Por Ferrán
Blasi Birbe *
«Y cuando llegó la plenitud de los tiempos,
Dios envió a su Hijo, nacido de una Mujer,
nacido bajo la Ley, para redimir a los que
estaban bajo la Ley, para que recibiéramos
la adopción de hijos» (Gál 4,4). Este texto
de san Pablo se presta, especialmente por
Navidad, a muchas reflexiones, y sugiere
antinomias aparentes contradicciones que se
hacen manifiestas al considerar el misterio
de la Encarnación del Verbo que «se hizo
Carne y habitó entre nosotros» (Jn 1, 14) el
cual, sin dejar de ser Dios, se hizo Hombre,
«Dios Perfecto y Hombre Perfecto» , y que,
subsistiendo en la condición divina se
anonadó a sí mismo, tomando la forma de
siervo, hecho conforme a lo que son los
hombres» (cfr. Flp 2, 5 11):
- Dios ha prescindido de su gloria externa y
se ha hecho un Hombre corriente (cfr. Flp
2,5 11).
-El que era Invisible, se ha hecho visible
en la Carne de un Hombre.
-La Omnipotencia se hace Infante desvalido.
-El Inmutable es ahora un Niño que ya ríe,
ya llora.
-La Omnisciencia es un Infante que aprende.
-El Impasible se prepara para sufrir.
-El Inmortal es ahora un Hombre que se
encamina hacia la muerte.
-El Dios inaprensible se deja coger en un
Niño que podemos estrechar con nuestros
brazos.
-El Dios incomprehensible se hace conocer
por la palabra y el gesto de un Hombre.
-El Immenso se ha limitado, en el espacio,
en el cuerpo de un Infante.
-El Acto puro Espíritu purísimo no ha
desdeñado asumir un espíritu unido a la
materia.
-La Palabra eterna se hizo voz en el tiempo.
-El Eterno se adapta al paso del tiempo: de
los años, las estaciones, los días, las
horas.
-El Padre hace conocer la paternidad eterna
a través del nacimiento temporal de su Hijo.
-El que era rico se ha hecho indigente, para
que con su pobreza nosotros seamos ricos (cfr.
2 Cor 8,9).
-El Creador se ha hecho creatura.
-Dios se ha hecho... un Niño para que te le
acerques con confianza (cfr. J. Escrivá de
Balaguer, Camino, 94).
-Dios se hace un Niño para que nosotros
seamos adultos en Cristo.
-El Dios lleno de poder y majestad se
muestra en la sencillez de un Hombre como
todos.
-Dios se ha hecho igual a cada uno de los
hombres, excepto en el pecado.
-El que es el Santo, y no tiene pecado, ha
sido constituido víctima por los pecados del
mundo (cfr. 2 Cor 5, 21).
-Dios ha cargado encima de su Hijo los
pecados de los hombres, para que nosotros
quedemos libres de los nuestros.
-El que es Amo y Señor se ha hecho Sirviente
y Esclavo.
-El que es el Hijo de Dios se llamará
también Hijo del Hombre para que,
igualmente, a la inversa, el hijo del hombre
llegue a ser hijo de Dios (cfr. S. Agustín,
Sermón 185).
Son paradojas que se explican así: en la
Persona del Dios Hombre se encuentran,
unidas, las dos naturalezas la divina y la
humana , y todo lo que es propio de cada una
de ellas, se puede predicar de la otra, a
través de la Persona de Jesucristo, que es
una sola, y por esto son correctas aunque
sorprendentes expresiones como éstas,
aplicadas a Jesús: el Dios que ha nacido; o
el Dios que ha muerto; el Hombre que lo sabe
todo; o el Dios que aprende.
Es aquello que en lenguaje teológico se
llama « communicatio idiomatum »,
comunicación de idiomas, entendiendo aquí
este último término, de acuerdo con su
etimología, como aquello que es propio de
cada naturaleza: la intercomunicación de las
propiedades de ambas naturalezas, que pasa
por la Persona del Verbo hecho Hombre, y
permite tales cambios audaces de adjetivos y
verbos.
Este gusto por las paradojas -jugando con la
Muerte y la Resurrección- debía de tenerlo
el autor de una lápida funeraria que se
puede leer en un antiguo cementerio de la
Segarra. Ofrezco aquí el texto a los
amadores de la lengua latina, como un fácil
ejercicio de toda la serie de los casos del
singular de la tercera declinación: «Mors
mortis, morti, mortem, morte, dedit» (la
Muerte de la muerte, a la muerte, dio
muerte, con la muerte).
De estas maneras y de otras parecidas «se ha
manifestado la benignidad y el amor a los
hombres, de Dios Salvador nuestro» (Tit
3,4), como escribe otra vez bellamente san
Pablo.
UN DIOS QUE APRENDE
Es bonito leer en el evangelio de Lucas,
hablando de Jesús, que el Niño «crecía en
sabiduría, edad y gracia ante Dios y los
hombres» (Lc 2,52).
