1. ¿«Sexo»
personalizado?
En el artículo precedente establecí
una distinción clave entre sexo animal y sexualidad
humana o personal. Ahora querría esclarecer algunas de
las diferencias abismales que marcan semejante
diferencia.
a) Cuestión de método
Pero también señalar un principio
metódico fundamental, al que ya he aludido en varias
ocasiones, pero que con excesiva frecuencia se
desatiende en el mundo contemporáneo; a saber: que lo inferior se entiende a la luz de lo
superior, y no viceversa.
He de reconocer que me agradan,
aunque las estime un tanto duras, las siguientes
convicciones de Denis de Rougemont: «Nosotros, los
herederos del siglo XIX, somos todos más o menos
materialistas. Si se nos muestran en la naturaleza o en
el instinto esbozos toscos de hechos "espirituales",
inmediatamente creemos disponer de una explicación de
tales hechos. Lo más bajo nos parece lo más verdadero.
Es la superstición de la época, la manía de "remitir" lo
sublime a lo ínfimo, el extraño error que toma como
causa suficiente una condición simplemente necesaria.
También es por escrúpulo científico, se nos dice. Hacía
falta eso para liberar al espíritu de las ilusiones
espiritualistas. Pero me cuesta mucho apreciar el
interés de una emancipación que consiste en "explicar" a
Dostoiievski por la epilepsia y a Nietzsche por la
sífilis. Curiosa manera de emancipar al espíritu, esa
que se "remite" a negarlo».
En concreto, y volviendo a nuestro
tema, el sexo animal debería hacerse plenamente
inteligible a partir de la sexualidad humana.
Sin embargo, razones de fondo, como
la asunción relativamente acrítica del evolucionismo, y
otras de tipo práctico, como la mayor facilidad para
analizar el sexo en los animales, llevan a menudo a
tomar como punto inicial de referencia a estos, y a
presentar la sexualidad humana como «un simple sexo
animal, pero enriquecido» (o «sin enriquecer», lo cual
resulta todavía más grave).
Y, aunque es cierto que el estudio de
los animales aporta datos no despreciables para la
comprensión de nuestra sexualidad —por eso, en las
ensayos que siguen, lo utilizaré a menudo como término
de comparación—, no habría que olvidar que la naturaleza
profunda de la sexualidad humana solo
logra percibirse a la luz de la condición personal de
todo hombre, que constituye a su vez un reflejo o
participación de la Trinidad Personal de Dios.
(De ahí, entre otras abundantes
consecuencias, que las investigaciones al respecto
realizadas en los animales no puedan trasladarse sin
más, como a menudo se hace, a los seres humanos).
b) Sexualidad «humana»
Esto me lleva a intentar dejar
constancia de dos aspectos fundamentales:
+ por un lado, algunos de los rasgos
que distinguen y caracterizan la sexualidad humana y su
ejercicio, derivados de su condición personal: lo
llamaré «sexo personal o personalizado»;
+ por otro, en absoluto independiente
del anterior, ciertos elementos de la condición sexuada
de toda persona humana, masculina o femenina.
(No los estudiaré de forma
sistemática y sucesiva, sino intercalando unos y otros,
también por dos motivos:
+ en primer término, porque el modo
de ser y el de obrar, de hecho, se
influyen e interpenetran mutuamente —el ser orienta el
obrar, y el modo de obrar modifica hasta cierto punto el
propio ser—, por lo que sería un error separarlos
al intentar ofrecer una explicación de los mismos;
+ además, porque estimo que de este
modo, entrelazando aspectos teóricos y prácticos, la
lectura podría resultar más amena —«¡no fuera malo!»,
como decían en Castilla—… o, al menos —¡Dios lo
quiera!—, no tan aburrida).
· En
momentos anteriores de nuestro estudio dejé constancia
de una afirmación de gran alcance: todo en el hombre
es humano. Ahora veremos algunos rasgos en los que
se manifiesta la condición humano-personal de la
sexualidad.
Esos caracteres, como es lógico,
derivan y son consecuencia de los dos atributos
principales en los que cabe «resumir» la condición de
persona:
+ por una parte, su dignidad,
estrechamente relacionada con la libertad;
+ por otra, su singularidad, que al
término viene a identificarse con la dignidad —¡el valor
de lo único!—…
- para ponerse así, una y otra, al
servicio del amor.
