, porque hacía
falta una gran cantidad de hierbas muy caras para teñirlas.
En situaciones de escasez, el vestuario tiende a permanecer
sin grandes modificaciones; en épocas de afluencia
económica, la moda tiende a ponerlo de manifiesto.
En Estados Unidos, por ejemplo, la década de 1980 se
consideró una época de crecimiento económico.
Los modelos del momento ofrecen esa imagen: telas más
ricas, bordados de lentejuelas y mostacilla, gran volumen
en las mangas, hombreras y peinados, abundante brillo. Fue
también el momento del llamado “power dressing”,
un vestuario apropiado para la mujer ejecutiva, o para la
que pretendía serlo; un tipo de moda impulsada, por
una parte, por la mayor disponibilidad de dinero en muchas
mujeres, que llevaban ya algunos años en el mundo empresarial
y profesional; y, por otro, el afán de ganarlo. Esta
forma de vestir facilitaría el dar la imagen de una
profesional capaz y dispuesta a luchar.
3.5 Avances Tecnológicos: Muchos diseñadores
se han distinguido por su disposición para incorporar
en sus creaciones los adelantos de la técnica. Elsa
Schiaparelli fue la primera que empleó el novedoso
“zipper” o cremallera como cierre de un vestido.
Por la novedad, “Schiap” –como era conocida–
los consideraba una decoración del vestido, no un elemento
que hubiera que ocultar. André Courrèges aprovechó
la atmósfera de “liberación” de
los años sesenta para experimentar con metales y plásticos,
aparte de diseñar modelos de ciencia-ficción:
sus conjuntos metálicos y sus sombreros estilo “casco
de astronauta” se hicieron famosos. También los
años sesenta y setenta fueron escenario de la popularidad
de la fibra conocida como poliéster, desarrollada por
DuPont en 1953; fue un material que hizo época, especialmente
porque no se arrugaba y porque permitía conseguir texturas
permanentes muy interesantes.
3.6 Corrientes Artísticas: Siempre ha existido
una íntima relación entre los artistas y la
moda. Los pintores y escultores han plasmado en sus lienzos
imágenes de hombres y mujeres vistiendo sus mejores
galas. Y con frecuencia los diseñadores han encontrado
su inspiración en el arte, e incluso han podido trabajar
codo con codo con los artistas. Poiret reflejó el brillante
colorido y movimiento de los Ballets Ruses de Diaghilev, que
conquistaron París con su exotismo en 1910. Más
adelante el propio Poiret contrató al pintor Raoul
Dufy para crear telas en colores y texturas novedosas; Schiaparelli
incorporó la inspiración surrealista de Dalí
en sus modelos, y en muchas creaciones de Chanel se puede
percibir la influencia de Picasso o Stravinsky. En los años
sesenta la moda se hizo eco del “Op Art”, de las
obras de Piet Mondrian, y en décadas posteriores, de
Andy Warhol. El cine, por su parte, ha proporcionado a los
diseñadores muchas ideas para crear la siguiente colección.
3.7 Convicciones personales: Los miembros de algunas
confesiones religiosas protestantes prescinden de cualquier
elemento de adorno, por considerarlo signo de vanidad. En
relación a este tema, Stefanie Pausell hace una consideración
interesante: “La Antigua Orden de los Amish viven en
su cuerpo su compromiso con la sencillez usando un vestuario
sencillo, desprovisto de todo adorno, incluso de botones.
Otros, como la abadesa medieval Hildegarda de Bingen, que
con frecuencia adornaba a sus monjas con joyas, porque pensaba
que reflejaban los dones espirituales interiores, otorgan
un significado hasta al último botón”.(7)
4- La moda es un fenómeno creativo
La moda requiere creatividad, para aportar una idea novedosa,
o al menos una nueva forma de interpretar una idea anterior.
La creatividad del diseñador tiene que ser secundada
por la capacidad técnica y el sentido artístico
de quienes confeccionan las prendas. El vestido también
es un medio de expresión artística para la usuaria.
