Por Tomás Melendo*
Arvo Net, 1.12.06
1.
Sexualidad y perfeccionamiento humano
Como decía en un escrito
precedente, el asunto que vengo esbozando en este
conjunto de ensayos es de tanta envergadura que, por
mucho que lo alargara, siempre quedarían más
cuestiones por tratar —y con bastante mayor hondura—
de las que han hecho acto de presencia.
Por eso, lo aquí expuesto deberá
completarse con otro conjunto de estudios sobre
temas afines.
En cualquier caso, llegados a
este punto, desearía recoger ciertas observaciones
que podrían «redondear» algunos de los temas ya
enunciados.
a) El vigor unitivo de las
relaciones íntimas
Con lo mostrado en las últimas
páginas quedan sugeridos la dirección y el sentido
en que el espíritu, y el amor electivo que de él
surge, enaltecen las relaciones sexuales. De pura
función biológica —aunque con inevitables armónicos
personales—, de medio casi egoísta para el propio
perfeccionamiento —¡que todo podría ser!—, el
ejercicio de la sexualidad se transforma en acción
genuinamente humana, personal, ¡generosa!:
en aquello que cabalmente englobamos bajo el
nombre de amor de donación.
Lo define bien Santamaría Garai:
«El amor personal [el que se alcanza y madura
en el matrimonio] es mucho más que el
enamoramiento. No es solo un proceso espontáneo,
sino que se transforma en una actitud libremente
asumida. El amor, que ha surgido sin intervención de
la voluntad, se convierte en una decisión, tomada
libremente, de entregarse al otro, amándolo tal y
como es y como será, "en la riqueza y en la pobreza,
en la salud y en la enfermedad".
Es un amor con el que acepto a la
persona entera, no solo con las cosas buenas que me
enamoran, sino también con los defectos que me
molestan. Y la acepto como alguien que va a
compartir y condicionar toda mi vida. La quiero, no
por ser así o de la otra manera, sino por sí misma.
La quiero a ella, sin más, y para
siempre. Y le entrego todo, me entrego yo mismo,
corazón, cuerpo y vida entera».
· Pero
ahora me encantaría exponer, de forma todavía más
sucinta, la otra cara de la moneda: el modo y el
grado en que las relaciones matrimoniales
personalizadas —el uso amoroso del sexo— favorecen
el engrandecimiento y la consolidación del amor
conyugal… y el crecimiento perfectivo de las
personas de ambos cónyuges.
Unas palabras de Plutarco,
frescas y desenvueltas como de costumbre —y, también
como de costumbre, necesitadas de algún matiz—,
pueden servirnos de introducción y marco de
referencia.
Leemos en su escrito Sobre el
amor: «La vida con la propia esposa es fuente de
amistad, como si se tratara de una iniciación en
común a los grandes misterios. Pues aunque el placer
dura poco por sí mismo, de él brota día a día un
aprecio, una estima, un afecto y una confianza
recíproca. Y no podemos acusar a los delfios de que
llamen equivocadamente a Afrodita "Armonía", ni de
que Homero califique de "amistosa" una tal unión. Y
es una prueba de que Solón fue un legislador muy
experto en leyes matrimoniales el que prescribiese
que el hombre tuviera relaciones sexuales con su
mujer no menos de tres veces al mes; y ello no solo
por razones de puro disfrute sexual, sino que, al
igual que las ciudades renuevan sus pactos de tiempo
en tiempo, también quería él que hubiera una
renovación del matrimonio mediante tales pruebas de
ternura, liberándose así de las recriminaciones que
surgen con la diaria convivencia».
Entre otras, estas afirmaciones
tienen la ventaja de situarnos derechamente en el
núcleo mismo de lo que pretendo examinar.
+ Pues es frecuente que los
estudios sobre el tema analicen el papel que la
atracción sexual desempeña en el «descubrimiento»
del futuro cónyuge y en el surgimiento de un amor de
amistad o benevolencia, preludio —tantas veces— del
amor conyugal más exquisito.
Y asimismo es normal que señalen
cómo la atracción sexual mutua constituye la ocasión
y el estímulo para el florecer del afecto
estrictamente personal: no en el sentido de que
exista una prioridad temporal del impulso del sexo
respecto al amor —que también pudiera haberla—, sino
en el de hacer ver cómo la incitación recíproca
proveniente de la sexualidad sirve de apoyo y
alimento para el cariño y cómo este afecto
interpersonal, al desarrollarse, hace más penetrante
e intensa la estricta atracción física, sirviendo
esta a su vez, enriquecida, de nuevo cebo para el
amor… en una especie de «círculo virtuoso» o, mejor,
de espiral crecientemente más alta, que no tiene
fin.
+ Pero ya no es tan común que se
pongan de manifiesto los «mecanismos» relativamente
concretos que sitúan el ejercicio del sexo al
servicio del amor electivo entre los esposos. Y son
precisamente esos «resortes» antropológicos los que
pretendo examinar.
b) El crecimiento del amor a
través de la sexualidad
Como telón de fondo, y con lo
estudiado en otros capítulos, no es imposible
percibir que, en virtud de la radical unidad
de la persona humana, el amor
fundamentalmente «espiritual» de los cónyuges (el
que reside o se inicia en su voluntad, que nunca
puede faltar) se verá incrementado en la medida en
que se exprese y continúe en los dominios afectivos
—¡la ternura!, por ejemplo, o las caricias y las
palabras de afecto— y, en su caso, a través de la
unión física.
