LA TRINIDAD PARTICIPADA EN LAS CRIATURAS
Pertenece a la enseñanza común de la Iglesia Católica que Dios se nos da de un modo personal mediante las misiones del Hijo y del Espíritu Santo. La Trinidad se da a la criatura redimida no sólo como el Uno trascendente sino también como una Comunión de Personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Por Jorge Salinas
Doctor en Sagrada Teología
Pertenece a la enseñanza común de la Iglesia Católica que Dios se nos da de un modo personal mediante las misiones del Hijo y del Espíritu Santo. La Trinidad se da a la criatura redimida no sólo como el Uno trascendente sino también como una Comunión de Personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo. El mismo orden eterno según el cual hay dos procesiones en Dios (el Padre engendra al Hijo y el Espíritu procede del Padre por el Hijo), ese mismo orden, entra en el tiempo y termina en la persona del cristiano en forma de donación personal: el Padre nos entrega al Hijo y el Padre y el Hijo nos donan el Espíritu. Cada Persona divina es donada a la criatura, como auténtico don, para ser disfrutado, y nos es entregada según un cierto orden o protocolo, por decirlo de algún modo. En eso consisten las misiones. Solamente el Padre no es donado por nadie pero tanto el Hijo como el Espíritu nos conducen a su seno. Por la gracia estamos en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. Esta afirmación es convertible con otra: por la gracia residen en el alma el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
No es idéntica la noción de presencia de una Persona divina y la de imagen causada en el alma elegida y amada, pero hay una relación entre ambas nociones evidente. Dice Santo Tomás: por la gracia el alma se asemeja a Dios. Por eso, para que alguna persona divina sea enviada a alguien por la gracia, es necesario que se verifique su asimilación a la persona enviada por algún don de la gracia (1). En el alma en gracia no sólo reside Cristo, sino que la propia alma se hace, en cierta medida, cristiforme. De modo análogo, no sólo reside en ella el Espíritu sino que el alma misma se hace, siempre en cierta medida, espiritual. Un alma cristiforme no quiere decir que se haya hecho Cristo ni que se haya hecho Espíritu Santo. Un sano y crítico realismo metafísico nos obliga a distinguir siempre entre causa y efecto, entre la presencia de toda causa en sus efectos y, al mismo tiempo, la no identificación de la causa con sus efectos. Cuando se trata de Personas divinas que están presentes en una persona humana, cada Persona divina es inmutable en Sí misma y causa en la persona humana como efecto una semejanza de Si (assimilatio Sui), pero la persona humana siempre es distinta de la Persona divina, aunque se haga en cierta medida semejante a Ella. Por eso la expresión más acertada para reflejar la relación personal entre la criatura y las Personas divinas es la de comunión, porque comunión implica intimidad, "inmanencia recíproca", relación dialógica yo-tú, tener en común algo...y, al mismo tiempo, se destaca la alteridad. La Santísima Trinidad es la Comunión perfecta: en Ella se da la comunión más plena (una sola sustancia) y una alteridad irreducible, eterna y gozosa: alia persona Patris, alia persona Filii, alia persona Spiritus Sancti (2). Esa misma alteridad recíproca entre las Personas divinas se mantiene entre las personas creadas y las Personas divinas. Con todo respeto, pienso que es confusa la imagen usada por muchos autores espirituales de los dos cabos de cera que al fundirse se hacen uno solo para ilustrar la unión mística del alma y Dios.
Presencia del Padre en el alma
La Persona del Padre está presente en el alma cristiana como Padre que engendra al Hijo espirando Amor, como Pater Amans. Su presencia personal deja un huella, un efecto, una configuración en la criatura que tiende a hacerla semejante a Dios Padre. El máximo de esa presencia transcendente y, a la vez, causante de modo íntimo, se da en Jesús: "Felipe, quien me ve a Mí ve al Padre"(3) . Ese Jesús que llama hermanos a los apóstoles y en Quien somos todos hermanos e hijos adoptivos de su mismo Padre, también tiene sentimientos paterno-maternales hacia los suyos, a quien llamará hijitos (4). Cristo en su condición humana es verdaderamente el ikono del Padre.
