VENIMOS A «ADORARLE»
SIN COMPLEJOS...
Antonio Orozco
Arvo.net, 18.12.2009
Benedicto XVI actualiza para nuestro tiempo la noción, tan olvidada en la práctica, de adoración. «¿Qué significa adorar? ¿Se trata quizá de una actitud de otros tiempos, carente de sentido para el hombre contemporáneo? ¡No!... Es un reconocimiento lleno de gratitud, que parte desde lo más hondo del corazón y envuelve todo el ser, porque sólo adorando y amando a Dios sobre todas las cosas el hombre puede realizarse plenamente a sí mismo» [Homilía , 8-VIII-2005]. Para explicarlo, en Colonia lo hizo acudiendo a la doble acepción de la palabra, según se traduzca del griego o del latín: «proskynesis» o «ad-oratio».
«La palabra griega es proskynesis - recuerda el Papa - , significa el gesto de sumisión, el reconocimiento de Dios como nuestra verdadera medida, cuya norma aceptamos seguir. Significa que la libertad no quiere decir gozar de la vida, considerarse absolutamente autónomo, sino orientarse según la medida de la verdad y del bien, para llegar a ser, de esta manera, nosotros mismos, verdaderos y buenos. Este gesto es necesario, aun cuando nuestra ansia de libertad se resiste, en un primer momento, a esta perspectiva.»
Aunque la altanería del "hombre moderno" se incomode, es pertinente humillarla. Si no, más dura resultará su caída. La soberbia es un autoengaño cruel que perturba la mente para la comprensión de uno mismo, del mundo y de Dios, niega la verdad del Creador y la verdad de la criatura. ¿Qué es la criatura? De suyo, nada. Pensar otra cosa es pensar pensamientos, como imaginar imaginaciones, en suma, no ponderar la realidad. Alienarse. La aspiración a una absoluta autonomía es como querer volver lo que se es sin Dios, nada, nada de nada, lo cual, por otra parte es imposible, porque el ser humano ha sido creado a imagen del Creador y su espíritu es inmortal. El nihilismo es mera imaginación negativa, otro imposible. La proskynesis, en cambio, es lo más natural de la criatura inteligente: el reconocimiento de Dios como «mi Todo», que, por añadidura, se ha revelado como «todo Amor».
Por tanto, Voluntad de Dios no es igual a omnipotencia arbitraria, contrariamente a como se piensa en la vasta escuela –antigua y moderna- de Okam.
Voluntad de Dios no es igual a determinismo ciego.
Voluntad de Dios no es igual a tiranía, despotismo, opresión, coacción o anulación de la libertad de la criatura.
Voluntad de Dios es Sabiduría, que se plasma en la criatura racional como una ley amorosa impresa sin violencia en el corazón del hombre, y se hace norma de tal modo que no determina, no sojuzga, pero si se sigue, se crece en humanidad, en verdad, en bondad, en libertad, en sabiduría, en amor. Y si no, no.
Por tanto, hacer la Voluntad de Dios es hacer lo más amable, lo más fecundo, lo más digno de la criatura racional.
Eshacer amor y sabiduría. Es construir la civilización del amor. No es una carga pesada - «mi yugo es suave y ligera mi carga» [Mt 9, 30]-, es como cobrar alas para volar hacia las más altas cumbres de los valores humanos y divinos; a no ser que la altanería, la soberbia del corazón humano se resista a amar lo infinitamente amable y se encierre en la angostura de su propio yo. Para hacer por encima de todo «su» propia voluntad, «su» propia verdad, «su» propia norma. También acontece a muchos, como comenta San Juan de la Cruz, «que querrían que quisiese Dios lo que ellos quieren, y se entristecen de querer lo que quiere Dios, con repugnancia de acomodar su voluntad a la de Dios. De donde les nace que muchas veces, en lo que ellos no hallan su voluntad y gusto, piensen que no es voluntad de Dios, y que, por el contrario, cuando ellos se satisfacen, crean que Dios se satisface, midiendo a Dios consigo, y no a sí mismos con Dios» [Noche oscura, lib. 1, cap. 7, n. 3].
