En el artículo anterior consideré las dos
raíces constitutivas de la superioridad del sexo humano
sobre el de todas las realidades sexuadas. Esas dos causas
radicales son:
i) el espíritu que anima al
ser humano, y
ii), de manera derivada, el amor
que de tal espíritu surge.
Analizaremos ahora brevemente algunas de
las consecuencias que brotan, para la sexualidad humana, del
hecho de encontrarse incardinada en un ser espiritual y
ejercerse en un clima exquisito de amor interpersonal.
1.
Esenciales o constitutivas
Las primeras, las que nacen de su
relación con el alma espiritual, podemos calificarlas como
propiedades esenciales o, quizá mejor,
constitutivas.
Sabemos que la sexualidad es
en el hombre diferente y muy superior al sexo meramente
animal. Y que sus discrepancias y preeminencia se encuentran
determinadas por los caracteres que distinguen al espíritu
de la materia: se configuran como una cierta participación
de tales rasgos.
Ahora bien, las notas fundamentales por
las que un ser espiritual se eleva abismalmente por encima
de cualquier realidad inferior pueden reducirse a dos, bien
conocidas:
+ por una parte, su intrínseca y
constituyente dignidad (que la sexualidad manifiesta,
como antes apunté), a la que va ligada la libertad;
+ por otra, su pronunciada
singularidad, su índole irrepetible, que la dota,
como sabemos, de mayor capacidad de comunicación.
Como consecuencia, estas dos
prerrogativas se hallan participadamente en la
sexualidad humana, por el hecho de ser la sexualidad de un
compuesto de espíritu (imperfecto) y materia: lo que a veces
se denomina, de modo no excesivamente correcto, un «espíritu
encarnado» (más bien: un espíritu-imperfecto y,
como tal, necesariamente encarnado; o, mejor aún: un
compuesto de un alma —o forma sustancial— espiritual y de un
cuerpo adecuado a ella).
a) Libertad de la sexualidad humana
La libertad, en su sentido
más propio, afecta al sexo (para elevarlo) en
mucha mayor proporción que a los demás instintos —o
tendencias— inscritos en el hombre. Lo que constituye una
nueva prueba de que la esfera sexual del ser humano se
encuentra más íntima y estrechamente incorporada a las
dimensiones estrictamente espirituales (o personales) de la
persona; o más bien, que las dota de una característica muy
peculiar, de modo que toda la persona humana
es intrínseca y constitutivamente sexuada, como persona
masculina o femenina.
Y de ahí que las tendencias sexuales
resulten, como acabo de sugerir, las formalmente más
libres, por encima de otras inclinaciones.
Como la libertad «señala» y caracteriza a
la persona en cuanto tal, lo más personal resulta más libre,
y lo menos personal, menos libre.
· Y, así, a la
hora de satisfacer las necesidades de comida y bebida, el
hombre puede ejercer una cierta libertad, que lo discrimina
ya de los animales inferiores.
+ No solo tiene la posibilidad de elegir
entre los variados tipos de alimento, sino que, además, y en
última instancia, es capaz de sustraerse a la solicitación
del apetito, y abstenerse de probar bocado o de ingerir
líquido alguno, aun cuando el hambre o la sed sean
acuciantes.
+ Pero esta libertad, relacionada con el
instinto de conservación, es relativamente escasa, pues
tiene un límite muy claro:
- el hombre no puede decidir dejar de
sustentarse más allá de un determinado lapso de tiempo, so
pena de que la «dieta» acabe por afectar gravemente a su
salud o, incluso, le acarree la muerte;
- en lo que atañe a la nutrición, el ser
humano participa escasamente de la libertad de su propio
espíritu, quedando en parte aherrojado por las leyes que
determinan el dinamismo de lo estrictamente biológico.
