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Métodos naturales y contracepción (Tomás Melendo Granados)

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MÉTODOS NATURALES Y CONTRACEPCIÓN. DIFERENCIAS ANTROPOLÓGICAS
 

 

 

MÉTODOS NATURALES Y CONTRACEPCIÓN

DIFERENCIAS ANTROPOLÓGICAS

Por Tomás Melendo*

Arvo Net, 1.12.06

 

1. Una mentalidad difusa

a) Pragmatismo hedonista

El contrapuesto resultado respecto al amor conyugal —que la contracepción contra-dice y deteriora, y un correcto uso de la PFN fomenta—, pone ya de manifiesto la oposición fundamental existente entre estos dos medios de vivir la intimidad matrimonial, aun en el caso de que con ambos se pretenda evitar o posponer la llegada al mundo de una nueva criatura.

Si quisiéramos penetrar y hacer visible esa notable distancia, no estaría de más reparar de nuevo, ahora con palabras Poletti, en la «… difusa mentalidad hedonista, típica de nuestra época», que, en lo que nos atañe, «trata de diluir, cuando no de negar, la diferencia entre la continencia periódica y la contracepción, como si todo se redujera a una cuestión de método, en el fondo opinable, sobre su eficacia, su influjo sobre la salud y la espontaneidad de las relaciones».

Por el contrario, y como apunté, esa misma «cultura» que favorece el uso de contraceptivos implica algo de mucho más calado que una simple diferencias de métodos: lleva consigo todo un modo de entender la sexualidad, el matrimonio, el ser humano e incluso el conjunto de lo que existe —el universo—, radicalmente distinto al que promueven quienes utilizan con coherencia la Planificación Familiar Natural.

Como sugiere Cardona, con términos aparentemente duros, «…la óptica materialista, necesariamente hedonista, por fuerza tiene que ignorar y desvirtuar tanta grandeza [la de la sexualidad humana], convirtiendo el sexo en mero instrumento de placer, y llevándolo fácilmente a perversiones de las que los animales son incapaces; usando del dominio de los propios actos —de la libertad— justamente para quedar esclavo de las propias pasiones, y viendo en la finalización propia de la sexualidad un gravoso límite al ansia gozadora, que en su frustración continua no encontrará ya saciedad alguna, y convertirá a la ciencia en un instrumento para burlar aquella finalidad natural, en su neurótica ansia insatisfecha. Lo material tiende de suyo, por su misma indigencia de ser, a devorar lo otro, para alimentarse de ello, para "incorporárselo". "Solo el espíritu —afirma categóricamente Carlo Caffarra— es capaz de comunicación en un sentido plenamente verdadero". Por eso, es la espiritualidad del alma la que eleva la sexualidad humana a un plano superior, oblativo: procreador y unitivo.

El sentido preciso que tiene la diferenciación sexual humana es su orientación a una muy peculiar unión de amistad, interpersonal, donde el varón y la mujer se unen en comunión de vida, ordenada de suyo a la fecundidad: la unión de esas dos personas pondrá la condición para que Dios cree el alma de otras, que encontrarán en aquella comunión estable también el ámbito conveniente para su crecimiento y desarrollo personal, en relación con Dios».

La mentalidad contraceptiva ignora por fuerza todo esto. De ahí que, en tantas ocasiones, resulte muy difícil establecer una conexión inteligible entre los «dos universos» a que acabo de referirme: parece como si los que pertenecen a uno y a otro hablaran idiomas abismalmente distintos y, por consiguiente, que no se pudieran entender.

Y así es. Porque, en la civilización que nos acoge, la utilización de medios contraceptivos no constituye una especie de hecho aislado, más o menos relevante, sino que se configura tan solo como una de las más significativas manifestaciones de toda una manera de enfrentarse con el mundo. Y esto explica que a veces, en el terreno práctico, resulte también difícil cambiar de opinión respecto a las relaciones íntimas; pues, en el fondo, equivaldría a modificar la entera escala de valores: en el pensamiento, en el corazón y en las propias obras.

