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La Trinidad y la presencia de persona(s) en persona (s) (Jorge Salinas) |
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Objeción de conciencia ante los
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La Trinidad y
la presencia de persona(s) en persona (s) |
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A primera vista puede resultar
chocante, pero la Sagrada Escritura está llena de frases en
las que se reproduce este sencillo esquema: alguien (una
persona) está en alguien distinto (otra persona)".
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Por Jorge Salinas
El título de este
artículo me lo ha
sugerido H. Muehlen en
su conocida obra "El
Espíritu Santo en la
Iglesia"(1). A primera
vista puede resultar
chocante, pero la
Sagrada Escritura está
llena de frases en las
que se reproduce este
sencillo esquema:
alguien (una persona)
está en alguien distinto
(otra
persona).Especialmente
en el Nuevo Testamento
esta estructura
sintáctica se encuentra
cientos de veces; por
ejemplo, "Yo estaré en
vosotros", "vosotros
estaréis en Mi", "Yo
estaré en el Padre y
vosotros en Mí", "El
Espíritu Santo en
vosotros", "Yo en Ti y
tú en Mí", "vivo en
Cristo", "Cristo vive en
mí", "ellos en
nosotros", "Dios estaba
en Cristo", "El Espíritu
Santo que habita en
nosotros", etc. No me
parece exagerado afirmar
que en el Nuevo
Testamento se contiene
la revelación de un
universo de personas
entre las que se da una
mutua o recíproca
interioridad.
El paso de un locativo
material a otro
espiritual
Muhlen también
reflexiona mucho sobre
el valor de las
preposiciones básicas
del lenguaje bíblico
griego: en, ek, dia,
pros,...La proposición
"en" (traducida al latín
por in) tiene una gran
importancia para lo que
vamos a tratar más
adelante. Estas
partículas proceden como
en todas las lenguas de
la experiencia sensible,
del mundo de los
cuerpos, donde todo
ocurre aparentemente
dentro de un espacio. En
su sentido más inmediato
"en" es una partícula
locativa. Naturalmente
que existen muchas más
sentidos derivados de
este sentido primario.
Además en latín "in"
tiene un sentido
direccional del que
carece el "en" griego.
Cuando Santo Tomás se
pregunta si los ángeles
ocupan lugar lo niega
puesto que no son
cuerpos sino formas
separadas subsistentes,
pero habla de una
presencia operativa de
los ángeles cuando
actúan sobre un cuerpo
Sin embargo, hay una
cierta hipoteca en este
lenguaje fundado y casi
reducido a la categoría
de las substancias en
primer lugar materiales
y de un modo analógico
espirituales. Muhlen
califica a este lenguaje
de pre-personal y, por
tanto, pobre para captar
los matices de los
textos bíblicos y
patrísticos.
La simple lectura de San
Juan y de San Pablo nos
descubre un universo de
relaciones profundamente
interpersonales en el
cual se instala
Jesucristo (evangelio de
San Juan) refiriendo su
Persona al Padre o al
Espíritu Santo (Yo en el
Padre, el Padre en Mí,
Tú , Padre, en Mí, Yo en
Ti, Me voy , pero viene
Otro, que no hablará de
sí sino de lo que ha
recibido), pero también
situando a los
discípulos en ese mismo
entramado de mutua
interioridad o de
inmanencia recíproca
interpersonal, como
puede ser: me voy al
Padre, a prepararos una
morada; luego vendré y
os tomaré conmigo para
que allí donde Yo esté
estéis vosotros también;
Yo en el Padre y
vosotros en Mi ; el
Padre y Yo vendremos y
estableceremos nuestra
morada en vosotros ;
permaneced en Mí como Yo
permanezco en el Padre;
y más variantes de un
modo suprasensible de
estar y actuar persona(s)
en persona(s).
San Pablo tiene
igualmente un repertorio
abundante de
"instalaciones
interpersonales" como
ser, vivir, estar en
Cristo; actuar, decir,
mandar en el Espíritu;
recíprocamente, Cristo
en mí, en nosotros; el
Espíritu en mí, en
nosotros; vosotros y yo
en el Espíritu o en
Cristo;
Se descubre asimismo un
a conexión íntima entre
unas y otras recíprocas
"inmanencias" que
cristalizan en esas
formas riquísimas de
contenido: Del Padre el
Hijo en el Espíritu, del
Padre por el Hijo el
Espíritu, Del Padre y el
Hijo el Espíritu, en el
Espíritu a través de
Cristo al Padre, y más
que ahora no
consideraremos.
