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SER Y PERSONA (Tomás Melendo Granados)

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SER Y PERSONA
 

 

  

SER Y PERSONA

Por Tomás Melendo*

Arvo Net, 1.12.06

 

Introducción

En una obra relativamente reciente —Introducción a la antropología. La persona— esbocé temas varios y distintos en extensión, aunque muy relacionados entre sí: la condición de persona, su dignidad, su autonomía, la libertad, el respeto y la reverencia, la singularidad y la singularización, el conocimiento, el amor, los distintos tipos de bienes, los valores, la contraposición entre dignidad y precio…

Simultáneamente, como fundamento de todos ellos, hicieron acto de presencia algunas nociones-realidades de especial relevancia. En un esfuerzo de simplificación, esas realidades básicas podrían reducirse a tres:

1) la propia persona,

2) el ser que la constituye como tal, y

3) el concreto modo de obrar que les corresponde.

· Dando un paso adelante, e intentando llegar al fondo del asunto, cabe señalar el eje en torno al que en definitiva gira todo ello: esa clave sería, sin duda, el ser propio de la persona, también llamado ser personal.

(No en vano aludí allí de continuo a la persona como a un modo de ser o, ciñendo más la cuestión, a un modo de ser superior o privilegiado, sublime… que necesariamente reclama una manera concreta y también excelsa de obrar.)

· En consecuencia, para apreciar con más hondura la condición personal, dar mayor relieve a lo ya conocido y abrirnos a consideraciones ulteriores, parece oportuno exponer tres nuevos temas, algo más complicados que los tratados hasta el momento:

1) en primer término, y de la forma más breve e inteligible posible, en qué consiste ser real;

2) a continuación, ya dentro de este contexto, pero en cierta manera superándolo, qué es lo propio de la persona, qué caracteres corresponden a su forma peculiar y más noble de ser: en qué consiste, en fin de cuentas, el ser persona (sería el tema central de toda la indagación);

3) por fin, y según anunciaba en la Introducción al libro citado, hasta qué punto este enfoque desemboca y se prosigue en las afirmaciones más vitales de los personalistas y de qué suerte los enunciados de estos enriquecen y perfilan el conocimiento de la condición personal, al tiempo que encuentran su radical fundamento en la «metafísica de la persona» previamente esbozada.

1. Aproximación inicial a lo real

Teniendo en cuenta la envergadura de lo apuntado, en este artículo abordaré solo el primero de los temas.

Lo hago tras pedir un poco de paciencia, pues solo aparentemente cuanto voy a tratar no tiene nada que ver con el esclarecimiento de la condición de persona. Muy al contrario, de hecho, como podrá advertirse más adelante, resulta definitivo no solo para semejante análisis, sino también para el acercamiento entre metafísica y personalismo.

a) ¿En qué consiste ser real?

i) Un mero esbozo. Ya en el escrito repetidas veces aludido anuncié lo costoso que resulta definir la «realidad» en cuanto tal. Más aún, sostuve que definirla, en sentido estricto, es imposible.

Pero también añadía que esa imposibilidad deriva, paradójicamente, de que todos sabemos lo que significa ser real… aunque nos sintamos incapaces de explicarlo. Y que no logramos exponerlo justo porque se trata de un conocimiento absolutamente fundamental y primario, algo que comprendemos de manera tan inmediata que nos impide apelar a nociones previas para, dentro de ese campo más extenso, acotar su significado (recordemos que definir equivale a de-limitar o poner límites).

(En este caso, la cuestión resulta obvia, precisamente porque más amplio que la realidad… no existe nada, ni en la naturaleza ni en nuestro conocimiento: incluso cuando «pensamos» o intentamos «imaginar» la nada, no podemos evitar concederle un cierto tipo de realidad, aunque muy peculiar y curiosa.)

Pero si tal es la situación, ¿qué nos quedaría por hacer?

En primer término, contemplar con mayor penetración y detenimiento cuanto nos circunda y a nosotros mismos, con objeto de descubrir su ser y los caracteres que lo acompañan; y animar a quienes nos rodean a hacer otro tanto.

¿Y algo más?

Tal vez acudir a términos con un contenido análogo, del tipo «perfección», «consistencia», «densidad», «peso específico», «cohesión», «espesor», «firmeza»… aunque seamos bien conscientes de que ninguna de esas palabras nos dirían nada si cada uno, por su propia cuenta y riesgo, no tuviera un conocimiento previo, aunque confuso, de lo real… derivado de su trato con el mundo de las cosas, de las personas y consigo mismo.

En tanto ya sabemos lo que significa «real», podemos apreciar los matices que a esa percepción básica añaden vocablos como «perfección», «positividad» y los otros que he nombrado. Pero no al contrario. Ahora bien, supuesta esa comprensión primordial, las voces complementarias apuntadas, y otras similares a las que luego aludiré, quizás ayuden a asentar y a ahondar en el conocimiento de lo que se entiende por (ser y por) realidad.

Esta sería, pues, la pregunta clave… y bastante ardua de responder: ¿qué es lo que caracteriza a la realidad, precisamente como tal?; ¿en qué consiste ser o ser real?

ii) Tres rasgos capitales. Señalo de momento tres atributos básicos, que más tarde iré explicando. No importa, pues, que por ahora no acaben de entenderse.

· Todo lo que existe, lo que tiene ser, incluyendo en primer término y de manera eminente a las personas, se caracteriza porque:

1) posee una consistencia propia (es lo que es),

2) con total independencia de que los hombres lo conozcamos o no, nos guste o nos disguste, pensemos que debería o no debería existir, etc.; y,

3) gozando de esa autonomía, exige de cada uno de nosotros, justo de las personas, una respuesta proporcionada.

iii) Dos testimonios de altura. Con objeto de facilitar la comprensión intuitiva del asunto, me centraré de momento en los dos primeros rasgos, aunque sin prescindir por completo del último. Y acudiré al testimonio de un par de grandes y profundos literatos: Clive Staples Lewis y Jorge Guillén.

