1. Una
mentalidad difusa
a) Pragmatismo hedonista
El contrapuesto resultado respecto al
amor conyugal —que la contracepción contra-dice y
deteriora, y un correcto uso de la PFN fomenta—, pone ya
de manifiesto la oposición fundamental existente entre
estos dos medios de vivir la intimidad matrimonial, aun
en el caso de que con ambos se pretenda evitar o
posponer la llegada al mundo de una nueva criatura.
Si quisiéramos penetrar y hacer
visible esa notable distancia, no estaría de más reparar
de nuevo, ahora con palabras Poletti, en la «… difusa
mentalidad hedonista, típica de nuestra época», que,
en lo que nos atañe, «trata de diluir, cuando no de
negar, la diferencia entre la continencia periódica y la
contracepción, como si todo se redujera a una cuestión
de método, en el fondo opinable, sobre su eficacia, su
influjo sobre la salud y la espontaneidad de las
relaciones».
Por el contrario, y como apunté, esa
misma «cultura» que favorece el uso de contraceptivos
implica algo de mucho más calado que una simple
diferencias de métodos: lleva consigo todo un modo de
entender la sexualidad, el matrimonio, el ser humano e
incluso el conjunto de lo que existe —el universo—,
radicalmente distinto al que promueven quienes
utilizan con coherencia la Planificación Familiar
Natural.
Como sugiere Cardona, con términos
aparentemente duros, «…la óptica materialista,
necesariamente hedonista, por fuerza tiene que ignorar y
desvirtuar tanta grandeza [la de la sexualidad humana],
convirtiendo el sexo en mero instrumento de placer, y
llevándolo fácilmente a perversiones de las que los
animales son incapaces; usando del dominio de los
propios actos —de la libertad— justamente para quedar
esclavo de las propias pasiones, y viendo en la
finalización propia de la sexualidad un gravoso límite
al ansia gozadora, que en su frustración continua no
encontrará ya saciedad alguna, y convertirá a la ciencia
en un instrumento para burlar aquella finalidad natural,
en su neurótica ansia insatisfecha. Lo material tiende
de suyo, por su misma indigencia de ser, a devorar lo
otro, para alimentarse de ello, para "incorporárselo".
"Solo el espíritu —afirma categóricamente Carlo Caffarra—
es capaz de comunicación en un sentido plenamente
verdadero". Por eso, es la espiritualidad del alma la
que eleva la sexualidad humana a un plano superior,
oblativo: procreador y unitivo.
El sentido preciso que tiene la
diferenciación sexual humana es su orientación a una muy
peculiar unión de amistad, interpersonal, donde el varón
y la mujer se unen en comunión de vida, ordenada de suyo
a la fecundidad: la unión de esas dos personas pondrá la
condición para que Dios cree el alma de otras, que
encontrarán en aquella comunión estable también el
ámbito conveniente para su crecimiento y desarrollo
personal, en relación con Dios».
La mentalidad contraceptiva ignora
por fuerza todo esto. De ahí que, en tantas ocasiones,
resulte muy difícil establecer una conexión inteligible
entre los «dos universos» a que acabo de referirme:
parece como si los que pertenecen a uno y a otro
hablaran idiomas abismalmente distintos y, por
consiguiente, que no se pudieran entender.
Y así es. Porque, en la civilización
que nos acoge, la utilización de medios contraceptivos
no constituye una especie de hecho aislado, más o menos
relevante, sino que se configura tan solo como una
de las más significativas manifestaciones de toda una
manera de enfrentarse con el mundo. Y esto explica
que a veces, en el terreno práctico, resulte también
difícil cambiar de opinión respecto a las relaciones
íntimas; pues, en el fondo, equivaldría a modificar la
entera escala de valores: en el pensamiento, en el
corazón y en las propias obras.
Insisto: el consumo de contraceptivos
y la utilización de métodos naturales responden a dos
formas adversas de concebir y vivir el amor, la
sexualidad y el trato íntimos. Dos modos tan diferentes
que resultan mutuamente incompatibles.