Después de Cristo todos los santos han reflejado la paternidad divina. Reflejo es señal de presencia y de causalidad propia de la Persona divina en la criatura humana. San Pablo y San Juan en sus escritos tienen la predicación propia de un padre y de una madre. San Juan usará el "hijitos" del Maestro en sus años de ancianidad venerable (5). San Pablo bendice a Padre de las luces "de quien procede toda paternidad y toda familia en los cielos y en la tierra". Él recordará a los de Corinto que los ha "engendrado" en Cristo Jesús y a los Gálatas les dice: "Hijitos, por quienes de nuevo sufro como dolores de parto hasta ver formado de nuevo a Cristo en vosotros" (6).
San Ignacio de Antioquía vive en una Iglesia en la que el Obispo es ikono del Padre; la monarquía del Padre está reflejada en la jerarquía eclesiástica. .Hay una presencia transversal de Dios Padre en todos los escritos de los Santos Padres que merecen este nombre de una manera unánime en la Iglesia. La frase de Jesús: "no llaméis a nadie en la Tierra padre, porque uno sólo es vuestro Padre", no hace ilegítimo ese título tan cristiano de "padre", sino que realza el origen transcendental de toda paternidad participada.
Hay, pues, una presencia del Padre , inefable, pero cierta, en el alma del cristiano.
Presencia de Cristo en el alma
Con relación a Cristo, es decir al Verbo Encarnado y Ungido, la experiencia y la literatura cristiana, empezando por la Sagrada Escritura y los Padres, es muy abundante en este sentido, es decir, en el sentido de una presencia de Cristo en el alma cristiana. Es verdad que Santo Tomás al hablar de las misiones en la Summa Theologiae habla sólo de la misión del Verbo. La Persona del Verbo es dada, enviada, donada, al alma en gracia, por el Padre Eterno. Sin embargo, la Escritura habla en términos patentes de una habitación de Cristo en el corazón del creyente vivificado por la caridad . El Papa en repetidas ocasiones atribuye al Espíritu Santo, cuya acción en el alma es inmediata (7), esa presencia de la Humanidad Santísima de Cristo. De un modo muy cierto como fruto de la Comunión eucarística, de la recepción fructífera del Sacramento. Cristo, con su Humanidad Santísima, inhabita en el alma. "Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero ya no soy yo, es Cristo quien vive en mi" (Gas 2,20). Las palabras del Apóstol Pablo a los Gálatas, que acabamos de escuchar en la segunda lectura, expresan sintéticamente el fruto existencial de la comunión eucarística: la inhabitación de Cristo en el alma, por obra del Espíritu Santo" (8).El cristiano es portador de Cristo. Hacía El puede dirigirse en el Espíritu y decirle ¡Jesús de mi alma!
Toda la vida cristiana, en su desarrollo normal es un proceso de cristificación, de modelación de la persona según el modelo de Cristo. "Tened los mismos sentimientos que tuvo Cristo Nuestro Señor", decía San Pablo. El Apóstol se refería a algo más amplio que lo que en lenguaje moderno llamamos sentimientos. Se refiere a una mentalidad, a una lógica, a un modo de ver al Padre y a los hermanos. Los rasgos de Cristo se imprimen en el alma de las personas que van camino de la santidad. Los santos reflejan a Cristo y como ya se ha dicho anteriormente el reflejo es señal de la presencia y de la causalidad.
Presencia del Espíritu Santo en el alma
Más unánime es en la doctrina la presencia inmediata del Espíritu Santo en el alma regenerada en las aguas bautismales. Como el Divino Paráclito no ha asumido hipostáticamente ninguna naturaleza creada, su presencia no plantea las dificultades que algunos experimentan al hablar de la presencia del Verbo Encarnado y Ungido. El Espíritu es donado, enviado, por el Padre y el Hijo, o bien por el Padre a través del Hijo, a la criatura racional de un modo gratuito. El mismo es el Don, la Gracia Increada, principio de la misma gracia creada y de todas las gracias particulares.
La impronta personal del Pneuma Divino en el alma es su transformación en otro Cristo y la filiación al Padre. El primero de los frutos del Espíritu Santo en el alma es la caridad, que participación en el Amor divino (9). Santo Tomás dice expresamente que la caridad es como una participación del Espíritu Santo, de modo semejante a como la filiación divina en el cristiano es una participación de la Filiación Subsistente en que consiste el Hijo.
