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LA SEXUALIDAD PERSONAL (Tomás Melendo Granados)

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La sexualidad personal

 

 

LA SEXUALIDAD PERSONAL

Por Tomás Melendo*

Arvo Net, 1.12.06

 

 

1. ¿«Sexo» personalizado?

En el artículo precedente establecí una distinción clave entre sexo animal y sexualidad humana o personal. Ahora querría esclarecer algunas de las diferencias abismales que marcan semejante diferencia.

a) Cuestión de método

Pero también señalar un principio metódico fundamental, al que ya he aludido en varias ocasiones, pero que con excesiva frecuencia se desatiende en el mundo contemporáneo; a saber: que lo inferior se entiende a la luz de lo superior, y no viceversa.

He de reconocer que me agradan, aunque las estime un tanto duras, las siguientes convicciones de Denis de Rougemont: «Nosotros, los herederos del siglo XIX, somos todos más o menos materialistas. Si se nos muestran en la naturaleza o en el instinto esbozos toscos de hechos "espirituales", inmediatamente creemos disponer de una explicación de tales hechos. Lo más bajo nos parece lo más verdadero. Es la superstición de la época, la manía de "remitir" lo sublime a lo ínfimo, el extraño error que toma como causa suficiente una condición simplemente necesaria. También es por escrúpulo científico, se nos dice. Hacía falta eso para liberar al espíritu de las ilusiones espiritualistas. Pero me cuesta mucho apreciar el interés de una emancipación que consiste en "explicar" a Dostoiievski por la epilepsia y a Nietzsche por la sífilis. Curiosa manera de emancipar al espíritu, esa que se "remite" a negarlo».

En concreto, y volviendo a nuestro tema, el sexo animal debería hacerse plenamente inteligible a partir de la sexualidad humana.

Sin embargo, razones de fondo, como la asunción relativamente acrítica del evolucionismo, y otras de tipo práctico, como la mayor facilidad para analizar el sexo en los animales, llevan a menudo a tomar como punto inicial de referencia a estos, y a presentar la sexualidad humana como «un simple sexo animal, pero enriquecido» (o «sin enriquecer», lo cual resulta todavía más grave).

Y, aunque es cierto que el estudio de los animales aporta datos no despreciables para la comprensión de nuestra sexualidad —por eso, en las ensayos que siguen, lo utilizaré a menudo como término de comparación—, no habría que olvidar que la naturaleza profunda de la sexualidad humana solo logra percibirse a la luz de la condición personal de todo hombre, que constituye a su vez un reflejo o participación de la Trinidad Personal de Dios.

(De ahí, entre otras abundantes consecuencias, que las investigaciones al respecto realizadas en los animales no puedan trasladarse sin más, como a menudo se hace, a los seres humanos).

b) Sexualidad «humana»

Esto me lleva a intentar dejar constancia de dos aspectos fundamentales:

+ por un lado, algunos de los rasgos que distinguen y caracterizan la sexualidad humana y su ejercicio, derivados de su condición personal: lo llamaré «sexo personal o personalizado»;

+ por otro, en absoluto independiente del anterior, ciertos elementos de la condición sexuada de toda persona humana, masculina o femenina.

(No los estudiaré de forma sistemática y sucesiva, sino intercalando unos y otros, también por dos motivos:

+ en primer término, porque el modo de ser y el de obrar, de hecho, se influyen e interpenetran mutuamente —el ser orienta el obrar, y el modo de obrar modifica hasta cierto punto el propio ser—, por lo que sería un error separarlos al intentar ofrecer una explicación de los mismos;

+ además, porque estimo que de este modo, entrelazando aspectos teóricos y prácticos, la lectura podría resultar más amena —«¡no fuera malo!», como decían en Castilla—… o, al menos —¡Dios lo quiera!—, no tan aburrida).

· En momentos anteriores de nuestro estudio dejé constancia de una afirmación de gran alcance: todo en el hombre es humano. Ahora veremos algunos rasgos en los que se manifiesta la condición humano-personal de la sexualidad.

