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PÉRDIDA DEL
«DICCIONARIO
COMÚN»
Y LENGUAJES ALTERNATIVOS
DIFICULTAD EN LA COMUNICACIÓN DE VERDADES
LA GIGANTESCA TAREA DE JUAN PABLO II
DISCURSO
DE JOAQUÍN NAVARRO VALLS
En la
Universidad Cardenal Herrera-CEU
Exmo. y
Magnífico Señor Rector Ilma. Prof. María José Pou Señores
miembros del Claustro de Profesores y de los alumnos Señoras y
Señores
Es para
mi un honor encontrarme aquí hoy, para aceptar la generosa
decisión de esta Universidad que ha querido conferirme un
Doctorado Honoris Causa. Mi agradecimiento hoy tiene una doble
motivación. Por una parte, como justa correspondencia a quien ha
hecho posible esta concesión. Por otra, porque esta
circunstancia me abre de nuevo las puertas del ámbito académico
del que, por razones diversas, estaba alejado desde hace ya
años.
En esta
ocasión querría compartir con ustedes una breve reflexión sobe
un aspecto particular de la vastísima enseñanza de Juan Pablo
II.
Hoy en
día, una de las dificultades mayores para la transmisión y la
comunicación de valores – y, concretamente, de valores
trascendentes – es la desaparición de un sistema común de
referencias. Los sistemas de referencias son cuadros
generales de supuestos característicos de cada época dentro de
los cuales las palabras de uso habitual tienen un lugar,
posición y significado propios. Si es posible entendernos,
cuando hablamos, se debe a que las palabras que empleamos
habitualmente ocupan un lugar preciso en un cuadro de
referencias compartido por una comunidad en un determinado
momento histórico y cultural. Términos como naturaleza humana,
persona, conciencia moral, oración, Dios, vida eterna, así como
familia, amor humano, sexualidad etc. poseyeron en otras épocas
– al menos en países de tradición cristiana – un significado
inteligible para la mayoría porque formaban parte del sistema de
referencias compartido.
Durante
siglos, en lo que se ha dado en llamar Occidente cristiano,
existió un acuerdo en el significado de aquellas palabras. El
arte, la historia, la literatura de aquellas épocas así nos lo
confirman. Cuando allí y entonces se hablaba de Dios se sabía de
Quién se estaba hablando. Igual ocurría cuando se hablaba de
conciencia, de dignidad humana, de familia o de vida eterna.
Actualmente, la situación en este punto ha cambiado de raíz. Las
sociedades occidentales han perdido su homogeneidad cultural y
diversos sistemas de referencia conviven juntos en una misma
comunidad, empañando de este modo el significado último de las
palabras que utilizamos. Se podría decir incluso que en estas
sociedades se ha perdido el diccionario común. Cuando las
palabras carecen de contenido real o cuando tal contenido se
desconoce, los conceptos se vacían y la realidad se torna vaga y
huidiza. Por ejemplo, la palabra “alma” que en Occidente
perteneció al patrimonio común de conceptos, hoy puede
significar cosas muy distintas según que quien la pronuncie lo
haga desde posiciones empiristas, agnósticas, historicistas etc.
Podría significar, por ejemplo, el principio unificador de la
persona; pero también podría significar una partícula cósmica de
origen incierto y futuro problemático; una metáfora de la
autoconciencia humana o, simplemente, un espejo de nuestras
emociones internas. Y todas esas acepciones – que en realidad se
excluyen mutuamente -conviven en el lenguaje común y en las
categorías culturales nuestras sociedades.
Este
cuadro me fue particularmente claro hace pocas fechas cuando
discutía de estas cuestiones con un académico escandinavo. Me
decía: “Cuando yo pronuncio en mi país la palabra “familia”
nadie sabe a qué me refiero porque más del 50 % de mis
compatriotas simplemente cohabitan o son solteros con hijos;
muy pocos se casan y los usos políticos y los experimentos
legislativos de la realidad familiar se han empleado de tal modo
que familia hoy significa cualquier agrupación de personas que
viven por algún tiempo bajo el mismo techo, recordando más que
nada una experiencia particular de nomadismo humano”.
Por citar
otro ejemplo: el concepto de naturaleza humana - postulado del
pensamiento occidental durante siglos – como algo que precede e
ilumina al hombre frente al nuevo teorema de que todo en él es
pura construcción histórico-socio-cultural, se ha casi eclipsado
en el debate antropológico de nuestros días. Y, como
consecuencia, también desaparece como tema en la literatura, en
la cinematografía, en la narración televisiva, y hasta en la
aparente neutralidad de la información, como parece confirmarlo
el modo en que una parte importante del periodismo trata las
peripecias humanas cotidianas sean éstas trágicas o cómicas.
La
cuestión, en definitiva, se podría formular así: cuando hay un
sistema cristiano de referencias, Dios es la referencia para el
hombre. Cuando se considera a Dios irrelevante, el hombre se
hace autoreferencial. Y el resultado es que el ser humano se
convierte en una pregunta sin respuesta y un enigma para sí
mismo. Esta es una situación relativamente difundida hoy en el
mundo. Y en este contexto resulta problemática la transmisión de
verdades y, particularmente, de la verdad cristiana. Falta el
vocabulario necesario para que el proceso de la comunicación
llegue a su término: la transmisión de verdades.
Pero la
dificultad no es sólo funcional a los procesos comunicativos
sino que también se hace sentir a nivel teórico y práctico
porque el problema es que al hombre le resulta imposible pensar
fuera del lenguaje. Por eso, en ausencia de un vocabulario de
valores, se elabora otro lenguaje alternativo.
