Por Tomás Melendo*
Arvo Net, 1.12.06
1. Persona,
espíritu, amor
a) La sexualidad, «configuración» del
hombre en cuanto persona
Nos encontramos en uno de los
momentos-clave, y también más arduos, de nuestro ensayo:
aquel en que nos toca considerar cómo y por qué la
sexualidad expresa y da vida a la
condición personal de todo ser humano.
En el instante, por tanto, en que
intentaremos comprender la sexualidad del modo más
correcto posible: observándola desde lo alto…, en cierto
modo desde el propio Dios.
· Aclaro
de entrada, aun cuando me desvíe un tanto de nuestro
tema, que el referirse a Dios entra de lleno en las
posibilidades, e incluso en las «obligaciones», del
filósofo como tal. Si la filosofía es un «saber de
ultimidades», como en ocasiones se la ha descrito; si
pretende descubrir, mediante el uso de la inteligencia,
la respuesta más definitiva de cualquier realidad o
suceso, al término tendrá que encontrarse
con Dios… a no ser que su caminar haya errado el rumbo.
Y también resulta legítimo, en un
escrito concreto, dar por supuesto el
conocimiento de Dios que en otros momentos se ha
alcanzado y considerado.
Ciertamente, la filosofía genuina
parte de la experiencia: y Dios, hablando con propiedad,
no es objeto de experiencia para ningún ser humano.
Pero, como en todos los demás saberes,
no es necesario —¡ni posible!— abordar el
estudio de cada asunto comenzando absolutamente desde el
principio, como si nada se hubiera todavía aprendido.
Ninguna ciencia actúa de este modo,
sino que se apoya en los conocimientos adquiridos con
anterioridad.
De manera análoga, el filósofo tiene
todo el derecho —e incluso la obligación, pues de lo
contrario resultaría muy difícil seguir avanzando en el
saber de la realidad— de indagar sobre una cuestión
tomando en cuenta adquisiciones anteriores propias (o de
otros filósofos, en la medida en que uno, al
comprenderlas, se las ha apropiado).
En concreto, si ya ha obtenido una
cierta noticia de Dios —de su existencia y de su modo de
Ser—, puesto que ese saber, aunque mínimo, será lo que
más ilumine cualquier realidad que pretenda examinarse
hasta sus últimas consecuencias, es perfectamente
legítimo que intente comprender su objeto de indagación
con las luces que el conocimiento de lo divino le
aporta.
(De ahí que los clásicos sostuvieran
que la mejor de las filosofías es la que se realiza
in via iudicii —en el camino en que se juzga
algo con los criterios últimos y de más calibre
alcanzados hasta aquel momento—, complemento necesario
de la via inventionis, o camino de
hallazgo de esos principios superiores.
Y por lo mismo, estas palabras
tajantes de Cardona: «Podemos y debemos hablar clara y
directamente de Dios, en un ámbito de estricta teología
natural, de metafísica del ser. Para esa metafísica —que
es la de Santo Tomás de Aquino, pero no ciertamente la
de la Escolástica decadente y del racionalismo
subsiguiente—, Dios no es simplemente un Ser supremo,
una especie de primum inter pares dentro de una
serie causal. Para la metafísica del acto de ser, Dios
es el mismo Ser Subsistente o Acto Puro de Ser;
personal, infinito, absoluto, esencialmente bueno y
verdadero y libre. Solo esta noción de Dios puede fundar
una ética objetiva, universalmente válida siempre… El
cristiano debe tener el valor inteligente (sin
arrière-pensées) de hablar de Dios. Y el metafísico
debe saber del ser lo suficiente para poder hablar
también filosóficamente de Dios. El abstracto y desvaído
"Dios de los filósofos" es el Dios del racionalismo: y
de ninguna manera el Dios al que la inteligencia
natural, bien conducida, puede llegar. Y es Dios el
único porqué definitivo de toda norma ética»).