Hacia una conexión más
inmediata con la Sagrada
Escritura, con los
Padres y los santos
místicos
Siempre ha sido más vivo
el lenguaje de los
santos que el de los
teólogos, aunque también
hay abundancia de
grandes teólogos santos.
La fe es, ciertamente,
un hecho distinto de la
experiencia, pero no
está separada de la
experiencia. Incluso en
los casos de mayor
frialdad emotiva. Pedro
se dirigió a cristianos
que no compartieron su
experiencia vital junto
a Cristo histórico con
estas palabras: "En lo
cual os regocijáis, bien
que ahora por breve
tiempo, afligidos con
diferentes pruebas, para
que los quilates de
vuestra fe, mucho más
preciosos que los del
oro perecedero, pero que
es aquilatado por el
fuego, sean hallados
dignos de alabanza,
gloria y honor en la
revelación de
Jesucristo; al cual, sin
haberle visto, amáis; en
el cual, ahora, sin
verle, pero creyendo, os
regocijáis con gozo
inenarrable y rebosante
de gloria, alcanzando la
meta de vuestra fe, la
salud de las almas"(2).
Esa misma experiencia la
han tenido todos los
santos de todos los
tiempos; algunos han
sabido expresarlo en
páginas que son
verdaderos lugares
teológicos. En una de
las más bellas páginas
del Catecismo se lee:
"La gracia, siendo de
orden sobrenatural,
escapa a nuestra
experiencia y sólo puede
ser conocida por la fe.
Por tanto, no podemos
fundarnos en nuestros
sentimientos o nuestras
obras para deducir de
ellos que estamos
justificados y salvados.
Sin embargo, según las
palabras del Señor: "Por
sus frutos los
conoceréis" (Mt 7,20),
la consideración de los
beneficios de Dios en
nuestra vida y en la
vida de los santos nos
ofrece una garantía de
que la gracia está
actuando en nosotros y
nos incita a una fe cada
vez mayor y a una
actitud de pobreza llena
de confianza"(3).
En casi todos los
escritos íntimos de
grandes Santos el
universo de su oración y
contemplación no es
situable en un espacio
euclídeo. La rigidez del
espacio y del tiempo
parecen desaparecer : la
simultaneidad entre
acontecimientos
distintos y distantes en
el tiempo y en el
espacio parece natural
en un universo que
reposa y se da en Cristo
y en el Espíritu Santo
(4).
En las páginas de todos
los místicos hay una
vivencia de cercanía,
más aún, de presencia
inmediata de Jesús en
sus distintos Misterios,
de Dios Padre, del Santo
Espíritu. Sorprende la
soltura y facilidad con
que emplean , sin
demasiada reflexión, un
lenguaje casi idéntico
al de la Sagrada
Escritura al referirse a
las Personas Divinas, en
el que se advierte por
igual la Unidad de Dios
y la Trinitaria
Alteridad de la
Personas; en ese
entramado de inmanencia
recíproca los Santos se
ven incluidos y allí
tienen su cielo
interior.
La mediación permanente
de la Humanidad de
Cristo
Ante la Humanidad
Santísima de Cristo se
advierte en todos los
Santos una cercanía
interior patente. Quizá
más en estos últimos
siglos. Los Santos
Padres de los siglos IV
y V estuvieron muy
centrados en la
formulación completa del
dogma trinitario. Era
prioritario el
establecimiento
teológico de la
divinidad del Verbo y de
la divinidad del
Paráclito. Anteriormente
se había ganado la
batalla antignóstica y
la consistencia de la
verdadera humanidad del
Verbo hecho carne. Pero
el carácter mediador
permanente de la
Humanidad de Cristo es
objeto de atención con
especial fuerza en el
siglo XIII. También a
partir de ese siglo en
la Iglesia latina
adquiere un enorme
relieve la presencia
verdadera, real y
substancial de Cristo
bajo las especies
sacramentales
eucarísticas. Hay una
conexión muy directa
entre la verdad de la
Encarnación y el culto
especial al Sacramento
reservado fuera de la
Misa. Este proceso no se
ha registrado, en
cambio, en la Iglesia
Oriental.
