Por Tomás Melendo*
Arvo Net, 1.12.06
1. Amor y
sexualidad
a) La sexualidad, creadora por amor
Al abordar el análisis del ejercicio
de la sexualidad, tal vez convenga repetir que:
+ lejos de esas visiones
empobrecedoras que pretenden reducirla a mera
genitalidad o a sentimentalismo o difuso o apasionado,
+ lejos también de las aberraciones
que tienden a animalizarla mediante representaciones
gráficas de varones o mujeres con denigrantes y
provocadoras posturas infrahumanas,
+ la caracterización fundamental de
la sexualidad, desde el punto de vista que ahora nos
ocupa —el de su ejercicio— puede
realizarse mediante dos afirmaciones.
· Por un
lado, se configura como una participación inefable en el
poder creador e infinitamente amoroso de Dios;
algo, por tanto, que nos identifica notablemente con Él
y nos torna más amables y más amantes.
· Por
otro, compone un medio privilegiado, tal vez el más
específico, para despertar, instaurar, acrecer,
consolidar, madurar y hacer fructificar (los verbos no
están escogidos al azar) el amor entre un varón y
una mujer precisamente en cuanto tales, en cuanto
sexuados.
b) ¿Cuestión de prioridades?
Y no es que una caracterización
preceda a la otra ni, mucho menos, que se sitúe al
margen de ella o simplemente se le yuxtaponga. Ni
siquiera que estén coordinadas.
Muy al contrario, existe una íntima
conexión entre la sexualidad como participación en el
infinito amor creador de Dios y su condición de medio
para instaurar relaciones también amorosas entre varón y
mujer.
Y si hubiera que sugerir alguna
prioridad, esta correspondería a lo señalado en segundo
término.
Con otras palabras: la sexualidad
puede configurarse como trasunto del inefable Amor de
Dios, que crea a cada hombre para encaminarlo hacia
la dicha sin fin en el interior de Su propia vida
felicísima, porque es capaz de establecerse como acto y
expresión portentosos del amor humano, y no a la
inversa.
Según explica Caffarra, «…el hecho de
que la sexualidad humana esté en condiciones de dar
origen a una nueva vida humana se debe, a su vez, al
hecho de que la sexualidad está en condiciones de poner
en la existencia una comunión de amor».
· Me
interesa subrayar este extremo, porque con relativa
frecuencia se ha pretendido que la tradición católica
reduce la sexualidad a mero instrumento de procreación.
Y no es así.
+ Sin duda, frente a cierta
mentalidad difundida en nuestros días, contribuir a la
venida al mundo de una nueva persona constituye una de
los más grandes prodigios que el varón y la mujer pueden
llevar a cabo.
De nuevo con palabras de Caffarra:
«El que una persona comience a existir constituye sin
duda el mayor acontecimiento del universo creado,
después de la Encarnación del Verbo».
+ Pero semejante posibilidad se apoya
a su vez en la aptitud de la sexualidad para instituir
entre ambos una sublime relación de amor: es el amor
el que hace posible la fecundidad, y no al contrario.
Veamos por qué.
c) Toda persona es un fin, término
del amor humano…
Aunque tal vez se quedara un poco
corto, el viejo Kant acertó al sostener que ningún ser
humano debe nunca ser tratado como simple medio, sino
siempre también como fin.
Con palabras más certeras, quiere
esto decir que la única actitud definitivamente adecuada
respecto a una persona, a cualquiera, es la de amarla,
buscando su bien.
A ello he apuntado tantas veces al
sostener que todo hombre es término de amor. En las
circunstancias que fuere, si no lo amo, si no persigo su
bien de manera decidida, estoy atentando contra él,
mancillando su dignidad. Siempre.
Con todo, hay momentos en una
biografía donde esa exigencia se torna más perentoria.
+ Por ejemplo, cuando el cónyuge, un
hijo o un amigo vuelven a uno, arrepentidos por la
injuria más o menos grave que le hayan podido infligir…
o por cualquier barbaridad llevada a cabo.
+ En esa coyuntura, más conforme
mayores fueran la afrenta y el arrepentimiento, nuestro
amor hacia quien viene a nosotros debe alcanzar cotas
que rozan con lo inefable:
- ante un alma compungida que se
acerca en busca de perdón, deberíamos incrementar
nuestro cariño hasta el punto de que, con un deje de
metáfora que no aleja sin embargo de la auténtica
disposición interior,
- la única actitud coherente sería la
de acogerla de rodillas.
+ Algo muy similar ocurre en las
cercanías de la muerte o en el momento de contraer
matrimonio: resultaría vil y canallesco que en tales
circunstancias nuestra conducta incluyera algún móvil
distinto del más acendrado amor. Y lo mismo podría
sostenerse de casos análogos.
· Pero si
existe un instante privilegiado en que las disposiciones
amorosas han de llevarse al extremo, este es
precisamente el de la concepción, condición de
condiciones de todo desarrollo humano, justo por estar
situada en su mismo inicio.
De ahí que: cualquier modo de dar
entrada al mundo a un hombre que no sea el explícito
y directísimo acto de amor entre un varón y una mujer
constituya, con independencia absoluta de las
intenciones subjetivas y de la imputabilidad de la
acción, una afrenta grave contra la dignidad de la
persona a la que se va a otorgar la vida.
d)… y más todavía del Amor de Dios
A la misma conclusión cabe llegar
desde un punto de vista complementario. Lo
definitivamente decisivo en la irrupción al mundo de una
persona humana es el infinito Acto de Amor con el que
Dios, volcándose absolutamente sobre ella, le confiere
el ser.
+ Con lenguaje figurado, ese Amor
insondable es el «texto» con que se escribe la
concepción de una nueva vida personal.
+ Y el único «contexto» proporcionado
a ese Amor sin límites es justo un también exquisito
acto de amor entre los hombres: a saber, el que dentro
del matrimonio llevan a término un varón y una mujer
cuando se entregan en una unión sin reservas, abierta a
la fecundidad.