Estos tres planos (espíritu,
psique, cuerpo) no son independientes: el amor
ejercido y expresado en cualquiera de ellos, incluso
en los inferiores —cuando es verdadero y genuino—,
arrastra consigo los otros dos, que ven casi
automáticamente incrementada su propia capacidad de
amar.
El amor exteriorizado
corporalmente, por tanto, no solo revierte sobre el
campo de la afectividad, que de ningún modo debe
encontrarse ausente de tales relaciones, sino que
también agranda la misma capacidad voluntaria de
querer al otro en cuanto otro: el amor de
amistad o benevolencia, el que suelo llamar amor
electivo y sobre el que enseguida volveré.
i) Sexo sin amor
Un buen número de los principales
tratadistas contemporáneos ha insistido, sin
embargo, en el binomio estrictamente inverso del que
acabo de enunciar: en lugar de exponer cómo las
relaciones conyugales incrementan el amor
voluntario, advierten —no sin razón— que es el acto
de la voluntad, el amor en su sentido más genuino,
el que facilita o incluso toma posible el trato
sexual cumplido.
Al respecto, sostiene Erich Fromm,
nada sospechoso en este extremo: «El amor no es el
resultado de la satisfacción sexual adecuada; por el
contrario, la felicidad sexual […] es el resultado
del amor».
Y prosigue: «Si aparte de la
observación diaria fueran necesarias más pruebas en
apoyo de esta tesis, podrían encontrarse en el vasto
material de los datos psicoanalíticos. El estudio de
los problemas sexuales más frecuentes —frigidez en
las mujeres y las formas más o menos serias de
impotencia psíquica en los hombres—, demuestra que
la causa no radica en una falta de conocimiento de
la técnica adecuada, sino en las inhibiciones que
impiden amar. El temor o el odio al otro sexo están
en la raíz de las dificultades que impiden a una
persona entregarse por completo, actuar
espontáneamente, confiar en el compañero sexual, en
lo inmediato y directo de la unión sexual. Si una
persona sexualmente inhibida puede dejar de temer u
odiar, y tornarse entonces capaz de amar, sus
problemas sexuales están resueltos. Si no, ningún
conocimiento sobre técnicas sexuales le servirá de
ayuda».
Evidentemente, no puedo sino
concordar con cuanto afirman las consideraciones que
acabo de reproducir, aunque también es evidente que
se refieren tan solo a un sector determinado de
problemas y soluciones dentro del amplio marco de la
sexualidad.
Pero ¿y lo que niegan? ¿No parece
rechazar Erich Fromm lo que vengo sosteniendo: que
el ejercicio cumplido de la sexualidad favorece e
incrementa el amor voluntario en su acepción más
genuina?
Tal vez no. Lo que el pasaje
aducido asegura, como fácilmente podría deducirse
por el contexto, es que la mera relación sexual,
desligada de toda actitud amorosa, no solo no
incrementa el amor entre los interesados, no solo no
estrecha e intensifica sus lazos mutuos, sino que
incluso torna imposible el mismo ejercicio acabado
del sexo.
Que es, también, lo que sostiene
Veronese, con alguna puntualización muy pertinente:
«Se puede observar que la causa primera de los
distintos males y dolores que provienen del sexo es
siempre el egoísmo, que trata de separar el
sexo del amor. Cuando el acto que debería expresar
la máxima unión entre el hombre y la mujer y
proporcionar alegría se hace por egoísmo, la persona
se envilece, se apaga el gozo esperado (y poco a
poco, este encuentro puede llegar a ser tolerado con
dificultad por la mujer, o sufrido con repugnancia)
y se destruye la verdadera relación».
El sexo, sin amor, desintegra la
pareja, provocando «una sensación cada vez mayor de
separación, puesto que el acto sexual sin amor nunca
elimina el abismo que existe entre dos seres
humanos, excepto de forma momentánea».
· Al
margen del amor, el sexo inutiliza y desactiva el
propio mecanismo sexual.
ii) Amor expresado a través de la
sexualidad
Pero esto era, cabalmente, lo que
afirmábamos al sostener que, para que reviertan en
una mejora del amor espiritual y afectivo, las
relaciones matrimoniales tienen que ser, a su vez,
expresión auténtica de un amor auténtico.
Entre el acto de ser, el alma y
el cuerpo existe una clara gradación ontológica. Por
ello,
+ si en virtud del carácter
rigurosamente personal de cuanto en el hombre anida,
el amor conyugal debe afectar y ser expresado por
todos los ámbitos de la persona humana —el
estrictamente espiritual o voluntario, el psíquico o
afectivo y los dominios sensibles—,
+ a causa de la jerarquía
existente entre los distintos campos, la
manifestación amorosa en una de las esferas
inferiores quedaría radicalmente falseada si no
fuera como el desbordarse o el concretarse de los
ámbitos superiores.
