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Métodos naturales y amor matrimonial (Tomás Melendo Granados)

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MÉTODOS NATURALES Y AMOR MATRIMONIAL
 

 

 

MÉTODOS NATURALES Y AMOR MATRIMONIAL

Por Tomás Melendo*

Arvo Net, 1.12.06

 

 

1. Pros y contras de la planificación familiar natural

a) Ventajas antropológicas de la regulación natural de los nacimientos

Hace ya algún tiempo, me invitaron a redactar un breve resumen de las «ventajas antropológicas» de la PFN. Con ligeros retoques, y con las puntualizaciones que a continuación añadiré, podría muy bien servir como introducción al presente capítulo y como recordatorio de los temas que —por exigencias obvias de espacio e inspiración— no voy a tratar en este escrito.

· Mas antes conviene dejar claro que esos indudables beneficios humanos no pueden ni siquiera vislumbrarse cuando la planificación natural se considera como un simple medio para posponer o eludir los embarazos.

Porque, en realidad, no es en absoluto nada de «eso».

¿Perplejidad? Intentaré eliminarla.

+ Es cierto que los métodos naturales de regulación de la fertilidad permiten lícitamente retrasar o evitar por tiempo indefinido una concepción, si existen causas graves para ello.

+ Pero no es esa su esencia constitutiva.

Lo radicalmente configurador de la Planificación Natural es la inestimable posibilidad que ofrece a los cónyuges para mejorar sus relaciones íntimas, ayudando a establecer en el seno del matrimonio un trato estrictamente personal —entre persona y persona, consideradas como tales—, presidido por el amor.

+ De ahí que las ventajas esenciales de la Planificación Familiar puedan obtenerse al margen de toda intención de limitar el número de hijos y, por consiguiente, cuando existe la decisión generosa y ponderada de traer al mundo una familia numerosa.

F (Y, por tanto, por expresarlo de algún modo, cuando no se utiliza procedimiento alguno regulador y, de acuerdo con el común modo de decir de hace unos años, «se abandona en manos de Dios» todo lo relativo a la concepción de los hijos).

· Por todo lo cual, habría que sostener:

En cuanto llevan consigo una manera muy precisa de entender y vivir el amor humano y el ejercicio de la sexualidad —estilo que se coloca en las antípodas de la mentalidad anti-life propia de los contraceptivos—, los beneficios de los métodos naturales se agrupan en torno a los dos grandes principios que configuran y hacen posible su uso: a) un mayor y más delicado conocimiento de la admirable sexualidad femenina (y, en general, de la mujer… y del varón); y b) el enriquecimiento que deriva de la práctica de la continencia periódica (aunque de entrada suene asombroso).

i) El conocimiento cabal del maravilloso organismo sexual femenino genera, entre otras cosas:

Un incremento de la autoestima de la mujer, asombrada ante el esmerado primor con que ha sido creada, también por lo que respecta a esta dimensión tan íntimamente personal del propio cuerpo.

– Un aumento paralelo de la comprensión de sí misma y de su psique, que la lleva en muchos casos a explicarse situaciones y estados de ánimo que hasta entonces la desconcertaban.

(En este sentido, resultan muy sugerentes los párrafos de una carta recogida por Mónica de Aysa, en los que una chica le cuenta los beneficios que le ha proporcionado el simple conocimiento de los métodos naturales, incluso antes de ponerlos en práctica, puesto que todavía no se había casado: «Me sirven los métodos naturales en el noviazgo para controlar mis estados de ánimo [...]. La observación de los síntomas ligados a cada fase del ciclo me ha servido muchas veces para conocer el porqué de mis estados anímicos. Observando, he aprendido, entre otras cosas, que en los días de la ovulación estoy más activa; en los días previos a la menstruación más cariñosa y del día que comienza el período me encuentro "fatal" [...] me doy cuenta de cómo efectivamente se relacionan mi estado de ánimo y mi estado físico con el momento del ciclo menstrual en el que me encuentro [...]. Consigo con menos esfuerzo el dominio de mí misma [...] me parece un tema apasionante conocer con profundidad cómo funcionan el cuerpo del hombre y de la mujer y su aparato reproductor. También esto me ha ayudado a comprender mejor la psicología masculina y femenina»).

– La consiguiente intensificación del conocimiento, aprecio y respeto hacia la esposa por parte del marido.

Al respecto, Evelyn Billings contaba en una ocasión dos anécdotas simpáticas.

Recordaba, en primer lugar, lo que le comentó en un país de África un hombre de color de tamaño impresionante: «Antes de practicar los métodos naturales —decía este—, pegaba con mucha frecuencia a mi esposa; después de ponerlos por obra durante unos meses, la trato con mucha más delicadeza y me siento infinitamente feliz». [La mujer, menuda y vivaracha, asistía a la entrevista y, según comentaba la Doctora Billings, miraba a su marido con ojos tiernos y llenos de admiración].

La otra es más breve. Un mexicano de bajísima extracción social, que antes buscaba constantemente «expansiones» fuera de casa, le decía también a Evelyn: «Desde que estamos practicando su método, me encuentro mucho mejor. Antes me creía en la obligación de demostrar que era muy macho; pero ahora estoy aprendiendo de verdad a ser hombre».

– Un aumento de la comunicación interpersonal en lo relativo al ejercicio de la sexualidad, que mejora también, por lo común, el diálogo en torno a otros aspectos de la vida matrimonial y familiar.

