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EL NIÑO EXISTE (Antonio Orozco)

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El Niño existe

Antonio Orozco
Act. Arvo.net, 21.12.2008


 

En la calle, unos jóvenes muy amables, él con micro de alcachofa azul y ella con enorme aparato de filmar al hombro, me preguntaron, para algún programa televisivo local, sobre cómo pensaba pasar la Noche Vieja. Justo venía yo pensando en el por qué del apóstrofe «vieja», cuando es la noche que nos franquea el paso a un año nuevo. Quizá porque la gente mayor no puede evitar la idea de que un año más equivale a un año menos (de tiempo). Traté de explicarles que pensaba pasar aquella última noche del mejor modo posible: celebrando la Misa, donde Dios humanado, nace de nuevo. Por eso yo entendía más de cosas nuevas que de viejas… Un poco asombrados y muy respetuosos, los chicos me felicitaron cordialmente el Año Nuevo.

 Fray Luis de León asegura que el nacer es tan del gusto de Dios Hijo «que sólo Él nace por cinco diferentes maneras, todas maravillosas y singulares. Nace según la divinidad, eternamente del Padre. Nació de la Madre Virgen, según la naturaleza humana, temporalmente. El resucitar, después de muerto, a nueva gloria y vida para más no morir, fue otro nacer. Nace en cierta manera en la hostia, cuantas veces en el altar los sacerdotes consagran aquel pan en su cuerpo. Y, últimamente, nace y crece en nosotros mismos siempre que nos santifica y renueva».

 Quizá puede expresarse de otra manera más precisa: no es que Cristo nazca de nuevo, es que se nos presenta aquí y ahora lo que nunca ha dejado de ser presente desde que nació en Belén, en una fecha concreta, hace unos veinte siglos. Esto es lo que, si no lo entiendo mal, enseña el Catecismo de la Iglesia Católica en su nunca bien ponderado número 1085:

 «En la Liturgia de la Iglesia, Cristo significa y realiza principalmente su misterio pascual. Durante su vida terrestre Jesús anunciaba con su enseñanza y anticipaba con sus actos el misterio pascual. Cuando llegó su Hora (cf Jn 13,1; 17,1), vivió el único acontecimiento de la historia que no pasa: Jesús muere, es sepultado, resucita de entre los muertos y se sienta a la derecha del Padre "una vez por todas" (Rm 6,10; Hb 7,27; 9,12). Es un acontecimiento real, sucedido en nuestra historia, pero absolutamente singular: todos los demás acontecimientos suceden una vez, y luego pasan y son absorbidos por el pasado. El misterio pascual de Cristo, por el contrario, no puede permanecer solamente en el pasado, pues por su muerte destruyó a la muerte, y todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente presente. El acontecimiento de la Cruz y de la Resurrección permanece y atrae todo hacia la Vida.» [El subrayado es del texto original: permanece

Este texto de importancia teológica colosal, enseña directamente la actualidad perenne del «misterio pascual»: pasión, muerte y resurrección de Cristo que constituyen el núcleo, por así decir, del sacrificio redentor, presente en el Sacrificio Eucarístico, para que podamos participar de él, al asistir activamente a Misa.

 Cristo Sacerdote y Víctima se hace presente con su mismo cuerpo y sangre, que se entrega para la remisión de los pecados. Cristo, Señor del tiempo y de la historia es contemporáneo de todos los tiempos. Por ser Dios está en todo tiempo y en todo lugar, pero como hombre, aunque su lugar «natural» es «el Cielo», donde se encuentra desde su Ascensión, puede hacerse presente en todo lugar cómo y cuando quiera. Y ha querido hacerse presente de especial modo siempre que se celebra la Misa, «re-presentación» del sacrificio del Calvario («memorial» de su muerte y de su resurrección: «haced esto en memoria mía»). 

Pero la Iglesia –como acabamos de leer- nos enseña que «todo lo que Cristo es y todo lo que hizo» (nada se excluye de lo que hizo y es) «participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente presente». Se explica por el misterio de la doble naturaleza de Cristo en la unidad de la Segunda Persona divina. Cristo es el Verbo hecho carne, la Palabra hecha hombre: una Persona divina ha asumido una naturaleza humana, como la nuestra, salvo el pecado. Es un misterio enorme de amor hacia cada uno de nosotros. Dios se ha unido indisolublemente al hombre en la naturaleza humana de Cristo. Ésta no es algo adosado, yuxtapuesto, extrínseco  a la divinidad. Humanidad y divinidad no se mezclan ni confunden, pero la Persona divina es de las dos, actúa en una y otra, da y recibe desde ambas. Todos sus actos humanos –hablar, comer, dormir, trabajar, orar, reir, sufrir…- son actos de la Persona de Cristo, es decir, de Dios Hijo.

 Por eso cabe decir que todos y cada uno de esos actos «permanecen», pues son «eternizados» por la Persona eterna que actúa. Y con la palabra «actos», hemos de referirnos a todo lo que hizo, dijo, padeció, gozó…; todo esto, precisamente, se eterniza en cuanto que se trata de actos de Cristo y forma parte de su entero vivir.

