1. Pros y
contras de la planificación familiar natural
a) Ventajas antropológicas de la
regulación natural de los nacimientos
Hace ya algún tiempo, me
invitaron a redactar un breve resumen de las
«ventajas antropológicas» de la PFN. Con ligeros
retoques, y con las puntualizaciones que a
continuación añadiré, podría muy bien servir como
introducción al presente capítulo y como
recordatorio de los temas que —por exigencias obvias
de espacio e inspiración— no voy a tratar en este
escrito.
· Mas
antes conviene dejar claro que esos indudables
beneficios humanos no pueden ni siquiera
vislumbrarse cuando la planificación natural se
considera como un simple medio para posponer o
eludir los embarazos.
Porque, en realidad, no es en
absoluto nada de «eso».
¿Perplejidad? Intentaré
eliminarla.
+ Es cierto que los métodos
naturales de regulación de la fertilidad permiten
lícitamente retrasar o evitar por tiempo indefinido
una concepción, si existen causas graves para ello.
+ Pero no es esa su
esencia constitutiva.
Lo radicalmente configurador de
la Planificación Natural es la inestimable
posibilidad que ofrece a los cónyuges para mejorar
sus relaciones íntimas, ayudando a establecer en el
seno del matrimonio un trato estrictamente personal
—entre persona y persona, consideradas como tales—,
presidido por el amor.
+ De ahí que las ventajas
esenciales de la Planificación Familiar puedan
obtenerse al margen de toda intención de
limitar el número de hijos y, por
consiguiente, cuando existe la decisión generosa y
ponderada de traer al mundo una familia numerosa.
F
(Y, por tanto, por expresarlo de algún modo, cuando
no se utiliza procedimiento alguno
regulador y, de acuerdo con el común modo de decir
de hace unos años, «se abandona en manos de Dios»
todo lo relativo a la concepción de los hijos).
· Por
todo lo cual, habría que sostener:
En cuanto llevan consigo una
manera muy precisa de entender y vivir el amor
humano y el ejercicio de la sexualidad —estilo que
se coloca en las antípodas de la mentalidad anti-life
propia de los contraceptivos—, los beneficios
de los métodos naturales se agrupan en torno a los
dos grandes principios que configuran y hacen
posible su uso: a) un mayor y más delicado
conocimiento de la admirable sexualidad femenina
(y, en general, de la mujer… y del varón); y b) el
enriquecimiento que deriva de la práctica de
la continencia periódica (aunque de entrada suene
asombroso).
i) El conocimiento
cabal del maravilloso organismo sexual femenino
genera, entre otras cosas:
– Un incremento de la
autoestima de la mujer, asombrada ante el esmerado
primor con que ha sido creada, también por lo que
respecta a esta dimensión tan íntimamente personal
del propio cuerpo.
– Un aumento paralelo de la
comprensión de sí misma y de su psique, que la lleva
en muchos casos a explicarse situaciones y estados
de ánimo que hasta entonces la desconcertaban.
(En este sentido, resultan muy
sugerentes los párrafos de una carta recogida por
Mónica de Aysa, en los que una chica le cuenta los
beneficios que le ha proporcionado el simple
conocimiento de los métodos naturales, incluso antes
de ponerlos en práctica, puesto que todavía no se
había casado: «Me sirven los métodos naturales en el
noviazgo para controlar mis estados de ánimo [...].
La observación de los síntomas ligados a cada fase
del ciclo me ha servido muchas veces para conocer el
porqué de mis estados anímicos. Observando, he
aprendido, entre otras cosas, que en los días de la
ovulación estoy más activa; en los días previos a la
menstruación más cariñosa y del día que comienza el
período me encuentro "fatal" [...] me doy cuenta de
cómo efectivamente se relacionan mi estado de ánimo
y mi estado físico con el momento del ciclo
menstrual en el que me encuentro [...]. Consigo con
menos esfuerzo el dominio de mí misma [...] me
parece un tema apasionante conocer con profundidad
cómo funcionan el cuerpo del hombre y de la mujer y
su aparato reproductor. También esto me ha ayudado a
comprender mejor la psicología masculina y
femenina»).
– La consiguiente intensificación
del conocimiento, aprecio y respeto hacia la esposa
por parte del marido.
Al respecto, Evelyn Billings
contaba en una ocasión dos anécdotas simpáticas.
Recordaba, en primer lugar, lo
que le comentó en un país de África un hombre de
color de tamaño impresionante: «Antes de practicar
los métodos naturales —decía este—, pegaba con mucha
frecuencia a mi esposa; después de ponerlos por obra
durante unos meses, la trato con mucha más
delicadeza y me siento infinitamente feliz». [La
mujer, menuda y vivaracha, asistía a la entrevista
y, según comentaba la Doctora Billings, miraba a su
marido con ojos tiernos y llenos de admiración].
La otra es más breve. Un mexicano
de bajísima extracción social, que antes buscaba
constantemente «expansiones» fuera de casa, le decía
también a Evelyn: «Desde que estamos practicando su
método, me encuentro mucho mejor. Antes me creía en
la obligación de demostrar que era muy macho; pero
ahora estoy aprendiendo de verdad a ser hombre».
– Un aumento de la comunicación
interpersonal en lo relativo al ejercicio de la
sexualidad, que mejora también, por lo común, el
diálogo en torno a otros aspectos de la vida
matrimonial y familiar.
