De los sermones de san León Magno, papa
(Sermón 1 en la Natividad del Señor, 1-3:
PI. 54,190-193)
Reconoce, cristiano, tu dignidad
Hoy, queridos hermanos, ha nacido nuestro
Salvador; alegrémonos. No puede haber lugar
para la tristeza, cuando acaba de nacer la
vida; la misma que acaba con el temor de la
mortalidad, y nos infunde la alegría de la
eternidad prometida.
Nadie tiene por qué sentirse alejado de la
participación de semejante gozo, a todos es
común la razón para el júbilo: porque
nuestro Señor, destructor del pecado y de la
muerte, como no ha encontrado a nadie libre
de culpa, ha venido para liberarnos a todos.
Alégrese el santo, puesto que se acerca a la
victoria; regocíjese el pecador, puesto que
se le invita al perdón; anímese el gentil,
ya que se le llama a la vida.
Pues el Hijo de Dios, al cumplirse la
plenitud de los tiempos, establecidos por
los inescrutables y supremos designios
divinos, asumió la naturaleza del género
humano para reconciliarla con su Creador, de
modo que el demonio, autor de la muerte, se
viera vencido por la misma naturaleza
gracias a la cual había vencido.
Por eso, cuando nace el Señor, los ángeles
cantan jubilosos: Gloria a Dios en el
cielo, y anuncian: y en la tierra paz
a los hombres que ama el Señor. Pues
están viendo cómo la Jerusalén celestial se
construye con gentes de todo el mundo;
¿cómo, pues, no habrá de alegrarse la
humildad de los hombres con tan sublime
acción de la piedad divina, cuando tanto se
entusiasma la sublimidad de los ángeles?
Demos, por tanto, queridos hermanos, gracias
a Dios Padre por medio de su Hijo, en el
Espíritu Santo, puesto que se apiadó de
nosotros a causa de la inmensa misericordia
con que nos amó; estando nosotros muertos
por los pecados; nos ha hecho vivir con
Cristo, para que gracias a él fuésemos
una nueva criatura, una nueva creación.
Despojémonos, por tanto, del hombre viejo
con todas sus obras y, ya que hemos recibido
la participación de la generación de Cristo,
renunciemos a las obras de la carne.
Reconoce, cristiano, tu dignidad y, puesto
que has sido hecho partícipe de la
naturaleza divina, no pienses en volver con
un comportamiento indigno a las antiguas
vilezas. Piensa de qué cabeza y de qué
cuerpo eres miembro. No olvides que fuiste
liberado del poder de las tinieblas y
trasladado a la luz y al reino de Dios.
Gracias al sacramento del bautismo te has
convertido en templo del Espíritu Santo; no
se te ocurra ahuyentar con tus malas
acciones a tan noble huésped, ni volver a
someterte a la servidumbre del demonio:
porque tu precio es la sangre de Cristo.