Muy pronto me referiré a ellos con
cierto detenimiento. Antes querría exponer, de un modo
todavía genérico, las diferencias más de bulto entre
sexo (animal) y sexualidad (humano-personal), así como
algunas de las razones de esta radical desemejanza.
c) Sexualidad y sexo
Como punto de partida, vale la pena
reflexionar sobre este texto de Juan Pablo II: «El
cuerpo humano, con su sexo, su masculinidad y feminidad,
contemplado a la luz del misterio de la creación, no
solo se nos revela como manantial de fecundidad y
procreación, tal como sucede en el entero orden natural,
sino que encierra en sí desde el principio, el atributo
"esponsal", es decir, la capacidad de expresar
el amor: precisamente aquel amor en virtud del
cual el hombre-persona se torna don y actualiza —a
través de semejante don— el sentido mismo de su ser y
existir».
· Amor y
procreación: he aquí el doble lazo
radicalmente constitutivo de la sexualidad humana; lo
que la diferencia, en los dominios de la operación, del
sexo y la genitalidad simplemente animales, relacionados
de modo exclusivo con una sola realidad:
la reproducción.
·
En los animales brutos el sexo tiene una función
meramente re-productora (orientada al mantenimiento de
la especie, mediante la «re-producción» de ejemplares
sustancialmente idénticos).
·
Entre los hombres, muy al contrario, la sexualidad
manifiesta dos novedades:
a) es principio de pro-creación:
capacidad de hacer entrar en el mundo una primicia
absoluta, una persona humana, única e irrepetible, de
ningún modo pre-contenida en realidades anteriores, sino
«extraída de la nada» por el infinito Poder divino y
destinada a introducirse en la corriente de Amor
infinito que el propio Dios constituye;
b) y todo ello como fruto de un acto
exquisito de amor entre un varón y una mujer…, amor al
que los animales son absolutamente ajenos.
Las causas radicales de esta
discrepancia y superioridad son hondas; se sitúan, como
más de una vez he considerado, en el plano del ser.
Con otras palabras: la sexualidad
personal humana ocupa un lugar de excepción en el
conjunto de las realidades dotadas de sexo, porque
también el hombre goza de una muy peculiar constitución
—de un (acto de) ser superior y radicalmente diverso—,
que lo discrimina del resto.
2. Sexo animal…
a) El sexo animal, al servicio de la
especie…
Tomás de Aquino explica esas
divergencias, más menos, como sigue.
+ Entre todos los componentes del
Universo, el individuo humano posee una propiedad en
exclusiva: en él conviven, ordenados e íntimamente
imbricados, materia-y-espíritu o
espíritu-y-materia.
+ En la materia, que lo
asimila hasta cierto punto a las realidades
infrapersonales, encuentra el hombre el origen o
principio —tal vez, mejor, la condición— de
su índole sexuada (que, sin embargo, como ya he indicado
y veremos con más detalle, alcanza e impregna todo
su ser).
+ Y el espíritu que vivifica esa
materia, ausente en los simples animales y en las
plantas, determina la superioridad del hombre en
comparación con los demás organismos provistos de sexo
y, simultáneamente, da razón de las peculiaridades y de
la grandeza de su sexualidad.
· Si
analizamos estos dos datos a la luz de la particularidad
de la persona, con su dignidad y singularidad, podremos
advertir que:
+ en el reino vegetal y animal existe
un nexo indisoluble y biunívoco entre sexo y
reproducción: la genitalidad, con todo lo que lleva
aparejado, es función estricta y exclusiva
de la necesidad que poseen los seres vivos de
perpetuarse;
- todo lo cual nos recuerda algo muy
conocido: lo que en verdad importa entre los animales y
plantas es la especie, a cuyo servicio se
encuentra absolutamente subordinado el sexo… o los otros
medios más simples de reproducción;
+ con palabras afines: es la especie
la que se configura por sí misma como un cierto valor,
mientras que sus individuos se supeditan plenamente a
ella;
- pero la especie no tiene existencia
«separada», al modo de las Ideas platónicas, sino que
solo subsiste en sus representantes singulares;
- y como estos, por su índole
corpórea, son temporales y corruptibles, es preciso que
engendren otros individuos —también perecederos, pero
padres a su vez de nuevos exponentes de la misma familia
biológica—, que aseguren el persistir de la especie.