En relación a este extremo, una
usuaria de métodos naturales escribía: «Durante todo
el tiempo que duró el curso, curiosamente, se volvió
a establecer un diálogo fluido entre nosotros y
aunque durante unos días al mes no podíamos tener
relaciones, los dos sabíamos porqué, y que eso tenía
al final una bonita recompensa. Hablábamos de cómo
serían esas noches, de lo que haríamos y mientras
tanto las caricias, la comprensión y el diálogo
fluían entre nosotros. Empezábamos a vivir un amor
sereno. Yo estaba feliz porque mi marido entendía
que había días de abstinencia y sabía que después de
esto vendría una entrega completa y sin barreras por
parte de los dos [...]. Después de siete meses, en
los que mejoró nuestra comunicación, me di cuenta de
que los miedos y reparos que tenía al principio
sobre si mi matrimonio duraría mucho o si seríamos
capaces de educar un niño, desaparecieron. Tenía al
lado a un hombre cariñoso, comprensivo y entregado»;
– La supresión de un cierto grado
de ansiedad —a veces nada despreciable—, que, como
apunta el testimonio recién citado, acompaña a la
esposa ante «el riesgo» de quedarse embarazada.
También ahora, y a pesar de su
longitud, vale la pena copiar íntegra una cita de M.
Brancatisano: « A la mujer que retorna a la
maternidad porque "no se ve" sin ser madre,
deberíamos preguntarle el porqué de esa vuelta, tras
un abandono plenamente consciente respecto a la
maternidad "concreta", y casi total en relación con
la maternidad psicológica.
Con estos dos modos de calificar
la maternidad me refiero, por una parte, al hecho de
generar al hijo y, por otra, al modo de relacionarse
con o de concebir la maternidad. En lo que atañe al
primer punto, es patente la crisis demográfica de
aquellas regiones del mundo acordes con esta
cultura; en lo que se refiere al segundo, conviene
advertir que la maternidad hoy ya no se vive con
naturalidad ecológica, sino con una actitud
progresivamente más problemática, que se acerca
mucho o desemboca en ansiedad e incluso en terror.
Habiendo dejado de ser un evento
natural, consecuencia espontánea de la vida sexual
de la mujer, la maternidad se parece más y más a una
enfermedad que debe prevenirse —mediante la
contracepción— o "monitorizar" con atención obsesiva
mediante el entero curso de su preparación, el
embarazo. El terror se refiere más que nada, sin
embargo, a una especie de habitus —a menudo
inconsciente— que se forma en la psique de la mujer
durante todos los años (entre 15 y 25, por término
medio) en que decide tener una vida sexualmente
activa, pero prescindiendo de forma categórica de la
maternidad.
En estos años, los más fértiles
desde cualquier punto de vista, la actitud de la
mujer respecto a su propia capacidad de engendrar
resulta —consciente o inconscientemente— no solo
negativa porque así lo plantea y lo desea, sino
orientada de continuo contra la
posibilidad de quedarse embarazada: en la psique
femenina se insinúa un sentido de terror respecto a
un acontecimiento temido y que, no obstante, la
amenaza… por el hecho de que, por naturaleza, se
encuentra inseparablemente unido a las relaciones
sexuales.
Un fenómeno tan prolongado y
profundo no puede sino dejar una huella en el modo
de pensar, de vivir y de afrontar la maternidad,
cuando la mujer se decide a tener hijos. Huellas
todavía no del todo determinadas, pero sin duda
alguna importantes».
– La asunción conjunta, en plano
de absoluta igualdad y justicia, de todas las
decisiones referentes al trato íntimo y, en
concreto, a la gozosa responsabilidad ante el
inapreciable regalo de los hijos.
ii) Por su parte, el
ejercicio de la continencia periódica trae
como consecuencia:
– Un incremento del autodominio,
con lo que este implica de acrisolamiento de la
verdadera entrega —nadie da lo que no posee
realmente— y, como consecuencia, del amor
exquisitamente conyugal.
– Una ayuda inestimable para
salir de uno mismo y adoptar la perspectiva del otro
—el cónyuge y el posible hijo—, condición ineludible
para que se instaure el más genuino amor, definido
ya por Aristóteles como un «querer el bien para otro
en cuanto otro».
– Una menor dependencia del
placer puramente corpóreo, que por eso se torna más
pleno y más acendradamente personal.
Como antes sugería, todos estos
beneficios nada tienen que ver con el propósito de
restringir el número de hijos, y pueden —¡y deben!—
ser vividos por todo matrimonio que aspire a
conquistar una mayor categoría y madurez de su amor
recíproco, también cuando no hagan uso de la PFN.
· Por
el contrario, en relación con la futura prole,
los métodos naturales permiten:
– Querer con una intencionalidad
redoblada —inaccesible para quienes no dominan los
«secretos» de estos métodos— a todos y cada uno de
los hijos que Dios tenga a bien conceder;
+ puesto que los que practican la
planificación natural disponen de los medios para
evitar la concepción de una nueva criatura, cuando
deciden acogerla agradecidos,
+ ese hijo o esa hija entran en
el mundo como fruto de un acto de voluntad —de amor—
en cierto modo más directo y expreso que el de
quienes ignoran los métodos naturales.
– Determinar, dentro de ciertos
límites, el momento y las circunstancias de cada
concepción y nacimiento, de forma que pueda
atenderse con mayor dedicación y efectividad a las
necesidades del hijo.
– Enriquecer con el regalo de la
maternidad a algunos matrimonios, en los que la
esposa se encuentra aquejada por una infertilidad
subsanable a través de estos métodos.
(Lo que constituye la prueba más
palpable —aunque no la más profunda— de que
la Planificación Familiar Natural no debe reducirse
a un conjunto de técnicas para retrasar o eludir de
por vida la concepción, puesto que en algunos casos,
cada vez más numerosos, se utiliza justo para lo
contrario: para hacer posible la digna venida al
mundo de un ser humano).
– Cuando existan causas
suficientemente graves que aconsejen posponer un
embarazo, seguir manifestando y acrecentando el amor
conyugal también a través de los encuentros íntimos.
