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Navidad es tiempo en que los cristianos volvemos la mirada a la Familia que llamamos «Sagrada», porque en ella María Virgen da a luz a la Luz del mundo, Dios hecho hombre. A pesar del elemento singular y extraordinario, milagroso, de la virginidad de la Madre, Jesús, María y José constituyen una familia normal, o más exactamente, la norma para toda familia, la escuela donde todos hemos de aprender a ser y hacer familia.
Por Antonio Orozco-Delclós
La Familia de Belén es el reflejo más puro de la Santísima Trinidad que —no nos cansaremos de repetir, con Juan Pablo II— «no es una soledad, sino una familia, puesto que lleva en sí misma paternidad, filiación y la esencia de la familia que es el amor" [1].
Por eso también se ha llamado a Jesús, María y José, «Trinidad de la tierra»; y uno de nuestro clásicos les ha puesto el título de «Los tres soles» [2]: Jesús es el Sol de los Soles: «Yo soy la luz del mundo», nos dirá; es decir: lo que permite ver el sentido divino de las cosas humanas, la trascendencia eterna de la vida temporal. Dios no crea un mundo absurdo, sino inteligible [3].
La Virgen María es un sol que alumbra pero no deslumbra. En la tierra no hace milagros. Se limita a ser Madre. Su corazón inmaculado abraza al Hijo de Dios, su Hijo primogénito, y a todos los hombres, hermanos de Cristo e hijos suyos. Es Madre de todos los soles, que somos tantos... Para una madre, y más aún para una madre como Ella, cada hijo es «un sol».
Y José, ¿qué decir de este hombre escogido desde la eternidad para ser el patriarca de la Familia del Hijo de Dios y de todos los hijos de Dios? Lo que dice la Escritura: que es un hombre justo; pero en el sentido bíblico de la palabra: lleno de virtudes; y está lleno de la gracia santificante y de todos los dones necesarios para llevara cabo perfectamente su papel de padre virginal de Jesús. Podríamos decir que es un «sol de justicia» que ilumina sin agobiar, alivia del frío, no sofoca en el calor, confiere serenidad en los momentos de confusión, da ejemplo en las encrucijadas dudosas: elige siempre -con libertad- lo que entiende ser voluntad de Dios, aunque resulte lo más costoso para él.
Cuando en una familia se encienden esos Tres Soles, entonces se llena de luz. Se establece una comunión exquisita de personas, que excluye la soledad (esa especie de negación de la luz, del cariño, de la paz).
Obstáculos a la luz
En la tierra, la luz, también la divina, no se difunde sin topar con obstáculos. La luz proyecta sombras, que confieren luminosidad al cuadro, a la obra de arte, pero también se encuentra con agujeros negros, que parecen tragarse toda luz y aparentan un poder superior a todos los soles del universo.
Los Tres Soles, conocieron las tinieblas, atravesaron agujeros negros que querían engullirlos. Nada más nacer el Sol de los soles, comenzó la persecución de los poderes oscuros. Herodes buscó al Niño para matarlo y los tres tuvieron que huir a un país extranjero. Después no faltaron los peligros (Arquelao); y no es difícil sospechar que el ambiente externo en los años de silencio y de trabajo de Nazaret, tampoco fue del todo tranquilo. Más tarde, no digamos. Los últimos tres años fueron una lluvia de dimes y diretes, de calumnias y persecución hasta el patíbulo de la cruz.
Pero la luz iba por dentro. Nunca faltó el sentido de la orientación, la plena confianza en la Providencia divina, la consciencia de que en medio y por medio de todos los horrores, Dios Uno y Trino no permite que ningún sufrimiento de los que le aman se pierda en la esterilidad; que todo, aun lo que parece más inútil o abyecto, tendrá su positivo correlato en el Reino de la Luz.
En el Gólgota el cielo se oscureció como nunca. Parecía no querer saber ya nada de la tierra. «Vino a los suyos y los suyos no le recibieron». Las tinieblas de los corazones son libres y aunque aparezca en ellos a raudales la luz, pueden resistirse y petrificarse hasta hacerse impermeables. Pero en el día que los paganos dedicaban al culto al sol, el Sol de los soles resucitó según predijo. Comenzó el día del Seño —que con tanta lucidez está clarificando el Vicario de Cristo—; comenzó el Reino de la Luz, que no tendrá fin.