·
Cualquier otro procedimiento provoca una ruptura
insalvable y desgarradora entre «texto» y «contexto»,
por seguir con la imagen utilizada, y, por ese motivo,
atenta contra la nobleza de quien se pretende engendrar.
+ De ahí la atrocidad de las tácticas
que aspiran a sustituir la maravillosa
expresión del amor sexual entre varón y mujer por un
acto de dominio técnico sobre la persona que ha de ser
procreada… y la radical ilicitud de todos estos
procedimientos.
+ Pero de ahí también que, aunque
cualquiera de estas prácticas se opongan materialmente a
la grandeza de quien va a ser concebido,
- la dignidad de esa persona quede
radical y absolutamente salvada, ¡plenamente intacta!,
- por el inconmensurable Amor de Dios
en virtud del cual siempre (fecundación artificial
homóloga o heteróloga, cualquier otro procedimiento de
instrumentación genética, eventual clonación…) la
persona recién engendrada entra en el banquete de la
existencia.
Ese Amor divino —el «texto» de
nuestra metáfora— sana de raíz las circunstancias y
disposiciones más adversas, de modo que la persona
surgida por los medios menos convenientes posee una
dignidad absoluta… como fruto inmediato de la
amorosa acción divina creadora.
Se entiende entonces que San Agustín,
en uno de los más entrañables momentos de sus
Confesiones, elevando su corazón a Dios, le dé
gracias sincerísimas por su hijo Adeodato, surgido como
se sabe de una relación extramatrimonial «…en la que yo
—confiesa el santo— no puse sino el pecado».
e) El amor es siempre «lo primero»… y
lo más definidor
Pero hay más.
· Incluso
en el propio Dios podría afirmarse que al crear a
cualquier persona humana el Amor precede en cierto modo
a Su poder infinito: que es el Amor el que «pone en
marcha» tal Poder.
+ Dios crea porque ama, porque
quiere comunicar su bien, en una medida inimaginable, a
esas realidades a las que pretende conducir hacia una
plenitud y una felicidad sin límites: a las personas.
+ Por eso, al asociar a los hombres
al surgimiento de lo que representa el fin de su obra
creadora —el incremento del número de personas
destinadas a gozar de Él por toda la eternidad—, la
sexualidad se relaciona más directa e íntimamente con el
Amor que con el vigor creador… aun cuando la manera de
expresarnos sea muy imperfecta y necesariamente
traicione la simplicidad de la Vida y del Obrar divinos.
· Y algo
similar hay que afirmar respecto a la actividad humana.
+ En contra de una opinión muy
extendida en otros tiempos y de la que todavía quedan
residuos, debe sostenerse sin reparos que la sexualidad
entre los hombres se liga de manera inmediata, primaria
y formalmente, a la posibilidad de establecer entre
ellos relaciones auténticas de amor.
Como explica Marta Brancatisano, «…
en el ethos social del pasado (tomado
superficialmente en bloque), la unión sexual era
considerada más en su función social de reproducción que
como el aspecto peculiar de la relación entre los
cónyuges: es decir, ese modo especialísimo mediante el
que la mujer y el varón se comunican una vida nueva,
entran en una dimensión de unidad, capaz de darles
mutuamente una existencia que los conduce —juntos y en
reciprocidad— a descubrir en plenitud el sentido de la
vida.
La relación de amor, factor de
crecimiento y realización del ser humano, pasaba a un
segundo plano, y de esta suerte, también la dimensión de
la unión mutua, dejando al varón y la mujer a la deriva
de un destino dividido, que podría sintetizarse, para la
mujer, en una maternidad vivida en ausencia —o en una
presencia muy marginal— del padre y compañero, y para el
hombre en el trabajo y en el compromiso social».
+ Y como todo amor es fecundo,
efusivo, creativo…, y como aquel que pone en juego las
dimensiones genésicas goza de una fecundidad peculiar,
capaz de introducir en el mundo un nuevo ser humano…,
- más que un objetivo que se busque
de forma expresa, aunque de ningún modo pueda
lícitamente rechazarse,
- la procreación es la
consecuencia natural y al tiempo gratuita
del amor inter-sexuado.
Con expresión decididamente poética y
femenina, lo afirma también Brancatisano: «En este
sentido la llegada de un hijo es el hecho más natural y
sobrenatural que pueda existir. Cuando amamos, rebosamos
de vida, somos creativos: deseo de hacer, de emprender,
que vence las dificultades, el dolor y el miedo. Es
imparable como el viento, al que no puedes detener
cerrando las verjas».
Por eso, la categoría constitutiva y
la calidad existencial de la sexualidad y de su
ejercicio —¡su grandeza y su belleza!— se encuentran
determinadas por la relación que, en sí misma y en cada
acto concreto, instaure con el amor (humano y, a
través de él pero como incluido en su misma naturaleza,
con el divino).
· Cuanto
mayor sea el amor del que deriva la unión y el que se
establece en ella, más fabuloso y bello es el ejercicio
de la sexualidad entre los esposos.
Dentro de este contexto, no es
difícil advertir que la sexualidad, profundamente
considerada, «se resuelve» en amor: que toda su valía y
su maravilla derivan del amor al que sirve de vehículo y
al que ayuda a crecer.
f) Todo por amor… también las
relaciones íntimas
Que el ser humano es amor lo he
apuntado ya, en este y otros escritos y desde distintas
perspectivas. Pero ahora querría hacer una
puntualización hasta el momento solo implícita, que
muestra un interés especial para la plena comprensión de
la vida de relación íntima entre varón y mujer.
Según sostiene Víctor Hugo, «… Dios
es la plenitud del cielo; el amor es la plenitud del
hombre».
A primera vista, semejante afirmación
no puede sino despertar una cierta extrañeza.