Insisto: el consumo de contraceptivos y la utilización de métodos naturales responden a dos formas adversas de concebir y vivir el amor, la sexualidad y el trato íntimos. Dos modos tan diferentes que resultan mutuamente incompatibles.

Sin duda, simplifica un tanto la cuestión referirnos al que propugna los contraceptivos como una suerte de hedonismo utilitarista: al menos si concebimos tal actitud como el resultado deliberado de una opción consciente. Por eso esbozaré más adelante una caracterización más honda.

Por ahora, me basta con recordar que en la «cultura» hoy imperante, la que «modela» al hombre de la calle, impera una consigna iterativa, resultado de las ideologías al uso, que podríamos designar como la del «no te prives», «date un gusto», «concédete ese placer», «tú te lo mereces»… O, expresado de otro modo, lo que se pretende hoy día es conseguir el bienestar —en sus distintas modalidades, más o menos elevadas—, eliminando el esfuerzo de mejora que el alcanzarlo llevaría consigo.

Me atreveré a ejemplificar, aun cuando resulte un tanto obvio. Lo que hace ya años se puso y hoy sigue de moda es el «estudia inglés sin esfuerzo», «no te prives», «ocúpate de ti mismo», «disfruta hoy, ya pagarás mañana», «haz el amor tranquilo y seguro: elige ya tu anticonceptivo», etc. Cuando, según viene repitiendo Monserrat Rutllán, para ser eficaces y prácticos, se debería insistir en anti-eslóganes del siguiente cariz: «piensa más», «esfuérzate en aprender un idioma», «prívate de grasas si estás obesa», «prívate de alcohol, de droga, del sexo como consumo», «aprende a esperar», «no persigas tan inmediatamente el dinero: trabaja con tesón»… y otros muchos del mismo corte.

Esta «cosmovisión del placer sin esfuerzo», por llamarla de algún modo, deja su huella en todos los ámbitos de la existencia humana. Pero, de una manera particularísima, en el modo de representarse la sexualidad. Y, dentro de este marco, todo apunta a la difusión de los contraceptivos…

b) Banalización de la sexualidad

i) Causas fundamentales

Desde hace un par de lustros, sostiene José María Alsina que la mentalidad contraceptiva ostenta dos fundamentos.

+ Por una parte, una actitud utilitarista cargada de hedonismo: algo en lo que no resulta difícil concordar, porque se encuentra a la vista de todos.

+ Después, un alto grado de sexualización de la vida cotidiana, que lleva consigo la banalización de las relaciones sexuales.

También esto resulta sencillo de comprobar, y lo esbocé en su momento. El sexo, hoy, es el omnipresente. Aparece donde menos te lo esperas. Y un sexo concebido de la manera más trivial. Algo así, decía, como un simple medio para relajarse, para distraerse o producir satisfacción. Y —¡no podía ser de otro modo!— susceptible de consumo.

En la misma línea, por tanto, que los refrescos o los helados o las «chuches» —porque hasta esas edades llega la solicitación impuesta del deleite sexual—, pero mucho más «eficaz», si de lo que se trata es de engendrar placer.

Todo ello se va convirtiendo en «adquisición común» merced a un conjunto de «mecanismos» tremendamente eficaces: a una especie de incesante bombardeo, proveniente de las fuentes más diversas, que acaba por establecer un consenso general, una mentalidad global, aprendida como por ósmosis y difícil de poner en duda.

Insisto en que uno de los «puntos más firmes» de esta visión de la realidad es el modo de entender cuanto atañe al sexo. Y se explica. Según decía hace un momento, la sociedad actual se ha «sexualizado». En consecuencia, los estereotipos culturales —difundidos hasta el paroxismo por los medios de comunicación de masas— ejercen una enorme influencia, sobre todo, en la manera de concebir la sexualidad, el papel de la mujer en la familia, la función de las relaciones íntimas en el matrimonio, el «modo sexualmente adulto» en que deben actuar incluso niños de pocos años, etc.