Relaciones distintas a las distintas Personas
La relación de la criatura en gracia con cada una de las Divinas Personas es realmente distinta, como distintas son entre sí las Divinas Personas. La fe permite distinguir a las Divinas personas, no sólo en un discurso abstracto, teológico, sino en la relación directa e íntima de la oración, del coloquio, de la consideración piadosa y bien ilustrada. Y al mismo tiempo siempre ha de venerarse la Simplicísima Unidad de Dios. En realidad, por la vida de la gracia la persona humana, morada de cada una de las Divinas persona, participa en la perichoresis intratrinitaria. Puede hablarse de esta situación sobrenatural de dos modos.
Por una parte, en esa finita estancia creada y regalada por Dios que es el alma, se dan las procesiones divinas, que son en sí mismas eternas y transcendentes a todo lo creado, pero, por las misiones, inciden en el tiempo y en la criatura. Según otro modo de considerar el misterio, el alma es "llevada" de una divina Persona a las Otras según el orden de las procesiones. Se da algo así como una participación finita en las procesiones divinas. San Juan de la Cruz lo expone con claridad. en su Cántico Espiritual: "Y no hay que tener por imposible que el alma pueda una cosa tan alta que el alma aspire en Dios como Dios aspira en ella por modo participado; porque dado que Dios le haga merced de unirla en la Santísima Trinidad, en que el alma se hace deiforme y Dios por participación" (10).
Cuando el Doctor Místico habla de "transformación en elevado grado" en las personas divinas está dejando bien clara la distancia infinita entre una persona Divina y una persona creada. Hay "unión y compañía" pero jamás identificación; la alteridad es permanente e insalvable. Esa divina presencia produce un efecto en el alma, pero la distancia entre la Causa y el efecto es infinita. Una vez más el lenguaje de la participación se muestra herramienta conceptual y lingüística muy válida para ilustrar la fe. En la criatura sólo puede haber participación de Dios, participación de las Divinas Personas, participación de la Procesiones divinas, participación de la Santísima Trinidad. La Presencia de las Divinas Personas distintas entre sí en la criatura elevada al orden sobrenatural se corresponde en un nivel distinto con la presencia de Dios en la criatura, en el orden de la naturaleza, causando en ella el ser, la esencia y el obrar.
Esta relación de comunión con cada Divina Persona también aparece en el Catecismo de la Iglesia Católica cuando afirma que «toda la vida cristiana es comunión con cada una de las personas divinas, sin separarlas de ningún modo. El que da gloria al Padre lo hace por el Hijo en el Espíritu Santo» (n. 259).
Naturalmente esa comunión de cada cristiano con cada una de las Divinas Personas, distintas entre sí, jamás podrá alcanzar el nivel de Comunión perfecta que se da entre las misma Personas divinas. Jamás una criatura podrá decir al Padre "como Tú estás en Mí y Yo en ti" del modo en que lo dijo Jesús en Jn 17. Si la comunión es, en frase feliz de Juan Pablo II, una "mutua interioridad", hay ciertamente una interioridad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en el corazón cristiano pero la reciprocidad está limitada por parte de la criatura, tanto por la limitación del ser creado como por la limitación sobreañadida por el pecado a la libertad finita.
Dios tiene una penetración en la criatura infinitamente superior a la que la criatura, por gracia, puede tener en las personas divinas y en misterio de su Perfecta Comunión. El intimior intimo meo y el superior summo meo de San Agustín se puede decir de la presencia natural de Dios en el alma creada. Por la gracia esa intimidad divina en la criatura es ejercida por cada Persona con su "originalidad propia" (11). El Padre escudriña los corazones, Cristo es quien juzga, el Espíritu Santo sabe de nosotros ni lo que nosotros mismos sabemos. Nos desborda la Potencia, el Conocimiento y el Amor de Dios en nosotros, en nuestra intimidad. San Anselmo recoge con extraordinaria belleza de pensamiento esa imposible reciprocidad perfecta entre Dios que se nos da y nuestra capacidad de respuesta: "¡Oh luz suprema e inaccesible! ¡Oh verdad íntegra y feliz, qué lejos estás de mí, yo que estoy tan cerca de ti! ¡Qué lejos estás de mi presencia, mientras yo siempre estoy en la tuya! En todas partes estás presente e íntegra, y yo no te veo. Me muevo y existo en ti, y, sin embargo, no puedo alcanzarte. Estás dentro y alrededor de mí y no te siento" (12).