Otra cosa muy distinta es
partir de los datos obtenidos y aceptados por la
fe. En tal circunstancia, el conocimiento que se
obtenga, si se actúa con corrección, será sin duda
cierto, pero no debería encuadrarse en los dominios de
la filosofía.
No obstante, en las páginas que
siguen haré uso de ambos tipos de procedimientos, por un
motivo que considero suficiente: el hecho de que resulte
bastante difícil entender a fondo la sexualidad personal
del hombre sin hacer una mínima referencia a la Trinidad
de Personas divinas, donde la índole personal se da en
toda su plenitud.
·
¿Motivos?
En la Trinidad, gracias al
conocimiento brindado por la fe, es donde mejor se
advierte que toda persona es, por emplear una expresión
conocida, un-ser-para-el-amor… y para un amor que
consiste-culmina en la plena entrega de sí mismo.
Resumiendo lo que he comentado otras
veces, y según nuestra pobre comprensión de lo
sobrenatural, el Padre es Persona perfecta entregando
todo su Ser al Hijo, que libremente lo recibe o acoge; y
el Espíritu Santo vendría a ser la síntesis Personal de
esa Entrega-Aceptación, en la que el Amor (así
correspondido) se cumple plenamente.
Para iluminar desde esta concepción
la sexualidad humana, conviene recordar que todo hombre
es una persona finita, limitada, y que en buena medida
esa limitación se concreta en el hecho de que el alma
espiritual que le da vida es un espíritu
imperfecto (por emplear una expresión
aproximada, pero suficiente).
O, dicho con otras palabras, y según
la sugerencia de Tomás de Aquino, que el alma humana
necesita del cuerpo (para empezar a ser y,
sobre todo,) para realizar incluso aquellas operaciones
que le son más propias: el conocimiento intelectual y el
amor de benevolencia, que es el que ahora principalmente
nos interesa.
·
Consecuencia:
El cuerpo es el «elemento»
imprescindible a través del cual el ser humano
expresa o da a conocer su condición de persona y realiza
(o, mejor, completa) su operación más propia: la del
amor inteligente, que culmina en la entrega.
· Lo cual,
visto desde «el otro extremo», significa que ese mismo
cuerpo está constituido de modo que exponga la
orientación del varón y de la mujer al amor recíproco, y
sea capaz de llevar a término, en continuidad con
el alma que lo informa y prosiguiendo su impulso, ese
amor de donación total.
· Y todo
ello cristaliza o toma forma en la sexualidad o, si se
prefiere, en el carácter sexuado del varón y de
la mujer.
b) El cuerpo, expresión de la persona
humana
·
Tradicionalmente, sin embargo, y siguiendo en esto la
orientación aristotélica, se ha puesto más el acento en
que el cuerpo está confeccionado de modo que facilite
las operaciones intelectuales del hombre, dejando un
tanto en sordina su relación con el amor.
No es este el tema que más nos
interesa, además de que lo hemos desarrollado en otro
lugar. No obstante, la exposición quedaría manca si no
se hiciera referencia alguna a esa disponibilidad
corpórea para el conocimiento y cuanto a él se encuentra
aparejado.
Y esto, por dos motivos coincidentes:
+ en primer lugar, es muy cierto que
el conocer intelectual, que permite saber lo que
es cada realidad, constituye una operación
propia y exclusiva de las personas, que en el hombre se
configura de un cierto modo… que hace precisamente
necesaria una disposición también muy peculiar de su
cuerpo;
+ además, y esto resulta todavía más
pertinente, por una de las ideas que deberían quedar más
claras en cualquier estudio sobre la persona humana; a
saber:
- que quien realmente obra es la
persona entera, y no una u otra de sus facultades
aisladas; aunque, lógicamente, según la operación de
que se trate, ponga sobre todo en juego unas potencias
determinadas;
- que en el caso que nos ocupa,
amar, en su acepción más cabal, resulta del
todo imposible sin que intervenga la
actividad propiamente intelectual, el conocimiento del
ser y del bien con el que en cierto modo se identifica:
quien no conoce lo bueno-en-sí (y esto es propio del
entendimiento), sino solo el bien-para-sí, no puede amar
de veras, querer el bien del otro en cuanto otro.
