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TRES EN UNA SOLA AGUA VIVA (Antonio Orozco)

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TRES EN UNA SOLA AGUA VIVA

Dios Amigo, Amor, nos ha revelado cosas que ninguna criatura por naturaleza puede llegar a saber: su intimidad inefable, su vida trinitaria.


Por Antonio Orozco-Delclós


Bien sé que Tres
en una sola agua viva residen,
y una de otra se deriva,
aunque es de noche

(San Juan de la Cruz).


Ante el misterio de la Trinidad de personas en la Unidad de un sólo Dios, es de noche, dicen los sabios. Las pupilas se ofuscan ante claridad tan intensa, como cuando miramos de hito en hito al sol. Quedamos ciegos, no por falta de luz sino por sobreabundancia. Dios es un misterio de luz, / y tan de luz que es tinieblas, /pues la luz inaccesible / es noche a la vista nuestra» (ALONSO DE BONILLA).

Dios Uno -sin dejar de ser uno-, es Trino: uno el Ser y tres las Personas distintas, inconfundibles. La primera es Dios Padre, la segunda Dios Hijo y la tercera Dios Espíritu Santo. La razón humana se confunde. Se hace la noche. Pero la verdad penetra el corazón, y la criatura comprende que
es necesario ser humildes ante el Altísimo; es necesario mantener el sentido del misterio, porque entre Dios y el hombre media siempre lo infinito; es necesario recordar que frente a Dios y su Revelación no se trata tanto de entender con la propia razón limitada, sino sobre todo de amar (JUAN PABLO II)

Pero quizá más asombroso aún que el misterio de su Ser, es su llamarnos por nuestros nombres, su deseo de que seamos
amigos. Lo dice Jesús a los Doce. Como Amigo, nos ha revelado cosas que ninguna criatura puede llegar a saber por sí misma: su intimidad inefable, su vida trinitaria

Si la más pequeñas célula guarda enigmas para el hombre de ciencia, no es de maravillar que en la intimidad del Creador haya abismos llenos de misterios inescrutables. Es de noche. Pero si andamos en verdad, humildes, reconocemos la infinita trascendencia de Dios y decimos:
Dios, tú eres grande. /Tú eres tan grande que dejo de ser /con sólo colocarme junto a ti (R. M. RILKE), alzamos con fe amorosa hacia El nuestra mirada, y entonces comienza el alba.

Ante la sublimidad del misterio, el primer movimiento es caer de rodillas, adorar, y decir, saboreando:
Amo a Dios Padre, amo a Dios Hijo, amo a Dios Espíritu Santo. Amo a la Trinidad Beatísima. Creo en Dios Padre, creo en Dios Hijo, creo en Dios Espíritu Santo. Creo en la Trinidad Beatísima. Espero en Dios Padre, espero en Dios Hijo, espero en Dios Espíritu Santo. Espero en la Trinidad Beatísima.

Yo no comprendo esa maravilla de la Trinidad; pero Tú has puesto en mi alma ansias, hambres de creer. ¡Creo!: quiero creer como el que más. ¡Espero!: quiero esperar como el que más. ¡Amo!: quiero amar como el que más.

Tú eres quien eres: la Suma bondad. Yo soy quien soy: el último trapo sucio de este mundo podrido. Y, sin embargo, me miras..., y me buscas..., y me amas (...) Señor: que yo te busque, que te mire, que te ame.

Mirar es poner los ojos de mi alma en Ti, con ansias de comprenderte, en la medida en que -con tu gracia- puede la razón humana llegar a conocerte. Me conformo con esa pequeñez. Cuando veo que entiendo tan poco de tus grandezas, de tu bondad, de tu sabiduría, de tu poder, de tu hermosura..., cuando veo que entiendo tan poco, no me entristezco, me alegro de que seas tan grande que no quepas en mi pobre corazón, en mi miserable cabeza»
(SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ).

Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, se van dejando entrever, encienden la fe, hieren de amor el alma. Se comprende que se haya dicho: la Trinidad de Dios es
demasiado bella para no ser verdadera. Belleza suma, a infinitas leguas sobre todo lo bello, bellísimo y superbellísimo.