Dios en sí mismo es inmutable y simplicísimo; no puede ser minorado bajo ningún aspecto. Si está presente lo está del todo y, de modo correlativo, cada Persona divina si está presente lo está entera, una e indivisa. Cuando se comunica a la criatura se da de un modo maxime liberalis recogiendo una expresión de Santo Tomás La limitación al acoger esa autodonación divina según el ordo Personarum se da por parte de la criatura, no por parte de Dios. Es verdad que Dios mismo nos da una capacidad de respuesta superior a lo que es capaz nuestra propia capacidad natural, pero siempre lo sobrenatural es participado por parte de la criatura. Además la libertad puede abrirse o cerrarse a la gracia divina; puede rechazarla, puede acogerla. San Agustín dijo: el que te creó sin tí no te salvará sin tí. Dios nos ama y "son sus delicias habitar entre los hijos de los hombres", pero en su omnipotencia ha preferido que libremente aceptemos su invitación a convivir con Él, en su intimidad.
La acogida del Don divino ya es querer lo que Dios quiere. Se da un asentimiento, una respuesta afirmativa y con ello se inicia una amistad, una comunión. Dios mismo habilita al alma para esa nueva vida; la hace deiforme en la substancia del alma y en las potencias ya que la gracia es una participación de la naturaleza divina (una divinización participada en la criatura) que lleva consigo una nueva capacidad operativa. Las potencias del alma –la inteligencia y la voluntad- son capaces de attingere ipsum Deum por la fe, la esperanza y la caridad. Es habilitado el hombre para establecer un contacto inmediato con las tres Divinas Personas en la "noticia amorosa" de la fe viva, a oscuras pero de modo cierto.
La comunión es imperfecta mientras el hombre, llamado a ser íntimo amigo de Dios, viva dividido dentro de sí, mientras viva distraído, intentando hacer compatibles la atención al Único que es Bueno y la atención prestada a bienes efímeros que pretenden acapararle su interés (13). El núcleo de esos intereses menores siempre es un proyecto del propio "yo" distinto al proyecto de un "tú" pronunciado por nuestro Padre Dios.
Mientras el hombre está dividido dentro de sí la comunión con las Personas divinas carece de una reciprocidad perfecta. Dios siempre está pendiente de nosotros pero a la inversa no ocurre igual. Es algo parecido a los problemas de atención de los niños o de los adolescentes, con frecuencia inestables, confusos y casi contradictorios; con dificultad consiguen de ellos sus padres algún tiempo seguido de conversación. Dios tiene una infinita paciencia y nos atrae "con lazos de amor". El Espíritu Santo está de continuo disponiendo al alma para que sea capaz de sintonizar los requerimientos íntimos divinos que buscan tan sólo nuestra reciprocidad. Ese tiempo y esa tarea se corresponde con nociones tan profundas y de difícil definición como son la conversión, la purificación, la penitencia.
Incluso si el hombre estuviese totalmente centrado y dirigido hacia Dios habría un desnivel insalvable entre Dios y la criatura. La comunión con la Trinidad no consiste en que cada persona se convierta en una nueva Persona Divina. Hay, sí, una mutua interioridad, pero sumamente imperfecta a parte creaturae. Nuestra limitación natural sólo permite la participación finita, secundum magis et minus, según un más y un menos, de la substancia divina común al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. En eso consiste la gracia habitual o santificante De un modo correlativo, nuestro grado de comunión con las personas divinas es siempre limitado, incluso en la gloria del Cielo. Participaremos, entonces, de la perichoresis divina pero sin que ésta queda alterada o expandida por la incorporación de nuevas hipóstasis. Aunque el lenguaje suene frío y excesivamente técnico, es importante recordar que en una referencia al orden del ser, todo lo sobrenatural participado en la criatura pertenece al orden accidental, nunca al substantivo. Lo substantivo permanece como supuesto de la gracia y de la gloria (14). Se trata esta verdad de una consecuencia de la misma noción de participación . La perfección participada es sólo separada y substancia en Dios; en la criatura la forma participada siempre es forma accidental y supone una substancia "receptora".
