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NACIDO EN BELÉN

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 Por Manuel Guerra Gómez

El autor pone en boca de Jesucristo palabras que son fruto de su propia reflexión y estudios sobre los últimos descubrimientos filológicos en la interpretación del Nuevo testamento, patrísticos y arqueológicos


«ESTE EMBRIÓN SOY YO»

Era el año cero de la era cristiana cuando un óvulo fue fecundado por la acción sobrenatural de Dios, por el amor del "Espíritu Santo que cubrió "con su sombra" a mi Madre (Lc 1, 35). Sí, Yo también fui embrión, es decir , Dios humanado en los primeros estadios del desarrollo humano en el seno de una mujer, una madre. Por eso me identifico con todos y cada uno de los embriones y niños por nacer, destinados a ser hombres o mujeres maduros, intelectuales o ignorantes, ricos o pobres, pero cada uno único, irrepetible y siempre hijo de Dios. Cuántas maravillas se encuentran en el Universo, pero nada tan maravilloso como la vida humana desde su diminuto ser embrionario. Aquella célula de la Virgen María fecundada por el poder del Espíritu contenía ya completo mi genoma que informaría todo el desarrollo posterior de mi naturaleza humana. Nada biológicamente nuevo se añadirá a la cadena genética durante el resto de mi vida. Yo, Dios Hijo, podía decir, desde el momento en que me concibió mi Madre: «este hombre soy Yo». Un ser humano, con mi ADN o "inteligencia inconsciente", que es como el puesto de mando central y director de todas las funciones vitales por medio de complicados procesos;sexualmente determinado, varón, capaz de crecer, de generar otras células por un proceso de fisión o diferenciación hasta transformarme en un adulto con cuatro billones y medio de células…. ¡Qué maravilla! Un embrión que es Dios, una Persona divina que es un embrión humano. A los 18 días de existencia embrionaria latía ya mi corazón, y mi madre todavía no era consciente de mi existencia en su seno. Pero mi Corazón, el Corazón humano de Dios, comenzó a latir al ritmo del Corazón de María.

El embrión, que era yo, comenzó a alimentarse por medio del cordón umbilical que me permitía beneficiarme del metabolismo de mi Madre, la Inmaculada, la Purísima. A las cinco semanas aparecieron mis mejillas, mi nariz, etc. A las seis semanas empezó a funcionar el sistema nervioso, el estómago, el hígado y los riñones. Pasados 60 días, en la octava semana de vida, el "embrión" ha terminado ya la formación de todos sus órganos, el todavía no nacido es prácticamente igual a un recién nacido, y empieza a llamarse "feto". Ya está todo en su sitio: manos, pies, cabeza, rayas de las palmas de la mano, etc. En la duodécima semana tuve la señal inequívoca de identidad: las huellas dactilares que se mantendrán inmutadas durante toda la vida. En los nueve meses primeros de mi existencia, como cualquiera de vosotros floté en el líquido amniótico dentro de la placenta que me protegía del frío, del calor, y me proporcionaba lo necesario para mi subsistencia.

En mis tiempos había también productos anticonceptivos y abortivos, aunque menos eficaces que los actuales. Pero no se conocían los detalles adquiridos por la ciencia moderna, ni podían verse, y "ojos que no ven, corazón que no siente". Pero, aún así, no tenían disculpa. Con razón snetencia Tertuliano (Apolog 9, 8) en el s. II/III d. C: «Es un homicidio prematuro impedir que nazca (un ser humano). Ya es un hombre el que va a serlo (si nadie se lo impide), como todo fruto está en la semilla». ¿Por qué ahora no pocos se obstinan en tratar a los embriones y hasta a los fetos como si fueran cosas, productos, a merced de los caprichos de los ya nacidos?, ¿tal vez porque no tienen voz ni voto, son indefensos y no pueden agredir a nadie? ¿Por qué los ponen y conservan en un lugar que no es el suyo: el congelador de nitrógeno líquido a 196°, en vez del útero, donde captan los latidos del corazón de su madre? ¿Por qué se atribuye la defensa de su vida física a unas determinadas creencias religiosas personales? ¿Por qué se hace caso a la ciencia en todo, menos en esto? Todos, pero sobre todo mis seguidores, deben mimar, socorrer, proteger especialmente a los más necesitados. ¿Quién más necesitado que un concebido y todavía no nacido? Una de las señales de la llegada del Mesías es "la evangelización de los pobres" (Lc 4, 18). Mi Evangelio es, en verdad, «el Evangelio de la vida».