El Eterno quiso someterse al paso del
tiempo, de forma que, mientras estaba en la
tierra, su edad de hombre se contara por
años, y recorrer todas las etapas del
desarrollo corporal. En los textos sagrados
una serie de pasajes lo ponen de manifiesto:
concebido por obra del Espíritu Santo en el
seno materno (Lc 1,26-38), en el inicio de
la etapa que culmina en el nacimiento.
Después será el recién nacido (Le 2,6), el
niñito (Lc 2,17), el niño (Lc 2,43), el
adolescente de doce años -Jesús- que sube al
Templo y hace preguntas a los doctores de la
Ley (Lc 2,41-52), el hombre de unos treinta
años que va a encontrar a Juan el Bautista (Lc
3,23) y que, unos tres años más tarde sufre
la pasión (Jn 18 19), muere el viernes santo
(Jn 19,31 37), y resucita al tercer día, al
alba del domingo (Jn 20,1 1).
Sin embargo, a los que se escandalizan por
la seguridad con la que dice las cosas:
«¿todavía no tienes cincuenta años y ya has
visto a Abraham?» le replican les responde
con la autoridad de quien es también Dios
Eterno: «antes de que Abraham fuese, Yo Soy»
(Jn 8,57 58), utilizando este verbo en
presente, un presente eterno que engloba el
ayer, el hoy y el mañana.
Y por otra parte, el que tiene la infinita
Plenitud de la Gracia y es el Autor de toda
gracia, la manifestaba como hombre, por
etapas, a todo el mundo.
Pero, ¿cómo crecía en sabiduría el que era
el Omnisciente? Está claro que, siendo Dios,
lo conocía todo. Y también hay que decir
que, Hombre Perfecto, no se quedaba atrás en
ningún aspecto de la ciencia, en comparación
con cualquier otro hombre: desde el primer
instante de su vida humana había recibido
toda la ciencia infusa que le había de ser
conveniente, dejando aparte el hecho de que,
gozando plenamente de Dios, tenía también la
ciencia de los bienaventurados del Cielo. Y
con todo, su sabiduría crecía. Es que
entraba en juego la ciencia experimental:
muchas de aquellas cosas que ya sabía por
las otras formas de su altísima ciencia, las
comprobaba como hombre en la realidad
mundana. Escuchaba a sus padres de la
tierra, aprendía las palabras y se le pegaba
de ellos hasta el timbre de la voz o el
gesto; oía los sermones en la sinagoga; se
ejercitaba en el oficio de quien le hacía de
padre.
Se fijaba en los demás: en la mujer quién
sabe si su Madre que ha perdido una moneda,
y barre la casa de un extremo a otro hasta
que la encuentra (Lc 15,8 10); o en los
niños que juegan y cantan en la plaza (Mt
11,16 17); observa con agrado cómo la
viejecita pobre deja una pequeña moneda en
el lugar de las limosnas del Templo (Mc
12,41 44). Y es del todo verdad que Jesús
«se admiraba», cuando veía bellos ejemplos,
actos de virtud (cfr. Mt 8,10). Se admiraba
al oír lo que no sabía de esta manera,
aunque ya lo conociera de otra, el que era
Hombre Perfecto y Dios Perfecto.
Es verdad igualmente que en la misma Persona
-¡oh sorprendente antinomia!- Dios aprendía
y el hombre lo sabía todo.
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*Ferrán Blasi Birbe,
es doctor en Teología por la Universidad
Lateranense de Roma, doctor en Derecho y
doctor en Ciencias de la Información.
Académico electo de la Academia de Ciencias
Sociales y Políticas de Barcelona y miembro
de la Sociedad de Estudios de Historia
Eclesiástica Moderna y Contemporánea de
Cataluña.
Es
asimismo autor de una decena de libros,
entre los que se cuenta uno en el que abunda
en el tema de esta colaboración: «Los
nombres de Cristo en la Biblia» Ed.
Eunsa, Pamplona, 1993, 220 páginas. Tras
unos comentarios introductorios sobre la
figura histórica de Jesucristo, el valor de
los evangelios y algunos comentarios
exegéticos a diversos hechos cruciales de la
vida de Jesucristo, este libro recoge el
estudio contextualizado de la rica variedad
de los nombres que, a lo largo de los textos
bíblicos, se aplican a Jesucristo, quien es
así Hijo de David e Hijo de Dios; Jesús de
Nazaret, Rey de Reyes y Señor de Señores;
Siervo y Pantokrator; Hombre y Dios. Un
estudio bíblico de este tipo confirma la
legitimidad del trabajo de reflexión
teológica hecho en la tradición de la
Iglesia en los primeros siglos del
cristianismo, unido a la plegaria litúrgica,
que culminó en los primeros concilios
ecuménicos y se expresó en fórmulas felices
que reflejan la realidad de Jesucristo,
Perfecto Dios y Perfecto Hombre.
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Fotograma del film de Zeffirelli «Jesús de
Nazaret»