Esos caracteres, como es lógico, derivan y son consecuencia de los dos atributos principales en los que cabe «resumir» la condición de persona:

+ por una parte, su dignidad, estrechamente relacionada con la libertad;

+ por otra, su singularidad, que al término viene a identificarse con la dignidad —¡el valor de lo único!—…

- para ponerse así, una y otra, al servicio del amor.

Muy pronto me referiré a ellos con cierto detenimiento. Antes querría exponer, de un modo todavía genérico, las diferencias más de bulto entre sexo (animal) y sexualidad (humano-personal), así como algunas de las razones de esta radical desemejanza.

c) Sexualidad y sexo

Como punto de partida, vale la pena reflexionar sobre este texto de Juan Pablo II: «El cuerpo humano, con su sexo, su masculinidad y feminidad, contemplado a la luz del misterio de la creación, no solo se nos revela como manantial de fecundidad y procreación, tal como sucede en el entero orden natural, sino que encierra en sí desde el principio, el atributo "esponsal", es decir, la capacidad de expresar el amor: precisamente aquel amor en virtud del cual el hombre-persona se torna don y actualiza —a través de semejante don— el sentido mismo de su ser y existir».

· Amor y procreación: he aquí el doble lazo radicalmente constitutivo de la sexualidad humana; lo que la diferencia, en los dominios de la operación, del sexo y la genitalidad simplemente animales, relacionados de modo exclusivo con una sola realidad: la reproducción.

· En los animales brutos el sexo tiene una función meramente re-productora (orientada al mantenimiento de la especie, mediante la «re-producción» de ejemplares sustancialmente idénticos).

· Entre los hombres, muy al contrario, la sexualidad manifiesta dos novedades:

a) es principio de pro-creación: capacidad de hacer entrar en el mundo una primicia absoluta, una persona humana, única e irrepetible, de ningún modo pre-contenida en realidades anteriores, sino «extraída de la nada» por el infinito Poder divino y destinada a introducirse en la corriente de Amor infinito que el propio Dios constituye;

b) y todo ello como fruto de un acto exquisito de amor entre un varón y una mujer…, amor al que los animales son absolutamente ajenos.

Las causas radicales de esta discrepancia y superioridad son hondas; se sitúan, como más de una vez he considerado, en el plano del ser.

Con otras palabras: la sexualidad personal humana ocupa un lugar de excepción en el conjunto de las realidades dotadas de sexo, porque también el hombre goza de una muy peculiar constitución —de un (acto de) ser superior y radicalmente diverso—, que lo discrimina del resto.

2. Sexo animal…

a) El sexo animal, al servicio de la especie…

Tomás de Aquino explica esas divergencias, más menos, como sigue.

+ Entre todos los componentes del Universo, el individuo humano posee una propiedad en exclusiva: en él conviven, ordenados e íntimamente imbricados, materia-y-espíritu o espíritu-y-materia.

+ En la materia, que lo asimila hasta cierto punto a las realidades infrapersonales, encuentra el hombre el origen o principio —tal vez, mejor, la condición— de su índole sexuada (que, sin embargo, como ya he indicado y veremos con más detalle, alcanza e impregna todo su ser).

+ Y el espíritu que vivifica esa materia, ausente en los simples animales y en las plantas, determina la superioridad del hombre en comparación con los demás organismos provistos de sexo y, simultáneamente, da razón de las peculiaridades y de la grandeza de su sexualidad.

· Si analizamos estos dos datos a la luz de la particularidad de la persona, con su dignidad y singularidad, podremos advertir que:

+ en el reino vegetal y animal existe un nexo indisoluble y biunívoco entre sexo y reproducción: la genitalidad, con todo lo que lleva aparejado, es función estricta y exclusiva de la necesidad que poseen los seres vivos de perpetuarse;

- todo lo cual nos recuerda algo muy conocido: lo que en verdad importa entre los animales y plantas es la especie, a cuyo servicio se encuentra absolutamente subordinado el sexo… o los otros medios más simples de reproducción;

+ con palabras afines: es la especie la que se configura por sí misma como un cierto valor, mientras que sus individuos se supeditan plenamente a ella;