Quien acoja en su vida y en la de los suyos la luz de los Tres Soles, ninguna oscuridad, ninguna tiniebla será de temer, porque sólo podrá ser temporal y externa. Los Tres Soles aman habitar en el espacio íntimo de los corazones, más que en la superficie del mundo. Ya llegará el día —como dice la Escritura— en que «la ciudad no tendrá necesidad de que la alumbren el sol ni la luna: la iluminará la gloria de Dios y su lámpara será el Cordero (Jesucristo). A su luz caminarán las naciones y los reyes de la tierra le rendirán su gloria. (...) Allí no habrá noche» ([iv](4)). Parece un cuento de hadas, pero son palabras del apóstol Juan, inspirado por el Espíritu Santo, rigurosamente históricas.
La sonrisa: luz del rostro
La sonrisa es la luz del rostro, de todo el rostro, porque se muestra en los labios, en los ojos, en el gesto... Cuando se sonríe todo el rostro sonríe y se ilumina. Por eso el rostro de Dios es todo luz, incluso —dice la Escritura— «luz inaccesible», porque su hermosura es tanta y su sonrisa tan enamorante, que no podríamos resistirlo aquí en la tierra. El rostro de Dios tiene infinitas sonrisas de infinitos matices para cada uno de sus innumerables hijos. En la Escritura, a veces, aparece con cara seria, ceñuda o airada hasta causar pánico. Es el modo que tiene su amor —no hay otro remedio— de advertirnos que andamos por mal camino. El rostro de Dios, sí, se entristece cuando ve que alguno de nosotros, si no rectifica, acabará mal. Es como una lanzada en el corazón de la Trinidad (encarnado en el de Cristo). Dios no es insensible a la perdición de uno sólo de sus hijos.
Pero tampoco por eso deja de haber en el hondón de su Ser inmenso inagotables sonrisas eternas, es decir, eternamente nuevas, siempre frescas, dulces, sabrosas, enamorantes. Cuando sus hijos sonreímos, sin fingimiento, a alguien entristecido, hacemos presente a Dios y, por eso, a la esperanza; si no a la alegría jacarandosa, sí al menos a la luz que apunta el alba serena. Dios está aquí: en la sonrisa de la mujer, o en la del marido, de los hijos, de los amigos, de cualquiera que nos sonría sin doblez.
Sin la sonrisa de Dios no habría sonrisa alguna: sólo acaso las estereotipadas de aquellas arcaicas esculturas griegas, o la de dientes superblancos del marketing al uso. Huelga mencionar las estridentes carcajadas vacías de humanidad.
También hay lágrimas
Sin embargo, con y en Dios, también hay lágrimas y ¡qué lágrimas, a veces!. No hay contradicción. Hace años, a un gitano de Barcelona que atendía por el nombre de Peret, se le cayó una lágrima en la arena de una playa, que tenía que ver con su amor; y la fue buscando por medio mundo, con su guitarra cantando, sin hallarla. Seguramente la buscó tanto porque entendía que una lágrima no ha de ser una tragedia, que puede ser -suele ser, si es auténtica- un tesoro, una perla. Todos los poetas románticos han dicho que las lágrimas de amor son perlas. Nat King Col añadía: «que caen al mar». ¿En qué mar? Eso no se sabía. Pero se sabe que el mar es el símbolo de lo inmenso y hondo, metáfora de la Divinidad.
A veces nos encontramos hechos un mar de lágrimas... Y el mar no se llena. Parece que se pierden inútiles, estériles, estúpidas. Pero, no. Todas las lágrimas van a parar al corazón de Dios Padre, pasando por el de los Tres Soles, que parecen tres corazones, pero son uno solo: el corazón del Sol creador humanado, chiquito, bonito; el corazón del Sol femenino inmaculado, inefable, discreto; y el corazón del Sol varonil, prudente, entero, justo de José. Entonces las lágrimas reflejan una luz encantadora, en las antípodas de la tragedia; quizá parecen quemar los ojos y surcar el rostro desfigurando su orografía facial. Pero no. Enseguida el drama se sosiega y el rostro resulta más hermoso que nunca. Ha ganado luz, hermosura. Quien no ha derramado una lágrima por el dolor del mundo —escribe William Saroyan— no merece llamase humano.
