En una obra relativamente reciente —Introducción
a la antropología. La persona— esbocé temas varios y
distintos en extensión, aunque muy relacionados entre sí: la
condición de persona, su dignidad, su autonomía, la
libertad, el respeto y la reverencia, la singularidad y la
singularización, el conocimiento, el amor, los distintos
tipos de bienes, los valores, la contraposición entre
dignidad y precio…
Simultáneamente, como fundamento de todos
ellos, hicieron acto de presencia algunas
nociones-realidades de especial relevancia. En un esfuerzo
de simplificación, esas realidades básicas podrían reducirse
a tres:
1) la propia persona,
2) el ser que la
constituye como tal, y
3) el concreto modo de
obrar que les corresponde.
· Dando un
paso adelante, e intentando llegar al fondo del asunto, cabe
señalar el eje en torno al que en definitiva gira todo ello:
esa clave sería, sin duda, el ser propio de la
persona, también llamado ser personal.
(No en vano aludí allí de continuo a la
persona como a un modo de ser o, ciñendo más
la cuestión, a un modo de ser superior o privilegiado,
sublime… que necesariamente reclama una manera concreta y
también excelsa de obrar.)
· En
consecuencia, para apreciar con más hondura la condición
personal, dar mayor relieve a lo ya conocido y abrirnos a
consideraciones ulteriores, parece oportuno exponer tres
nuevos temas, algo más complicados que los tratados hasta el
momento:
1) en primer término, y de la
forma más breve e inteligible posible, en qué consiste ser
real;
2) a continuación, ya dentro de
este contexto, pero en cierta manera superándolo, qué es lo
propio de la persona, qué caracteres corresponden a su forma
peculiar y más noble de ser: en qué consiste, en fin de
cuentas, el ser persona (sería el tema central
de toda la indagación);
3) por fin, y según anunciaba en
la Introducción al libro citado, hasta qué
punto este enfoque desemboca y se prosigue en las
afirmaciones más vitales de los personalistas y de qué
suerte los enunciados de estos enriquecen y perfilan el
conocimiento de la condición personal, al tiempo que
encuentran su radical fundamento en la «metafísica de la
persona» previamente esbozada.
1.
Aproximación inicial a lo real
Teniendo en cuenta la envergadura de lo
apuntado, en este artículo abordaré solo el primero de los
temas.
Lo hago tras pedir un poco de paciencia,
pues solo aparentemente cuanto voy a tratar no tiene
nada que ver con el esclarecimiento de la condición
de persona. Muy al contrario, de hecho, como podrá
advertirse más adelante, resulta definitivo no solo para
semejante análisis, sino también para el acercamiento entre
metafísica y personalismo.
a) ¿En qué consiste ser real?
i) Un mero esbozo. Ya en el
escrito repetidas veces aludido anuncié lo costoso que
resulta definir la «realidad» en cuanto tal. Más aún,
sostuve que definirla, en sentido estricto, es
imposible.
Pero también añadía que esa imposibilidad
deriva, paradójicamente, de que todos sabemos lo que
significa ser real… aunque nos sintamos incapaces de
explicarlo. Y que no logramos exponerlo justo porque se
trata de un conocimiento absolutamente fundamental y
primario, algo que comprendemos de manera tan
inmediata que nos impide apelar a nociones previas para,
dentro de ese campo más extenso, acotar su significado
(recordemos que definir equivale a de-limitar o poner
límites).
(En este caso, la cuestión resulta obvia,
precisamente porque más amplio que la realidad… no existe
nada, ni en la naturaleza ni en nuestro conocimiento:
incluso cuando «pensamos» o intentamos «imaginar» la nada,
no podemos evitar concederle un cierto tipo de realidad,
aunque muy peculiar y curiosa.)
Pero si tal es la situación, ¿qué nos
quedaría por hacer?
En primer término, contemplar con mayor
penetración y detenimiento cuanto nos circunda y a nosotros
mismos, con objeto de descubrir su ser y los caracteres que
lo acompañan; y animar a quienes nos rodean a hacer otro
tanto.
¿Y algo más?
Tal vez acudir a términos con un
contenido análogo, del tipo «perfección», «consistencia»,
«densidad», «peso específico», «cohesión», «espesor»,
«firmeza»… aunque seamos bien conscientes de que ninguna de
esas palabras nos dirían nada si cada uno, por su propia
cuenta y riesgo, no tuviera un conocimiento previo, aunque
confuso, de lo real… derivado de su trato con
el mundo de las cosas, de las personas y consigo mismo.
En tanto ya sabemos lo que
significa «real», podemos apreciar los matices que a esa
percepción básica añaden vocablos como «perfección», «positividad»
y los otros que he nombrado. Pero no al contrario. Ahora
bien, supuesta esa comprensión primordial, las voces
complementarias apuntadas, y otras similares a las que luego
aludiré, quizás ayuden a asentar y a ahondar en el
conocimiento de lo que se entiende por (ser y por) realidad.
Esta sería, pues, la pregunta clave… y
bastante ardua de responder: ¿qué es lo que caracteriza a la
realidad, precisamente como tal?; ¿en qué consiste ser o ser
real?
ii) Tres rasgos capitales. Señalo
de momento tres atributos básicos, que más tarde iré
explicando. No importa, pues, que por ahora no acaben de
entenderse.
· Todo lo que
existe, lo que tiene ser, incluyendo en primer término y de
manera eminente a las personas, se caracteriza porque:
1) posee una consistencia propia
(es lo que es),
2) con total independencia de que
los hombres lo conozcamos o no, nos guste o nos
disguste, pensemos que debería o no debería existir, etc.;
y,
3) gozando de esa autonomía, exige de
cada uno de nosotros, justo de las personas, una
respuesta proporcionada.
iii) Dos testimonios de altura.
Con objeto de facilitar la comprensión intuitiva del asunto,
me centraré de momento en los dos primeros rasgos, aunque
sin prescindir por completo del último. Y acudiré al
testimonio de un par de grandes y profundos literatos: Clive
Staples Lewis y Jorge Guillén.