· Lewis:

1) Para referirse a lo que he denominado la consistencia propia de lo real —a ese ser lo que es—, acude al empleo de expresiones figuradas como «sólido», «firme», «enérgico», «entusiasta», «intenso», «lleno de resolución», y otras parecidas: así nos asegura que es la realidad.

2) Para expresar su independencia respecto al sujeto humano, en el sentido que acabo de exponer, habla por ejemplo de lo «tenazmente real» como de aquello en lo que «tus preferencias no cuentan»: es como es, al margen de lo que el lector y yo deseemos o pensemos.

· Guillén:

Por su parte, Jorge Guillén expresa algo similar, de forma prácticamente insuperable, en su magistral Cántico. Y, más en concreto, en el conjunto de versos que abren el libro, titulado «Más allá». Se trata de un poema que canta el resurgir del universo ante un ser humano que despierta, y el estupor agradecido que la maravilla de lo existente suscita en esa persona.

¿Qué notas definen la realidad de tal universo?, ¿cómo lo caracteriza el poeta?

Puesto que cualquier intento de glosar la poesía diluye o hace naufragar la plenitud de su mensaje, me limitaré —con dudas y cierto temor— a entresacar algunos versos y expresiones particularmente elocuentes.

Y esto, en dos fases.

1-2) En primer término, subrayaré el uso de algunos vocablos que manifiestan la solidez o consistencia del cosmos que renace y su independencia respecto a quien lo percibe:

- «(El alma vuelve al cuerpo, / se dirige a los ojos / y choca.) —¡Luz! Me invade / todo mi ser. ¡Asombro!».

- «…mientras van presentándose / todas las consistencias / que al disponerse en cosas / me limitan, me centran!».

- «Una seguridad / se extiende, cunde, manda. / El esplendor aploma / la insinuada mañana».

- «Y este ser implacable / que se me impone ahora» […] «este ser, avasallador / universal mantiene // también su plenitud / en lo desconocido: / un más allá de veras / misterioso, realísimo».

- «¿Dónde extraviarse, dónde? / Mi centro es este punto: / cualquiera. ¡Tan plenario / siempre me aguarda el mundo! // Una tranquilidad / de afirmación constante / guía a todos los seres, / que entre tantos enlaces // universales, presos / en la jornada eterna, / bajo el sol quieren ser / y a su querer se entregan…».

3) A continuación recojo algunas expresiones que, además, manifiestan:

• que lo importante para la persona humana es, en fin de cuentas, incrementar su propia perfección o, con terminología metafísica, ser cada vez con mayor intensidad;

• y que esa persona crece y mejora, y se acerca a su plenitud, en contacto con el ser de las realidades existentes (entre las que figurarían en primer lugar las restantes personas, a las que Guillén aquí no alude porque excede el contexto en que encuadra su poema, pero a las que me referiré con profusión más adelante):

- «Corre la sangre, corre / con fatal avidez. / A ciegas acumulo / destino: quiero ser. // Ser, nada más. Y basta. / Es la absoluta dicha. / ¡Con la esencia en silencio / tanto se identifica! // ¡Al azar de las suertes / únicas de un tropel / surgir entre los siglos, / alzarse con el ser, / y a la fuerza fundirse / con la sonoridad / más tenaz: sí, sí, sí, / la palabra del mar! // Todo me comunica, / vencedor, hecho mundo, / su brío para ser / de veras real, en triunfo. // Soy, más, estoy. Respiro. / Lo profundo es el aire. / La realidad me inventa, / soy su leyenda. ¡Salve!».

- «¡Oh perfección! Dependo / del total más allá, / dependo de las cosas. / Sin mí son y ya están // proponiendo un volumen / que ni soñó la mano, / feliz de resolver / una sorpresa en acto».

(Como insinuaba, estamos solo ante un pequeño botón de muestra, que podría completarse con muchísimas más afirmaciones del propio Guillén, o con las de tantos otros poetas, poseedores también del «sentido y de la importancia de lo real» incluso en lo más precario: el Rafael Morales de Los desterrados o de Canción sobre el asfalto, sin ir más lejos, y algunos versos especialmente pertinentes de La voz a ti debida, de Pedro Salinas (por ejemplo: «Despierta. El día te llama / a tu vida: tu deber / […]. Ponte en pie, afirma la recta / voluntad simple de ser / pura virgen vertical».)

Pero ahora tenemos que volver al escueto lenguaje de la filosofía.

b) Entre el ser y el yo: ¿una alternativa?

Para cualquiera que se encuentre al tanto de los vientos que soplan en la actualidad, resultará claro que los textos aludidos, en cuanto que afirman una realidad autónoma respecto al hombre y no algo dependiente de la cultura o de la libertad humana, se sitúan bastante contracorriente.

Pero eso mismo los hace acreedores de un comentario adicional.

i) ¿Existe una realidad en sí? Lo que uno oye hoy a menudo —sobre todo si tiene la magnífica «desgracia» de trabajar con, entre y para «filósofos»— es que, en fin de cuentas, no existe nada que se acerque remotamente a lo que cabría calificar como realidad en sí, al margen del ser humano: sino que es éste el que la modula y configura —¡la crea!—, si no a su antojo, que también se oye en ocasiones, en función de las coordenadas culturales o personales en que a su vez se encuentra.

· Esta afirmación básica y falsa (el hombre es el autor de la realidad: esta no es nada —o nada concreto y determinado— sin el hombre: incluso cada cual decida para sí su propia «orientación sexual» o «sexo»), recibe muy distintas formulaciones, más o menos claras o difusas y más o menos reposadas o agresivas.