En relación a este extremo, una usuaria de métodos naturales escribía: «Durante todo el tiempo que duró el curso, curiosamente, se volvió a establecer un diálogo fluido entre nosotros y aunque durante unos días al mes no podíamos tener relaciones, los dos sabíamos porqué, y que eso tenía al final una bonita recompensa. Hablábamos de cómo serían esas noches, de lo que haríamos y mientras tanto las caricias, la comprensión y el diálogo fluían entre nosotros. Empezábamos a vivir un amor sereno. Yo estaba feliz porque mi marido entendía que había días de abstinencia y sabía que después de esto vendría una entrega completa y sin barreras por parte de los dos [...]. Después de siete meses, en los que mejoró nuestra comunicación, me di cuenta de que los miedos y reparos que tenía al principio sobre si mi matrimonio duraría mucho o si seríamos capaces de educar un niño, desaparecieron. Tenía al lado a un hombre cariñoso, comprensivo y entregado»;

– La supresión de un cierto grado de ansiedad —a veces nada despreciable—, que, como apunta el testimonio recién citado, acompaña a la esposa ante «el riesgo» de quedarse embarazada.

También ahora, y a pesar de su longitud, vale la pena copiar íntegra una cita de M. Brancatisano: « A la mujer que retorna a la maternidad porque "no se ve" sin ser madre, deberíamos preguntarle el porqué de esa vuelta, tras un abandono plenamente consciente respecto a la maternidad "concreta", y casi total en relación con la maternidad psicológica.

Con estos dos modos de calificar la maternidad me refiero, por una parte, al hecho de generar al hijo y, por otra, al modo de relacionarse con o de concebir la maternidad. En lo que atañe al primer punto, es patente la crisis demográfica de aquellas regiones del mundo acordes con esta cultura; en lo que se refiere al segundo, conviene advertir que la maternidad hoy ya no se vive con naturalidad ecológica, sino con una actitud progresivamente más problemática, que se acerca mucho o desemboca en ansiedad e incluso en terror.

Habiendo dejado de ser un evento natural, consecuencia espontánea de la vida sexual de la mujer, la maternidad se parece más y más a una enfermedad que debe prevenirse —mediante la contracepción— o "monitorizar" con atención obsesiva mediante el entero curso de su preparación, el embarazo. El terror se refiere más que nada, sin embargo, a una especie de habitus —a menudo inconsciente— que se forma en la psique de la mujer durante todos los años (entre 15 y 25, por término medio) en que decide tener una vida sexualmente activa, pero prescindiendo de forma categórica de la maternidad.

En estos años, los más fértiles desde cualquier punto de vista, la actitud de la mujer respecto a su propia capacidad de engendrar resulta —consciente o inconscientemente— no solo negativa porque así lo plantea y lo desea, sino orientada de continuo contra la posibilidad de quedarse embarazada: en la psique femenina se insinúa un sentido de terror respecto a un acontecimiento temido y que, no obstante, la amenaza… por el hecho de que, por naturaleza, se encuentra inseparablemente unido a las relaciones sexuales.

Un fenómeno tan prolongado y profundo no puede sino dejar una huella en el modo de pensar, de vivir y de afrontar la maternidad, cuando la mujer se decide a tener hijos. Huellas todavía no del todo determinadas, pero sin duda alguna importantes».

– La asunción conjunta, en plano de absoluta igualdad y justicia, de todas las decisiones referentes al trato íntimo y, en concreto, a la gozosa responsabilidad ante el inapreciable regalo de los hijos.

ii) Por su parte, el ejercicio de la continencia periódica trae como consecuencia:

– Un incremento del autodominio, con lo que este implica de acrisolamiento de la verdadera entrega —nadie da lo que no posee realmente— y, como consecuencia, del amor exquisitamente conyugal.

– Una ayuda inestimable para salir de uno mismo y adoptar la perspectiva del otro —el cónyuge y el posible hijo—, condición ineludible para que se instaure el más genuino amor, definido ya por Aristóteles como un «querer el bien para otro en cuanto otro».

– Una menor dependencia del placer puramente corpóreo, que por eso se torna más pleno y más acendradamente personal.

Como antes sugería, todos estos beneficios nada tienen que ver con el propósito de restringir el número de hijos, y pueden —¡y deben!— ser vividos por todo matrimonio que aspire a conquistar una mayor categoría y madurez de su amor recíproco, también cuando no hagan uso de la PFN.

· Por el contrario, en relación con la futura prole, los métodos naturales permiten:

– Querer con una intencionalidad redoblada —inaccesible para quienes no dominan los «secretos» de estos métodos— a todos y cada uno de los hijos que Dios tenga a bien conceder;

+ puesto que los que practican la planificación natural disponen de los medios para evitar la concepción de una nueva criatura, cuando deciden acogerla agradecidos,

+ ese hijo o esa hija entran en el mundo como fruto de un acto de voluntad —de amor— en cierto modo más directo y expreso que el de quienes ignoran los métodos naturales.

– Determinar, dentro de ciertos límites, el momento y las circunstancias de cada concepción y nacimiento, de forma que pueda atenderse con mayor dedicación y efectividad a las necesidades del hijo.

– Enriquecer con el regalo de la maternidad a algunos matrimonios, en los que la esposa se encuentra aquejada por una infertilidad subsanable a través de estos métodos.

(Lo que constituye la prueba más palpable —aunque no la más profunda— de que la Planificación Familiar Natural no debe reducirse a un conjunto de técnicas para retrasar o eludir de por vida la concepción, puesto que en algunos casos, cada vez más numerosos, se utiliza justo para lo contrario: para hacer posible la digna venida al mundo de un ser humano).