(Al contrario de lo que sucede
con los contraceptivos, que, constitutivamente y con
independencia de la intención subjetiva de quienes
los utilizan, tornan radicalmente contra-dictorio el
amor que pretenden expresarse sus usuarios).
– Aceptar gozosamente la llegada
de un hijo «no planeado» cuando, en contra de lo que
honradamente habían creído descubrir los cónyuges,
es esa la voluntad de Dios para ellos.
Considero este último un punto
clave y decisivo: como los auténticos usuarios de la
Planificación Natural jamás excluyen
activamente a los hijos, ninguno de estos
llegara nunca a su familia como «no-querido».
b) Un incremento del amor mutuo
Entre las sugerencias
apretadamente apuntadas en las líneas que preceden,
hay una que presenta un especial interés y conviene
destacar, aun a riesgo de incurrir en alguna
repetición. Se trata de la mejora del amor recíproco
que, utilizada con causas graves, la PFN puede
llegar a instaurar entre los cónyuges.
+ Un par de veces ha aparecido en
nuestro escrito este interrogante: ¿favorece la
regulación natural de la fertilidad la calidad de
las relaciones íntimas entre los esposos?
+ Y también el criterio que se
debe asumir para responderlo: en última y radical
instancia, tales relaciones podrán calificarse como
satisfactorias, desde el punto de vista
antropológico, cuando incrementen y acrisolen el
amor mutuo entre marido y mujer.
+ Con lo que resulta que la
planificación familiar natural beneficiará la vida
de los cónyuges si y en la medida en que genere un
aumento de la categoría de su amor recíproco.
Ciertamente, cabría adoptar otras
perspectivas. Pero ninguna tan fundamental como
esta.
La raíz terminal de la dignidad
del sujeto humano reposa en su capacidad
constitutiva de amar; y el índice de su desarrollo,
de su plenitud como persona, viene dado por el grado
de madurez de su facultad amorosa.
· Como
sabemos, un hombre y una mujer valen lo que valen
sus amores.
i) Fundamentos
En consecuencia, habría que
recordar dos cosas: en primer término, los motivos
por los que las relaciones matrimoniales
presididas por el amor promueven el
engrandecimiento y la consolidación de ese mismo
amor; en segundo, por qué la práctica justificada de
los métodos naturales no «rompe» ni disminuye esa
virtud perfectiva, sino que, según los casos, puede
incluso llegar a intensificarla.
Los dos extremos han sido
suficientemente tratados.
·
Respecto al primero, recordaré tan solo que:
1) el núcleo de un amor
verdaderamente humano es espiritual: amar es
sustancialmente un acto de la
voluntad con el que queremos el bien para
otro;
2) pero, en la misma medida
en que ese amor finito y participado se prosigue y
manifiesta auténticamente a través
del cuerpo, recibe un claro incremento,
se engrandece;
3) y como las relaciones
conyugales íntimas representan la manifestación
física más adecuada del amor entre un hombre
y una mujer en cuanto tales, contribuyen de
una manera excepcional a desarrollar el amor
(voluntario y afectivo) de los cónyuges.
¿Razones?
Precisamente porque cada hombre
es tremendamente uno (en el sentido de
unitario), la voluntad en que radica
en fin de cuentas el amor, la afectividad donde
reside la mayor parte de los sentimientos, y la
actividad física en que concluye la relación
conyugal, actúan en perfecta continuidad e
interdependencia: de manera que el ejercicio de cada
una de esas funciones se ve favorecido por el
desarrollo equilibrado de las restantes y, cuando
existe esa armonía, revierte sobre ellas,
perfeccionándolas.
ii) Actitudes radicalmente
contrapuestas
En lo que atañe a la segunda
cuestión, surge una especie de «pega». Tras dejar
claro que las relaciones conyugales adecuadas
incrementan el amor del que provienen, he afirmado
con la misma o más fuerza que los contraceptivos
lesionan hondamente ese mismo amor. ¿Por qué no
habría de ocurrir igual con los métodos naturales?
Semejante pregunta solo tiene
sentido para quienes piensen que la planificación
familiar natural presenta alguna semejanza de
fondo con el uso de contraceptivos. Pero, en
realidad, ya he dejado constancia del abismo
insalvable que las separa. La diferencia entre ellas
no puede ni remotamente reducirse a simple cuestión
de método, sino que lleva aparejada una distinta e
incluso contrapuesta concepción no solo de la
sexualidad, sino del mismo hombre y de la realidad
en su conjunto.
Más adelante intentaré llegar
hasta el núcleo del problema. Pero ya ahora cabría
resumir en un par de términos antagónicos la
mentalidad que impera en la contracepción y la que
dirige la regulación natural de la fertilidad: se
trata de la antinomia «dominio-respeto».
+ Dominio arbitrario y
manipulador de la sexualidad humana, para quienes
propugnan el uso de contraceptivos;
+ y respeto total de la
naturaleza, para los que utilizan, con causa
proporcionada, la planificación familiar natural.
En este sentido, y puesto que el
respeto ha sido expresamente incluido desde
mediados de este siglo en la casi totalidad de los
códigos deontológicos vigentes en nuestra cultura,
me atrevería a afirmar que la dispensación de
contraceptivos con fines antinatalistas se opone a
la esencia misma de la condición y práctica médicas,
mientras que la enseñanza y recomendación de la
regulación natural no solo concuerda
maravillosamente con las exigencias de una correcta
preocupación ecológica o de la medicina naturalista,
sino que hunde sus raíces en ese profundísimo núcleo
de humanidad que legitima y engrandece a la
profesión médica en cuanto tal.
