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El Papa rechaza la
anticoncepción. La
experiencia muestra que
muchas mujeres católicas
no actúan del mismo
modo. ¿Se pregunta a sí
mismo el Vaticano si su
juicio respecto a la
moral sexual es aún
válido para los tiempos
que corren?
J. R.- Naturalmente,
tenemos la obligación de
preguntarnos siempre si
nuestras posiciones
tienen o no un
fundamento. Si la
respuesta es positiva,
es necesario encontrar
el modo más convincente
para expresar nuestro
pensamiento. Para
abordar el problema de
la anticoncepción es
imprescindible darse
cuenta de que sus
presupuestos han
cambiado. En primer
lugar, la anticoncepción
tal como la conocemos
hoy no ha existido
jamás. En segundo
término, la cuestión del
crecimiento de la
población no ha sido
nunca tan candente como
lo es en la actualidad.
Que la Iglesia juzgue el
control natural de la
natalidad como un
comportamiento ético
importante constituye un
hecho nuevo. De este
modo, no sólo responde a
la situación actual sino
que también protege sus
más profundas
convicciones. En tiempos
pasados este debate no
existía pues la
humanidad debía ocuparse
más de su supervivencia
que de su número. Desde
luego que la motivación
ética ha perdido su
antiguo peso y tenemos
que aplicarnos con mucho
esmero para hacer
comprensible nuestra
posición, principalmente
frente a cada hombre
concreto.
¿Cuáles son los
elementos que aún
conservan validez de la
encíclica "Humanae vitae",
publicada veinte años
atrás?
J. R. El espacio
dedicado a la
anticoncepción en la
encíclica ocupaba media
página. Se trataba de
dar una imagen positiva
del matrimonio como
«lugar» en el que la
sexualidad tiene una
dignidad humana y
mostrar que en el hombre
el cuerpo y el espíritu
son inseparables. Esto
significa que la
sexualidad no puede ser
confinada en el mundo de
los objetos. Es, en este
caso, una filosofía de
la sexualidad en la
unidad de la persona.
Creo que esta visión es
muy rica, pero que
todavía no ha sido
profundizada
suficientemente. En el
Sínodo de 1980 se
planteó el problema y se
intentó, elaborando con
mayor precisión el
aspecto antropológico,
esclarecer el único
punto difícil, el del
control de la natalidad,
que no se presentaba
bien motivado. El Papa
en persona ha dedicado a
este argumento durante
casi un año la
catequesis de las
audiencias generales de
los miércoles. El
esfuerzo por lograr una
mayor comprensión
prosigue
ininterrumpidamente. Por
esta razón diría que la
encíclica tiene
consistencia, aunque las
motivaciones y la visión
antropológica deben ser
sometidas a un ulterior
examen.
Hace veinte años dijo
que la moral sexual
representaba un capítulo
particularmente oscuro y
trágico en la historia
del pensamiento
cristiano
J. R.- Sí, es verdad,
pues la visión bíblica
ha debido contrarrestar
con enormes dificultades
las corrientes
dualísticas y
rigoristas. Y no
obstante, la doctrina
sobre la sacramentalidad
del matrimonio no ha
permitido nunca que se
cayera en una aversión
de la sexualidad.
En cuanto a la encíclica
Humanae vitae cabe la
pregunta de si llega a
ser profesor de Teología
moral católica sólo
quien está dispuesto a
aceptar los principios
de esta encíclica
J. R. Quien enseña debe
aceptar en cualquier
caso la doctrina de la
Iglesia. Y si alguien
dice un explícito y
ponderado «no», en el
sentido de que «según mi
conciencia no puedo
enseñar esto», la
consecuencia lógica es
que no puede asumir la
tarea de enseñar la
doctrina de la Iglesia.
No hay duda de que no es
justo emitir un juicio
sobre un estudioso
basándose sólo en un
aspecto de su
pensamiento, sino que es
imprescindible conocer
su conjunto. El problema
esencial es saber si
uno, siguiendo la
totalidad de su
pensamiento, es capaz de
aceptar o no la doctrina
de la Iglesia. Esto es
decisivo.
¿No se ha caracterizado
la moral católica en los
últimos doscientos años
quizá más por el
confesionario que por la
doctrina de los valores
positivos?
J. R. Temo que deberé
decirle que sí. Los
elementos de la Teología
moral han sido
elaborados con
frecuencia como
instrucciones para
confesores. Por este
motivo, la Teología
moral ha sido abordada
muchas veces en un
horizonte bastante
restringido. Sólo
mediante una mirada
retrospectiva se puede
entender el por qué de
la amplia crisis actual
de la Teología moral.
Eminencia, hablemos del
Catecismo Universal de
la Iglesia Católica. Los
periódicos lo
presentaban a menudo
como un texto de
educación cívica, como
una lista moralizante de
pecados, un "vademecum"
contra la corrupción
política...
J.R.. Es un grave error
afirmar que el catecismo
es una lista de pecados.