Lo anunció Jesús a los Apóstoles ante la más dura tristeza de la humanidad, el deicidio del Gólgota. Y les dijo: «vuestra tristeza se trocará en gozo». Y así fue. Así sucederá siempre si ahora nos metemos en el misterio de Belén, o mejor, si metemos el misterio en nuestro corazón: el Nacimiento del Niño Dios de la Madre Virgen —«la que a Dios enojos quita», dice el clásico antes citado—, al amparo del Santo Patriarca, es una explosión de luminosas sonrisas, como una constelación de soles: Dios Uno y Trino, los Ángeles incontables que cantan entusiasmados, los pastores —los primeros que en la Nochebuena acuden a adorar al Niño—, y los Tres Soles, protagonistas del acontecimiento. Y nuestras sonrisas, que han de multiplicarse hasta llenar el mundo. ¡El hombre es el ser creado para sonreír!.
Queda quizá una cuestión en el aire: ¿y si no me sale la sonrisa? ¿Y si hace tanto tiempo que no sonrío que los músculos faciales están apergaminados, no responden al estímulo, inmóviles con el rigor mortis?; ¿y si no puedo porque alguna angustia me está rompiendo ahora mismo el corazón sin remedio?
No hay que preocuparse. Es cosa de poner fe, aunque parezca no haberla; y contemplar atentamente el Belén. Contemplarlo una y otra vez, un rato y otro rato, un día y otro día. No acabarán los días de la semana antes de que en tu rostro la luz penetre e infunda nueva vida, ilumine el entendimiento, encienda el corazón y nazca de nuevo la sonrisa de cuando eras niño, porque al encanto de Belén se vuelve a nacer, condición indispensable para entrar en el Reino de los Cielos. Si aún así, el caso es tan límite que el remedio no resulta, pasa a contemplar los veinte misterios del Rosario. Toma carrerilla en la Anunciación y acabarás en la Coronación.
Luz en los hogares cristianos
Un santo acuñó, para los cristianos, la expresión «hogares luminosos y alegres»[5], como si cada uno fuera —debe ser— «un rinconcito de la casa de Nazaret». ¿De dónde sacará la alegre luminosidad un hogar cristiano?. No por cierto de la ventana del televisor o de cosas así. Sacará la luz, la serenidad, la paz, de la batalla de cada uno de sus miembros consigo mismo, no con el otro, o los otros, sino consigo mismo, contra sus propios defectos, manías y caprichos.
Defectos, manías, caprichos son tinieblas petrificadas, opacas a la luz. Es preciso comprenderlas, pero también es necesario que el sujeto las combata sin tregua. Cada vencimiento personal será una lucecita que se encienda para toda la familia. Y a base de muchas lucecitas por toda la casa, se llega a la gran luz, se facilita la entrada sin restricciones de la luz de los Tres Soles.
Así la casa es un hogar. Los hijos, con frecuencia numerosos, se convertirán en focos de luz; ampliarán (no quebrarán) el hogar, lo extenderán por los más variados puntos de la tierra. Y llenarán el mundo de un envidia buena, sana, la que necesita para advertir la diferencia entre la luz y la oscuridad, entre la alegría con efectos saludables y la diversión de consecuencias depresivas. Incluso los lunes serán luminosos, porque el domingo, el día del Señor, habrá sido esto: culto a la Trinidad, oración, Misa, descanso, deporte, diversión, familia, amigos... todo con una presencia especialmente viva de la Trinidad del Cielo y de la Trinidad de la tierra.
Cada acto de virtud es luz, alegría, consuelo, paz, serenidad. ¿De qué no es capaz una sonrisa?. «(...) una sonrisa puede ser, a veces, la mejor muestra del espíritu de penitencia» ([vi](6)). Sacrificio gustoso, que apenas se siente, si se siente, porque procede del Amor y es elevado a la Trinidad del Cielo, por medio de los Tres Soles, la Trinidad de la tierra.
[1]. JUAN PABLO II, Homilía., 28.I.1979.
[2]. «Los tres Soles», llama SEBASTIÁN NIEVA Y CLAVO, a Jesús, María y José, en su obra «La mejor mujer, Madre y Virgen».
[3]. Esto lo explica muy bien A. RUÍZ RETEGUI, en su reciente libro Puclchrum. Rialp 1998.
[4]. Apc 21, 23-25.
[5]. San JOSEMARÍA ESCRIVA, Es Cristo que pasa, núms. 27 y 30; Los hogares cristianos «han de ser -como el de Nazaret- focos de noble cariño humano y de amor divino». La Virgen del Pilar, en "Libro de Aragón", Zaragoza 1976.
[6]. San JOSEMARÍA ESCRIVA, Forja 149.
Del libro Antonio Orozco Delclós, Los Tres Soles, Ed. Arvo, Salamanca 1999, pp. 9-16.
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