+ Pues, en sentido estricto, Dios es
Todo el cielo, la perfección suma e indivisa, a la que
nada falta, origen de la más plena felicidad. No
obstante, en Él se incluyen asimismo —aunque
identificadas con el Ser divino, sin establecer
distinción ni ruptura alguna dentro de Él— la integridad
del cosmos infrahumano y de las personas, en especial
(la nuestra propia y) las que más hemos amado y más nos
han querido: toda la realidad.
+ De manera similar, también el amor
—como operación particular— es solo la
plenitud el hombre, lo más alto y noble que puede llevar
a cabo. Mas esto no quita que ese mismo amor constituya
en cierto modo «todo» el hombre, varón o mujer, por
cuanto uno y otra pueden hacerlo todo por amor y,
de este modo, «humanizar» o «personalizar» todas y cada
una de esas actividades o tareas.
En definitiva, este es el sentido más
propio en que el hombre, a pesar de su complejidad, es
amor:
a) por un lado, el amor es el ápice
del ser humano;
b) por otro, todo lo que realiza un
varón o una mujer obtiene validez propiamente humana en
la medida en que se relaciona con el amor: en cuanto,
in-formado por él —como antes veíamos—, es o se
convierte, en la acepción más propia de estos términos,
en un acto de amor.
De ahí, como sabemos, que a la hora
de establecer relaciones personales estrictas y
beneficiosas para nuestro interlocutor, la pregunta
clave sea siempre: lo que le propongo o sugiero,
le impido o prohíbo, el modo en que lo hago… ¿favorece o
impide que esa persona ame, que se olvide más de sus
propias ventajas y beneficios y esté más pendiente del
bien real de los otros?
Pues así hay que enfocar también
todo lo relativo a la sexualidad, modificando un
poco los términos de la cuestión, que podría quedar como
sigue: ¿con mi actitud o mi modo de obrar, consigo un
bien real para la persona a quien digo que
quiero?
Apuntaré ahora dos o tres detalles en
los que la relación amor-sexualidad se pone
particularmente de relieve y manifiesta la enorme
posibilidad de convertir el trato íntimo en un auténtico
medio para incrementar el amor entre los cónyuges.
2. La
manifestación específica del amor inter-sexuado
a) El amor humano se expresa
corporalmente
El primero de ellos podría resumirse
con pocas palabras: la fusión conyugal de los
cuerpos —cuando deriva de un amor auténtico— constituye
la más adecuada exteriorización visible de la unión y
del amor unitivo de esos espíritus encarnados que son el
varón y la mujer.
Con otras palabras: dentro del «lenguaje
amoroso del cuerpo» —del cuerpo como expresión de
la persona—, el abrazo conyugal íntimo compone una
privilegiada «palabra» de amor, tal vez la más
conforme con la naturaleza espíritu-corpórea y sexuada,
de dos sujetos humanos.
Así lo expone Angelo Scola: «El acto
conyugal, en efecto, consiste en la unión de los
cuerpos, que expresa, significa la unión de las
dos personas. Precisamente en cuanto unión de cuerpos
sexuados es unión de personas por razón del significado
sacramental del cuerpo. La expresión procede de las
célebres catequesis de Juan Pablo II sobre la teología
del cuerpo: "El cuerpo efectivamente, y solo el cuerpo,
es capaz de hacer visible lo que es invisible". En el
lenguaje del cuerpo humano, del que el acto conyugal es
una "palabra" fundamental, se expresa la totalidad de la
persona porque la trascendencia de la persona humana
está inscrita hasta dentro de su mismo cuerpo. De forma
que la unión de los cuerpos es signo (sacramento) de la
communio personarum, de la unión de las personas,
del hombre y la mujer».
· Para
entender mejor este asunto conviene recordar algo ya
visto. A saber:
+ la unidad intimísima que en el
hombre forman el alma y el cuerpo,
+ el carácter estrictamente personal
del cuerpo humano,
+ y la necesidad de que el amor, que
en fin de cuentas radica en la voluntad y de ella
dimana, se manifieste y complete a través de los
sentimientos y de los gestos que lo «encarnan» y llevan
a cumplimiento.
Entre los hombres, ningún amor es
pleno si no va acompañado de cariño, ternura, compasión,
consuelo…, así como de miradas afectuosas y comprensivas
y, cuando sea el caso, de abrazos, caricias, besos, etc.
Estas y otras manifestaciones
similares resultan imprescindibles no solo para
expresar, sino para despertar, establecer plenamente,
completar, incrementar y hacer fecundo el amor.
b) La más ceñida expresión de amor
entre varón y mujer
Pero no todas gozan de la misma
capacidad de llevarlo a cabo. Parece claro que, por muy
recta y sincera que fuere la intención de agradar de
quienes las ponen por obra, ni la palabra grosera o la
frase irónica ni el puntapié o la patada en la espinilla
son instrumentos aptos para exteriorizar y hacer más
total, hondo y jugoso el cariño entre dos personas.
¿Cuáles son, entonces, los gestos más
pertinentes?, ¿cómo pueden descubrirse?
· Tengamos
en cuenta que
+ la esencia del amor, el objetivo
que buscan los que se quieren,
+ es el de establecer la más estrecha
unidad recíproca posible: «fundirse uno en el
otro»… sin perder por ello su propia consistencia y
autonomía, sino, paradójicamente, consiguiendo de este
modo mayor un ser de mayor densidad y una individualidad
más pronunciada.
También ahora me animo a copiar unas
palabras de Alberoni: «El enamoramiento tiende a la
fusión de dos personas distintas, que conservan la
propia libertad y la propia inconfundible especificidad.
Queremos ser amados en cuanto seres únicos,
extraordinarios e insustituibles. En el amor no debemos
limitarnos, sino expandirnos, no debemos renunciar a
nuestra esencia, sino realizarla; no debemos mutilar
nuestras posibilidades, sino llevarlas a término.
También la persona amada nos interesa porque es
absolutamente distinta, incomparable. Y así debe
permanecer, resplandeciente y soberanamente libre.