Sin duda, simplifica un tanto la
cuestión referirnos al que propugna los contraceptivos
como una suerte de hedonismo utilitarista: al menos si
concebimos tal actitud como el resultado deliberado de
una opción consciente. Por eso esbozaré más adelante una
caracterización más honda.
Por ahora, me basta con recordar que
en la «cultura» hoy imperante, la que «modela» al hombre
de la calle, impera una consigna iterativa, resultado de
las ideologías al uso, que podríamos designar como la
del «no te prives», «date un gusto», «concédete ese
placer», «tú te lo mereces»… O, expresado de otro modo,
lo que se pretende hoy día es conseguir el bienestar —en
sus distintas modalidades, más o menos elevadas—,
eliminando el esfuerzo de mejora que el
alcanzarlo llevaría consigo.
Me atreveré a ejemplificar, aun
cuando resulte un tanto obvio. Lo que hace ya años se
puso y hoy sigue de moda es el «estudia inglés sin
esfuerzo», «no te prives», «ocúpate de ti mismo»,
«disfruta hoy, ya pagarás mañana», «haz el amor
tranquilo y seguro: elige ya tu anticonceptivo», etc.
Cuando, según viene repitiendo Monserrat Rutllán, para
ser eficaces y prácticos, se debería insistir en anti-eslóganes
del siguiente cariz: «piensa más», «esfuérzate en
aprender un idioma», «prívate de grasas si estás obesa»,
«prívate de alcohol, de droga, del sexo como consumo»,
«aprende a esperar», «no persigas tan inmediatamente el
dinero: trabaja con tesón»… y otros muchos del mismo
corte.
Esta «cosmovisión del placer sin
esfuerzo», por llamarla de algún modo, deja su huella en
todos los ámbitos de la existencia humana. Pero, de una
manera particularísima, en el modo de representarse la
sexualidad. Y, dentro de este marco, todo apunta a la
difusión de los contraceptivos…
b) Banalización de la sexualidad
i) Causas fundamentales
Desde hace un par de lustros,
sostiene José María Alsina que la mentalidad
contraceptiva ostenta dos fundamentos.
+ Por una parte, una actitud
utilitarista cargada de hedonismo: algo en lo que no
resulta difícil concordar, porque se encuentra a la
vista de todos.
+ Después, un alto grado de
sexualización de la vida cotidiana, que lleva
consigo la banalización de las relaciones sexuales.
También esto resulta sencillo de
comprobar, y lo esbocé en su momento. El sexo, hoy, es
el omnipresente. Aparece donde menos te lo
esperas. Y un sexo concebido de la manera más trivial.
Algo así, decía, como un simple medio para relajarse,
para distraerse o producir satisfacción. Y —¡no podía
ser de otro modo!— susceptible de consumo.
En la misma línea, por tanto, que los
refrescos o los helados o las «chuches» —porque hasta
esas edades llega la solicitación impuesta del deleite
sexual—, pero mucho más «eficaz», si de lo que se trata
es de engendrar placer.
Todo ello se va convirtiendo en
«adquisición común» merced a un conjunto de «mecanismos»
tremendamente eficaces: a una especie de incesante
bombardeo, proveniente de las fuentes más diversas, que
acaba por establecer un consenso general, una mentalidad
global, aprendida como por ósmosis y difícil de poner en
duda.
Insisto en que uno de los «puntos más
firmes» de esta visión de la realidad es el modo de
entender cuanto atañe al sexo. Y se explica. Según decía
hace un momento, la sociedad actual se ha «sexualizado».
En consecuencia, los estereotipos culturales —difundidos
hasta el paroxismo por los medios de comunicación de
masas— ejercen una enorme influencia, sobre todo, en
la manera de concebir la sexualidad, el papel de la
mujer en la familia, la función de las relaciones
íntimas en el matrimonio, el «modo sexualmente
adulto» en que deben actuar incluso niños de pocos años,
etc.
Hay como una especie de acuerdo
tácito acerca de lo que son todas esas realidades. O,
mejor, si se me apura, de lo que tienen que ser.