· Pero
ahora nos interesa descubrir, o al menos entrever,
algunas propiedades de la persona humana sexuada… en
cuanto la sexualidad se orienta al amor.
También desde este punto de vista, la
condición sexuada es un requisito que la forma —el alma
humana— «impone» a la materia: al cuerpo. Y, por eso, en
fin de cuentas:
El entero cuerpo humano está
dispuesto (más o menos directamente, según los elementos
de que se trate) de la manera más apta para hacer
posible el amor inteligente.
O, con otras palabras, todos los
componentes de nuestro organismo reciben su explicación
última —con más o menos pasos intermedios—
del hecho de que ese varón o mujer tienen como fin en la
vida el amar razonadamente a los demás seres humanos y,
al término, al propio Dios.
+ Esto se advierte ya, para quien
observa con ojos limpios, en la misma estructura externa
de los cuerpos masculino y femenino.
- Bien mirados, resulta bastante
evidente que el uno está hecho para el otro,
- para que entre ambos pueda
establecerse una íntima unión de amor fecundo (como
veremos después).
Un pequeño apunte, obvio y tal vez no
muy delicado: «Observando, para comprender su
significado, las diferencias que existen entre el hombre
y la mujer en la conformación de su cuerpo se advierte
la precisa complementariedad de sus aparatos genitales,
que nos muestra en primer lugar que la finalidad
primordial y más evidente de este aparato es la unión
entre los dos sexos, mediante la penetración del órgano
genital masculino en el femenino, que está conformado
para acogerlo».
Más simpática y sugerente, al
respecto, es esta breve descripción de Santamaría Garai:
«Si un dibujante quisiera trazar en pocos rasgos la
imagen corporal de la mujer, le bastaría con esbozar el
pecho y las caderas. Una mujer tiene muchos más rasgos
diferenciales, en el ámbito afectivo, intelectual, o
corporal. Pero al dibujante le bastaría con esos dos
rasgos típicos para expresar la imagen corporal de
mujer.
¿Y por qué tiene la mujer ese pecho?
Hay una razón biológica: alimentar a los hijos. La mujer
tiene pechos porque es una posible madre. Si no lo
fuera, no los tendría. Ese rasgo característico de la
imagen de mujer, que es también uno de los motivos que
atrae al hombre, tiene el sentido de ser madre.
Lo mismo podemos decir de ese otro
rasgo que son las caderas. La peculiar forma femenina,
se debe a la necesidad de llevar al crío dentro durante
el embarazo, y a la necesidad de darlo a luz. Volvemos a
lo mismo. La imagen corporal típica de la mujer, por la
que se diferencia del hombre, corresponde biológicamente
a lo que tiene de posible madre»
+ Y se percibe también, de manera
asombrosa, al estudiar la conformación del inmenso
conjunto de órganos —desde el propio cerebro hasta los
que intervienen de manera más directa en la unión
física— que hacen posible las relaciones conyugales, con
el amor y la fecundidad que llevan aparejadas.
(Es aquí, lo digo de pasada, donde
encontrarían su lugar «antropológico» las mil maravillas
estudiadas al exponer la fisiología y el funcionamiento
del «organismo sexual humano», compuesto por la
conjunción imprescindible de lo que respectivamente
aportan el varón y la mujer.
Cuando todo ello se examina a la luz
del amor-fecundo que les da sentido, el asombro de una
sensibilidad medianamente dotada no puede sino crecer y
crecer… sin encontrar nunca límite, como tampoco lo
tienen los descubrimientos científicos al respecto
Así lo expone Benedicto XVI, en
relación con una aspecto concreto del despliegue de la
sexualidad: «Queridos estudiosos, sé bien con cuáles
sentimientos de admiración y de profundo respeto por el
hombre realizáis vuestro arduo y fructuoso trabajo de
investigación precisamente sobre el origen mismo de la
vida humana: un misterio cuyo significado la ciencia
será capaz de iluminar cada vez más, aunque es difícil
que logre descifrarlo del todo. En efecto, en cuanto la
razón logra superar un límite considerado insalvable, se
encuentra con el desafío de otros límites, hasta
entonces desconocidos. El hombre seguirá siendo siempre
un enigma profundo e impenetrable.
