Introducción
Desde hace algunos años, cuando
comencé a ocuparme de estos temas, he sentido una
inclinación irresistible a unir a la palabra
«sexualidad» algún término enérgicamente ponderativo,
hablando así del prodigio, de la grandeza, del vigor, de
la sublimidad… de la sexualidad humana.
Tal planteamiento, eminentemente
positivo, es el que presidirá cuanto sigue. Pero,
incluso así, reducido a sus aspectos más nobles y
atrayentes, se trata de un tema muy amplio y rico,
susceptible de múltiples enfoques y, en consecuencia,
inabarcable.
Por eso, en este escrito y en los que
le suceden me limitaré a apuntar algunas cuestiones
básicas, sobre todo en lo que atañe a la muy estrecha
relación de la sexualidad con la persona
y, más aún, con el amor personal,
particularmente en el seno del matrimonio.
1. ¿Por qué una
antropología?
Como apuntaba Viladrich a principios
de los 90, la actual crisis de la familia podría también
arrojar un saldo positivo: tras haber desaparecido
muchas de las funciones atribuidas en otro tiempo a la
institución familiar, sin que formaran parte de su
esencia, hoy resulta más sencillo esclarecer la
efectiva naturaleza de la familia en cuanto familia…
advirtiendo que esta se encuentra determinada, en última
instancia, por el amor incondicional, incondicionable e
incondicionado, que lleva a tratar a cada uno de sus
miembros como persona.
Algo parecido sucede con el ejercicio
de la sexualidad y con su natural consecuencia, la
fecundidad, en los que en cierto modo se origina y crece
la familia. También ellos se hallan, desde hace ya
algunos lustros, en estado continuo de alerta roja. Y
también por lo que a ellos respecta, vemos desgajarse de
la «sexualidad-paternidad-maternidad» elementos o
circunstancias que en otros tiempos la favorecían… sin
serle absolutamente esenciales.
Así lo expresaba José María Pemán,
hace ya más de 50 años, desde la concreta perspectiva de
la madre:
«No cabe duda que la maternidad sufre
en el mundo una tremenda crisis. Es una planta que solo
puede criarse bien en un clima un poco encantado y
maravilloso. En un mundo regido por urgencias materiales
y económicas sufre rudos golpes, porque es un bello
sueño más que un negocio práctico. Fue negocio un día,
en una hora ancha y feudal, donde se decía "el mundo es
de las grandes familias". Lo es todavía en el orbe
agrícola de los pueblos poco poblados. No hay para la
familia civilizaciones más felices que aquellas donde se
encuentran en el mismo camino la maravilla y el negocio.
Donde, por encima del hombro maternal que acuna su flor
maravillosa entre cuentos y romances, el varón recuenta
gozoso un brazo más para su tierra o un soldado más para
su mesnada. Pero en el mundo ciudadano moderno —pisos
mínimos, grandes distancias, trabajo de la mujer,
quehaceres del marido— el realismo se ha echado
demasiado encima del juego maravilloso, y sin maravilla
y juego no hay maternidad posible. En Norteamérica, la
familia se acaba absolutamente por las razones más
duramente vulgares: por falta de sitio y de tiempo. Pero
esto, que "puede" concretamente con la familia y con el
hijo, no puede con la maternidad en sí. Al apretarla,
cuando cree que la ha ahogado en su estrechez de paredes
y prisa, lo que ha conseguido es que rebose hacia la
calle, hacia la vida social».
· Más allá
de ciertos anacronismos, y de elementos hoy
fundamentales que no se consideran en la cita —¿es
cierto que la maternidad ha salido hacia la calle e
impregna la vida social?—, la conclusión que cabe
extraer de estas palabras, desde la perspectiva que
pretendo adoptar, resulta bastante clara, sobre todo si
se la ilumina con algunas aportaciones complementarias.
Las resumo al máximo, aun a riesgo de
simplificarlas, pues serán objeto de estudio en otro
momento y lugar. La «Revolución del 68» se planteó
fundamentalmente y ejerció su mayor influjo en los
dominios de la sexualidad. Junto y en conexión con
ella, algunas feministas radicales se movieron en la
misma esfera y en una dirección muy concreta.
La «liberación» de la mujer se
tradujo finalmente en liberación respecto
al varón, justo en lo que atañe a la sexualidad, para
más tarde traducirse en «liberación» de la maternidad.