Y aquí es donde cuadra la mentalidad contraceptiva: si,
en conformidad con el extendido hedonismo, la sexualidad
queda reducida a mera fuente de placer, que hay que
vivir «sin lágrimas y sin arrepentimientos», se elimina
cualquier espacio para «errores»… aun cuando este
«error» fuera la concepción de una nueva vida.
De ahí que quepa concluir: la
difundida trivialización del sexo impone, de manera casi
automática, el recurso a los contraceptivos.
Y no solo eso. Si la sexualidad fuera
lo que hoy se pretende —y, en cierto modo, lo va
siendo—, todo lo demás vendría por sí solo. Y se
consolidaría la mentalidad anti-life, que acaba
por hacer estragos.
+ Primero, los contraceptivos,
apreciados solo en virtud de su eficacia: cuanto más
seguros, mejor; y de ahí el recurso más y más frecuente
a la esterilización: femenina y masculina.
+ Después, si fallan los
contraceptivos, el aborto provocado.
- Hoy es de sobras conocido que
encierra una tremenda falsedad la pretensión de que al
distribuir contraceptivos se contrapesa el proliferar de
abortos; al contrario, las estadísticas demuestran que
cuanto más insistentemente se propagan las medidas de
contracepción —incluso el simple preservativo— aumenta
de forma casi automática el número de «interrupciones
voluntarias del embarazo».
- Y no es difícil entender el porqué:
las dos «soluciones» derivan de una misma actitud, que
es precisamente el rechazo a toda costa de la
vida. A toda costa y a cualquier precio.
ii) Un poco más a fondo
Pero volvamos a la difusa mentalidad
común. Al respecto, y hace ya más de un siglo y medio,
repetía Søren Kierkegaard que, en especial para el
hombre contemporáneo —fuertemente masificado—, no existe
cosa más terrible que la soledad. Y, particularmente, la
que deriva de «ser distinto» de los otros, «singular»,
de «quedarse solo» manteniendo una opinión
contra-corriente.
Por eso, en la misma medida en que
hoy impera una especie de idea preconcebida acerca de lo
que «debe ser» la sexualidad, bastantes entre los medios
de comunicación y entre los propios médicos se guardan
muy mucho de proponer un modelo que no sea el
universalmente aceptado: el del placer-consumo, que
lleva aparejados los contraceptivos y, si fuera
menester, el aborto.
Algunos profesionales de la medicina,
de la prensa, la radio, la televisión, la política…, se
muestran tremendamente reacios a insinuar siquiera otra
posibilidad. Una «alternativa», por decirlo así, en la
que está implicada una manera opuesta de concebir y
vivir las relaciones entre los esposos y, como decía, el
conjunto de la propia existencia.
No es tanto que se propongan
de forma explícita obrar de este modo; simplemente, ni
siquiera se les pasa por la imaginación que existe algo
diverso que lo que casi todo el mundo acepta, de una
manera ciertamente acrítica.
Y se establece una especie de
circuito de realimentación.
+ Los medios de difusión, en el
sentido más amplio del término, no suelen proponer otra
cosa que lo que estiman que la gente quiere oír y ver.
+ El común de los mortales, a su vez,
no tiene apenas más fuente de información que la prensa,
la televisión, la radio o Internet.
+ Muchos políticos, por su parte,
quieren asegurarse los votos halagando el oído de los
electores… o de los más agresivos entre ellos —capaces a
su vez de decidir la orientación de los más «pasivos»—,
y facilitan la creación de leyes acordes con el sentir
general.
+ El resultado es que, a fuerza de
repetir una y otra vez lo mismo, ni siquiera se
vislumbra la posibilidad de que las cosas sean de otra
manera. Lo «lógico», lo «normal», es el recurso a los
contraceptivos, que permite vivir la sexualidad según
los moldes al uso.
Intentaré ahora ir un poco más allá
de este análisis periférico.