Pero si la esencia de los métodos
naturales de autodiagnóstico reside en el respeto
reverencial por la naturaleza —y, más en
concreto, por la delicada y maravillosa sexualidad
femenina—, tampoco violentará los elementos
naturalmente constitutivos del amor… al
contrario de lo que ocurre con el uso de
contraceptivos.
Desde esta perspectiva, la
regulación natural de la fertilidad conserva
intactas todas las virtualidades enriquecedoras
inscritas en las relaciones conyugales no
desprovistas de su recta orientación.
Y hay más. El uso adecuado de los
medios naturales no solo mantiene la pujanza
originaria, sino que mejora —desde diversos puntos
de vista— la calidad del trato íntimo.
Como acabamos de ver, uno de esos
extremos lo constituye el incremento del señorío
sobre el propio ser y sobre la propia sexualidad,
exigido y provocado por la continencia periódica:
una potestad que acrecienta, de forma muy notable y
necesaria, la categoría y la intensidad del amor
entre los cónyuges, al perfeccionar la calidad de su
entrega mutua, gracias a un incremento
del propio autodominio.
En conclusión: el recurso a los
medios de autodiagnóstico, al aumentar el dominio de
la persona sobre sí misma, aquilata la categoría de
la entrega, mejora el temple del amor y, finalmente,
favorece y perfecciona —desde la perspectiva más
honda en que cabe advertirlo— las relaciones
conyugales.
c) La PFN como «mal»… aunque
«menor»
Tales beneficios se mantienen e
incrementan cuando, con el empleo de los métodos
naturales, se pretende traer al mundo a una nueva
criatura o, simplemente, vivir de manera más
«humana», más consciente y más respetuosa, las
relaciones conyugales.
En tales circunstancias, la PFN
ofrece unas ventajas que deben estar presentes en
todo matrimonio, también en aquellos que formalmente
no la practican.
i) El daño de la infecundidad
Pero cuando con los métodos
naturales se aspira a retrasar
justificadamente un embarazo o suprimir de
por vida la entrada en este mundo de nuevos hijos,
esos innegables avances entran en conflicto con un
handicap también considerable: la privación
de la fecundidad biológico-personal, normalmente
unida al amor entre los esposos, y de todos los
frutos que de ella se desprenden.
Consecuencia: la limitación
natural de la fecundidad —con causas proporcionadas,
por supuesto, pues de lo contrario resultaría
gravemente ilícita— ha de ser vista por sus usuarios
como un «mal menor», del que han de prescindir en
cuanto las circunstancias cambien y la llegada a la
tierra de nueva prole resulte posible… con las
dificultades normales que el embarazo, el
parto y la subsiguiente educación llevan por fuerza
consigo.
Pues esas complicaciones
ordinarias, aunque a veces muy costosas, nunca
constituirán razón proporcionada para excluir a las
nuevas criaturas del reino de los existentes.
Con más detalle: la privación de
la fecundidad tiene en sí misma razón de mal;
pues, a la eliminación del hijo, y como consecuencia
de ella, añade el estorbo o impedimento para el
despliegue normal del amor entre los cónyuges y el
incremento de su felicidad.
Y ese escollo no se
compensa, normalmente, por el acrecentamiento del
autodominio que la continencia periódica genera y
con el que aquilata la categoría de la mutua
entrega.
ii) La PFN como privación
¿Por qué?
+ Porque el primer presupuesto
para que el amor entre futuros esposos llegue a
cuajar es que cada uno corrobore en el ser, con una
intensidad inusitada —¡como «única»!—, a la persona
de quien se encuentra enamorado o enamorada.
Suprimida esta confirmación, no cabe seguir adelante
y hablar de un amor propiamente conyugal.
+ Pero, además, para que ese amor
madure es menester que cada uno de los esposos se
empeñe en buscar eficazmente el bien personal
del ser querido, hasta conducirlo tan alto como le
sea posible.
- En caso contrario, la entrega
recíproca se encontraría desde el inicio
falsificada, por no incluirse en un contexto de
búsqueda del bien del otro en cuanto otro, condición
y médula constitutiva del amor.
- En tales circunstancias, los
frutos de un presunto autodominio quedarían
empequeñecidos, o viciados, al no estar el servicio
de un amor genuino.
- Pues si se suprime el bien
capital del cónyuge, o algo que lo perfeccione
intrínsecamente como marido o mujer, la entrega
queda de inmediato depreciada: ya no se encamina a
la obtención del bien de la persona amada, no
se configura como el instrumento más eficaz que cada
uno pone al servicio de la mejora del otro.
Mas sabemos que el incremento del
bien de los esposos y de su amor recíproco se haya
estrechamente unido a la fecundidad: también,
cuando esta es posible, con la fecundidad
biológico-personal. Todo amor es por
naturaleza fecundo. Suprimir el cauce de esa
feracidad natural es como poner un escollo al
desenvolvimiento del querer, también del
matrimonial.
Para comprobarlo, bastaría
recordar las ventajas aparejadas a la venida al
mundo de cada nuevo hijo: la integración de amores,
que embellece el eros con un inédito incremento del
afecto y de la amistad entre los cónyuges; el
enriquecimiento de un amor que ha llegado a dar vida
a una nueva persona; el engrandecimiento de un
cariño que pasa a participar… del Amor creador del
propio Absoluto.
Se trata de ganancias de las que
se privan quienes, incluso con motivos de peso, se
ven forzados a acudir a los métodos naturales con
el fin de distanciar o, sobre todo, de suprimir la
llegada al mundo de un nuevo vástago.
· Por
tales causas, «… no es exacto hablar de la
limitación familiar como un derecho, y es un error
considerarla un privilegio. Es, en definitiva, una
privación. Está pensada para casos
excepcionales, para aquellas parejas que, por
razones serias —por fuerza mayor—, se ven obligadas
a privarse de la alegría y del valor de los hijos:
alegría que les realiza y valor que les enriquece.