· En los momentos actuales, la más de moda es tal vez la que apela al multiculturalismo; podría expresarse así:

- en cada una de las prácticamente infinitas culturas que existen, han existido y existirán la realidad es radicalmente distinta;

- y, además, no hay criterio alguno para determinar si lo que una cultura sostiene —su realidad— es mejor o peor que lo defendido por cualquier otra.

La versión casera de estas afirmaciones cabe encontrarla en la Universidad, en boca de un estudiante dotado de la mejor voluntad, que sostiene sin tapujos ni titubeos que si él sale de la clase, cierra la puerta tras sí y no se mueve de ese lugar, al cabo de unos segundos no solo no puede estar seguro de que los alumnos restantes y el mobiliario sigan existiendo, sino que, precisamente en cuanto él no los ve, dejan de existir.

(No es una invención: me ha sucedido esta misma tarde mientras explicaba Teoría del conocimiento; y algo muy similar acaece cada curso alrededor de veinticinco o treinta veces. Con bastante pena por la manipulación intelectual de alto alcance que todo esto supone, y con un deje de cariñosa ironía, casi siempre me echo a temblar ante el inesperado poder de aniquilación que manifiestan esos chicos y les imploro prácticamente de rodillas que, por lo que más quieran, se mantengan firmes en sus asientos y no se les ocurra salir de clase, cerrar la puerta… y devolvernos a la nada: ¡todavía tenemos mucho que hacer en esta vida!).

Y la misma idea, en versiones light y no conscientes de ordinario, la encuentra uno a menudo en cuanto entabla una conversación mínimamente seria o que afecte a la vida vivida de nuestro interlocutor: «eso será para ti; pero para mí…»; «eso es lo que tú piensas, lo que piensa el Papa —esto sale siempre con determinados temas—…; yo, sin embargo»; «cada uno tiene su verdad»… y una larga cadena de variantes que no modifican el núcleo del asunto: la realidad es relativa a cada cual.

ii) Relativizar el relativismo. No es este el momento de apuntar una crítica, siquiera somera, del relativismo escéptico. La he llevado a cabo en otras ocasiones, y muchos la han realizado mejor que yo.

Interesa, sí, dejar claro:

1) que no se trata de una cuestión simple, ajena a cualquier matiz o puntualización, por cuanto, en efecto, el hombre tiene la capacidad (y la ejerce incluso sin advertirlo) de descubrir, añadir o restar un cierto significado a todo lo que encuentra a su alrededor… empezando por sí mismo: de ello trataré más adelante;

2) que, no obstante, tal facultad no anula, sino que más bien confirma, la consistencia inicial (el ser) de cuanto existe, incluido —como uno de los casos más claros— el propio hombre: pues si éste no fuera como es, no podría ni percibir ni agregar sentidos a las cosas y personas, ni, además de ello, modificarse a sí mismo o modificar cuanto lo circunda (ni en el pensamiento o la imaginación ni en la misma realidad extramental);

3) que, por consiguiente, resulta imprescindible empezar confirmando sin reservas la entidad o firmeza de cuanto existe al margen de cualquier intervención humana y como fundamento de todas y cada una de ellas;

(aquí, de nuevo, vendrían en nuestra ayuda los conocidos versos de Machado: «el ojo que tú ves / no es ojo porque lo veas, / es ojo porque te ve»; o esos otros más conocidos y centrales: «¿tu verdad?; / no, la verdad /, y ven conmigo a buscarla; / la tuya, guárdatela»);

4) que es de vital importancia distinguir entre el conocimiento de una realidad y la realidad en sí; la percepción de algo me afecta efectivamente a mí, pero en absoluto —por el simple hecho de conocerla o desconocerla— a la persona o cosa en cuestión;

(la ley de la gravedad, pongo por caso, no empezó a ejercerse al descubrirla Newton, sino que ha sido una constante con independencia de ese hallazgo; y si la formulación de Newton, generalmente aceptada, se descubriera falsa… el comportamiento de los graves seguiría siendo el que siempre ha sido y ahora es, mientras no mudaran las condiciones reales del Universo);

5) que, a estos efectos, importa mucho diferenciar los productos manufacturados y las realidades naturales;

· el alumno antes aludido no carecía de toda razón al decirme que si alguien de otra cultura en que no se conociera la pizarra entraba en clase, difícilmente la distinguiría de las restantes superficies lisas (paredes, sobre todo), del aula, y que, por tanto, para él la pizarra no existía (más tarde me detendré en ese para él);

- ciertamente, cuando el hombre fabrica algo, de ordinario lo destina a un fin o función y lo realiza a tenor de ese designio; quien desconoce tal objetivo está incapacitado para determinar en qué consiste aquel artilugio (puesto que su ser resulta marcado por su finalidad) y, retomando la expresión de mi alumno, cabría sostener que para él no existe;

- con todo, me parece decisivo señalar que la pizarra lo es no porque yo sepa su destino o porque lo previera su creador, sino porque de hecho, además y por encima de ambos requisitos, tras el proceso de producción posee las características que hacen posible escribir en ella con facilidad (cosa que, dicho sea de pasada, no ocurre con demasiada frecuencia… al menos en mi Universidad):

- ni la intención del fabricante ni el conocimiento de quien la usa servirían para nada si lo realmente elaborado no es una pizarra, en el sentido arriba sugerido;

· por otra parte, si lo que acabo de esbozar puede aplicarse a los artículos manufacturados por el hombre, no ocurre lo mismo con los distintos elementos de la naturaleza:

- estos son lo que son, con independencia de que los seres humanos lo sepamos o no, o incluso ni siquiera conozcamos que existen («este ser, avasallador / universal mantiene // también su plenitud / en lo desconocido: / un más allá de veras / misterioso, realísimo», acabamos de leer en Cántico);