2. «Yo» versus
«ser»
a) La lógica del dominio
Para hacerlo, conviene advertir que
al hecho de reducir la sexualidad a mero bien de
consumo, del que uno puede «aprovecharse» durante un
largo período y sin ningún tipo de riesgos, se une hoy
otra realidad todavía más significativa, que desvirtúa
también el sentido más hondo de la sexualidad humana:
La transformación del embrión en una
especie de «cosa»: un simple «objeto» a merced de los
caprichos y de las decisiones de los adultos.
Es algo que ayuda a apreciar a las
mil maravillas el fondo de la cuestión. Obsérvese lo
curioso del panorama.
Durante años, se ha ido creando una
disposición general de miedo a la vida, que ha
dado como fruto el difundirse, en proporciones
inimaginables, de la práctica del aborto y de los
esfuerzos —casi siempre con éxito— por legalizar este
crimen.
Todo parecía tristemente claro. Pero
llegan los últimos avances de la técnica, y hacen
posible la «construcción» de un ser humano fuera del
contexto de íntima unión en el que siempre se había
engendrado.
(Aludo, como es obvio, a la
fecundación in vitro y demás procedimientos de la
instrumentación genética, incluida la presuntamente
posible clonación).
A partir de este momento, la
situación no puede ser más paradójica.
+ Por una parte, millares de personas
dedicadas a convencernos de las «bondades» de la
«interrupción voluntaria del embarazo», y millones de
dólares y euros consagrados al descubrimiento de
procedimientos abortivos cada vez más «eficaces» y más
«limpios».
+ En el extremo contrario, miles y
miles de científicos, con sus astronómicos presupuestos
correspondientes, entregados en cuerpo y alma a
«fabricar» vida humana en los laboratorios.
Destruir y construir la vida naciente
parece haberse convertido en una especie de deporte
universal, cada vez más practicado.
Pero hay algo todavía más revelador:
conforme avanza el tiempo, resultan más frecuentes los
casos de parejas o de personas aisladas que durante sus
períodos de fecundidad natural han atropellado la
posible fertilidad, acudiendo a los contraceptivos y,
cuando ha sido necesario, al aborto; y que, llegados a
una edad madura, en la que la mujer ya no es fecunda,
utilizan todos los procedimientos médicos y legales que
ponen a su disposición los «logros» más recientes del
ingenio humano, para conseguir ese hijo que durante años
han rechazado. A lo que podrían sumarse el cúmulo de
«matrimonios» de homosexuales, o el de mujeres o varones
aislados, que reclaman su «derecho» a tener hijos. Todo
un sinfín de contradicciones que parece absurdo.
Y que lo es, efectivamente, si se
enfoca desde la connatural perspectiva del respeto;
pero que se entiende perfectamente en cuanto advertimos
que hoy se va imponiendo la lógica del dominio;
y, si se me permite la expresión, de un dominio
caprichoso y arbitrario. Si no me equivoco, por ahí
habría que buscar el alma de tanto desvarío.
En efecto, la difundida mentalidad
anti-life y la más reciente actitud que lleva a
confeccionar seres humanos a cualquier precio presentan
un denominador común: el dominio absoluto del
hombre sobre la vida humana.
Un imperio hegemónico al que no
pueden ponerse ningún tipo de trabas: ni de naturaleza
antropológica ni ética ni, sencillamente, humanitaria.
Aquí manda el más fuerte. Como suele decirse, hijos a
la carta: si yo lo quiero, cuando yo
lo quiero y, últimamente, como yo lo quiero.
Es, según recuerda Robert Spaemann, el dominio
sin contrastes sobre la vida de los hombres.
Y, en efecto, «… la reproducción
in vitro, el aborto, la prolongación y terminación
artificial de la vida constituyen un gigantesco complejo
sobre el que se asienta la inclinación a enseñorearse
definitivamente de la vida humana».
· En lo
que se refiere en concreto a nuestro tema, estamos
asistiendo a la eliminación de la lógica de la
gratuidad, que lleva a querer al hijo como un don.
+ Con toda pasión y virulencia, si
fuera el caso, pero siempre como un regalo, como
una dádiva, como un obsequio.