- pero la especie no tiene existencia «separada», al modo de las Ideas platónicas, sino que solo subsiste en sus representantes singulares;

- y como estos, por su índole corpórea, son temporales y corruptibles, es preciso que engendren otros individuos —también perecederos, pero padres a su vez de nuevos exponentes de la misma familia biológica—, que aseguren el persistir de la especie.

b)… y sin significado para el individuo

Por otra parte, considerada en absoluto, la sexualidad se presenta como una modalidad imperfecta de la capacidad reproductora, por cuanto normalmente exige la cooperación de dos exponentes de la misma especie, de sexo complementario:

+ de ahí la diferenciación sexual, como elemento constitutivo y fundamental de la mayoría de los animales superiores;

+ y de ahí, también, el denominado instinto sexual, o de apareamiento, que, en determinadas circunstancias, conduce inevitablemente a dos ejemplares de distinto sexo a realizar la cópula.

(Hablo de modalidad imperfecta dentro de una consideración absoluta porque, entre otros motivos, al contrario de lo que sucede con el Padre, que genera por Sí mismo al Hijo, ninguna criatura de cierto rango es capaz de engendrar a otras sino con el auxilio de un ejemplar de distinto sexo.

Pero, al mismo tiempo, como se sabe, desde una perspectiva relativa, referida solo a las criaturas, la existencia de sexualidad constituye una manifestación y una prueba de grandeza, frente a las realidades que carecen de sexo y cuya reproducción es asexuada

Con palabras de L. R. Kass: «La cuestión es que la reproducción [procreación] humana es sexual no por consenso, cultura ni tradición, sino por naturaleza. En ella, un hijo es resultado de la combinación de la naturaleza y el azar.

Es más: solo encontramos reproducción asexual en formas poco desarrolladas de vida: bacterias, algas, hongos y algunos invertebrados. La sexualidad trae consigo una nueva y más rica relación con el mundo: para el animal sexuado, el mundo no es ya una otredad homogénea, en parte peligrosa y en parte comestible; es además el lugar que contiene otros seres especialmente relacionados con él. Por eso, entre otras razones, el ser humano es el más sexual —las hembras no atraviesan momentos puntuales de celo, sino que son receptivas durante todo el ciclo reproductivo— y el más social, el más lleno de aspiraciones, el más abierto y el más inteligente»).

· Ahora bien, y volviendo a los animales brutos: como estos no gozan de significado por sí mismos, en cuanto individuos, tampoco la diferenciación sexual arroja apenas saldo alguno de valor estrictamente individual.

+ La pertenencia de cada uno de esos individuos a uno u otro sexo los marca exclusivamente en lo que atañe a su función de propagador y conservador de la especie (con lo que implica de diversidad de funciones al servicio de la prole); y el instinto de apareamiento, por su parte, no posee otras resonancias que la estricta atracción hacia la unión física con vistas a la generación de nuevos exponentes de la misma especie.

+ Con palabras distintas, y desde una perspectiva complementaria:

- como los animales irracionales carecen de interioridad o intimidad — de riqueza o de «vida interior», si esta expresión un tanto figurada resulta más explícita—,

- su adscripción a uno u otro sexo no deja en ellos casi más señal que la absolutamente imprescindible para que llegue a cumplimiento la razón por la que son sexuados: la cópula fértil, que asegura la reproducción, y el conjunto de actividades encaminadas a la supervivencia de los recién nacidos.

+ En todo lo demás —y con las leves puntualizaciones que serían del caso—, los animales de uno y otro sexo resultan prácticamente intercambiables, como lo son, de manera más general aún, todos los individuos de cada familia animal.

3.… y sexualidad humana

a) De la re-producción a la pro-creación…

La situación del hombre es radicalmente distinta.

La «diferencia» podría enmarcarse dentro de este texto de Tomás de Aquino, comentado por Cardona: «Por eso, "el alma racional da al cuerpo humano todo lo que el alma sensible da a los brutos animales, lo que el alma vegetativa da a las plantas y algo más": algo más en el sentido de una mayor perfección sensitiva y vegetativa —en su conjunto orgánico— y en el sentido de una perfección de orden superior, espiritual».