Ya en el siglo IV, San Cirilo
de Jerusalén hacía la siguiente reflexión a los
catecúmenos que se preparaban para recibir el bautismo:
"¿Quién es el que ha preparado la cavidad del útero para
la procreación de los hijos?, ¿quién ha animado en él al
feto inanimado? ¿Quién nos ha provisto de nervios y
huesos, rodeándonos luego de piel y de carne (cf. Job
10,11) y, en cuanto el niño ha nacido, hace salir del
seno leche en abundancia? ¿De qué modo el niño, al
crecer, se hace adolescente, se convierte en joven,
luego en hombre y, por último, en anciano, sin que nadie
logre descubrir el día preciso en el que se realiza el
cambio?". Y concluía: "estás viendo, ¡oh hombre!, al
artífice; estás viendo al sabio Creador" (Catequesis
bautismal, 9,15-16)».
2. La unidad
intimísima de la persona humana
a) Unidad «en el ser»
Para advertir con mayor profundidad
la verdad de lo expuesto hasta
ahora y poder extraer algunas consecuencias ulteriores,
resulta conveniente ahondar en el fundamento de la
íntima unidad constitutiva del sujeto humano, que hace
que en cierto modo, en el hombre —mujer y varón—, «todo
se encuentre e influya en todo»: y este fundamento no es
solo lo que suele llamarse unión sustancial,
aunque la incluya, sino algo de mucho más calado, que
podríamos denominar unidad en el ser.
Estamos ante una cuestión delicada y
no fácil de entender. La expondré, no obstante, del modo
más inteligible que pueda, dejando muy claro, como he
hecho otras veces, que su plena comprensión no
es imprescindible para seguir el hilo del escrito; y
que, por tanto, quien no la alcanzara no debe
preocuparse ni por considerar que su preparación es
insuficiente… ni, mucho menos, porque ello le impida
entender lo que se desarrolla más adelante.
Superando, aunque sin negar,
lo que afirmara Aristóteles, la estrecha unidad de la
persona humana y el influjo recíproco de «todo en todo»
no acaban de explicarse con las simples categorías de
forma y materia y con su unión mutua. No se trata tan
solo de que el alma humana sea forma del cuerpo, de modo
que el cuerpo resulte «animado» o «vitalizado», y el
alma «materiada» (expresión que recoge el espíritu de
Aristóteles y que, aplicada al hombre, resulta
incorrecta no solo desde el punto de vista del idioma,
sino también en su significado más de fondo).
Ocurre más bien lo que sigue:
Alma [espíritu imperfecto] y
cuerpo [materia], así como el entero conjunto del
obrar que la persona humana ejerce, participan y
manifiestan el único y personal acto de ser que
constituye radicalmente a cada individuo humano; un acto
de ser que es otorgado por Dios y recibido propiamente
en el alma, y tiene por ello la categoría de un
espíritu, aunque imperfecto, y que el alma a su vez
comunica al cuerpo, elevándolo hasta ese mismo rango
de lo personal (el cuerpo del hombre puede considerarse
—¡porque lo es!— un cuerpo dotado de toda la
nobleza de la persona).
b) La posibilidad de amar con el
cuerpo
Con un poco más de detalle y sin
pretender que se me comprenda a la perfección… o
siquiera que se me comprenda:
La clave para llegar a entender la
grandeza del cuerpo humano y de cuanto lleva aparejado
—como la posibilidad de expresar y dar vida al amor en
las relaciones conyugales—, la ofrece el descubrimiento
tomista del acto de ser (también llamado, en
latín, esse).