(Aunque en otro lugar expliqué
que existe también una afectividad espiritual, y,
por considerarlo de capital importancia, incluso
insistí machaconamente en ello, en estos momentos
sigo el uso común que tiende a encuadrar la
afectividad en los dominios psíquicos).
·
Consecuencia inmediata: sin verdadero amor
voluntario (electivo) entre dos personas, la unión
afectiva o el trato físico estarían desprovistos de
su verdad más radical, serían constitutivamente
falsos y, por eso, incapaces de acrecentar el vigor
de las esferas más altas y, ni siquiera, de
ejercerse cabalmente en su propio ámbito.
Afirma Juan Bautista Torelló, con
la autoridad que le otorgan sus largos años de
ejercicio de la psiquiatría: «Una sexualidad
separada del amor, una ejercitación meramente
corporal, no proporciona ninguna experiencia
verdaderamente humana. Con las prácticas eróticas
que una sexología de folletín popularizó sin cesar,
se aprende tan solo a separar lo que únicamente en
el completo don de un yo a un tú, que crea la unidad
definitiva de dos seres humanos únicos e
irrepetibles e irremplazables que se aman, encuentra
significado y plenitud.
¡Cuánta ingenuidad y
superficialidad demuestran muchos jóvenes que se
pavonean de "expertos" en cuestiones "de amor"! Esto
lo saben, por desgracia muy bien, psicólogos,
sexólogos y sacerdotes de nuestro tiempo».
· Por
el contrario, en la medida en que expresen los modos
superiores de quererse, el amor afectivo y el físico
se configuran como estímulo innegablemente eficaz
para el perfeccionamiento del amor radicado en la
voluntad.
· Todo
ello puede verse más claro enfocando el asunto desde
el punto de vista de la unión.
+ Como sabemos, unir o
identificar de manera recíproca a las personas que
se quieren constituye el efecto más noble e
inmediato del amor; es, en cierto sentido, su misma
esencia.
+ Por otra parte, en virtud de la
índole plena y acabadamente humana del amor entre
los esposos, esa identidad tiende a establecerse en
la totalidad de los ámbitos que componen el entero
ser humano: el espiritual, el psíquico o afectivo y
el corpóreo.
Con palabras más comprensibles:
los esposos no aspiran solo a identificar sus
voluntades, su propio querer espiritual, sino
también el corazón (los afectos) y el propio cuerpo.
Y, en la proporción misma en que,
sin falsía y respetando la gradación de planos a que
me acabo de referir, van consiguiendo mayor
identificación en cada uno de esos tres dominios,
aumenta también la capacidad —fácilmente
actualizable— de unión e identidad en los otros dos.
+ La identificación de voluntades
—el querer con, de que hablaba ya Miguel
Hernández— favorece la unión de corazones (de
afectos, emociones, sentimientos) e, incluso, la
estricta unión física, corpórea: la
cópula.
+ La sintonía afectiva, por su
parte, facilita la instauración de un idéntico
querer y torna más fácil y jugosa la unión corporal.
+ Y esta última unión, cuando es
auténtica, cuando está respaldada por un verdadero
amor electivo, incremento ese mismo amor y refuerza
la concordia afectiva.
· ¿Por
qué motivos?
Por el que ya he señalado, y
ahora vuelvo a recordar: la expresión sincera del
amor, necesariamente lo refuerza, lo incremento, lo
acrisola.
+ Mas, en una persona como la
humana, compuesta de espíritu (imperfecto) y
materia, lo que sucede en el espíritu se reviste
tantas veces con los caracteres de lo sensible: el
lenguaje del cuerpo es manifestación de las
disposiciones más hondas del alma.
+ En consecuencia, las
exteriorizaciones sensibles del cariño redundan en
la esfera de los sentimientos y en el amor electivo:
los acrecientan.
Aunque traídas un poco por los
pelos, quiero dejar constancia de un par de
observaciones, especialmente relevantes para los
recién casados y para los esposos con poco tiempo de
rodaje.
Explica Veronese: «En la pareja,
la experiencia se hace poco a poco; y también el
sexo se va aprendiendo así. La experiencia sexual es
un hecho dinámico, que se agrega al movimiento de la
vida, pero eso es siempre nueva, "en la pareja
siempre se ha de construir"; en esa pareja única, es
decir, formada por dos personas únicas, el sexo
encontrará su propia "norma" —que es la que conviene
a esa pareja— en el respeto del amor».
Y añade, con un poco más de
hondura y dificultad: «La vida, y el sexo, que es
vida, no se pueden encerrar solamente en el
conocimiento de la objetividad de los detalles del
cuerpo y de un momento determinado de la sexualidad,
aunque también sea todo esto. Es "también" todo esto
en la relación sexual íntima entre el varón y la
mujer, donde se cumple la finalidad de la
función unitiva o sexual. Pero, para pasar de la
sexualidad del individuo a la unión de dos personas
con un acuerdo entre ambas, incluso también
en la sexualidad, hay todo un camino que
tienen que recorrer a lo largo de la vida, en
el estilo único de cada pareja, indescriptible, y
que hablando todavía objetivamente, podemos definir
como comportamiento amoroso.