· Lewis:
1) Para referirse a lo que he
denominado la consistencia propia de lo real —a ese
ser lo que es—, acude al empleo
de expresiones figuradas como «sólido», «firme», «enérgico»,
«entusiasta», «intenso», «lleno de resolución», y otras
parecidas: así nos asegura que es la realidad.
2) Para expresar su
independencia respecto al sujeto humano, en el sentido
que acabo de exponer, habla por ejemplo de lo «tenazmente
real» como de aquello en lo que «tus
preferencias no cuentan»: es como es, al
margen de lo que el lector y yo deseemos o pensemos.
·
Guillén:
Por su parte, Jorge Guillén expresa algo
similar, de forma prácticamente insuperable, en su magistral
Cántico. Y, más en concreto, en el conjunto de versos
que abren el libro, titulado «Más allá». Se trata de un
poema que canta el resurgir del universo ante un ser humano
que despierta, y el estupor agradecido que la maravilla de
lo existente suscita en esa persona.
¿Qué notas definen la realidad de tal
universo?, ¿cómo lo caracteriza el poeta?
Puesto que cualquier intento de glosar la
poesía diluye o hace naufragar la plenitud de su mensaje, me
limitaré —con dudas y cierto temor— a entresacar algunos
versos y expresiones particularmente elocuentes.
Y esto, en dos fases.
1-2) En primer término, subrayaré
el uso de algunos vocablos que manifiestan la solidez
o consistencia del cosmos que renace y su
independencia respecto a quien lo percibe:
- «(El alma vuelve al cuerpo, / se dirige
a los ojos / y choca.) —¡Luz! Me invade / todo
mi ser. ¡Asombro!».
- «…mientras van presentándose / todas
las consistencias / que al disponerse en cosas
/ me limitan, me centran!».
- «Una seguridad / se
extiende, cunde, manda. / El esplendor
aploma / la insinuada mañana».
- «Y este ser implacable /
que se me impone ahora» […] «este ser,
avasallador / universal mantiene // también su
plenitud / en lo desconocido: / un más allá
de veras / misterioso, realísimo».
- «¿Dónde extraviarse, dónde? / Mi centro
es este punto: / cualquiera. ¡Tan plenario /
siempre me aguarda el mundo! // Una tranquilidad / de
afirmación constante / guía a todos los seres, / que
entre tantos enlaces // universales, presos / en la jornada
eterna, / bajo el sol quieren ser / y a su
querer se entregan…».
3) A continuación recojo algunas
expresiones que, además, manifiestan:
• que lo importante para la persona
humana es, en fin de cuentas, incrementar su propia
perfección o, con terminología metafísica, ser
cada vez con mayor intensidad;
• y que esa persona crece y mejora, y se
acerca a su plenitud, en contacto con el ser
de las realidades existentes (entre las que figurarían en
primer lugar las restantes personas, a las que
Guillén aquí no alude porque excede el contexto en que
encuadra su poema, pero a las que me referiré con profusión
más adelante):
- «Corre la sangre, corre / con fatal
avidez. / A ciegas acumulo / destino: quiero ser.
// Ser, nada más. Y basta. / Es la
absoluta dicha. / ¡Con la esencia en silencio /
tanto se identifica! // ¡Al azar de las suertes / únicas de
un tropel / surgir entre los siglos, / alzarse con el
ser, / y a la fuerza fundirse / con la
sonoridad / más tenaz: sí, sí, sí, /
la palabra del mar! // Todo me comunica, / vencedor, hecho
mundo, / su brío para ser / de veras real, en
triunfo. // Soy, más, estoy. Respiro. / Lo profundo es el
aire. / La realidad me inventa, / soy su
leyenda. ¡Salve!».
- «¡Oh perfección! Dependo
/ del total más allá, / dependo de las
cosas. / Sin mí son y ya están //
proponiendo un volumen / que ni soñó la mano, / feliz de
resolver / una sorpresa en acto».
(Como insinuaba, estamos solo ante un
pequeño botón de muestra, que podría completarse con
muchísimas más afirmaciones del propio Guillén, o con las de
tantos otros poetas, poseedores también del «sentido y de la
importancia de lo real» incluso en lo más
precario: el Rafael Morales de Los desterrados o de
Canción sobre el asfalto, sin ir más lejos, y algunos
versos especialmente pertinentes de La voz a ti debida,
de Pedro Salinas (por ejemplo: «Despierta. El día te llama /
a tu vida: tu deber / […]. Ponte en pie, afirma la recta /
voluntad simple de ser / pura virgen
vertical».)
Pero ahora tenemos que volver al escueto
lenguaje de la filosofía.
b) Entre el ser y el yo: ¿una
alternativa?
Para cualquiera que se encuentre al tanto
de los vientos que soplan en la actualidad, resultará claro
que los textos aludidos, en cuanto que afirman una realidad
autónoma respecto al hombre y no algo dependiente de la
cultura o de la libertad humana, se sitúan bastante
contracorriente.
Pero eso mismo los hace acreedores de un
comentario adicional.
i) ¿Existe una realidad en sí? Lo
que uno oye hoy a menudo —sobre todo si tiene la magnífica
«desgracia» de trabajar con, entre y para «filósofos»— es
que, en fin de cuentas, no existe nada que se acerque
remotamente a lo que cabría calificar como realidad en
sí, al margen del ser humano: sino que es éste el
que la modula y configura —¡la crea!—, si no a su antojo,
que también se oye en ocasiones, en función de las
coordenadas culturales o personales en que a su vez se
encuentra.
· Esta
afirmación básica y falsa (el hombre es el
autor de la realidad: esta no es nada —o nada concreto y
determinado— sin el hombre: incluso cada cual decida para sí
su propia «orientación sexual» o «sexo»), recibe muy
distintas formulaciones, más o menos claras o difusas y más
o menos reposadas o agresivas.