Pero en los años más recientes la
naturaleza femenina ha vuelto por sus fueros, y
bastantes de las mujeres entonces beligerantes, y
muchísimas otras, experimentan de un modo muy distinto
la «nostalgia» de ser madres.
En cualquier caso, las tres décadas
que cierran el siglo XX y los años transcurridos en el
XXI han introducido, teórica y vitalmente,
modificaciones esenciales en la sexualidad humana, que
han puesto de relieve rasgos y características hasta hoy
desconocidas.
· Por todo
ello, nos encontramos en un momento muy propicio para
abordar de forma más directa y definitiva el estudio de
lo que realmente es y debe significar la sexualidad
humana, así como su ejercicio.
Y para eso es imprescindible el
enfoque antropológico: de una antropología
filosófica que hunda sus raíces en la metafísica, acoja
las aportaciones de otras disciplinas, incluidas las
ciencias experimentales, y que se encuentre abierta,
también, a la fe y a la teología.
a) Sin excluir los saberes
experimentales…
Antropología cabal e íntegra, por
tanto… en masculino y femenino. Scheler sostenía que «en
la historia de más de diez mil años somos nosotros la
primera época en que el hombre se ha convertido para sí
mismo radical y universalmente en un ser problemático:
el hombre ya no sabe lo que es y se da cuenta de que no
lo sabe. Solamente haciendo tabla rasa de todas las
tradiciones referentes a este problema, contemplando con
sumo rigor metodológico y con extrema maravilla a ese
ser que se llama hombre, se podrá llegar nuevamente a
unos juicios debidamente fundados».
Y Rassam puntualiza: «… hoy el
problema de la persona es enfocado casi exclusivamente
desde un punto de vista psicológico y ético, con
preocupaciones esencialmente sociales, políticas y
económicas. Pero, a la vez, se olvida nada menos que la
dimensión ontológica de la persona, es decir, lo
que es el soporte mismo de su originalidad psicológica,
de su valor moral y de su destino espiritual».
Antropología con fundamento
metafísico, en consecuencia. Otras consideraciones —las
que solemos denominar «científicas», entendiendo la
ciencia en su acepción predominantemente experimental—
serán sin duda enriquecedoras e incluso imprescindibles,
y por eso haremos uso de ellas a lo largo de este
escrito. Pero ninguno de esos saberes puede erigirse en
la clave última y definitiva para dirigir la conducta de
las personas en su índole estrictamente personal y, por
consiguiente, tampoco en lo que atañe al uso y
regulación de sus dimensiones sexuales.
Según sostiene Benedicto XVI, «más
allá de los límites del método experimental, en el
confín del reino que algunos llaman meta-análisis, donde
ya no basta o no es posible solo la percepción sensorial
ni la verificación científica, empieza la aventura de la
trascendencia, el compromiso de "ir más allá"».
· Tiempo
atrás, el entonces cardenal Ratzinger establecía el
criterio de fondo: «… si bien en una perspectiva
puramente científica el cuerpo humano puede considerarse
y tratarse como un compuesto de tejidos, órganos y
funciones, del mismo modo que el cuerpo de los animales,
a aquél que lo mira con ojo metafísico y teológico esta
realidad aparece de modo esencialmente distinto, pues se
sitúa de hecho en un grado de ser cualitativamente
superior».
Por eso, aun cuando ayude mucho a
lograrlo, no cabe determinar lo que somos realmente ni
derivar el sentido de nuestra existencia de los datos de
la biología sobre la estructura del hombre, por muy
abundantes que sean. Según explica un autor alemán:
«El ser humano no descubre el
significado de la vida en el análisis —incluso
exhaustivo— de sus genes, sino mediante el conocimiento
de su naturaleza, proporcionado sobre todo por el
ejercicio, estudio y consideración de las relaciones
sociales, personales y religiosas».
Pero lo mismo habría que decir de
otras muchas disciplinas, como la sociología, la
economía, la psicología, la demografía, etc., a las que
más tarde aludiré de nuevo.
Y no solo porque estos saberes estén
sometidos a continuo cambio y revisión y por las razones
de tipo teórico a las que ya he aludido. Sino también
por otras de naturaleza más práctica, capaces de influir
en los individuos singulares… que son los únicos
existentes.
b)… pero dentro de una consideración
global de la persona
Ciñéndome al caso que nos ocupa,
pienso que muy pocos matrimonios tienen o dejan de tener
hijos —¡de manera consciente y voluntaria!—, por motivos
macroeconómicos o demográficos. Y la prueba es que los
planteamientos de la demografía están cambiando en los
últimos lustros, que también existen modificaciones en
el modo de concebir la economía, que en muchos países se
ha invertido la política económico-familiar… y que esto
no ha engendrado una variación apreciable en el ritmo de
nacimientos en prácticamente ningún lugar del mundo.
