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Por Antonio Orozco-Delclós
Cuando llega la Noche Santa, siempre se viene al recuerdo aquel verso de Góngora: Esta Noche un amor nace. Esta noche nos hace un Amor, con mayúsculas: el Amor de Dios infinito, que nos ama con locura. No es de maravillar que los poetas hayan volcado en esta noche lo mejor, lo más puro, limpio e ingenuo de su ingenio, para cantar al Amor que nos nace en forma de Niño: nos nace, para nosotros. Niño como todos los niños: inerme, encantador. El es de veras el más hermoso, y lo hermosea todo, hasta la cueva de Belén
Portalico divino
¡Cuán bien pareces!
Con el niño chiquito, bonito,
que nos ofreces [1].
Nos metemos en el portalico divino, y cogemos con toda la suavidad posible a nuestra natural tosquedad al Niño chiquito, bonito. Y lo estrechamos contra nuestro pecho. La paz nos invade. El amor nos incendia. Sus ojos embelesan:
Este niño celestial
tiene unos ojos tan bellos,
que se va el alma tras ellos
como a centro natural [2]
¡Imanes son esos ojos! Luceros más bellos que las estrellas. Todo lo ven, todo lo miran. Son del Hijo del Padre, llamado EL QUE VE. ¡Oh Dios, qué noche tan bella! Centro natural y sobrenatural de todas las cosas, son esos ojos. Esta noche, todos los miran.
Junto al Niño, su Madre, casi una niña. Como una manzana encendida, mejillas de rubí, frente bruñida, gentilísimo continente, manos que el recio trabajo no ha podido afear. Discreta, guapísima, sonríe y nos dice: «Haced lo que El os diga».
El bueno de San José no dice nada. Hablan sus ojos, su mirada, su sonrisa, su radiante gesto que nos sigue hasta el sendero. Quisiéramos tener voz, poesía y melodía para cantar las maravillas vistas y oídas esta Noche Santa. De pronto, se abre la luz en lo oscuro. Son Angeles que cantan: «Gloria a Dios en el Cielo y paz a los hombres que ama el Señor».
Es lo que ha venido a hacer el Niño: dar a Dios toda la gloria; salvar el honor de Dios, manchado por el pecado del hombre. Y dar a los hombres la paz que con el pecado perdieron.
Gloria y paz
La paz está íntimamente ligada a la gloria de Dios. Cuando el hombre intenta robarla, cuando niega que Dios es Dios, y se entroniza como soberano autónomo, se hunde en las tinieblas de la mentira, en la ponzoña viscosa y sucia que destila la soberbia. íCómo puede haber paz en un corazón así! Sólo, si la hay, por poco tiempo. Pronto el tremendo desorden quebrantará el sosiego que ahí pudieda haber.
Pero el Niño bonito, chiquito, es Príncipe y Rey de la Paz. Ha venido a traer la paz a los hombres de buena voluntad. ¿Y cuál es la voluntad buena? La que ama a Dios sobre todas las cosas, la que con gozo reconoce que Dios es Dios, como dice aquella voz del clásico en El Gran Teatro del Mundo: «Obrad bien, que Dios es Dios».
Dios es Último fin y Amor primero. Verdadero centro de gravedad de inteligencias y corazones. Porque es Verdad primera, Bondad infinita, Belleza suma, Sabiduría plena, Amor supremo, Alegría sin límite. Ningún otro fin es digno del hombre, criatura racional, imagen hecha a semejanza de Dios.
Proponerse otro fin, otra meta última, sería rebajar, estrechar infinitamente el horizonte natural de la mente y de la voluntad. Así se ha definido el egoísmo: el «voluntario estrechamiento del horizonte esencial de la voluntad» ( (33)). Sería absurdo, estéril, desdichado, como el intento de meter un elefante dentro de una trompa. La capacidad infinita (de conocer sin límite) de nuestro entendimiento y la infinita capacidad de amar (también sin límite) de nuestro corazón, revelan muy claro que si no se sacian de Dios quedan con un vacío inmenso, donde no puede haber paz y ha de llenarse de angustia.
Sólo un fin digno del hombre
Sólo hay un fin digno del hombre: el conocimiento amoroso de Dios, que es reconocimiento gozoso, contemplación enamorada de Dios, Vida, Verdad, Bondad, Belleza, Sabiduría y Amor infinitos. Y esto es precisamente lo que se llama dar gloria a Dios. El fin del hombre es la gloria a Dios. «Si la vida no tuviera por fin dar gloria a Dios, sería despreciable, más aún, aborrecible» ( (34)). Sería un estrechamiento violento, esclavizante, del horizonte de la mente y de la voluntad. Sería una tortura. Por eso, y por tantas cosas, Deo omnis gloria!, para Dios toda la gloria; que no quede nada en mi vida que huela a humana soberbia, a humana complacencia de mi «yo» ( (35)). Tu gloria mi Dios, Jesús Niño, es mi alegría y mi paz. Y canto con los Angeles: Gloria a Dios en el Cielo, y paz a los hombres que ama el Señor. Y conmigo lo canta toda la Iglesia, al menos todos los domingos y fiestas, en la Santa Misa: con esa perla litúrgica, preciosa, antigua -quizá del segundo siglo- que llamamos el Gloria, la gran doxología, la gran alabanza de los Angeles y de los cristianos de todos los tiempos. Todos sus términos se hallan en las Cartas de San Pablo y de San Juan. Es el alegre anuncio de la gran reconciliación, el canto gozoso de Redención de los hijos de Dios en el que se unen el Cielo y la tierra, los Angeles, los hombres y todas las criaturas que hablan por nuestra boca.