Lo cual es un índice, como acabo de
señalar, de que la tendencia a comer y beber afecta menos a
la persona en cuanto tal, en cuanto persona, y resulta menos
impregnada de «personeidad» —menos personal— que el
ejercicio de su sexualidad… que por eso participa más de las
condiciones estrictamente personales.
Soy consciente de que me repito en este
extremo, pero resulta imprescindible ir dejando claro hasta
qué punto la condición sexuada es constitutiva de la persona
humana.
· Con el sexo
no ocurre lo mismo: la sexualidad humana es mucho más
libre que el resto de las tendencias que se dan en
el hombre.
+ Por naturaleza, este tiene la capacidad
de ejercerla con relativa independencia de sus impulsos, sin
que ello —a pesar de cuanto se haya dicho en contra—
provoque la más mínima perturbación de su equilibrio vital y
psíquico.
+ El ser humano puede conservar
enteramente la plenitud de su salud y su vida, aun cuando se
abstenga de llevar a cabo la unión sexual en esta o aquella
circunstancia o, incluso, de manera absoluta: la renuncia
completa al uso de la genitalidad no constituye la más
mínima traba para su desarrollo físico y psíquico.
Utilizando adrede términos de origen
freudiano, para que sus afirmaciones resulten más netas,
sostiene un experimentado psiquiatra, con muchos años de
vuelo en la Europa Central: «La observación libre de
prejuicios del comportamiento humano ha hecho posible que la
psicología más reciente reconozca que la represión del
instinto es tan humana y natural como la satisfacción del
mismo, y que la una y la otra son causa de salud o
enfermedad, de serenidad o de inquietud, de placer o de
disgusto, según la relación que mantienen con la entera
escala de valores específicamente humanos. Respecto al
llamado "instinto" sexual, tiene el "amor" un papel
decisivo: la continencia "por amor" produce calma y libertad
de espíritu, lo mismo que la relación sexual llevada a cabo
también "por amor". La disposición íntima de la persona, que
plasma y colorea el mundo entero, se traduce en las
relaciones interpersonales y, especialmente, en el modo de
ser y de existir-con-el-Otro-del amor».
Conclusión: por estar más estrechamente
asociada al dinamismo espiritual del individuo
humano, por participar más estrictamente de ese tipo de
alma, la sexualidad se reviste con las prerrogativas propias
de semejante espíritu, entre las que destaca —como acabamos
de ver— la libertad.
b) La sexualidad humana, orientada hacia
la persona singular
Pero lo mismo ocurre con la singularidad.
La sexualidad humana madura es,
siempre, una sexualidad personalizada, singularizada:
concentrada en una persona particular y única.
· Y en esto se
diferencia también, abismalmente, de lo que ocurre en las
realidades inferiores.
«En el mundo animal —nos dice de nuevo
Jean Guitton—, la selección no se realiza
atendiendo a la interioridad. Cuando el lobo devora a la
oveja o se aparea con la loba, solo necesita que se hayan
cruzado en su camino. Es la oveja general la que le
interesa, y no esta determinada oveja, la loba y no una
cierta loba. Y así sucedería en el hombre si este fuera solo
un animal más refinado».
Al no serlo, el sujeto humano tiene la
posibilidad —y el deber— de personalizar el uso de su
sexualidad: singularizarlo y ejercerlo en un exquisito clima
de amor, que culmina en la entrega para siempre a una
sola persona del sexo complementario (hasta el punto
de que, hablando en rigor, para quien está verdaderamente
enamorado las demás personas de ese otro sexo acaban por
«desaparecer»… en cuanto sexuadas: en cuanto tal,
solo existe una).
Se trata de una cuestión explicada con
gran profundidad en la cita que sigue: «La persona es un ser
que vale en sí y por sí, es un todo en sí y por sí,
no es parte de un todo del cual derive su valor.