El cristianismo no es
moralismo. El
cristianismo es la
realidad de la historia
común de Dios y del
hombre. En esta historia
en la que predomina el
don de Dios, nosotros
aprendemos a actuar como
hombres. La estructura
del catecismo universal
es la siguiente: el
símbolo apostólico, los
sacramentos, la moral y
la oración. No estaba
previsto, pero luego
hemos caído en la cuenta
de que es la misma
estructura del catecismo
del Concilio de Trento.
Menos de un tercio del
texto trata de la moral,
presentada dentro del
contexto de la historia
de Dios con la
humanidad, y de la
revelación de Dios que
en la comunión de la
Iglesia se ofrece con su
mismo cuerpo en los
sacramentos. De todos
modos, esta sección del
texto no es una lista de
pecados, sino que trata
dé mostrar un modelo de
vida moral desde una
perspectiva cristiana.
De este modo se
convierte en algo muy
simple: es amistad con
el Señor, es vivir y
caminar con El. Todo
ello se resume en el
doble amor de Dios y del
hombre: la síntesis de
toda moral. El resto es
interpretación y
explicación. Pero para
nosotros era importante,
cuando preparábamos el
catecismo, no hablar de
un cristianismo
atemporal, sino de un
cristianismo vivo en la
época actual. Hay quien
dice que la Iglesia está
obsesionada con la moral
sexual, y que sólo
interviene en estos
temas. Pero hemos
demostrado que la
dimensión sexual es sólo
una de las muchas del
ser humano, que existen
otras igualmente
importantes, como la
éticopolítica. No
podíamos olvidarnos de
la sed de justicia
política y social que
provocan los
sufrimientos del Tercer
Mundo, no sólo de
Latinoamérica sino
también de África y
Asia.
El cardenal Franz Kónig
hacía un balance de los
treinta años que nos
separan de la apertura
del Concilio y afirmaba
que consideraba
concluida en la Iglesia
la época de las
contraposiciones entre
derecha e izquierda,
progresistas y
conservadores. ¿Esto es
así porque todos
tendemos ahora hacia un
moderantismo de centro,
o porque lo evidente de
la descristianización
obliga a volver a
empezar desde lo
esencial?
J. R. Es difícil
responder, porque es
obvio que las divisiones
dentro de la Iglesia no
han sido superadas.
Quizá se ha abandonado
el esquema que
contraponía derecha e
izquierda, progresistas
y conservadores, pero
las divisiones continúan
existiendo. El viejo
esquema político ya no
funciona porque incluso
a nivel de partidos
políticos la izquierda
como tal está
atravesando un período
de profundos
replanteamientos, a la
búsqueda de una nueva
identidad; y una derecha
en sentido estricto
tampoco existe ya.
Liberados pues de estos
esquemas políticos y de
partido, quizá podamos
llegar mejor a las
verdaderas raíces de las
divisiones que existen
en la Iglesia, que en
algunas partes son
bastante profundas y
exigen un proceso no
sólo de reflexión sino
también de
reconciliación, y sobre
todo de una renovación
espiritual, un regreso a
las verdaderas raíces de
la fe, que, desde luego,
no será fácil.
¿Cuál es el origen de
las tensiones que en
ocasiones se advierten
entre algunos moralistas
y Roma?
J. R.- Para dar una
respuesta completa
habría que hacer un
análisis a fondo, y éste
no es el momento
adecuado. Personalmente
veo tres planos. Ante
todo, siempre se
producen dificultades en
las comunicaciones,
errores de traducción,
en el sentido más amplio
de la palabra, entre
Roma y las iglesias
locales. Además -y esto
es el punto central-
existe una diferencia
fundamental entre el
programa moral del
cristianismo y las ideas
actuales sobre la vida.
Estos dos elementos
están en constante
conflicto entre sí. La
idea básica del hombre
occidental sobre lo que
se puede y se debe
hacer, sobre cómo hay
que vivir rectamente, se
opone en muchos aspectos
a lo que dice el
Evangelio. Roma debe
recalcar siempre con
habilidad, pero eso es
algo secundario. Aunque
se diga con delicadeza,
permanece la
contradicción que hiere
y duele, lo cual provoca
a su vez una oposición.
En tercer lugar
'paralelamente a lo que
llamaría «los errores de
Roma»-, hay algunos
elementos en Alemania en
los que se entrevé el
deseo de rechazar a
Roma: no se trata sólo
de gestos aislados de
independencia. Estas
tendencias, enraizadas
en un determinado grupo,
pueden llegar a crear un
nuevo tipo de
cristianismo, un
«cristianismo burgués»,
y a aprovechar para este
fin todas las
oportunidades que se les
presentan.
Al presentar la
encíclica "Veritatis
Splendor" usted subrayó
la respuesta en ella
contenida respecto a las
tendencias culturales de
tipo subjetivista y
relativista. La óptica
intraeclesial subrayó,
en cambio, el elemento
preceptivo sobre los
desequilibrios de la
reciente ética
teológica. ¿Cuál de los
dos aspectos predomina?
¿Considera justificada
la impresión según la
cual la encíclica
constituye una censura
hacia la mayoría de los
estudios de teología
moral de los últimos
decenios?