Hay quienes señalan que
la atención creciente de
la Humanidad Santísima
de Cristo se aceleró
después de la reforma
luterana.
La devoción al Sagrado
Corazón de Jesús con
todas sus implicaciones
teológicas y
espirituales va en esa
misma dirección. Como
también acontece con las
nuevas dimensiones que
adquiere en tiempos más
recientes la mariología
y el redescubrimiento
teológico y espiritual
de San José. Todo parece
apuntar en la Iglesia
Católica hacia un
cristocentrismo fuerte
en el que la verdadera
condición humana de
Cristo pasa a un primer
plano.
El Concilio Vaticano II
resitúa este
planteamiento
centrándolo en la
Trinidad y en la
antropología. Cristo,
Verbo Encarnado revela
al hombre el propio
hombre (5). En Cristo se
manifiesta la faz del
Padre y también el
rostro genuino del
hombre
La perichoresis o
circumincessio
intratrinitaria, raíz de
toda comunión
De un modo pleno sólo se
da este tipo de
presencia de Personas en
Personas en el seno de
la Santísima Trinidad.
El Padre está todo en el
Hijo y en el Espíritu.
El Hijo está todo en el
Padre y en el Espíritu.
El Espíritu está todo en
el Padre y el Hijo. Dios
es su misterio más
profundo una comunión
perfecta de Personas.
En el libro oficial del
Comité para el Jubileo
del año 2000 se describe
así la mutua
autodonación de las
personas divinas:"La
vida interior de Dios es
en su intercambio
infinito en el interior
de Dios, una
auto-donación continua
entre Padre e Hijo en el
Espíritu Santo. El Padre
da toda su divinidad al
Hijo, y éste restituye
la misma divinidad al
Padre. En este
intercambio recíproco no
hay temor de perderse,
ni necesidad de recurrir
a la violencia para
superar el mal; el don
puede ser, y es, sin
reserva, como el
intercambio" (6).
La perichóresis es una
realidad divina,
conocida por la fe y
máxima expresión de Dios
como Comunión, como Vida
personal, como Amor. El
Damasceno la describía
así: "La permanencia y
la morada de una de las
tres Personas en la otra
significa que son
inseparables, que no han
de separarse, que tienen
entre sí una
compenetración sin
mezcla. No se funden y
se mezclan entre sí,
sino que se conjugan
mutuamente. Es decir, el
Hijo está en el Padre y
en el Espíritu, y el
Espíritu está en el
Padre y en el Hijo, y el
Padre está en el Hijo y
en el Espíritu, sin que
tenga lugar una fusión,
o una mezcla, o una
confusión. El movimiento
es uno e idéntico, ya
que el impulso y el
movimiento de las tres
Personas es único, algo
que no se puede advertir
en la naturaleza
creada"(7).
San Buenaventura utiliza
el término de
circumincessio para
referirse a esta
doctrina mantenida
siempre en la Iglesia:
"solamente en Dios se da
la más alta unidad con
distinción, de manera
que es posible esta
distinción sin mezcla y
esta unidad sin
separación"(8).
La noción de
perichoresis o de
circumincessio es clave
en la teología
trinitaria. La identidad
de cada Persona con la
única sustancia divina
es conjugada con la
irreducible alteridad de
cada divina Persona.
Esta Comunión única se
da en una plenitud de
Vida y Amor. Las
procesiones divinas son
la misma vida divina,
eterna, inagotable,
inefable.
La Trinidad es
participada en la
criatura por las
misiones
La gracia habitual o
gracia santificante es
una participación de la
naturaleza divina en el
alma del justificado.
Por la gracia el
cristiano es dios por
participación. Esa
realidad sobrenatural es
recibida en la sustancia
del alma. La persona
creada sigue siendo la
misma persona pero se ha
divinizado. Esta
divinización accidental
no convierte, por tanto,
a la persona humana en
una Persona divina. El
tratado sobre la Gracia
está muy desarrollado y
es de posesión y uso no
polémico en la teología
católica. Pero, en
cambio, está menos
desarrollado y aceptado
comúnmente el tratado
sobre el estatuto
sobrenatural de la
persona cristiana en
relación con las tres
Divinas Personas. Se
relaciona más fácilmente
la naturaleza humana con
la naturaleza divina,
pero menos esta relación
de la persona con las
Divinas personas. Sin
embargo hay un cuerpo de
doctrina espléndido en
Santo Tomás quien
siempre consideró el
estado del hombre
justificado como una
nueva morada de Dios:
signum est sanctitas
hominum, qui ex divina
inhabitatione
sanctificantur (9).