Metafísicamente hablando, no forma parte y no puede "formar
parte" de ninguna serie. La especie humana existe solo para
la biología. Desde el punto de vista metafísico esta
realidad no existe: existe la "naturaleza humana", que no es
la misma cosa. En este sentido, cada uno de nosotros, cada
persona, es un "unicum". Esta "unicidad" debe
ser reconocida a toda persona: a la propia y a la de
cualquier otro. Es el precepto ético fundamental o norma
personalista: "ama al prójimo como a ti mismo".
Sin embargo, una vez descubierta esta
particularidad de la persona, una vez advertido que cada
persona es distinta de otra, irrepetible e insustituible,
resulta espontáneo preguntarnos: ¿No exige esta singularidad
una correspondiente forma de reconocimiento? ¿No
debería haber una forma de reconocimiento del todo
excepcional y única? ¿Única y excepcional porque es dada a
una persona singular y no a otra? Ahora bien, si
reflexionamos seriamente sobre la experiencia del encuentro
sexual, vemos que implica, como su fuente última,
precisamente esto: el reconocimiento del otro. La unidad en
la carne, en el cuerpo, apunta a este reconocimiento
(es su intentio); lleva en sí mismo esta
finalidad.
Unicidad del otro y, por tanto,
imposibilidad de sustitución: "tuyo/tuya para siempre"
puesto que ningún otro podrá tomar tu puesto. Esta es la
definición misma del matrimonio monogámico e indisoluble en
su íntima esencia ética».
También en este caso se advierte una
mayor interiorización de la tendencia sexual respecto a los
instintos inferiores. Porque, continúa Guitton, «cuando
queremos alimentarnos no distinguimos entre tal o cual
perdiz, tal o cual trucha. El paladar más delicado distingue
la cosecha y acaso el plantío, pero no el viñedo ni el
racimo. La individualidad de la materia se nos escapa, y nos
contentamos con el pan y el vino como el lobo se contenta
con la oveja. Y lo mismo ocurriría con la generación si el
hombre no fuera espíritu y libertad antes de ser carne».
· Como lo es,
por el contrario, la sexualidad puede ser personalizada. Y
ello va unido a la libertad que la configura
intrínsecamente, en virtud de su incardinación en un ser
espiritual:
Precisamente porque no estamos
obligados a ejercer nuestra genitalidad ni a entregar la
sexualidad a ningún individuo determinado (porque no
respondemos a un instinto, sino a una tendencia: por lo
tanto, controlable), podemos libremente escoger el
término personal, intransferible, de ese ejercicio y de ese
don; está en nuestras manos personalizar la
sexualidad.
c) Libertad y singularidad «sexuales», al
servicio del amor
Y, como consecuencia de tal
personalización, el sexo es capaz de participar activa y
abundantemente en el dinamismo constitutivo del amor:
Podemos amar también con el sexo,
comunicarnos o entregarnos gracias a él, elevándolo
infinitamente por encima del ejercicio que del mismo hacen
los animales irracionales.
Debido a su pertenencia a ser espiritual,
la sexualidad humana puede transformarse, formalmente, en
don, en culminación de la entrega propia del amor.
En relación con este extremo, conviene no
olvidar lo que ya vimos: que amar era corroborar en el ser a
la persona querida, con todas las consecuencias que esa
confirmación lleva consigo; y que consistía también, desde
una perspectiva casi coincidente con la anterior, en elegir
el término de nuestros anhelos, ratificarlo en su estricta
individualidad irrepetible… y entregarse a él de por vida.
Víctor Frankl lo recuerda con palabras
claras, que constituyen un cierto eco de cuanto estudiamos
al hablar del amor.
«El amor —nos dice— no tiene nada que ver
con un compañero anónimo de relaciones instintivas;
por ejemplo, un compañero que se puede cambiar a menudo por
otra persona que tenga propiedades idénticas.
En el caso del individuo elegido
instintivamente no se busca a la persona, sino un tipo
(...). El compañero en una relación puramente instintiva
(también el compañero en una relación social) es más o menos
anónimo.