+ O, si se prefiere emplear otra
terminología, como algo estrictamente posible: ni
exigido ni susceptible de ser rechazado.
+ Algo de mi misma categoría personal
y sobre lo que, por tanto, no me es lícito ejercer un
imperio indiscriminado sin lesionar de manera honda
y cabal su dignidad constitutiva.
Lo recordaba el entonces Cardenal
Ratzinger: «La lógica intrínseca de muchas de las
actuales técnicas reproductivas es una lógica de
"producción de objetos": una lógica que instituye de por
sí una relación de desigualdad entre el técnico (que
produce) y aquello que es producido, y, por tanto,
también una relación de dominio de uno sobre el
otro».
A lo que añade: «Para entender lo
inaceptable de esta lógica de producción aplicada a la
procreación humana, es necesario liberarnos de una de
las convicciones más nefastas que esta misma
"tecnología" ha introducido en nuestra conciencia: la
idea de que la realidad no posee una verdad
propia, sino que es la intención del hombre y solo esta
la que crea el significado ontológico de todo».
b) La exaltación del «yo»
En efecto, el axioma del
sexo-consumo, en que cristaliza en gran medida el
hedonismo hoy imperante, y la dictadura más férrea sobre
la vida humana naciente, propia de la instrumentación
genética, tienen un punto de contacto muy profundo:
la exaltación sin límites del yo mediante el deleite
sensual o la consecución de los propios caprichos,
exponentes ambos de la ilimitada afirmación de uno
mismo.
Y esa es, tal vez, la clave de la
civilización actual: un predominio absoluto del yo,
que intenta a toda costa afirmarse, a través del placer
o de la imposición de sus deseos. Todo se subordina a
ese doble objetivo egotista. En este sentido he ya
apuntado que la realidad, lo que las cosas y las
personas son —y que exige un modo adecuado de
tratarlas— resulta hoy ignorado… para atender
exclusivamente a las apetencias, a los intereses, al
arbitrio o al capricho.
En el texto antes citado, Alsina lo
resumía con pocas y muy certeras palabras: se trata de
«… negar la naturaleza, para sustituirla por la
voluntad humana». Una voluntad, además, que no busca
el bien real, objetivo, sino solo la satisfacción de sus
apetencias (y que, por lo mismo, difícilmente puede
calificarse como «voluntad», situada en el plano del
entendimiento, sino más bien como apetitos sensibles).
Esta podría ser ya una explicación
casi definitiva. La que sostiene que:
· En el
fondo de la mentalidad contraceptiva hay una actitud que
tiende a exaltar, sin ningún tipo de frenos, las
aspiraciones del propio yo, en detrimento de la
(verdad de) la realidad objetiva.
· Esa
magnificación del yo, con el «olvido del ser» a que se
encuentra aparejada, representa quizá una de las claves
más esclarecedoras de la civilización contemporánea.
En términos más técnicos cabría
calificarlo como «antropocentrismo» o ensalzamiento
radical y sin reservas del sujeto humano; o, enfocado
desde la perspectiva complementaria, y quizá más
radical, como «inmanentismo ontológico», al que acompaña
una fundamental desatención al ser.
Muchas veces he explicado que, desde
el punto de vista filosófico más estricto, la cabal
expresión y el origen de este multisecular proceso puede
localizarse en las famosas palabras de Descartes —su «cogito,
ergo sum»—, con las que el pensador francés antepone
los «derechos» de la conciencia humana (el «yo», en sus
más variopintas modalidades), a los del ser… y de la
verdad… y de la bondad… y de la belleza: a los de la
realidad-existente-con-independencia-de-mi-subjetividad.
No es el momento de insistir en ello.
Sí quisiera recordar, por el contrario, otras palabras
del creador de la filosofía moderna, íntimamente
relacionadas con el cogito, pero que tocan de
manera más inmediata al problema que estamos examinando.
Se trata de un inaugural «decreto» —voluntario,
arbitrario, «violento»—, del que se han seguido, para la
civilización de hoy, bastantes de los efectos perversos
que venimos esbozando.