Doctrina que, en lo que nos atañe,
podría resumirse con estas brevísimas palabras del Santo
Doctor: «ipsa anima habet esse subsistens […], et
corpus trahitur ad esse eius»: entre todas las
formas substanciales que comunican con la materia, solo
el alma humana posee un ser subsistente, y el cuerpo es
elevado hasta el interior de semejante acto de ser.
O, con expresión todavía más
sencilla: la nobleza del (ser del) alma es comunicada
íntegramente al cuerpo.
Nobleza del alma humana. En
efecto, el hecho de que, una vez creada en el
cuerpo, semejante alma posea un ser que nunca ya
podrá perder, el hecho de que sea un espíritu —aunque
imperfecto—… la sitúa a años luz por encima de las
restantes «almas» (las de los animales brutos y las
plantas, por ejemplo)… que tienen el ser no en sí mismas
sino, por decirlo de alguna manera, «en su conjunción»
con la materia.
De ahí deriva el que cualquier
realidad infrapersonal (animales, plantas, etc.) se
encuentre intrínsecamente sometida a la acción
empobrecedora de la materia: generación y corrupción,
cambio constante, indigencia en el ser con tendencia a
utilizar a los otros en su propio beneficio,
sometimiento a la especie y al conjunto del cosmos, de
los que no es sino una simple «fracción», etc.
Por el contrario, y como también
sabemos, en su calidad de persona, el hombre trasciende
y supera esas condiciones depauperantes. En cuanto no
depende de manera intrínseca y radical de la materia, su
alma es inmortal y constituye un cierto absoluto: vale
por sí misma y no se halla ontológicamente subordinada a
nada ni a nadie, con excepción del Dios-Absoluto… que es
precisamente quien ha hecho de ella un «absoluto», la ha
querido como un fin en sí, y la ha destinado a
una felicidad imperecedera.
· Lo
importante, ahora, es al menos intuir que todas estas
excelencias del alma humana, y bastantes otras que
cabría enumerar, se encuentran como «condensadas» en
y derivan del acto de ser por y en el que Dios
crea a cada una.
Pues el esse es el acto
primordial, la energía primigenia en la que se contiene
y de la que nace toda la realidad, la riqueza
entitativa y operativa (del ser y del obrar), de
cada existente.
+ En nuestro caso, por encontrarse
recibido en una forma espiritual y subsistente, el acto
personal de ser constituye el origen y fundamento
de la dignidad del alma humana, con la sublimidad que le
corresponde.
+ Y el alma da a participar ese
mismo e inefable acto de ser al cuerpo: el mismo ser,
exactamente el mismo, que ella posee.
+ Luego el cuerpo humano es
del mismo rango o calidad (la de la persona) que el
alma.
Con el añadido de que semejante acto
de ser, por el hecho de comunicarse «posteriormente» a
la materia, no solo no decae de su nivel ontológico,
sino que en cierto modo lo ve reforzado: pues,
según ya vimos, el cuerpo viene a colmar las
deficiencias, sobre todo operativas, que para el alma
derivan de su ínfima situación —por debajo de los
ángeles— en la escala de los espíritus.
Por eso afirma Tomás de Aquino que el
cuerpo «trahitur» hasta el acto de ser del alma:
que resulta sublimado y encumbrado, hasta verse
introducido en idéntico grado de realidad, en la misma
excelsitud o dignidad, que corresponde al alma humana.
Se intuye, entonces, que ese
grandioso organismo físico, vivificado en último término
por el mismo y dignísimo acto de ser del que
participa «primero» el alma, sea capaz de repercutir con
extraordinaria pujanza en la consolidación y en la
fecundidad del amor básicamente espiritual
de las personas: que el cuerpo pueda colaborar en el
amor fecundo y unitivo, y en la felicidad, radicalmente
espirituales.