En esta relación de amor que une
a las dos personas y se refuerza, se produce una
intercomunicación hecha de palabras, pero también de
gestos y de actos; y, en este caso, la comunicación
tiene lugar, sobre todo, a través del cuerpo».
c) Ejercicio de la sexualidad,
factor de unión múltiple en y entre los esposos
Y no todo acaba aquí. En las
relaciones conyugales en las que prima la búsqueda
del bien del otro en cuanto otro, se lleva a cabo
repetidamente tal identificación de las distintas
esferas implicadas en ese enlace, que por fuerza ha
de crecer —junto con la unidad que constituye su
esencia— el amor de los esposos.
Lo sostiene, en general,
Giulia Veronese: «La experiencia que nos aportan las
parejas que han comprendido la importancia de "vivir
el amor" nos confirma que, cuando la pareja se ama,
el acto sexual en la vida de matrimonio invade,
intensificando su sentido, toda la vida afectiva de
la persona y de la pareja, refuerza su vínculo, la
ayuda a superar las crisis y con ello a abrirse en
la renovación. Se puede afirmar que en el placer de
vivir, que experimentamos a través de nuestro
cuerpo, el placer del sexo "es dado" al
matrimonio como un don especial para reforzar su
unión».
¿A que me refiero yo, en
concreto? De entrada, al hecho bastante
común y comprobable de la inicial falta de
armonía sexual entre los cónyuges en el momento de
la unión.
Prescindiendo incluso de las
diferencias estrictamente individuales, que hacen de
cada persona un caso singular, sin apenas parangón
con ningún otro, de todos es sabido que —por lo
común— el ritmo sexual de la mujer es naturalmente
más lento y modulado que el del varón.
Este, abandonado a su tendencia
natural, persigue más directamente la culminación
del coito, y tiende a dar por terminada la
relación en cuanto ha alcanzado el punto cumbre.
La mujer, por el contrario, posee
una cadencia más acompasada; está más necesitada de
ternura, de caricias que preparen el paroxismo de la
unión, y mantiene el estado de excitación física y
afectiva durante un cierto lapso de tiempo, con
posterioridad al cumplimiento de la cópula.
Sin embargo, es muy conveniente
que esa diferencia inaugural sea anulada: que los
casados acomoden recíprocamente su ritmo al de su
cónyuge, hasta obtener la más plena compenetración
posible.
En un contexto más amplio y con
distintas intenciones, escribe un autor español:
«Por ser un amor total, el amor entre hombre y mujer
no puede ser más que de uno con una y para siempre.
Porque supone incluso la adaptación de las dos
personalidades, de los caracteres y los gustos de
cada uno, que procuran evitar lo que hace daño o le
molesta al otro, reconociendo agradecidos que el
otro está haciendo lo mismo para que la vida sea
agradable, y el amor vaya aumentando sin encontrar
obstáculos.
De esta manera, las
personalidades de los dos cónyuges se van influyendo
y compenetrando. La vida del uno forma parte real de
la vida del otro. Romper esa unión significaría
mutilar la vida interior de cada uno de los
cónyuges, y supondría el fracaso rotundo en la
aventura personal más honda que puede emprender un
ser humano».
· Lo
que ahora querría destacar es que, en la lucha por
conseguir la armonía de las relaciones íntimas, se
favorece también la múltiple y más dilatada
identidad necesaria para los cónyuges, y que no
puede sino agrandar la unión de amor entre los
esposos.
Pues, para que el equilibrio se
instaure, cada uno de ellos debe abandonar toda
suerte de egoísmo y, con el esfuerzo y vencimiento
requeridos en cada caso, buscar decididamente el
bien del otro en cuanto otro.
·
Yendo exclusivamente en pos de la propia
satisfacción, jamás se lograría la afinidad sexual,
tan necesaria para la buena marcha del matrimonio.
1) Con lo que hemos llegado a
una primera e importantísima identificación entre
los esposos: tal vez a la más relevante, por cuanto
que se encuentra en la raíz de todas las demás.
Marido y mujer se hermanan en una
actitud radical y fuertemente
configuradora de sus respectivas personalidades: la
firme determinación de atender con prioridad
absoluta al bien del otro cónyuge, de buscar
con plena conciencia ese bien, de instaurar el amor
electivo... y la consiguiente unión de voluntades (primera
esfera).
2) Pero, enriquecidos y
potenciados por la voluntaria solicitud del bien
ajeno, uno y otra van conquistando —en cada una de
las relaciones íntimas— una mutua atemperación de la
afectividad:
+ el marido se esfuerza por
mostrar sinceramente a su mujer el cariño que siente
por ella, envolviéndola con caricias de ternura, y
sin correr en busca de la propia satisfacción;
+ y la esposa, a medida que va
penetrando mejor en el mundo psíquico de su esposo,
se empeña en ofrecer a este lo que él desea,
envuelto también en la propia ternura, que en ella
nace tal vez con menos esfuerzo: armonía, por tanto,
de los sentimientos (segunda esfera).
