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ADORAR LA VERDAD (Antonio Orozco)

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Adorar la Verdad

 


 

ADORAR LA VERDAD

 

 

 

Imposible neutralidad. Metamorfosis kafkiana. La hora de la verdad. La luz, tema esencial. Luz para todos. El principio maquiavélico. Humildad y amor a la Verdad.

Por Antonio Orozco Delclós

 

  

 

«La noche será luminosa como el día» [cf. Sal 139]. Paradojas del mundo interior. Es de noche, pero estamos ante un misterio de luz. La luz resplandece en las tinieblas y las tinieblas a su paso se disipan, se rinden a la patencia del fulgor. En la Noche Buena se enciende de nuevo para el mundo la Luminaria que nació en Belén hace veinte siglos, de María Virgen.


Nos hallábamos a oscuras, y de pronto surcó la noche un relámpago de Amor. Éramos gente somnolienta y una dulce sacudida estremeció nuestros corazones. «Vino a los suyos». Pero surgió un pero: «los suyos no le recibieron» [Jn 1, 11]. Las tinieblas –en la inteligencia de muchos– se adensaron y petrificaron. Sólo unos pocos, gente sencilla, pastores pobres, y sabios ricos comprendieron el significado de la luz en la Noche, del canto de los Ángeles y del resplandor de la estrella. Los demás se dieron la vuelta y aprovecharon la interrupción de su letargo para arrebujarse mejor entre los pliegues de sus vanos sueños.



Imposible neutralidad

Pero «sabemos –decía Juan Pablo II– que en aquel ser humano frágil, incapaz todavía de hablar, nos sale al encuentro la palabra eterna de Dios, la sabiduría increada que rige el Universo». Y recordando a San Juan, añadía que «luz y tinieblas se enfrentan en torno al pesebre donde yace el Niño: la luz de la verdad y las tinieblas del error. Es un enfrentamiento que no admite neutralidad: hay que elegir de qué parte se quiere estar. Es una opción en la que cada ser humano se juega el propio futuro».
 

Es preciso ahondar en el misterio: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». «Para esto nací, para dar testimonio de la verdad». En el corazón del Niño Dios, late la Verdad. Y es cuando se va desvelando que comienzan las deserciones. Porque la verdad compromete no sólo el entendimiento, sino todo el vivir. No se deja seccionar. Entera se abraza o entera se rechaza, sin medias tintas. Se puede amar más o menos, pero no se puede afirmar a medias la verdad. El falso irenismo, el relativismo, el neutralismo son excluidos de la verdad, como del círculo la cuadratura.

En el siglo XIV, el Infante Juan Manuel decía que «los engaños con la verdad son los peores, ya que nada existe más sutil que la verdad engañosa». Las medias verdades, las verdades a medias, no son verdad. Intentar siempre posiciones intermedias, limar extremos, quedarse en un cómodo centro [no estamos hablando en términos de política partidista sino pensando en la verdad de las cosas], conduce a puentes sin extremos, a círculos sin centro, a poderes sin autoridad, a gentes sin ideal, sin ilusión y sin sentido. ¿Qué sería de una mesa a la que se limaran sin cesar los extremos de las patas? ¿Y de una cifra cualquiera, si se le priva de los dígitos extremos? ¿Y de un silogismo, si se ponen las premisas y se bloquea la conclusión?

Pues a muchos les sucede que no quieren, según dicen, extremismos: ponen el relativismo en las premisas y se irritan ante el caos que aparece en las conclusiones. Es como no darse cuenta de que no es posible mantener en el aire un piedra con la sola fuerza del deseo.


Metamorfosis kafkiana

Ante el misterio de Belén «la pérdida, aunque sea sólo de una parte de la verdad que late en el corazón de aquel Niño "envuelto en pañales" en el pesebre, significaría para el hombre comprometer en mayor medida la gran y plena realización de sí mismo».

Hay pánico a la verdad. A veces huimos de la verdad como las cucarachas de la luz. Están todas en la cocina, campeando a sus anchas en la oscuridad. Se enciende la luz y todas se lanzan a las sombras, se meten debajo de las patas de los muebles o van al negro interior de las rendijas de los zócalos. Nacidos para la luz, parecemos haber sufrido o procurado una kafkiana metamorfosis.

 

La hora de la verdad

 

Sin embargo es lo cierto que todo hombre en el mundo está en camino hacia la verdad. La última hora es «la hora de la verdad», en la que nadie podrá decir «yo paso de la verdad», porque ya nada pasará, todo quedará, será el momento de la eternidad, de rendir cuenta de los talentos recibidos, el mayor de los cuales es el de la capacidad para conocer la verdad y hacerla.

No hay nadie que no vaya «a ninguna parte». Todos, de grado o por fuerza, nos encaminamos hacia la verdad. El más allá no es la nada, sino el lugar donde se verifica la verdad, donde se valora todo con la medida de la verdad absoluta.

