En vano parecen alejarse los alegres rumores del Nacimiento, y al despuntar la flor de primavera sobreviene aquella mística tristeza, pura languidez de amor, de la Pasión y Muerte, que es Redención y Vida; en vano el mayo acumula sus flores como preparando una plenitud definitiva, y la majestad del Corpus parece desafiar un más allá. El más allá se realiza imperturbable: arde el estío, agóstanse las flores, caen los frutos y se dan, y todo muere. Nieva sobre la tierra desnuda, y todo parece concluido. Sólo el labrador tiene fe; esconde la semilla en el seno misterioso de la muerte, y espera. Y, sin embargo, todo parece definitivamente concluido. El sol va huyendo por los horizontes; la tierra se enfría desolada: es el fin. Pero he aquí que en la nieve de la noche aparece un niño desnudo que sonríe y brilla.
¡El Niño ha vuelto! ¡ el Niño ha vuelto ! ¡Otra vez el comienzo! ¡eterna es la vida! Ríen los hombres escondidos en las cabañas, y los que se habían apiñado en las ciudades brillantes de artificio para olvidar la muerte, y los que peregrinaban meditabundos por la inmensa oscuridad de los campos. ¡ El Niño ha vuelto! y todos se sienten otra vez niños y no tienen frío. ¿Qué importa el frío, qué importa la nieve, qué importa la oscuridad y la desnudez de la tierra? No hay frío, no hay oscuridad, no hay muerte: el Niño ha vuelto. Y todos van a Él en la fiesta de la noche y de la nieve. Es la fiesta de la eternidad del ser triunfante de todos los fantasmas de la muerte. Es la fiesta del eterno comienzo.
Este Niño sonriente que hay en el altar es el eterno niño que vive en el fondo de nuestra alma. ¿No lo sentís algunas veces, y siempre, si queréis?
Cuando la tribulación sacuda como un huracán los cimientos de vuestra casa; cuando el dolor parezca secar las fuentes de vuestra vida; cuando la violencia de la lucha humana haga rígido vuestro gesto, o el sufrimiento del pensar frunza vuestras cejas; cuando la enfermedad abata vuestros miembros en el lecho y oscurezca vuestros sentidos con la sombra -¡vana sombra!- de la muerte... ¡invocad al Niño! ¡invocad al Niño! Él volverá. Él vuelve siempre. Tras las tribulación, tras el dolor, tras la violencia, tras la enfermedad y la muerte, hay en vosotros una sonrisa de niño que espera...
¿No habéis visto sonreír un mártir? ¿no habéis visto sonreír un héroe? ¿no habéis visto sonreír un sabio? ¿no habéis visto alguna vez la divina sonrisa de los moribundos? Pues es el Niño, es el Niño que hay dentro, el Niño que vuelve siempre, siempre...
¿No habéis visto los niños, nuestros niños, sonreír a todo? Miráis al niño y os sonríe; le volvéis la espalda, y sonríe a la madre que le tiene en brazos; dejadlo solo, y sonríe al espacio; mostradle el cielo, y sonríe; mostradle la muerte, y sonríe. Llorará tal vez ante el dolor, ante la oscuridad, ante el miedo a lo monstruoso... pero aguardad, y al menor cambio cesa el llanto súbitamente; mira el niño asombrado, y en seguida sonríe aun entre lágrimas. Al fin todo le es igual. Todo es igual ante su sonrisa, triunfante de todo.
Pues ¿qué más somos nosotros? ¿qué más comprendemos que ellos del misterio de la vida y de sus apariencias? ¿Por qué no hemos de sonreír, al fin, a todas las cosas que no comprendemos? ¿Y por ventura podemos decir que comprendemos bien alguna? Ved al Niño Eterno: Él sabe el misterio de todas, y sonríe eternamente. Algún motivo de eterna sonrisa habrá en el fondo de ellas.
Y este motivo será el que sonríe dentro de nosotros al fin de todas nuestras tempestades; el niño inconsciente que llevamos dentro y que sabe más que nosotros: lo mejor de nosotros mismos.
Y esto es lo que hoy festejamos ¡ved qué gran fiesta! La Navidad; la Natividad; el poder de nacer eternamente, de renacer siempre de nosotros mismos; de hacer de nuestra vida un eterno comienzo, de ser siempre niños en algún modo.
De ver cada cosa como nueva, como si por la primera vez la viéramos; con sorpresa, con inocencia, con sonrisa. De llevar nuestra vida con un santo atolondramiento, con desenfado; de dejarla llevar por el instinto del alma, que sabe más que todos los filósofos. Que nuestra sonrisa sea purgadora de la hiel de la experiencia, de los malos humores del dolor, de la actitud de la lucha. Que nuestra alma quede siempre pura como la del niño, y por encima de toda mancha. Restauremos cada día, cada momento, nuestra inocencia. ¿No fue esto lo que quiso decir en su día el Niño de hoy cuando, acariciando a los parvulillos, habló así a sus discípulos: "En verdad os digo que el que no recibiere el reino de Dios como niño, no entrará en él." ¡Ay, pues, de aquel que no sabe hacerse niño! Hoy es la gran fiesta de ese renuevo eterno. Ved la mesa familiar: en torno del padre ríen los hijos, ríen los nietos ya en flor de renuevo, ríen los pequeñuelos que se sienten hermanados con los mayores y aún con el padre, ríe en brazos de la madre joven el último llegado, que aún no sabe nada. Y éste es el maestro de todos, porque su risa es la más pura. Todos son niños en torno a la mesa de Navidad.
Oh! ¡ Navidad! ; Navidad ! Alegría del eterno renuevo...