J. R.- No habría dicho
lo que dije a la prensa
si no estuviese
convencido de que las
miras de la encíclica no
son precisamente las de
fomentar discusiones
intraeclesiales,
entabladas por una
teología que se encierra
en si misma, en sus
propias controversias,
sino la voluntad de
hablar al hombre de hoy.
Es un gran documento de
diálogo con el mundo y
sus abrumadores
sufrimientos, lleno de
fe cristiana. Me parece
innegable que el mundo
está atravesando una
crisis de fin de época
que afecta a los valores
básicos y alcanza
también a las otras
grandes religiones. Es
una evidencia
indiscutible que tenemos
necesidad de valores
éticos. En este sentido
el Papa estaba
históricamente obligado
a intervenir, puesto que
es responsabilidad de
los cristianos custodiar
el patrimonio de valores
y también de
racionalidad que deriva
de su fe, y contribuir
al hallazgo de
convicciones humanas
comunes. La Iglesia,
como comunidad de los
creyentes, tiene una
certeza de valores que
no se puede extender, en
su totalidad, a la
humanidad entera, pero
se pueden hallar los
fundamentos comunes. La
encíclica, pues, no
solamente confirma una
convicción cristiana,
sino que además, es una
ayuda a la humanidad que
busca los fundamentos
del ser humano. En este
contexto, el Papa
interviene no para crear
nuevas censuras, sino
para dar mayor firmeza y
convicción en el diálogo
con el mundo a nuestros
valores y nuestra fe.
Creo que es importante
subrayar que cuando el
Santo Padre critica el
teleologismo,
el proporcionalismo,
un concepto erróneo de
autonomía y de opción
fundamental, no condena
globalmente estas pistas
teológicas, sino que
interviene para
purificarlas e integrar
los elementos positivos
en la síntesis
cristiana. No es un
simple «no» o una simple
confirmación de la
neoescolástica; todo lo
contrario, ha examinado
detalladamente el
concepto de la ley
natural en un horizonte
humano, filosófico, y
así ha recuperado la
herencia neoescolástica,
insistiendo en el hecho
de que el hombre en
cuanto hombre, tiene en
sí el derecho de ser sí
mismo, tiene en sí una
dimensión moral. Es
deber del Papa dar una
guía, indicar los
caminos sin salida y
trabajar por una
catolicidad muy amplia,
que sabe integrar todas
las riquezas más hondas.
Quisiera hacer hincapié
en la necesidad de no
perder el fundamento
metafísico creacional
del hombre: la criatura
como tal habla de Dios y
es portadora de un
mensaje también moral.
Es la observación
esencial que hizo el
Papa: donde se pierde
ese fundamento, se
pierde el fundamento de
la teología católica;
donde se saben integrar
nuevas visiones en esta
visión fundamental el
camino puede proseguir.
Usted se muestra
preocupado por el
consenso en torno a la
doctrina moral de la
Iglesia. Si bien «la fe
y la moral no se miden
con la estadística»,
¿existe, en su opinión,
un modo para consultar
al episcopado y al
pueblo de Dios sobre la
acogida del magisterio
moral?
J. R.- Cierto. Es
importante conocer cuál
es la situación, incluso
prescindiendo de las
estadísticas, pero es
importante también ser
consciente de que la
mayoría, en cuanto tal,
no expresa
necesariamente los
valores fundamentales.
Pensemos, por
ejemplo, en el consenso
universal que, en torno
a la esclavitud de los
africanos, se manifestó
en los comienzos de la
era moderna: una época
entera puede estar ciega
respecto a los valores
fundamentales. La
mayoría no puede ser un
criterio suficiente para
definir un valor moral.
Por otra parte, es
importante que, en la
comunión eclesial crezca
la fe -como dice la
Dei Verbum (cfr.
n.8: EV 1/883)- a través
de la reflexión, la
meditación y el estudio.
En este sentido, para el
magisterio de la Iglesia
siempre es importante
basarse en la palabra de
Dios y en el dogma
formulado, pero también
vivir de la vitalidad de
la Iglesia, tanto del
pasado como del
presente, de los laicos
y de los ministros.
El
problema moral
fundamental, así como
nos lo plantea la
Escritura y se dice en
el Padrenuestro, es
cumplir la voluntad de
Dios. Pero conocer esta
voluntad, verla en su
profundidad sólo es
posible con una mirada
amplia a toda la
evolución histórica,
porque nacen nuevos
problemas a los que
podemos responder con
una conciencia más llena
de la voluntad de Dios,
sólo conociendo la
realidad y, por otra
parte, valorando las
experiencias concretas
de la fe. Pensamos en
los tres grandes
desafíos de la época
actual -ética política,
ética económica y
bioética- y vemos que
por una parte,
necesitamos conocer la
materia, los problemas
como tales en toda su
complejidad; por otra
parte, necesitamos el
sentido moral que
traduce la voluntad de
Dios -esto es: que el
hombre tenga la vida y
respete siempre en el
hombre
la imagen de Dios-
en normas concretas.
Aquí es donde se da el
diálogo de la fe, la
búsqueda común para
entender la voluntad de
Dios en cierto contexto. |