b)… y sin significado para el
individuo
Por otra parte, considerada en
absoluto, la sexualidad se presenta como una modalidad
imperfecta de la capacidad reproductora, por cuanto
normalmente exige la cooperación de dos
exponentes de la misma especie, de sexo complementario:
+ de ahí la diferenciación sexual, como elemento constitutivo y fundamental de la
mayoría de los animales superiores;
+ y de ahí, también, el denominado
instinto sexual, o de apareamiento, que, en
determinadas circunstancias, conduce inevitablemente a
dos ejemplares de distinto sexo a realizar la cópula.
(Hablo de modalidad imperfecta
dentro de una consideración absoluta porque,
entre otros motivos, al contrario de lo que sucede con
el Padre, que genera por Sí mismo al Hijo,
ninguna criatura de cierto rango es capaz de engendrar a
otras sino con el auxilio de un ejemplar
de distinto sexo.
Pero, al mismo tiempo, como se sabe,
desde una perspectiva relativa, referida solo a
las criaturas, la existencia de sexualidad constituye
una manifestación y una prueba de grandeza, frente a las
realidades que carecen de sexo y cuya reproducción es
asexuada
Con palabras de L. R. Kass: «La
cuestión es que la reproducción [procreación] humana es
sexual no por consenso, cultura ni tradición, sino por
naturaleza. En ella, un hijo es resultado de la
combinación de la naturaleza y el azar.
Es más: solo encontramos reproducción
asexual en formas poco desarrolladas de vida: bacterias,
algas, hongos y algunos invertebrados. La sexualidad
trae consigo una nueva y más rica relación con el mundo:
para el animal sexuado, el mundo no es ya una otredad
homogénea, en parte peligrosa y en parte comestible; es
además el lugar que contiene otros seres especialmente
relacionados con él. Por eso, entre otras razones, el
ser humano es el más sexual —las hembras no atraviesan
momentos puntuales de celo, sino que son receptivas
durante todo el ciclo reproductivo— y el más social, el
más lleno de aspiraciones, el más abierto y el más
inteligente»).
· Ahora
bien, y volviendo a los animales brutos: como estos no
gozan de significado por sí mismos, en cuanto
individuos, tampoco la diferenciación sexual
arroja apenas saldo alguno de valor estrictamente
individual.
+ La pertenencia de cada uno de esos
individuos a uno u otro sexo los marca exclusivamente
en lo que atañe a su función de propagador y
conservador de la especie (con lo que implica de
diversidad de funciones al servicio de la prole); y el
instinto de apareamiento, por su parte, no posee otras
resonancias que la estricta atracción hacia la unión
física con vistas a la generación de nuevos exponentes
de la misma especie.
+ Con palabras distintas, y desde una
perspectiva complementaria:
- como los animales irracionales
carecen de interioridad o intimidad — de
riqueza o de «vida interior», si esta expresión un tanto
figurada resulta más explícita—,
- su adscripción a uno u otro sexo no
deja en ellos casi más señal que la absolutamente
imprescindible para que llegue a cumplimiento la razón
por la que son sexuados: la cópula fértil, que asegura
la reproducción, y el conjunto de actividades
encaminadas a la supervivencia de los recién nacidos.
+ En todo lo demás —y con las leves
puntualizaciones que serían del caso—, los animales de
uno y otro sexo resultan prácticamente intercambiables,
como lo son, de manera más general aún, todos los
individuos de cada familia animal.
3.… y sexualidad
humana
a) De la re-producción a la
pro-creación…
La situación del hombre es
radicalmente distinta.
La «diferencia» podría enmarcarse
dentro de este texto de Tomás de Aquino, comentado por
Cardona: «Por eso, "el alma racional da al cuerpo humano
todo lo que el alma sensible da a los brutos animales,
lo que el alma vegetativa da a las plantas y algo más":
algo más en el sentido de una mayor perfección sensitiva
y vegetativa —en su conjunto orgánico— y en el sentido
de una perfección de orden superior, espiritual».