Hay como una especie de acuerdo tácito acerca de lo que son todas esas realidades. O, mejor, si se me apura, de lo que tienen que ser. Y aquí es donde cuadra la mentalidad contraceptiva: si, en conformidad con el extendido hedonismo, la sexualidad queda reducida a mera fuente de placer, que hay que vivir «sin lágrimas y sin arrepentimientos», se elimina cualquier espacio para «errores»… aun cuando este «error» fuera la concepción de una nueva vida.

De ahí que quepa concluir: la difundida trivialización del sexo impone, de manera casi automática, el recurso a los contraceptivos.

Y no solo eso. Si la sexualidad fuera lo que hoy se pretende —y, en cierto modo, lo va siendo—, todo lo demás vendría por sí solo. Y se consolidaría la mentalidad anti-life, que acaba por hacer estragos.

+ Primero, los contraceptivos, apreciados solo en virtud de su eficacia: cuanto más seguros, mejor; y de ahí el recurso más y más frecuente a la esterilización: femenina y masculina.

+ Después, si fallan los contraceptivos, el aborto provocado.

- Hoy es de sobras conocido que encierra una tremenda falsedad la pretensión de que al distribuir contraceptivos se contrapesa el proliferar de abortos; al contrario, las estadísticas demuestran que cuanto más insistentemente se propagan las medidas de contracepción —incluso el simple preservativo— aumenta de forma casi automática el número de «interrupciones voluntarias del embarazo».

- Y no es difícil entender el porqué: las dos «soluciones» derivan de una misma actitud, que es precisamente el rechazo a toda costa de la vida. A toda costa y a cualquier precio.

ii) Un poco más a fondo

Pero volvamos a la difusa mentalidad común. Al respecto, y hace ya más de un siglo y medio, repetía Søren Kierkegaard que, en especial para el hombre contemporáneo —fuertemente masificado—, no existe cosa más terrible que la soledad. Y, particularmente, la que deriva de «ser distinto» de los otros, «singular», de «quedarse solo» manteniendo una opinión contra-corriente.

Por eso, en la misma medida en que hoy impera una especie de idea preconcebida acerca de lo que «debe ser» la sexualidad, bastantes entre los medios de comunicación y entre los propios médicos se guardan muy mucho de proponer un modelo que no sea el universalmente aceptado: el del placer-consumo, que lleva aparejados los contraceptivos y, si fuera menester, el aborto.

Algunos profesionales de la medicina, de la prensa, la radio, la televisión, la política…, se muestran tremendamente reacios a insinuar siquiera otra posibilidad. Una «alternativa», por decirlo así, en la que está implicada una manera opuesta de concebir y vivir las relaciones entre los esposos y, como decía, el conjunto de la propia existencia.

No es tanto que se propongan de forma explícita obrar de este modo; simplemente, ni siquiera se les pasa por la imaginación que existe algo diverso que lo que casi todo el mundo acepta, de una manera ciertamente acrítica.

Y se establece una especie de circuito de realimentación.

+ Los medios de difusión, en el sentido más amplio del término, no suelen proponer otra cosa que lo que estiman que la gente quiere oír y ver.

+ El común de los mortales, a su vez, no tiene apenas más fuente de información que la prensa, la televisión, la radio o Internet.

+ Muchos políticos, por su parte, quieren asegurarse los votos halagando el oído de los electores… o de los más agresivos entre ellos —capaces a su vez de decidir la orientación de los más «pasivos»—, y facilitan la creación de leyes acordes con el sentir general.

+ El resultado es que, a fuerza de repetir una y otra vez lo mismo, ni siquiera se vislumbra la posibilidad de que las cosas sean de otra manera. Lo «lógico», lo «normal», es el recurso a los contraceptivos, que permite vivir la sexualidad según los moldes al uso.