El Magisterio del Papa
especialmente en estos
tres años anteriores al
Jubileo del año 2.000 es
un despliegue en todas
las direcciones de la
riqueza contenida en la
Sagrada Escritura, en
los Padres y también en
Santo Tomás acerca de la
misión conjunta,
mutuamente implicada,
distinta e inseparable
del Hijo y del Espíritu
Santo a la criatura
racional. En palabras
del propio Pontífice,
"la Trinidad es el
viático para llegar al
Gran Jubileo del año
2.000".
Destinatario principal
de la doble Misión es la
Santísima Humanidad de
Cristo, la cual carece
de subsistencia propia.
Fue creada y
simultáneamente se
instaló en Ella el Verbo
como hipóstasis y el
Espíritu Santo como
Unción (10). En otra
parte de este trabajo se
tratará con más detalle
y con toda la veneración
y adoración posibles
esta Obra divina, la más
grande de todas las
obras divinas. Desde
Cristo glorificado
(desde, en sentido de
origen o causa, no en el
sentido de secuencia
temporal), recibimos
todos "gracia sobre
gracia". La donación de
Dios al hombre encuentra
su plenitud en Cristo
Verbo Encarnado y a
través de Él Dios se nos
da. De un modo
consecuente como decimos
que toda gracia es
gracia de Cristo podemos
decir que la missio
coniuncta Filii et
Spiritus Sancti se
continúa, se hace
permanente y universal,
desde la Humanidad
Santísima de Cristo y
tiene como destinatarios
a todos los hombres, al
menos como destinatarios
virtualmente posibles
puesto que la voluntad
salvífica de Dios es
universal. Mediante la
Humanidad glorificada de
Cristo el Padre nos da a
su Hijo en el Espíritu
Santo y, junto con su
Hijo, nos da el
Espíritu. Las mismas
procesiones eternas
(generación y
espiración) que son como
la respiración de la
vida divina , originan
la presencia concedida
como don de las Personas
del Hijo y del Espíritu
en el alma. La persona
humana agraciada no es
engendrada ni espirada
(sigue siendo una
criatura) pero sí que el
Hijo es engendrado en
ella y el Espíritu Santo
espirado en ella. La
criatura agraciada es
introducida en la
perichoresis trinitaria
de la divinas Personas.
¿Se puede llamar a ese
misterio participación
en la criatura de
Santísima Trinidad, o la
Trinidad participada en
la criatura? El Papa usa
ese modo de hablar, por
ejemplo: "Con la
constante promoción del
amor fraterno en la
forma de vida común, la
vida consagrada pone de
manifiesto que la
participación en la
comunión trinitaria
puede transformar las
relaciones humanas,
creando un nuevo tipo de
solidaridad" (Exh. Ap.
Vita consecrata, n. 41).
El Papa se refiere con
frecuencia a esa
participación en la vida
trinitaria, real por la
vida de la gracia (11),
a través de la liturgia
y, de un modo muy
especial por la
Eucaristía (12). El Papa
nos recuerda las
enseñanzas de los Padres
acerca de esa
participación de la
persona en la vida
trinitaria (13).
Hay ciertamente una
imagen de la Trinidad en
la misma constitución
intelectual de la
persona humana; si en
toda criatura existe un
vestigio o huella de la
Santísima Trinidad, con
más claridad aparece esa
imagen en la criatura
que corona la creación
sensible. Conocemos la
asimilación que San
Agustín hizo de la
memoria, la inteligencia
y el amor a al Padre, al
Hijo y al Espíritu Santo
(14). Pero cuando se
habla de participación
de la Trinidad en el
hombre se habla de un
nivel sobrenatural, que
excede la condición de
criatura, aún cuando
responde dicho nivel a
las aspiraciones más
profundas del ser humano
(15).
La fecundidad teológica
de la doctrina de la
participación
Cuando hablamos en
términos de
participación tenemos en
la mente un sistema
profundo de pensamiento
que viene de Platón a
través de Proclo, que es
asumido por Santo Tomás
y convertido en una
poderosa herramienta
intelectual para la
ratio theologica.