En cambio, al compañero en una relación
de amor verdadero se le trata como una persona, se le
considera como un tú.
Por tanto, podríamos decir que amar
significa poder decirle "tú" a alguien; pero no solo esto,
sino poder decirle también "sí": esto es, no solo
aprehenderlo en toda su esencia, en su individualidad y
unicidad, tal como hemos dicho anteriormente, sino aceptarlo
en todo lo que vale.
Así pues, no consiste en ver solo el
"ser-así-y-no-de-otro modo" de una persona, sino en ver al
mismo tiempo su 'poder-ser', esto es, ver no solo lo que
realmente es, sino también lo que puede ser o lo que deberá
ser.
En otras palabras, citando una hermosa
frase de Dostoiievski: "Amar significa ver a la otra persona
tal como la ha pensado Dios"».
Y, al advertirla según el boceto divino,
surge en nosotros el impulso razonable, sumamente generoso,
de ponernos radicalmente a su servicio: tiene lugar la
entrega, resello conclusivo de la corroboración del ser.
Pues bien, el sexo humano puede hacer
todo eso, puede decir un «tú» y un «sí» plenos, radicales, y
puede entregarse, en la misma medida en que, por pertenecer
a una realidad espiritual, obtiene la posibilidad
esencial de ser personalizado.
Pero, para que efectivamente actúe de esa
manera, para que pronuncie el «tú» y el «sí» que corroboran
a la persona querida (en cuanto sexuada), se requiere que,
existencialmente, en la vida diaria, se encuentre
englobado bajo una corriente cardinal de amor libérrimo.
Solo con esa condición la sexualidad
humana se verá enaltecida y elevada, hasta integrarse en la
actividad más noble y definitiva que puede realizar la
persona: el amor, en el que el hombre y el sexo
conquistan definitivamente, y actualizan, su intrínseco y
constitutivo carácter terminal de don.
Y ahora podríamos preguntarnos: ¿cuáles
son, existencialmente, en el discurrir de cada
día, los requisitos que permiten hablar de una sexualidad
personalizada, ejercida por amor, de una sexualidad
transformada o capaz de trasformarse en don?
Cabría deducirlos, una vez más, de la
definición aristotélica que nos sirvió de punto de partida
en nuestros análisis del amor. Amar, decía entonces, es
«querer el bien para otro».
· Ahora bien,
en la sexualidad humana —y en lo que a este punto respecta—
podríamos reseñar tres componentes:
+ el placer que acompaña al ejercicio del
sexo;
+ la atracción, fundamentalmente
psíquica, por la que se tiende a completar la propia
indigencia con la ayuda de la persona del sexo
complementario que se ha transformado en el propio cónyuge;
+ y el amor hacia esa misma persona, que,
por su carácter conyugal, inclina a hacer completa la
donación a ella: en el alma y en el cuerpo.
De esos tres elementos, los dos primeros
miran fundamentalmente a la propia satisfacción y
cumplimiento, mientras que solo el tercero —el amor
electivo— instaura con vigor la «dialéctica del tú», afirma
radicalmente al otro… y nos hace salir de nosotros mismos y,
así, crecer y desarrollarnos.
(Curiosamente, como hemos visto en otros
momentos, la gran paradoja de la condición de la persona
—que solo vive en plenitud al des-vivirse— también está
presente aquí: de modo que, cuando en la unión íntima
alguien persigue el propio contentamiento —placer y consuelo
emocional, por resumirlo en un par de expresiones— no
es cuando propiamente da pie a la propia mejora y
felicidad; sino que esta tiene lugar, al contrario, cuando
el fin de nuestros actos es el amor al otro en cuanto otro:
la búsqueda de su bien, en las diferentes
modalidades que adopta en la unión íntima).