· Sin
embargo, para captar su originalidad, consideraré
de momento lo que «equipara» al hombre a los
animales brutos. A saber:
+ que el punto de partida de la
sexualidad humana es, en cierto modo y desde la
perspectiva ahora adoptada, el mismo que el de
estos: la necesidad de reproducción;
+ y que esa exigencia deriva, en
efecto, de la componente corpórea del ser humano,
paralela a su carácter mortal.
·
Permanece, por tanto, entre los hombres, con todas las
consecuencias que son del caso, la orientación de su
sexualidad a la conservación de la «especie» (en el
sentido peculiar y un tanto problemático que tal término
tiene entre los humanos: entre los hombre parece
preferible hablar de naturaleza humana que de especie
humana).
· Esto
resulta innegable, y posee amplias repercusiones a la
hora de determinar el modo en que el ejercicio de la
sexualidad es verdaderamente enriquecedor: la unión
sexual humana jamás podrá ser desprovista
voluntariamente de este que cabría definir —por ahora—
como su fin original constitutivo.
· Pero,
informando al cuerpo —y como raíz de su originalidad y
preponderancia respecto a los animales—, el hombre posee
un alma espiritual e inmortal, en virtud de la cual se
configura como persona: es decir, como un fin o un valor
en sí.
En consecuencia, merced a su alma, el
individuo humano no se encuentra en absoluto subordinado
a su especie, sino que, como afirma una tradición
multisecular, vale por sí mismo, tiene
dignidad.
+ Un primer corolario de esta
disparidad básica, que afecta incluso a cuanto de común
hay entre la sexualidad animal y la humana, es el
siguiente:
- Lo perseguido a través de la
generación —y de la cópula que le da origen— no es ya la
simple conservación del linaje humano, y ni
siquiera el dar cumplimiento al noble afán de
perpetuarse los esposos en sus hijos.
- No. Lo que ha de procurarse, cabal
e intencionadamente, es el incremento, la
multiplicación, de las personas
—singulares, concretas, dignas y valiosas por sí mismas—
pertenecientes a la raza humana.
+ Eso es lo que Dios pretende en
relación a los seres espirituales —el hombre lo es en
función de su alma—, y eso es lo que los cónyuges deben
hacer propio a la hora de plantearse los que hoy
conocemos como «paternidad responsable» y a la de
ejercer la unión íntima:
- aumentar, como alguna vez he
sugerido, el número de los seres destinados a mantener
con Dios un diálogo de amor por toda la eternidad;
abrir —en cada unión íntima— nuevas posibilidades de
una felicidad sin término: del surgimiento de una
persona que nunca vendría al mundo (esa en
concreto, no otra) en ausencia de tal relación.
b)… con estricto significado
«personal»
¿Y en lo que se refiere a la
diferenciación sexual y al instinto de apareamiento?
También aquí establece la índole
personal del hombre notables desemejanzas respeto al
simple animal. Ambos —diferenciación e instinto, que en
este caso se configura como tendencia— poseen un
significado rigurosamente personal.
· La razón
de todo ello la acabo de exponer: siendo el hombre un
ser digno y valioso por sí mismo, el sentido de su
sexualidad no puede ser mera y simplemente específico (en
función de…) —eso equivaldría a subordinarlo por
completo, en una de sus dimensiones, a la especie,
ultrajando su dignidad—, sino que ha de dejar su traza
en los aspectos estrictamente individuales y
personales de su ser.
· Por
tanto, lejos de quedar reducida a los estrechos límites
de la función reproductora, aunque tomando pie en ella,
la diferenciación sexual transforma y modula —como ya he
insinuado— hasta los rincones más íntimos de la
persona varón y mujer.
No constituye exageración alguna
[sino que responde a la naturaleza de las relaciones
constitutivas entre materia, forma y acto de ser, según
veremos más adelante] afirmar que es el mismo ser
del hombre y de la mujer el que resulta «sexuado»;
+ y como el ser anima y da vida a
todos los elementos integrantes y al conjunto de las
operaciones de cada individuo humano,
+ habremos de sostener que todo
en este,
- desde lo más exquisitamente
espiritual hasta lo estrictamente corpóreo,
- recibe el influjo de lo que
«originariamente» parece haber surgido —desde la
perspectiva ahora adoptada— en función de la
reproducción y de las dimensiones corpóreas del hombre:
el sexo.