– Cuando existan causas suficientemente graves que aconsejen posponer un embarazo, seguir manifestando y acrecentando el amor conyugal también a través de los encuentros íntimos.

(Al contrario de lo que sucede con los contraceptivos, que, constitutivamente y con independencia de la intención subjetiva de quienes los utilizan, tornan radicalmente contra-dictorio el amor que pretenden expresarse sus usuarios).

– Aceptar gozosamente la llegada de un hijo «no planeado» cuando, en contra de lo que honradamente habían creído descubrir los cónyuges, es esa la voluntad de Dios para ellos.

Considero este último un punto clave y decisivo: como los auténticos usuarios de la Planificación Natural jamás excluyen activamente a los hijos, ninguno de estos llegara nunca a su familia como «no-querido».

b) Un incremento del amor mutuo

Entre las sugerencias apretadamente apuntadas en las líneas que preceden, hay una que presenta un especial interés y conviene destacar, aun a riesgo de incurrir en alguna repetición. Se trata de la mejora del amor recíproco que, utilizada con causas graves, la PFN puede llegar a instaurar entre los cónyuges.

+ Un par de veces ha aparecido en nuestro escrito este interrogante: ¿favorece la regulación natural de la fertilidad la calidad de las relaciones íntimas entre los esposos?

+ Y también el criterio que se debe asumir para responderlo: en última y radical instancia, tales relaciones podrán calificarse como satisfactorias, desde el punto de vista antropológico, cuando incrementen y acrisolen el amor mutuo entre marido y mujer.

+ Con lo que resulta que la planificación familiar natural beneficiará la vida de los cónyuges si y en la medida en que genere un aumento de la categoría de su amor recíproco.

Ciertamente, cabría adoptar otras perspectivas. Pero ninguna tan fundamental como esta.

La raíz terminal de la dignidad del sujeto humano reposa en su capacidad constitutiva de amar; y el índice de su desarrollo, de su plenitud como persona, viene dado por el grado de madurez de su facultad amorosa.

· Como sabemos, un hombre y una mujer valen lo que valen sus amores.

i) Fundamentos

En consecuencia, habría que recordar dos cosas: en primer término, los motivos por los que las relaciones matrimoniales presididas por el amor promueven el engrandecimiento y la consolidación de ese mismo amor; en segundo, por qué la práctica justificada de los métodos naturales no «rompe» ni disminuye esa virtud perfectiva, sino que, según los casos, puede incluso llegar a intensificarla.

Los dos extremos han sido suficientemente tratados.

· Respecto al primero, recordaré tan solo que:

1) el núcleo de un amor verdaderamente humano es espiritual: amar es sustancialmente un acto de la voluntad con el que queremos el bien para otro;

2) pero, en la misma medida en que ese amor finito y participado se prosigue y manifiesta auténticamente a través del cuerpo, recibe un claro incremento, se engrandece;

3) y como las relaciones conyugales íntimas representan la manifestación física más adecuada del amor entre un hombre y una mujer en cuanto tales, contribuyen de una manera excepcional a desarrollar el amor (voluntario y afectivo) de los cónyuges.

¿Razones?

Precisamente porque cada hombre es tremendamente uno (en el sentido de unitario), la voluntad en que radica en fin de cuentas el amor, la afectividad donde reside la mayor parte de los sentimientos, y la actividad física en que concluye la relación conyugal, actúan en perfecta continuidad e interdependencia: de manera que el ejercicio de cada una de esas funciones se ve favorecido por el desarrollo equilibrado de las restantes y, cuando existe esa armonía, revierte sobre ellas, perfeccionándolas.

ii) Actitudes radicalmente contrapuestas

En lo que atañe a la segunda cuestión, surge una especie de «pega». Tras dejar claro que las relaciones conyugales adecuadas incrementan el amor del que provienen, he afirmado con la misma o más fuerza que los contraceptivos lesionan hondamente ese mismo amor. ¿Por qué no habría de ocurrir igual con los métodos naturales?

Semejante pregunta solo tiene sentido para quienes piensen que la planificación familiar natural presenta alguna semejanza de fondo con el uso de contraceptivos. Pero, en realidad, ya he dejado constancia del abismo insalvable que las separa. La diferencia entre ellas no puede ni remotamente reducirse a simple cuestión de método, sino que lleva aparejada una distinta e incluso contrapuesta concepción no solo de la sexualidad, sino del mismo hombre y de la realidad en su conjunto.

Más adelante intentaré llegar hasta el núcleo del problema. Pero ya ahora cabría resumir en un par de términos antagónicos la mentalidad que impera en la contracepción y la que dirige la regulación natural de la fertilidad: se trata de la antinomia «dominio-respeto».

+ Dominio arbitrario y manipulador de la sexualidad humana, para quienes propugnan el uso de contraceptivos;

+ y respeto total de la naturaleza, para los que utilizan, con causa proporcionada, la planificación familiar natural.

En este sentido, y puesto que el respeto ha sido expresamente incluido desde mediados de este siglo en la casi totalidad de los códigos deontológicos vigentes en nuestra cultura, me atrevería a afirmar que la dispensación de contraceptivos con fines antinatalistas se opone a la esencia misma de la condición y práctica médicas, mientras que la enseñanza y recomendación de la regulación natural no solo concuerda maravillosamente con las exigencias de una correcta preocupación ecológica o de la medicina naturalista, sino que hunde sus raíces en ese profundísimo núcleo de humanidad que legitima y engrandece a la profesión médica en cuanto tal.