Intentaré ahora ir un poco más allá de este análisis periférico.

2. «Yo» versus «ser»

a) La lógica del dominio

Para hacerlo, conviene advertir que al hecho de reducir la sexualidad a mero bien de consumo, del que uno puede «aprovecharse» durante un largo período y sin ningún tipo de riesgos, se une hoy otra realidad todavía más significativa, que desvirtúa también el sentido más hondo de la sexualidad humana:

La transformación del embrión en una especie de «cosa»: un simple «objeto» a merced de los caprichos y de las decisiones de los adultos.

Es algo que ayuda a apreciar a las mil maravillas el fondo de la cuestión. Obsérvese lo curioso del panorama.

Durante años, se ha ido creando una disposición general de miedo a la vida, que ha dado como fruto el difundirse, en proporciones inimaginables, de la práctica del aborto y de los esfuerzos —casi siempre con éxito— por legalizar este crimen.

Todo parecía tristemente claro. Pero llegan los últimos avances de la técnica, y hacen posible la «construcción» de un ser humano fuera del contexto de íntima unión en el que siempre se había engendrado.

(Aludo, como es obvio, a la fecundación in vitro y demás procedimientos de la instrumentación genética, incluida la presuntamente posible clonación).

A partir de este momento, la situación no puede ser más paradójica.

+ Por una parte, millares de personas dedicadas a convencernos de las «bondades» de la «interrupción voluntaria del embarazo», y millones de dólares y euros consagrados al descubrimiento de procedimientos abortivos cada vez más «eficaces» y más «limpios».

+ En el extremo contrario, miles y miles de científicos, con sus astronómicos presupuestos correspondientes, entregados en cuerpo y alma a «fabricar» vida humana en los laboratorios.

Destruir y construir la vida naciente parece haberse convertido en una especie de deporte universal, cada vez más practicado.

Pero hay algo todavía más revelador: conforme avanza el tiempo, resultan más frecuentes los casos de parejas o de personas aisladas que durante sus períodos de fecundidad natural han atropellado la posible fertilidad, acudiendo a los contraceptivos y, cuando ha sido necesario, al aborto; y que, llegados a una edad madura, en la que la mujer ya no es fecunda, utilizan todos los procedimientos médicos y legales que ponen a su disposición los «logros» más recientes del ingenio humano, para conseguir ese hijo que durante años han rechazado. A lo que podrían sumarse el cúmulo de «matrimonios» de homosexuales, o el de mujeres o varones aislados, que reclaman su «derecho» a tener hijos. Todo un sinfín de contradicciones que parece absurdo.

Y que lo es, efectivamente, si se enfoca desde la connatural perspectiva del respeto; pero que se entiende perfectamente en cuanto advertimos que hoy se va imponiendo la lógica del dominio; y, si se me permite la expresión, de un dominio caprichoso y arbitrario. Si no me equivoco, por ahí habría que buscar el alma de tanto desvarío.

En efecto, la difundida mentalidad anti-life y la más reciente actitud que lleva a confeccionar seres humanos a cualquier precio presentan un denominador común: el dominio absoluto del hombre sobre la vida humana.

Un imperio hegemónico al que no pueden ponerse ningún tipo de trabas: ni de naturaleza antropológica ni ética ni, sencillamente, humanitaria. Aquí manda el más fuerte. Como suele decirse, hijos a la carta: si yo lo quiero, cuando yo lo quiero y, últimamente, como yo lo quiero. Es, según recuerda Robert Spaemann, el dominio sin contrastes sobre la vida de los hombres.

Y, en efecto, «… la reproducción in vitro, el aborto, la prolongación y terminación artificial de la vida constituyen un gigantesco complejo sobre el que se asienta la inclinación a enseñorearse definitivamente de la vida humana».

· En lo que se refiere en concreto a nuestro tema, estamos asistiendo a la eliminación de la lógica de la gratuidad, que lleva a querer al hijo como un don.