En efecto, la prepotencia tecnológica
contemporánea, que pretende erigirse en dueña absoluta
de la vida y de la muerte, y no se detiene ni ante la
persona humana, es —en la medida en que esto puede
afirmarse— la consecuencia lógica del proceso que
catalizó Descartes, al proponer la sustitución de la
«filosofía especulativa», que se enseñaba hasta
entonces, por un «conocimiento» exclusivamente práctico
que nos convirtiera en «dueños y posesores de la
Naturaleza».
· Había en
el fondo de esta postura una poderosísima intervención
de la voluntad.
+ Recogiendo y fomentando un
sentimiento muy difundido en su época, Descartes
decretó arbitrariamente que la realidad había dejado
de ser verdadera, que ya no resultaba digna de ser
conocida.
+ Lo que había que hacer era
transformarla, manipularla.
+ ¿Para qué? Para ponerla
radicalmente al servicio del bienestar humano: no solo
para «… gozar sin esfuerzo de los frutos de la tierra y
de todas las comodidades que en ella se hallan, sino
también y principalmente para la conservación de la
salud, que es sin duda el primer bien el fundamental de
los demás bienes de esta vida».
· La
verdad —y la bondad y el ser— acaban de perder todos sus
derechos, todo su valor, en aras de la utilidad y el
placer: solo vale la pena «conocer» y «querer» en la
escasísima medida en que ello me permita utilizar el
cosmos para mi propio provecho.
· Todo
empieza a girar en torno al yo.
· Se
anuncian, con bombo y platillo, el utilitarismo y el
pragmatismo contemporáneos, con la dosis de hedonismo,
sexualidad, droga y violencia que lleva aparejado. La
historia comenzó por una devaluación voluntaria —mejor:
arbitraria— de la verdad.
Pero una sociedad en la que todo se
observa bajo el prisma de lo manipulable y de lo útil
—en la que no hay verdad, sino maniobrabilidad, provecho
y placer— carece de recursos para detenerse cuando lo
que se trata de «manufacturar» es el propio ser humano,
la persona: resulta, como apuntaba, una sociedad
constitutivamente violenta, a la que no disuadirá el
vocerío de una presunta dignidad, más proclamada que
advertida y, al cabo, carente de fundamentos.
Por eso, se ha podido sostener, con
todo acierto y autoridad: «En último término, en la raíz
de todos estos fenómenos está latente una concepción del
hombre que lo considera dueño sin condiciones de
su propio cuerpo y de la realidad que le
rodea».
De su propio cuerpo y de la
realidad; o de la realidad y de su propio cuerpo.
Todo es uno y lo mismo. Porque cuando Descartes
sustituyó las prerrogativas de la verdad y el bien por
las del simple y puro sujeto humano —considerado como
tal: sin ser—, estaba eliminando el entero conjunto de
los trascendentales de la filosofía clásica —ens,
verum, bonum, pulchrum…—, que se
identificaba sin reservas con todo lo que es: ¡todo,
por tanto, quedará desde entonces sometido al imperio
imparable de una voluntad sin otro rumbo que ella misma!
· Son
muchos los autores que han relacionado este subjetivismo
universalmente imperante con la contracepción. Y muchos,
también, los que han sabido emparentarla con el «olvido
del ser»: del ser del acto conyugal, del ser
del matrimonio, del ser personal de los cónyuges,
del ser del universo…, del Ser divino.
1) Entre los primeros, destaco
estas palabras de Rodríguez Luño:
«Una de las mayores dificultades para
captar la diferencia moral y antropológica entre la
anticoncepción y la continencia periódica consiste
precisamente en la creciente difusión de la
mentalidad subjetivista. Es esta mentalidad la que
no acepta un criterio objetivo capaz de discernir entre
el orden y el desorden, entre el bien y el mal, en la
manifestación del amor, en los fenómenos sentimentales,
afectivos, de simpatía, en la búsqueda de determinados
valores, en la fundamentación de ciertas relaciones
interpersonales.