· Sin embargo, para captar su originalidad, consideraré de momento lo que «equipara» al hombre a los animales brutos. A saber:

+ que el punto de partida de la sexualidad humana es, en cierto modo y desde la perspectiva ahora adoptada, el mismo que el de estos: la necesidad de reproducción;

+ y que esa exigencia deriva, en efecto, de la componente corpórea del ser humano, paralela a su carácter mortal.

· Permanece, por tanto, entre los hombres, con todas las consecuencias que son del caso, la orientación de su sexualidad a la conservación de la «especie» (en el sentido peculiar y un tanto problemático que tal término tiene entre los humanos: entre los hombre parece preferible hablar de naturaleza humana que de especie humana).

· Esto resulta innegable, y posee amplias repercusiones a la hora de determinar el modo en que el ejercicio de la sexualidad es verdaderamente enriquecedor: la unión sexual humana jamás podrá ser desprovista voluntariamente de este que cabría definir —por ahora— como su fin original constitutivo.

· Pero, informando al cuerpo —y como raíz de su originalidad y preponderancia respecto a los animales—, el hombre posee un alma espiritual e inmortal, en virtud de la cual se configura como persona: es decir, como un fin o un valor en sí.

En consecuencia, merced a su alma, el individuo humano no se encuentra en absoluto subordinado a su especie, sino que, como afirma una tradición multisecular, vale por sí mismo, tiene dignidad.

+ Un primer corolario de esta disparidad básica, que afecta incluso a cuanto de común hay entre la sexualidad animal y la humana, es el siguiente:

- Lo perseguido a través de la generación —y de la cópula que le da origen— no es ya la simple conservación del linaje humano, y ni siquiera el dar cumplimiento al noble afán de perpetuarse los esposos en sus hijos.

- No. Lo que ha de procurarse, cabal e intencionadamente, es el incremento, la multiplicación, de las personas —singulares, concretas, dignas y valiosas por sí mismas— pertenecientes a la raza humana.

+ Eso es lo que Dios pretende en relación a los seres espirituales —el hombre lo es en función de su alma—, y eso es lo que los cónyuges deben hacer propio a la hora de plantearse los que hoy conocemos como «paternidad responsable» y a la de ejercer la unión íntima:

- aumentar, como alguna vez he sugerido, el número de los seres destinados a mantener con Dios un diálogo de amor por toda la eternidad; abrir —en cada unión íntima— nuevas posibilidades de una felicidad sin término: del surgimiento de una persona que nunca vendría al mundo (esa en concreto, no otra) en ausencia de tal relación.

b)… con estricto significado «personal»

¿Y en lo que se refiere a la diferenciación sexual y al instinto de apareamiento?

También aquí establece la índole personal del hombre notables desemejanzas respeto al simple animal. Ambos —diferenciación e instinto, que en este caso se configura como tendencia— poseen un significado rigurosamente personal.

· La razón de todo ello la acabo de exponer: siendo el hombre un ser digno y valioso por sí mismo, el sentido de su sexualidad no puede ser mera y simplemente específico (en función de…) —eso equivaldría a subordinarlo por completo, en una de sus dimensiones, a la especie, ultrajando su dignidad—, sino que ha de dejar su traza en los aspectos estrictamente individuales y personales de su ser.

· Por tanto, lejos de quedar reducida a los estrechos límites de la función reproductora, aunque tomando pie en ella, la diferenciación sexual transforma y modula —como ya he insinuado— hasta los rincones más íntimos de la persona varón y mujer.

No constituye exageración alguna [sino que responde a la naturaleza de las relaciones constitutivas entre materia, forma y acto de ser, según veremos más adelante] afirmar que es el mismo ser del hombre y de la mujer el que resulta «sexuado»;

+ y como el ser anima y da vida a todos los elementos integrantes y al conjunto de las operaciones de cada individuo humano,

+ habremos de sostener que todo en este,

- desde lo más exquisitamente espiritual hasta lo estrictamente corpóreo,

- recibe el influjo de lo que «originariamente» parece haber surgido —desde la perspectiva ahora adoptada— en función de la reproducción y de las dimensiones corpóreas del hombre: el sexo.