En relación al marido, estimo muy
pertinentes los siguientes comentarios de Santamaría
Garai: «La constitución sexual del hombre está
encaminada a la paternidad. Y la paternidad es fruto
del amor. El acto sexual no es un simple medio para
la procreación, sino que ha de expresar
corporalmente toda la ternura de amor que la mujer
necesita. Habría que preguntarse si el ambiente y la
imagen de hombre y de mujer que le ofrece nuestra
cultura permiten al hombre vivir su propio sexo como
instrumento y expresión de la delicadeza y ternura
propias de un amor total».
Y también, aunque resulten un
tanto repetitivos: «El sexo del hombre está hecho
para expresar la ternura del amor. Dicho así, choca.
Y ese choque nos hace reflexionar sobre el sentido
pleno del sexo, y sobre el modo en que el hombre ha
de cuidar y vivir el propio cuerpo. Ha de ser un
cuerpo que sepa amar, que sirva para expresar la
entrega plena y total de la propia persona, que sepa
ser tierno y fuerte a la vez, que sepa expresar
corporalmente los matices profundos y delicados de
un alma enamorada. Pero eso será imposible si la
imagen habitual del propio sexo no es la de
instrumento de amor. Un alma enamorada tiene algo de
artista. Y necesita un cuerpo que sea instrumento
bien afinado, para poder expresar toda la riqueza de
su amor».
3) Por fin, y en la misma
proporción en que el placer físico constituye un
bien deseable, cada uno de los esposos se esfuerza
en proporcionárselo al otro cónyuge en la forma más
noble y jugosa en que los seres humanos pueden
comunicarlo: acompañado y enriquecido por su propio
deleite.
Pues la experiencia lleva a
comprobar gozosamente que, en un matrimonio sano,
incluso la propia delectación corporal se ve
incrementada y enriquecida más por la constatación
de que se la está proporcionando a la persona amada,
que por la egocéntrica experiencia del disfrute
individual.
En cualquier caso, la pretensión
de que los dos esposos gocen físicamente en la
cópula, unida al deseo de que ambos alcancen
simultáneamente su punto culminante, constituye una
armonización del sistema nervioso y, en general, de
las facultades sensibles puestas en juego (tercera
esfera).
Las relaciones conyugales se
configuran, pues, como una escuela inmejorable para
conquistar la identificación plena entre los
esposos: para instaurar un amor que une íntimamente…
sin pérdida de la propia singularidad.
Y es que, como sugería Erich
Fromm, el trato íntimo solo incrementa el amor
electivo cuando él, a su vez, es fruto y expresión
de ese amor.
En tal sentido, podría decirse
que es el mismo amor voluntario el que se engrandece
a sí mismo a través de su manifestación física:
«Lo que se requiere y se desea
para que el acto de unión sea verdaderamente una
acción de unidad —comenta Jean Guitton—, es que
ninguno de los dos seres pase por estados demasiado
diferentes y que lo que es alegría para uno no sea
pena y humillación para el otro. Vemos claramente
que esto no puede realizarse sino con la delicadeza
que tiene algo de sacrificio y es fruto del amor. De
manera que la unidad física de la pareja, más que la
causa, es un efecto del amor».
Y, de nuevo con palabras de
Veronese: «En este proceso de crecimiento y
maduración individual que experimenta la relación de
pareja, durante el ciclo vital, la relación sexual,
en las modalidades de la relación sexual en cada uno
de los actos del repertorio sexual de la pareja, se
carga de significados que trascienden el acuerdo o
el desacuerdo en el plano estrictamente erótico.
Todo aquello que complace más o menos al dar o al
recibir el sexo, las peticiones hechas y denegadas,
los requerimientos concedidos con presteza y
entusiasmo, o los atendidos con esfuerzo y de mala
gana, son modalidades de la relación sexual que, en
su conjunto, constituyen el estilo peculiar de cada
pareja, mientras cada una de por sí dirige de forma
más o menos encubierta, a menudo simbólicamente,
pero siempre significativamente, a la conformidad o
a la discrepancia de la pareja en cuestión que no
son en sí estrictamente genitales.
No cabe duda […] que una
sexualidad satisfactoria, que produce placer físico,
alegría espiritual, crecimiento y madurez,
exige este acuerdo mutuo, es decir, se basa
en el acuerdo acerca del "significado" que se le da
al acto sexual, en la aceptación y valoración no
solamente genital, sino también del compañero
como individuo, como persona».
Cuestión esta última que, en un
contexto más abarcador, confirma Alberoni: «El
enamoramiento se funda en la igualdad y en la
valorización recíproca. Si alguno trata de rebajar
al otro, mata el amor. En el enamoramiento ninguno
debe dejarse poner bajo los pies, dominar,
aprisionar, porque el enamoramiento es paridad y
libertad, y si yo no reivindico mi dignidad y mi
valor, si no defiendo mi personalidad, traiciono no
solo a mí mismo sino también al otro, que me ha
elegido por lo que soy».
d) Nuevos frentes
Señalo todavía, sin ningún afán
de exhaustividad, un par de circunstancias en virtud
de las cuales el trato íntimo se presenta como un
auxilio para el amor conyugal, también en su
dimensión espiritual o voluntaria.