· En los
momentos actuales, la más de moda es tal vez la que apela al
multiculturalismo; podría expresarse así:
- en cada una de las prácticamente
infinitas culturas que existen, han existido y existirán la
realidad es radicalmente distinta;
- y, además, no hay criterio alguno para
determinar si lo que una cultura sostiene —su
realidad— es mejor o peor que lo defendido por cualquier
otra.
La versión casera de estas afirmaciones
cabe encontrarla en la Universidad, en boca de un estudiante
dotado de la mejor voluntad, que sostiene sin tapujos ni
titubeos que si él sale de la clase, cierra la puerta tras
sí y no se mueve de ese lugar, al cabo de unos segundos no
solo no puede estar seguro de que los alumnos restantes y el
mobiliario sigan existiendo, sino que, precisamente en
cuanto él no los ve, dejan de existir.
(No es una invención: me ha sucedido esta
misma tarde mientras explicaba Teoría del conocimiento;
y algo muy similar acaece cada curso alrededor de
veinticinco o treinta veces. Con bastante pena por la
manipulación intelectual de alto alcance que todo esto
supone, y con un deje de cariñosa ironía, casi siempre me
echo a temblar ante el inesperado poder de aniquilación que
manifiestan esos chicos y les imploro prácticamente de
rodillas que, por lo que más quieran, se mantengan firmes en
sus asientos y no se les ocurra salir de clase, cerrar la
puerta… y devolvernos a la nada: ¡todavía tenemos mucho que
hacer en esta vida!).
Y la misma idea, en versiones light
y no conscientes de ordinario, la encuentra uno a menudo en
cuanto entabla una conversación mínimamente seria o que
afecte a la vida vivida de nuestro interlocutor: «eso será
para ti; pero para mí…»; «eso es lo que tú piensas, lo que
piensa el Papa —esto sale siempre con determinados temas—…;
yo, sin embargo»; «cada uno tiene su verdad»… y una larga
cadena de variantes que no modifican el núcleo del asunto:
la realidad es relativa a cada cual.
ii) Relativizar el relativismo.
No es este el momento de apuntar una crítica, siquiera
somera, del relativismo escéptico. La he llevado a cabo en
otras ocasiones, y muchos la han realizado mejor que yo.
Interesa, sí, dejar claro:
1) que no se trata de una
cuestión simple, ajena a cualquier matiz o puntualización,
por cuanto, en efecto, el hombre tiene la capacidad (y la
ejerce incluso sin advertirlo) de descubrir, añadir o restar
un cierto significado a todo lo que encuentra a su
alrededor… empezando por sí mismo: de ello trataré más
adelante;
2) que, no obstante, tal facultad
no anula, sino que más bien confirma, la consistencia
inicial (el ser) de cuanto existe, incluido
—como uno de los casos más claros— el propio hombre: pues si
éste no fuera como es, no podría ni percibir
ni agregar sentidos a las cosas y personas, ni, además de
ello, modificarse a sí mismo o modificar cuanto lo circunda
(ni en el pensamiento o la imaginación ni en la misma
realidad extramental);
3) que, por consiguiente, resulta
imprescindible empezar confirmando sin
reservas la entidad o firmeza de cuanto existe al margen de
cualquier intervención humana y como fundamento de todas y
cada una de ellas;
(aquí, de nuevo, vendrían en nuestra
ayuda los conocidos versos de Machado: «el ojo que tú ves /
no es ojo porque lo veas, / es ojo porque te ve»; o esos
otros más conocidos y centrales: «¿tu verdad?; / no, la
verdad /, y ven conmigo a buscarla; / la tuya, guárdatela»);
4) que es de vital importancia
distinguir entre el conocimiento de una realidad y la
realidad en sí; la percepción de algo me afecta
efectivamente a mí, pero en absoluto —por el
simple hecho de conocerla o desconocerla— a la persona o
cosa en cuestión;
(la ley de la gravedad, pongo por caso,
no empezó a ejercerse al descubrirla Newton, sino que ha
sido una constante con independencia de ese hallazgo; y si
la formulación de Newton, generalmente aceptada, se
descubriera falsa… el comportamiento de los graves seguiría
siendo el que siempre ha sido y ahora es, mientras no
mudaran las condiciones reales del Universo);
5) que, a estos efectos, importa
mucho diferenciar los productos manufacturados y las
realidades naturales;
· el alumno
antes aludido no carecía de toda razón al decirme que si
alguien de otra cultura en que no se conociera la pizarra
entraba en clase, difícilmente la distinguiría de las
restantes superficies lisas (paredes, sobre todo), del aula,
y que, por tanto, para él la pizarra no
existía (más tarde me detendré en ese para él);
- ciertamente, cuando el hombre fabrica
algo, de ordinario lo destina a un fin o función y lo
realiza a tenor de ese designio; quien desconoce tal
objetivo está incapacitado para determinar en qué consiste
aquel artilugio (puesto que su ser resulta marcado por su
finalidad) y, retomando la expresión de mi alumno, cabría
sostener que para él no existe;
- con todo, me parece decisivo señalar
que la pizarra lo es no porque yo sepa su
destino o porque lo previera su creador, sino porque de
hecho, además y por encima de ambos requisitos, tras el
proceso de producción posee las características que hacen
posible escribir en ella con facilidad (cosa que, dicho sea
de pasada, no ocurre con demasiada frecuencia… al menos en
mi Universidad):
- ni la intención del fabricante ni el
conocimiento de quien la usa servirían para nada si lo
realmente elaborado no es una pizarra, en el
sentido arriba sugerido;
· por otra
parte, si lo que acabo de esbozar puede aplicarse a los
artículos manufacturados por el hombre, no ocurre lo mismo
con los distintos elementos de la naturaleza:
- estos son lo que son, con independencia
de que los seres humanos lo sepamos o no, o incluso ni
siquiera conozcamos que existen («este ser, avasallador /
universal mantiene // también su plenitud / en lo
desconocido: / un más allá de veras / misterioso,
realísimo», acabamos de leer en Cántico);
- y poseen un conjunto de virtualidades y
de posibilidades de transformación ya dadas…, aunque
nosotros vayamos descubriéndolas paulatinamente y muchas de
ellas resulten ignoradas para siempre o las olvidemos
después que otros las hubieran desenmascarado;
(+ un ejemplo relativamente simple puede
ayudar a comprenderlo:
- si un coche bien construido y en uso se
sitúa en un lugar donde ninguno de los presentes sabe
que se trata de un coche, hasta cierto punto
ese vehículo deja de ser un automóvil para transformarse
en… quién sabe qué: dormitorio precario para los indigentes,
adorno para el pueblo, contenedor de desperdicios, etc.;