· En
resumen, cuanto he esbozado:
+ hace posible concebir que el cuerpo
del hombre participa de la mismísima dignidad que
su alma;
+ explica también cómo la condición
personal sexuada puede comunicarse hasta los
extremos más «lejanos» de la propia materia y hasta el
acto en apariencia más insignificante realizado «a
través de» o «con» el cuerpo;
+ y, lo que todavía goza de mayor
relevancia, según veremos, permite discernir por qué las
actividades y los gestos corporales poseen la capacidad
de revertir sobre los dominios del espíritu,
incrementando, por ejemplo, la intensidad y el temple
del amor voluntario y de la felicidad propiamente
humana.
O, dicho de otra manera: precisamente
porque el ser es unitario y da vida a todos los
elementos constitutivos y a todas las acciones de cada
hombre, la voluntad, la afectividad y la actividad
estrictamente física actúan en perfecta continuidad e
interdependencia: de manera que el ejercicio de cada una
de esas funciones se ve favorecido por el desarrollo
equilibrado de las restantes y, cuando existe esa
armonía, revierte sobre ellas, perfeccionándolas.
Volveré sobre estos temas.
c) La necesidad de amar con el cuerpo
Si hasta el momento he intentado
fundamentar que el cuerpo humano es capaz de amar,
empleando dicho verbo en su sentido más propio y
elevado, en este nuevo parágrafo explicaré el
complemento necesario de semejante afirmación: que el
alma humana resulta incapaz de amar
plenamente sin el auxilio del cuerpo.
Según explica Ruiz Retegui, «la
donación personal se hace fecunda a través de la
mediación de la corporalidad, que es condición de
posibilidad, de modo análogo a como la alegría del alma
se expresa en el rostro personal a través de la
mediación material del músculo adecuado».
La razón más de fondo, de estricta
índole ontológica, es que el amor humano resulta
doblemente participado y, por ello, para «cumplirse»
como amor, requiere de la cooperación o ayuda de
realidades y funciones… inferiores y en cierto modo
derivadas de él.
· Estamos
ante una consecuencia de lo que afirmaba páginas atrás,
y que ahora prosigo brevemente.
+ El alma humana es, entre todas las
realidades espirituales, la que ocupa un rango más bajo
en la escala de los seres, la que posee menor densidad o
categoría ontológica.
+ Por tanto, el cuerpo, lejos de
añadirse como un apéndice que adviniera de forma
extrínseca, se encuentra exigido por el alma —es
propter eam: para ella—, y la sirve con el
fin de que esta supere su relativa debilidad y pueda
ejercer todas aquellas acciones que le son propias, pero
que no lograría ejecutar sin ayuda de la materia.
El cuerpo no solo constituye la
manifestación visible del alma que lo anima, sino
también el complemento requerido por ese espíritu
«menos perfecto» para poder desplegar toda su actividad
y componer así una persona (esencialmente) «completa».
Resulta lógico, entonces, que coopere
en todas las actividades propias de las personas y, de
manera muy especial, en aquellas por las que expresan y
consolidan ese amor recíproco en el que consiste su
propia sustancia. Aun dotada de más categoría que el
cuerpo, el alma requiere ineludiblemente del apoyo que
este le proporciona.
Para entender esta que suelo llamar
«ley primordial de la participación», y que ya nos es
conocida, la relación entre sensibilidad e inteligencia
resulta esclarecedora.
+ También en este ámbito lo inferior
se pone al servicio de lo superior, pero ofreciéndole un
auxilio tan indispensable que, sin él, el elemento más
noble sería incapaz de ejercer su propia operación.
+ En efecto, a pesar de su
indiscutida superioridad, ni en su adquisición ni en su
ejercicio posterior puede el entendimiento humano pasar
al acto de conocer sin el auxilio de la sensibilidad (al
menos, de la interna): es decir, de algo que, siendo
claramente de menor categoría que él desde el punto de
vista ontológico y operativo, completa sin embargo su
relativa indigencia.
· Pues una
cosa muy parecida sucede con la voluntad humana.