Siempre, por tanto, hay
implícito un Uno
Superior, una forma
separada que es
participada, un Esse
Subsistens que es
participado en el esse
creado. Para ilustrar el
misterio de la gracia
divina no es un problema
hablar de "participación
de la naturaleza
divina", pero cuando se
trata de una Triada de
Relaciones Subsistentes,
de una Comunión perfecta
de Personas, entonces,
hay que acomodar y
analizar el lenguaje de
la participación para no
dar un salto lógico en
el vacío.
F. Ocáriz viene
desarrollando desde hace
tiempo una terminología
de cuño tomista bien
sólida. El cristiano
participa por la gracia
de la Filiación
Subsistente (es decir,
del Verbo) y es
constituido por ello
hijo de Dios (Padre) en
el Hijo. Decir que por
el bautismo somos hijos
de Dios en el Hijo por
la acción del Espíritu
Santo es expresión
normal y cada vez más
frecuente en el
Magisterio de la
Iglesia.
Santo Tomás dice que por
la fe "de alguna manera"
Verbum concipitur in
mente. También afirma
que la caridad es cierta
participatio Spiritus
Sancti in corde. La
Sagrada Escritura dice
más: nos habla de una
inhabitación del
Espíritu Santo en el
cristiano, hecho "templo
del Espíritu",
pneumatóforos. También
nos enseña que nadie
puede decir "Jesús, el
Señor" si no es en el
Espíritu Santo, es
decir, que la fe la
implanta en nuestro
corazón el Paráclito y
el núcleo de la fe es
reconocer en Jesús al
Cristo, al Kyrios, La fe
es la entrada para que
Cristo habite en
nuestros corazones.
Cristo es el Verbo
Encarnado porque la
Unción unge a la
Humanidad Santísima de
Cristo, no al Verbo. El
Verbo no es ungido por
el Espíritu. Eso no
sería verdad. Sí podemos
decir que el Verbo es
engendrado por el Padre
en el Espíritu en el
sentido de que es
engendrado por el Padre
Spirans Amorem. Lo dice
expresamente Santo
Tomás: " et ideo hoc
quod dicitur esse
Spiritus Sanctus amor
Patris in Filium, non
pertinet ad generationem,
sed ad Spiritus Sancti
processionem" (16). En
la Trinidad nada hay
antes ni después;
podemos confesar la
simultaneidad eterna de
ambas procesiones. El
Padre es Pater amans; su
amor in Filium es
simultáneo a su
generación del Hijo. El
Padre engendra al Hijo
espirando Amor al propio
Hijo. Por su parte el
Hijo es Filius amans,
que es engendrado
espirando Amor hacia su
Padre. Ya tendremos
ocasión más delante de
comprobar esa
simultaneidad entre la
doble misión del Hijo y
el Espíritu. Es posible
decir que el Padre envía
al Hijo en el Espíritu y
que el Padre envía al
Espíritu en el Hijo,
aunque también la
Escritura nos muestra,
en muchas ocasiones, una
precedencia de la misión
del Hijo sobre la del
Espíritu y, en otras
ocasiones, una
precedencia de la misión
del Espíritu respecto a
la del Hijo.
Jesús asocia su
presencia en nosotros a
la presencia del Padre.
Las tres divinas
Personas establecen su
morada en el alma fiel.
Eso es doctrina común,
abundantemente comentada
en estos años previos al
Jubileo del año 2.000.
Se puede analizar por
separado la relación de
una persona humana
agraciada por Dios con
respecto cada una de las
divinas Personas. Y a
través de cada una de
esas divinas Personas
con las otras Dos . Pero
antes de seguir
recordemos unas palabras
del Papa: "Quien no ve
la imagen de Dios en el
hombre y no ve todos los
rostros humanos
iluminados por el rostro
mismo de Cristo, a quien
cada uno en acto, o
virtualmente, pertenece,
no tiene ya nada de
cristiano" (Audiencia
general, 19.10.1985). Es
lenguaje antiguo
describir al cristiano
como un teóforos, un
cristóforos y un
pneumatóforos que sabe
ver y tratar a los demás
cristianos como otros
teóforoi, cristóforoi y
pneumatóforoi.