De nuevo con palabras de Benedicto XVI,
«la promesa más profunda del "eros" puede madurar solamente
cuando no solo buscamos la felicidad transitoria y
repentina. Al contrario, encontramos juntos la paciencia de
descubrir cada vez más al otro en la profundidad de su
persona, en la totalidad del cuerpo y del alma, de modo que,
finalmente, la felicidad del otro llegue a ser más
importante que la mía. Entonces, ya no solo se quiere
recibir algo, sino entregarse, y en esta liberación del
propio "yo" el hombre se encuentra a sí mismo y se llena de
alegría»).
Por eso «querer el bien para otro» lleva
consigo, en este caso, articular los tres ingredientes
recién enunciados de manera que el más noble y altruista —el
amor voluntario— se constituya en motor y guía del afán de
complementación y del placer derivado de la cópula.
· Y el
peligro, lo que impediría la personalización existencial,
radica precisamente en que esa necesaria jerarquía puede
desintegrarse, de modo que el placer se transforme en único
móvil de la vida conyugal o sexual, o que, trascendiendo
levemente esa perspectiva, en el trato matrimonial se busque
en exclusiva el propio contento o la propia perfección como
persona.
En ninguno de estos dos casos podrá
decirse que «se quiere el bien para otro».
¿Cuándo, por el contrario, puede
establecerse fundadamente esa afirmación? Antes de avanzar
una respuesta, querría hacer una observación casi
innecesaria: los dos integrantes del uso del matrimonio que
el amor ha de supeditar a sí, personalizándolos, en modo
alguno deben ser calificados como ilegítimos ni, en
consecuencia, han de quedar excluidos de la vida conyugal.
Cada cual es bueno —en el sentido
más cabal de este término— en su propio orden. El deseo de
la propia plenitud es bueno, además de inevitable; el placer
derivado del coito es bueno, además de natural.
Pero ambos, para personalizarse, han
de ser reducidos a la categoría de corolario: esto es,
subordinados al amor personal, a la búsqueda lúcida y
voluntaria del bien del otro en cuanto otro. Por otra parte,
los bienes más altos no deben someterse a los de menor
calibre y entidad.
b) Síntesis
En consecuencia, una vida sexual ejercida
bajo los auspicios del amor, una vida sexual enriquecida por
el don, por la entrega, una vida sexual jerarquizada y
ordenada, desde los puntos de vista ontológico,
antropológico y ético, establece la siguiente gradación (un
tanto esquematizada, por razones puramente didácticas):
1) En primer término, se debe buscar
el bien del cónyuge en cuanto persona y en
cuanto cónyuge: que sea, que sea bueno, como
esposo, como padre y educador, etcétera; y, para lograr tal
fin, hay que ponerse totalmente a su disposición, a su
servicio: en el alma y en el cuerpo.
(Más adelante matizaré este extremo).
2) A continuación, se puede procurar
el propio bien personal, sin anteponerlo nunca
al de la persona con quien se está unido en matrimonio; más
aún, según acabo de sugerir, hay que tener de nuevo en
cuenta que lo que perfecciona al hombre como persona, lo que
hace de él un ser plenamente humano, es la búsqueda del bien
ajeno y la entrega amorosa que esa solicitud lleva consigo.
3) En tercer lugar, cabe establecer
como meta el proporcionar el placer de la unión al propio
cónyuge: semejante deleite es antropológica y éticamente
bueno, y puede y debe ser procurado, siempre que no se
anteponga o, menos todavía, elimine la consecución de
bienes más altos, como podrían ser el auténtico amor o la
fecundidad conyugal, los hijos.
4) Por fin, en última instancia, y
supeditado a los otros tres bienes, resulta legítimo andar
en pos del propio placer; instalado en el lugar que le
corresponde —el que señala una correcta antropología de la
vida sexual— es también algo bueno y deseable.
(Aunque, como es obvio, esta especie de
«complicada jerarquía» no se plantee explícitamente en cada
relación, que es mucho más natural y espontánea, sino
que constituya la disposición habitual del buen amor entre
los esposos… que se unen íntimamente, «sin tener que pensar
más», cuando el conjunto de las circunstancias los conduce a
ello.