Una vez más convendrá recordar que se da una participación de la Santísima Trinidad en el alma, nunca una conversión de la criatura en una nueva Persona divina. Como recuerda Santo Tomás en Dios el número tres es transcendental no predicamental (15). Por tanto, sólo pude hablarse de una participación de la única substancia divina, una participación de las Tres divinas Personas, una participación en la Comunión interpersonal divina, una participación en la perichoresis divina, una participación en la vida divina.
A propósito de participación en la Comunión interpersonal divina, podemos detenernos para hacer una consideración más. En Dios la Comunion es Perfecta. Todo lo participado es imperfecto por la misma estructura ontológica de la participación. Se da lo participado según un más y un menos. De ahí también que toda participación transcendental (como lo es participar de la Trinidad) genera una analogía en la predicación. La misma noción de comunión tal como la emplea la Iglesia en su Magisterio más reciente es una noción analógica, que se puede predicar de personas y de iglesias particulares. Esta misma analogía nos reenvía al origen de toda forma de comunión, es decir a la Trinidad misma, que consiste en una Comunión Una y Simplicísima entre Personas Distintas (16).
Además, todo cuando hay en nosotros relacionado con el pecado establece un ámbito de opacidad espiritual , de impenetrabilidad, que limita nuestra comunión con las divinas Personas. El Espíritu Santo pugna por purificar la totalidad de nuestro ser a fin de que esa comunión, que es recíproca siempre, llegue al máximo grado al que es convocada cada alma. En los santos, ese espacio de opacidad e impenetrabilidad de la criatura ha sido eliminado por el fuego y la luz de la caridad ardiente y, entonces, en ellos el grado de comunión con la Santísima Trinidad alcanza el fulgor de la gloria. Los bienaventurados participan para siempre de la vida trinitaria. Siguen siendo personas humanas infinitamente distintas y distantes de la infinitud divina, pero viven en una relación recíproca con las Tres divinas Personas, comunican con Ellas, participan de esa corriente de Vida y Amor que se da entre las divinas Personas (17).
Puede ayudar también a una mejor comprensión, dentro de lo limitado de nuestra inteligencia y permaneciendo siempre en la penumbra de la fe, el recuerdo de otro hecho. En el orden de lo creado los presencia del Dios Uno es intimísima creando el ser y el obrar de modo permanente. Incluso los demonios y los condenados son mantenidos en el ser por la Omnipotencia divina. En cambio la audonación según las Personas es pura gracia sobrenatural. Puede darse, se puede crecer en ella, puede perderse, se puede transformar en gloria, puede perderse para siempre.
También, a modo de resumen, podemos decir que la presencia es presupuesto para se de el reflejo o el efecto (la transformación limitada y analógica de la persona en la Persona) y también para se pueda dar la comunión interpersonal.
En María esa comunión con la Trinidad ha alcanzado el mayor grado posible. El Espíritu Santo ha elevado su cuerpo virginal y maternal al nivel de la gloria de su alma. Asociada a la Resurrección de su Hijo, ha sido Asunta en Cuerpo y Alma al Cielo. Las primicias de la Resurrección futura de la carne es Cristo, como afirma San Pablo en 1 Corintios, pero en María se da el anticipo de esa futura glorificación de la carne. Ella participa en un grado singular de la Única Mediación de Cristo, no para interponerse entre Cristo y nosotros sino para hacérnoslo más cercano. Su mediación tiene como rasgo esencial el hecho de ser maternal. Sólo es capaz de ser realmente Madre en el orden de la gracia una Mujer que participe de la Trinidad en su cuerpo y en su alma. Esa es María Santísima (18).
La Trinidad participada en una comunión de personas creadas, en Cristo y en el Espiritu Santo. Eso es la Iglesia.