· De esta suerte, si antes afirmaba que los animales irracionales eran y se mostraban complementarios exclusivamente en lo que hacía referencia a su capacidad reproductora y a cuanto se halla unido a ella; y si afirmaba también que esta pobreza era debida a la falta de interioridad de tales individuos —en definitiva, de profundidad y plenitud de ser—; en este momento, por el contrario, habré de recordar que:

El hombre y la mujer, merced a su distinto sexo, se muestran diferentes y complementarios en muchísimos aspectos de su personalidad: casi, si se me apura, en toda ella.

+ Por eso hay que insinuar ya, en relación con la atracción sexual entre los hombres, que esta incluye, como es obvio, la tendencia al apareamiento con vistas a la procreación, pero que de ninguna manera se limita a ella.

+ Es toda la persona de la mujer, en cuanto mujer, lo que atrae (o debe atraer) al varón; y es la persona íntegra del varón, en cuanto tal, lo que atrae (o debe atraer) a la mujer.

- El varón no solo desea unirse físicamente a la mujer, y viceversa.

- Cada uno de ellos aspira a conocer, también pero no solo a través del trato íntimo, toda la riqueza de una personalidad del sexo complementario, que cada cual por sí mismo —por su diversa constitución en cuanto ser sexuado— no puede experimentar.

- Anhela también, en mayor o menor medida, a tenor del temperamento singular de cada individuo concreto, verse «envuelto» y como «empapado» por la afectividad de una persona del otro sexo: sentirse comprendido, animado, estimulado, protegido e incluso «orientado» por ella, y experimentar las propias emociones «sexuadas» que de ahí se derivan.

Y si desea también fundirse corporalmente con su propio cónyuge, la razón más profunda de ello es el amor, con su vigoroso poder unitivo y cognoscitivo.

En términos más amplios, pero adecuados, expone una autora italiana: «A lo largo de toda la vida de la pareja, el sexo contribuye a mantener y reforzar su unión, al tiempo que el amor, a su vez, facilita la posibilidad de "sentirse" y "sentir al otro" profundamente. En el intercambio de amor de la pareja, los gestos del cuerpo, hasta la intimidad de la genitalidad, pueden comunicar amor, forman parte de la entrega mutua, de dar y recibir el propio ser; en la confianza del amor, "comunicamos" al otro nuestros sentimientos, tales como deseos, placer, dificultades, satisfacciones, gozos y dolores.

»Por el contrario, si el sexo, en vez de proporcionar gozo y satisfacción profunda, provoca constantemente dolor en uno de los dos, es muy difícil que pueda mantenerse una verdadera unión. Involuntariamente, en el subconsciente de la persona afectada se formarán ciertas reacciones psicológicas que al final tendrán un efecto destructivo sobre las relaciones de la pareja.

»Por lo tanto, es justo y conveniente que en la unión sexual los esposos se preocupen de la sexualidad propia y de la del otro, para que ambos puedan disfrutar. El término "preocuparse" no debe significar… observarse —pues esto contribuye a traer la ansiedad, enemiga mortal de la sexualidad—, sino vivir simplemente la aceptación del don recíproco de la persona, como el amor sugiere».

· Los cónyuges no se unen solo, por tanto,

+ para traer a la vida a un nuevo ser personal (lo cual ya sería grandioso),

+ ni para experimentar el placer orgánico que de la cópula deriva (asimismo lícito y excelente),

+ sino también para:

1) conocer —en y gracias a esa unión, entre otros muchos modos— la entera intimidad, espiritual, psíquica y corpórea, de la persona a la que se entregan;

2) vivir las emociones derivadas del conocimiento de esa riquísima personalidad, íntegra y sexuada;

3) actualizar la ofrenda por la que cada uno de los cónyuges realiza su índole de realidad destinada al don o a la entrega…

4) y, como más tarde apuntaré, descubrir y madurar su propia identidad masculina o femenina, ayudando al cónyuge a hacer otro tanto, desvelar a través del trato mutuo determinados caracteres de lo humano, y facilitar la encarnación en sí y en el cónyuge de los nuevos rasgos descubiertos.