+ Con toda pasión y virulencia, si fuera el caso, pero siempre como un regalo, como una dádiva, como un obsequio.

+ O, si se prefiere emplear otra terminología, como algo estrictamente posible: ni exigido ni susceptible de ser rechazado.

+ Algo de mi misma categoría personal y sobre lo que, por tanto, no me es lícito ejercer un imperio indiscriminado sin lesionar de manera honda y cabal su dignidad constitutiva.

Lo recordaba el entonces Cardenal Ratzinger: «La lógica intrínseca de muchas de las actuales técnicas reproductivas es una lógica de "producción de objetos": una lógica que instituye de por sí una relación de desigualdad entre el técnico (que produce) y aquello que es producido, y, por tanto, también una relación de dominio de uno sobre el otro».

A lo que añade: «Para entender lo inaceptable de esta lógica de producción aplicada a la procreación humana, es necesario liberarnos de una de las convicciones más nefastas que esta misma "tecnología" ha introducido en nuestra conciencia: la idea de que la realidad no posee una verdad propia, sino que es la intención del hombre y solo esta la que crea el significado ontológico de todo».

b) La exaltación del «yo»

En efecto, el axioma del sexo-consumo, en que cristaliza en gran medida el hedonismo hoy imperante, y la dictadura más férrea sobre la vida humana naciente, propia de la instrumentación genética, tienen un punto de contacto muy profundo: la exaltación sin límites del yo mediante el deleite sensual o la consecución de los propios caprichos, exponentes ambos de la ilimitada afirmación de uno mismo.

Y esa es, tal vez, la clave de la civilización actual: un predominio absoluto del yo, que intenta a toda costa afirmarse, a través del placer o de la imposición de sus deseos. Todo se subordina a ese doble objetivo egotista. En este sentido he ya apuntado que la realidad, lo que las cosas y las personas son —y que exige un modo adecuado de tratarlas— resulta hoy ignorado… para atender exclusivamente a las apetencias, a los intereses, al arbitrio o al capricho.

En el texto antes citado, Alsina lo resumía con pocas y muy certeras palabras: se trata de «… negar la naturaleza, para sustituirla por la voluntad humana». Una voluntad, además, que no busca el bien real, objetivo, sino solo la satisfacción de sus apetencias (y que, por lo mismo, difícilmente puede calificarse como «voluntad», situada en el plano del entendimiento, sino más bien como apetitos sensibles).

Esta podría ser ya una explicación casi definitiva. La que sostiene que:

· En el fondo de la mentalidad contraceptiva hay una actitud que tiende a exaltar, sin ningún tipo de frenos, las aspiraciones del propio yo, en detrimento de la (verdad de) la realidad objetiva.

· Esa magnificación del yo, con el «olvido del ser» a que se encuentra aparejada, representa quizá una de las claves más esclarecedoras de la civilización contemporánea.

En términos más técnicos cabría calificarlo como «antropocentrismo» o ensalzamiento radical y sin reservas del sujeto humano; o, enfocado desde la perspectiva complementaria, y quizá más radical, como «inmanentismo ontológico», al que acompaña una fundamental desatención al ser.

Muchas veces he explicado que, desde el punto de vista filosófico más estricto, la cabal expresión y el origen de este multisecular proceso puede localizarse en las famosas palabras de Descartes —su «cogito, ergo sum»—, con las que el pensador francés antepone los «derechos» de la conciencia humana (el «yo», en sus más variopintas modalidades), a los del ser… y de la verdad… y de la bondad… y de la belleza: a los de la realidad-existente-con-independencia-de-mi-subjetividad.

No es el momento de insistir en ello. Sí quisiera recordar, por el contrario, otras palabras del creador de la filosofía moderna, íntimamente relacionadas con el cogito, pero que tocan de manera más inmediata al problema que estamos examinando. Se trata de un inaugural «decreto» —voluntario, arbitrario, «violento»—, del que se han seguido, para la civilización de hoy, bastantes de los efectos perversos que venimos esbozando.