Unos esposos que —a falta de esa
fuerza mayor— prefieren no tener más hijos, están
privando a su amor conyugal de su fruto natural e
impidiendo su normal desarrollo; están disminuyendo
su mutua disposición para el sacrificio, y eso lleva
a una disminución de la mutua estima que puede
mantenerles unidos».
(Ese «privarse de», que Burke
reitera en la cita, resulta clave para distinguir un
uso realmente correcto de otro más o menos espurio
de la PFN. Sus auténticos usuarios viven la
imposibilidad de recibir nuevos hijos como un mal
que tienen que sufrir o soportar.
Nunca como la liberación de una carga.
Volveré sobre este extremo esencial).
iii) Algunas causas que legitiman
el uso de los métodos naturales
Conclusión:
Para utilizar los métodos
naturales con objeto de posponer o eludir un
embarazo, resulta imprescindible la existencia de
causas proporcionadamente graves, que de algún modo
«justifiquen» el múltiple bien que se abandona.
Pero proporcionadas…
¿respecto a qué? Pues a la categoría de los bienes
que se están suprimiendo con ese uso y, muy en
particular, a la persona del hijo. Una
persona que, como todas las existentes, se encuentra
dotada del valor y la dignidad propia de lo
absoluto: de una valía participadamente infinita.
De ahí que las causas para
limitar o retrasar los nacimientos hayan de ser
siempre causas graves. Por otro lado, la
seriedad de los motivos no será la misma cuando se
trate de distanciar un nuevo embarazo o se pretenda
rehuirlo de una manera absoluta.
(Y, en este segundo supuesto,
tampoco se exige la misma «justificación» si se
trata del primer hijo, del segundo o, en el extremo
opuesto, del que hace el número diez o doce).
En cualquier caso, estamos ante
una cuestión prudencial, que los esposos, tras haber
recibido los consejos oportunos, han de decidir
ante Dios, y para la que no caben «recetas»
generales.
· Lo
cual no impide apuntar:
1) Para retrasar
una nueva concepción son suficientes motivos
proporcionados:
+ de orden médico
(reponerse de varios embarazos y partos muy
seguidos, superar una enfermedad relativamente grave
o alargar por prescripción facultativa el período de
la convalecencia);
+ de tipo socioeconómico
(situación financiera realmente apurada,
imposibilidad material de dar a la nueva criatura un
adecuado cobijo, estado de guerra en el país o
región…);
+ o de índole «personal»
(carencia efectiva de salud, tiempo o reposo para
atender a la nueva prole o para cumplir
adecuadamente —contando siempre con la propia
generosidad y espíritu de sacrificio, engrandecidos
por el don de la maternidad— las obligaciones de
estado o las que impone el trato con Dios; oposición
radical y no subsanable del otro cónyuge…).
2) Para evitar de por
vida un embarazo, los motivos habrán de ser
de mucho mayor calibre:
+ probabilidad cierta y
fundada de que el futuro hijo se encuentre
aquejado por una enfermedad grave;
+ peligro próximo y mortal
para la salud de la madre;
+ imposibilidad de trasladarse a
una vivienda suficiente o de subvenir a las
necesidades de la prole —alimento, vestidos,
educación—;
+ necesidad imperiosa para los
dos cónyuges de trabajar fuera de casa e incapacidad
real de hacer compatible esa tarea con el cuidado de
los hijos, etc.
· A
todo lo cual habría que agregar algunas
puntualizaciones, aparentemente contrapuestas.
+ La primera, que, por encima de
estos elementos hay que tener en cuenta el valor
inestimable de una nueva vida humana y la ayuda
infinitamente generosa de un Dios omnipotente.
+ Después, que la presencia de
estos «sumandos heterogéneos» —como podrían
llamarse— no obsta para que, en determinadas
circunstancias, la prudencia aconseje o imponga
diferir la llegada de un nuevo hijo o limitar
definitivamente la familia.
+ En tercer lugar, que en algunas
coyunturas especialmente serias (peligro para la
vida de la madre, sobre todo si deja tras sí a otros
hijos…), el recurso a los medios naturales puede
tornarse desaconsejable… porque lo que resulta
preceptivo es la abstinencia total.
Tras lo cual vale la pena
recordar que —como sucede con todo «mal menor»—
existe el estricto deber, más o menos fuerte a tenor
de las situaciones particulares de cada familia, de
poner todos los medios imprescindibles para superar
los condicionamientos que obligan a hacer uso de los
medios naturales para retrasar o impedir la
fertilidad.
2. PFN y
contracepción: primer acercamiento
a) ¿Un hijo no-querido?
Debemos ahora afrontar una
cuestión cuya importancia no puede exagerarse: ¿en
qué sentido cabe sostener que «algo» es capaz de
legitimar la no-existencia de un bien
como el hijo venidero, al que acabamos de calificar
como infinito, siquiera de forma participada?
¿Puede haber causas «suficientes» para un hecho así?
i) Querer-que-no, dejar-de-querer
(o no-querer)… y otros embrollos del idioma
Para responderla, conviene
detenerse un instante y ampliar ligeramente la
perspectiva. Solo entonces el asunto se mostrará en
sus verdaderas dimensiones. Está en juego, además,
el inicio de comprensión de la gran diferencia que
separa a los contraceptivos de la PFN.
·
Existe en castellano una expresión que dificulta
enormemente el entendimiento correcto de nuestro
asunto. Se trata de la tan utilizada «ni lo
quiero ni lo dejo de querer».