Desde hace ya bastantes años, un
nuevo plantel de demógrafos cuestiona y demuestra la
invalidez de los otrora intocables dogmas neomaltusianos.
Apoyados en datos incontrovertibles, están haciendo ver
a todo el que lo desee que el incremento de población no
es la causa de la pobreza del Tercer Mundo y que, en
definitiva, las personas constituyen el recurso
principal con que cuenta un país para impulsar su
desarrollo. Pertenecen a este grupo de revisionistas,
entre otros, Simon Kuznets, Colin Clark, P.T. Bauer,
Ester Boserup, Albert Hirshman, Julian Simon, Richard
Easterlin y Karl Zinsmeister.
Por ejemplo, en un artículo publicado
en The National Interest (Washington),
Zinsmeister deshace la conexión, hasta hace poco casi
sagrada, entre incremento notable de la población o
«exceso» total de habitantes, por un lado, y miseria,
por otro. Apoyándose en un conjunto de investigaciones
científicamente correctas, concluye, por ejemplo:
«Hay docenas de países poco poblados
que son pobres y sucios y padecen hambre. Y hay multitud
de países con población grande y densa, que son
prósperos y atractivos. Esto no significa que la
densidad sea una ventaja, pero sí que el número de
habitantes no es la variable decisiva.
No existe, pues, un número apropiado
de habitantes: se puede lograr el éxito económico tanto
en países poco poblados como en los de elevada densidad
de población. Los demógrafos revisionistas gustan de
señalar que cada niño viene al mundo equipado no solo
con una boca, sino también con dos manos y un cerebro.
Las personas no solo consumen; también producen:
alimentos, capital, incluso recursos».
Mas, según comentaba, nada de esto
incide apenas en el número real de nacimientos, sobre
todo en los países desarrollados de Occidente.
Cabría concluir, pues, que la
sexualidad y la fecundidad matrimoniales se encuentran
depreciadas debido a causas más profundas que las
citadas hasta el momento: a un estado general de la
civilización contemporánea, con un conjunto de
prioridades muy claras y no siempre correctas, que cobra
vida o se traduce en motivos estrictamente personales…
tomados en el interior de las familias.
En relación a bastante de los
extremos apuntados, y de muchos otros que ahora no puedo
considerar, conviene leer estos juicios de Brancatisano:
«A la mujer que retorna a la maternidad porque "no se
ve" sin ser madre, deberíamos preguntarle el porqué de
esa vuelta, tras un abandono plenamente consciente
respecto a la maternidad "concreta", y casi total en
relación con la maternidad psicológica.
Con estos dos modos de calificar la
maternidad me refiero, por una parte, al hecho de
generar al hijo y, por otra, al modo de relacionarse con
o de concebir la maternidad. En lo que atañe al primer
punto, es patente la crisis demográfica de aquellas
regiones del mundo acordes con esta cultura; en lo que
se refiere al segundo, conviene advertir que la
maternidad hoy ya no se vive con naturalidad ecológica,
sino con una actitud progresivamente más problemática,
que se acerca mucho o desemboca en ansiedad e incluso en
terror.
Habiendo dejado de ser un evento
natural, consecuencia espontánea de la vida sexual de la
mujer, la maternidad se parece más y más a una
enfermedad que debe prevenirse —mediante la
contracepción— o "monitorizar" con atención obsesiva
mediante el entero curso de su preparación, el embarazo.
El terror se refiere más que nada, sin embargo, a una
especie de habitus —a menudo inconsciente— que se
forma en la psique de la mujer durante todos los años
(entre 15 y 25, por término medio) en que decide tener
una vida sexualmente activa, pero prescindiendo de forma
categórica de la maternidad.
En estos años, los más fértiles desde
cualquier punto de vista, la actitud de la mujer
respecto a su propia capacidad de engendrar resulta
—consciente o inconscientemente— no solo negativa porque
así lo plantea y lo desea, sino orientada de continuo
contra la posibilidad de quedarse embarazada:
en la psique femenina se insinúa un sentido de terror
respecto a un acontecimiento temido y que, no obstante,
la amenaza… por el hecho de que, por naturaleza, se
encuentra inseparablemente unido a las relaciones
sexuales.