Pero si la esencia de los métodos naturales de autodiagnóstico reside en el respeto reverencial por la naturaleza —y, más en concreto, por la delicada y maravillosa sexualidad femenina—, tampoco violentará los elementos naturalmente constitutivos del amor… al contrario de lo que ocurre con el uso de contraceptivos.

Desde esta perspectiva, la regulación natural de la fertilidad conserva intactas todas las virtualidades enriquecedoras inscritas en las relaciones conyugales no desprovistas de su recta orientación.

Y hay más. El uso adecuado de los medios naturales no solo mantiene la pujanza originaria, sino que mejora —desde diversos puntos de vista— la calidad del trato íntimo.

Como acabamos de ver, uno de esos extremos lo constituye el incremento del señorío sobre el propio ser y sobre la propia sexualidad, exigido y provocado por la continencia periódica: una potestad que acrecienta, de forma muy notable y necesaria, la categoría y la intensidad del amor entre los cónyuges, al perfeccionar la calidad de su entrega mutua, gracias a un incremento del propio autodominio.

En conclusión: el recurso a los medios de autodiagnóstico, al aumentar el dominio de la persona sobre sí misma, aquilata la categoría de la entrega, mejora el temple del amor y, finalmente, favorece y perfecciona —desde la perspectiva más honda en que cabe advertirlo— las relaciones conyugales.

c) La PFN como «mal»… aunque «menor»

Tales beneficios se mantienen e incrementan cuando, con el empleo de los métodos naturales, se pretende traer al mundo a una nueva criatura o, simplemente, vivir de manera más «humana», más consciente y más respetuosa, las relaciones conyugales.

En tales circunstancias, la PFN ofrece unas ventajas que deben estar presentes en todo matrimonio, también en aquellos que formalmente no la practican.

i) El daño de la infecundidad

Pero cuando con los métodos naturales se aspira a retrasar justificadamente un embarazo o suprimir de por vida la entrada en este mundo de nuevos hijos, esos innegables avances entran en conflicto con un handicap también considerable: la privación de la fecundidad biológico-personal, normalmente unida al amor entre los esposos, y de todos los frutos que de ella se desprenden.

Consecuencia: la limitación natural de la fecundidad —con causas proporcionadas, por supuesto, pues de lo contrario resultaría gravemente ilícita— ha de ser vista por sus usuarios como un «mal menor», del que han de prescindir en cuanto las circunstancias cambien y la llegada a la tierra de nueva prole resulte posible… con las dificultades normales que el embarazo, el parto y la subsiguiente educación llevan por fuerza consigo.

Pues esas complicaciones ordinarias, aunque a veces muy costosas, nunca constituirán razón proporcionada para excluir a las nuevas criaturas del reino de los existentes.

Con más detalle: la privación de la fecundidad tiene en sí misma razón de mal; pues, a la eliminación del hijo, y como consecuencia de ella, añade el estorbo o impedimento para el despliegue normal del amor entre los cónyuges y el incremento de su felicidad.

Y ese escollo no se compensa, normalmente, por el acrecentamiento del autodominio que la continencia periódica genera y con el que aquilata la categoría de la mutua entrega.

ii) La PFN como privación

¿Por qué?

+ Porque el primer presupuesto para que el amor entre futuros esposos llegue a cuajar es que cada uno corrobore en el ser, con una intensidad inusitada —¡como «única»!—, a la persona de quien se encuentra enamorado o enamorada. Suprimida esta confirmación, no cabe seguir adelante y hablar de un amor propiamente conyugal.

+ Pero, además, para que ese amor madure es menester que cada uno de los esposos se empeñe en buscar eficazmente el bien personal del ser querido, hasta conducirlo tan alto como le sea posible.

- En caso contrario, la entrega recíproca se encontraría desde el inicio falsificada, por no incluirse en un contexto de búsqueda del bien del otro en cuanto otro, condición y médula constitutiva del amor.

- En tales circunstancias, los frutos de un presunto autodominio quedarían empequeñecidos, o viciados, al no estar el servicio de un amor genuino.

- Pues si se suprime el bien capital del cónyuge, o algo que lo perfeccione intrínsecamente como marido o mujer, la entrega queda de inmediato depreciada: ya no se encamina a la obtención del bien de la persona amada, no se configura como el instrumento más eficaz que cada uno pone al servicio de la mejora del otro.

Mas sabemos que el incremento del bien de los esposos y de su amor recíproco se haya estrechamente unido a la fecundidad: también, cuando esta es posible, con la fecundidad biológico-personal. Todo amor es por naturaleza fecundo. Suprimir el cauce de esa feracidad natural es como poner un escollo al desenvolvimiento del querer, también del matrimonial.

Para comprobarlo, bastaría recordar las ventajas aparejadas a la venida al mundo de cada nuevo hijo: la integración de amores, que embellece el eros con un inédito incremento del afecto y de la amistad entre los cónyuges; el enriquecimiento de un amor que ha llegado a dar vida a una nueva persona; el engrandecimiento de un cariño que pasa a participar… del Amor creador del propio Absoluto.

Se trata de ganancias de las que se privan quienes, incluso con motivos de peso, se ven forzados a acudir a los métodos naturales con el fin de distanciar o, sobre todo, de suprimir la llegada al mundo de un nuevo vástago.