Introducidos por la fe en el misterio, se advierte que Dios no sería tanto, si no fuese Uno y Trino. No queramos reducir la hermosura infinita a nuestra pobre escala humana. Que no sea menester que venga un ángel con una concha y un mar, a decirnos, como sucedió a Agustín de Hipona,
que no fuera Dios quien es, si fuera Dios entendido.


DISTINGUIR Y ADORAR

No hay que confundir las Personas ni dividir la sustancia, reza la Iglesia en el Símbolo Quicumque.
El corazón necesita, entonces, distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como los de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador, que se nos entrega sin merecerlo: ¡Los dones y las virtudes sobrenaturales!» (SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ).

Al entretenerse -en el amanecer del alma- con cada una de las Personas divinas, la criatura va descubriendo la infinita ternura del Padre, su locura de amor. Se establece
el diálogo eterno entre el niño inocente y el padre chiflado por su hijo:

«-¿Cuánto me quieres? ¡Dilo! -Y el pequeñín silabea: ¡Mu-chos mi-llo-nes!» (...). Se ha comenzado a andar por el camino único que conduce al Reino de los Cielos, donde sólo entran los niños y los que se hacen como niños. Niños que creen con fe virginal, que esperan contra toda esperanza, que aman apasionadamente, y piden... ¡la luna!
(SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ).

El Padre nos presenta al Hijo, su Verbo, eternamente engendrado. Nos lo envía. Y el Verbo se hace carne y habita entre nosotros; comparte penas y alegrías, borra los pecados, nos hace hijos de Dios: hijos en el Hijo Primogénito. Nos convierte en hermanos de Dios y herederos de su gloria. Su entrega es impresionante. En la Cruz, derrama hasta la última gota de su Sangre redentora..., por ti, por mí.


INFANCIA Y MADUREZ ESPIRITUAL

Entretenerse en conversación íntima con Jesús, es ir descubriendo al Hombre, la manera divina de ser hombre y la manera humana de ser Dios, el camino del hombre para ser hombre: dejarse humanizar y divinizar por Cristo, crecer dejando que Cristo crezca en nosotros, hasta alcanzar su
medida y edad perfectas (...) de manera que ya no seamos niños fluctuantes, ni no dejemos llevar de aquí para allá de todos los vientos (SAN PABLO ). Hombres o mujeres enteros, recios, profundos, responsables, con personalidad humana y cristiana.

Así, entreteniéndonos tanto con el Padre como con el Hijo, alcanzamos la feliz paradoja de la vida sobrenatural:
Niño, con Dios: y, por serlo, hombre muy viril en todo lo demás (SAN JOSEMARÍA). Cada día más niños, es decir, más sencillos, descomplicados, conscientes de la propia indigencia y de la inmensa grandeza de nuestro Padre Dios. Y, a la vez, más fuertes por dentro, más sabios, con la fortaleza y sabiduría de Cristo, perfecto Dios y perfecto Hombre. La madurez -edad perfecta- coincide aquí con la infancia espiritual.

Hay una conjunción maravillosa en la labor de las tres Personas divinas. ¿Quién nos da a conocer al Padre? El Hijo, porque
nadie conoce al Hijo sino el Padre, si nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo quiera revelarlo ( Mt 11, 27).

¿Y quién nos da a conocer al Hijo? El Espíritu Santo, con su acción callada:
Nadie puede decir que Jesús es Señor, si no es en el Espíritu Santo ( 1 Cor 12, 3). No se le ve, pero actúa desde la primera chispa de luz sobrenatural. El primer acto de fe es ya obra del Espíritu Santo, que desvela a Cristo Jesús como Dios-Hombre e imagen perfecta del Padre; y el Padre y el Hijo nos desvelan al Espíritu Santo, que de los dos procede, asentado en nuestros corazones, derramando Amor divino, y aclamando, en lo más hondo: Abbá! ¡Padre mío! (Gal 4, 6; Rom 8, 15).

Después el Hijo nos envía al Espíritu Santo y el Espíritu Santo y el Hijo nos introducen en lo más íntimo del corazón del Padre. Ya estamos metidos en la maravillosa espiral de Amor que es la Trinidad. Pero no se deja de ser persona humana normal, porque a este convite de Amor estamos llamados todos, sin excepción. Pero hay que estar en gracia de Dios, hay que frecuentar los sacramentos, vivir cara a la Trinidad. Todo normalmente cristiano.