· De esta
suerte, si antes afirmaba que los animales irracionales
eran y se mostraban complementarios exclusivamente
en lo que hacía referencia a su capacidad
reproductora y a cuanto se halla unido a ella; y si
afirmaba también que esta pobreza era debida a la falta
de interioridad de tales individuos —en definitiva, de
profundidad y plenitud de ser—; en este momento,
por el contrario, habré de recordar que:
El hombre y la mujer, merced a su
distinto sexo, se muestran diferentes y complementarios
en muchísimos aspectos de su personalidad: casi, si se
me apura, en toda ella.
+ Por eso hay que insinuar ya, en
relación con la atracción sexual entre los hombres, que
esta incluye, como es obvio, la tendencia al
apareamiento con vistas a la procreación, pero que de
ninguna manera se limita a ella.
+ Es toda la persona de la mujer, en
cuanto mujer, lo que atrae (o debe atraer)
al varón; y es la persona íntegra del varón, en cuanto
tal, lo que atrae (o debe atraer) a la
mujer.
- El varón no solo desea unirse
físicamente a la mujer, y viceversa.
- Cada uno de ellos aspira a conocer,
también pero no solo a través del trato íntimo, toda la
riqueza de una personalidad del sexo complementario, que
cada cual por sí mismo —por su diversa constitución en
cuanto ser sexuado— no puede experimentar.
- Anhela también, en mayor o menor
medida, a tenor del temperamento singular de cada
individuo concreto, verse «envuelto» y como «empapado»
por la afectividad de una persona del otro sexo:
sentirse comprendido, animado, estimulado, protegido e
incluso «orientado» por ella, y experimentar las propias
emociones «sexuadas» que de ahí se derivan.
Y si desea también fundirse
corporalmente con su propio cónyuge, la razón más
profunda de ello es el amor, con su vigoroso
poder unitivo y cognoscitivo.
En términos más amplios, pero
adecuados, expone una autora italiana: «A lo largo de
toda la vida de la pareja, el sexo contribuye a mantener
y reforzar su unión, al tiempo que el amor, a su vez,
facilita la posibilidad de "sentirse" y "sentir al otro"
profundamente. En el intercambio de amor de la pareja,
los gestos del cuerpo, hasta la intimidad de la
genitalidad, pueden comunicar amor, forman parte de la
entrega mutua, de dar y recibir el propio ser; en la
confianza del amor, "comunicamos" al otro nuestros
sentimientos, tales como deseos, placer, dificultades,
satisfacciones, gozos y dolores.
»Por el contrario, si el sexo, en vez
de proporcionar gozo y satisfacción profunda, provoca
constantemente dolor en uno de los dos, es muy difícil
que pueda mantenerse una verdadera unión.
Involuntariamente, en el subconsciente de la persona
afectada se formarán ciertas reacciones psicológicas que
al final tendrán un efecto destructivo sobre las
relaciones de la pareja.
»Por lo tanto, es justo y conveniente
que en la unión sexual los esposos se preocupen de la
sexualidad propia y de la del otro, para que ambos
puedan disfrutar. El término "preocuparse" no debe
significar… observarse —pues esto contribuye a traer la
ansiedad, enemiga mortal de la sexualidad—, sino vivir
simplemente la aceptación del don recíproco de la
persona, como el amor sugiere».
· Los
cónyuges no se unen solo, por tanto,
+ para traer a la vida a un nuevo ser
personal (lo cual ya sería grandioso),
+ ni para experimentar el placer
orgánico que de la cópula deriva (asimismo lícito y
excelente),
+ sino también para:
1) conocer —en y gracias a esa
unión, entre otros muchos modos— la entera intimidad,
espiritual, psíquica y corpórea, de la persona a la que
se entregan;
2) vivir las emociones derivadas
del conocimiento de esa riquísima personalidad, íntegra
y sexuada;
3) actualizar la ofrenda por la
que cada uno de los cónyuges realiza su índole de
realidad destinada al don o a la entrega…
4) y, como más tarde apuntaré,
descubrir y madurar su propia identidad masculina o
femenina, ayudando al cónyuge a hacer otro tanto,
desvelar a través del trato mutuo determinados
caracteres de lo humano, y facilitar la
encarnación en sí y en el cónyuge de los nuevos rasgos
descubiertos.