Por otra parte, tampoco estimo necesario
detenerme a explicar que la especie de fragmentación de
elementos que he llevado a cabo es el resultado de una
«abstracción» o separación de hechos que en la realidad se
interpenetran mutuamente y en los que se pone en juego, como
me gusta repetir, toda la biografía (en este caso,
individual y de los cónyuges).
Recojo un par de citas al respecto: «…
"subjetivamente", los estados psíquicos que acompañan este
comportamiento se sitúan […] en muchos otros momentos y
situaciones psíquicas de la vida afectiva y emotiva de la
persona y de la pareja. Mirándolo bien, la "psicología", es
decir, la vida interior que en el individuo subyace en la
relación sexual, va siempre más allá del tiempo y del
espacio del momento dado, llevando consigo el "pasado" y el
"futuro", ampliándose a toda la relación entre las dos
personas y, en ese instante, al "modo" en que el individuo
está viviendo esa especial relación, que quedará después
grabada en él. Además, por mucho que se quiera describir
esta realidad en términos generales, en cada pareja y "en su
presente histórico" será siempre distinta y única».
«En la pareja enamorada, es evidente que
el placer, por todo lo que el sexo brinda en la relación de
amor, es mucho más amplio que el placer meramente físico que
les puede ofrecer el acto sexual en sí. Cuando la sexualidad
se expresa, en el momento oportuno, buscando "también" el
placer de la relación sexual y, al mismo tiempo,
adaptándose a la intencionalidad del amor, es decir, en
una relación profunda y activa, de comunicación del ser de
la persona con el de la persona amada, aquella desarrolla
entonces toda su fuerza positiva»).
En definitiva, todo resulta, una vez más,
cuestión de orden.
Y es el orden que acabo de esbozar el que
permite existencialmente, en la vida vivida, elevar la
sexualidad a la noble categoría de expresión y ejercicio del
amor, del don personal genuino; a esa categoría cuya
conquista ha sido esencialmente posibilitada por la
incardinación del sexo en un ser dotado de espíritu.
c) Un apéndice fundamental
Y todo ello, puesto al servicio del
engrandecimiento personal-humano de cada uno de los
cónyuges.
Como antes apunté, a través del trato
mutuo —también del íntimo— la mujer descubre y hace crecer
ulteriormente su feminidad, de manera análoga a como el
varón va percibiendo e incrementando su masculinidad… que
son la forma propia en que una y otro pueden desplegar su
condición personal (masculina o femenina, pues la
persona-humana sin más constituye una abstracción).
Según escribí en otro lugar:
1) La mujer acaba de desvelar y
desarrolla su personeidad femenina en contacto y relación
con el varón en cuanto tal;
2) de manera análoga, el varón pone
al descubierto la riqueza de su masculinidad y es capaz de
engrandecerla gracias a la presencia de las mujeres y, de
forma muy particular, de aquella con quien especialmente se
relaciona.
3) En ese juego de complementariedad
irremplazable:
+ van saliendo a la luz y tomando forma
todas las prerrogativas y atributos de lo humano,
suscitados cada uno de ellos preferentemente
por la mujer o por el varón…
+ para hacerlo conocer al otro cónyuge y
ayudar a que lo encarne a su manera,
+ con el fin de llevar a su (relativa)
plenitud la perfección de «lo humano», que, como sabemos,
surge y se implementa solo en la
complementariedad sinérgica de lo femenino y lo masculino:
es dual, según suele decirse.
(Como apuntaba, este extremo constituye
el tema de reflexión en otro módulo).
* Tomás Melendo Granados
Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Director Académico de los
Estudios Universitarios sobre la Familia
Universidad de Málaga (UMA), España
tmelendo@masterenfamilias.com
www.masterenfamilias.com
‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