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EL CAMINO HUMANO AL DIOS TRINO (Joseph Schumacher)

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EL CAMINO HUMANO AL DIOS TRINO

La revelación no se da por razón de sí misma, sino para nuestra salvación. Lo mismo se puede decir respecto al misterio de la Trinidad. Para nosotros es «fundamento vivo del acercamiento a Dios y relación viva del hombre con Dios».

Por Joseph Schumacher * 

a) El «Dios de los filósofos» es el mismo Dios que se automanfiesta tripersonal
b) Un intento de ilustración del misterio.
c) La Trinidad en la vida del cristiano

La fe católica no está colgada en el aire. Es un don de Dios, viene de lo alto, es una luz divina, pero que Dios infunde en el entendimiento humano, no en contra o al margen de su actividad,  sino involucrando su capacidad intelectiva y racional. La razón sola no basta para creer en Dios, pero es suficiente para conocer su existencia, algo de su naturaleza y la posibilidad de una revelación diivna.
 
            Por la pura reflexión alcanzamos sólo la cara externa de Dios. Llega­mos a Dios en cuanto que es el punto final de la relación, partiendo de los objetos del mundo. Si se llega a El partiendo de las obras de la crea­ción, sólo se le reconoce de forma oscura, pues las cosas finitas, que abren o posibilitan el acceso a la existencia de Dios, son sólo un débil reflejo del Creador. Pero al menos reconocemos que es más que una difusa causa del mundo, más que una nebulosa alma del mundo; que tiene conciencia de sí mismo y voluntad libre. Experimentamos más de El por su autorre­velación en el Antiguo y el Nuevo Testamento, donde se ha ido abriendo a la humanidad de forma progresiva en la historia.

En la cuestión de Dios se encuentran, por tanto, la filosofía y la revelación. Así, el Dios de los filósofos se convierte en el Dios de la fe. El «être supreme», el ens a se, el actus purus se ha comunicado al mundo, buscando la comunión con el hombre. Una tal comunicación de sí mismo es posible porque el Ser supre­mo, el numen divinum, tiene carácter personal.

Al atribuir a Dios este carácter personal, tenemos ‑‑por supuesto‑‑ que abstraer toda imperfección inherente a la persona tal como se presenta en nuestro ámbito experiencial. Esto no debe sorprender, pues toda afirmación que hacemos sobre Dios es imperfecta, de tal modo que la disimilitud de lo afirmado es siempre ma­yor que la similitud en comparación con la inexpresable realidad.

Como ya el Antiguo Testamento, también el naciente cristianismo se decidió a favor del Dios de los filósofos, contra los dioses de las religiones; a favor del logos y contra el mythos. La primera acción misionera cristiana no se apoyó en el mundo de las deidades del entorno pagano, no identificó el Dios de los cristianos con el dios supremo de los paganos, sino que re­chazó de forma categórica los dioses paganos. Desechó con decisión todo el cosmos de las religiones antiguas, considerándolo engaño y trampa. La joven cristiandad consideró como único punto de enlace posible para su predicación aquel Dios del que hablaban los filósofos, a pesar de que era abstracto y no se le podía rezar..

Sólo dejó vigente el Dios de los filósofos y eso a pesar de que en la Antigüedad no tenía importancia religiosa y estaba considerado como una realidad extrarreligiosa, por lo que para la predicación del Evangelio fue una carga e incluso un escándalo. Si la mi­sión de la primera cristiandad empezaba por el Dios de los filósofos, esto --en el modo que la época tenía de entender la religión-- era en realidad un rechazo de la religión. También por eso se acusó a los cristianos de ateísmo. Como ya en Israel, también entre los primeros cristianos rei­naba la convicción de que era el Dios de los filósofos el que se había co­municado en la revelación, el que --más adelante, a la luz plena de la reve­lación de Cristo-- sería reconocido como el Dios trino. Esto significa que el camino hacia el Dios trino comienza legítimamente por el Dios uno. En el principio está la esencia divina, en la realidad y en la teoría del cono­cimiento, como objeto del conocimiento racional y de fe, mientras que el conocimiento de la Trinidad intradivina supone una profundización en el conocimiento de Dios, que se va desarrollando de forma progresiva en la historia de la revelación.