El diseño de un modelo emplea la silueta como un lienzo:
sobre ella se construirá con líneas, ángulos,
colores, superposiciones. No hay limitaciones en cuanto a
colores, texturas, materiales y adornos. Se trata de crear
algo bello. Aunque en cuanto trascendental del ser la belleza
es objetiva (lo bello se dice del ser en cuanto apetecible),
el concepto de belleza es de algún modo relativo. Este
es uno de los puntos más interesantes en un estudio
de la moda:
“A lo largo del tiempo y de las culturas, han tenido
lugar increíbles manipulaciones del cuerpo, en una
continua evolución del concepto de belleza. La moda
puede entenderse como la puesta en práctica de las
estrategias más extremas para adecuarse a los inestables
conceptos del físico ideal. Varias zonas del cuerpo
–el cuello, los hombros, el busto, la cintura, las caderas
y los pies– han sido oprimidos, forrados, truncados
o extendidos mediante sutiles ajustes visuales sobre la proporción,
menos sutiles prótesis, o, con frecuencia, deliberada
deformación física. (...) Hay una innegable
belleza en la forma cilíndrica de una geisha que da
pequeños pasos en sus plataformas de madera; en el
miriñaque de un vestido de visita alrededor de 1880;
la amplitud exagerada de los vestidos de corte del S. XVIII;
los pies atados y las uñas protegidas de las aristócratas
manchúes; los aros para extender el cuello de las mujeres
masai, y también de las bellezas de la era eduardiana”.(8)
No sólo el creador de un modelo, sino también
la mujer a la que se dirige, emplea un buen grado de creatividad
al usarlo; y en último extremo, la usuaria es quien
“hace” al modelo una cosa viva. Los grandes diseñadores
así lo han entendido. En una entrevista hecha al gran
modisto Charles F. Worth, pionero de la Alta Costura y diseñador
favorito de la Emperatriz Eugenia de Montijo, le preguntaron
sobre aquello que más apreciaba en un modelo; contestó
así: “Prefiero la sencillez a cualquier otra
cosa” (aunque las creaciones “sencillas”
de Worth serían consideradas hoy compli-cadas, recargadas
incluso). “Un vestido nunca debe opacar a la usuaria.
Debe ser, más bien, como el marco de un bello cuadro,
que resalta su belleza sin distraer la atención. (…)
Me produce gran satisfacción tener como clientes a
mujeres que saben que vestirse es un verdadero arte”.(9)
Hay también extremos en este contexto. Por ejemplo,
en el llamado “body art” (tatuajes, “piercing”)
el cuerpo se vuelve soporte pictórico, incluso simple
“lienzo”, no un elemento personal. Si se acepta
este planteamiento, la dignidad se pierde, la persona se deshumaniza.
Se entiende el cuerpo como “a-moral”, mero soporte
material y estético.(10)
5-Tiene grandes repercusiones económicas.
La industria del vestido mueve actualmente billones de dólares,
y proporciona considerables ingresos no sólo a los
diseñadores –uno de los grandes nombres de París
o Milán puede ganar anualmente una cantidad superior
al Producto Interno Bruto de algunos países–
sino a innumerables industrias y servicios que giran en torno
a la moda. Las sederías de Lyon y la industria (artesanal
y mecanizada) del encaje recibieron un gran impulso con la
Emperatriz Eugenia de Montijo. Por su parte, la Reina Victoria
de Inglaterra popularizó los tartanes escoceses, y
los chales de Cachemira (India); Napoleón reguló
exactamente los metros de tela que debían usarse para
cada traje de corte, y emitió orden de que ninguna
dama usara dos veces el mismo vestido de gala. De este modo,
se aseguraba que las textileras francesas tendrían
siempre demanda.
Puede ocurrir también el fenómeno contrario:
un cambio en la moda puede traer fuertes repercusiones negativas
en el terreno económico. Por ejemplo, las corrientes
que buscaron “liberar” a la mujer y llevaron a
desechar el corset tuvo una consecuencia imprevisible: la
cacería de ballenas mermó considerablemente.
(Ya se había extendido la luz eléctrica o las
farolas de gas en las calles; el aceite de ballena como medio
de iluminación había prácticamente desaparecido;
pero las ballenas seguían siendo perseguidas porque
proporcionaban las flexibles varillas que constituían
la “armadura” del corset). Naturalmente, no desapareció
el corset de una vez, de la noche a la mañana, pero
la puerta estaba abierta para prescindir de él, al
menos tal como se había usado hasta entonces; los fabricantes
tuvieron que diversificar su producción o dedicarse
a otra cosa. La misma suerte han corrido todos los empresarios
y comerciantes que se han dedicado a producir artículos
que han “pasado de moda”.