+ En realidad, esa alternativa es
imposible: si no quiero algo, por
fuerza dejo de quererlo; y si no
dejo de quererlo,
necesariamente lo quiero… o no lo quiero
(que no es lo mismo que «dejo de quererlo»).
- Sé que de entrada no se ve así,
y por eso voy a intentar explicarme. En la frase de
marras parece que las opciones posibles fueran solo
dos: 1) quiero; 2) dejo de querer.
+ De hecho, las posibilidades son
cuatro… o más bien tres. Inicialmente, podría
plantearse de este modo:
1) (sí)
quiero que sí (venga un hijo
al mundo, por ejemplo);
2) (sí) quiero
que no (venga un hijo al mundo, por
ejemplo);
3) (no) quiero
que sí = dejo de querer
que sí… es decir, no hago nada con mi
voluntad;
4) (no) quiero
que no = dejo de querer
que no… es decir, tampoco hago nada
con mi voluntad.
+ Un primer problema es que, en
nuestro idioma, el «(sí)
quiero que no» lo
consideramos equivalente al «no
quiero»; cuando en realidad este «no
quiero» es lo mismo que «dejo de
querer»: es decir, mi voluntad no
actúa (no hago nada con ella; no me
pronuncio ni a favor ni en contra, me abstengo, me
da igual…).
· Y
esto permite intuir por qué decía que, de hecho, las
posibilidades son solo tres:
1) (sí) quiero
que sí (ocurra algo)… y pongo los
medios para que suceda;
2) (sí) quiero
que no (ocurra algo: para lo cual
empleamos, incorrectamente, el no
quiero)… y pongo los medios para que no
suceda, para impedir que suceda;
3) no quiero… y ya no
puedes añadir ni que sí ni que no, puesto que si no
pones en acto la voluntad, si realmente no
quieres, es del todo imposible que (sí)
quieras… ni que sí ni que no: según decía antes, con
la voluntad no haces nada: ni querer
que sí ni querer que no.
(En esta última circunstancia
dejo de poner cualquier medio, los omito;
y ese dejar de hacer u omitir no tiene en principio
razón de mal —no es malo—… excepto cuando existiera
la obligación de hacer lo que estás dejando de
hacer: sería, en la moral clásica, un pecado de
omisión).
Conviene tener muy en cuenta
estas distinciones para enfocar de la manera
adecuada todo lo relativo a la contracepción y a los
métodos naturales.
ii) El hijo, un gran bien
Pero muchísimo más importante es
lo que sigue.
· En
primer término —frente a una mentalidad
inconscientemente hoy muy difundida— hay que dejar
claro que el hijo constituye sin duda un bien de
excelentísima categoría: un bien digno, en la
acepción más elevada del término.
Es esta la convicción de fondo en
la que se juega uno la comprensión del problema que
estamos tratando y, en concreto, la legitimidad o
ilegitimidad del uso de los anticonceptivos.
· A lo
que debe añadirse (en cierto modo, contraponerse)
que, a causa de su carácter de bien «no
absolutamente absoluto» —semejante Bondad solo
corresponde a Dios—, el hijo es un bien al que
pueden y suelen ir unidos ciertos males.
Y esa es la otra clave de toda la
cuestión.
Esa unión de bien y mal es algo,
por otro lado, que no puede calificarse como
extraordinario. Conflictos de este tipo son comunes
en todas las realidades finitas y, en concreto,
entre las humanas: muchos bienes participados se
encuentran acompañados por perjuicios de mayor o
menor calibre, y ciertos males originan como
consecuencia (per accidens, que diríamos los
filósofos) un beneficio derivado para
alguien.
Acudiendo a ejemplos simplones:
el que una profesora enferme es obviamente un mal,
pero lleva unido a él, para las niñas, «el bien» de
quedarse un par de días sin clase; si mi hijo va
actuando cada día con más libertad y responsabilidad
debo sin duda alegrarme, pero en algunos casos
sufriré porque lo que hace no es lo que yo desearía…
o me parece que va a perjudicarle; cuando aumenta el
nivel de vida de un país, en principio se están
poniendo los medios para un mejor desarrollo humano
de sus habitantes… pero también para los excesos del
consumismo; en resumen, utilizando un refrán clásico
y castizo, nunca llueve a gusto de todos.
· En
el caso que nos ocupa, puede ocurrir que una nueva
concepción, que en sí misma es un bien,
+ ponga en peligro mortal la vida
de la madre (aun cuando los avances de la medicina
limitan cada vez más los casos en que esta
eventualidad se presenta);
+ que ese nacimiento cree un tal
perjuicio económico, en circunstancias
auténticamente difíciles, que dañe de manera real y
efectiva las posibilidades de subsistencia de la
familia ya existente;
+ que provoque, en una madre con
precario estado de salud física o psíquica, cargas
que, aun contando con los generosos bríos que la
maternidad aporta, no resulte prudente asumir…
· En
circunstancias semejantes, nos encontraríamos con
razones efectivas en pro y en contra de la
venida al universo de una nueva criatura.
+ Entre los motivos a favor, el
más relevante deriva de la categoría de la persona
humana que ha de nacer. Este bien
resulta tan grandioso que, en principio, se
impone de manera incontrastada. De modo que, para
desear la introducción en nuestro orbe de una
criatura humana la razón de más peso es la valía o
bondad intrínseca de ese ser: no hacen
falta más razones.
(Por eso, y centrándose solo en
este extremo, no me parece exagerado sostener que, «en
abstracto —por más que me moleste esta
consideración—, lo óptimo es traer a este mundo el
mayor número posible de hijos»; y que, «considerando
la cuestión en sí misma, el número de hijos de
cada familia debe tender a ser el
máximo posible»).