· Por tales causas, «… no es exacto hablar de la limitación familiar como un derecho, y es un error considerarla un privilegio. Es, en definitiva, una privación. Está pensada para casos excepcionales, para aquellas parejas que, por razones serias —por fuerza mayor—, se ven obligadas a privarse de la alegría y del valor de los hijos: alegría que les realiza y valor que les enriquece.

Unos esposos que —a falta de esa fuerza mayor— prefieren no tener más hijos, están privando a su amor conyugal de su fruto natural e impidiendo su normal desarrollo; están disminuyendo su mutua disposición para el sacrificio, y eso lleva a una disminución de la mutua estima que puede mantenerles unidos».

(Ese «privarse de», que Burke reitera en la cita, resulta clave para distinguir un uso realmente correcto de otro más o menos espurio de la PFN. Sus auténticos usuarios viven la imposibilidad de recibir nuevos hijos como un mal que tienen que sufrir o soportar. Nunca como la liberación de una carga. Volveré sobre este extremo esencial).

iii) Algunas causas que legitiman el uso de los métodos naturales

Conclusión:

Para utilizar los métodos naturales con objeto de posponer o eludir un embarazo, resulta imprescindible la existencia de causas proporcionadamente graves, que de algún modo «justifiquen» el múltiple bien que se abandona.

Pero proporcionadas… ¿respecto a qué? Pues a la categoría de los bienes que se están suprimiendo con ese uso y, muy en particular, a la persona del hijo. Una persona que, como todas las existentes, se encuentra dotada del valor y la dignidad propia de lo absoluto: de una valía participadamente infinita.

De ahí que las causas para limitar o retrasar los nacimientos hayan de ser siempre causas graves. Por otro lado, la seriedad de los motivos no será la misma cuando se trate de distanciar un nuevo embarazo o se pretenda rehuirlo de una manera absoluta.

(Y, en este segundo supuesto, tampoco se exige la misma «justificación» si se trata del primer hijo, del segundo o, en el extremo opuesto, del que hace el número diez o doce).

En cualquier caso, estamos ante una cuestión prudencial, que los esposos, tras haber recibido los consejos oportunos, han de decidir ante Dios, y para la que no caben «recetas» generales.

· Lo cual no impide apuntar:

1) Para retrasar una nueva concepción son suficientes motivos proporcionados:

+ de orden médico (reponerse de varios embarazos y partos muy seguidos, superar una enfermedad relativamente grave o alargar por prescripción facultativa el período de la convalecencia);

+ de tipo socioeconómico (situación financiera realmente apurada, imposibilidad material de dar a la nueva criatura un adecuado cobijo, estado de guerra en el país o región…);

+ o de índole «personal» (carencia efectiva de salud, tiempo o reposo para atender a la nueva prole o para cumplir adecuadamente —contando siempre con la propia generosidad y espíritu de sacrificio, engrandecidos por el don de la maternidad— las obligaciones de estado o las que impone el trato con Dios; oposición radical y no subsanable del otro cónyuge…).

2) Para evitar de por vida un embarazo, los motivos habrán de ser de mucho mayor calibre:

+ probabilidad cierta y fundada de que el futuro hijo se encuentre aquejado por una enfermedad grave;

+ peligro próximo y mortal para la salud de la madre;

+ imposibilidad de trasladarse a una vivienda suficiente o de subvenir a las necesidades de la prole —alimento, vestidos, educación—;

+ necesidad imperiosa para los dos cónyuges de trabajar fuera de casa e incapacidad real de hacer compatible esa tarea con el cuidado de los hijos, etc.

· A todo lo cual habría que agregar algunas puntualizaciones, aparentemente contrapuestas.

+ La primera, que, por encima de estos elementos hay que tener en cuenta el valor inestimable de una nueva vida humana y la ayuda infinitamente generosa de un Dios omnipotente.

+ Después, que la presencia de estos «sumandos heterogéneos» —como podrían llamarse— no obsta para que, en determinadas circunstancias, la prudencia aconseje o imponga diferir la llegada de un nuevo hijo o limitar definitivamente la familia.

+ En tercer lugar, que en algunas coyunturas especialmente serias (peligro para la vida de la madre, sobre todo si deja tras sí a otros hijos…), el recurso a los medios naturales puede tornarse desaconsejable… porque lo que resulta preceptivo es la abstinencia total.

Tras lo cual vale la pena recordar que —como sucede con todo «mal menor»— existe el estricto deber, más o menos fuerte a tenor de las situaciones particulares de cada familia, de poner todos los medios imprescindibles para superar los condicionamientos que obligan a hacer uso de los medios naturales para retrasar o impedir la fertilidad.

2. PFN y contracepción: primer acercamiento

a) ¿Un hijo no-querido?

Debemos ahora afrontar una cuestión cuya importancia no puede exagerarse: ¿en qué sentido cabe sostener que «algo» es capaz de legitimar la no-existencia de un bien como el hijo venidero, al que acabamos de calificar como infinito, siquiera de forma participada? ¿Puede haber causas «suficientes» para un hecho así?

i) Querer-que-no, dejar-de-querer (o no-querer)… y otros embrollos del idioma

Para responderla, conviene detenerse un instante y ampliar ligeramente la perspectiva. Solo entonces el asunto se mostrará en sus verdaderas dimensiones. Está en juego, además, el inicio de comprensión de la gran diferencia que separa a los contraceptivos de la PFN.

· Existe en castellano una expresión que dificulta enormemente el entendimiento correcto de nuestro asunto. Se trata de la tan utilizada «ni lo quiero ni lo dejo de querer».