Por ello, es desacertado mantener la opinión de que la postura contraria al ateísmo no es el teísmo sino la doctrina sobre la Trinidad, que el teísmo no es menos defendible que el ateísmo, o que al ateísmo moderno no se le podría hacer frente con el monoteísmo filosófico, si sólo con la doctrina cristiana sobre la Trinidad. El hablar de la «herejía del teísmo» es, por lo tanto, erróneo, tanto desde la Escritura como el contexto de la teología católica, aunque es comprensible si se duda del ordenamiento interno entre el conocimiento natural y el conocimiento la fe y no se acierta a comprender con claridad la relación entre naturaleza y gracia, o si uno se resigna frente a la metafísica. En realidad, todo ello acaba en el fideísmo.

Es indudable que frente al ateísmo moderno se puede hablar del Dios trinitario, haciendo también alusión a la autorreveleación del Dios trino, pero esto no le dice mucho a quien niega a Dios, sobre todo si fundamenta racionalmente su rechazo de Dios. El camino del teísmo al Dios trino está legitimado no sólo por la historia de la salvación, por la predicación de los primeros cristianos, sino también por la razón.

Deducible de forma racional es sólo el Dios Uno, no el Dios Trino Con la razón llegamos sólo al Dios Uno y a su condición personal, pero no a las tres Personas. Por ello, ante la razón sólo podemos justificar Dios Uno y personal, no el misterio del Dios Trino. Sólo podemos mostrar de forma negativa que el misterio revelado no contradice a la razón pues lo que contradice a la razón no puede existir. Todo lo que es contradictorio no puede ser real. Esto es válido en el orden natural y también en el sobrenatural. Con la razón llegamos sólo a la naturaleza divina, que tiene que estar estructurada de forma personal. Esto tiene que ver con el hecho de que estamos procediendo desde los efectos a la causa, ascendiendo desde la creación visible al Creador invisible, pero la creación no es obra de una de las tres Personas, que siempre actúan de forma conjunta en las obras de Dios hacia fuera.

 Por ello, a partir de realidades ternarias, de «trinidades» que resultan muy comunes en la mitología, en la creación y en la historia de la salvación y que informan toda la cultura humana, no se puede deducir el Dios Trino. Pero sí pueden ser entendidas como una cierta analogía del Dios Trino, como una imagen admirable incluso, pero no como efecto del que fuera posible deducir las relaciones intratrinitarias en Dios. Sólo el creyente está capacitado para reconocer en esas realidades un reflejo del Ser in­creado de Dios.

 El Dios Uno es objeto de la teología natural. Podemos llegar a El a través de las huellas que ha dejado en su obra, en la creación; esto no se cree, sino que se sabe. El estudio sobre el Dios Trino, por el contrario, forma parte de la teología sobrenatural, que tiene la fe como condición previa. Por eso, «sabemos» (tenemos conocimiento racional) del Dios de los filósofos, y «creemos» (tenemos conocimiento de fe) en el Dios de la revelación. En esta materia los conceptos han de ser muy claros, aunque en muchas ocasiones se echan en falta incluso en escritos teológicos, y no digamos ya en la predicación.

 Una deducción racional del Dios Trino convierte el primer y básico misterio de la revelación en un objeto de saber racional; lo malentiende en forma racionalista e identifica el orden sobrenatural con el natural, con­virtiendo así la teología en filosofía, y destruyendo el carácter misterioso de la revelación. Así sucede en Georg Friedrich Wilhelm Hegel (+ 1831) cuando, en base a la secuencia tesis‑antítesis‑síntesis, explica en su teología filosófica la Trinidad desde la vida del espíritu absoluto, que se convierte a sí mismo en objeto contraponiéndose de este modo a sí mismo, pero su­perando luego esa contraposición en el amor y haciéndose así realmente idéntico consigo mismo. Hacia una cierta explicación racional del miste­rio de la Trinidad se dirige también el pensamiento de Paul Tillich (+ 1965), cuando ve en la Trinidad un símbolo real de la vida perfecta, que sólo puede desarrollarse en polaridades y tensiones polares.

 El racionalismo, que quisiera reconducir la fe al raciocinio, que quisiera hacer plausibles los misterios de fe, camina hoy en relación al misterio de la Trinidad por otras vías, retomando el viejo modalismo y reduciendo las tres Personas a tres modos de revelarse de Dios o a una triple experiencia de Dios. En ese caso, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo pasan a ser idénticos; el hablar de un Dios Trino se convierte en un discurso simbólico, sin fundamento real. Y si la teología científica corre el riesgo del modalismo, a la fe del pueblo se le presenta más bien la tentación del triteísmo, que falsifica también gravemente el misterio trinitario. En un ca­so se acentúa exageradamente la unicidad de Dios, con lo que peligra la verdad de la tripersonalidad de Dios; en el otro, se acentúa sobremanera la Trinidad en Dios, con lo que peligra la verdad de la Unidad.