Nosotros estamos fascinados por lo que ella es, por todo
lo que ella nos revela de sí. Por tanto, estamos
dispuestos a adoptar su punto de vista, a modificarnos a
nosotros mismos»… y, de esta manera, enriquecernos.
· Y
recordemos asimismo, tras las huellas de Bergson, que
+ la unión más honda es la que llevan
a término los seres vivos,
+ precisamente en cuanto expanden su
energía vital y la engarzan e inter-penetran con quienes
a ellos se unen:
- para comprobarlo, basta atender a
la diferencia de intensidad entre la cohesión de las
piezas inertes de un artefacto, que en el fondo es
extrínseca y meramente funcional —se limitan a
«funcionar» como uno—,
- y la mucho más íntima y real
compenetración que resulta en el ámbito de lo vivo: de
un injerto entre vegetales, pongo por caso, o del
trasplante de órganos en un animal o en un ser humano…
siempre que no sea rechazado; en estos casos, los
«antiguos elementos», no solo funcionan como,
sino que llegan a constituir una unidad:
¡a ser uno!
A la vista de ello, cabría formular
una especie de ley general:
Las acciones con las que los hombres
intentan sinceramente manifestar y hacer crecer su
cariño resultarán más eficaces en la medida en que mejor
realicen, con sus cuerpos, esa unidad viva que de
verdad anhelan sus respectivos espíritus.
c) Un buen apretón de manos
Desde esta perspectiva, y por poner
un ejemplo, el apretón de manos representa en nuestra
cultura un medio excelente para acercar a las personas.
Cada vez que realizo con sinceridad ese gesto:
+ mi mano —expresión en ese momento
de la vitalidad de toda mi persona— se adelanta,
manifestando mis disposiciones de unirme con mi
interlocutor;
+ además, se muestra disponible para
ser envuelta por la mano del amigo;
+ simultáneamente, rodea y se funde
con la de la persona a la que saludo de manera más o
menos intensa y vigorosa, en dependencia exacta de mi
modo de ser y, sobre todo y por encima de ello, de lo
que en realidad pretende mi espíritu.
Es decir, realiza en el plano
corpóreo la fusión que pretende la totalidad de la
persona y, en particular, su voluntad.
Por eso, un buen apretón de manos,
efusivo y no rutinario, constituye por sí solo una
instrumento eficacísimo para iniciar una amistad o para
consolidar la que ya estaba incoada.
Con una condición, ya apuntada: que
se trate de un gesto sincero, capaz de transmitir,
mediante el ardor entrañable del contacto entre las
manos, la vida y el amor que laten en los corazones de
quienes se saludan.
En caso contrario, como tantas veces
hemos experimentado, semejante acción no produce efecto
alguno e incluso, si advertimos un cierto fingimiento o
simulación o una intención oculta, puede llegar e
generar el sentimiento contrario: repulsa y repugnancia.
d) El abrazo sincero…
Pues bien: la cuestión es todavía más
clara en el abrazo.
En él, como escribe Barbotin, «mis
brazos se tienden hacia adelante y se abren para
prolongar mi lugar corporal; ofrezco un espacio vivo que
es mío, que soy yo, donde el otro está invitado a
entrar. El abrazo, cuyo significado culmina en la
unión conyugal, expresa la intención esencial del
amor: coincidir con el otro, crear entre ambos una nueva
unidad». Y, al manifestarla, añado yo, inevitablemente
la «realiza»: la aumenta, la consolida.
· La
pregunta clave es ahora la que sigue: ¿por qué, como se
nos acaba de decir, «la significación del abrazo culmina
en la unión conyugal».
Para contestarla conviene recordar
algo ya insinuado. A saber:
+ que el amor es una cierta vis
unitiva, una fuerza que origina comunión o
identificación… entre seres vivos y difusivos;
y
+ que los gestos corporales
manifiestan ese afecto en la medida en que realicen la
compenetración física viva y abierta a la
fecundidad, a la expansión.
e)… y la unión íntima
· Como
consecuencia, la cópula es capaz de representar y
realizar en proporción sublime la personal unión amorosa
por tres motivos:
+ El primero, porque en ninguna otra
manifestación sensible del cariño la penetración
recíproca de los cuerpos es más interna,
alcanzando tan íntima profundidad: te doy lo más mío y
personal que poseo, aquello que guardo en el fondo de mi
ser y que jamás daré a otro u otra.
+ Después, porque en ninguna otra
ocasión el espacio personal compartido es tan vivo,
tan inmediatamente en contacto con las fuentes de la
vida.
+ Por fin, y como culminación de los
anteriores, porque jamás como en el caso que estamos
considerando, las «porciones del propio cuerpo» puestas
en contacto —los gérmenes vitales— pueden llegar a
compenetrarse tan entrañablemente, y a identificarse,
hasta el punto de fundirse en una sola realidad
viva —el hijo, al que aspira naturalmente
la tendencia a la unión de los esposos—, que
sintetiza en un único sujeto el espíritu vital de los
padres.
Según explica Leclercq, «…el niño es
el fruto de la unión; es la bendición del matrimonio,
el fin de esta búsqueda de unidad que es la esencia
misma del amor. El amor que busca la unión debe
desear el fruto por el que se afirma y alcanza su plena
realización. Lo hemos observado ya; en el hijo, y solo
en el hijo, llegan los padres a la fusión completa, al
reunir el hijo en sí, en su personalidad única, la doble
personalidad de su padre y de su madre, fundidas en una
tal unidad, de una manera tan armoniosa, que no
solamente son inseparables de él, sino que ni siquiera
se puede discernir exactamente lo que procede de uno o
de otro».
También están llenos de fuerza estos
versos de Miguel Hernández, que además proyectan en la
totalidad del tiempo humano la unión viva de los
esposos:
«Para siempre fundidos en el hijo
quedamos: / fundidos como anhelan nuestras ansias
voraces; / en un ramo de tiempo, de sangre, los dos
ramos, / en un haz de caricias, de pelos, los dos haces.