- y poseen un conjunto de virtualidades y de posibilidades de transformación ya dadas…, aunque nosotros vayamos descubriéndolas paulatinamente y muchas de ellas resulten ignoradas para siempre o las olvidemos después que otros las hubieran desenmascarado;

(+ un ejemplo relativamente simple puede ayudar a comprenderlo:

- si un coche bien construido y en uso se sitúa en un lugar donde ninguno de los presentes sabe que se trata de un coche, hasta cierto punto ese vehículo deja de ser un automóvil para transformarse en… quién sabe qué: dormitorio precario para los indigentes, adorno para el pueblo, contenedor de desperdicios, etc.; precisamente porque el propósito y el diseño humano materializado en los elementos oportunos hacen que aquello sea un auto, cuando tal proyecto resulta desconocido, hasta cierto punto —como insinuaba— deja de ser lo que era… y solo vuelve a serlo cuando alguien reconoce que tiene una función concreta y que ha sido fabricado para cumplirla;

- tal vez la prueba más clara al respecto es que —utilizando un lenguaje antropomórfico— el automóvil necesita gasolina, aceite, etc., solo si hay una persona que conozca para qué sirve y decida utilizarlo;

+ por el contrario, las realidades naturales son lo que son con independencia de que alguien lo sepa o no;

- cosa que también se comprueba sin problemas porque sus necesidades (y esto se advierte sobre todo en los seres vivos) se dan con la misma intensidad y fuerza al margen de nuestro conocimiento: a diferencia del coche, un perro o un caballo o un manzano o un rosal requieren del alimento o de las condiciones climáticas adecuadas tanto si el hombre está al tanto como si no… o incluso si ignora que existen;)

6) que, a raíz de lo bosquejado, me parecen del todo pertinentes incluso las más fuertes afirmaciones de Guillén, siempre que tengamos en cuenta el lenguaje poético con que las reviste:

· en efecto, por utilizar solo una de sus expresiones, las personas y «las cosas [no artificiales], sin mí son y ya están» (y solo a partir de ese ser y estar suyos y mío cabrá cualquier género de modificación en mi apreciación de ellas o en su misma realidad);

· por otro lado, aunque resulte mucho más sutil, no deja de ser cierto que «la realidad me inventa», al contrario de lo que pretenden los relativistas;

+ si entendemos tal afirmación en el sentido correcto, no soy yo quien me doy el ser a mí mismo ni ha sido ninguno de nosotros quién ha «inventado» al hombre (aunque, como estudiaremos, y ahora solo apunto, en virtud de su libertad y sobre la base de la naturaleza concreta recibida en cada caso, el varón y la mujer pueden con toda justicia ser y llamarse artífices de sí mismos);

- (puestos a poner pegas, las modernas técnicas de manipulación genética levantarían un cierto interrogante respecto a ese «la realidad me inventa» que acabo de aducir;

- pero:

por un lado, cada vez van quedando más claro los problemas, también biológicos, que tales incursiones en los orígenes de la vida humana traen consigo;

por otro, y más radical, los que se utilizan en estos y similares procedimientos son siempre elementos tomados de la naturaleza y más o menos «retocados»: nunca una creación absoluta;)

7) que, desde la perspectiva psíquica, descubrir y aceptar la realidad tal como es (la mía y la de todo lo demás), aunque cuando existan causas justificadas luche por modificarla o mejorarla, constituye:

• aparte de un maravilloso ejercicio de la libertad, como más tarde explicaré, una de las condiciones más imprescindibles para mantener no solo la paz y la serenidad, sino incluso la salud mental;

• mientras que el rechazo de mi propio modo de ser o de las circunstancias tal como se presentan (con independencia, repito, de que me esfuerce después por rectificarlas), es hoy uno de los motivos más frecuentes y más de fondo de frustración y de un buen número de perturbaciones psíquicas;

8) que, ya por último, el para mí a que vengo aludiendo adquiere carácter incondicional e incrementa su poderío hasta ahogar cualquier otra consideración, en la misma medida en que tiendo a absolutizar el yo en cuanto tal, a «darme importancia», y, paralelamente, a restársela al ser (de todas las demás cosas y personas… e incluso, aunque no es fácil de comprender inicialmente, al mío mismo —mi ser, no mi yo—, como veremos de inmediato;

· con otras palabras, tomadas de la misma conversación a que me he referido ya un par de veces:

- mientras algunas de las personas que intervinieron en el diálogo sostenían, para apoyar a su compañero —¡como era su obligación!—, que si estaban fuera de clase no podían saber si el contenido del aula permanecía inmutado (cuestión que, con ciertas reservas, también yo certifico: por ejemplo, si se refiere a un saber absolutamente cierto, pues algo podría haber sucedido dentro del aula, que acabara con ella y con nosotros),

- otros, sin darse apenas cuenta del profundo cambio de alcance de su expresión, insistían en que, al no percibirlas, esas realidades no existían (añadiendo o no, según los casos, el para mí de marras);

· complementariamente, y confío en que se entienda de manera intuitiva, quienes conceden la primacía absoluta al yo en detrimento del ser, harán casi sin darse cuenta dos cambios o «deslizamientos» de trascendental relieve:

- en el orden del saber teorético, del conocimiento, puesto que lo que realmente importa soy yo (¡y solo yo!, parodiando la conocida canción: «tú, solo tú…»), si algo no existe para mí, acabarán por concluir —aunque sea de forma implícita y sin advertirlo— que, en fin de cuentas no existe… sin más;