Un fenómeno tan prolongado y profundo
no puede sino dejar una huella en el modo de pensar, de
vivir y de afrontar la maternidad, cuando la mujer se
decide a tener hijos. Huellas todavía no del todo
determinadas, pero sin duda alguna importantes».
Volviendo a las razones íntimas que
conducen a apreciar o a huir de la paternidad, resulta
bastante claro que tales motivos no pueden ser
desvelados por las ciencias particulares, una a una o en
su conjunto; sino, más que por ninguna otra disciplina,
por una auténtica antropología de la sexualidad y la
fecundidad, apoyada también en tales ciencias, como
antes esbozaba.
Curiosamente, aun cuando nuestro
quehacer cotidiano esté tremendamente mediado y
orientado por los avances técnicos derivados de las
ciencias experimentales, lo que nos lleva a tomar las
decisiones más de fondo —las que más afectan al conjunto
de nuestra existencia— siguen siendo razones de corte
antropológico o filosófico.
En este contexto podrían situarse
unas nuevas palabras de Ratzinger:
«Quien entra en una disputa semejante
debe tener claro lo siguiente: nuestra sabiduría acerca
de Dios, el carácter personal del hombre y su condición
de comienzo nuevo no pueden ser un conocimiento
positivamente contrastado de igual modo que los
resultados obtenidos con aparatos sobre los mecanismos
de la reproducción. Los enunciados sobre Dios y el
hombre quieren llamar la atención acerca de que el
hombre se niega a sí mismo —es decir, repudia la
realidad incontrovertible—, cuando rehúsa trascender el
laboratorio con su pensamiento».
Y también los juicios, más actuales y
con matices añadidos, de Rhonheimer:
«La creación de la "nueva cultura de
la vida humana" […] tiene que comenzar, con todo, en
diversos planos. El plano político-legal es solo un
aspecto. Las leyes desempeñan, en verdad "un importante
y a veces decisivo cometido en el fomento de una forma
de pensar y de una costumbre". En una sociedad marcada
por la apelación a los derechos individuales la
legislación y la jurisprudencia mantienen vivo en la
esfera pública el "lenguaje de la responsabilidad" y
poseen con ello una función expresiva y de configuración
de las mentalidades.
«Sin embargo, en último término la
creación de una cultura de vida se decide en aquellos
lugares en los que la vida surge y experimenta su primer
desarrollo: en el seno de la familia. […] La familia es
el lugar de la formación de la conciencia, en el que es
necesario experimentar y aprender el amor, el espíritu
de servicio y las virtudes que llevan a aceptar la vida
humana en todos sus estadios y estados como un regalo y
don. La familia se convierte así en el punto focal del
interés y la preocupación de todos».
O estos otros de J. Ratzinger, ahora
ya como Benedicto XVI:
«En general se coincide en afirmar
que a escala planetaria, y especialmente en los países
desarrollados, existen dos tendencias significativas y
relacionadas entre sí: por una parte, aumenta la
expectativa de vida; y, por otra, disminuyen los
nacimientos. Mientras las sociedades envejecen, muchas
naciones o grupos de naciones carecen de un número
suficiente de jóvenes para renovar su población.
Esta situación es resultado de
múltiples y complejas causas, a menudo de carácter
económico, social y cultural […]. Sin embargo, sus
raíces profundas son morales y espirituales; se
deben a una preocupante falta de fe, de esperanza y, en
especial, de amor. Traer hijos al mundo requiere que el
eros egoísta se realice en un agapé
creativo, arraigado en la generosidad y caracterizado
por la confianza y la esperanza en el futuro. Por su
misma naturaleza, el amor tiende a lo eterno. Tal vez la
falta de este amor creativo y de altas miras sea la
razón por la que muchas parejas hoy deciden no casarse,
numerosos matrimonios fracasan y ha disminuido tanto el
índice de natalidad».
Y esos motivos, hondos y globales a
la par que muy concretos, son los que hay que ofrecer a
los cónyuges.
En el fondo, y a modo de resumen, se
trata de averiguar cómo, por qué y en qué medida influye
la conciencia y el ejercicio de la propia sexualidad en
el logro de la plenitud humana y, como
consecuencia, en qué proporción y por qué causas
refuerza o no la felicidad de quienes componen un
matrimonio y del conjunto de la familia.
Desde semejante perspectiva habrá que
considerar cuanto expongo a continuación.