Con lo que también queda dicho que se encuentra ligada a la atracción sexual (y como «vehiculado» por ella) la necesidad intimísima, configuradora, que el ser humano descubre en sí, de ofrecerse plenamente, en cuerpo y alma, a la persona de sexo complementario cuyo ser ha elegido y corroborado, para ponerse al servicio de su proyecto perfectivo… tal como veíamos al hablar del amor.

· En este caso, el nuevo texto de Cardona puede servir más bien como resumen y fundamento metafísico (no enteramente inteligible para todos: no importa en absoluto) de lo dicho hasta ahora y en otras ocasiones, y de parte de lo que expondré de inmediato:

«La naturaleza humana incluye un componente material, corporal: el cuerpo. Eso nos introduce en el tiempo, en el devenir histórico: en parte, como los seres no espirituales. Y es aquí donde aparece propiamente la sexualidad.

Pero esta sexualidad, que en los animales sin alma espiritual es simplemente medio escogido por Dios para la "reproducción" de la especie y su permanencia en el tiempo, en los hombres —compuestos de alma y cuerpo, de materia y de espíritu— adquiere una dimensión que trasciende el tiempo, una dimensión de eternidad.

En el hombre, la "reproducción" es "procreación": es decir, algo que se pone en favor de la creación: que es privilegio divino, dar el ser. De ahí que la diferencia "macho-hembra" animal quede transfigurada en diferencia "varón-mujer": personas sexualmente diferenciadas, con vistas sobre todo a la creación de nuevas personas humanas, que es la finalidad primordial del matrimonio [en cuanto que el amor conyugal, como sabemos, es normalmente origen de los hijos].

Eso explica la diferencia, anatómica y fisiológica, que hay entre el varón y la mujer. Pero el componente espiritual de la persona humana eleva esa diferencia también a lo espiritual, originando determinadas cualidades anímicas distintas en el varón y en la mujer: distintas para ser complementarias.

De este modo, resulta que, sobre la participación del ser divino personal que es ya la persona como tal, se añade ahora una participación diversificada en el varón y en la mujer, diversificada para complementarse; esencialmente para constituir familia: lugar donde, según el querer de Dios, ha de nacer el hombre y donde puede madurar como persona. Desarrollarse, alcanzar su plenitud personal, educarse».

c) El sexo animal a la luz de la sexualidad humana

· Todo lo que he apuntado, y algo más, lo recoge Cormac Burke en este pasaje, que remite a la consideración básica que ofrecíamos al hablar del método de conocimiento de las realidades —lo inferior a la luz de lo superior—, y que dará pie a reflexiones posteriores:

«Tradicionalmente se ha tendido a explicar el instinto sexual, colocándolo dentro de un marco demográfico; así como tenemos un apetito de comer, para mantener la vida del individuo, tenemos un apetito sexual para mantener la vida de la especie.

La explicación vale, pero se queda corta.

Si el hombre y la mujer experimentan una profunda ansia de unión sexual es también porque sienten —cada uno personalmente— un profundo anhelo de todo lo que va implicado en la verdadera sexualidad: auto-donación, auto-complementariedad, auto-realización, auto-perpetuación, en una unión conyugal con el otro».

· Para una mirada superficial, estaríamos ante una mera cuestión de perspectiva. Pero hay que tener muy en cuenta que, según la que se adopte, aparecen regiones de sombra, cuya explicación se torna ardua.

+ Habitualmente, durante siglos, ha predominado el punto de vista que, partiendo de la comunidad existente entre hombres y realidades infrapersonales, y poniendo el acento en estas últimas, descubre en el sexo la capacidad de reproducción.

+ Hoy la situación ha cambiado, aportando, como casi cualquier modificación, ventajas e inconvenientes. Un resumen muy acertado lo ofrece Benedicto XVI:

- Ventajas: «La concepción moderna de la familia, entro otras causas por reacción al pasado, da gran importancia al amor conyugal, subrayando sus aspectos subjetivos de libertad en las opciones y sentimientos».