precisamente porque el propósito y el diseño humano
materializado en los elementos oportunos hacen
que aquello sea un auto, cuando tal proyecto resulta
desconocido, hasta cierto punto —como insinuaba— deja
de ser lo que era… y solo vuelve a serlo cuando alguien
reconoce que tiene una función concreta y que ha
sido fabricado para cumplirla;
- tal vez la prueba más clara al respecto
es que —utilizando un lenguaje antropomórfico— el automóvil
necesita gasolina, aceite, etc., solo
si hay una persona que conozca para qué sirve y decida
utilizarlo;
+ por el contrario, las realidades
naturales son lo que son con independencia de
que alguien lo sepa o no;
- cosa que también se comprueba sin
problemas porque sus necesidades (y esto se advierte sobre
todo en los seres vivos) se dan con la misma intensidad y
fuerza al margen de nuestro conocimiento: a diferencia del
coche, un perro o un caballo o un manzano o un rosal
requieren del alimento o de las condiciones climáticas
adecuadas tanto si el hombre está al tanto como si no… o
incluso si ignora que existen;)
6) que, a raíz de lo bosquejado,
me parecen del todo pertinentes incluso las más fuertes
afirmaciones de Guillén, siempre que tengamos en cuenta el
lenguaje poético con que las reviste:
· en efecto,
por utilizar solo una de sus expresiones, las personas y
«las cosas [no artificiales], sin mí son y ya están» (y solo
a partir de ese ser y estar suyos y mío cabrá cualquier
género de modificación en mi apreciación de ellas o en su
misma realidad);
· por otro
lado, aunque resulte mucho más sutil, no deja de ser cierto
que «la realidad me inventa», al contrario de lo que
pretenden los relativistas;
+ si entendemos tal afirmación en el
sentido correcto, no soy yo quien me doy el ser a mí mismo
ni ha sido ninguno de nosotros quién ha «inventado» al
hombre (aunque, como estudiaremos, y ahora solo apunto, en
virtud de su libertad y sobre la base de la naturaleza
concreta recibida en cada caso, el varón y la mujer pueden
con toda justicia ser y llamarse artífices de sí mismos);
- (puestos a poner pegas, las modernas
técnicas de manipulación genética levantarían un cierto
interrogante respecto a ese «la realidad me inventa» que
acabo de aducir;
- pero:
por un lado, cada vez van quedando más
claro los problemas, también biológicos, que tales
incursiones en los orígenes de la vida humana traen consigo;
por otro, y más radical, los que se
utilizan en estos y similares procedimientos son
siempre elementos tomados de la naturaleza y más o
menos «retocados»: nunca una creación absoluta;)
7) que, desde la perspectiva
psíquica, descubrir y aceptar la realidad tal como es (la
mía y la de todo lo demás), aunque cuando existan causas
justificadas luche por modificarla o mejorarla, constituye:
• aparte de un maravilloso ejercicio de
la libertad, como más tarde explicaré, una de las
condiciones más imprescindibles para mantener no solo la paz
y la serenidad, sino incluso la salud mental;
• mientras que el rechazo de mi propio
modo de ser o de las circunstancias tal como se presentan
(con independencia, repito, de que me esfuerce después
por rectificarlas), es hoy uno de los motivos más frecuentes
y más de fondo de frustración y de un buen número de
perturbaciones psíquicas;
8) que, ya por último, el
para mí a que vengo aludiendo adquiere carácter
incondicional e incrementa su poderío hasta ahogar cualquier
otra consideración, en la misma medida en que tiendo a
absolutizar el yo en cuanto tal, a «darme
importancia», y, paralelamente, a restársela al ser
(de todas las demás cosas y personas… e incluso, aunque no
es fácil de comprender inicialmente, al mío mismo —mi ser,
no mi yo—, como veremos de inmediato;
· con otras
palabras, tomadas de la misma conversación a que me he
referido ya un par de veces:
- mientras algunas de las personas que
intervinieron en el diálogo sostenían, para apoyar a su
compañero —¡como era su obligación!—, que si estaban fuera
de clase no podían saber si el contenido del
aula permanecía inmutado (cuestión que, con ciertas
reservas, también yo certifico: por ejemplo, si se refiere a
un saber absolutamente cierto, pues algo
podría haber sucedido dentro del aula, que acabara con
ella y con nosotros),
- otros, sin darse apenas cuenta del
profundo cambio de alcance de su expresión, insistían en
que, al no percibirlas, esas realidades no existían
(añadiendo o no, según los casos, el para mí de
marras);
·
complementariamente, y confío en que se entienda de manera
intuitiva, quienes conceden la primacía absoluta al yo
en detrimento del ser, harán casi sin darse cuenta dos
cambios o «deslizamientos» de trascendental relieve:
- en el orden del saber teorético, del
conocimiento, puesto que lo que realmente importa soy
yo (¡y solo yo!, parodiando la conocida canción:
«tú, solo tú…»), si algo no existe para mí,
acabarán por concluir —aunque sea de forma implícita y sin
advertirlo— que, en fin de cuentas no existe… sin más;
- en el terreno de la praxis, del obrar
moral, sostendrán sin ningún tipo de remilgos y con total
coherencia (que no verdad) que con su cuerpo,
con sus pertenencias… tienen derecho a hacer
lo que quieran (o lo que deseen; en su jerga:
«lo que les dé la gana»):
la subjetividad (pura voluntad y
apetitos… ¡sin ser que los sustente!) se torna todopoderosa
y no tiene que rendir cuenta alguna al ser que
la constituye y que hace de ella una persona (recuérdese lo
que en su momento decía de la responsabilidad como
respuesta al propio ser —y al ajeno—, en la línea del
conocido precepto kantiano: no tratar como simple medio
ni a sí mismo ni a ningún otro; volveré sobre
ello);
pero por idéntico motivo, más tarde o más
temprano (y normalmente bastante temprano) esas
subjetividades «des-substanciadas», esos yo «auto-referentes
y sin fundamento» se arrogarán la potestad de obrar de
manera análoga —es decir, caprichosa y despótica— ya no
consigo mismos, sino con cualquier otra realidad (¿?), sea
cosa o sea persona;
(en este segundo caso, por lo común se
arbitrarán procedimientos, a menudo bastante complejos, para
enmascarar o restringir ese dominio —la libertad de los
demás como demarcación o límite de la mía, no obrar de modo
que se produzcan colisiones mortales, etc.—, pero sin
ninguna base: pues sin ser y sin la respuesta que este
reclama —y de la que muy pronto nos ocuparemos— no existe
razón alguna de peso para poner freno al
capricho, incluso al más voluble, de nadie… ni respecto de
sí ni respecto a otro).