Si no yerro, y a tenor de lo apuntado
hasta ahora, para establecer unas bases sólidas sobre
las que apoyar las disquisiciones que siguen, conviene
empezar sentando una tesis fundamental, una suerte de
horizonte sobre el que se recorten las afirmaciones más
concretas.
Esa convicción de fondo podría
enunciarse así: a pesar de las apariencias y de los
planteamientos vigentes en nuestro entorno (que a menudo
nos llevan a hacernos una idea muy chata y depauperada
de las realidades que nos rodean y nos incumben… y de
nosotros mismos), la sexualidad humana es única,
inigualable; no admite parangón con el simple
sexo de los animales, precisamente por ser humana
o personal.
· Eso me
lleva a acuñar una terminología propia, pero que estimo
conveniente —en absoluto obligatoria—, y
distinguir entre sexo y sexualidad.
+ En relación a los animales, resulta
preferible hablar de «sexo».
+ Para los seres humanos, sin
embargo, y justo con el fin de dejar constancia de su
superioridad casi infinita, reservo el vocablo
«sexualidad».
· La
derivación inmediata es que, si queremos conocer algo de
la sexualidad en su sentido más estricto, es preciso al
menos esbozar una visión global del hombre, donde esta
manifieste sus diferencias respecto al mero «sexo» y
muestre la función y el «lugar» que le corresponde en el
conjunto de la existencia humana.
Y, para lograrlo —como ya advertí—,
no bastan las perspectivas parciales, propias de las
ciencias particulares. Esos enfoques, en sí mismos
válidos, se tornan o insuficientes o reduccionistas…
cuando aspiran a dar razón completa bien sea de
la persona humana, bien de su sexualidad: no muestran,
precisamente, la gran divergencia y la enorme distancia
que eleva a esta segunda por encima del sexo… justo
porque ignoran que la sexualidad, en su estricto
sentido, es personal.
Por ejemplo, la biología, la
fisiología, la neurología… tienen mucho que decirnos en
relación con la sexualidad; pero si su visión pretende
ser total y definitiva no es difícil que acaben por
reducir la maravilla de la atracción entre varón y
mujer, y cuanto ello lleva consigo, a una suerte de
«mecanismos» de distinto corte o, por emplear una de las
expresiones más habituales, a «mera química».
En la misma línea, los estudios
sociológicos sobre este extremo tienden a poner de
relieve lo que hacen todos o la gran mayoría, que acaba
por considerarse normal (con el matiz de
legitimación que acompaña a este vocablo), mientras que
a veces solo estamos ante lo común o
habitual… que puede incluso ser opuesto a la
condición humana.
La psicología, por su parte, suele
atender predominantemente a «lo psíquico» —instintos,
pulsiones, satisfacción de las mismas…— dejando en
sordina las dimensiones espiritual-personales.
E incluso la medicina y la
psiquiatría, cuyas aportaciones no dejan de ser valiosas
e imprescindibles, corren el peligro de centrar su
interés en lo patológico, en lugar de indagar y poner de
manifiesto la grandeza y el gozo de una sexualidad
vivida en plenitud.
Todas estas perspectivas, y bastantes
otras que no he mencionado, deben sin duda tenerse muy
en cuenta al estudiar la sexualidad, y englobarlas en lo
posible dentro de ese análisis y sus conclusiones, pero
en ningún caso habrán de considerarse exclusivas y
excluyentes.
Lo expone bien García-Morato:
«Pasamos ahora a tratar de los
riesgos de una visión exclusivamente científica de la
sexualidad. Y antes que nada hay que recordar una cosa
elemental: cualquier [correcta] descripción científica
de la vida humana es real y es verdadera, pero no abarca
todo. La ciencia no dice todo sobre lo que es una
persona. Proporciona una descripción perfecta en su
género, pero es limitada. Y hay que ser conscientes de
esa limitación para caer en la cuenta de que la
sexualidad no es solo lo que dice la Ciencia, aunque
también sea lo que dice la Ciencia. Pero es mucho más,
tiene un sentido humano que abarca toda la persona. El
hijo no es, sin más, fruto de la unión de dos gametos.
La unión entre varón y mujer no es simplemente una
donación de esperma, sino que es algo más: es una
donación de sí mismos [de lo que encarna mejor, en el
plano biológico, su índole personal, como veremos] y,
por lo tanto, una donación de amor real y verdadero. Un
hijo es fruto del amor de los padres».
Concluyendo: para entender la
sexualidad resulta imprescindible determinar previa y
simultáneamente lo que es el hombre, de modo que pueda
comprenderse con mayor hondura el significado de su vida
y de su misión en el mundo.