+ En realidad, esa alternativa es imposible: si no quiero algo, por fuerza dejo de quererlo; y si no dejo de quererlo, necesariamente lo quiero… o no lo quiero (que no es lo mismo que «dejo de quererlo»).

- Sé que de entrada no se ve así, y por eso voy a intentar explicarme. En la frase de marras parece que las opciones posibles fueran solo dos: 1) quiero; 2) dejo de querer.

+ De hecho, las posibilidades son cuatro… o más bien tres. Inicialmente, podría plantearse de este modo:

1) () quiero que (venga un hijo al mundo, por ejemplo);

2) () quiero que no (venga un hijo al mundo, por ejemplo);

3) (no) quiero que = dejo de querer que sí… es decir, no hago nada con mi voluntad;

4) (no) quiero que no = dejo de querer que no… es decir, tampoco hago nada con mi voluntad.

+ Un primer problema es que, en nuestro idioma, el «() quiero que no» lo consideramos equivalente al «no quiero»; cuando en realidad este «no quiero» es lo mismo que «dejo de querer»: es decir, mi voluntad no actúa (no hago nada con ella; no me pronuncio ni a favor ni en contra, me abstengo, me da igual…).

· Y esto permite intuir por qué decía que, de hecho, las posibilidades son solo tres:

1) () quiero que (ocurra algo)… y pongo los medios para que suceda;

2) () quiero que no (ocurra algo: para lo cual empleamos, incorrectamente, el no quiero)… y pongo los medios para que no suceda, para impedir que suceda;

3) no quiero… y ya no puedes añadir ni que sí ni que no, puesto que si no pones en acto la voluntad, si realmente no quieres, es del todo imposible que () quieras… ni que sí ni que no: según decía antes, con la voluntad no haces nada: ni querer que sí ni querer que no.

(En esta última circunstancia dejo de poner cualquier medio, los omito; y ese dejar de hacer u omitir no tiene en principio razón de mal —no es malo—… excepto cuando existiera la obligación de hacer lo que estás dejando de hacer: sería, en la moral clásica, un pecado de omisión).

Conviene tener muy en cuenta estas distinciones para enfocar de la manera adecuada todo lo relativo a la contracepción y a los métodos naturales.

ii) El hijo, un gran bien

Pero muchísimo más importante es lo que sigue.

· En primer término —frente a una mentalidad inconscientemente hoy muy difundida— hay que dejar claro que el hijo constituye sin duda un bien de excelentísima categoría: un bien digno, en la acepción más elevada del término.

Es esta la convicción de fondo en la que se juega uno la comprensión del problema que estamos tratando y, en concreto, la legitimidad o ilegitimidad del uso de los anticonceptivos.

· A lo que debe añadirse (en cierto modo, contraponerse) que, a causa de su carácter de bien «no absolutamente absoluto» —semejante Bondad solo corresponde a Dios—, el hijo es un bien al que pueden y suelen ir unidos ciertos males.

Y esa es la otra clave de toda la cuestión.

Esa unión de bien y mal es algo, por otro lado, que no puede calificarse como extraordinario. Conflictos de este tipo son comunes en todas las realidades finitas y, en concreto, entre las humanas: muchos bienes participados se encuentran acompañados por perjuicios de mayor o menor calibre, y ciertos males originan como consecuencia (per accidens, que diríamos los filósofos) un beneficio derivado para alguien.

Acudiendo a ejemplos simplones: el que una profesora enferme es obviamente un mal, pero lleva unido a él, para las niñas, «el bien» de quedarse un par de días sin clase; si mi hijo va actuando cada día con más libertad y responsabilidad debo sin duda alegrarme, pero en algunos casos sufriré porque lo que hace no es lo que yo desearía… o me parece que va a perjudicarle; cuando aumenta el nivel de vida de un país, en principio se están poniendo los medios para un mejor desarrollo humano de sus habitantes… pero también para los excesos del consumismo; en resumen, utilizando un refrán clásico y castizo, nunca llueve a gusto de todos.

· En el caso que nos ocupa, puede ocurrir que una nueva concepción, que en sí misma es un bien,

+ ponga en peligro mortal la vida de la madre (aun cuando los avances de la medicina limitan cada vez más los casos en que esta eventualidad se presenta);

+ que ese nacimiento cree un tal perjuicio económico, en circunstancias auténticamente difíciles, que dañe de manera real y efectiva las posibilidades de subsistencia de la familia ya existente;

+ que provoque, en una madre con precario estado de salud física o psíquica, cargas que, aun contando con los generosos bríos que la maternidad aporta, no resulte prudente asumir…

· En circunstancias semejantes, nos encontraríamos con razones efectivas en pro y en contra de la venida al universo de una nueva criatura.

+ Entre los motivos a favor, el más relevante deriva de la categoría de la persona humana que ha de nacer. Este bien resulta tan grandioso que, en principio, se impone de manera incontrastada. De modo que, para desear la introducción en nuestro orbe de una criatura humana la razón de más peso es la valía o bondad intrínseca de ese ser: no hacen falta más razones.

(Por eso, y centrándose solo en este extremo, no me parece exagerado sostener que, «en abstracto —por más que me moleste esta consideración—, lo óptimo es traer a este mundo el mayor número posible de hijos»; y que, «considerando la cuestión en sí misma, el número de hijos de cada familia debe tender a ser el máximo posible»).