- en el terreno de la praxis, del obrar moral, sostendrán sin ningún tipo de remilgos y con total coherencia (que no verdad) que con su cuerpo, con sus pertenencias… tienen derecho a hacer lo que quieran (o lo que deseen; en su jerga: «lo que les dé la gana»):

la subjetividad (pura voluntad y apetitos… ¡sin ser que los sustente!) se torna todopoderosa y no tiene que rendir cuenta alguna al ser que la constituye y que hace de ella una persona (recuérdese lo que en su momento decía de la responsabilidad como respuesta al propio ser —y al ajeno—, en la línea del conocido precepto kantiano: no tratar como simple medio ni a sí mismo ni a ningún otro; volveré sobre ello);

pero por idéntico motivo, más tarde o más temprano (y normalmente bastante temprano) esas subjetividades «des-substanciadas», esos yo «auto-referentes y sin fundamento» se arrogarán la potestad de obrar de manera análoga —es decir, caprichosa y despótica— ya no consigo mismos, sino con cualquier otra realidad (¿?), sea cosa o sea persona;

(en este segundo caso, por lo común se arbitrarán procedimientos, a menudo bastante complejos, para enmascarar o restringir ese dominio —la libertad de los demás como demarcación o límite de la mía, no obrar de modo que se produzcan colisiones mortales, etc.—, pero sin ninguna base: pues sin ser y sin la respuesta que este reclama —y de la que muy pronto nos ocuparemos— no existe razón alguna de peso para poner freno al capricho, incluso al más voluble, de nadie… ni respecto de sí ni respecto a otro).

2. Algunos atributos de la realidad

Aunque pueda parecer exagerado, el excursus del parágrafo precedente era imprescindible para sostener cuanto ahora sigue y, en los casos en que fuere necesario, tender un puente entre la metafísica y el personalismo:

· Solo si se concede una consistencia propia a todo aquello que es, y en la medida en que lo sea, cabe fundamentar la real eminencia de la persona respecto al resto de los existentes.

(De ese en la medida en que lo sea, fundamental para cuanto vengo exponiendo, me ocuparé enseguida.)

- Como expone Goethe en el Wilhelm Meister, «La veneración al hombre no puede separarse de la reverencia a lo que está por debajo de él y a lo que está por encima de él».

- En nuestra clave: no cabe cimentarla al margen o en el desprecio del ser… de todo cuanto es: lo personal y lo no personal (aunque el ser de unos y otros sea abismalmente diverso)

De ahí que, en las páginas que preceden, haya intentado determinar en qué consiste ser o ser real… con vistas a exponer más tarde el muy superior modo de ser que corresponde a la persona. Pero tengo plena conciencia de que la respuesta obtenida, aunque fundamental, a muchos les resultará bastante pobre: que los «dejará fríos», según la expresión al uso.

Intentaré, por eso, ahora:

- señalar algunas características que acompañan a todo lo que existe, precisamente por existir (más correcto sería afirmar «por ser»);

- y, de paso, hacer ver que esas propiedades se configuran y modulan —adoptan una forma u otra y son más o menos intensas— según el modo de ser y la categoría de las distintas realidades: en la manera y medida en que estas son, modo y medida que en las personas se torna sublime.

a) Unidad

Los filósofos solemos afirmar que algo posee más realidad, que es más, en el grado en que su cohesión resulta mayor. Y viceversa: que en la proporción en que se mina o socava su unidad se disminuye la entidad o categoría de esas realidades.

Es un modo un tanto complicado de expresar una experiencia común, origen de expresiones de uso frecuente: «la unidad hace la fuerza», «el pueblo unido jamás será vencido», «la familia que reza unida permanece unida»… o incluso títulos de películas, algunas tan excelentes como La fuerza de uno, y de obras dramáticas (el «todos a una» de Fuenteovejuna vendría a subrayar lo mismo, aunque con matices diversos).

Muy pocos ponen en duda que la unidad (no la uniformidad) es un atributo positivo: para el matrimonio y la familia, para un equipo de fútbol, para un colegio, para las empresas y otras instituciones, para el conjunto de la sociedad y de la humanidad… Y, al contrario, que la «ruptura» o la «descomposición» son sinónimos de enfermedad, de muerte, de falta de eficacia o de inutilidad… de no-ser.

Con una sola reserva, ya apuntada: que la unidad no se conciba como absoluta coincidencia u homogeneidad y, en el ámbito humano, como masificación o «borreguismo».

i) La unidad… graduada. Y es que la unidad bien entendida no excluye la variedad y la riqueza, sino que, al contrario, más bien la reclama… y la va exigiendo más conforme nos referimos a realidades de mayor nivel (de ahí que el Ser supremo, el de Dios, sea simultáneamente el más unitario —simple, se llama a veces— y el de mayor riqueza: ambas propiedades en grado sublime e inefable).

· Es aquí, pues, donde entra en juego la jerarquía a que me vengo refiriendo: existen grados de unidad, correlativos a la mayor o menor calidad o grandeza de las distintas realidades.

Por ejemplo, la unidad de una piedra resulta bastante insignificante y anodina… porque la piedra también es «muy poca cosa».

Y esa pobreza se manifiesta fundamentalmente en que:

1) «hay poco que unificar», porque los elementos o partes que la componen son todos prácticamente iguales: falta la riqueza y la necesidad de «unificación» que otorga la variedad;

2) cada uno de esos elementos influye muy levemente en los demás; casi se limita a estar junto a los otros; y una de las pruebas más claras es que si rompo o se quiebra el extremo de una roca, el resto permanece inmutable, no «le sucede» apenas nada.

Estamos, pues, ante una realidad de muy bajo rango, a la que corresponde una unidad e interpenetración de sus elementos también de escaso calado (y viceversa).

El asunto cambia radicalmente cuando nos adentramos en el ámbito de lo vivo y conforme nos referimos o tenemos en cuenta formas superiores de vida. En estos casos, hablamos normalmente de organismos, de muy distinta clase y complejidad.