/
[…] Él hará que esta vida no caiga
derribada, / pedazo desprendido de nuestros dos pedazos,
/ que de nuestras dos bocas hará una sola espada / y dos
brazos eternos de nuestros cuatro brazos. /
No te quiero a ti sola: te quiero en
tu ascendencia / y en cuanto de tu vientre descenderá
mañana. / Porque la especie humana me han dado por
herencia / la familia del hijo será la especie humana. /
Con el amor a cuestas, dormidos o
despiertos, / seguiremos besándonos en el hijo profundo.
/ Besándonos tú y yo se besan nuestros muertos, / se
besan los primeros pobladores del mundo».
·
Volviendo al resultado de la unión fecunda: el hijo,
¿cabe acaso una mayor «coincidencia con el otro»?, ¿es
pensable un modo más hondo y sublime de «crear una nueva
unidad»? ¿Se entiende, entonces, por qué, en cuanto
máxima expresión de la donación comunicativa, las
relaciones conyugales no desprovistas artificial y
voluntariamente de su significado natural «realizan»
un progresivo incremento del amor entre los esposos?
¿Se comprende también por qué me
atrevía a afirmar que, siempre que se configure como
manifestación auténtica de un amor auténtico,
el abrazo conyugal compone el instrumento más
adecuado —¡no el mayor!— para incrementar el amor
entre un varón y una mujer precisamente en cuanto tales?
(Y, por lo mismo, ¿se intuye el
enorme poder destructivo de esos actos cuando se llevan
a término fuera de un exquisito y acendrado contexto de
amor recíproco?)
3. «Bañarse» en
el Amor de todo un Dios
a) Varón y mujer… por encima de sí
mismos
· Como ya
he sugerido, otro de los títulos de nobleza de la
sexualidad humana deriva de su capacidad procreadora. O,
mejor, del hecho de constituir —dentro del
matrimonio, que es donde se establece un amor de
veras— el único medio adecuado para dar vida
a un ser humano.
+ Si la persona es lo más grandioso
que existe en el universo, lo radicalmente
insustituible… ¡incluso por el propio Dios!,
+ traer una nueva persona al mundo
constituye, en el ámbito natural, lo más excelso que un
varón y una mujer pueden llevar a cabo:
- en cada acto de unión nupcial están
abriendo la posibilidad de una dicha infinita,
- poniendo las condiciones para que
«alguien» —el futuro hijo— se convierta en un felicísimo
interlocutor del Amor divino por toda la eternidad.
Como sostiene Leclercq, «… nada hay
en el mundo más grande que el ser humano, y haber hecho
un hombre es fuente de orgullo sin límites. En ninguna
obra es el hombre más creador que en esta; ninguna hay
que sea más suya. Salvo en casos excepcionales y
desgraciados, el hijo es el orgullo y la alegría de sus
padres».
De ahí que aunque los padres no hayan
nunca reflexionado de forma expresa sobre la sublimidad
que va unida a la condición personal del hijo, sí que
suelen tener conciencia de que han puesto por obra algo
grandioso y —de forma implícita— de que en todo el
proceso ha intervenido Algo-Alguien que está muy por
encima de ellos.
O, por expresarlo con la terminología
de Pascal, intuyen o al menos entrevén que:
La unión íntima entre los cónyuges
representa uno de los momentos más claros en los que el
hombre (varón y mujer) es mucho más que hombre.
b) Lo testifican los poetas…
Ciertamente, no estamos ante algo
universal ni ante una especie de ley matemática. La
percepción de cuanto acabo de esbozar depende en buena
manera, y entre otras condiciones y circunstancias, de
la finura humana de quienes conciben al hijo… y no es
necesariamente proporcional a la instrucción ni, mucho
menos, al rango social de los protagonistas.
Por eso encontramos manifestaciones
del hecho en gentes de muy diverso origen y condición.
· Luis
Chamizo, por ejemplo, pone en boca de un campesino a
quien el parto de su mujer ha sorprendido en medio del
campo, mientras andaban en busca de un médico que la
atendiera, y cuyo hijo ha nacido, por tanto, sin ayuda
alguna:
«Toíto lleno de tierra / le levanté
del suelo; / le miré mu despacio, mu despacio, / con una
miaja de respecto. / Era un hijo, ¡mi hijo!, / hijo de
dambos, hijo nuestro… […] Icen que la nacencia es una
cosa / que miran los señores en el pueblo: / pos pa mí
que mi hijo / la tié mejor que ellos, / que Dios jizo en
presona con mi Juana / de comadre y de méico. […] Dos
salimos del chozo; / tres golvimos al pueblo. / Jizo
Dios un milagro en el camino: / ¡no podía por
menos!».
· De
manera similar, aunque con un estilo muy distinto, un
poeta que no se caracteriza precisamente por su
religiosidad, no puede evitar el dejar constancia de que
Algo inefable ha estado presente en la generación del
hijo. Escribe Pablo Neruda:
«Ay, hijo, sabes, sabes / de dónde
vienes? // […] Como una gran tormenta / sacudimos
nosotros / el árbol de la vida / hasta las más ocultas /
fibras de las raíces / y apareces ahora / cantando en el
follaje, / en la más alta rama / que contigo
alcanzamos».
Las referencias a las más ocultas
fibras y a la más alta rama dejan suponer, por una
parte, un Origen trascendente al ser humano y, por otra,
un enriquecimiento —¡la más alta rama!— que muy
pocas entre las restantes actividades del hombre
consiguen proporcionar.