Según esa mentalidad el juicio sobre
las cosas, sobre los hombres, sobre los valores toma
como norma la humana subjetividad en sus más variados
aspectos: su situación vital, sus sentimientos —sean
superficiales o profundos—, e incluso su capacidad de
vivir o experimentar relaciones axiológicas. Hay que
decir inmediatamente que todos esos aspectos de la
subjetividad humana no deben ser dejados completamente
aparte, pero es necesario que todas las reacciones
espontáneas del sujeto, sean de carácter afectivo, sean
de carácter valorativo, tengan por encima de ellas una
regla objetiva, que permita discernir su verdad».
A lo que añade todavía, volviendo más
explícitamente sobre nuestro tema:
«Si tuviésemos que resumir todo lo
que hemos intentado decir, afirmaríamos que entre la
continencia periódica y la anticoncepción existe la
diferencia moral y antropológica que hay entre la
conciencia que acepta una definición objetiva y
teónoma de los valores personales y morales, y la
conciencia que, en cambio, hace del "para-mí" la
condición general de todo bien posible, rechazando así
los fundamentos mismos de toda consideración moral de la
vida humana».
2) Entre quienes localizan el
núcleo de la presente situación en el «desprecio del
ser», recojo estas ideas de Gil Hellín:
«Sentirse y actuar como árbitros
o como ministros del designio divino especifica y
diferencia uno y otro comportamiento [el anticonceptivo
y el de la PFN]. Aquellos manipulan la actividad de los
cónyuges desconectándola del ser y esencia del
matrimonio; descoyuntan el significado unitivo de la
entrega del coesencial significado procreativo, haciendo
que la vida no esté en coherencia con el ser de
su unión conyugal. Por ello mismo pretenden atribuir
como jueces a esa vida desordenada una bondad de la que
ciertamente carece. Mientras que los segundos,
conscientes de la estructura y bondad del ser del
matrimonio, y sabedores de las leyes propias de la
fertilidad humana adecuan su comportamiento en la vida
conyugal a las exigencias de una procreación
responsable.
[…] Dos concepciones sobre la
sexualidad y sobre la persona que cristalizan en la
aceptación o rechazo del ser total del matrimonio:
unión de marido y mujer con apertura a la transmisión de
la vida».
3. A modo de
conclusión
Si nos remitimos ahora a los
planteamientos iniciales de este escrito, bastaría con
afirmar de manera explícita que lo que normalmente se
conoce como «subjetivismo antropocéntrico» —y que tantos
convienen en considerar como el fundamento último de la
civilización de hoy día— es virtualmente egoísta. Al
término, acaba ensalzando incondicionalmente, por
encima de todo, al propio yo.
Un único ejemplo, asequible a
cualquier persona dotada de capacidad reflexiva. Una
familia que no se preocupa más que de sus propios
intereses, sin atender para nada a las necesidades de
quienes la rodean, tiene todas las papeletas para que, a
su vez, cada uno de sus componentes acabe atento solo a
sí mismo. Los padres por un lado y los hijos por otro.
Y, después, cada uno de los miembros del matrimonio, a
lo suyo. Egoísmo llama a egoísmo.
Y eso es, por desgracia, a pesar de
tantos esfuerzos y logros en contra, lo que parece
dominar el panorama de la cultura contemporánea.
Ahora bien, resulta fácil imaginar
hasta qué punto esta actitud generalizada hace estragos
en el seno de la vida matrimonial, encerrando a cada uno
de los cónyuges en sí mismo.
+ Porque la atención desmesurada a
uno mismo es lo más opuesto al surgimiento y
consolidación del amor.
+ Aristóteles, lo sabemos, definía el
amor como «querer el bien del otro en cuanto otro».
+ Cuando solo se está pendiente del
yo no se puede amar… ni, por consiguiente, ser feliz.