Lo propio de los organismos es precisamente que:

1) a partir de un determinado nivel, sus componentes son por fuerza distintos entre sí y, en unión con el resto, desempeñan cada uno su propia función… que difícilmente otro puede realizar en su lugar;

- y que sin esa diversidad la vida superior resultaría imposible (si el ojo y el oído, o los pulmones y el corazón, no fueran radicalmente diferentes —a la par que estrecha o vitalmente ligados entre sí— ningún animal podría subsistir ni ejercer sus operaciones propias);

- conforme la unidad sube de rango implica también mayor variedad de órganos y funciones y, como consecuencia, mayor categoría;

2) los componentes de un ser vivo influyen poderosamente unos en otros;

- su unidad no es de mera yuxtaposición, sino de interpenetración recíproca, como ya apunté;

- por eso, en estos casos —y más conforme más nos elevamos en la escala de los seres—, no puedo modificar o dañar una de las partes sin que eso afecte a las restantes, y en ocasiones de forma tan relevante que se destruye el todo;

- la mayor categoría de un determinado ser lleva consigo una unidad cualitativamente muy superior, en la que cada elemento influye más en los restantes;

3) el organismo vivo se «destaca» también operativamente de su entorno, aunque en una medida infinitamente inferior al ser humano:

- frente a las realidades inertes, la planta o el animal gozan de relativa autonomía (que no de independencia): no reaccionan de manera automática o inmediata ante lo que la afecta (como la leña que se quema en contacto con el fuego), sino a través de una cierta elaboración interior, derivada de un principio propio, con la que se colma una suerte de hiato sin el que el obrar no se daría: los animales, por ejemplo, perciben lo que les rodea y solo entonces son capaces de obrar, en función de lo conocido.

Como veremos, esto tiene manifestaciones de gran alcance en los seres humanos.

ii) La singularidad. Fue tratada abundantemente en la Introducción a la Antropología, indicando en concreto que ser persona equivale a gozar de una singularidad extrema.

Basta, pues, añadir un par de ideas:

- la primera, y en conformidad con lo que ahora estamos viendo, recordar que la singularidad también tiene grados;

- la segunda, que se trata de algo muy relacionado con la unidad (incluso cabe concebirla como un aspecto, en extremo relevante, de ella).

· En efecto, sostener que todo lo que existe goza de una unidad proporcional a su propio rango: no quiere solo significar que se encuentra dotado de una trabazón interna más o menos densa y rica, sino también que, como consecuencia, se distingue de (y relaciona diversamente con) las demás realidades (conforme es más intensamente lo que es, más se diferencia de todo el resto y más rica y multiforme su relación con cada elemento de la realidad).

· Según explicaban los clásicos, decimos que algo es «uno» (que tiene unidad) porque en su interior no está dividido («in se indivisum»), pero también porque es diferente de todo lo demás («ab aliis vero divisum»).

- Esta segunda «división» —la diferencia—, es lo que a menudo llamamos singularidad (cuando afirmamos que alguien es muy «singular» queremos expresar que es un tanto excéntrico, raro, distinto de lo normal o habitual).

- Y, como he apuntado al tratar de los organismos, tiene su repercusión clara y también progresiva en el modo de obrar: frente a la actividad prácticamente idéntica del mismo tipo de plantas, los animales de igual especie muestran ya algunas particularidades exclusivas de cada uno; y esto se acentúa, hasta poderse hablar de un auténtico salto cualitativo, en los seres humanos, en la medida en que cada uno es dueño de sus operaciones, y estas van dejando su huella «singularizadora» en cada cual.

· No puede, por tanto, sostenerse sin más distingos, cuando nos referimos a las personas, que un cenicero, un abedul o un mastín «son también singulares».

- Lo son, efectivamente, según ya vimos, pero en mucho menor grado y con mucho menor vigor que las realidades personales.

- Desde una perspectiva que atiende a la riqueza y a las modulaciones de la realidad, lo que es más, lo más noble, es también más singular, único e irrepetible.

Por eso, solo cuando esta verdad tan capital se ignora por completo, la igualdad de las personas, interpretada según unos esquemas fuertemente cuantitativos, casi aritméticos, acaba convirtiéndose en la gran aspiración de toda una época.

No se trata de una actitud ni de una reivindicación positivas, y conviene estar atentos.

Porque, de hecho, tal como por lo común se la concibe, esa igualdad «igualitarista» constituye un mal sucedáneo o incluso una falsificación de los mucho más nobles ideales del amor y la justicia:

- representa, si se me permite hablar así, no solo su versión light o descafeinada, sino su perversión:

y es que al magnificar lo común, sacrificando lo concreto, el igualitarismo al que vengo aludiendo ensalza la paridad, pero inmola la diferencia y toda la riqueza a ella ligada;

y esto no puede llevarse a cabo sino a gran precio: a costa de la singularidad, que es también categoría, perfección, personalidad… ser.

(Llegados a este punto, y aun no compartiéndolas por completo, puede resultar oportuno reflexionar sobre las enérgicas y un tanto agresivas palabras de Nietzsche, a las que otras veces he aludido. Aunque no las acepte plenamente, y prescindiendo de las connotaciones políticas, que ahora no hacen al caso, quizá sirvan de revulsivo para plantearnos con más hondura y vigor cuánto nos jugamos —sin ninguna conciencia, de ordinario, ¡y eso es lo peligroso!— al desatender nuestra propia singularidad y singularización y la de cuantos tenemos a nuestro cargo: «Para decirlo pronto y mal, niveladores, eso es lo que son los falsamente llamados "espíritus libres" —como esclavos elocuentes y plumíferos que son del gusto democrático y de sus "ideas modernas"—: todos ellos son hombres carentes de soledad, de soledad propia, toscos y bravos mozos, a los que no se les debe negar valor ni costumbres respetables; solo que son, cabalmente, gente no libre y ridículamente superficial […]. A lo que ellos querían aspirar con todas sus fuerzas es a la universal y verde felicidad-prado del rebaño, llena de seguridad, libre de peligro, repleta de bienestar y de facilidad de vida para todo el mundo: sus dos canciones y doctrinas más repetidamente canturreadas se llaman "igualdad de derechos" y "compasión con todo lo que sufre" —y el sufrimiento mismo es considerado por ellos como algo que hay que eliminar—».)