[Omitimos los puntos 3, 4 y 5]

6. Un intento de ilustración del misterio

 Aun después de revelada, la Trinidad sigue siendo incomprensible inexplicable en su existencia y su naturaleza, aunque el «qué» es aún más incomprensible que el «cómo». La doctrina de la Iglesia sobre el Dios Trino es un rechazo de la disolución racionalista del misterio de Dios. Subraya que sólo podemos hablar adecuadamente de Dios «si prescindimos de querer comprender y aceptamos que sea el Incomprensible».  Ni la existencia ni el contenido de este misterio puede ser deducido o postulado. Ahora bien, la razón iluminada por la fe puede aclarar un poco la oscuridad y llegar a una cierta comprensión del misterio. El Concilio Vaticano II habla de aliqua mysteriorum intelligentia, designándola como fructuosísima. No cabe duda de que los intentos filosóficos y teológicos par explicar el misterio trinitario tienen el peligro de naturalizar la verdad sobrenatural de fe.

 Ahora bien, intentar una intelección del misterio, en Ia medida de lo posible, es legítima y necesaria. La razón iluminada por la fe tiene que comprender y expresar el verdadero sentido del dogma, mostrando el misterio y defendiéndolo frente a las dificultades que contra su realidad se formulen.

 De dos formas es posible el acercamiento al misterio trinitario. Se puede reflexionar a partir de su desarrollo bíblico o intentar entenderlo partiendo de la doctrina trinitaria desarrollada en la Iglesia. En un caso se considera el misterio inductivamente, tal como se presenta a nuestro conocimiento; en el otro, se intenta penetrar de forma intelectual en él, deducti­vamente. De acuerdo con esto podemos hablar de una reflexión trinitaria histórico‑salvífica o económica, por una parte, y de una reflexión inmanente o intradivina, por otra. La reflexión trinitaria inmanente desarrolla el misterio de arriba abajo o de dentro hacia fuera; la económica, de abajo arriba o de fuera hacia dentro. Hoy en día, en consonancia con el escepti­cismo frente a la especulación y los razonamientos deductivos abstractos, se prefiere la segunda vía. Sólo la Trinidad económica es la inmanente. No tendría sentido que Dios se revelara como trino en la historia de la salvación, sin que esta Trinidad manifestada hacia fuera careciera de correspondencia en el interior del ser divino, es decir en la vida inmanente de Dios. Si Dios se ha revelado en tres Personas, entonces también existe en sí en tres Personas, con independencia de su revelación y anteriormente a ella. Dios es tal como se muestra.

 Mientras que la unidad en Dios hace referencia a la sustancia o naturaleza de Dios, la multiplicidad consiste en las relaciones que a su vez im­plican las Personas. Pero la relación divina no es algo en la persona, tal como sucede en el mundo creado, sino que la relación es la Persona y la Persona es la relación.

 Al hablar de la Trinidad se mencionan dos procesiones intradivinas. El término «procesión» se relaciona con Jn 8, 42 y 15, 26, donde se habla de los envíos del Hijo y del Espíritu Santo al mundo. Estos envíos en el tiempo se consideran como imágenes de los eternos procesos inmanentes en Dios, cuyos sujetos en sentido activo y pasivo son las Personas divinas y, sin embargo, no lo es la naturaleza divina.

 La segunda Persona divina procede por vía de generación, la tercera por vía de espiración. También estos términos hacen referencia a la Escritura o a los términos con los que designa a las Personas. El engendrar el Padre al Hijo es puramente intelectual, un acto de conocimiento, un engendrar eternamente intelectual, en que el Padre se conoce a sí mismo. Y si el engendrar del Hijo es un acto de conocimiento, la espiración del Espíritu ex Patre Filioque es un acto de amor. Por ello, al Hi­jo también se le llama Verbum; y al Espíritu amor, caritas, dilectio, vincu­lum amoris, osculum amoris.

 Por medio de las procesiones se distinguen en Dios tres relaciones reales y opuestas entre sí, que constituyen las Personas, concretamente la paternidad, la filiación y la espiración pasiva. Es decir, la distinción real existe en Dios sólo por las relaciones, que constituyen las diferentes Personas. Las Personas divinas y la esencia divina son realmente idénticas, pero virtualmente diferentes. En cuanto a la naturaleza, las tres Personas son iguales entre sí, y son distintas en cuanto a la relación. El dogma trinitario expresa que la una y única naturaleza divina subsiste en tres Personas, Padre, Hijo y Espíritu.