Se cumple la promesa de Jesús:
Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y en él haremos nuestra morada (Jn 14, 23). Somos templos del Espíritu Santo, sagrarios vivientes de la Trinidad. Es infinitamente más de lo que cabía esperar; es sumergirse en el torrente inmenso de Amor que es Dios.


«DIOSES POR PARTICIPACIÓN»

Las Tres Personas divinas se han acomodado en el alma. Y no, por cierto, para estar ahí ociosas, sino para obrar lo increíble: ¡hacer el alma
deiforme y Dios por participación! (SAN JUAN DE LA CRUZ). El Espíritu Santo, con aquella su aspiración divina, muy subidamente levanta el alma y la informa y habita para que ella aspire en Dios la misma aspiración de amor que el Padre aspira en el Hijo, y el Hijo en el Padre, que es el mismo Espíritu Santo ( ID.). El alma como que se transforma en las tres personas de la Santísima Trinidad en relevado y manifiesto grado (ID.). Creada a imagen y semejanza de Dios Uno, sin dejar de ser creatura, viene a ser, por la gracia santificante, imagen de Dios Trino+.

La intimidad que se alcanza entonces con Dios, es muy superior a la que puede lograrse con cualquier otra persona. El diálogo es inefable. Se ha incoado la bienaventuranza eterna, y comienza a cumplirse el magnífico proyecto divino sobre el hombre. Porque nos ha dado, como fin,
la fruición del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo: disfrutar con ellos y en ellos (SAN AGUSTÍN Y STO. TOMÁS). Las divinas Personas se nos ofrecen como el fruto infinitamente sabroso que, eternamente, sacia sin saciar. Y es en la tierra donde principia la maravilla.

La delicadez del deleite que en este toque se siente -dice San Juan de la Cruz-, es imposible decirse (...) que no hay vocablos para declarar cosas tan subidas de Dios como en estas almas pasan, de las cuales el propio lenguaje es entenderlo para sí y sentirlo para sí y callarlo y gozarlo el que lo tiene..., y así sólo se puede decir, y con verdad, que a vida eterna sabe; que aunque en esta vida no se goza perfectamente como en la gloria, con todo eso, este toque de Dios, a vida eterna sabe.

Y Santa Teresa:
Oh, válgame Dios! ¡Cuán diferente cosa es oír estas palabras y creerlas a entender por esta manera cuán verdaderas son! Y cada día se espanta más esta alma, porque nunca más le parece se fueron de con ella, sino que notoriamente ve, de la manera que queda dicho, que están en lo interior de su alma; en lo muy interior, en una cosa muy honda -que no sabe decir cómo es, porque no tiene letras-, y siente en sí esta divina compañía.

Ese donde excelso, esa experiencia envidiable, ¿se otorga sólo a personas privilegiadas, ajenas al curso de la vida corriente del cristiano que vive en medio de los asuntos del mundo, nobles, pero temporales? Teresa dice que no:
Mirad que convida el Señor a todos; pues es la misma verdad, no hay que dudar. Si no fuera general este convite, no nos llamara el Señor a todos, y aunque nos llamara, no dijera: "Yo os daré de beber" . Pudiera decir: Venid todos, que, en fin, no perdéis nada; y a los que a mi me pareciere, yo los daré de beber. Mas como dijo, sin esta condición, a todos, tengo por cierto que a todos los que no se quedaren en el camino no les faltará este agua viva.

A todo cristiano dirige las siguientes palabras de san Josemaría:
no estamos destinados a una felicidad cualquiera, porque hemos sido llamados a penetrar en la intimidad divina, a conocer y amar a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo y, en la Trinidad y Unidad de Dios, a todos los ángeles y a todos los hombres. Y nos muestra su camino bien experimentado: Trato de llegar a la Trinidad del Cielo por esa otra trinidad de la tierra: Jesús, María y José. Están como más asequibles. Jesús que es perfectus Deus y perfectus Homo. María, que es una mujer, la más pura criatura, la más grande: más que Ella, sólo Dios. Y José, que está inmediato a María: limpio, varonil, prudente, entero. ¡Oh, Dios mío! ¡Qué modelos!....


 

Enviado por arvo.net - 12/05/2005 ir arriba
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