Desde esta perspectiva, el incremento de la propia prole no requiere motivos complementarios: basta el «peso específico» de los nuevos hijos. Por el contrario, lo que sí precisa razones es la exclusión de semejante beneficio. Y aquí es donde nuestro problema reclama un esclarecimiento.

Porque, en una primera aproximación, no existe razón alguna suficiente para que una persona quiera —con un acto positivo de voluntad— la no-existencia de un ser humano futuro.

· Querer que no exista esa persona, considerado de manera formal y absoluta, reviste siempre razón de mal… puesto que equivale a impedir un bien.

Con palabras distintas: no hay motivo alguno para que nuestra voluntad decida la supresión —a priori o a posteriori— de un bien tan excelso como el hijo. De ahí que la contracepción resulte siempre, sin excepción posible, gravemente ilícita. Porque en ella impera el odio al bien de la vida.

Es decir, los esposos contraceptivos quieren, en el sentido concreto que ya expliqué, la no existencia de un valor sobre-eminente. De un bien de tal calibre, habría que decir con Kant, que no encuentra en todo el universo otro «comparable» a él. En su singularidad irrepetible resulta, como sugiriera ya el filósofo de Könisberg, estrictamente inconmensurable: por eso no tiene precio, sino dignidad.

iii) Sutilezas «puñeteras»… pero decisivas

¿Cómo justificar, entonces, el uso de los métodos naturales con fines restrictivos o, forzando un tanto la cuestión, la abstinencia total de tantos esposos que, sobre todo en el pasado, creyeron conveniente semejante actitud con el fin de no aumentar los miembros de su familia?

Aquí entra en juego una distinción de gran importancia, en la que se aplica lo que vimos hace unos momentos, y que iremos entendiendo mejor conforme leamos lo que sigue.

+ Si nadie puede querer que no exista un bien como el hijo,

+ sí que puede (dejar de querer ese hijo, en un intento de) rechazar los males que acompañan a la concepción y nacimiento de esa criatura.

(Aunque con una condición ineludible: que el repudio de esos perjuicios en ningún momento se encuentre acompañado o desemboque en un acto positivo de voluntad que quiera activamente la no existencia de la futura prole… y ponga los medios positivos para evitarla).

Empleando unas fórmulas aparentemente sutiles, pero convenientes, porque darán origen a nuevos esclarecimientos, habría que afirmar que

+ la volición de que no haya descendencia (querer que no exista) es siempre y en todos los casos ilícita, puesto que equivale a oponerse o impedir un bien;

+ mientras que, por causas justificadas, se permite la «nolición» de los futuros niños (no querer o dejar de querer que existan; soportar que no existan): pues aquí no existe rechazo activo de bien alguno.

(¡Que me corrijan los filólogos si estoy metiendo la pata! En latín resultaba más fácil establecer los distingos a que me referí en el parágrafo anterior.

Junto al verbo velle, que significaba querer activamente, estaba el verbo nolle, del que deriva el neologismo «nolición», que expresa justamente ese dejar de querer, no hacer nada con la voluntad, al que antes me refería, y para el que no se da un correspondiente castellano.

Además, el latín disponía del compuesto non velle… que indicaba justo nuestro quiero —activo— que no).

En términos más concretos:

a) a nadie le es lícito querer que no exista un bien de categoría tan notable como es una persona;

b) pero sí que puede desear la exclusión del presunto conjunto de males que el hijo lleve consigo; y

c) cuando esos perjuicios alcancen un peso proporciono, dejar de querer (no querer, no poner los medios para) la llegada al mundo del nuevo vástago.

Esta diferencia, aparentemente teórica e incluso alambicada, da pie, en la existencia real, a una discriminación tremendamente «práctica», que enfrenta de manera decisiva a los usuarios de métodos anticonceptivos y a quienes se acogen a los medios de autodiagnóstico.

Me refiero a la aceptación (o no) de la vida posible. Puesto que los esposos contraceptivos se oponen implacablemente a la venida al mundo de un nuevo vástago, en el supuesto de que la mujer quedara embarazada, no es improbable —y las estadísticas lo demuestran— que den los pasos necesarios para eliminar, mediante el aborto, a la persona ya concebida y «no-deseada». Y, en cualquier caso, aun cuando después «rehicieran» la orientación de su voluntad y acogieran al hijo engendrado, este habrá «entrado» en el mundo, en el momento inaugural de la concepción, como «no-querido».

Por el contrario, quienes acuden consciente, reflexiva y coherentemente a los métodos naturales, jamás han rechazado —con la voluntad y los hechos— la llegada al universo humano de una nueva criatura. Por eso, ante un inesperado embarazo, la reacción de su voluntad —más o menos dificultada o incluso ensombrecida por sentimientos adversos— es la de gozosa asunción del diminuto ser que, en contra de lo que honradamente habían previsto, Dios tiene a bien otorgarles.

La «aceptación de la vida posible» constituye, por tanto, una de las principales piedras de toque para calibrar la rectitud interior de quienes se acogen al uso del matrimonio en los períodos infecundos.

b) Preceptos afirmativos y negativos

i) En general

Nos encontramos, en el fondo, y hablando para quienes conocen algo de la ética clásica, ante una peculiar versión de la diferencia que media entre:

+ los preceptos afirmativos: amar a Dios, honrar padre y madre…; en resumen, hacer el bien (bonum facendum),

+ y los negativos: no matar, no robar…; en fin de cuentas, evitar el mal (malum vitandum).