+ El acto de querer, como afirmación
del ser y búsqueda de la plenitud del otro, constituye
el núcleo del amor humano, y el fin de la persona toda,
puesto que sin ese «querer» las obras externas se tornan
vanas.
+ Pero, a su vez, el «amor» solo
voluntario o espiritual, se revela insuficiente. El
simple querer de la voluntad, aun cuando no fuere
veleidoso, resulta en la mayor parte de los casos
ineficaz: tiene que «continuarse» a través del imperio
que la voluntad instaura sobre las demás potencias,
incluido el entendimiento, y con las que efectivamente
«construye» y «confiere el ser» a los bienes que
pretende ofrecer a la persona amada.
Toda la grandeza del trabajo, por
ejemplo, deriva de este configurarse como una
prolongación operativa del querer amoroso —el trabajo es
«amor participado»— y de contribuir a la vez a hacer más
pleno, más acabado y más total el querer voluntario: sin
esa eficaz operatividad que «elabora» el bien para los
demás y amorosamente se lo brinda, el «querer» de la
voluntad humana no alcanzaría la eminencia e
integridad propias de los amores plenos y auténticos.
Y algo análogo, aunque todavía más
hondo, habría que decir del amor conyugal —del que
enseguida nos ocuparemos— al comparar ese amor, como
querer de la voluntad que busca el bien para el cónyuge,
y el uso amoroso de la sexualidad humana, con el que ese
amor «da vida» a uno de los bienes más preciados del
matrimonio —los hijos—, a la par que trasciende su
índole de amor meramente voluntario y se «completa»,
originando un amor personal —de la persona toda—,
un amor íntegro y cumplido.
En condiciones normales, si no se
expresa y consuma físicamente mediante las relaciones
íntimas, el amor conyugal —que confiere a ese trato todo
su sentido— no alcanza a conquistar la plenitud unitiva,
ni la fecundidad, a que se encuentra llamado.
· Pienso
que no es difícil de entender: igual que el alma —por su
particular finitud— necesita del cuerpo para desplegar
el conjunto de operaciones que virtualmente contiene, el
amor matrimonial, anclado en la voluntad, requiere del
concurso del cuerpo para madurar precisamente como
amor (conyugal)… y para hacer efectiva la fecundidad
virtual que lo caracteriza en cuanto «tal tipo de» amor.
Gracias al concurso del cuerpo, el
amor conyugal incrementa su poder de unificación y la
felicidad con él emparejada: se torna más completo, y
contribuye al incremento de la felicidad de los esposos.
Lo confirman, con ciertos
tecnicismos, los siguientes juicios de Caffarra:
«Ya se ha visto que una de las
diferencias fundamentales entre el espíritu y la materia
es que el primero "puede de alguna manera llegar a ser
todo", o sea, puede entrar en comunicación con algo
distinto de sí sin destruir la alteridad. Por el
contrario, la materia puede ser solo lo que es y es
incapaz de instituir una relación con lo otro en cuanto
otro. En otras palabras, solo el espíritu es capaz de
entrar en una relación de comunión, mientras que la
materia está inseparablemente constreñida dentro de sí
misma. Se podría decir que el espíritu es universal:
unum versus alii; que la materia es solo individual:
dividida de cualquier otro.
La "paradoja ontológica" de la
persona humana es que es unidad sustancial de
materia y espíritu. […] La unidad sustancial hace que
si, por una parte, el cuerpo llega a ser capaz de
expresar el don de la persona en su subjetividad
espiritual (el cuerpo "lenguaje de la persona"), por
otra, el espíritu (humano) encuentra
exclusivamente en el cuerpo la posibilidad de
expresar el don de la persona. Reflexionemos atentamente
sobre este segundo aspecto de la comunión entre las
personas humanas: el cuerpo base imprescindible
del don».
* Tomás Melendo Granados
Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Director Académico de los
Estudios Universitarios sobre la Familia
Universidad de Málaga (UMA), España
tmelendo@masterenfamilias.com
www.masterenfamilias.com
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