2.
Algunos atributos de la realidad
Aunque pueda parecer exagerado, el
excursus del parágrafo precedente era imprescindible
para sostener cuanto ahora sigue y, en los casos en que
fuere necesario, tender un puente entre la metafísica y el
personalismo:
· Solo si se
concede una consistencia propia a todo aquello que es, y en
la medida en que lo sea, cabe fundamentar la real eminencia
de la persona respecto al resto de los existentes.
(De ese en la medida en que lo sea,
fundamental para cuanto vengo exponiendo, me ocuparé
enseguida.)
- Como expone Goethe en el Wilhelm
Meister, «La veneración al hombre no puede separarse de la
reverencia a lo que está por debajo de él y a lo que está
por encima de él».
- En nuestra clave: no cabe cimentarla al
margen o en el desprecio del ser… de todo cuanto es: lo
personal y lo no personal (aunque el ser de unos y otros sea
abismalmente diverso)
De ahí que, en las páginas que preceden,
haya intentado determinar en qué consiste ser o ser real…
con vistas a exponer más tarde el muy superior modo de ser
que corresponde a la persona. Pero tengo plena conciencia de
que la respuesta obtenida, aunque fundamental, a muchos les
resultará bastante pobre: que los «dejará fríos», según la
expresión al uso.
Intentaré, por eso, ahora:
- señalar algunas características que
acompañan a todo lo que existe, precisamente por existir
(más correcto sería afirmar «por ser»);
- y, de paso, hacer ver que esas
propiedades se configuran y modulan —adoptan una forma u
otra y son más o menos intensas— según el modo de ser y la
categoría de las distintas realidades: en la manera y
medida en que estas son, modo y medida que en las
personas se torna sublime.
a) Unidad
Los filósofos solemos afirmar que algo
posee más realidad, que es más, en el grado en
que su cohesión resulta mayor. Y viceversa: que en la
proporción en que se mina o socava su unidad se disminuye la
entidad o categoría de esas realidades.
Es un modo un tanto complicado de
expresar una experiencia común, origen de expresiones de uso
frecuente: «la unidad hace la fuerza», «el pueblo unido
jamás será vencido», «la familia que reza unida permanece
unida»… o incluso títulos de películas, algunas tan
excelentes como La fuerza de uno, y de obras
dramáticas (el «todos a una» de Fuenteovejuna
vendría a subrayar lo mismo, aunque con matices diversos).
Muy pocos ponen en duda que la unidad (no
la uniformidad) es un atributo positivo: para el matrimonio
y la familia, para un equipo de fútbol, para un colegio,
para las empresas y otras instituciones, para el conjunto de
la sociedad y de la humanidad… Y, al contrario, que la
«ruptura» o la «descomposición» son sinónimos de enfermedad,
de muerte, de falta de eficacia o de inutilidad… de
no-ser.
Con una sola reserva, ya apuntada: que la
unidad no se conciba como absoluta coincidencia u
homogeneidad y, en el ámbito humano, como masificación o «borreguismo».
i) La unidad… graduada. Y es que
la unidad bien entendida no excluye la variedad y la
riqueza, sino que, al contrario, más bien la reclama… y la
va exigiendo más conforme nos referimos a realidades de
mayor nivel (de ahí que el Ser supremo, el de Dios, sea
simultáneamente el más unitario —simple, se llama a veces— y
el de mayor riqueza: ambas propiedades en grado sublime e
inefable).
· Es aquí,
pues, donde entra en juego la jerarquía a que me vengo
refiriendo: existen grados de unidad,
correlativos a la mayor o menor calidad o grandeza de las
distintas realidades.
Por ejemplo, la unidad de una piedra
resulta bastante insignificante y anodina… porque la piedra
también es «muy poca cosa».
Y esa pobreza se manifiesta
fundamentalmente en que:
1) «hay poco que unificar»,
porque los elementos o partes que la componen son todos
prácticamente iguales: falta la riqueza y la necesidad de
«unificación» que otorga la variedad;
2) cada uno de esos elementos
influye muy levemente en los demás; casi se limita a estar
junto a los otros; y una de las pruebas más claras es que si
rompo o se quiebra el extremo de una roca, el resto
permanece inmutable, no «le sucede» apenas nada.
Estamos, pues, ante una realidad de muy
bajo rango, a la que corresponde una unidad e
interpenetración de sus elementos también de escaso calado
(y viceversa).
El asunto cambia radicalmente cuando nos
adentramos en el ámbito de lo vivo y conforme nos referimos
o tenemos en cuenta formas superiores de vida. En estos
casos, hablamos normalmente de organismos, de muy
distinta clase y complejidad.