Decía Kierkegaard que
"llegar a ser cristiano
significa llegar a ser
contemporáneo de Cristo.
En relación con el
absoluto no existe, en
efecto, más que un solo
tiempo: el presente;
para quien no es
contemporáneo con el
absoluto el absoluto no
existe. Y como quiera
que Cristo es el
absoluto, sólo cabe
respecto a Él una sola
situación: la
contemporaneidad"(17).
Como resumen de estas
ideas, podemos decir que
la participación en la
vida intratrinitaria a
través de la Humanidad
de Cristo con la fuerza
del Espíritu Santo,
instala a cada cristiano
en un universo
espiritual, más allá de
este tiempo y este
espacio. Lo propio de
ese universo es la
comunión con el Dios Uno
y Trino, y como
consecuencia, con los
bienaventurados del
Cielo y las almas del
Purgatorio; de un modo
más imperfecto con los
demás cristianos de la
tierra.
Este universo espiritual
no es fruto de la
fantasía ni de la
imaginación sino que
está urdido, tramado y
conexionado por el
Espíritu Santo. Se trata
de un universo de
persona(s) presente(s)
en persona(s).
Jorge Salinas -
Madrid, 1.03.01
--------------------------------------------------------------------------------
1- Heribert Mühlen: El
espíritu Santo en la
Iglesia, Secretariado
Trinitario, Salamanca,
1998, 2ª ed.
2- 1 Ped 1, 6-9.
3- CCE n. 225. Como
colorario sigue el
Catecismo en este punto:
Una de las más bellas
ilustraciones de esta
actitud se encuentra en
la respuesta de santa
Juana de Arco a una
pregunta capciosa de sus
jueces eclesiásticos:
"Interrogada si sabía
que estaba en gracia de
Dios, responde: «si no
lo estoy, que Dios me
quiera poner en ella; si
estoy, que Dios me
quiera conservar en
ella»".
4- Es importante esta
afirmación de un maestro
de espíritus bien
experimentado:"
¿Ascética? ¿Mística? No
me preocupa. Sea lo que
fuere, ascética o
mística, ¿qué importa?:
es merced de Dios. Si tú
procuras meditar, el
Señor no te negará su
asistencia. Fe y hechos
de fe: hechos, porque el
Señor -lo has comprobado
desde el principio, y te
lo subrayé a su tiempo-
es cada día más
exigente. Eso es ya
contemplación y es
unión; ésta ha de ser la
vida de muchos
cristianos, cada uno
yendo adelante por su
propia vía espiritual
-son infinitas-, en
medio de los afanes del
mundo, aunque ni
siquiera hayan caído en
la cuenta. (Beato
Josemaría: Amigos de
Dios, n.308).
5- Cf. Const. Gaudium et
spes, 38
6- Dios Padre
misericordioso, p. 39
7- San Juan Damasceno:
De fide orthodoxa, I, 14
8- San Buenaventura: In
Sent., I, d. 19, p. I,
q. 4.
9- Compendium theologiae,
lib2 cap8
10- La misión del
Espíritu Santo a Cristo
(es decir a su Santísima
Humanidad) es tema
frecuente en Santo
Tomás: contra, missio
Spiritus Sancti est ipsa
datio sed Spiritus
Sanctus datus est
Christo, ut dicitur in
joan. 3, 34: non ad
mensuram dat
DeusSspiritum, ergo ad
eum fit missio.( I
Sententiarum ds15,q5
,ar1d,ag3).
11- "Al mismo tiempo -y
sobre todo- esta vida
significa "la
consagración en la
verdad" (cf. Jn 17, 17),
en la cual se revela
plenamente la
perspectiva de la unión
con Dios, de la vida en
Dios. Así es como
nuestra vida humana
"está oculta con Cristo
en Dios" de forma
sacramental y a la vez
real. Al sacramento
corresponde la viva
realidad de la gracia
santificante, que
penetra nuestra vida
humana mediante la
participación en la vida
trinitaria de Dios."