A estas alturas, sería ingenuo
ignorar que la vida matrimonial ofrece su zona de
«sombras». Aunque también sería injusto y poco
humano —y señal de inmadurez— no advertir que tales
sufrimientos compartidos se transforman
inmediatamente en algo gozoso, por cuanto
representan —¡junto con la capacidad de advertir y
hacer acopio de las alegrías y satisfacciones que el
matrimonio lleva consigo!— un elemento insustituible
para incrementar el amor mutuo: y la felicidad no es
más que una consecuencia y, casi, casi una
manifestación, un «termómetro», de la calidad e
intensidad de nuestros amores.
Con todo, las «sombras» resultan
a veces penosas y desgastan psíquicamente… por más
que el espíritu quiera permanecer fuerte y en efecto
lo consiga.
Pues bien, como sugería Plutarco,
cuando se enfoca del modo correcto, el regocijo
derivado de la unión física contribuye en cierta
medida a sobrellevar tales cargas.
En este sentido, Carnot ha podido
asegurar a los esposos: el amor corporal, aun cuando
no lo sea todo, se presenta «…en cierto modo, como
la recompensa del amor. El placer que
sentiréis juntos será merecido por vuestra
fidelidad. Cada cual lo pedirá al otro y cada cual
gozará del placer del otro tanto como del suyo
propio».
·
Ningún escrúpulo para asumir tal convicción:
1) Primero, porque a estas
alturas debería estar más que claro que nuestro
cuerpo es también estricta y rigurosamente
humano-personal, y merece participar, lo mismo que
en los dolores, en el júbilo que proporciona el
amor.
2) Después, porque el regalo
corpóreo no se presenta nunca como un elemento
aislado ni, en los matrimonios vividos
humanamente, se busca por sí mismo:
+ la fruición física, unida
siempre a las más nobles emociones de la afectividad
satisfecha y a los anhelos cumplidos de la voluntad,
y como envuelta por ellos, es un corolario
que se ofrece por añadidura a quienes, también en el
trato íntimo, procuran el bien del otro en cuanto
otro;
+ pero un corolario que
debemos aceptar, agradeciéndolo a Dios, que
ha querido ligarlo al don recíproco pleno.
3) Por fin, y con esto no
hago más que insistir en lo mismo, porque el hombre
es también, efectivamente, su cuerpo; y
acoger lo que este pueda aportar a la vida humana en
su conjunto, y a la vida conyugal en concreto,
instaura una actitud de estricta justicia
para con el Creador: Dios obra maravillas de
eternidad —¡la procreación!—, también a
través del cuerpo. ¡Y hay que regocijarse por ello!
Lo expresa, con ciertos
anacronismos en la dicción, Mauricio Alegre: «Es
legítimo y santo el atractivo del comercio sexual
entre los esposos. Es como un salarlo providencial
de las cargas, con frecuencia penosas, de la
paternidad y maternidad. Es como una señal de
reconocimiento de la grandeza del matrimonio y, en
el matrimonio, de la obra de la carne, para aquellos
que saben mirar con ojos limpios y con rectitud de
espíritu».
·
Añado una última observación, sin olvidar que la
clave del presente apartado y de casi todo el
escrito se resume así: por la especial constitución
sensible espiritual del hombre, las manifestaciones
corporales del amor electivo —parte integrante del
amor propiamente humano y conyugal— contribuyen a
incrementar tal amor.
+ Hay ocasiones en que los
esposos no saben expresar «espiritual e
inteligentemente» —en particular, con la palabra— el
afecto que sienten hacia su cónyuge.
+ En esos casos, la
exteriorización sensible del afecto se convierte en
vehículo insustituible para mostrar e incrementar el
amor más hondo y más puro.
Afirmaba de nuevo Carnot: ¡No lo
olvidéis los casados! El amor corporal «… no es todo
el amor, pero contribuye en gran parte a fortalecer
el dulce lazo de vuestros corazones. Todo lo que
vuestros labios no saben decir, todo lo que desborda
de vuestros corazones, lo expresarán vuestros
besos».
2. Un modo
distinto de engrandecer el amor
a) Integración de amores
Inicio ahora un conjunto de
reflexiones un poco más enrevesadas, pero que
considero interesantes y dignas de unos minutos de
atención.
Recordando lo ya tratado a este
propósito, y sin referirlo todavía expresamente al
matrimonio, la cuestión podría plantearse como
sigue: si el amor constituye «la vocación
fundamental e innata de todo ser humano», el
hombre crecerá como persona en la misma proporción
en que instaure efectivas, intensas y eficaces
relaciones de amor. Con cada una de ellas dilata su
condición personal.
Pero, precisamente porque estamos
ante una realidad finita, en el universo humano
existe un sinnúmero de subespecies del amor,
distintas e incompletas, si se las considera en
sí mismas. El incremento de la categoría
personal del varón y de la mujer se juega, entonces,
no solo en lo que cabría calificar de progresiva
intensificación de los distintos amores, sino en
el enriquecimiento que deriva de integrarlos
en un todo unitario.