El tema de la verdad es ciertamente el tema de la vida: es un asunto de vida o muerte, algo sumamente vital. Por eso se lee en un gran libro: «no temas a la verdad, aunque la verdad te acarree la muerte». Porque la muerte por la Verdad es vida, mientras que la vida sin la verdad es la incoación de la muerte eterna, o más exactamente, la incoación de una angustia irreversible [Ver Necesidad de la verdad].


En Navidad la Verdad eterna y alumbrada por la Madre Virgen nos nace de nuevo, llama: la luz de una mirada divina y humana nos pregunta: ¿quieres librarte de las tinieblas de la ignorancia, del error, de la mentira? Mírame a los ojos, arroja el miedo que oscurece al mundo, abrázame, estúdiame, da vueltas en torno a Mí, cuídame como a la niña de tus ojos, defiéndeme. La Verdad te hará libre, te hará fuerte por dentro, te hará cristiano de una pieza.

Adorar a Jesús Niño –en el propio corazón y  en la Eucaristía- es adorar la Verdad, o si no, no es más que sentimentalismo estéril. Y adorar la Verdad cantando su gloria es entrar en el Reino de la Luz, del Amor y de la Paz. Es disponerse a participar en la tarea esencial: la Redención del mundo, la recapitulación de todas las cosas en Cristo Jesús, la instauración de la civilización del Amor.

 

La luz, tema esencial

 

La luz es un tema esencial en la Sagrada Escritura: «Yo soy la Luz del mundo» [Jn 8, 12] dice Jesús, el mismo que dice con fuerza singular e inusitada: «¡Yo soy!» [Jn 13, 19]. Aquel cuyo nombre es «Yo soy», es Luz. «Y este es el mensaje que hemos oído de él y que os anunciamos: Dios es Luz, en él no hay tiniebla alguna»  [ 1 lo 1, 5].

 

Obviamente, la luz natural es luz por analogía de la Luz que es Dios [no viceversa]. La luz natural no ve, pero permite ver. La Luz divina ve; y quienes de algún modo la ven, o ven «a su luz» pueden ver mucho más y mejor la realidad. El ojo ve, pero no es luz, ni ve que ve; sin luz no ve nada. El que ve que ve soy yo, por mi entendimiento. El entendimiento humano [nous, en griego; intellectus, en latín] ve y a la vez ve que ve: es también luz, en esto se parece a Dios, pero la luz que posee es escasa comparada con la de Dios; necesita de la luz de la realidad extramental para conocer el mundo y necesita también de la luz de Dios, sobre todo para comprender satisfactoriamente el sentido de la realidad [propia y ajena]. Comparada con la luz que da la fe, la luz de la razón es como una cerilla al lado de la luz del sol.

 

La fe y la razón lejos de oponerse se reclaman una  a la otra: entender para creer, creer para entender. Son como dos alas con que cuenta la criatura para volar hacia las cumbres más altas de la verdad [cf. Juan Pablo II, Fides et ratio]. Sin la fe la razón es valiosa, pero insuficiente. Puede conocer verdades pero no se librará de errores en algunas cosas relevantes. Porque su luz es escasa. Aunque basta para advertir que hay otra luz a su alcance. Lo letal para la razón es oponerse, resistirse a esa otra luz. Entonces errará hasta en lo elemental. Lo comprobamos todos los días en las incoherencias en las que incurre el laicismo ilustrado o pseudoilustrado.

 

Dios es Sabiduría inifnita, infinitamente inteligible en sí mismo [no así por nosotros]. Cristo es la Luz hecha carne –hombre de carne y hueso-, y sólo en Él se comprende a fondo el misterio que es el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios [cf. Vaticano II].

 

La luz del rostro de Dios resplandece con toda su belleza en el rostro de Jesucristo, «imagen de Dios invisible» [Col 1, 15], «resplandor de su gloria» [Heb 1, 3], «lleno de gracia y de verdad» [Jn 1, 14]. Cristo Jesús es «el Rostro de Dios» [S. Clemente de Alej, Paed, 1, 7, 52, 2]. Verle a El es ver al Padre [Cfr Jn 14, 9],  Por cierto, «Hay en él algo verdaderamente impresionante: una belleza viril, recia, verdaderamente divina», decia Pio Xll del rostro de la Sabana santa. Pedro, Juan y Andrés quedaron maravillados al ver un anticipo de su gloria en el monte Tabor [Mc 11, 15]. El resplandor de la Verdad es una belleza arrebatadora.