Por tu inmensa gloria te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias, Señor, Rey celestial, Dios Padre todopoderoso. Mira, ahora, en este momento no te pedimos nada, no te damos gracias por cuanto nos das, que es tanto, tanto, que no sabemos como agradecerte. Te damos gracias ahora sólo por tu inmensa gloria, porque eres grande, porque existes, porque es bueno, es maravilloso que existas, y nos permitas existir y conocerte, no sólo como Creador, sino como Padre, como Amor, como Ternura, como Justicia y Misericordia. Qué bueno es Señor que tú seas el Soberano, el Omnipotente, Quien gobierna todas las cosas con Sabiduría y amor, con fortaleza y suavidad. Así te damos gloria, te glorificamos, cumplimos nuestro fin y nos llenamos de paz, de seguridad, de optimismo.
Cinco de modos de nacer
Y ahora, con los Angeles y la Creación entera, nos dirigimos a tu Hijo, que nace en Belén y también todos los días sobre el altar en la Santa Misa. Porque, según dice fray Luis de León, es «tan de su gusto el nacer, que sólo Él nace por cinco diferentes maneras, todas maravillosas y singulares. Nace según la divinidad, eternamente del Padre. Nació de la Madre Virgen, según la naturaleza humana, temporalmente. El resucitar, después de muerto, a nueva gloria y vida para más no morir, fue otro nacer. Nace en cierta manera en la hostia, cuantas veces en el altar los sacerdotes consagran aquel pan en su cuerpo. Y, últimamente, nace y crece en nosotros mismos siempre que nos santifica y renueva». Por eso cada misa, «cada Navidad ha de ser para nosotros un nuevo especial encuentro con Dios, dejando que su luz y su gracia entren hasta el fondo del alma» [36]
Señor Hijo Único, Jesucristo, Señor Dios, que estás ahora en el pesebre, o sobre el lino limpio del altar, te damos gracias por tu humildad infinita, porque te anonadas y te haces pequeño para caber en nuestros brazos, en nuestro pecho; te damos gracias, te adoramos, te glorificamos, Niño chiquito, bonito, de ojos bellos, cielo nuestro, carita preciosa, tesoro escondido, luz del mundo, río de oro, cascada de fuego, mar azul, laguna de muy claro verde, rocío de estío, brisa serena, frescor de sombra, aroma de nardo, miel de abeja, néctar humano, pimpollo divino, tomillo sencillo, geranio, jazmín, tamarindo, palmera, cedro, Fin y Principio, Palabra y Silencio: ¡Belleza!; de Madre guapísima, seno virginal, fragancia de rosas, jardín sellado, rama tierna, flor fecunda: ¡Bendito el fruto de tu vientre: Jesús!
Cordero de Dios, Hijo del Padre, también gustas de nuestras humildes súplicas, pues también con ellas te glorificamos y te damos gracias: Tú que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros. Queremos ser límpios, mi Niño Dios, para ser dignos de mirarte y cogerte y comerte. Tú que estás sentado a la derecha del Padre, ten piedad de nosotros. Mira que comprendemos que sólo la santidad es camino, que sólo la santidad es amor y gozo y paz. Y estamos tan lejos, tan lejos, quedan tantas leguas, que es preciso un milagro, que sólo Tú puedes hacer, porque sólo Tú eres Santo, sólo Tú Señor, sólo Tú Altísimo, Jesucristo, con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre.
Verlo todo con luz divina
Yo debo darme cuenta de que he de esforzarme más, que he de mirarme en tus ojos para verme y verlo todo con luz divina. Y es posible. En Belén y en la Misa es posible. Ya lo hemos hecho: nos hemos metido en tus ojos bellos, en nuestro centro natural, y vamos cantando por el mundo:
Una Niña y un Niño
Vengo de ver,
Que Dios ve con ellos
Todo cuanto ve
En sus ojos santos
Por niñas los tiene,
Y con ellos mira
Cuanto puede y quiere;
Dichoso mil veces
Quien verlos merezca
Con tanta belleza,
Luz, gloria y poder;
Que Dios ve con ellos
Todo cuanto ve [7].
Es cierto: Jesús y María son las niñas de los ojos de Dios. Por eso Dios nos ve siempre con una luz divina y humana, con comprensión infinita. Sólo puede airarse su mirar cuando huímos del ámbito en que María y Jesús se encuentran. Pero si llevamos siempre con nosotros, en nuestro corazón, en nuestra mirada la Noche Santa de Belén y el misterio pasmoso de la Eucaristía, para nosotros Dios será siempre Dios: erit ille nobis semper Deus, como rezan, junto a un molino viejo de Castilla, entrañable, las palabras del clásico. Dios será siempre para nosotros un Padre lleno de ternura. «Yo soy el pan de vida», dirá el Niño cuando sea mayor.
No la debemos dormir
la noche santa,
no la debemos dormir...[8]
El tiempo es corto, demasiado breve, para mirar al Niño y en profundo silencio decirle despacio cuanto le queremos decir.
Y aún habremos de cantarle algo
A la clavelina
a la perla fina,
a la aurora santa,
que el sol se levanta.
¡Ay, niña bendita,
de un niño madre,
que es tan grande y tan bueno
como su padre!.
1 FRANCISCO DE AVILA, Villancico, BAE, n.441
2. LOPE DE VEGA, Pastores de Belén.
3. MILLAN PUELLES, La estructura de la subjetividad, Ed. Rialp, Madrid 1967, pp. 283-284.
4. Camino, n. 783
5. Cfr. Camino, n. 784
6. Es Cristo que pasa, n. 12
7. LOPE DE VEGA, Pastores de Belén.
8. FRAY A. MONTESINO, en DAMASO ALONSO, o.c., pp. 83-84.
Del libro Los Tres Soles, Ed. Arvo, Salamanca 1999.
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