· Las
alusiones al Origen resultan ya del todo explícitas —y
como algo más que alusiones— en estos versos
complementarios, de Alfonso Albala
(«Y sigue siendo esposa: / alta mar
en su pecho, / baja mar en su vientre / sazonado de
Dios, / sazonado de madre hacia mis brazos»)
y de Miguel D’Ors
(«Ser madre es lo que nunca se
termina, / lo que parece Dios de tan tan madre»).
c)… y no pueden negarlo los
intelectuales
Prescindiendo ahora del lenguaje
poético, con términos más bien filosóficos, lo expresa
Jean Guitton: «Lo que sin duda llamaría la atención de
un observador extraño al hombre, si existiera algún
Micromegas venido de un planeta sin amor, sería sin duda
la desproporción entre la relación del hombre y la mujer
y los efectos de esta relación […]. Platón lo vio
claramente, y Proust aún más. Pero cuando un fenómeno no
guarda proporción con el antecedente que lo produce,
cuando un polvorín salta a causa de una chispa, o cuando
un imperio se disloca por el lunar de un rostro, ello
prueba que el antecedente no tiene dignidad de causa,
sino que es el instrumento que pone en movimiento una
fuerza latente, cuya existencia la razón debe suponer a
fin de explicar la magnitud del efecto».
Esa «fuerza latente» es la que casi
todas las culturas a lo largo de la historia han
descubierto ligada a la sexualidad.
+ De ahí que en la mayoría de ellas
la relación varón-mujer, aunque no siempre interpretada
de la manera más correcta, se encontrara ungida por el
nimbo de lo sagrado.
+ De ahí que las bodas,
además de algo íntimo y personal, se hayan vivido a lo
largo de los siglos como un fausto acontecimiento
religioso-social.
+ Y de ahí también el triste y tan
profundo significado que acompaña al hecho de que en
nuestros tiempos las relaciones sexuales se hayan visto
sometidas a un tan intenso proceso de desacralización,
hasta transformarlas en algo trivial e intrascendente…
que degrada por fuerza al mismo ser humano, y limita o
elimina el sentido de su dignidad:
Oigamos de nuevo a Brancatisano:
«Destituida de cualquier fundamento antropológico —en el
sentido de que no responde a la esencia y el fin
de la persona— la unión sexual pierde su valor humano y,
eliminada la posibilidad de explicar su sentido como
elemento constitutivo de la humanidad, acaba por
empobrecer el valor de la persona humana.
Este modo de valorar la unión sexual
la convierte en "algo" —sin duda, indefinible—
completamente marginal respecto a la identidad de la
persona, como si se tratara de una mera capacidad de
hacer y no de un obrar con el que se
perfecciona el propio ser. Resulta innegable que el
actual clima cultural, al banalizar la unión sexual, ha
establecido una auténtica despersonalización de
los individuos, causada sobre todo por la pérdida de su
intimidad.
La exhibición de la unión sexual que
la cultura actual lleva a cabo a través de los media,
está logrando un efecto despersonalizador del ser
humano. Aquello que reclama una esfera de respeto y
discreción, porque afecta al núcleo único e irrepetible
de la persona —y, como tal, no puede considerarse
disponible al margen de una elección personalísima—, se
ha transformado en el argumento dominante de la
comunicación de masas; una comunicación pública e
impersonal, que vacía la unión sexual de su significado
más hondo y totalizador, y la convierte nada menos que
en una actividad exhibida, sin que semejante exhibición
aporte progreso alguno al conocimiento del ser humano».
d) Razones filosóficas…
Todo lo
contrario de lo que expresan los testimonios antes
aducidos y otros muchos que cabría traer a colación y
que la fe cristiana y la filosofía acorde con ella
resumen en una verdad radical:
La creación inmediata de cada alma
humana por el infinito Amor de Dios.
Cuestión que nos acerca de nuevo a la
tan estrecha relación que enlaza, entre los hombres,
amor y sexualidad (o, si se prefiere, con los matices
del caso, los aspectos unitivo y procreador de las
relaciones conyugales).
· Pues el
perfeccionamiento del amor que lleva consigo la
procreación como resultado de la unión sexual se
encuentra estrechamente ligado al hecho de que el hijo
es persona, dotada de un alma inmortal que solo
puede «entrar» en este mundo como efecto de un acto
creador de Dios.
· Y, como
consecuencia, que en la unión íntima fecunda, los
cónyuges se han hecho partícipes del Amor y Poder
creadores del Absoluto, de una acción formal y
exclusivamente creadora, singularísima, en la que Dios
se expresa plenamente como Dios, en cuanto Amor-creador.
¿Cómo no habría de multiplicarse el
amor matrimonial cada vez que, como resultado de una
unión conyugal fecunda, se «transforma» en una
«prolongación» del Amor del Absoluto, se «baña» o se
sumerge y queda íntimamente impregnado por ese Amor sin
fronteras?
● Aunque solo pueda apuntarlo, este
es uno de los motivos que mejor explican porqué, en un
matrimonio normal y sano, la venida de cada nuevo hijo
incrementa el amor y la atracción de todo tipo entre
marido y mujer.
Más que dar muchas explicaciones,
quisiera aquí aducir un testimonio personal, un soneto
—bastante mediocre, pero sincero— que escribí,
exclusivamente para mi mujer, cuando dio a luz nuestro
séptimo hijo, pero que luego me decidí a publicar:
«Siete veces, mujer, has transcendido, / siete veces con
Dios te has tuteado, / siete veces mi amor has
condensado, / siete veces el mundo has resumido. //
Siete veces, mujer, he presentido / siete abismos que en
carne has substanciado, / y en las siete, al nacer, he
comprobado / que mi pasión por ti había crecido. // No
fue solo cariño lo ganado, / ni fue hondura de amor
comprometido, / materia del espíritu señero; // también
mi ardor rugió multiplicado, / también vibró mi cuerpo
enardecido: / fue exaltación total del hombre entero».
e)… avaladas por la fe y la
experiencia cotidiana
Me interesa mucho dejar claro que no
me estoy moviendo en el terreno de la metáfora.
Los padres cooperan real e
íntimamente con Dios en la venida al mundo de cada nuevo
ser humano en su total integridad: como personas
completas.
· Son, en
este sentido, pro-creadores o incluso co-creadores.