Esta subversión de valores contorsiona y distorsiona gravemente el propio ser, la propia existencia, el propio modo de ver y de pensar, que se va alejando de la verdad de Dios y de la verdad de la criatura, del amor y de la sabiduría amabilísima, incurre en la esclavitud de las pasiones propias y ajenas.
Sólo asumiendo la norma divina como propia –que lo es, más íntima a mi mismo que yo mismo, como de Dios dice san Agustín- vuelve el ser humano a su posición normal, erguido en su dignidad natural.
En El espíritu de la liturgia J. Ratzinger, Benedicto XVI, recuerda un antiguo modo de representar al diablo: sin rodillas. El diablo es aquel que no tiene rodillas. Carece de la capacidad de arrodillarse ante Dios, como muchos de nuestros contemporáneos. Han perdido el sentido de lo sagrado, el gusto de la adoración.
En cambio, Cristo Jesús, el Hijo de Dios, ora de rodillas en Getsemaní, más aún, rostro en tierra, postrado, con esa humildad que nos hace tanta falta. Tanto como la sencillez y entrañable íntimidad con Dios Uno y Trino, en Cristo, con Él y por Él, realmente presente en la Eucaristía.
El gesto natural y por ello necesario, de sumisión – la reverencia, la genuflexión o la postración - tiene una respuesta gratuita del Dios todopoderoso, majestuoso, inmenso, todo Amor. Nos toma entre sus brazos, nos levanta, nos aprieta y nos besa como un padre amoroso. Es bueno pensar –porque es verdad- que esto mismo sucede en cada una de nuestras genuflexiones ante el Santísimo. De la sumisión a la adoración.
«La palabra latina adoración es «ad-oratio», contacto boca a boca, beso, abrazo y, por tanto, en síntesis, amor. La sumisión se hace unión, porque aquel al cual nos sometemos es Amor. » La sumisión no humilla, dignifica a la criatura, tiene sentido lógico, racional. No nos impone cosas extrañas, nos libera desde lo más íntimo de nuestro ser» (cf. Benedicto XVI, Homilía, Colonia 21-VIII-2005).
La adhesión a su Bondad, Belleza, Amor, es también gratitud por la liberación que la adhesión procura en el ser personal que ya puede moverse por ese espacio sin límites de la Verdad, la Sabiduría, la Belleza, el Amor y la Libertad infinitas. Todo esto se traduce en la alegría de vivir en creciente intensidad, con la espiritualidad que Juan Pablo II llamaba "del Magnificat".
Es la gran transformación de la vida personal de simplemente humana a vida humano-divina, a semejanza del Verbo encarnado que es Dios y hombre verdadero. Los Magos, antes los pastores de Belén, postrándose le adoraron. ¿De dónde ha surgido, en medio de nuestra cultura, la costumbre de permanecer de pie durante la consagración de la Eucaristía? ¿No es adorable la Eucaristía? ¿No es adorable el momento de la transustanciación? Si en algún momento el hombre debe adorar es aquel en el que el Redentor, verdadero Dios y verdadero Hombre, se presenta real y sustancialmente en el altar, con su naturaleza humana, la Divinidad, todo el Misterio Pascual, la donación a los fieles de la Redención obrada en la Cruz del Resucitado presente. Obra de misericordia es enseñar al que no sabe. Del mismo modo que se ha de enseñar a saludar con dignidad a las personas que la tienen – a todas, pues -, es preciso educar a los creyentes en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, con la mínima educación de doblar la rodilla ante el Verbo Encarnado, realmente presente. Así lo indican las rúbricas del Misal. ¿No es, por ello, el “detalle” más inexcusable? Dejarse levantar por el Señor es subir a la altura de los verdaderos dioses, los únicos que existen, por gracia de Dios, los hijos de Dios en Cristo Jesús.
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