Desde esta perspectiva, el
incremento de la propia prole no requiere motivos
complementarios: basta el «peso específico» de los
nuevos hijos. Por el contrario, lo que sí precisa
razones es la exclusión de semejante beneficio. Y
aquí es donde nuestro problema reclama un
esclarecimiento.
Porque, en una primera
aproximación, no existe razón alguna
suficiente para que una persona quiera —con un acto
positivo de voluntad— la no-existencia de un ser
humano futuro.
·
Querer que no exista esa persona, considerado
de manera formal y absoluta, reviste siempre razón
de mal… puesto que equivale a impedir un bien.
Con palabras distintas: no hay
motivo alguno para que nuestra voluntad decida
la supresión —a priori o a posteriori— de un bien
tan excelso como el hijo. De ahí que la
contracepción resulte siempre, sin excepción
posible, gravemente ilícita. Porque en ella impera
el odio al bien de la vida.
Es decir, los esposos
contraceptivos quieren, en el sentido
concreto que ya expliqué, la no existencia de
un valor sobre-eminente. De un bien de tal calibre,
habría que decir con Kant, que no encuentra en todo
el universo otro «comparable» a él. En su
singularidad irrepetible resulta, como sugiriera ya
el filósofo de Könisberg, estrictamente
inconmensurable: por eso no tiene precio, sino
dignidad.
iii) Sutilezas «puñeteras»… pero
decisivas
¿Cómo justificar, entonces, el
uso de los métodos naturales con fines restrictivos
o, forzando un tanto la cuestión, la abstinencia
total de tantos esposos que, sobre todo en el
pasado, creyeron conveniente semejante actitud con
el fin de no aumentar los miembros de su familia?
Aquí entra en juego una
distinción de gran importancia, en la que se aplica
lo que vimos hace unos momentos, y que iremos
entendiendo mejor conforme leamos lo que sigue.
+ Si nadie puede querer
que no exista un bien como el hijo,
+ sí que puede (dejar de
querer ese hijo, en un intento de)
rechazar los males que
acompañan a la concepción y nacimiento de esa
criatura.
(Aunque con una condición
ineludible: que el repudio de esos perjuicios en
ningún momento se encuentre acompañado o desemboque
en un acto positivo de voluntad que quiera
activamente la no existencia de la futura prole…
y ponga los medios positivos para evitarla).
Empleando unas fórmulas
aparentemente sutiles, pero convenientes, porque
darán origen a nuevos esclarecimientos, habría que
afirmar que
+ la volición de que
no haya descendencia (querer que
no exista) es siempre y en todos los casos
ilícita, puesto que equivale a oponerse o impedir un
bien;
+ mientras que, por causas
justificadas, se permite la «nolición» de los
futuros niños (no querer o dejar de
querer que existan; soportar que no existan):
pues aquí no existe rechazo activo de
bien alguno.
(¡Que me corrijan los filólogos
si estoy metiendo la pata! En latín resultaba más
fácil establecer los distingos a que me referí en el
parágrafo anterior.
Junto al verbo velle, que
significaba querer activamente, estaba el verbo
nolle, del que deriva el neologismo «nolición»,
que expresa justamente ese dejar de querer,
no hacer nada con la voluntad, al que antes
me refería, y para el que no se da un
correspondiente castellano.
Además, el latín disponía del
compuesto non velle… que indicaba justo
nuestro quiero —activo— que no).
En términos más concretos:
a) a nadie le es lícito querer
que no exista un bien de categoría tan notable
como es una persona;
b) pero sí que puede desear la
exclusión del presunto conjunto de males que
el hijo lleve consigo; y
c) cuando esos perjuicios
alcancen un peso proporciono, dejar de querer
(no querer, no poner los medios para) la llegada al
mundo del nuevo vástago.
Esta diferencia, aparentemente
teórica e incluso alambicada, da pie, en la
existencia real, a una discriminación tremendamente
«práctica», que enfrenta de manera decisiva a los
usuarios de métodos anticonceptivos y a quienes se
acogen a los medios de autodiagnóstico.
Me refiero a la aceptación (o
no) de la vida posible. Puesto que los esposos
contraceptivos se oponen implacablemente a la venida
al mundo de un nuevo vástago, en el supuesto de que
la mujer quedara embarazada, no es improbable —y las
estadísticas lo demuestran— que den los pasos
necesarios para eliminar, mediante el aborto, a la
persona ya concebida y «no-deseada». Y, en cualquier
caso, aun cuando después «rehicieran» la orientación
de su voluntad y acogieran al hijo engendrado, este
habrá «entrado» en el mundo, en el momento inaugural
de la concepción, como «no-querido».
Por el contrario, quienes acuden
consciente, reflexiva y coherentemente a los métodos
naturales, jamás han rechazado —con la voluntad y
los hechos— la llegada al universo humano de una
nueva criatura. Por eso, ante un inesperado
embarazo, la reacción de su voluntad —más o menos
dificultada o incluso ensombrecida por sentimientos
adversos— es la de gozosa asunción del diminuto ser
que, en contra de lo que honradamente habían
previsto, Dios tiene a bien otorgarles.
La «aceptación de la vida
posible» constituye, por tanto, una de las
principales piedras de toque para calibrar la
rectitud interior de quienes se acogen al uso del
matrimonio en los períodos infecundos.
b) Preceptos afirmativos y
negativos
i) En general
Nos encontramos, en el fondo, y
hablando para quienes conocen algo de la ética
clásica, ante una peculiar versión de la diferencia
que media entre:
+ los preceptos afirmativos:
amar a Dios, honrar padre y madre…; en resumen,
hacer el bien (bonum facendum),
+ y los negativos:
no matar, no robar…; en fin de
cuentas, evitar el mal (malum vitandum).