El misterio de la Trinidad tiene sus más profundas raíces en la revelación de Cristo. El misterio del Dios Trino y el misterio de Cristo no pueden ser separados entre sí. La doctrina trinitaria se convertiría en una fórmula vacía si Jesús fuese tan sólo un hombre. Si Jesús no es Hijo de Dios en sentido metafísico, la doctrina trinitaria pierde su sentido. Es la cifra del Dios incomprensible.

 El 21 de febrero de 1972, la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó una Declaración para salvaguardar la fe en el misterio de la encarnación del Hijo de Dios y de la Trinidad divina. Se advierte de nuevo en ella que el misterio trinitario está inseparablemente unido con el de la encarnación y que si no se aceptan ambas verdades, toda la doctrina revelada peligra.

 El misterio de la Trinidad y el misterio de la Encarnación constitu­yen el núcleo de la revelación cristiana. Si los cristianos están unidos con los judíos y los musulmanes en la confesión del Dios Único, la realidad personal trinitaria de ese Dios expresa lo diferencialmente cristiano de la imagen divina. Con razón hace notar Karl Barth (+ 1968) que la doctrina sobre la Trinidad es la que caracteriza como cristiana a la doctrina cristiana sobre Dios, distinguiéndola de las religiones. A pesar del escepticismo del protestantismo frente a la teología trinitaria y frente a la formulación conceptual del dogma, también para él tienen vigencia las palabras de Brunner: «El problema trinitario está planteado desde la Biblia y es tarea de la reflexión teológica resolverlo, en la medida en que sea posible hacerlo». Es significativo que el Consejo Mundial de las Iglesias, en su fórmula básica de 1948, vea la fe en la Trinidad como el vínculo de unión de las diversas Iglesias que lo componen, si bien esta determinación hoy ya no tenga en la práctica importancia. El Papa Juan Pablo II subraya en un documento del 25 de marzo de 1981 con ocasión del XVI Centenario del I Concilio de Constantinopla que el Símbolo Niceno‑constantinopo­litano es expresión de la fe común de toda la cristiandad. En teoría, es­to sigue siendo en buena medida así para las diferentes denominaciones cristianas, aunque en la práctica el significado del dogma trinitario a menu­do es mínimo.

 
7. La Trinidad en la vida del cristiano

 La revelación no se da por razón de sí misma, sino para nuestra salvación. Lo mismo se puede decir respecto al misterio de la Trinidad. Para nosotros es «fundamento vivo del acercamiento a Dios y relación viva del hombre con Dios». Se trata de la unión del bautizado con el Dios Trino, se trata de entregarse y unirse a El. A la luz del misterio de la Trinidad reconocemos que Dios en sí es comunión, encuentro interpersonal y que se acerca al hombre, incorporándolo a su Vida. El dogma trinitario nos muestra que el Dios cristiano es en lo más profundo de su ser vida y amor. Dios vive en comunión y hace de ella un don, que da fundamento a la comunión entre los hombres. El que es en sí mismo vida y amor, lo quiere ser también para nosotros. Su vida y su amor son su felicidad, a la que quiere incorporar también a los hombres.

 El hecho de que la vida divina sea comunión en el amor permite comprender, desde la fe, que Dios revele ese amor también hacia fuera, en la creación del mundo y del hombre y en la redención. No significa esto que la obra creadora y la obra de la redención hayan tenido que realizarse necesariamente. Si Dios es vida ya en sí, es más comprensible para nosotros que busque y tenga una relación viva con el mundo. De esta manera se hace también comprensible que haya dispuesto amorosamente la partici­pación del hombre en la vida divina.

 El dogma de la Trinidad nos dice que Dios no vive en sublime soledad, sino en diálogo. El Dios Uno tiene una existencia dialógica o, mejor dicho, trialógica. Dado que en sí es comunidad, ha creado también al hombre, imagen suya, como un ser ordenado a una vida con los demás. A la luz de la Trinidad reconocemos que la persona como tal no es una mónada cerrada, «que se realiza en ser un yo aislado», sino que es «también una referencia espiritual hacia un tú», que encuentra su superación últi­ma en un nosotros que va más allá del yo y el tú. La persona depende de la sociedad, del mismo modo que ésta a su vez vive de la persona. Cuanto más se abre a una relación abierta hacia los demás tanto más se enriquece la persona interiormente. La ordenación mutua de persona y comunidad está prefigurada en el misterio de la Trinidad. De ahí recibe también su relevancia la relación de individuo y comunidad en la Iglesia. La Trinidad marca «la existencia eclesial como existencia de un pueblo, de una comunidad». Como enseña el Concilio Vaticano II: «La Iglesia toda aparece como el pueblo reunido en la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo».

