Por Francisco VARO
Facultad de Teología de la Universidad
de Navarra
ABC, 13.03.2006
Cuando uno va llegando a cierta edad
madura, hay un trámite que se hace cada
vez más ineludible, pero que se suele
posponer «para cuando tenga tiempo». Me
refiero a las revisiones médicas.
Mientras el cuerpo aguante, más o menos
renqueando, se tira para adelante. Si
hay algún contratiempo leve, como una
gripe o un catarro, se intenta pasar
como se puede, con un vaso de leche
caliente y un tratamiento sintomático.
Pero cuando aparecen dolores acá y allá,
y se echa en falta la energía de los
veinte años, es necesario romper la
inercia, cargarse de valentía y gastar
unos días en hacerse un chequeo. Y uno
de los momentos duros, en el que hay que
ir dispuesto a todo, es el de recibir el
informe médico.
El estudio de la instrucción pastoral
«Teología y secularización en España»,
recientemente aprobada por la Asamblea
Plenaria de la Conferencia Episcopal
Española, genera una tensión análoga a
la que produce la lectura del informe
médico detallado que sigue a una
revisión exhaustiva del estado de salud.
Genera un cierto sobresalto al confirmar
sobre el papel lo que ya se sentía que
pasaba, pero en seguida brota la
tranquilidad de saber que los males que
nos aquejan están localizados con
precisión y pueden ser tratados. En el
fondo, es un respiro.
No se ocultan a ningún observador atento
las tempestades y vientos doctrinales
que, en las cuatro décadas transcurridas
desde la terminación del Concilio
Vaticano II, han zarandeado el
pensamiento y las costumbres, hasta
conmover los cimientos del amor, la
razón y la vida humana. Corrientes
ideológicas y modas de pensamiento que
han levantado olas capaces de hacer
zozobrar los esquemas mentales y vitales
de muchos cristianos. En la homilía
previa a la celebración del último
cónclave, el entonces cardenal Josef
Ratzinger advirtió de los peligros que
supone la «dictadura del relativismo que
no reconoce nada que sea definitivo y
que deja como última medida solo al
propio yo y a sus deseos». Sin embargo,
frente a esa tiranía que termina por
esclavizar al ser humano, los cristianos
tenemos una referencia clara en
Jesucristo: el Hijo de Dios, el
verdadero hombre.
Ante el gran panorama de trabajo que
abre a la Iglesia el mundo actual,
hastiado de engaños y hambriento de lo
único que puede colmar los deseos de
felicidad, que no es otra cosa que el
único Dios que se nos ha manifestado en
Jesucristo, se sitúa este documento.
Nace, pues, en un contexto de esperanza
y visión optimista y alegre ante el
futuro. La intención de los obispos es
«impulsar el anuncio íntegro del
Evangelio, en medio de una sociedad que
se siente tentada a apostatar
silenciosamente de Dios». Aunque sólo
fuera por eso, este pronunciamiento
reclama respeto y atención. Porque un
mundo como el nuestro, donde abundan las
convicciones de usar y tirar, sólo
merecen verdadero interés aquellos que,
con un pensamiento sólido y audaz,
llenos de energía interior, se niegan a
dejarse arrastrar por las corrientes
imperantes en cada momento. Y de eso
ofrecen un excelente testimonio los
obispos españoles, conscientes de que
una fe adulta no es la que se deja
llevar por las olas de la moda y de las
tentaciones mediáticas, sino la que está
enraizada en Jesucristo y obtiene de ahí
todas las energías que necesita para
mantener su vitalidad.
La etiología de las fracturas más
notables que se pueden diagnosticar en
el origen de la secularización actual
están bien detectadas: una concepción
racionalista de la fe y de la
Revelación, un humanismo inmanentista
aplicado a Jesucristo, una
interpretación meramente sociológica de
la Iglesia, y un subjetivismo
relativista que impone su tiranía en el
campo de la moral.
El análisis pormenorizado de los temas y
la valoración de las distintas
propuestas requeriría una larga
extensión y sin duda que generará un
contraste de opiniones en los próximos
días. En cualquier caso, quien conozca
bien el panorama teológico español podrá
percibir que el documento no inventa
figuras de trapo a las que golpear, sino
que expone con ponderación propuestas
teológicas reales que desfiguran la fe
profesada por la Iglesia y han tenido
serias y graves consecuencias, pero sin
emitir juicios sobre las personas
concretas de quienes proceden.
Ofrece, en cambio, un excelente esquema
de gran utilidad pastoral. Enumera, en
efecto, las grandes líneas en las que se
mueve la fe cristiana acerca de
Jesucristo, Hijo de Dios vivo y plenitud
de la Revelación; de la Iglesia,
sacramento de Cristo; y de la vida moral
como vida en Cristo, con particular
atención a las cuestiones relativas a la
dignidad de la persona, a la dignidad de
la sexualidad y de la vida humana, y a
la responsabilidad de los fieles en la
actividad pública y política.
¿Es molesto o hiriente para un teólogo
el diagnóstico que hace este documento
de la situación de la teología en
España, y de su influencia en la vida de
la Iglesia y en nuestra sociedad? Es tan
molesto como para unas células
cancerosas el que se haga un dictamen
médico certero, o tan relajante para las
células sanas el que se abra un camino
para la curación de la persona.
Se trata de un documento valiente que no
se arruga ante los temores del qué dirán
los que construyen una cultura en la que
no cabe la verdad, sino solamente
opiniones ocasionales. Nace de la
certeza de que «el anuncio del Evangelio
será mediocre mientras pervivan y se
propaguen enseñanzas que dañan la unidad
e integridad de la fe, la comunión de la
Iglesia, y proyecten dudas y
ambigüedades respecto a la vida
cristiana», y de la convicción de que
«la nueva evangelización no podrá
llevarse a cabo sin la ayuda de una sana
y honda teología, en la que refuljan el
espíritu de fe y la pertenencia
eclesial».
Hace un año, la reacción espontánea de
millones de personas verdaderamente
conmovidas que, ante la noticia del
fallecimiento de Juan Pablo II,
acudieron entonces a rezar al Vaticano o
a cualquier iglesia de barrio, fue más
que elocuente. Como Benedicto XVI señaló
pocos días después, en la misa inicial
de su pontificado, la experiencia vivida
muestra que la Iglesia está viva y es
joven. Esa vitalidad y juventud de la
Iglesia se manifestaron poco después,
con evidencia a los ojos de todos,
incluso de los más escépticos, en la
Jornada Mundial de la Juventud celebrada
en Colonia. Y ese torrente de
creatividad juvenil aún tiene mucho que
aportar en la construcción de la
sociedad del futuro.
La instrucción pastoral «Teología y
secularización en España» está al
servicio de esa gran tarea de la Iglesia
en beneficio de toda la humanidad.
Nuestros obispos bien pueden decir con
San Pablo que «no es que pretendamos
dominar vuestra fe, sino que
contribuimos a vuestro gozo, pues os
mantenéis firmes en la fe (2 Cor 1,
24)».