Y esto, en el ámbito natural,
corresponde a una antropología filosófica (no meramente
cultural, aunque también haga uso de ella), que toma en
cuenta la experiencia ordinaria y el conjunto de las
ciencias y artes, y que se abre a la metafísica
estrictamente dicha (capaz de conocer la realidad tal
como es) y a la visión superior
proporcionada por la teología (apta para dárnosla a
conocer «como la ve Dios», aunque, obviamente, de forma
imperfecta).
b) La condición del ser humano
En la Introducción a la
antropología: La persona, al abordar el estudio del
hombre —mujer y varón—, vimos que de él se han ofrecido
muchas descripciones, en buena parte equivalentes.
Teniendo todo ello en cuenta, y según advertí hace unos
momentos, me interesa ahora subrayar la que pone en
estrecha dependencia la condición personal y el amor.
Lo cual, como leeremos de inmediato
en la pluma de distintos autores, equivale a sostener
que el amor razonable y razonado —¡inteligente!— es lo
único definitiva y terminalmente humano. Que, en
fin de cuentas, cuanto el hombre realiza obtiene su
categoría radical en proporción al amor con que se haga.
Que un varón o una mujer vale lo que valen sus amores… y
mil consecuencias por el estilo, cristalizadas en modos
de decir a su vez muy distintos.
Carlos Cardona lo expone con
decisión, tomando como Modelo de las personas humanas la
máxima expresión de lo Personal: «Dios obra por
amor, pone el amor, y quiere solo amor, correspondencia,
reciprocidad, amistad. Así, al Deus caritas est
[al Dios es amor] del Evangelista San
Juan, hay que añadir: el hombre, terminativa y
perfectamente hombre, es amor. Y si no es amor, no es
hombre, es hombre frustrado, autorreducido a cosa».
Afirmación que no es del todo ajena
al conocido refrán castellano: «amor con amor se paga»,
(¡y con nada más, agrego por mi cuenta!: el amor no es
sustituible); o tal vez más aún a la antigua tonada que
insistía en que «el cariño verdadero [como la propia
persona] ni se compra ni se vende».
En un contexto similar, Rafael
Caldera sostiene que «la verdadera grandeza del hombre,
su perfección, por tanto, su misión o cometido, es el
amor. Todo lo otro —capacidad profesional, prestigio,
riqueza, vida más o menos larga, desarrollo intelectual—
tiene que confluir en el amor o carece en definitiva de
sentido»… e incluso puede resultar perjudicial, no para
determinados aspectos de la vida, sino para su dimensión
estrictamente personal y, por lo mismo,
decisiva para la felicidad de cualquier hombre o
mujer.
Las citas podrían sin duda
multiplicarse. Acudo a algunas de ellas, sobre todo,
porque se sitúan en contextos doctrinales muy distintos
de los vistos hasta ahora.
Y, así, Feuerbach, antecesor
inmediato del marxismo ateo, no dudó en proclamar:
«Donde no hay amor, no hay verdad: y solo aquel es algo
que algo ama. No ser nada y no amar nada es lo mismo».
Y Plauto, con una independencia
relativa de cualquier cosmovisión religiosa, afirmaba a
su vez: «nada vale quien nada ama».
Dicho con palabras sencillas, pero
preñadas de consecuencias prácticas:
Si un ser humano no llega a amar, a
«transformar en amor» todo cuanto realiza, lo demás
resulta insignificante, vano o, mejor, dañino (como una
batidora en que funcionaran a la perfección todos los
elementos internos aislados… pero que de hecho no
batiera, o un coche o un ordenador primorosos, pero que
no anduvieran o no procesaran textos).
c) Ser humano, amor, sexualidad
Para entrever el sentido en que cabe
sostener que el ser humano se identifica con el amor o
está destinado a transformarse en él, basta advertir lo
que he desarrollado otras veces.
A saber, que todo su «contexto» es de
amor:
+ Nace del amor, del Amor
divino infinito que lo crea en cooperación estrechísima
con el amor humano de sus padres.
+ Está destinado al amor: a
amar a Dios y a las personas creadas, ya en esta tierra,
tornándose cada vez más feliz; y, con semejante
preparación, a amar definitivamente al Amor de los
amores durante la eternidad sin término y plena de
dicha.
+ Y, por lo mismo, crece, se
perfecciona como hombre, como persona, gracias al
amor…
Por todo lo cual, puede afirmarse sin
reparos que la persona humana es,
participadamente, amor.