 Cada uno de nosotros ya no es aquél o aquella que fue hace dos, cinco, equis años. No sólo han cambiado todas las células de nuestro organismo material: nuestro espíritu ha cambiado, nuestra mentalidad, nuestra ideas, nuestros sentimientos se han enriquecido o también puede ser que hayan sufrido depauperaciones. Yo ya no soy el niño que fui hace equis años, aunque lo que fui gravite de alguna manera, decisiva en ciertos aspectos, en lo que soy ahora.

 «Todo pasa y todo queda», cantaba Machado. Es cierto. Todo lo estrictamente temporal, ya no existe, ya no vuelve. Pero ¿qué sucede con el «todo queda»? En cierta medida también es verdad. En la Escritura, el Espíritu Santo nos dice: «Felices los que mueren en el Señor, porque sus obras les acompañan». Las obras acompañan al hombre por toda la eternidad: algo de ellas, porque tenemos alma inmortal, y lo que es propiamente personal, lo que hacemos con plena consciencia y voluntariedad, es decir, con verdadera responsabilidad, es un acto que procede del núcleo inmortal de la persona y, por eso, algo de esos actos es inmortal, y merece premio o castigo eternos. No podemos entrar ahora en más detalles de lo que acabo de decir, hay que retomar el hilo del discurso: el alma inmortal, de algún modo inmortaliza nuestras obras. Pero el Verbo hecho carne no sólo inmortaliza: eterniza las obras de Jesús, todo lo que fue e hizo. Es un caso singular, único, irrepetible.

 En ese sentido, tan cierto como misterioso, desde el «acto» de la Encarnación al de la Ascensión al Cielo, todo el arco de la existencia humana de Cristo, permanece. En este sentido, todos somos contemporáneos de «todo lo que hizo y es» Cristo. Ese «todo» está en el Cielo, pero el Cielo no está lejos, el Cielo es Dios y Dios está junto a nosotros, en lo más íntimo de nosotros. Y la humanidad de Cristo baja al altar cuando se celebra la Misa y permanece en los sagrarios donde se encuentra reservada la Eucaristía.

Por consiguiente, el Nacimiento de Jesús en Belén es siempre actual: permanece, y actúa en todos aquellos que se encuentran dispuestos a recibir a Cristo sacramentado en sus corazones. Insisto: en la naturaleza humana de Cristo, en su humanidad santísima se encuentra presente todo lo que Él es e hizo.

 Así, siempre, en todo momento y en todo lugar podemos hablar con Dios Hijo, Jesús, que nació en Belén, cuyo acto de nacer es siempre actual. Podemos encontrar en cualquier momento al Niño Jesús, porque el Niño Jesús existe

 Según tradición que goza de buen respaldo, cierto día Teresa de Jesús, subiendo una escalera del convento de la Encarnación (Ávila), se encontró con un niño rubio monísimo que le preguntó: –¿Tú quién eres? –Yo, Teresa de Jesús, ¿Y tú?, replicó la santa –Yo, Jesús de Teresa.

 En mi opinión, lo que vio santa Teresa, desde luego no fue un fantasma, pero tampoco una «aparición», como cuando se aparece un ángel en forma humana. Los ángeles han de «aparecer», porque no son hombres y si se aparecen en forma humana sólo la aparentan. Sin embargo, tengo para mí, que Jesús de Teresa, era algo más que una «aparición», era el verdadero y real Niño Jesús, que fue y sigue siendo, pues permanece el ser total de Cristo con cada uno de sus momentos.

 Por eso, la Navidad tiene para el hombre de fe un contenido sumamente enriquecedor de ternura hacia ese Dios que se hizo y permanece Niño, aun después de su madurez humana, pasión, muerte y resurrección. Qué hondura de realidad efectiva manifiesta la oración de san Josemaría en su tercer misterio gozoso de Santo Rosario: «Y en Belén nace nuestro Dios: ¡Jesucristo! –No hay lugar en la posada: en un establo. –Y su Madre le envuelve en pañales y le recuesta en el pesebre. (Luc, II, 7.) / Frío. –Pobreza. –Soy un esclavito de José. –¡Qué bueno es José! –Me trata como un padre a su hijo. –¡Hasta me perdona, si cojo en mis brazos al Niño y me quedo, horas y horas, diciéndole cosas dulces y encendidas!... / Y le beso –bésale tú–, y le bailo, y le canto, y le llamo Rey, Amor, mi Dios, mi Unico, mi Todo!... ¡Qué hermoso es el Niño... y qué corta la decena».

 Con la lección aprendida, cada uno soltará su inspiración de amor creativo y verá cómo se cumple este propósito: «cada Navidad ha de ser para nosotros un nuevo especial encuentro con Dios, dejando que su luz y su gracia entren hasta el fondo de nuestra alma» [San Josemaría].

 El Niño se encuentra sacramentado en la Eucaristía. Baja al altar, en la Santa Misa y se queda en el Sagrario. ¡Vayamos a adorarle!, como los primeros que en la Nochebuena lo hicieron, los pastores (cf. Lc 2, 15). Y después los Magos (cf. Mt 2, 2). Ahora nosotros.

¡Feliz Navidad, Feliz Año Nuevo!

 La Felicidad es el Niño, la Felicidad es Cristo, la Felicidad se encuentra en la Eucaristía. Ya no hay noches viejas; todas las noches, todos los días son nuevos, Él hace nuevas todas las cosas, palabra de Dios (Cf. Apc 21, 5).

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Enviado por Arvo Net - 13/12/2005 ir arriba

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