· Retomando una actitud y un lenguaje más equilibrados y serenos, mucho se ha conquistado en el mundo contemporáneo bajo el banderín de enganche de la igualdad. Pero muy probablemente habríamos ido más lejos atendiendo a las amables exigencias de la justicia y del amor:

- dar a cada uno lo suyo (justicia), y no a todos lo mismo… (que resulta tan injusto como tratar de manera diferente a quienes gozan de idénticos méritos o atributos),

- hasta la entrega total, hasta el holocausto en su sentido más original: desaparecer por completo en beneficio del ser querido…, que es la única manera de «ganarse» a sí mismo, de alcanzar la propia plenitud (amor).

(Y, además, sin necesidad de pagar el costo que han llevado consigo las corrientes igualitarias o «igualitaristas»: una uniformidad homogeneizante donde se pierde irremediablemente la radical originalidad de la persona y, con ella, y en la medida en que es posible, su misma índole y su ser personal

Por tanto, siempre que hablo de «desaparecer» en beneficio del ser querido o incluso de «disolverse» en él —expresión que no suelo utilizar, por dar lugar a equívocos—, en absoluto estoy proponiendo una pérdida de la propia individualidad; sino, muy al contrario, aun cuando ahora no sea el momento de mostrarlo por extenso, un incremento poderoso de la misma y, con ella, del propio ser y perfección).

ii) La «otredad». Cuanto acabamos de ver resulta todavía más claro si atendemos a un nuevo rasgo que caracteriza a todo cuanto existe o, mejor, a cada realidad singular y concreta: y es su índole de «otra» respecto al resto, incluido —¡y con más títulos que ningún otro ser!— el hombre, varón y mujer, más «otros» cada cual que ninguna otra realidad (de ahí que a veces, medio en broma medio en serio, sostenga que todo ser humano es «muy raro»… puesto que es único y radicalmente distinto).

Para aludir a esta propiedad, que en parte no es sino la prosecución de la singularidad tal como acabo de bosquejarla, los clásicos utilizaban el término aliquid. Y, mediante una etimología no del todo clara, pero que respeta su significado más profundo, interpretaban ese aliquid precisamente como alius quid: «otro qué». Cada realidad, según su rango o categoría, es «otra» respecto a todas las demás.

No es difícil advertir lo que hemos ganado al explicitar de este modo lo que ya se encontraba implícito al caracterizar a toda realidad como «una» y «singular».

• Por ejemplo, con el uso del término «otro»:

- advertimos mejor la autonomía (relativa e impropia independencia) de cada ser respecto a los restantes;

- y vemos asimismo intensificarse, junto con su consistencia o soberanía, una cierta «resistencia» u «oposición» al resto: pues, como sostuvo la filosofía al menos desde Aristóteles, nada puede ser distinto de otra cosa sino oponiéndose en cierto modo a ella.

(Al aplicarla al universo humano y, más en particular, a las relaciones inter-personales, veremos el cúmulo de implicaciones prácticas que encierra esta verdad teórica… como sucede con cuantas efectivamente lo son).

b) Verdad

i) A modo de introducción. Ahora prefiero analizar la respuesta que lo real demanda al ser humano.

· Y lo primero que debe subrayarse al respecto es precisamente que la realidad: no solo «hace posible» esa contestación, sino que, en el sentido más fuerte de estos vocablos, la exige: la impera o reclama.

Se trata de una afirmación que requiere multitud de esclarecimientos, en buena parte derivados también de la imposibilidad —al menos la que yo experimento— de hallar una terminología capaz de expresarlos con corrección.

· Al sostener que lo real se impone en cierto modo al hombre, puesto que demanda con autoridad algo de él, hay que añadir de inmediato:

• que las personas en absoluto quedan excluidas de esa «realidad-que-se-impone», sino que, al contrario, lo realizan de un modo mucho más acusado;

• y esto, por un motivo muy neto: porque precisamente su categoría en el ser es superior: son más intensamente reales que cualquier otro existente (como vimos, esa es la razón de que las denominemos personas) y, en consecuencia, solicitan con mayor vigor y perentoriedad la respuesta adecuada… de las restantes personas.

ii) Una distinción al menos operativa. Por consiguiente, si queremos medio entender lo que estoy planteando, es menester distinguir —solo para estos efectos y contra el uso habitual de los vocablos— entre «persona» y «yo».

Limitándonos a los varones y mujeres:

• los llamaremos personas precisamente en cuanto se destacan de todo el universo material por la sublimidad de su ser: en cuanto que son de un modo mucho más noble e intenso que los meros «animales» y «cosas»;

• hablaremos de «simple yo», sin embargo, cuando no se tiene en cuenta el ser que me constituye como persona, sino, por expresarlo de manera relativamente compleja —pero no encuentro otro modo, ¡paciencia!, los ejemplos ayudarán—, solo el yo que resulta de ese ser… sin el ser que lo fundamenta;

• cuestión que se torna relativamente clara al advertir que en tales circunstancias, y para entendernos, el valor de algo o de alguien se medirá absoluta y exclusivamente por la relación que guarde conmigo;

- mi opinión, solo por ser la mía, con independencia de las razones que la sustenten, gozará del más radical de los derechos para imponerse sobre cualquier otra;

- lo que yo realice, por el hecho de haberlo hecho yo, ¡y nada más!, será superior a lo que pudieran llevar a cabo las restantes personas;

- o, en el sentido contrario, algo o alguien será considerado mejor o peor en la exclusiva medida en que me produzca un beneficio: una utilidad, un placer… aunque no vaya más allá del simple caerme bien;

- del mismo modo, si yo quiero o deseo algo, los intereses o incluso los derechos de los demás palidecerán hasta desaparecer por completo: quedarán anulados;

- a su vez, los méritos (reales o presuntos) que yo alegue eliminarán de raíz, por ser los míos, a los que pudieran presentar las restantes personas… justo porque ninguna de ellas son «yo»;

- y los ejemplos podrían multiplicarse hasta el infinito, aunque así, reunidos y enunciados de manera tajante y sucesiva, pudieran parecer una exageración.