En efecto, la prepotencia tecnológica contemporánea, que pretende erigirse en dueña absoluta de la vida y de la muerte, y no se detiene ni ante la persona humana, es —en la medida en que esto puede afirmarse— la consecuencia lógica del proceso que catalizó Descartes, al proponer la sustitución de la «filosofía especulativa», que se enseñaba hasta entonces, por un «conocimiento» exclusivamente práctico que nos convirtiera en «dueños y posesores de la Naturaleza».

· Había en el fondo de esta postura una poderosísima intervención de la voluntad.

+ Recogiendo y fomentando un sentimiento muy difundido en su época, Descartes decretó arbitrariamente que la realidad había dejado de ser verdadera, que ya no resultaba digna de ser conocida.

+ Lo que había que hacer era transformarla, manipularla.

+ ¿Para qué? Para ponerla radicalmente al servicio del bienestar humano: no solo para «… gozar sin esfuerzo de los frutos de la tierra y de todas las comodidades que en ella se hallan, sino también y principalmente para la conservación de la salud, que es sin duda el primer bien el fundamental de los demás bienes de esta vida».

· La verdad —y la bondad y el ser— acaban de perder todos sus derechos, todo su valor, en aras de la utilidad y el placer: solo vale la pena «conocer» y «querer» en la escasísima medida en que ello me permita utilizar el cosmos para mi propio provecho.

· Todo empieza a girar en torno al yo.

· Se anuncian, con bombo y platillo, el utilitarismo y el pragmatismo contemporáneos, con la dosis de hedonismo, sexualidad, droga y violencia que lleva aparejado. La historia comenzó por una devaluación voluntaria —mejor: arbitraria— de la verdad.

Pero una sociedad en la que todo se observa bajo el prisma de lo manipulable y de lo útil —en la que no hay verdad, sino maniobrabilidad, provecho y placer— carece de recursos para detenerse cuando lo que se trata de «manufacturar» es el propio ser humano, la persona: resulta, como apuntaba, una sociedad constitutivamente violenta, a la que no disuadirá el vocerío de una presunta dignidad, más proclamada que advertida y, al cabo, carente de fundamentos.

Por eso, se ha podido sostener, con todo acierto y autoridad: «En último término, en la raíz de todos estos fenómenos está latente una concepción del hombre que lo considera dueño sin condiciones de su propio cuerpo y de la realidad que le rodea».

De su propio cuerpo y de la realidad; o de la realidad y de su propio cuerpo. Todo es uno y lo mismo. Porque cuando Descartes sustituyó las prerrogativas de la verdad y el bien por las del simple y puro sujeto humano —considerado como tal: sin ser—, estaba eliminando el entero conjunto de los trascendentales de la filosofía clásica —ens, verum, bonum, pulchrum…—, que se identificaba sin reservas con todo lo que es: ¡todo, por tanto, quedará desde entonces sometido al imperio imparable de una voluntad sin otro rumbo que ella misma!

· Son muchos los autores que han relacionado este subjetivismo universalmente imperante con la contracepción. Y muchos, también, los que han sabido emparentarla con el «olvido del ser»: del ser del acto conyugal, del ser del matrimonio, del ser personal de los cónyuges, del ser del universo…, del Ser divino.

1) Entre los primeros, destaco estas palabras de Rodríguez Luño:

«Una de las mayores dificultades para captar la diferencia moral y antropológica entre la anticoncepción y la continencia periódica consiste precisamente en la creciente difusión de la mentalidad subjetivista. Es esta mentalidad la que no acepta un criterio objetivo capaz de discernir entre el orden y el desorden, entre el bien y el mal, en la manifestación del amor, en los fenómenos sentimentales, afectivos, de simpatía, en la búsqueda de determinados valores, en la fundamentación de ciertas relaciones interpersonales.