 En el misterio trinitario se ilumina el misterio de la encarnación, que, a su vez, desde el punto de vista de nuestro conocimiento, es el punto decisivo en el desarrollo de la doctrina de la Trinidad. En la humanidad glorificada del Resucitado ha sido admitida la naturaleza humana en la vida trinitaria de Dios, del mismo modo que en el misterio de la encarnación Dios mismo asumió la condición humana. Todo el que participa por la gracia en la vida gloriosa de Cristo, participa también misteriosamente en la relación de Cristo con el Padre. Pero esta realidad de orden ontológico lleva consigo también una llamada. El indicativo del ser se convierte en el imperativo del deber ser. Quienes han sido elevados a participar de la filia­ción del Hijo tienen que comportarse como hijos de Dios. De acuerdo con la Carta a los Filipenses 132, esto supone ante todo obediencia como ex­presión del amor, de un amor cuyo paradigma es la muerte de Cristo en la Cruz. El amor alcanza su perfección, por tanto, no en el puro afecto o en el sentimiento, sino en las obras. Y el amor a Dios y el amor al próji­mo están íntimamente relacionados. El creyente sabe que debe recorrer el camino hacia el Padre a través de Cristo en el Espíritu Santo, y que sólo así podrá recorrerlo.

 La respuesta de fe a la revelación de las tres Personas divinas es la adoración y oración al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo. Es el moti­vo central de la liturgia. Una y otra vez resuena el «Gloria Patri» en la oración de la Iglesia; por él comienzan nuestra liturgia y nuestras oraciones, como deberían comenzar también por él nuestros quehaceres diarios: en el nombre del Dios Trino.

 8. Sintesis y perspectivas

Si no se tiene suficientemente en cuenta el misterio de la Trinidad; si no se reconoce su importancia para la salvación; si se desprecia la teolo­gía trinitaria del Nuevo Testamento como una «teología de tercera»; si se considera el misterio trinitario sólo como una «fórmula helenista» (rela­cionada quizás con las «deidades ternarias» conocidas desde «Roma y Grecia hasta la India y China»); si esta verdad de fe va diluyéndose más y más en la corriente de secularización...; entonces, cuando todo eso sucede, la fe cristiana está perdiendo lo que le es más específico y su fundamento más profundo. Si Jesús no es más que un hombre bueno que ha fraca­sado o un profeta enviado por Dios, o un hombre con una ejemplar relación con Dios o un simple «administrador de Dios», entonces el misterio de la Trinidad resulta superfluo. Y del mismo modo la desapari­ción de este misterio deja sin sentido la preexistencia de Jesús y su condi­ción divinal. Algunas reinterpretaciones actuales de la doctrina sobre la Trinidad, acaban en el fondo en el viejo modalismo.

Ante la tendencia de ver a Jesús como un hombre corriente, o de ima­ginar al Espíritu Santo como un poder de Dios, la tentación real es la del modalismo, y no la del triteísmo o del subordinacionismo. El modalismo ca­sa bien con la tendencia de reinterpretar la fe cristiana de modo racionalista.

 El Dios trinitario no es distinto del Dios de los filósofos. Es la base y fundamento de la realidad, Causa prima, Ens a se, Actus purissimus, Ipsum esse. La negación de esta verdad significaría un regreso al mito. Desde el punto de vista histórico y gnoseológico, el Dios Trino está al final, no al principio. En primer lugar fue revelada la naturaleza divina y sólo después se manifestaron las Personas divinas. El Dios de la revelación es idéntico con el numen divinum al que puede llegar el espíritu del hombre. Nada puede haber en El que contradiga a la razón, ni es afectado por ninguna de las Imperfecciones creaturales. En la revelación se nos muestra en su misterio, pero también, y sobre todo, como un Dios para los hombres, cu­ya realidad de ser y de amor se encuentra infinitamente por encima de la razón, pero nunca contra ella.

 
* Extracto de Arvo Net de «El hombre moderno y su camino hacia el Dios Trino»,
en  SCRIPTA THEOLOGICA, vol XXIV-fasc 3, 1992, pp. 965-991

Enviado por Scripta Theologica vol XXIV-fasc 3, 1992, pp. 965-991 - 21/05/2005 ir arriba
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