Lo propio de los organismos es
precisamente que:
1) a partir de un determinado
nivel, sus componentes son por fuerza distintos entre sí y,
en unión con el resto, desempeñan cada uno su propia
función… que difícilmente otro puede realizar en su lugar;
- y que sin esa diversidad la vida
superior resultaría imposible (si el ojo y el oído, o los
pulmones y el corazón, no fueran radicalmente diferentes —a
la par que estrecha o vitalmente ligados entre sí— ningún
animal podría subsistir ni ejercer sus operaciones propias);
- conforme la unidad sube de rango
implica también mayor variedad de órganos y funciones y,
como consecuencia, mayor categoría;
2) los componentes de un ser vivo
influyen poderosamente unos en otros;
- su unidad no es de mera
yuxtaposición, sino de interpenetración recíproca, como ya
apunté;
- por eso, en estos casos —y más
conforme más nos elevamos en la escala de los seres—, no
puedo modificar o dañar una de las partes sin que eso afecte
a las restantes, y en ocasiones de forma tan relevante que
se destruye el todo;
- la mayor categoría de un
determinado ser lleva consigo una unidad cualitativamente
muy superior, en la que cada elemento influye más en los
restantes;
3) el organismo vivo se «destaca»
también operativamente de su entorno, aunque en una medida
infinitamente inferior al ser humano:
- frente a las realidades inertes, la
planta o el animal gozan de relativa autonomía (que no de
independencia): no reaccionan de manera automática o
inmediata ante lo que la afecta (como la leña que se quema
en contacto con el fuego), sino a través de una cierta
elaboración interior, derivada de un principio propio, con
la que se colma una suerte de hiato sin el que el obrar no
se daría: los animales, por ejemplo, perciben lo que les
rodea y solo entonces son capaces de obrar, en función de lo
conocido.
Como veremos, esto tiene manifestaciones
de gran alcance en los seres humanos.
ii) La singularidad. Fue
tratada abundantemente en la Introducción a la
Antropología, indicando en concreto que ser persona
equivale a gozar de una singularidad extrema.
Basta, pues, añadir un par de ideas:
- la primera, y en conformidad con lo que
ahora estamos viendo, recordar que la singularidad también
tiene grados;
- la segunda, que se trata de algo muy
relacionado con la unidad (incluso cabe concebirla como un
aspecto, en extremo relevante, de ella).
· En efecto,
sostener que todo lo que existe goza de una unidad
proporcional a su propio rango: no quiere solo significar
que se encuentra dotado de una trabazón interna
más o menos densa y rica, sino también que, como
consecuencia, se distingue de (y relaciona
diversamente con) las demás realidades (conforme es más
intensamente lo que es, más se diferencia de todo el resto y
más rica y multiforme su relación con cada elemento de la
realidad).
· Según
explicaban los clásicos, decimos que algo es «uno» (que
tiene unidad) porque en su interior no está dividido («in
se indivisum»), pero también porque es diferente de todo
lo demás («ab aliis vero divisum»).
- Esta segunda «división» —la
diferencia—, es lo que a menudo llamamos singularidad
(cuando afirmamos que alguien es muy «singular» queremos
expresar que es un tanto excéntrico, raro, distinto
de lo normal o habitual).
- Y, como he apuntado al tratar de los
organismos, tiene su repercusión clara y también progresiva
en el modo de obrar: frente a la actividad prácticamente
idéntica del mismo tipo de plantas, los animales de igual
especie muestran ya algunas particularidades exclusivas de
cada uno; y esto se acentúa, hasta poderse hablar de un
auténtico salto cualitativo, en los seres humanos, en la
medida en que cada uno es dueño de sus operaciones, y estas
van dejando su huella «singularizadora» en cada cual.
· No puede,
por tanto, sostenerse sin más distingos, cuando nos
referimos a las personas, que un cenicero, un abedul o un
mastín «son también singulares».
- Lo son, efectivamente, según ya vimos,
pero en mucho menor grado y con mucho menor vigor que las
realidades personales.
- Desde una perspectiva que atiende a la
riqueza y a las modulaciones de la realidad, lo que es
más, lo más noble, es también más singular, único e
irrepetible.
Por eso, solo cuando esta verdad tan
capital se ignora por completo, la igualdad de
las personas, interpretada según unos esquemas fuertemente
cuantitativos, casi aritméticos, acaba convirtiéndose en la
gran aspiración de toda una época.
No se trata de una actitud ni de una
reivindicación positivas, y conviene estar atentos.
Porque, de hecho, tal como por lo común
se la concibe, esa igualdad «igualitarista» constituye un
mal sucedáneo o incluso una falsificación de los mucho más
nobles ideales del amor y la justicia:
- representa, si se me permite hablar
así, no solo su versión light o descafeinada, sino su
perversión:
y es que al magnificar lo común,
sacrificando lo concreto, el igualitarismo al que
vengo aludiendo ensalza la paridad, pero inmola la
diferencia y toda la riqueza a ella ligada;
y esto no puede llevarse a cabo sino a
gran precio: a costa de la singularidad, que es también
categoría, perfección, personalidad… ser.
(Llegados a este punto, y aun no
compartiéndolas por completo, puede resultar oportuno
reflexionar sobre las enérgicas y un tanto agresivas
palabras de Nietzsche, a las que otras veces he aludido.
Aunque no las acepte plenamente, y prescindiendo de las
connotaciones políticas, que ahora no hacen al caso, quizá
sirvan de revulsivo para plantearnos con más hondura y vigor
cuánto nos jugamos —sin ninguna conciencia, de ordinario, ¡y
eso es lo peligroso!— al desatender nuestra propia
singularidad y singularización y la de cuantos tenemos a
nuestro cargo: «Para decirlo pronto y mal, niveladores,
eso es lo que son los falsamente llamados "espíritus libres"
—como esclavos elocuentes y plumíferos que son del gusto
democrático y de sus "ideas modernas"—: todos ellos son
hombres carentes de soledad, de soledad propia, toscos y
bravos mozos, a los que no se les debe negar valor ni
costumbres respetables; solo que son, cabalmente, gente no
libre y ridículamente superficial […]. A lo que ellos
querían aspirar con todas sus fuerzas es a la universal y
verde felicidad-prado del rebaño, llena de seguridad, libre
de peligro, repleta de bienestar y de facilidad de vida para
todo el mundo: sus dos canciones y doctrinas más
repetidamente canturreadas se llaman "igualdad de derechos"
y "compasión con todo lo que sufre" —y el sufrimiento mismo
es considerado por ellos como algo que hay que eliminar—».)