La moda también tiene repercusiones económicas
en el ámbito individual; seguirla “al pie de
la letra” cuesta mucho dinero. De hecho, las tendencias
de la moda han podido ser seguidas únicamente por mujeres
que podían contar con abundantes recursos económicos,
al menos hasta principios del siglo XX. Sólo ellas
podían disponer de un traje para cada ocasión:
de mañana, de paseo, de visita, de té, de viajar
en carro… En la época eduardiana el tiempo se
consumía en actividades de distracción (cacerías,
paseos, bailes, banquetes), y cada una de ellas requería
un vestido diferente. Lo contrario habría sido una
falta intolerable de etiqueta. Todavía hoy en día,
solamente quienes pueden gastar sumas importantes pueden acercarse
a las grandes casas de costura. Cada conjunto puede costar
varios miles de dólares. Y a esta cifra hay que añadir
los accesorios adecuados, que también pueden alcanzar
precios altos (una bolsa de Hèrmes, en la actualidad,
puede costar más de $5,000).
6-Tiene una dimensión ética.
La forma de vestir no es moralmente indiferente. Es un campo
en el que se trasluce la persona entera, su modo de entender
el mundo y su forma de comunicarse con él. El vestido
puede orientarse a defender la intimidad corporal, o por el
contrario, puede estar diseñado y usado para exponerla
sin pudor.
Comprender a fondo la relación de la moda con la
ética exige detenerse en algunas consideraciones antropológicas.
Para quien piensa que el hombre y la mujer no son más
que un conjunto de moléculas, por ejemplo, la ética
no tiene sentido alguno. Ni en la moda ni en ningún
otro ámbito. Aceptará probablemente la necesidad
de algunos convencionalismos, para facilitar la convivencia,
pero nada más. Sin embargo, quien parte del conocimiento
de la naturaleza corpóreo-espiritual del ser humano
comprende que –por su condición de ser inteligente
y libre– tiene una dimensión ética: tiene
un Creador, un destino trascendente, y sus acciones libres
lo acercan o lo alejan de ese destino. Al escoger su vestuario,
la persona hace una serie de elecciones libres. Y es la escogencia
del vestido –que en sí no es más que un
pedazo de tela– la que, como acción propiamente
humana, adquiere esa dimensión moral. ¿Por qué?
¿Qué repercusión puede tener algo tan
material como un trozo de tela, colocado sobre algo tan material
como es el cuerpo humano, sobre la vida personal, social,
presente y futura?
El vestido, además de ofrecer protección contra
los rigores del clima, ataques de insectos, y otras razones
que pueden existir, tiene una función básica:
custodiar y proteger algo que en el hombre y la mujer, precisamente
por su dimensión espiritual, requiere esta protección:
la intimidad personal, física y psíquica. “El
cuerpo es para el hombre un medio de expresión (…)
Es como una imagen del alma, un signo de nuestro misterio
personal”(11). A esta actitud protectora y defensiva
de la intimidad es a lo que se ha denominado tradicionalmente
pudor. Y es en su relación con el pudor donde las decisiones
sobre el vestido adquieren la dimensión ética
específica de la moda.
“(...) El pudor preserva la intimidad de la persona.
Designa el rechazo a mostrar lo que debe permanecer velado.
Ordena las miradas y los gestos en conformidad con la dignidad
de las personas y con la relación que existe entre
ellas”.(12) Tiene la persona algo totalmente “suyo”,
(íntimo, “intimus” es el superlativo de
“intra”, dentro; “lo que está más
adentro que ninguna otra cosa”), que puede mostrar en
un momento dado, o dejarlo de mostrar. “Intimidad significa
mundo interior, este mundo dentro de mí, del que yo
tengo alguna conciencia; es el ‘santuario’ de
lo humano. Lo íntimo es lo que sólo conoce uno
mismo: es lo más propio. Puedo entrar dentro de mí,
y ahí puedo estar solo conmigo mismo; nadie puede apresarme.
De alguna manera, me poseo en el origen, soy dueño
de mi mismo. Es característico del espíritu
este poseerse a sí mismo”.(13)
Históricamente, en las épocas en las que por
distintas causas se ha diluido la recta percepción
que el hombre tiene sobre sí mismo, sobre su entorno
y sobre su destino, se ha dado un proceso de empobrecimiento
de la moral y las costumbres. Por ejemplo, ya a partir de
la Baja Edad Media había surgido una moda “avanzada”:
el traje femenino (“bliaut”) que hasta entonces
había sido una prenda amplia, empezó a ser ajustado
a los lados y en la espalda mediante tiras delgadas o cintas.
Más adelante se introdujo el cinturón, con el
que hombres y mujeres sostenían los pliegues del bliaut.