Y todo ello tiene mucho que ver con
la limitación artificial de los nacimientos. Pues no se
trata solo de que la difusión de contraceptivos
constituya una expresión perfectamente coherente de la
actitud de exaltación del yo definitoria de nuestra
civilización. A ello hay que añadir hasta qué punto la
mentalidad y las prácticas contraceptivas —por su misma
dinámica interna— fomentan y reafirman esa postura
egoísta: de un «egoísmo a dos», como escribió ya el
siglo XIX Kierkegaard, y que por eso —y porque la
mayoría de las veces se vive de forma inconsciente e
involuntaria— resulta más difícil de descubrir y
reconocer.
Si no yerro, fue Chauchard quien
redactó unas palabras aparentemente muy duras, pero que
encierran un núcleo no despreciable de verdad: las que
caracterizan a la unión contraceptiva como «… un acto de
masturbación para el que se utiliza a la mujer».
E igual, evidentemente, se podría decir de ella respecto
a él.
Porque, en bastantes casos, quienes
establecen una relación de este tipo no tienen en cuenta
ni el destino del cónyuge ni, menos aún, el del hijo. En
un considerable número de ocasiones —no siempre— tienden
tan solo a satisfacer su deseo físico, y se comportan de
una forma infantil y egoísta.
Por eso, cuando se adopta este
enfoque, el uso de contraceptivos reduce la sexualidad a
su dimensión exclusivamente subjetiva y puede dar lugar
a un acentuado egocentrismo de cada uno de los
esposos. Marido y mujer viven separadamente el problema
contraceptivo, y entre ellos no se instaura, en lo
relativo a su vida conyugal, ningún tipo de
comunicación. En tantas ocasiones, el único punto de
encuentro de esa pareja acaba siendo, tristemente, el
placer.
Con lo que, en fin de cuentas, no
solo desaparecerá el más genuino y rico sentido de la
sexualidad —reducida a menudo a genitalidad
desorbitada—, sino que puede perecer también el amor.
· Los
métodos naturales, por el contrario, inducen una actitud
que, de manera casi «obligatoria», por su misma
naturaleza intrínseca, llevan a adoptar la perspectiva
del otro. Y esa, es la clave del verdadero amor…
y de la existencia del matrimonio. Por decirlo de alguna
manera, todo matrimonio cobra fuerzas en la proporción
exacta en que cada uno de los cónyuges sale de sí mismo,
se identifica con el otro y, así unidos, conjugan
eficazmente el nosotros.
Dentro del marco antes esbozado,
estamos ahora en condiciones de calibrar la enorme
diferencia que media entre el uso de contraceptivos y la
práctica coherente de los métodos naturales o, más en
general, la radical apertura a la vida.
En fin de cuentas, nos encontramos
ante una de las más radicales manifestaciones de esa
discriminación básica que opone la atención al «otro en
cuanto otro» —al ente en cuanto ente— y el miramiento
exclusivo hacia un «yo» desprovisto de alcance
ontológico: el yo en cuanto yo (que no atiende
para nada al ser… ni siquiera al propio).
· Y ahí es
donde, desde una perspectiva «existencial», se instaura
la diferenciación básica entre los distintos modos de
comprender y vivir la fecundidad humana… y entre sus
correspondientes «resultados».
Mientras la apertura al otro es el
fundamento de una vida lograda y feliz, el
enclaustramiento en la propia subjetividad —por quedar
muy por debajo de las auténticas posibilidades del
hombre— desemboca inevitablemente en insatisfacción
honda y determinante, en desdicha.
Y con ello se cierra el círculo
apuntado en las primeras páginas del presente ensayo,
cuando escribía literalmente:
«En fin de cuentas, y a modo de
resumen, se trata de averiguar cómo, por qué y en qué
medida influye la conciencia y el ejercicio de la propia
sexualidad en el logro de la plenitud humana y, como
consecuencia, en qué proporción y por qué causas
refuerza o no la felicidad de quienes componen un
matrimonio y del conjunto de la familia».
* Tomás Melendo Granados
Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Director Académico de los Estudios Universitarios
sobre la Familia
Universidad de Málaga (UMA), España
tmelendo@masterenfamilias.com
www.masterenfamilias.com
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