· Retomando
una actitud y un lenguaje más equilibrados y serenos, mucho
se ha conquistado en el mundo contemporáneo bajo el banderín
de enganche de la igualdad. Pero muy probablemente habríamos
ido más lejos atendiendo a las amables exigencias de la
justicia y del amor:
- dar a cada uno lo suyo (justicia), y no
a todos lo mismo… (que resulta tan injusto como
tratar de manera diferente a quienes gozan de idénticos
méritos o atributos),
- hasta la entrega total, hasta el
holocausto en su sentido más original: desaparecer por
completo en beneficio del ser querido…, que es la única
manera de «ganarse» a sí mismo, de alcanzar la propia
plenitud (amor).
(Y, además, sin necesidad de pagar el
costo que han llevado consigo las corrientes igualitarias o
«igualitaristas»: una uniformidad homogeneizante donde se
pierde irremediablemente la radical originalidad de la
persona y, con ella, y en la medida en que es posible, su
misma índole y su ser personal
Por tanto, siempre que hablo de
«desaparecer» en beneficio del ser querido o incluso de
«disolverse» en él —expresión que no suelo utilizar, por dar
lugar a equívocos—, en absoluto estoy proponiendo una
pérdida de la propia individualidad; sino, muy al contrario,
aun cuando ahora no sea el momento de mostrarlo por extenso,
un incremento poderoso de la misma y, con ella, del propio
ser y perfección).
ii) La «otredad». Cuanto
acabamos de ver resulta todavía más claro si atendemos a un
nuevo rasgo que caracteriza a todo cuanto existe o, mejor, a
cada realidad singular y concreta: y es su índole de «otra»
respecto al resto, incluido —¡y con más títulos que ningún
otro ser!— el hombre, varón y mujer, más «otros» cada cual
que ninguna otra realidad (de ahí que a veces, medio en
broma medio en serio, sostenga que todo ser humano es «muy
raro»… puesto que es único y radicalmente distinto).
Para aludir a esta propiedad, que en
parte no es sino la prosecución de la singularidad tal como
acabo de bosquejarla, los clásicos utilizaban el término
aliquid. Y, mediante una etimología no del todo clara,
pero que respeta su significado más profundo, interpretaban
ese aliquid precisamente como alius quid: «otro
qué». Cada realidad, según su rango o categoría, es «otra»
respecto a todas las demás.
No es difícil advertir lo que hemos
ganado al explicitar de este modo lo que ya se encontraba
implícito al caracterizar a toda realidad como «una» y
«singular».
• Por ejemplo, con el uso del término
«otro»:
- advertimos mejor la autonomía (relativa
e impropia independencia) de cada ser respecto a los
restantes;
- y vemos asimismo intensificarse, junto
con su consistencia o soberanía, una cierta «resistencia» u
«oposición» al resto: pues, como sostuvo la filosofía al
menos desde Aristóteles, nada puede ser distinto de otra
cosa sino oponiéndose en cierto modo a ella.
(Al aplicarla al universo humano y, más
en particular, a las relaciones inter-personales, veremos el
cúmulo de implicaciones prácticas que encierra esta verdad
teórica… como sucede con cuantas efectivamente lo son).
b) Verdad
i) A modo de introducción.
Ahora prefiero analizar la respuesta que lo real
demanda al ser humano.
· Y lo primero
que debe subrayarse al respecto es precisamente que la
realidad: no solo «hace posible» esa contestación, sino que,
en el sentido más fuerte de estos vocablos, la exige:
la impera o reclama.
Se trata de una afirmación que requiere
multitud de esclarecimientos, en buena parte derivados
también de la imposibilidad —al menos la que yo experimento—
de hallar una terminología capaz de expresarlos con
corrección.
· Al sostener
que lo real se impone en cierto modo al hombre, puesto que
demanda con autoridad algo de él, hay que añadir de
inmediato:
• que las personas en absoluto quedan
excluidas de esa «realidad-que-se-impone», sino que, al
contrario, lo realizan de un modo mucho más acusado;
• y esto, por un motivo muy neto: porque
precisamente su categoría en el ser es superior: son más
intensamente reales que cualquier otro existente
(como vimos, esa es la razón de que las denominemos
personas) y, en consecuencia, solicitan con mayor vigor
y perentoriedad la respuesta adecuada… de las restantes
personas.
ii) Una distinción al menos operativa.
Por consiguiente, si queremos medio entender lo que
estoy planteando, es menester distinguir —solo
para estos efectos y contra el uso habitual de los
vocablos— entre «persona» y «yo».
Limitándonos a los varones y mujeres:
• los llamaremos personas precisamente en
cuanto se destacan de todo el universo material por
la sublimidad de su ser: en cuanto que
son de un modo mucho más noble e intenso que los
meros «animales» y «cosas»;
• hablaremos de «simple yo», sin embargo,
cuando no se tiene en cuenta el ser
que me constituye como persona, sino, por expresarlo de
manera relativamente compleja —pero no encuentro otro modo,
¡paciencia!, los ejemplos ayudarán—, solo el yo
que resulta de ese ser… sin el ser que lo
fundamenta;
• cuestión que se torna relativamente
clara al advertir que en tales circunstancias, y para
entendernos, el valor de algo o de alguien se medirá
absoluta y exclusivamente por la relación que guarde
conmigo;
- mi opinión, solo por ser
la mía, con independencia de las razones que la sustenten,
gozará del más radical de los derechos para imponerse sobre
cualquier otra;
- lo que yo realice, por el hecho de
haberlo hecho yo, ¡y nada más!, será superior
a lo que pudieran llevar a cabo las restantes personas;
- o, en el sentido contrario, algo o
alguien será considerado mejor o peor en la exclusiva medida
en que me produzca un beneficio: una utilidad,
un placer… aunque no vaya más allá del simple caerme bien;
- del mismo modo, si yo
quiero o deseo algo, los intereses o incluso los derechos de
los demás palidecerán hasta desaparecer por completo:
quedarán anulados;
- a su vez, los méritos (reales o
presuntos) que yo alegue eliminarán de raíz,
por ser los míos, a los que pudieran presentar las restantes
personas… justo porque ninguna de ellas son «yo»;
- y los ejemplos podrían multiplicarse
hasta el infinito, aunque así, reunidos y enunciados de
manera tajante y sucesiva, pudieran parecer una exageración.