(Juan Pablo II: Carta
Redemptoris Mater, con
ocasión del Año Mariano
, 22-V-1982, n.3)
12- La participación en
la vida trinitaria se
realiza a través de la
liturgia y, de modo
especial, la Eucaristía
misterio de comunión con
el cuerpo glorificado de
Cristo, semilla de
inmortalidad.13 En la
divinización y sobre
todo en los sacramentos
la teología oriental
atribuye un papel muy
particular al Espíritu
Santo: por el poder del
Espíritu que habita en
el hombre la deificación
comienza ya en la
tierra, la criatura es
transfigurada y se
inaugura el reino de
Dios. (Juan Pablo II:
Carta Orientale Lumen,
6).
13- ¿Qué relación hay
entre la vida de la
persona y su
participación en la vida
trinitaria? Responde san
Agustín: "Nuestro
corazón está inquieto
hasta que no descanse en
ti"20. Este "corazón
inquieto" indica que no
hay contradicción entre
una y otra finalidad,
sino más bien una
relación, una
coordinación y unidad
profunda. Por su misma
genealogía, la persona,
creada a imagen y
semejanza de Dios,
participando
precisamente en su vida,
existe "por sí misma" y
se realiza. El contenido
de esta realización es
la plenitud de vida en
Dios, de la que habla
Cristo (cf. Jn. 6,
37-40), quien nos ha
redimido previamente
para introducirnos en
ella (cf. Mc. 10,
45).(Juan Pablo II:
Carta a las Familias,
n.9).
14- Él habló, sin duda
alguna, con amplitud y
magníficamente en su
gran obra sobre La
Trinidad y en sus
discursos sobre el
misterio trinitario,
trazando el camino a la
teología posterior.
Insistió al mismo tiempo
en la igualdad y en la
distinción de las
Personas divinas,
ilustrándolas con la
doctrina de las
relaciones: Dios "es
todo lo que tiene,
excepto las relaciones,
en virtud de las cuales
cada persona se refiere
a la otra" . Desarrolló
la teología sobre el
Espíritu Santo, que
procede del Padre y del
Hijo, pero "principaliter"
del Padre, porque "de
toda la divinidad, o
mejor, de la deidad el
principio es el Padre" ;
y Él ha dado al Hijo el
espirar al Espíritu
Santo , que procede como
Amor y por lo tanto no
es engendrado . Luego,
para responder a los
"gárrulos raciocinadores"
, propuso la explicación
"psicológica", de la
Trinidad buscando su
imagen en la memoria, en
la inteligencia y en el
amor del hombre,
estudiando con ello al
mismo tiempo el más
augusto misterio de la
fe y la más alta
naturaleza del creado,
cual es el espíritu
humano. (Juan Pablo II:
Carta Agustiunum
Hipponenesem, n. 3).
15- Al hombre, por lo
tanto, no se le entiende
si no es en relación a
Dios. Agustín ha
ilustrado con vena
inagotable esta gran
verdad cuando estudiaba
las relaciones entre el
hombre y Dios, y lo ha
expuesto en las fórmulas
más variadas y eficaces.
Él ve al hombre como una
tensión hacia Dios. Son
célebres estas palabras
suyas: "Nos hiciste para
Ti y nuestro corazón no
descansará hasta reposar
en Ti" . Lo ve como
capacidad de ser elevado
hasta la visión
inmediata de Dios: el
ser finito que alcanza
al Infinito. El hombre,
escribe él en su obra
sobre La Trinidad, es
imagen de Dios, en
cuanto es capaz de Dios
y puede ser partícipe de
Él" . Esta capacidad
"impresa inmortalmente
en la naturaleza
inmortal del alma
racional" es la señal de
su grandeza suprema: "en
cuanto es capaz y puede
ser partícipe de la
naturaleza suprema, el
hombre es una gran
naturaleza" . Lo ve
también como un ser
indigente de Dios, en
cuanto necesitado de la
felicidad, que no puede
encontrar sino en Dios.
"La naturaleza humana
fue creada en grandeza
tan excelsa, que, dado
que es mudable, sólo
adhiriéndose al bien
inmutable, que es el
Sumo Dios, puede
conseguir la felicidad,
y no puede colmar su
indigencia sin ser
feliz, pero para
colmarla no basta nada
que no sea Dios"
101(Juan Pablo II: Carta
Agustinum Hipponensem,
n.2).
16- SANTO TOMAS: I
Sent., dist.X, q.1, a.2,
2um
17- S. Kierkegaard,
Esercizio del
Cristianesimo, in Opere,
Firenze 1974, p. 724).
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Enviado por Arvo Net - 22/05/2005 |
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