Pero es alrededor de 1350, en vísperas del Renacimiento,
cuando encontramos que el vestido de las damas en las cortes
de los señores feudales ha ido derivando hacia los
modelos propuestos por un movimiento que tuvo gran influencia
en el campo del arte y la literatura, y que se conoce como
“el Amor Cortés”. Bajo el influjo de este
pensamiento “nuevo”, se pone de moda un tipo de
vestido decididamente más revelador de la figura femenina.(14)
La inspiración del Amor Cortés surge dentro
de una sociedad cristiana, pero en el fondo, se opone a los
principios cristianos. C.S. Lewis lo considera “una
alternativa a la tradición cristiana”(14). Otros
autores lo han considerado como una parodia, y rival, de la
religión cristiana. Como una venganza del paganismo
destronado. En medio de la idealización de la mujer,
los caballeros, los trovadores cantan una belleza y un amor
que en muchos casos se identifica más con el Eros pagano
que con el verdadero amor.
A partir de este momento esa tendencia a prescindir del pudor
irá ganando terreno en la moda occidental, con avances
y retrocesos. Como es natural, siempre este tipo de moda ha
coexistido con formas de vestir apropiadas. Pero lo interesante
es notar la correlación entre la difuminación
de las creencias y el deterioro de las costumbres (entre ellas
el modo de vestir). Y así, lo que en el S. XIII fue
el inicio de un acercamiento a la silueta femenina, abriría
el camino para los grandes “decolletés”
del S. XVIII, las telas delgadas del estilo Imperio, la silueta
“reloj de arena”; las bellísimas creaciones
de sedas plisadas de Fortuny, que se adherían a la
silueta; los vestidos cortos y abiertos de los años
20s, el satín sinuoso de los 30s, los breves vestidos
de los 70s, y muchas de las modas actuales.
En resumen, la forma de presentarse –de vestir en
primer lugar, pero también de hablar, mirar, conducirse–
no es indiferente en el terreno moral: puede reflejar la conciencia
que la persona tiene sobre su dignidad y su respeto a la dignidad
de los demás, o puede ser un indicio de que no conoce
la dignidad que posee, o de que si la conoce no piensa que
es necesario manifestarla; de que ignora que la intimidad
corporal requiere protección, o de que quiere atraer
la atención de los demás hacia su cuerpo y no
a la totalidad de su ser– o el que simplemente, tal
vez por frivolidad, no se da cuenta de que el vestuario contribuye
o va en detrimento de una relación social verdaderamente
humana.
NOTAS
1. Diccionario Vox, voz “moda”.
2. Collins English Dictionary, voces “moda” y
“uso”. (Todas las traducciones son de la autora).
3. Diccionario de la Real Academia Española, 22 ed.,
2001, voz “moda”.
4. ARNAUD, Jean Louis, en “Label France”, publicación
del Ministerio de Asuntos Exteriores de Francia. Número
23, marzo 1996.
5. S.M. María de Rumanía, publicado en “The
Living Age”, Nueva York, 4 de febrero de 1925. Nieta
de la Reina Victoria de Inglatera y del Zar de Rusia, esposa
del Rey Fernando I de Rumanía, fue una prolífica
autora de cuentos de niños, artículos y memorias.
6. DORNER, Jane: The Changing Shape of Fashion through the
Years; Octupus Books, Ltd., Londres, 1974, p. 7.
7. PAUSELL, Stephanie: Body Language; clothing and ourselves.
En “Christian Century”, 16 enero 2002.
8. GROSS, Margarete: Comentario a la Exposición “The
Body Transformed” a cargo de Harold Koda, presentada
en el Museo Metropolitano de Arte, Nueva York.
9. FIELD, Kate: Entrevista a Charles Frederick Worth, publicada
en Harper’s Bazaar, 15 de diciembre,1877.
10. Cfr. TORRECILLA, Adolfo: Comentario a la obra “Clara
y la Penumbra”, de José Carlos Somoza. Aceprensa,
servicio 24 /2001.
11. BURGGRAF, Jutta: Una perspectiva cristiana en un mundo
secularizado, Ed. PROMESA, San José de Costa Rica,
2001, p. 25.
12. Catecismo de la Iglesia Católica CIC, 2521.
13. BURGGRAF, Jutta: Una perspectiva..., p. 36.
14. Cfr. DE UROSTE, Carmen: “Medieval Spanish Literature”,
en www.public.asu.edu.
15. Cfr. LEWIS, C.S.: La alegoría del amor: Estudio
sobre la tradición medieval, Ed. Eudeba Universitaria,
Buenos Aires, 1953, citado por UROSTE, Carmen de: op. cit.
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