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LA SEÑAL DE LA NAVIDAD

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Por Pedro-Juan Viladrich (*)
En el semanario Alba
Del 25 al 31 de diciembre de 2004

 


Mucha goma de borrar sobre las señales cristianas de las fiestas de Navidad. Se prohíben los belenes y los villancicos de letras evidentes. Se sustituyen los adornos navideños de calles y plazas por otros expresamente vacíos de significado cristiano: se trata de borrar el hecho histórico de Jesús, del Dios que se encarna en hombre.

Muchos cristianos se sienten decepcionados o indignados por esta especie de puñalada trapera de algunos sectores ideológicos. Algunos se resignan ante la decadencia de nuestra civilización. Otros gustarían desahogarse boxeando y en corto. Ninguna de ambas reacciones son la señal de Navidad. Conviene, cuanto antes, comprenderlo. Sería una gravísima contradicción, una pérdida radical de la señal, el que los cristianos erraran el campo donde se juega el gran juego de la Buena Nueva- el juego de la redención de cada hombrey el inesperado método -el camino- que es el propio niño Jesús, el Dios nacido de la Virgen Maria.

La gran señal, la más Buena Noticia entre todas las noticias buenas, es un manantial inagotable. Denme licencia los lectores para felicitarles estas Navidades con unas modestas sugerencias.

Comenzaré con el "poder y la gloria". El secreto inconfesable de este poder y gloria es ser codicia sobre toda la humanidad por parte de unos pocos, ansia de apropiación y utilización del hombre por el hombre. Esta codicia -de cuya tentación nadie está libre- engendra un código de signos y comportamientos social y políticamente "correctos". Los poderosos de este mundo también se han permitido el lujo de crear su idea de Dios. Dios es, para ellos, su propia concepción del poder y de la gloria, elevada al infinito. ¿Qué Dios nacería como un niño humilde, de unos padres no menos humildes, en un rincón perdido del mundo..., en vez de aparecer en el centro del firmamento, revestido de tal supremacía de "poder y gloria" que se doblegase cualquier resistencia humana y se impusiera a todos los demás poderes y glorias su suprema dominación y omnipotencia? Pues bien, el niño Dios en el pesebre pulveriza telaraña del poder y la gloria mundanos. El niño Jesús revela que Dios no es como sueñan los poderosos. Me temo que esa Noticia Buena nunca se la perdonarán los poderosos a Dios, porque sienten desenmascarada la vacuidad de su codicia interior, la insoportable levedad de su soberbia impotencia.

¿Y cómo anuncia la Buena Nueva que es Dios? San Lucas cuenta qué pista segura se les dio a los pastores, al pueblo de buena voluntad: "vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor, y esto os servirá de señal: encontrareis a un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre". La señal es el niño.

Muchas cosas le ocurrieron al Niño hasta su muerte en la cruz y su resurrección. Todas son una conmoción interior para cada una de nuestras vidas. Este vínculo profundo, tan íntimo cuan singular, entre los hechos de la vida de jesús y los pleamares de cada una de nuestras vidas, sólo puede explicarse por la comunicación que surge del amor vivo y bueno.

La señal es el niño. La Navidad es una llamada a nuestro más íntimo interior, donde está lo que esconde el niño que llevamos dentro. ¿Qué queda de él? Navidad es revelación de que la verdad del Dios Vivo está allí, dentro de nosotros, más que en todos nuestros personajes, roles, codicias y ambiciones externas, sociales, económicas y políticas. La Navidad es, obviamente, familia y revelación de que nuestras familias han de ser el lugar donde cada uno desnudo de todo, por amor lo vale todo.

Pero la Navidad es, además, una demanda acerca de qué estamos haciendo con nuestros niños, con su concepción, con su nacimiento y su infancia. Una pregunta

acerca de cómo estamos tratando la inefable confianza que los niños tienen hacia sus padres. Esa confianza es una dote que directísimamente proviene de Dios Padre, un exquisito don y un infinito acto de confianza hacia sus padres y adultos. La Navidad es, también, una llamada a examinar y rectificar la forma como estamos administrando esa dote de confianza de nuestros niños hacia los mayores. ¿Tal vez los estamos escandalizando y corrompiendo?

El Niño jesús es, ahora siempre, la salvación de nuestro niño interior, el que guarda lo mejor que podemos ser. Hay que volver a nuestro niño primigenio, luchar por recuperar la transparencia, el desinterés y la pureza de nuestra capacidad de amar. El amor es la más profunda, verdadera, buena y bella forma de mirar todo y a todos. Esa es la esencia de la Buena Noticia. El

niño es la señal. Es señal de que a Dios se le penetra más su intimidad con el nombre de Padre, de Hijo y de Espíritu Santo que con la atribución de Dios. Y que el vínculo entre Padre, Hijo y Espíritu Santo es el Amor, y no ese tipo de poder y gloria que codician los poderosos. Un niño nos ha sido dado y se nos sigue dando como señal del amor de Dios, encarnado entre los hombres. Ante esta revelación de Dios a todo hombre de buena voluntad no debiéramos extrañarnos de los Herodes que buscan darle muerte. Ante los Herodes de cualquier tiempo y lugar, el ánimo del cristiano no puede ser el resignado desánimo ni el método del boxeo, devolviendogolpes en el cuadrilátero. Lo nuestro es amar en serio. Y ahora, el más inmediato y real amor es nuestra familia. Quizás una buena señal fuese, entre nosotros, rescatar y mejorar la mirada de amor hacia los nuestros, con nuestros padres, con nuestros hijos, hermanos, nietos, abuelos y amigos. Ningún poder humano, ni siquiera el corazón más decepcionado, puede con el amor... y su perseverante constancia.



Pedro-Juan Viladich, catedrático de Universidad. Director del Instituto de Ciencias para la Familia.

Etiquetas: Navidad, Viladrich
Enviado por Arvo.net - 27/12/2009 ir arriba

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