· Mas
¿qué es lo que hay que ensamblar?
En concreto, y dejando de lado el
amor a Dios o caridad, las diversas especies de amor
humano se reducen a tres fundamentales:
1) lo que algunos denominan
«afecto», que coincide substancialmente con el amor
natural, en virtud del cual quiero algo en
cuanto en cierto modo es mío o se
asemeja a mí;
2) la amistad, encarnación
suprema —por máximamente libre— del amor electivo,
que nos lleva a querer al otro en cuanto otro,
por su bien intrínseco y constitutivo,
configurándose así como el más elevado género de
amor; y
3) el eros, en su más
noble acepción, resultado de la atracción mutua
entre varón y mujer, que compone habitualmente
el inicio y la fuente del amor entre los esposos.
Dentro del matrimonio, y sea cual
fuere el origen histórico de su amor recíproco, los
esposos han de luchar por alimentarlo, hasta hacer
confluir en él las distintas variedades de amor.
Al eros, que representa su
núcleo diferenciador, tienen que saber sumar todas
las manifestaciones del amor natural, o afecto,
y del amor electivo o amistad.
La presencia del eros, inadecuada
en cualquier otro contexto, confiere una especial
posibilidad de plenitud a la integración del amor
conyugal, y dota de una tonalidad propia a cuanto en
él se incluye.
+ La razón es sencilla:
- por naturaleza, el eros
solo se establece entre dos personas de sexo
diferente y complementario;
- o, apurando pero sin exagerar,
entre dos personas complementarias,
particularmente aptas para componer una unidad (que
no hace desaparecer la personalidad propia de cada
una).
Ahora bien, el eros
constituye la condición de posibilidad de esa
integración, pero no su realización en acto. Para
lograrla, es imprescindible empeñarse por aunar las
diversas clases de amores, bajo la acción primordial
y globalizante de un auténtico amor electivo, que
persigue el bien del otro… por el otro. Solo
entonces encontrarán los cónyuges la total
realización como persona dentro del
matrimonio, y la felicidad que de esa plenitud
deriva.
Y, en todo ello, desempeña un
gran papel el que suele ser efecto de la unión
íntima: los hijos.
f) Incremento del amor «natural»
Más de una vez he explicado que,
cuando surge de un cariño auténtico, el hijo se
introduce en la misma corriente amorosa
establecida entre los esposos. Y, desde este punto
de vista, favorece el incremento y la integración de
«amores» con los que se aquilata la categoría
personal de uno y otra.
Y, antes que nada, del amor
natural. Pues, si cada hijo es fruto efectivo
del amor conyugal —como una suerte de derivación
espontánea de él—, el amor con que los padres lo
quieren constituirá también una prolongación del
cariño que mutuamente se obsequian.
· En
este sentido, querer a cada nuevo vástago es amar
doblemente al otro consorte.
Y como el afecto que a este se le
endereza es, en cierto modo, una manifestación
privilegiada del amor de cada cónyuge hacia sí —ya
que el marido se configura como el más adecuado
complemento del yo de la mujer, y viceversa—,
resultará que a los hijos, igual que al esposo o a
la esposa, se los quiere no como a uno mismo, sino
con un amor numéricamente idéntico al que
cada uno se profesa.
Nos encontramos ante un exponente
originalísimo y particularmente intenso del amor
natural, el de los padres a sus hijos (en
cuanto suyos), que reduplica también,
por las razones apuntadas, el afecto entre
marido y mujer.
Y que, además, hace confluir
ambos afectos —el paterno o materno y el de los
esposos— en un mismo e idéntico amor, que, de esta
suerte, se torna mucho más cabal, completo, unitivo
y perfeccionador de las personas de los cónyuges.
La experiencia de tantísimos
matrimonios bien avenidos podría servir como
confirmación de cuanto vengo refiriendo. El hecho
incontrovertible es que la llegada de cada nueva
criatura incrementa de forma prácticamente
automática —y casi, casi tangible— el amor recíproco
de los desposados; lo que a su vez es una prueba de
que existe una estricta identidad entre el afecto de
los esposos en cuanto tales y el que tienen a quien
es síntesis viva y resultado de ese mismo querer.
Son muchos los padres que podrían
refrendar hasta qué punto cada nueva concepción y
cada nuevo nacimiento supone un aquilatarse y un
tornarse más intenso del amor matrimonial. Se trata
de un acontecimiento que reviste el mutuo cariño con
armónicos siempre inéditos, y en el que —¡siempre
también!— se superan las expectativas.
Siempre. Incluso cuando la
multiplicación de los hijos lleva a prever que el
próximo alumbramiento aventajará con creces al
aumento del aprecio, la cordialidad, el atractivo…
que una experiencia reiterada permite lógicamente
esperar.
(Lo cual lleva también a afirmar,
con toda la comprensión del mundo, hasta qué punto
los celos del marido o la mujer hacia
el hijo por cuya «culpa» él o ella se sienten
desplazados y «menos queridos» por el otro cónyuge
manifiesta, junto con una notable inmadurez y falta
de hondura en la percepción de lo que supone el
hijo… el que probablemente algo anda mal en la
atención recíproca y directa de los
esposos entre sí).
g) Y del amor «electivo» o
amistad
Pero el crecimiento de la familia
gracias a los hijos tiene también otro efecto
posible, y tal vez de mayor envergadura: instaurar
relaciones exquisitamente amistosas entre los
esposos.