Con lo que también queda dicho que se
encuentra ligada a la atracción sexual (y como
«vehiculado» por ella) la necesidad intimísima,
configuradora, que el ser humano descubre en sí, de
ofrecerse plenamente, en cuerpo y alma, a la persona de
sexo complementario cuyo ser ha elegido y corroborado,
para ponerse al servicio de su proyecto perfectivo… tal
como veíamos al hablar del amor.
· En este
caso, el nuevo texto de Cardona puede servir más bien
como resumen y fundamento metafísico (no enteramente
inteligible para todos: no importa en absoluto) de lo
dicho hasta ahora y en otras ocasiones, y de parte de lo
que expondré de inmediato:
«La naturaleza humana incluye un
componente material, corporal: el cuerpo. Eso nos
introduce en el tiempo, en el devenir histórico: en
parte, como los seres no espirituales. Y es aquí donde
aparece propiamente la sexualidad.
Pero esta sexualidad, que en los
animales sin alma espiritual es simplemente medio
escogido por Dios para la "reproducción" de la especie y
su permanencia en el tiempo, en los hombres —compuestos
de alma y cuerpo, de materia y de espíritu— adquiere una
dimensión que trasciende el tiempo, una dimensión de
eternidad.
En el hombre, la "reproducción" es
"procreación": es decir, algo que se pone en favor de la
creación: que es privilegio divino, dar el ser. De ahí
que la diferencia "macho-hembra" animal quede
transfigurada en diferencia "varón-mujer": personas
sexualmente diferenciadas, con vistas sobre todo a la
creación de nuevas personas humanas, que es la finalidad
primordial del matrimonio [en cuanto que el amor
conyugal, como sabemos, es normalmente origen de los
hijos].
Eso explica la diferencia, anatómica
y fisiológica, que hay entre el varón y la mujer. Pero
el componente espiritual de la persona humana eleva esa
diferencia también a lo espiritual, originando
determinadas cualidades anímicas distintas en el varón y
en la mujer: distintas para ser complementarias.
De este modo, resulta que, sobre la
participación del ser divino personal que es ya la
persona como tal, se añade ahora una participación
diversificada en el varón y en la mujer, diversificada
para complementarse; esencialmente para constituir
familia: lugar donde, según el querer de Dios, ha de
nacer el hombre y donde puede madurar como persona.
Desarrollarse, alcanzar su plenitud personal, educarse».
c) El sexo animal a la luz de la
sexualidad humana
· Todo lo
que he apuntado, y algo más, lo recoge Cormac Burke en
este pasaje, que remite a la consideración básica que
ofrecíamos al hablar del método de conocimiento de las
realidades —lo inferior a la luz de lo superior—, y que
dará pie a reflexiones posteriores:
«Tradicionalmente se ha tendido a
explicar el instinto sexual, colocándolo dentro de un
marco demográfico; así como tenemos un apetito de comer,
para mantener la vida del individuo, tenemos un apetito
sexual para mantener la vida de la especie.
La explicación vale, pero se queda
corta.
Si el hombre y la mujer experimentan
una profunda ansia de unión sexual es también porque
sienten —cada uno personalmente— un profundo anhelo de
todo lo que va implicado en la verdadera sexualidad:
auto-donación, auto-complementariedad, auto-realización,
auto-perpetuación, en una unión conyugal con el otro».
· Para una
mirada superficial, estaríamos ante una mera cuestión de
perspectiva. Pero hay que tener muy en cuenta que, según
la que se adopte, aparecen regiones de sombra, cuya
explicación se torna ardua.
+ Habitualmente, durante siglos, ha
predominado el punto de vista que, partiendo de la
comunidad existente entre hombres y realidades
infrapersonales, y poniendo el acento en estas últimas,
descubre en el sexo la capacidad de reproducción.