No se limitan a engendrar el cuerpo,
mientras que Dios crea el alma. Aunque tales
afirmaciones no puedan calificarse como falsas, más
correcto es sostener que
+ tanto los padres como Dios, aunque
de manera y con intensidad distintas,
+ dan origen a toda la persona
del hijo:
- los padres, a través del cuerpo,
- y Dios directamente, otorgando el
ser con el alma.
Por eso la Virgen Santísima es
verdadera Madre de Dios (en su Segunda Persona y según
la Humanidad) y no simplemente «del cuerpo» de
Jesucristo.
Y por lo mismo cualquier mujer que
tiene la desgracia de abortar involuntariamente afirma
con toda razón que ha perdido a su hijo y no simplemente
el cuerpo de este.
f) De nuevo la unidad de la persona
Desde el punto de vista filosófico, y
referido ya a cualquier sujeto humano, el asunto puede
entreverse con solo reflexionar en que el cuerpo y el
alma, si se consideran aislados, constituyen una
abstracción, «algo» que no puede existir.
· Tal como
Dios ha establecido las cosas,
+ no puede «hacerse» un cuerpo
humano sin que allí haya alma espiritual (entonces
no sería humano);
+ ni tampoco Él puede crear un alma
sino en el cuerpo correspondiente.
(Lo he dicho multitud de veces: para
empezar a ser —lo mismo que para desarrollar todas sus
operaciones— el alma humana necesita del cuerpo.)
· Todo
hombre es una persona: una conjunción intimísima,
y no una mera yuxtaposición, de alma y cuerpo.
+ Según he apuntado, a esa misma y
única persona, Dios la crea y los padres la engendran.
+ El término de la acción de unos y
Otro es justamente (la totalidad de) la
persona concebida.
+ Aunque la acción divina es
infinitamente más directa y constitutiva, los padres no
se limitan a generar el cuerpo: alcanzan a través de él
a la persona toda.
Vendría muy bien recordar aquí algo
de lo que ya sabemos del alma. Lo haremos con palabras
de J. Rassam: «El privilegio del alma humana, en medio
de las restantes formas, proviene de que comunica su
propio ser al cuerpo al que anima. El alma no es
producida por composición, no proviene de ninguna otra
cosa: es producida de la nada, es decir, es creada
directamente por Dios. "Solus Deus animam humanam
producit in esse" [solo Dios instaura en el ser al
alma humana] (C.G. II, 87).
Este origen divino del alma humana es
la razón de la única e incomparable nobleza del hombre
entre los seres vivientes. El honor de ser hombre viene
de que el hombre, cuando recibe el cuerpo por la
generación, recibe de Dios, a la vez y directamente, el
alma. Hoy se proclama por todas partes la eminente
dignidad de la persona humana. Pero esta proclamación
quedaría reducida a bien poca cosa y perdería su más
sólido fundamento, si el hecho de que todo hombre merece
un respeto absoluto no se apoyara esencialmente en esa
dependencia y relación con el Ser absoluto implicada por
la creación de cada alma».
· No
estamos, tampoco ahora, ante actividades independientes
ni yuxtapuestas ni siquiera coordinadas. Dios siempre
está presente en el actuar de las criaturas, como el
Fundamento que, en estrechísima unidad con ellas,
penetra y hace posible tal actividad. Pero en este caso
el obrar divino es formalmente creador.
Cabe afirmar entonces que, en cierto
sentido, la virtud creadora de Dios se introduce «en» el
mismo proceso biológico-personal origen del nuevo hijo;
y en otro, todavía más definitivo, que es la fecundidad
de los padres la que se desarrolla «dentro» del acto
creador de Dios.
Por eso la generación de los hijos no
es simplemente tal, ni mucho menos «re-producción», sino
estricta pro-creación, por cuanto actúa a favor de esta
y «da entrada» a Dios en el universo humano de una
manera peculiarísima: justo como Creador de una realidad
—¡cada nueva persona!— surgida de la nada.
Y por eso los padres pueden
calificarse rigurosamente como co-creadores, puesto que
lo suyo es, participadamente, una co-operación —una
«operación conjunta»— con el acto inaugural del
Absoluto.
Aunque no sean inteligibles para
todos, ni haya que preocuparse por ello, conviene traer
a colación un par de testimonios, que sancionen y
expliquen cuanto acabo de afirmar.
A los efectos, sostiene Carlo
Caffarra: «En su verdad más profunda no se debería
hablar de acto procreativo o de procreación sino de co-creación,
de acto co-creativo. Dios, que no quiso cooperadores
cuando dio inicio al universo, quiere tener cooperadores
cuando da origen a lo que es la obra maestra de todo el
universo, el vértice de la realidad creada, el hombre».
Y, previamente, había expuesto la
razón metafísica primordial de todo ello: la unidad de
la persona humana en el ser, de la que ya antes
nos ocupamos y a la que hace un instante hemos vuelto a
aludir. Pues bien, partiendo de esa primordial
afirmación metafísica, —escribe Caffarra— «…comprendemos
que el acto procreativo de los esposos, en su verdad más
profunda, es co-creación con la actividad creadora de
Dios. Es la persona la que se genera mediante
la generación del cuerpo; es la persona la que es
creada mediante la creación del alma».
Lo mismo que, añadiendo algunas
puntualizaciones, afirma Antonio Ruiz Retegui: «No es
que Dios cree una sustancia espiritual que se una a la
sustancia material engendrada por los padres. El término
propio de la creación es la persona, y la misma persona
es el término de la generación. Pero Dios la crea por su
dimensión espiritual, mientras los padres la engendran
por su dimensión somática: lo creado por Dios y lo
engendrado por los padres es el mismo ser. Podría
decirse que los padres disponen la materia cuya forma
propia es el alma creada directamente por Dios, de modo
que verdaderamente causan materialmente el alma. Por
esto, la generación humana se denomina pro-creación y
puede decirse con propiedad, no metafóricamente, que los
padres participan del poder creador de Dios».
g) Dos consecuencias de gran calado
· Las
consecuencias de todo ello no pueden encarecerse en
exceso. Me limito a señalar dos de particular
relevancia.