Según recuerda una tradición ya
antigua, los hijos componen el bien común de
los cónyuges. Y, de acuerdo con la famosísima
dedicatoria de Miguel Hernández en la elegía a Ramón
Sijé, la amistad se caracteriza precisamente como un
querer con el amigo, que engloba y
trasciende, sublimándolo, al simple quererlo a
él, propio de cualquier amor.
En consecuencia, cada vástago
constituirá un apoyo insustituible para enriquecer
el amor entre los cónyuges con las propiedades
específicas de una auténtica y genuina amistad.
Más despacio. Se advierte a
menudo, con expresiones más o menos idénticas, que
el eros y la amistad se diferencian porque los
amantes no cesan de contemplarse uno a otro,
mientras los amigos acostumbran a mirar juntos
en una misma dirección. Pues bien: en el caso de los
esposos que llegan a ser padres, ambas perspectivas
se aúnan y se potencian de manera recíproca. Y lo
hacen, justamente, en virtud de ese bien común
constituido por los hijos.
+ Cuando marido y mujer dirigen
hacia la prole una mirada conjunta, descubren en
ella —en la común descendencia, y por los motivos
que acabo de esbozar— a la persona del cónyuge y se
vislumbran a sí mismos: puesto que cada hijo compone
la síntesis que resume, en conjunción original y
autónoma, la realidad bipersonal de los esposos.
+ Al mismo tiempo, el hijo es un
ser consistente, autárquico, otro, que
conduce la vista de sus progenitores más allá del
propio yo de cada uno
De ahí que afirme Thibon: «El
hijo, este fruto del amor tan exterior a los dos
seres que lo han creado, este fruto que solo existe
verdaderamente a partir de la hora en que se separa
de la rama, rompe el exclusivismo de la pareja:
sustituye la adoración recíproca, que encadena, por
un fin común, que libera».
Consecuencia: cuando se lo acoge
de la manera adecuada, cada nacimiento hace más
fácil que el afecto y el eros conyugales, sin
desaparecer ni menguar en lo más mínimo, se
enaltezcan hasta alcanzar las cotas de uno de los
más nobles amores de amistad, dotado de gran
vigor unitivo.
Se trata de una verdad reconocida
desde antiguo. Con expresiones de Tomás de Aquino,
«…la causa de una unión firme y estable entre los
padres son los hijos […], ya que estos constituyen
el bien común de ambos, del varón y la mujer,
cuya unión está ordenada a la prole. Pero lo que es
común contiene y conserva la amistad, la
cual, como antes se dijo, consiste también en
comunión y comunicación».
Y, de resultas, se acrisola hasta
lo indecible la solidez y el temple del amor entre
los esposos.
«Los esposos que se aman, aman
todo lo que les acerca y les une. Nada les es común
en el mismo grado que el hijo. Pueden poner sus
bienes bajo el régimen de la comunidad; pueden
llevar el mismo nombre; pueden concordar sus
caracteres; pueden unirles la inteligencia más
cordial; sin embargo, nada les es tan común y nada
les une como el hijo. […] Los esposos unidos
continúan amándose uno a otro en su hijo; encuentran
en él no solo a sí mismos, sino su unión, la unidad
que ellos se aplican a realizar en toda su vida.
Cada uno de ellos reconoce en el hijo el ser que él
ama en un ser nuevo que se lo debe todo y que él ama
también con un amor que no se separa de aquel al que
el hijo debe el haber nacido. El matrimonio
encuentra así, en la paternidad y la maternidad, su
florecimiento perfecto. El niño remata el
enriquecimiento del alma que los esposos buscan en
su unión».
· A
modo de añadido imposible de desarrollar, también
porque sería impropio de nuestro contexto, me
gustaría agregar lo siguiente. Tomás de Aquino,
reflexionando sobre los datos revelados, afirma
tajante que Dios no podía ser sino Trino: dos
Personas, incluso divinas, no resultarían
«suficientes». Y no lo serían, sostiene, porque sin
el surgimiento de una Tercera no se podrían
realizar en plenitud las delicias del amor: es
decir, hacer partícipes del mutuo cariño a otras
personas.
¿Se entiende, entonces, cómo el
advenimiento de la prole confiere un resello
definitivo y hace madurar la estima de los esposos?
· En
última instancia, ni siquiera quien aprende a
conjugar el tú ha conquistado la decisiva perfección
del amor: esta solo se instaura cuando dos personas,
conjuntamente, hacen fructificar su cariño en bien
de un tercero.
· No
yo: esto es obvio; pero tampoco simplemente tú; el
él constituye la clave resolutiva del más alto y
enriquecido de los amores.
* Tomás Melendo Granados
Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Director Académico de los Estudios Universitarios
sobre la Familia
Universidad de Málaga (UMA), España
tmelendo@masterenfamilias.com
www.masterenfamilias.com
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