Con el adverbio participadamente
quiero insinuar, entre otras cosas, que, considerado
en sí y por sí, no todo lo que el hombre
realiza es, en su sentido más propio, un acto de amor:
no lo es el comer, el pasear, el ver la televisión o
leer un libro…
Sin embargo, todas y cada una de esas
acciones pueden —¡y deben!— convertirse en amor. ¿Cómo?:
en cuanto, al hacerlas buscando el bien de los otros, el
amor las in-forma y, como consecuencia, las transforma:
cuando como, paseo, trabajo o descanso movido por el
amor —para consolar a un hijo mientras charlamos,
preparar mejor las clases pensando en mis alumnos,
reponer fuerzas para volver a la tarea con más bríos,
recuperarme de un enfado con el fin de no «aguar el
ambiente» al volver a casa…—, tales actividades llegan a
ser, en sentido real, aunque derivado, actos de
amor.
(No solo por «rizar el rizo», sino
para hacerlo más comprensible, el que in-formar
equivalga a transformar puede verse bien, por ejemplo,
en la asimilación de la comida: lo que era, pongo por
caso, pulpa de mango o de naranja, cuando lo come y
asimila un chico o una chica, se transforma en carne,
músculos, tendones… humanos.
Algo similar, no idéntico, sucede con
las actividades que realizamos. Por ejemplo, al
levantarnos de un asiento en un autobús por deferencia
hacia una señora o una persona de edad —y no simplemente
porque hemos llegado a la parada—, el gesto físico se
trans-forma en un acto de delicadeza respecto a esa otra
persona; por el contrario, si uno —¿una?— se pone en pie
para ver mejor el escaparate de la tienda de modas, ese
movimiento se transforma en un acto de… [ponga cada cual
lo que le evoque y parezca más conveniente], pero no
propiamente de amor).
·
Asimismo, la sexualidad comienza a percibirse en todo su
esplendor y maravilla cuando desvelamos y ponemos en
primer término su íntima y natural conexión con el amor.
Y es que, para unos ojos que sepan mirarla con limpieza,
superando los estereotipos degradados que circulan en el
ambiente, la sexualidad se revela de entrada como
el medio más específico, como el instrumento
privilegiado, para introducir, manifestar y hacer
crecer el amor entre un varón y una mujer
precisamente en cuanto tales, en cuanto personas
sexuadas.
De ahí, justamente, su importancia y
relevancia en el conjunto de la existencia humana. Y
también de ahí la tristeza del proceso de trivialización
que ha experimentado en los últimos tiempos.
Banalización que, al alejarla de su profundo significado
y de su excelencia, constituye tal vez uno de los
principales problemas —teoréticos y vitales— que «la
cuestión del sexo» plantea a nuestros contemporáneos.
Pues, al no advertir apenas la
sublimidad de que esa sexualidad goza, algunos tienden a
tratarla como un objeto más de bienestar y
consumo.
Muy a menudo me veo obligado a
explicar, con profunda pena, que, para bastantes de los
que hacen del fin de semana nocturno el ámbito
primordial de su diversión —que a la par es el objetivo
por excelencia de su vida: vivir para divertirse—,
las relaciones sexuales, excesivamente frecuentes a lo
largo de esas veladas, son un simple producto del
aburrimiento y del correspondiente afán de distracción.
Que un buen número de jóvenes, con los matices que
serían del caso para los chicos y las chicas, sin
ignorar del todo la profunda lesión que generan en su
ser al utilizar de ese modo la propia sexualidad, la
sitúan sin embargo en la misma línea de los demás
instrumentos de recreo o entretenimiento, como una
especie de «añadido» a su persona, del que podrían
disponer a placer, y no como algo que la configura
intrínsecamente y en su totalidad.
Lo que suelo exponer de una manera
una tanto burda y desgarrada, pero gráfica y
significativa: para ellos es como un refresco más o como
un helado… «solo que a lo bestia»: cumple una misión
parecida —el pasatiempo, la huida del tedio, un cierto
disfrute—, pero, al menos en su imaginación e
inicialmente, con mucha mayor eficacia e intensidad que
esos otros «productos».
Lo expresa con singular acierto C. S.