También yo, durante mi existencia embrionaria y fetal, captaba los estímulos externos y era capaz de "aprender", como la ciencia del siglo XXI demuestra. Y lo aprendido (el idioma materno y los extranjeros, la música…), tanto antes como después del nacimiento, también cuando se está en la cuna, queda impreso para siempre en la «memoria». Con el tiempo, puede "salir" casi todo por medio de la hipnosis y todo en los trances extáticos. Más aún, como yo soy Dios, aunque no fuera sino un embrión de pocos días, era capaz de santificar a otros, de inundarlos de alegría y de llenarlos del Espíritu Santo. Así lo hice con mi primo Juan el Bautista, que ya era feto. Pues mi encarnación acaeció "en el mes sexto" del embarazo de su madre Isabel (Lc 1, 36). Me comuniqué con él por medio de la voz de mi Madre. "Apenas escuchó Isabel su saludo" en la entrada de su casa en Ain Karín (a 6 km. al oeste de Jerusalén en las montañas de Judea), "se llenó del Espíritu Santo y Juan saltó en su útero" (Lc 1, 41).


Nacido en Belén

Me encarné y, pasados nueve meses, nací en Belén de Judá. Así lo había anunciado el profeta Miqueas (5, 1; Mt 2, 6) en el s. VIII a. C. Pero todo lo mío es obra de las tres personas divinas. Y los tres - Padre, Hijo y Espíritu Santo - tuvimos que hacer un verdadero milagro para que se cumpliera esa profecía que confirma mi condición mesiánica. ¿Por qué a la mayoría de los hombres les resulta más fácil ver la acción de Dios en los sucesos extraordinarios, en la alteración brusca e inesperada de las leyes naturales, en los milagros, que en lo ordinario, en la regularidad constante de lo cotidiano. El acostumbramiento les desenfoca lo extraordinario y les parece trivial. El nacimiento de un niño, como acontece todos los días, parece «intrascendente». Así pareció a tantos mi Nacimiento. Yo no pretendía otra cosa. Como todos los niños, al nacer, lancé un grito de dolor y lloré, porque duele la primera respiración del oxígeno del aire fuera del seno materno. Fueron las primeras lágrimas de Dios. Apenas nacido, con mis ojos recién abiertos, vi el primer rostro humano, el de mi Madre, que, como casi todas las madres de entonces, dio a luz sin la ayuda de comadronas ni de ginecólogos. Tampoco tuvo criadas que lavaran mis pañales, aunque así lo imaginen el cariño de los autores de algunos Evangelios apócrifos. Mi cuna primera fue el pesebre (Lc 2, 7) y los brazos delicados, suaves, de mi Madre. Como fui su único hijo, todos sus cuidados (darme de mamar, limpiarme, enfajarme, mecerme en sus brazos, cantarme canciones de cuna…) y mimos no eran rutinarios como si hubiera estado acostumbrada a hacerlos. ¿Cómo me quería y me amó siempre mi Madre, la Inmaculada, la Purísima? Cuando, bajado de la cruz, me tuvo en su regazo y me vio desfigurado, ensangrentado, recordó cuando me acunaba en sus brazos. Y, en ambos momentos, yo era Dios, aunque un niño recién nacido y un hombre recién muerto con muerte tan violenta que no "parecía" hombre sino un guiñapo. ¡Cuán grande, costosa y firme fue la fe de mi Madre!

Tenía que nacer en Belén (a 10 km. al sur de Jerusalén, a 770 m. de altitud), que distaba unos 150 km. de Nazaret, donde residía mi Madre. No nos habría costado nada hacer un milagro aparatoso: llevarla a Belén como trasladamos al profeta Habacuc desde Judea a Babilonia "a la velocidad del espíritu" o del pensamiento (Dan 14, 32 39). Pudimos inspirar con anticipación a ella y a José que fueran a Belén. Pero les habrían llamado locos y hasta quizás alguien habría pensado que se exponían a un aborto, a perderme, vaya usted a saber con qué sospechas y motivos. Además, yo me encarnaba, entre otras razones, para mostrar el valor de la vida ordinaria con mi vida corriente, la etapa más larga, con mucho, de mi existencia terrena. Por eso decidimos valernos del emperador romano Octavio Augusto. A mí me corresponde el poder y cuando lo quiero lo ejerzo aunque vosotros, los hombres, y vuestros políticos no caigáis en la cuenta de ello.