Los primeros, según la
terminología al uso, obligan «semper, sed non
pro semper»; los segundos, por el contrario,
prohíben «semper et pro semper».
(Aunque se trate de distinciones
y reflexiones arduas y menos fáciles de comprender,
estimo que, leídas con detenimiento, pueden
esclarecer bastante el problema que nos ocupa).
·
Afirmativos: Semper, sed non pro semper…
Bonum faciendum. El bien debe
ser hecho: es esa la más básica y fundamental
obligación de cualquier ser humano, el resumen de
toda la ética… y lo que debería movernos a actuar.
+ Pero ninguna criatura racional
está obligada a poner por obra o a sacar adelante
todos los bienes posibles en este mundo;
ni siquiera todos aquellos a los que, en abstracto,
ella podría dar vida.
+ Entre otros motivos, porque al
optar por un bien entre otros —una carrera o
profesión concretas, un estado civil, la ayuda
económica a una asociación determinada…—, por fuerza
hay que desatender todos los bienes alternativos
que, en esas precisas circunstancias, se podrían
escoger y llevar a cabo y serían buenos… sin que
haya un rechazo explícito y formal de ellos.
La expresión semper sed non
pro semper es casi imposible de traducir y
no fácil de entender. Más vale acudir a los
ejemplos:
+ un hijo debe honrar a sus
padres siempre (semper)… en el sentido
de que nunca puede deshonrarlos;
+ pero no en
todo momento (sed non pro semper)
ha de estar haciendo actos explícitos con los que
muestre su veneración hacia ellos;
+ y algo similar podría afirmarse
del cuidado y cariño que el padre ha de profesar por
sus hijos, de la obligación de cualquier trabajador
de realizar su tarea con perfección, y un dilatado
etcétera.
·
Negativos: Semper et pro semper…
Malum vitandum. Nadie puede
realizar conscientemente nunca algo malo:
complemento imprescindible para la ley fundamental
que recordaba hace un momento (la de hacer el bien).
Se trata de un precepto poco
atractivo (al menos para quienes desean vivir su
vida como una gran aventura), pero en cierto modo
más exigente que el correspondiente afirmativo. Y
tampoco puede verterse al castellano, aunque en este
caso tal vez ya se intuya por dónde van los tiros:
+ nunca está permitido matar a un
inocente (esta regla no admite excepciones);
+ ni tener trato íntimo con una
persona del otro sexo que no sea su esposo o esposa;
+ ni robar, en el sentido preciso
de esta expresión;
+ ni calumniar o difamar…
La obligación de no hacer
el mal (la prohibición de
realizarlo o contribuir a él) obliga siempre y
en cualquier circunstancia (semper et pro
semper).
· Así
lo he explicado en otras ocasiones:
i) Los preceptos
negativos —no matar, no robar, no calumniar…— no
admiten nunca excepción. No existe motivo alguno, en
ningún caso, que justifique los comportamientos
comprendidos dentro de tales prohibiciones. Siempre
está vedado matar, sustraer la fama a una persona,
desproveerla de un bien legítimamente adquirido,
etc.; o, de modo paralelo, obstaculizar que una
persona se cure y conserve la vida, que se defienda
en un juicio o ante la opinión pública para dejar a
salvo su honor, que adquiera —sin perjuicio para
nadie— un beneficio lícito de orden material o
espiritual… Como consecuencia, jamás quedará
justificado ningún tipo de actuación destinada
directamente a impedir ese bien grandioso que es la
concepción de un ser humano; dicho a modo de
paradoja: nunca será legítimo sustraer la vida a
alguien «antes» o «en el momento» en que esta
comenzaría.
ii) Los preceptos
afirmativos tampoco admiten excepciones, en el
sentido de que no cabe obrar directamente en contra
de ellos; nunca es lícito, pongamos por caso, faltar
al respeto o deshonrar voluntaria y conscientemente
a los propios padres. Pero la fuerza de estos
mandatos es tal que no obligan a obrar
constantemente y en todas las circunstancias
realizando de manera formal y expresa el bien que
imperan. Por volver al ejemplo citado, es obvio que
ningún hijo tiene el deber de estar poniendo por
obra en todo momento y lugar, y a lo largo de su
entera existencia, actos explícitos de honra y
veneración hacia sus progenitores; de manera
análoga, a ningún médico le constriñe el deber de
curar hasta el punto de que en cada uno de los
momentos de su biografía haya de dedicar la
totalidad de sus esfuerzos a sanar a sus semejantes,
descuidando sus obligaciones familiares o de amistad
o, incluso, en circunstancias normales, el merecido
descanso.
Afirmativos y negativos…
Sin duda, para cualquier persona que aspire
ilusionada a llevar una existencia plena, el
precepto que compendia toda la moral es
eminentemente positivo: haz el bien. Pero, como
acabo de insinuar, eso no significa que tenga el
deber de hacer efectivos todos los bienes que
hipotéticamente, considerando la cuestión en
abstracto, podrían existir; en contra de lo que
afirmaba el conocido personaje de Shakespeare,
ningún ser humano viene a este mundo con la
obligación de salvarlo, resolviendo todos los
problemas que en él se plantean.
Tampoco exige semejante principio
realizar todo el bien que cada individuo concreto,
atendiendo a sus circunstancias particulares y a sus
determinadas aptitudes, podría llevar a término;
entre otros motivos, y no de los de menor peso,
porque nuestra libertad se actualiza casi siempre
mediante la opción entre distintos miembros de una
alternativa, y la preferencia por uno de ellos deja
por fuerza fuera los restantes, muchos de ellos
también buenos: si decido estudiar medicina como
medio de servir a mis semejantes, no estaré
preparado para construir las fábricas o las
carreteras que también los beneficiarían; si dedico