Los primeros, según la terminología al uso, obligan «semper, sed non pro semper»; los segundos, por el contrario, prohíben «semper et pro semper».

(Aunque se trate de distinciones y reflexiones arduas y menos fáciles de comprender, estimo que, leídas con detenimiento, pueden esclarecer bastante el problema que nos ocupa).

· Afirmativos: Semper, sed non pro semper…

Bonum faciendum. El bien debe ser hecho: es esa la más básica y fundamental obligación de cualquier ser humano, el resumen de toda la ética… y lo que debería movernos a actuar.

+ Pero ninguna criatura racional está obligada a poner por obra o a sacar adelante todos los bienes posibles en este mundo; ni siquiera todos aquellos a los que, en abstracto, ella podría dar vida.

+ Entre otros motivos, porque al optar por un bien entre otros —una carrera o profesión concretas, un estado civil, la ayuda económica a una asociación determinada…—, por fuerza hay que desatender todos los bienes alternativos que, en esas precisas circunstancias, se podrían escoger y llevar a cabo y serían buenos… sin que haya un rechazo explícito y formal de ellos.

La expresión semper sed non pro semper es casi imposible de traducir y no fácil de entender. Más vale acudir a los ejemplos:

+ un hijo debe honrar a sus padres siempre (semper)… en el sentido de que nunca puede deshonrarlos;

+ pero no en todo momento (sed non pro semper) ha de estar haciendo actos explícitos con los que muestre su veneración hacia ellos;

+ y algo similar podría afirmarse del cuidado y cariño que el padre ha de profesar por sus hijos, de la obligación de cualquier trabajador de realizar su tarea con perfección, y un dilatado etcétera.

· Negativos: Semper et pro semper…

Malum vitandum. Nadie puede realizar conscientemente nunca algo malo: complemento imprescindible para la ley fundamental que recordaba hace un momento (la de hacer el bien).

Se trata de un precepto poco atractivo (al menos para quienes desean vivir su vida como una gran aventura), pero en cierto modo más exigente que el correspondiente afirmativo. Y tampoco puede verterse al castellano, aunque en este caso tal vez ya se intuya por dónde van los tiros:

+ nunca está permitido matar a un inocente (esta regla no admite excepciones);

+ ni tener trato íntimo con una persona del otro sexo que no sea su esposo o esposa;

+ ni robar, en el sentido preciso de esta expresión;

+ ni calumniar o difamar…

La obligación de no hacer el mal (la prohibición de realizarlo o contribuir a él) obliga siempre y en cualquier circunstancia (semper et pro semper).

· Así lo he explicado en otras ocasiones:

i) Los preceptos negativos —no matar, no robar, no calumniar…— no admiten nunca excepción. No existe motivo alguno, en ningún caso, que justifique los comportamientos comprendidos dentro de tales prohibiciones. Siempre está vedado matar, sustraer la fama a una persona, desproveerla de un bien legítimamente adquirido, etc.; o, de modo paralelo, obstaculizar que una persona se cure y conserve la vida, que se defienda en un juicio o ante la opinión pública para dejar a salvo su honor, que adquiera —sin perjuicio para nadie— un beneficio lícito de orden material o espiritual… Como consecuencia, jamás quedará justificado ningún tipo de actuación destinada directamente a impedir ese bien grandioso que es la concepción de un ser humano; dicho a modo de paradoja: nunca será legítimo sustraer la vida a alguien «antes» o «en el momento» en que esta comenzaría.

ii) Los preceptos afirmativos tampoco admiten excepciones, en el sentido de que no cabe obrar directamente en contra de ellos; nunca es lícito, pongamos por caso, faltar al respeto o deshonrar voluntaria y conscientemente a los propios padres. Pero la fuerza de estos mandatos es tal que no obligan a obrar constantemente y en todas las circunstancias realizando de manera formal y expresa el bien que imperan. Por volver al ejemplo citado, es obvio que ningún hijo tiene el deber de estar poniendo por obra en todo momento y lugar, y a lo largo de su entera existencia, actos explícitos de honra y veneración hacia sus progenitores; de manera análoga, a ningún médico le constriñe el deber de curar hasta el punto de que en cada uno de los momentos de su biografía haya de dedicar la totalidad de sus esfuerzos a sanar a sus semejantes, descuidando sus obligaciones familiares o de amistad o, incluso, en circunstancias normales, el merecido descanso.

Afirmativos y negativos… Sin duda, para cualquier persona que aspire ilusionada a llevar una existencia plena, el precepto que compendia toda la moral es eminentemente positivo: haz el bien. Pero, como acabo de insinuar, eso no significa que tenga el deber de hacer efectivos todos los bienes que hipotéticamente, considerando la cuestión en abstracto, podrían existir; en contra de lo que afirmaba el conocido personaje de Shakespeare, ningún ser humano viene a este mundo con la obligación de salvarlo, resolviendo todos los problemas que en él se plantean.

Tampoco exige semejante principio realizar todo el bien que cada individuo concreto, atendiendo a sus circunstancias particulares y a sus determinadas aptitudes, podría llevar a término; entre otros motivos, y no de los de menor peso, porque nuestra libertad se actualiza casi siempre mediante la opción entre distintos miembros de una alternativa, y la preferencia por uno de ellos deja por fuerza fuera los restantes, muchos de ellos también buenos: si decido estudiar medicina como medio de servir a mis semejantes, no estaré preparado para construir las fábricas o las carreteras que también los beneficiarían; si dedico

02/01/2007 ir arriba
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