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SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
Extracto de la Carta del Prelado del Opus Dei Mons. Javier Echevarría
1 de junio 2009
«La solemnidad litúrgica de la Santísima Trinidad celebra la suprema revelación del Amor divino. De ahí que San Josemaría recomendara a los cristianos que se esfuercen por conocer y tratar a cada una de las Personas divinas.»
Extracto de la Carta del Prelado del Opus Dei Mons. Javier Echevarría
1 de junio 2009
El domingo, día 7 [7 de junio 2009], celebraremos la solemnidad de la Trinidad Santísima. Con esta gran fiesta, la Iglesia nos invita a considerar el Misterio de la naturaleza íntima del Dios único, que quiso revelarse paulatinamente por medio de los profetas y se manifestó plenamente en Jesucristo. Ya en el Antiguo Testamento, pasando ante Moisés en el monte Sinaí, se mostró como el Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en misericordia y fidelidad[4]. Esta declaración era una primera explícita manifestación de las riquezas contenidas en el nombre de Yahveh, revelado anteriormente a Moisés[5]. A la vez, ese Nombre inefable seguía envuelto en los velos del misterio. Sólo en el Nuevo Testamento se nos ha hecho presente con más claridad la vida íntima de Dios. San Juan, el discípulo amado del Señor, que reclinó su cabeza sobre el pecho del Maestro en la Última Cena, ha escrito —inspirado por el Espíritu Santo— que la identidad más profunda de Dios se resume en una sola palabra: Amor. Deus caritas est[6], Dios es Amor. Y como demostración diáfana nos envió a su Hijo: tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito[7].
Benedicto XVI comenta que ese nombre, Amor, expresa claramente que el Dios de la Biblia no es una especie de mónada encerrada en sí misma y satisfecha de su propia autosuficiencia, sino que es vida que quiere comunicarse, es apertura, relación. Palabras como "misericordioso", "compasivo", "rico en clemencia", nos hablan de una relación, en particular de un Ser vital que se ofrece, que quiere colmar toda laguna, toda falta, que quiere dar y perdonar, que desea entablar un vínculo firme y duradero[8]. Siendo el Amor por esencia, nuestro Dios no es un Ser solitario, encerrado en una lejanía trascendente, ajeno a las preocupaciones de los hombres. Dios es trinidad de Personas, tan unidas y compenetradas que son un solo y único Dios. Esta revelación de Dios se delineó plenamente en el Nuevo Testamento, gracias a la palabra de Cristo. Jesús nos manifestó el rostro de Dios, uno en esencia y trino en personas: Dios es amor, Amor Padre, Amor Hijo y Amor Espíritu Santo[9].
Al revelarnos el misterio de su vida íntima, Dios —por expresarlo de algún modo— nos ha mostrado su rostro, nos ha comunicado que desea acogernos en su amistad; más aún, que quiere hacernos hijos suyos, partícipes de su misma Vida. Por estas razones, la solemnidad litúrgica de la Santísima Trinidad celebra la suprema revelación del Amor divino. De ahí que San Josemaría recomendara a los cristianos que se esfuercen por conocer y tratar a cada una de las Personas divinas. Aprende a alabar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Aprende a tener una devoción particular a la Santísima Trinidad: creo en Dios Padre, creo en Dios Hijo, creo en Dios Espíritu Santo: creo en la Trinidad Beatísima. Espero en Dios Padre, espero en Dios Hijo, espero en Dios Espíritu Santo: espero en la Trinidad Beatísima. Amo a Dios Padre, amo a Dios Hijo, amo a Dios Espíritu Santo: amo a la Trinidad Beatísima. Esta devoción hace falta como un ejercicio sobrenatural, que se traduce en estos movimientos del corazón, aunque no siempre se traduzca en palabras[10]. Queramos afanarnos en tratar así a nuestro Dios. ¿Cómo buscamos su presencia a lo largo del día? ¿Consideramos con frecuencia que somos hijos suyos? ¿Nos empeñamos en imitar a Jesucristo, nuestro Hermano mayor y nuestro Modelo? ¿Invocamos con clamores silenciosos al Paráclito, a fin de que nos santifique y nos llene de afán apostólico? ¿Crece nuestra amistad con el Espíritu Santo?
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