· A ese ego desarraigado del ser lo llamamos a veces pura subjetividad, origen del subjetivismo en su acepción peyorativa y del egocentrismo o egoísmo, en un lenguaje ya más cotidiano: la exaltación del yo que pone entre paréntesis los derechos de la «realidad», especialmente de la humana, de las otras personas (y de la mía misma en cuanto que es —y es persona— y no en cuanto mera subjetividad).

Lo más gracioso, e incluso cómico si no resultara dramático, es que con semejante postura, el yo que pretende garantizarse acaba por autodestruirse también teóricamente, al suprimir el fundamento real de su supremacía. (Lo muestran patentemente los últimos resultados de ciertas filosofías, que, siguiendo la huella del desprecio por el ser, prosiguen eliminando a Dios —Ser supremo—, para después declarar inexistente o inconsistente —«muerto» o más bien «aniquilado»— al propio hombre: es el nihilismo contemporáneo).

Y es que, en efecto, si el hombre destaca sobre todo lo infrahumano y puede ejercer un respetuoso dominio sobre ello, es justo porque su ser goza de una calidad infinitamente mayor que la del resto. Al margen de esa grandeza efectiva o real, cualquier pretensión o intento de sobresalir (¡o imponerse!)… se torna puro arbitrio.

Si prescindimos del ser que la constituye, la persona ya no es superior a nada. Paradójicamente, en virtud de esa opción con la que pretendía enaltecerse, y que subraya el ego en detrimento del ser, sencillamente… no es (o mejor, «es como si no fuera»)… y de ningún modo puede ser más noble que nada.

· Conclusión: en el respeto o reverencia al ser se afirman de manera simultánea: la supremacía indiscutida e indiscutible de la persona y el obligado miramiento a lo inferior a ella (en cuanto que, aun cuando en menor proporción que el hombre, también lo meramente físico es, tiene por tanto un valor… y reclama una respuesta proporcionada).

A la inversa, el intento de exaltar la dignidad humana de espaldas y como poniendo en sordina la consistencia del ser, de todo lo que posee el acto de ser y en el grado y medida en que lo ejerce, ha traído como fruto las aporías propias de la modernidad; al término:

- la depredación de la naturaleza, indefensa ante el ego humano todopoderoso, y justamente denunciada por los ecologistas, aunque a veces de manera inconsistente;

- y el imperio caprichoso de unos hombres sobre otros.

¿Razones?

Pues que, según sugería, al exaltar de forma incondicionada la subjetividad y menospreciar el ser (propio y del resto) no existe ningún motivo serio que impida al poder-arbitrio del más fuerte imponerse sobre los más desamparados.

En este sentido, y como prueba por contraste, tiene razón Michel Schooyans cuando sostiene que los dos grandes pilares de la civilización occidental se apoyan, como en su base, en una consolidada actitud de deferencia y veneración hacia lo real en cuanto que es.

Sin esa disposición de fondo, ni la ciencia ni el derecho hubieran sido posibles.

- Ni el auténtico conocimiento científico, si faltara la convicción de que la realidad posee una consistente congruencia, derivada en fin de cuentas de la firmeza y relativa estabilidad de su ser: que es como es… y no de cualquier modo.

- Ni tampoco la justicia, pues el dar a cada uno lo suyo (unicuique suum) remite en última instancia a las exigencias de unas realidades que, siendo como son, demandan y anticipan su propio cumplimiento perfectivo y, como consecuencia, lo que «se les debe»: en el hombre, de manera privilegiada, pero también en lo infrapersonal.

iii) Ciencia para saber y ciencia para manipular. Aunque resulte un tanto simplificadora y esquemática, la comparación entre Aristóteles y Descartes puede ponernos en el camino adecuado para comprender más a fondo en qué sentido la realidad debe considerarse verdadera.

- Quizá con más insistencia que ningún otro filósofo anterior a él, Aristóteles había recalcado que todo aquello que existe resulta verdadero, digno de ser conocido (en el fondo es lo que late bajo la afirmación que inicia su Metafísica: «todo hombre desea por naturaleza saber»… porque la realidad, sobre todo las personas, reclama ser conocida).

- Descartes, en un texto que se ha hecho famoso, afirma sin tapujos que no: que el hombre debe dejarse de «teorías» y buscar solo aquel tipo de conocimiento que le permita dominar la naturaleza en provecho propio (¿no suena esto tremendamente actual?).

- Por consiguiente, si se toma en serio esta afirmación —y Descartes pretendía nada menos que cambiar con ella el rumbo de la humanidad… cosa que en buena parte se ha llevado a cabo—, ahora resulta que todo lo que existe no se muestra «digno de ser conocido», sino más bien manipulable, susceptible de ser manufacturado, para ponerlo al servicio del hombre.

· La radicalidad y el alcance universal que tanto Aristóteles como Descartes pretenden para sus respectivas propuestas habrían permitido adivinar que también el hombre se incluía de manera virtual en el proyecto de dominio cartesiano (aun cuando el hecho de que el filósofo francés hablara de «la humanidad» como un bloque compacto situado frente a la Naturaleza pudiera enmascararlo).

Enviado por arvo.net - 29/12/2006 ir arriba
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