En una noche de pesadillas o tal vez mientras era llevado en su litera (la silla gestatoria, curiosamente usada durante tantos años por el obispo de Roma, el Papa), consciente de la grandeza de su Imperio, decidió conocer el número de sus súbditos, entre otras cosas, en orden a la recaudación de impuestos. El decreto imperial de empadronamiento nos obligó a trasladarnos a Belén. Como todos los niños por nacer, debería haberlo pasado mal por culpa de las preocupaciones e incomodidades de los viajes o, al menos, peor que en Nazaret. Pero me ayudó mucho la serenidad y el gozo de mi Madre. Los demás judíos maldecían a los romanos y al emperador al mismo tiempo que añoraban y pedían mi venida, pero como Mesías, caudillo políticomilitar que traspasara el mando imperial de los romanos a los judíos. No podían ni sospechar que iba con ellos. En cambio, mi Madre fue feliz en los tres o cuatro días que necesitaron para recorrer los 150 km. (en la carretera moderna) que distaba Nazaret de Belén. María palpaba los dedos divinos que tejen de modo invisible la historia, veía cómo Dios facilitaba el cumplimiento de la profecía de un modo impensado. Para un creyente nada es casual, todo es providencial.

La noche en que nací, Octavio Augusto se acordó de los judíos que debían empadronarse en su lugar de origen. Incluso supuso que se corría el riesgo de alguna revuelta al haber grandes concentraciones de personas, entre otros lugares, especialmente en Belén, patria de David, de cuya descendencia nacería el Mesías. Por ello, era natural que no hubiera sitio para nosotros en la posada (Lc 2, 7). Mi Madre "dio a luz a su hijo" (Lc 2, 7). Soy de ella, sólo de ella, sin concurso de varón. Isabel, en cambio, "dio á luz a un hijo" (Lc 1, 57). Nací en una "cueva/establo junto al pueblo" y mi Madre me "recostó en un pesebre". Antes estaba "envuelto", protegido, en su seno. Una vez nacido, me "envolvió en pañales" (Lc 2, 7) para protegerme del frío y de las asperezas de la cuna improvisada. Es la señal dada por el ángel a los pastores (Lc 2, 12). Mi madre, que era previsora tanto o más que cualquier madre, había traído los pañales y la ropita, preparados en Nazaret con tanto cariño e ilusión.

Las circunstancias me privaron de la cuna de madera hecha para mí con maestría y esmero por José. En Nazaret dormía también en una cueva. Las cuevas han sido la morada del hombre durante una gran parte de su existencia. Mis padres y yo vivimos la pobreza, no la miseria. Si me hubiera encarnado ahora, habría nacido en un piso corriente. Soy judío y no es justo que los judíos sean maldecidos por mi causa. Aparte de que si dos esposos emigrantes, con cara de cansancio y con ropa arrugada, llamaran este año en la puerta de cualquier piso en la Nochebuena, pidiendo hospedarse esa noche, seguramente no los admitirán, mucho menos si la esposa está a punto de dar a luz. El motivo es claro. Si fuera otra noche, pero, en esta, han venido los hijos y realmente no hay sitio. Nadie piensa en dejar su cama a unos desconocidos, menos en la noche en que tradicionalmente se pasa en familia. Tampoco hubo sitio para nosotros ni en la posada ni en casa de los vecinos de Belén, aunque todos descendíamos de David.

La fecha del Nacimiento

Lo esencial e importante es que nací, accesorio las circunstancias, hasta el año y el día. En Oriente, en los primeros siglos de la Iglesia, se celebraba mi nacimiento, la fiesta litúrgica de mi Natividad o Navidad en distintas días del año, según los lugares. Las Iglesias orientales, los Ortodoxos, siguen celebrándola el 6 de enero junto con la adoración de los Magos y mi bautismo en el Jordán. La Iglesia latina, católica, la celebra el 25 de diciembre desde el año 336. Suele decirse que lo hizo para cristianizar la celebración pagana del solsticio de invierno o el "renacimiento" del dios "Sol Invicto", que empieza a ganar minutos a la noche en ese día. Aunque no fue fácil, se consiguió desarraigar la fiesta pagana. Pero, en nuestros días, aparte del folclore, Nueva acrópolis, la brujería, la masonería y bastantes sectas de signo e índole neopagana celebran los solsticios a su modo, siempre descristianizado y pagano.