+ Antes que nada, que el fruto de la
unión conyugal fecunda no es un simple ejemplar de la
especie humana, sino una imagen singular e irrepetible
—¡única!— del Dios tres veces uno, directamente
relacionada con Él y a Él referida.
Lo que implica a su vez que la verdad
más absoluta del hijo no es ser «de los padres»,
«pertenecerles». Más radical y profundo es su directo e
inmediato nexo con el Creador: su constituirse como
«alguien delante de Dios y para siempre», según la
acertada expresión de Cardona, inspirada en Kierkegaard…
y que tantas y tantas repercusiones presenta en
educación.
En resumen, cada persona que viene a
este mundo, mucho más y antes que hijo nuestro, es hijo
de Dios.
+ En segundo término, me gustaría
insistir en que, gracias al ejercicio de la sexualidad,
los padres se introducen dentro de la potencia
creativa de Dios, con cuanto lleva consigo y que
empieza a vislumbrarse al considerar la simplicidad
divina. Pues, en virtud de ella, el Acto con el que Dios
da el ser a cada nueva criatura es numéricamente
idéntico a aquel con el que instituye el universo
entero… e idéntico a su vez al mismísimo Ser divino… que
es su Amor infinito.
· Por todo
ello, y por mucho más, no puede sorprender la alta
estima en que los santos han tenido el amor conyugal.
+ San Josemaría Escrivá, por
referirme a una persona que entendió a las mil
maravillas el amor humano,
- no solo insistía y se recreaba en
la expresión paulina que califica el matrimonio como
sacramentum magnum (grande: calificativo que,
entre los siete existentes, solo se aplica a este
sacramento);
- sino que repetía una y otra vez que
el amor de sus padres, como el de todos los esposos que
actúan con rectitud, él lo bendecía con las dos manos…
por la sencilla razón de que no tenía cuatro.
+ Y no dudaba en asimilar el lecho
matrimonial a un altar.
· ¿Por qué
esta última y tan audaz comparación?
+ Estimo que en ella late una verdad
teológica fuertemente arraigada; a saber: que justo en
la unión íntima entre cristianos ligados en matrimonio
se renueva de una manera muy particular el sacramento
que entrelazó sus vidas para siempre, con las gracias
que lleva adjuntas.
(No estaría de más que los cristianos
reflexionáramos de vez en cuando sobre este extremo:
¿existen modos más gozosos y eficaces para los cónyuges
que unirse íntimamente en una relación abierta a la
vida?)
· Pero
como filósofo me gusta pensar —tal vez sin fundamento—
que, al comparar el lecho conyugal con un altar, San
Josemaría apuntaba también a la especial presencia de
Dios en el mundo que acompaña a las relaciones
matrimoniales fecundas.
Una presencia que, si sería exagerado
calificar de cuasi sacramental, debe sin embargo
preservar su singularidad única, «especialmente divina»,
distinta a las restantes en el ámbito natural: es
formalmente, al menos en potencia, creadora de personas…
y no simplemente conservadora de otras realidades.
(Personalmente, y tal vez por el
cariño que tengo a México y a su Patrona, me gusta
establecer cierta similitud entre el modo en que Dios
está presente en el acto de unión fecunda y la manera,
sin duda excepcional, en que la «imagen» de la
Guadalupana se halla plasmada en la tilma de Juan Diego:
un modo radicalmente distinto a cualquier otro que pueda
darse naturalmente).
g) Otra vez la literatura… y la vida
También ahora son muchos los poetas
que han sabido exponer ese vigor universal, cósmico, al
que se encuentra aparejado el trato conyugal íntimo,
justamente en virtud de su potencialidad creadora.
· Y, así,
Rafael Morales, refiriéndolo al propio hijo, exclama:
«Rama del beso tú, que, leve y pura,
/ tienes raíz en la pasión amante, / en una humana y
sideral locura. // Tibia luna rosada y palpitante, /
dulce vuelo parado en la hermosura / que ha surgido del
cielo de un instante».
De una manera velada, propia del
lenguaje poético, estos versos sugieren la
introducción de la actividad humana en una Acción a
la que se encuentra referida, como a su Origen, la
entera realidad creada: cielos y tierras, según apuntaba
antes.
· Algo
similar expone Víctor Hugo:
«Cuando se aproximan dos bocas
consagradas por el amor es imposible que por encima de
ese beso inefable no se produzca un estremecimiento en
el inmenso misterio de las estrellas».
· También
lo hace, en un contexto más amplio, y con
puntualizaciones sobre las que vale la pena reflexionar,
Alberoni:
«Cuando amamos, nos introducimos en
el gran aliento del mundo. Nos sentimos conducidos,
atravesados por una fuerza trascendente. Somos como una
nota musical de una gran sinfonía. Sin embargo, no nos
sentimos prisioneros. Es más, nos sentimos libres y
amamos soberanamente nuestra libertad. Yendo hacia
nuestro amado respondemos a la llamada del ser.
Realizamos al mismo tiempo nuestra voluntad y nuestro
destino. Ser libres es querer el máximo bien, es querer
el propio destino. Ninguno es "esclavo" de su amor.
Porque es su verdad, su llamada y su destino».
· Y, de
nuevo, Miguel Hernández:
«La gran hora del parto, la más
rotunda hora: / estallan los relojes sintiendo tu
alarido, / se abren todas las puertas del mundo, de la
aurora, / y el sol nace en tu vientre donde encontró su
nido. /
[…] Hijo del alba eres, hijo del
mediodía. / Y ha de quedar de ti luces en todo
impuestas, / mientras tu madre y yo vamos a la agonía, /
dormidos y despiertos con el amor a cuestas».
· Pero
también lo experimentan, y de manera más clara cuanto
más crece su afecto, los esposos que llevan a término
cumplida y amorosamente la unión conyugal. Se advierten
entonces ligados a la Fuente del cosmos, con la que de
algún modo se identifican, y, con Ella y por Ella, al
universo todo y al conjunto de