Según esa mentalidad el juicio sobre las cosas, sobre los hombres, sobre los valores toma como norma la humana subjetividad en sus más variados aspectos: su situación vital, sus sentimientos —sean superficiales o profundos—, e incluso su capacidad de vivir o experimentar relaciones axiológicas. Hay que decir inmediatamente que todos esos aspectos de la subjetividad humana no deben ser dejados completamente aparte, pero es necesario que todas las reacciones espontáneas del sujeto, sean de carácter afectivo, sean de carácter valorativo, tengan por encima de ellas una regla objetiva, que permita discernir su verdad».

A lo que añade todavía, volviendo más explícitamente sobre nuestro tema:

«Si tuviésemos que resumir todo lo que hemos intentado decir, afirmaríamos que entre la continencia periódica y la anticoncepción existe la diferencia moral y antropológica que hay entre la conciencia que acepta una definición objetiva y teónoma de los valores personales y morales, y la conciencia que, en cambio, hace del "para-mí" la condición general de todo bien posible, rechazando así los fundamentos mismos de toda consideración moral de la vida humana».

2) Entre quienes localizan el núcleo de la presente situación en el «desprecio del ser», recojo estas ideas de Gil Hellín:

«Sentirse y actuar como árbitros o como ministros del designio divino especifica y diferencia uno y otro comportamiento [el anticonceptivo y el de la PFN]. Aquellos manipulan la actividad de los cónyuges desconectándola del ser y esencia del matrimonio; descoyuntan el significado unitivo de la entrega del coesencial significado procreativo, haciendo que la vida no esté en coherencia con el ser de su unión conyugal. Por ello mismo pretenden atribuir como jueces a esa vida desordenada una bondad de la que ciertamente carece. Mientras que los segundos, conscientes de la estructura y bondad del ser del matrimonio, y sabedores de las leyes propias de la fertilidad humana adecuan su comportamiento en la vida conyugal a las exigencias de una procreación responsable.

[…] Dos concepciones sobre la sexualidad y sobre la persona que cristalizan en la aceptación o rechazo del ser total del matrimonio: unión de marido y mujer con apertura a la transmisión de la vida».

3. A modo de conclusión

Si nos remitimos ahora a los planteamientos iniciales de este escrito, bastaría con afirmar de manera explícita que lo que normalmente se conoce como «subjetivismo antropocéntrico» —y que tantos convienen en considerar como el fundamento último de la civilización de hoy día— es virtualmente egoísta. Al término, acaba ensalzando incondicionalmente, por encima de todo, al propio yo.

Un único ejemplo, asequible a cualquier persona dotada de capacidad reflexiva. Una familia que no se preocupa más que de sus propios intereses, sin atender para nada a las necesidades de quienes la rodean, tiene todas las papeletas para que, a su vez, cada uno de sus componentes acabe atento solo a sí mismo. Los padres por un lado y los hijos por otro. Y, después, cada uno de los miembros del matrimonio, a lo suyo. Egoísmo llama a egoísmo.

Y eso es, por desgracia, a pesar de tantos esfuerzos y logros en contra, lo que parece dominar el panorama de la cultura contemporánea.

Ahora bien, resulta fácil imaginar hasta qué punto esta actitud generalizada hace estragos en el seno de la vida matrimonial, encerrando a cada uno de los cónyuges en sí mismo.

+ Porque la atención desmesurada a uno mismo es lo más opuesto al surgimiento y consolidación del amor.

+ Aristóteles, lo sabemos, definía el amor como «querer el bien del otro en cuanto otro».

+ Cuando solo se está pendiente del yo no se puede amar… ni, por consiguiente, ser feliz.