· A ese
ego desarraigado del ser lo llamamos a veces pura
subjetividad, origen del subjetivismo en su acepción
peyorativa y del egocentrismo o egoísmo, en un
lenguaje ya más cotidiano: la exaltación del yo que pone
entre paréntesis los derechos de la «realidad»,
especialmente de la humana, de las otras personas (y de la
mía misma en cuanto que es —y es persona— y no
en cuanto mera subjetividad).
Lo más gracioso, e incluso cómico si no
resultara dramático, es que con semejante postura, el yo que
pretende garantizarse acaba por autodestruirse también
teóricamente, al suprimir el fundamento real
de su supremacía. (Lo muestran patentemente los últimos
resultados de ciertas filosofías, que, siguiendo la huella
del desprecio por el ser, prosiguen eliminando a Dios —Ser
supremo—, para después declarar inexistente o inconsistente
—«muerto» o más bien «aniquilado»— al propio hombre: es el
nihilismo contemporáneo).
Y es que, en efecto, si el hombre destaca
sobre todo lo infrahumano y puede ejercer un respetuoso
dominio sobre ello, es justo porque su ser
goza de una calidad infinitamente mayor que la del resto. Al
margen de esa grandeza efectiva o real,
cualquier pretensión o intento de sobresalir (¡o
imponerse!)… se torna puro arbitrio.
Si prescindimos del ser que la
constituye, la persona ya no es superior a
nada. Paradójicamente, en virtud de esa opción con la que
pretendía enaltecerse, y que subraya el ego en
detrimento del ser, sencillamente… no es (o
mejor, «es como si no fuera»)… y de ningún
modo puede ser más noble que nada.
· Conclusión:
en el respeto o reverencia al
ser se afirman de manera simultánea: la supremacía
indiscutida e indiscutible de la persona y el obligado
miramiento a lo inferior a ella (en cuanto que, aun cuando
en menor proporción que el hombre, también lo meramente
físico es, tiene por tanto un valor… y reclama una respuesta
proporcionada).
A la inversa, el intento de exaltar la
dignidad humana de espaldas y como poniendo en sordina la
consistencia del ser, de todo lo que posee el
acto de ser y en el grado y medida en que lo ejerce, ha
traído como fruto las aporías propias de la modernidad; al
término:
- la depredación de la naturaleza,
indefensa ante el ego humano todopoderoso, y justamente
denunciada por los ecologistas, aunque a veces de manera
inconsistente;
- y el imperio caprichoso de unos hombres
sobre otros.
¿Razones?
Pues que, según sugería, al exaltar de
forma incondicionada la subjetividad y menospreciar el ser
(propio y del resto) no existe ningún motivo serio que
impida al poder-arbitrio del más fuerte imponerse sobre los
más desamparados.
En este sentido, y como prueba por
contraste, tiene razón Michel Schooyans cuando sostiene que
los dos grandes pilares de la civilización occidental se
apoyan, como en su base, en una consolidada actitud de
deferencia y veneración hacia lo real en cuanto que es.
Sin esa disposición de fondo, ni la
ciencia ni el derecho hubieran sido
posibles.
- Ni el auténtico conocimiento
científico, si faltara la convicción de que la realidad
posee una consistente congruencia, derivada en fin de
cuentas de la firmeza y relativa estabilidad de su ser: que
es como es… y no de cualquier modo.
- Ni tampoco la justicia, pues el dar a
cada uno lo suyo (unicuique suum) remite en última
instancia a las exigencias de unas realidades que, siendo
como son, demandan y anticipan su propio cumplimiento
perfectivo y, como consecuencia, lo que «se les debe»: en el
hombre, de manera privilegiada, pero también en lo
infrapersonal.
iii) Ciencia para saber y
ciencia para manipular. Aunque resulte un tanto
simplificadora y esquemática, la comparación entre
Aristóteles y Descartes puede ponernos en el camino adecuado
para comprender más a fondo en qué sentido la realidad debe
considerarse verdadera.
- Quizá con más insistencia que ningún
otro filósofo anterior a él, Aristóteles había recalcado que
todo aquello que existe resulta verdadero,
digno de ser conocido (en el fondo es lo que late
bajo la afirmación que inicia su Metafísica: «todo
hombre desea por naturaleza saber»… porque la
realidad, sobre todo las personas, reclama ser conocida).
- Descartes, en un texto que se ha hecho
famoso, afirma sin tapujos que no: que el hombre debe
dejarse de «teorías» y buscar solo aquel tipo de
conocimiento que le permita dominar la naturaleza en
provecho propio (¿no suena esto tremendamente actual?).
- Por consiguiente, si se toma en serio
esta afirmación —y Descartes pretendía nada menos que
cambiar con ella el rumbo de la humanidad… cosa que en buena
parte se ha llevado a cabo—, ahora resulta que todo
lo que existe no se muestra «digno de ser conocido», sino
más bien manipulable, susceptible de ser
manufacturado, para ponerlo al servicio del hombre.
· La
radicalidad y el alcance universal que tanto Aristóteles
como Descartes pretenden para sus respectivas propuestas
habrían permitido adivinar que también el hombre se
incluía de manera virtual en el proyecto de dominio
cartesiano (aun cuando el hecho de que el filósofo francés
hablara de «la humanidad» como un bloque compacto situado
frente a la Naturaleza pudiera enmascararlo).