Pero, no se fijó esa fecha solamente como recurso para que los cristianos celebraran también algo, aunque de signo distinto y superior, al mismo tiempo que se trataba de neutralizar e incluso de anular la fiesta pagana. Los últimos descubrimientos confirman su historicidad. El anuncio a Zacarías, "sacerdote del turno de Abías" (Lc 1, 5), acaeció mientras "estaba en el servicio sagrado con el grupo de su turno..." (Lc 1, 8 9). El calendario solar (no lunar como el judío actual) del Libro de los Jubileos, apócrifo judío del s. II a. C., ha permitido señalar los turnos de los 24 grupos sacerdotales. El turno 8° (el de Abías) actuaba del 8 al 14 del tercer mes y del 24 al 30 del octavo. Esta segunda vez corresponde a la última década de septiembre en el calendario actual. Los hallazgos de Qumran garantizan que ese calendario seguía vigente cuando yo nací [39 Cf el estudio de Shemarjahu Talmon, especialista de la Universidad Hebrea de Jerusalén, The Calendar Reckoning of the Sect from the Judean Desert. Aspeas of the Dead Sea Scrolls, "Scripta Hierosolymitana" 4 (1958) 162 199, así como JAUBERT, A., Le calendrier des jubilées et de la secte de Qumran. Ses origines bibliques, "Vetus Testamentum" 3 (1953) 250264]. Desde sus inicios en la antigüedad el rito bizantino ha celebado el anuncio a Zacarías el 23 de septiembre, que, por lo mismo, seguramente es su fecha histórica, como su nacimiento nueve meses más tarde el 24 de junio (liturgia católica, etc.). Pero mi encarnación acaeció "seis meses más tarde" del anuncio a Zacarias, o sea, el 25 de marzo (día de su celebración litúrgica) y mi nacimiento el 25 de diciembre, Navidad. Conviene tener en cuenta que los días judíos se contaban desde que se empezaba a ver la primera estrella (normalmente el "Lucero", de hecho el planeta Venus) hasta la primera del anochecer del día siguiente.

Respecto del año tuvo lugar ciertamente unos años antes del comienzo de la era cristiana actual por un error. En el año 533 Dídimo el Exiguo fijó el año 1 (no el 0, cero , número desconocido entonces en el ámbito mediterráneo) en el año 754 de la fundación de Roma. Su cronología es la aceptada hasta nuestros días en substitución de la era romana, iniciada con la fundación de Roma, excepto por algunos grupos (masonería, judíos, testigos de Jehová, feministas radicales, etc.), que substituyen "a. C." y "d. C." por "E. C." y "a. E. C." = "Era Común", "antes de la Era Común". Este cambio trata sólo de silenciar mi nombre. Pero Dídimo se equivocó en sus cálculos. Pues Herodes el Grande murió el año 750 de la fundación de Roma, o sea, el año 4 antes de mi nacimiento según la datación actual. De su conversación con los Magos, Herodes dedujo que me eliminaba a mí si mataba a todos los niños de Belén que tuvieran menos de dos años (Mt 2, 8, 16). Además, el censo solía hacerse cada 12 años. El de Quirinio tuvo lugar el año 6 d. C. Además, unos cuatro meses después de su decreto exterminador de los Inocentes, Herodes murió en Jericó, no en Jerusalén, donde lo encontraron los Magos. Luego el año de mi nacimiento oscila entre el 5 y el 7 antes de la era cristiana.



(*) MANUEL GUERRA GOMEZ, es Profesor de Historia de las Religiones de la Facultad de Teología del Norte de España. Sede de Burgos. Es autor de muchos libros, entre los que se cuenta "Jesucristo y nosotros", editado por la Universidad Católica de San Antonio (UCAM). 
 

Enviado por Arvo.net - 27/12/2009 ir arriba

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