 

Luz para todos

 

«Es la luz verdadera –no cualquier luz-, que ilumina a todo hombre, que viene a este mundo» [ Jn 1, 9]. El mensaje que ha traido al mundo es para todos sin excepción. Y «Este es el juicio: que vino la luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz ya que sus obras eran malas» [Jn 3, 19]. «Pues todo el que obra mal odia la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprobadas» [Jn 3, 20]. «Pero [no todos, porque] el que obra según la verdad viene a la luz, para que sus obras se pongan de manifiesto, porque han sido hechas según Dios [Jn 3, 21].

 

Y la Luz se hizo hombre y muchos la reciben, al extremo de poder decir: «Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte» [Mt 5, 14]. Estos son los incorporados a Cristo por el Bautismo, que ya tienen luz en el alma. Han de velar para que no se apague y crezca, para que se vea bien la realidad como es, para que todos podamos descubrir ese algo santo, divino, que en los detalles se encierra [nt 1], así como las grandes obras de Dios [nt 2].

 

«En la verdad, la paz» - ha dicho bien claro el papa Benedicto XVI-: «es el lema que presento a la reflexión de toda persona de buena voluntad. Cuando el hombre se deja iluminar por el esplendor de la verdad, se convierte interiormente en valiente artífice de la paz. El tiempo litúrgico que estamos viviendo nos deja una gran lección: para acoger el don de la paz tenemos que abrirnos a la verdad que se ha revelado en la persona de Jesús, quien nos enseñó el «contenido» y al mismo tiempo el «método» de la paz, es decir, el amor. Dios, de hecho, que es el Amor perfecto y subsistente, se reveló en Jesús asumiendo nuestra condición humana. De esta manera nos ha indicado también el camino de la paz: el diálogo, el perdón, la solidaridad. Este es el único camino que lleva a la auténtica paz» [En el Angelus, 1 enero 2006]

 

 

El principio maquiavélico

 

No cabe verdadera paz, ni verdadera libertad fuera de la verdad. Tampoco hay verdad fuera de la verdad. ¿Una perogrullada? Sí, pero muchos caen de patas en las trampas del padre de la mentira, como las moscas en la miel. El falso principio maquiavélico "el fin bueno justifica los medios de cualquier índole que sean" se encuentra instalado sin discusión en casi todas partes, es la mentira habitual que mueve a las masas desinformadas; es el principal anestésico de las conciencias que se bloquean el acceso a la verdad de las cosas y, por consiguiente a la verdad Suprema, a la Luz que es el principio primero de inteligibilidad de lo real; y así se lanzan a crímenes sin cuento.

 

«¡Alza sobre nosotros la luz de tu rostro, Señor!» [Sal 4, 7]. Adorar la Verdad es renunciar a ese principio diabólico, creer que la verdad es más fuerte que la mentira, que el bien acaba triunfando sobre el mal; que para alcanzar  el bien, el mal – la mentira- no es buen camino, aunque parezca más fácil. Adorar la Verdad es el camino de la paz interior y de la paz en la familia y en la sociedad.

 

Humildad y amor

 

No siempre es fácil descubrir las tretas del padre de la mentira, pero tenemos la afirmación rotunda de la Luz: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» [Jn 14, 6]. El Camino se inicia en la humildad de una gruta. En Belén acuden a adorar los Magos, hombres sabios, poderosos, que se postran ante la Verdad [Mt 2, 11].  El diablo no puede postrarse ante la verdad, por la sencilla razón de que «no tiene rodillas». Así se representaba antiguamente al diablo, sin rodillas, según he leído en un artículo del entonces cardenal Ratzinger. El padre de la mentira no tiene rodillas, no es capaz de arrodillarse ante la Verdad. La soberbia es impermeable, finge diálogo, pero no logra más que un monólogo ególatra.

 

Las verdades parciales, fragmentarias, pueden parecer duras, difíciles de entender, comprender o asimilar, pero la Verdad es siempre luminosa: es la Luz, y la Luz es Vida y la vida es Sabiduría y la Sabiduría es Amor. Desde ella se comprende que toda verdad es un bien que conduce a la vida plena. Juan Pablo II solía utilizar con insistencia la expresión «verdad del hombre», «verdad del mundo», «verdad de Dios», verdad, en fin, de lo que fuera tema de su discurso. Toda verdad conduce a la Verdad Primera, y desde la Verdad Primera se puede volver a contemplar las verdades segundas y entonces se ven con una nueva dimensión, con una nueva belleza, en plenitud de sentido. Conocer y amar no son actividades independientes. El amor a la verdad es, en muchos casos el único recurso para discernir, e identificar –con la mano en el corazón- al padre de la mentira y a la Palabra de la Verdad. Humildad y amor se confabulan en el encuentro luminoso de la Verdad fascinante.

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[1] Cfr. San Josemaría Escrivá, Conversaciones, 114.
[2] Cfr. Id. Es Cristo que pasa, 13.

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Arvo Net, 04/01/2006

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