Lewis en El diablo propone un brindis. En mitad
del discurso, el diablo mayor se queja de la pobreza de
las motivaciones que llevan al hombre actual a hacer el
mal. Y apunta especialmente al uso «mediocremente
malvado» del sexo:
«Sería vano, empero, negar que las
almas humanas con cuya congoja nos hemos regalado esta
noche eran de bastante mala calidad […]
Después ha habido una tibia cacerola
de adúlteros. ¿Han podido encontrar en ella la menor
huella de lujuria realmente inflamada, provocadora,
rebelde e insaciable? Yo no. A mí me supieron todos a
imbéciles hambrientos de sexo caídos o introducidos en
camas ajenas como respuesta automática a anuncios
incitantes, o para sentirse modernos y liberados,
reafirmar su virilidad o "normalidad", o simplemente
porque no tenían nada mejor que hacer. A mí, que he
saboreado a Mesalina y Casandra, me resultaban
francamente nauseabundos».
Todo lo cual, como sugería, no puede
sino ir en detrimento de la posibilidad de apreciar y
valorar la sexualidad humana, pues los títulos de su
grandeza derivan de su cercanía a lo que es el hombre en
cuanto persona (a saber, amor participado)
y a al origen de cada ser humano (una relación exquisita
de amor mutuo… vigorizada por el
Amor creador de todo un Dios, con el que
cooperan los padres en la procreación o co-creación de
cada hijo).
d) La sexualidad: ser y obrar
En los párrafos que preceden, al
apuntar sobre todo al ejercicio de la sexualidad humana
y su nexo con el amor, he dejado de lado algo tanto o
más importante y en cierto modo previo: la condición
sexuada de todo sujeto humano, su índole de varón o
mujer.
Me gustaría exponer un par de ideas
al respecto.
· El
estudio sobre la persona que realizamos al hilo del
libro antes citado, nos permitió extraer una doble
conclusión:
+ antes que nada, que el obrar sigue
al ser, y el modo de obrar al modo de ser;
- o, con otras palabras, que, para
actuar de determinado modo, cualquier realidad debe
estar conformada o «confeccionada» de una manera muy
particular, tener un ser que permite y, en su caso,
provoca o «sugiere», ese tipo de actividades;
+ además, aunque esto no fue tratado
con tanto detenimiento, que ese modo de ser se encuentra
básicamente ordenado a la operación u
operaciones que le son más propias —«esse est propter
operationem», que dirían los latinos: «el ser se
orienta (u ordena) al obrar»—;
- por poner ejemplos sencillos y no
excesivamente profundos, las aves tienen alas para
volar, y los peces aletas para
nadar;
- de manera análoga y más propia,
refiriéndonos a la persona humana y hablando con rigor,
todo su ser, con los elementos en los que se concreta,
está encaminado hacia el amor inteligente.
Bajo este prisma, y como acabo de
sugerir, el ejercicio de la sexualidad se orienta a
suscitar, instaurar y poner de relieve el amor
entre los hombres, y los torna partícipes del Amor
creador de todo un Dios.
·
Pero, si miramos más allá de la operación, hasta su
mismo fundamento, la sexualidad constituiría una
determinación intimísima mediante la cual se modula en
su totalidad el ser del hombre, gracias a una
particular participación en el Ser Personal
de Dios (y, más en concreto, en la Santísima Trinidad),
haciendo que cada sujeto humano posea un ser masculino
(varón) o un ser femenino (mujer)… dirigidos a su vez al
amor mutuo.
Esa «modulación» o
modo-de-ser-persona, masculina o femenina, alcanza desde
el ámbito fisiológico, en todas y cada una de sus
células, hasta el propiamente espiritual, pasando por el
psíquico; y hace de cada hombre, como acabo de sostener,
una persona masculina o una persona
femenina, con el sinfín de características que
le son propias.
Debido a su enorme riqueza, no es un
tema que quepa abordar por extenso en el presente
escrito, máxime cuando ya ha sido estudiado en otros
lugares.
+ Sin embargo, sí me parece
imprescindible realizar ahora un conjunto de reflexiones
en torno
- al carácter personal
de la sexualidad humana,
- así como a la índole necesariamente
sexuada de toda persona… también humana.
+ Y, asimismo, dejar sentada la
distinción entre
- lo sexual: las
manifestaciones más externas y corporales de la
sexualidad, de la que lo estrictamente genital es un
conjunto de elementos que hacen inmediatamente posible
la relación íntima entre varón y mujer;
- y lo sexuado, que
impregna a la persona entera del varón y la mujer,
dotándolos de lo que llamamos masculinidad y feminidad,
muchísimo más amplias y ricas que sus meras expresiones
corpóreas.
Comenzaré por el primer extremo: la
sexualidad humana es personal.
(continuará)