- Perjuicios: «En cambio, existe una mayor dificultad para percibir y comprender el valor de la llamada a colaborar con Dios en la procreación de la vida humana. Además, las sociedades contemporáneas, a pesar de contar con muchos medios, no siempre logra facilitar la misión de los padres, tanto en el campo de las motivaciones espirituales y morales como en el de las condiciones prácticas de vida».

+ Centrándonos en los beneficios, y de acuerdo con cuanto acabamos de exponer, hoy la primacía corresponde a la consideración del hombre como persona, en cuanto dotado de un espíritu que lo discrimina radicalmente de los animales y plantas.

Y, juzgándola desde allí, nos dice Jean Guitton, «la sexualidad se presenta como el medio de realizar el amor [entre el varón y la mujer en cuanto tales, como he apuntado y explicaré con calma].

El amor ya no es considerado como una consecuencia artificial y accidental de la sexualidad: al contrario, la sexualidad se presenta como un instrumento favorable para excitar y mantener el amor en una sociedad formada por seres múltiples, más o menos comprometidos en la materia y la corporeidad.

Esta diferencia de puntos de vista desplaza las zonas de oscuridad.

En la doctrina precedente, lo más difícil de justificar era la sexualidad humana, que parecía como un brote aleatorio, como una derivación bastante sutil [que complicaba innecesariamente el «mecanismo» de la reproducción+.

En lo sucesivo, la sexualidad animal es aparentemente la más inexplicable, y desde entonces se nos presenta como un lujo inútil. Si el animal carece de interioridad, ¿qué significan esas uniones caricaturescas que no aseguran ninguna simbiosis de los seres, ninguna comunicación de las conciencias?

Es esta la impresión que podemos tener cuando observamos el apareamiento de las bestias. Este es también el sentimiento que tienen con respecto a la sexualidad animal muchos biólogos contemporáneos, que ven en ella una complicación onerosa, difícil de explicar desde el punto de vista de un darwinismo ortodoxo.

Pero si suponemos que la intención suprema de la naturaleza es "hacer al hombre", como dice Elohim en el sexto día, los órdenes precedentes, no teniendo ya en sí mismos su último fin, siendo solamente etapas preparatorias, deben presentar caracteres que no pueden parecer sino absurdos al espíritu, si no se refieren al término definitivo que los explica. Sin esta precaución, no pueden dejar de parecer irracionales, aberrantes, inútiles o lujosos».

Prescindiendo de las más o menos explícitas —y tal vez no imprescindibles— concesiones al evolucionismo, la cuestión está clara.

· Solo el hombre ha sido querido «por sí mismo» en el conjunto del universo visible.

· Solo la sexualidad humana, entre todas las que hallamos en el cosmos, alcanza el estatuto y sentido definitivos de la sexualidad:

- englobar los mecanismos reproductivos en un clima de amor,

- hasta el punto de transformar a ambos —amor y procreación— en dimensiones intrínsecas de esa sexualidad… obviamente enriquecida.

Como consecuencia, desligadas de ese amor, las manifestaciones pseudounitivas de los animales irracionales han de presentarse como carentes de sentido, por cuanto la simple reproducción se llevaría igualmente a cabo, y con mayor economía de medios, sin todo ese acompañamiento.

De lo que resulta que es el amor lo que confiere su significado último a la concreta y determinada modalidad que el sexo adquiere en los individuos humanos (y que deja su «reflejo» en las animales).

Un amor, además, que, por su intrínseca fecundidad, asegura una perpetuación propiamente personal —¡amorosa!— de la raza humana.

 

 * Tomás Melendo Granados

                                                                            Catedrático de Filosofía (Metafísica)

                              Director Académico de los Estudios Universitarios sobre la Familia

                                                                         Universidad de Málaga (UMA), España

                                                                                 tmelendo@masterenfamilias.com

            www.masterenfamilias.com


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29/12/2006 ir arriba
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