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TIEMPO PASCUAL (Sunsi Estil.les Farré)

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Resurrección: Regálame una caña de bambú El Código da Vinci

CAÑA DE BAMBÚ




“Regálame una caña de bambú”. ¡¡?? Puede parecer una extravagancia; según se mire, según quién mire o cómo lo mire. En definitiva, lo mismo hacen los que se quieren y no quieren olvidar, aunque les resulta bastante más caro...

Por Sunsi Estil-les Farré
Arvo Net, Domingo de Resurrección
16.04.2006
 

“Regálame una caña de bambú”. ¡¡?? Puede parecer una extravagancia; según se mire, según quién mire o cómo lo mire. En definitiva, lo mismo hacen los que se quieren y no quieren olvidar, aunque les resulta bastante más caro. Se regalan una joya y la llevan prendida en la solapa o  limitando el perímetro del dedo. Y no se desprenden de ella porque aquello es lo más parecido a llevar impreso en la cabeza, en la piel, en la memoria ese ser  único-para-mí.  Hoy  preferiría una caña de bambú. Tiene el valor del recuerdo; el recuerdo de una historia importante.

El Domingo de Ramos, la palma. El domingo de Resurrección, una caña de bambú. Una caña que se balancea como  los cuenta-cuentos orientales; que sabe a menta y azúcar. Una caña que dejó de vivir para sí misma... un atardecer de abril.

La caña de esta historia preside un jardín privilegiado. Sol y sombra ... silencio, sosiego y belleza. Ella es la preferida del amo. Erguida, esbelta y majestuosa. La que mejor soporta el viento del invierno y el calor asfixiante del verano. La preferida, la más observada y admirada por los ojos del señor. Esta tarde de primavera no será tranquila y plácida como la tarde anterior y las otras tardes desde que empezó a brotar...  El dueño, esta vez,  se le  acerca con más ternura. Casi susurrando musita: “Te necesito”. Ella ya lo sabe; está plantada en aquel jardín, en la tierra de su señor para lo que su señor desee. No entiende a qué viene este ruego. El señor acaricia sus hojas y sus ramas; caricias que suavizan lo que el amo quiere pedirle. “Te necesito  y, para lo que necesito,  debo cortarte”. ¿Cortarla? ¿Arrancarla?. ¿Para qué entonces el dueño de aquella tierra fértil ha empleado tantas horas en cuidarla, podarla, mimarla? No tiene sentido que el amo quiera destruirla. ¿Para qué tantos desvelos? Ella  no sabe, pero su señor sabe más. La caña de bambú se dispone a ser  cortada por las mismas manos que la han plantado. Ama esas manos; se fía de esas manos.

“Querida caña de bambú. Me queda algo que me cuesta pedirte. Tendré que partirte en dos y extraerte toda la savia. Si no, no me servirás”. No es necesario pedirlo. El amo es el dueño y señor. Una vez arrancada, ¿qué importa ya su forma, su ubicación, su destino en aquel paraíso verde y dorado? Esbelta y majestuosa, pero limitada. Su mirada no alcanza a ver todas las tierras que se encuentran más allá del cañaveral.

Segura de que el señor ve más , la caña se balancea con furia en un intento de reclinarse y postrarse... hasta que queda definitivamente echada en tierra a los pies del amo.

La historia acaba bien. El señor del jardín la arrancó, la partió en dos y le extrajo la savia. Y la arrastró junto a una fuente fresca y cristalina, muy cercana a sus campos. Las plantas de aquellas tierras, a pesar de estar tan cerca del agua, hacía tiempo que morían de sed. Un pequeño roquedal impedía que el agua siguiera su ruta. Con delicadeza de artesano, el señor ató una punta de la caña de bambú a la fuente y la otra la colocó en el campo. El agua, poco a poco, fue humedeciendo la tierra reseca por los años y el olvido. Cuando llegó la primavera, el amo sembró arroz. Las semillas crecieron. Llegó el tiempo de la cosecha. Una cosecha abundante con la que se pudo alimentar a todo un pueblo hambriento.

Cuando la caña de bambú era esbelta y majestuosa, vivía y crecía para sí misma, para su autocomplacencia. Ahora, echada en el suelo del roquedal, se había convertido en la prolongación de la fuente de vida que el señor necesitaba para hacer fecunda su tierra.

La caña de bambú. Una historia sencilla, en la que la naturaleza, las piedras y el agua hablan... de servicio, de vivir por algo y para algo. Una historia que demuestra lo mucho que vale una caña partida en dos. La hermosura de una caña de bambú cortada de cuajo para que la tierra dé fruto. La hermosura de una caña de bambú que sirve porque sirve.  Las demás cañas del cañaveral no lo saben. Pero lo sabe el dueño. Y eso basta.

Hoy, Domingo de Resurrección. Después de la Pasión, la Vida. El arroz que crece en una tierra antes estéril nos da de comer a todos.... si nos acercamos a saborear el dulce manjar.

* Sunsi Estil-les Farré
Diari de Tarragona

 

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