Y todo ello tiene mucho que ver con la limitación artificial de los nacimientos. Pues no se trata solo de que la difusión de contraceptivos constituya una expresión perfectamente coherente de la actitud de exaltación del yo definitoria de nuestra civilización. A ello hay que añadir hasta qué punto la mentalidad y las prácticas contraceptivas —por su misma dinámica interna— fomentan y reafirman esa postura egoísta: de un «egoísmo a dos», como escribió ya el siglo XIX Kierkegaard, y que por eso —y porque la mayoría de las veces se vive de forma inconsciente e involuntaria— resulta más difícil de descubrir y reconocer.

Si no yerro, fue Chauchard quien redactó unas palabras aparentemente muy duras, pero que encierran un núcleo no despreciable de verdad: las que caracterizan a la unión contraceptiva como «… un acto de masturbación para el que se utiliza a la mujer». E igual, evidentemente, se podría decir de ella respecto a él.

Porque, en bastantes casos, quienes establecen una relación de este tipo no tienen en cuenta ni el destino del cónyuge ni, menos aún, el del hijo. En un considerable número de ocasiones —no siempre— tienden tan solo a satisfacer su deseo físico, y se comportan de una forma infantil y egoísta.

Por eso, cuando se adopta este enfoque, el uso de contraceptivos reduce la sexualidad a su dimensión exclusivamente subjetiva y puede dar lugar a un acentuado egocentrismo de cada uno de los esposos. Marido y mujer viven separadamente el problema contraceptivo, y entre ellos no se instaura, en lo relativo a su vida conyugal, ningún tipo de comunicación. En tantas ocasiones, el único punto de encuentro de esa pareja acaba siendo, tristemente, el placer.

Con lo que, en fin de cuentas, no solo desaparecerá el más genuino y rico sentido de la sexualidad —reducida a menudo a genitalidad desorbitada—, sino que puede perecer también el amor.

· Los métodos naturales, por el contrario, inducen una actitud que, de manera casi «obligatoria», por su misma naturaleza intrínseca, llevan a adoptar la perspectiva del otro. Y esa, es la clave del verdadero amor… y de la existencia del matrimonio. Por decirlo de alguna manera, todo matrimonio cobra fuerzas en la proporción exacta en que cada uno de los cónyuges sale de sí mismo, se identifica con el otro y, así unidos, conjugan eficazmente el nosotros.

Dentro del marco antes esbozado, estamos ahora en condiciones de calibrar la enorme diferencia que media entre el uso de contraceptivos y la práctica coherente de los métodos naturales o, más en general, la radical apertura a la vida.

En fin de cuentas, nos encontramos ante una de las más radicales manifestaciones de esa discriminación básica que opone la atención al «otro en cuanto otro» —al ente en cuanto ente— y el miramiento exclusivo hacia un «yo» desprovisto de alcance ontológico: el yo en cuanto yo (que no atiende para nada al ser… ni siquiera al propio).

· Y ahí es donde, desde una perspectiva «existencial», se instaura la diferenciación básica entre los distintos modos de comprender y vivir la fecundidad humana… y entre sus correspondientes «resultados».

Mientras la apertura al otro es el fundamento de una vida lograda y feliz, el enclaustramiento en la propia subjetividad —por quedar muy por debajo de las auténticas posibilidades del hombre— desemboca inevitablemente en insatisfacción honda y determinante, en desdicha.

Y con ello se cierra el círculo apuntado en las primeras páginas del presente ensayo, cuando escribía literalmente:

«En fin de cuentas, y a modo de resumen, se trata de averiguar cómo, por qué y en qué medida influye la conciencia y el ejercicio de la propia sexualidad en el logro de la plenitud humana y, como consecuencia, en qué proporción y por qué causas refuerza o no la felicidad de quienes componen un matrimonio y del conjunto de la familia».

 

* Tomás Melendo Granados

                                                                            Catedrático de Filosofía (Metafísica)

                              Director Académico de los Estudios Universitarios sobre la Familia

                                                                         Universidad de Málaga (UMA), España

                                                                                 tmelendo@masterenfamilias.com

            www.masterenfamilias.com


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