LA EPIFANÍA DEL
SEÑOR
2009
ENSEÑANZAS DEL PAPA BENEDICTO
XVI
***
"El amor divino, encarnado
en Cristo, es la ley
fundamental y universal de
la creación".
CIUDAD DEL VATICANO, 6 ENE 2009
(VIS).-Hoy, solemnidad de la
Epifanía del Señor, el Papa
celebró la Santa Misa en la
basílica vaticana.
En la homilía, el Santo Padre
afirmó que la tradición latina
identifica la Epifanía,
“manifestación de nuestro Señor
Jesucristo”, “con la visita de
los Magos al Niño Jesús en
Belén, y por tanto, lo
interpreta sobre todo como
revelación del Mesías de Israel
a los pueblos paganos”.
“En este año 2009, que en el
IV centenario de las primeras
observaciones de Galileo Galilei
gracias al telescopio, se dedica
de modo especial a la
astronomía, no podemos dejar de
prestar una particular atención
al símbolo de la estrella, muy
importante en el relato
evangélico de los Magos, que con
toda probabilidad eran
astrónomos”.
Benedicto XVI señaló que
“mientras la teología pagana
divinizaba los elementos y las
fuerzas del cosmos, la fe
cristiana, cumpliendo la
revelación bíblica, contempla a
un único Dios, Creador y Señor
de todo el universo”.
"El amor divino, encarnado en
Cristo, es la ley fundamental y
universal de la creación. Esto
no debe entenderse en sentido
poético, sino real. (...)
Significa que las estrellas, los
planetas, el universo entero no
están gobernados por una fuerza
ciega, no obedecen sólo a las
dinámicas de la materia. Por
tanto, no hay que divinizar los
elementos cósmicos, sino por el
contrario, en todo y por encima
de todo hay una voluntad
personal, el Espíritu de Dios,
que en Cristo se reveló como
Amor. Por este motivo -dijo-,
los hombres -como escribe San
Pablo a los Colosenses- no son
esclavos de los "elementos del
cosmos", "sino que son libres,
es decir, son capaces de
relacionarse con la libertad
creadora de Dios".
"Él -continuó- está en el
origen de todo y lo gobierna
todo, pero no como un frío y
anónimo motor, sino como Padre,
Esposo, Amigo, Hermano, como
Logos, “Palabra-Razón”, que se
ha unido a nuestra carne mortal
una vez para siempre y ha
compartido plenamente nuestra
condición, manifestando la
sobreabundante potencia de su
gracia".
El Santo Padre subrayó que “el
pensamiento cristiano compara el
cosmos con un “libro” -así decía
el mismo Galileo-,
considerándolo como la obra de
un Autor que se expresa mediante
la “sinfonía” de la creación”.
"No hay sombra, por muy
tenebrosa que sea, capaz de
oscurecer la luz de Cristo. Por
este motivo, en los creyentes en
Cristo nunca desfallece la
esperanza, y tampoco hoy, ante
la gran crisis social y
económica en que se encuentra
sumida la humanidad, ante el
odio y la violencia destructora
que no dejan de ensangrentar
muchas regiones de la tierra,
ante el egoísmo y la pretensión
del hombre de erigirse en dios,
que lleva en ocasiones a
peligrosas alteraciones en el
designio divino sobre la vida y
la dignidad del ser humano,
sobre la familia y la armonía de
la creación".
Benedicto XVI afirmó que
“nuestro esfuerzo por liberar la
vida humana y el mundo del
envenenamiento y la
contaminación que podrían
destruir el presente y el
futuro, conserva su valor y su
sentido -he escrito en la
encíclica Spe salvi-, aunque
aparentemente no tengamos éxito
o parezca que somos impotentes
ante las fuerzas hostiles".
“La señoría universal de
Cristo se ejerce de modo
especial sobre la Iglesia”. En
este contexto aseguró que "la
Iglesia no puede enorgullecerse
de nada, sino de su Señor: de
ella no procede la luz, la
gloria no es suya. Pero
precisamente su alegría, que
nadie le puede quitar, es ésta:
ser “signo e instrumento” de
quien es “lumen gentium”, luz de
los pueblos".
El Santo Padre puso de relieve
que “la gracia de Dios hizo de
San Pablo una estrella para las
gentes” e invitó a rezar por los
pastores de la Iglesia, “para
que, asimilando cotidianamente
la Palabra de Dios, podamos
transmitirla fielmente a
nuestros hermanos”.
“También rezamos -concluyó-
por los fieles, pues todos los
cristianos están llamados por el
Bautismo y la Confirmación a
anunciar a Cristo, luz del
mundo, con la palabra y el
testimonio de la vida".
RECORRER CON DECISION EL
CAMINO DEL BIEN
CIUDAD DEL VATICANO, 6 ENE 2009
(VIS).-Después de la misa
celebrada en la basílica
vaticana con motivo de la
solemnidad de la Epifanía del
Señor, el Papa se asomó al
mediodía a la ventana de su
estudio para rezar el Angelus
con miles de personas
congregadas en la Plaza de San
Pedro.
El Santo Padre, refiriéndose
al episodio de los Magos que
narra San Mateo, afirmó que cada
vez que lo escuchamos “nos
impresiona el claro contraste
que se da entre la actitud de
los Magos, por una parte, y la
de Herodes y los judíos, por
otra. El Evangelio dice que, al
escuchar las palabras de los
Magos, "el rey Herodes se
sobresaltó y con él toda
Jerusalén". Una reacción que se
puede comprender de diferentes
maneras: Herodes se alarma
porque ve en aquél a quien
buscan los Magos a un competidor
para él y para sus hijos. Los
jefes y los habitantes de
Jerusalén, por el contrario,
parecen quedarse más bien
atónitos, como si se despertaran
de un cierto sopor y necesitaran
reflexionar”.
“¿Por qué se sobresalta
entonces Jerusalén? Parece que
el Evangelista quiere como
anticipar la posición que
después tomarán los sumos
sacerdotes y el Sanedrín, así
como parte del pueblo, ante
Jesús durante su vida pública.
(...) Esto recuerda que, antes
de la pasión, Jesús lloró sobre
Jerusalén, pues no había
reconocido la hora en que había
sido visitada. Tocamos aquí uno
de los puntos cruciales de la
teología de la historia: el
drama del amor fiel de Dios en
la persona de Jesús, que "vino a
los suyos, y los suyos no lo
recibieron" .
Benedicto XVI subrayó que “a
la luz de toda la Biblia, esta
actitud de hostilidad o
ambigüedad, o superficialidad
representa la de todo hombre y
la del "mundo" -en sentido
espiritual-, cuando se cierra al
misterio del verdadero Dios, que
nos sale al encuentro con la
pacífica mansedumbre del amor.
Jesús, el "rey de los judíos",
es el Dios de la misericordia y
de la fidelidad; quiere reinar
con el amor y la verdad y nos
pide que nos convirtamos, que
abandonemos las obras malas y
que recorramos con decisión el
camino del bien”.
"Jerusalén", por tanto, en
este sentido, somos todos
nosotros. Que la Virgen María,
que acogió con fe a Jesús, nos
ayude a no cerrar nuestro
corazón a su Evangelio de
salvación. Dejémonos más bien
conquistar y transformar por El,
el "Emmanuel", Dios venido entre
nosotros -concluyó- para darnos
su paz y su amor”.
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