En una teología tradicional ha predominado un tratamiento de la persona humana como individua substantia in natura rationale según la definición clásica de Boecio. Pienso que esta definición es en sí misma inamovible, pero insuficiente para dar cuenta de aspectos esenciales de lo que es el ser humano y el ser cristiano. En una consideración exclusiva de la substancialidad personal resulta difícil expresar la vocación natural del hombre a la comunión interpersonal y, por supuesto, el orden sobrenatural queda reducido a una participación de la naturaleza divina, común a las Tres Personas Divinas, participación que se da en la persona a título individual, porque el supuesto es la persona singular.
La extensa catequesis de Juan Pablo II en el comienzo de su pontificado dedicada a lo que él mismo llamó "la teología del cuerpo" ha abierto muchos horizontes a la reflexión teológica
En una primera reflexión sobre el relato del Génesis acerca de la creación del hombre, cabe destacar la pertenencia del hombre al mundo de los "cuerpos". Nuestra condición tiene una referencia básica a la materia que no puede ser ignorada nunca. El dualismo de corte neoplatónico y, más tarde, cartesiano nos aleja de nuestra propia realidad y altera profundamente el mensaje cristiano. Pero, al mismo tiempo, hay que destacar nuestra excedencia, por el alma o por el espíritu, con relación a los cuerpos. Por su inteligencia y su voluntad el hombre está abierto a la infinitud del Ser, de la Verdad, de la Bondad, de la Belleza. Si no hubiera sido por el pecado, el hombre es amigo natural de Dios . Lo más propiamente humano, lo que le distingue de los animales, es su capacidad de transcender el tiempo y el espacio para situarse en la esfera nocional y volitiva de lo eterno y de lo eviterno. El hombre tiene capacidad natural de situarse espiritualmente (en el sentido estricto del término, no en el sentido estrictísimo de lo "espiritual" como lo originado por el Espíritu Santo de modo inmediato), tiene capacidad espiritual, repito, de transcender el espacio y el tiempo de los cuerpos.
Una segunda reflexión nos lleva a verificar que hay una dimensión del hombre distinta de la naturaleza, y esa dimensión es lo personal, como apertura a otras personas (en primer lugar, a Dios), como vocación a ser persona frente a otras personas, a ser para otras personas, a vivir en comunión con otras personas. Esta dimensión relacional del esse humanum es tan sólida y tan radical como lo puede ser el esse substantivo: es claramente mucho más que el mero esse ad predicamental (19). Incluso, si tenemos en cuenta el origen de cada persona humana por creación y por la regeneración sobrenatural, hay que mencionar otra dimensión relacional esse ex que también es constitutivo de la persona: somos substantivos, pero lo somos ex Deo per alios y estamos llamados ad Deum per alios.
Nos falta ciertamente una antropología más personalista para expresar mejor la Revelación cristiana. Lo ha señalado el Papa y con él muchos otros pensadores. Recientemente lo ha señalado Julián Marías: "Los conceptos de perikhóresis o circumincessio (o circuminsessio) son problemáticos desde los conceptos de naturaleza, sustancia, subsistencia y los relacionados con ellos. ¿No valdría la pena partir de la noción de persona –sobre la cual tan poco se ha pensado- que nos es accesible, la humana? Frente a la impenetrabilidad de los cuerpos que enseña la física, referente a las cosas, se impone la evidencia de la interpenetración de las personas, que nos muestra la experiencia inmediata y cotidiana cuando no cerramos los ojos a la realidad en nombre de una teoría. Lo mismo puede decirse de la extraña "habitabilidad" mutua de las personas, sin la cual no se entiende la vida de todos nosotros en su indiscutible inmediatez.
Este podría ser el punto de partida –Nada más- para trasladar, por vía de eminencia a la Divinidad lo que es evidente cuando nos referimos a lo que somos, las personas humanas. Puede haber ciertamente dificultades teológicas para pensar el misterio de la Trinidad: sobre todo si la teología se aferra a conceptos inadecuados, de origen ajeno al cristianismo, y se enreda en ellos. No se puede pensar a Dios como "Ser Supremo" escasamente personal, en el fondo deísta; es necesario intentar pensar personalmente a Dios, con todos los recursos de que disponemos; si se mira bien, algunos son muy recientes, y ello no es motivo suficiente para renunciar a ellos. Es menester la incorporación de lo personal a la perspectiva cristiana" (20).