+ Hoy la situación ha cambiado,
aportando, como casi cualquier modificación, ventajas e
inconvenientes. Un resumen muy acertado lo ofrece
Benedicto XVI:
- Ventajas: «La concepción
moderna de la familia, entro otras causas por reacción
al pasado, da gran importancia al amor conyugal,
subrayando sus aspectos subjetivos de libertad en las
opciones y sentimientos».
- Perjuicios: «En cambio,
existe una mayor dificultad para percibir y comprender
el valor de la llamada a colaborar con Dios en la
procreación de la vida humana. Además, las sociedades
contemporáneas, a pesar de contar con muchos medios, no
siempre logra facilitar la misión de los padres, tanto
en el campo de las motivaciones espirituales y morales
como en el de las condiciones prácticas de vida».
+ Centrándonos en los beneficios, y
de acuerdo con cuanto acabamos de exponer, hoy la
primacía corresponde a la consideración del hombre como
persona, en cuanto dotado de un espíritu
que lo discrimina radicalmente de los animales y
plantas.
Y, juzgándola desde allí, nos dice
Jean Guitton, «la sexualidad se presenta como el
medio de realizar el amor [entre el varón y
la mujer en cuanto tales, como he apuntado y explicaré
con calma].
El amor ya no es considerado como una
consecuencia artificial y accidental de la sexualidad:
al contrario, la sexualidad se presenta como un
instrumento favorable para excitar y mantener el amor en
una sociedad formada por seres múltiples, más o menos
comprometidos en la materia y la corporeidad.
Esta diferencia de puntos de vista
desplaza las zonas de oscuridad.
En la doctrina precedente, lo más
difícil de justificar era la sexualidad humana, que
parecía como un brote aleatorio, como una derivación
bastante sutil [que complicaba innecesariamente el
«mecanismo» de la reproducción+.
En lo sucesivo, la sexualidad animal
es aparentemente la más inexplicable, y desde entonces
se nos presenta como un lujo inútil. Si el animal carece
de interioridad, ¿qué significan esas uniones
caricaturescas que no aseguran ninguna simbiosis de los
seres, ninguna comunicación de las conciencias?
Es esta la impresión que podemos
tener cuando observamos el apareamiento de las bestias.
Este es también el sentimiento que tienen con respecto a
la sexualidad animal muchos biólogos contemporáneos, que
ven en ella una complicación onerosa, difícil de
explicar desde el punto de vista de un darwinismo
ortodoxo.
Pero si suponemos que la intención
suprema de la naturaleza es "hacer al hombre", como dice
Elohim en el sexto día, los órdenes precedentes, no
teniendo ya en sí mismos su último fin, siendo solamente
etapas preparatorias, deben presentar caracteres que no
pueden parecer sino absurdos al espíritu, si no se
refieren al término definitivo que los explica. Sin esta
precaución, no pueden dejar de parecer irracionales,
aberrantes, inútiles o lujosos».
Prescindiendo de las más o menos
explícitas —y tal vez no imprescindibles— concesiones al
evolucionismo, la cuestión está clara.
· Solo el
hombre ha sido querido «por sí mismo» en el conjunto del
universo visible.
· Solo la
sexualidad humana, entre todas las que hallamos en el
cosmos, alcanza el estatuto y sentido definitivos de la
sexualidad:
- englobar los mecanismos
reproductivos en un clima de amor,
- hasta el punto de transformar a
ambos —amor y procreación— en dimensiones intrínsecas de
esa sexualidad… obviamente enriquecida.
Como consecuencia, desligadas de ese
amor, las manifestaciones pseudounitivas de los animales
irracionales han de presentarse como carentes de
sentido, por cuanto la simple reproducción se llevaría
igualmente a cabo, y con mayor economía de medios, sin
todo ese acompañamiento.
De lo que resulta que es el amor lo
que confiere su significado último a la concreta y
determinada modalidad que el sexo adquiere en los
individuos humanos (y que deja su «reflejo» en las
animales).
Un amor, además, que, por su
intrínseca fecundidad, asegura una perpetuación
propiamente personal —¡amorosa!— de la raza humana.
*
Tomás Melendo Granados
Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Director Académico de
los Estudios Universitarios sobre la Familia
Universidad de Málaga (UMA), España
tmelendo@masterenfamilias.com
www.masterenfamilias.com
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