¿Dónde
nace hoy ese lenguaje? Pienso que nace sobre todo en dos
espacios bien definidos: el ámbito científico y tecnológico, y
el campo de la industria de la comunicación. Lo que algunos
autores y académicos llaman el "complejo científico-tecnológico"
se ha convertido en el paradigma dominante de comprensión y
gestión del mundo y, muy a menudo, en el parámetro con que
interpretar y comprender el complejo ámbito de lo humano. El
otro gran espacio en el que los términos de uso común nacen es
el de la industria del entretenimiento sobre todo televisiva y
cinematográfica.
Nadie
niega la eficacia de esos lenguajes en su propia órbita
funcional. Lo impropio de ellos es su uso para gestionar lo
personal y lo humano. Y faltando un lenguaje adecuado, no
podemos pensar sobre nosotros mismos ni sobre nuestra sociedad
si no es con los conceptos insuficientes que nos suministra una
cultura construida en medida substancial con los parámetros del
”quantum” y del “ludens”, es decir de la realidad
mecánico-cuantificable y lúdica.
El clima
cultural hoy reduce la racionalidad a una dimensión simplemente
instrumental, utilitarista, calculadora o
estadístico-sociológica. De este modo, el pensar pierde su
capacidad metafísica y el modelo de las ciencias experimentales
se convierte en el parámetro y el criterio de racionalidad. El
pensamiento, reducido a un estado de debilidad, no puede
entender ya al ser humano si no es desde una perspectiva
relativa y pragmática. Todo, en definitiva, se convierte en
opinión.
Pues bien,
el Pontificado de Juan Pablo II ha emprendido la tarea de
reconstruir aquel vocabulario común que no existe ya en nuestra
época y que, sin embargo, es imprescindible para que pueda
entenderse hoy la realidad humana y el universo de valores
cristianos. Es decir, para que el Evangelio pueda ser primero
entendido y luego aceptado y practicado. La aparente dificultad
formal de algunos de sus documentos tiene una doble explicación:
por un lado, no dar por válido el significado de los términos
del lenguaje común como medio de comunicación; por otro,
razonar desde la raíz de la experiencia humana y cristiana con
el fin de volver a definir cada término. Algo así como el
músico que afina cuidadosamente su instrumento antes de un
concierto, ejercicio sin el cual la disonancia inevitable
malogra cualquier partitura por sublime que sea su concepción.
Este modo
de presentar la verdad cristiana era ya una señal distintiva en
los escritos y la actividad pastoral de Karol Wojtyla y lo ha
seguido siendo en la inmensa obra magisterial de Juan Pablo II.
Cuando en 1960 escribe “Amor y responsabilidad”, se da cuenta de
que algunos conceptos morales allí contenidos, eran difíciles
de entender por la mentalidad moderna faltando una idea
adecuada de quién es la persona humana. Y con esa intención
escribe algunos años después “Persona y acto”, en donde sienta
las bases antropológicas que permiten entender todo lo que la
ética cristiana requiere de la persona humana.
En los
documentos magisteriales de Juan Pablo II esta misma voluntad de
reconstrucción conceptual me parece aún más evidente.
El
carácter sintético de esta reflexión me permite sólo mencionar
dos ejemplos en esta perspectiva.
La
encíclica “Fides et ratio” crea el sistema de referencias
adecuado para enfocar uno de los temas no resueltos de la
modernidad: el pesimismo engendrado por la supuesta incapacidad
de la razón humana para conocer verdades fuera del campo de lo
experimental. Todo lo que hoy no entra en la capacidad de
control de la razón científico-positiva es expulsado del ámbito
racional. Si el único tipo de razón es el modelo de la razón
científico- positiva, cualquier contenido trascendente
pertenecerá al campo de lo subjetivo-intimista. La cuestión de
la verdad absoluta e incondicionada es eliminada de la
investigación cultural y del saber racional. Concretamente, la
pregunta religiosa y su respuesta en la fe, está sólo destinada
recluirse en el ámbito de lo mitológico o del sentimiento
irracional.
En este
paisaje cultural, Juan Pablo II argumenta la capacidad de la
razón humana para alcanzar – de acuerdo con la naturaleza
limitada de lo humano - las verdades fundamentales de la
existencia: la espiritualidad e inmortalidad del alma; la
posibilidad de formular juicios no sólo auténticos, sino sobre
todo verdaderos; la capacidad de captar el bien y de seguir la
norma moral. Es decir, de responder racionalmente a aquellas
cuestiones últimas ante las que el conocimiento
científico-experimental permanece mudo. No es por lo tanto
extraño el interés también académico y alejado de la geografía
católica, con que fue recibido aquel documento.
Tal vez
una de las esferas semánticas a las que el Papa haya dedicado
mayor esfuerzo clarificador sea la del amor humano. Como todos
ustedes saben, uno de los conceptos críticos de nuestra época
es el de la relación amorosa interpersonal y todo lo que con
ella se relaciona, como el tema de la familia, el matrimonio, o
la sexualidad humana.
La
comprensión de la moral cristiana acerca de esas realidades se
hace hoy extraordinariamente difícil como consecuencia de la
confusión antropológica. Lo verdaderamente problemático no es
la estructura de la norma moral sino la debilidad de la
reflexión sobre los conceptos de naturaleza humana y de persona.
Consciente
de esta situación, Juan Pablo II dedicó una larga serie de
audiencias a explicitar detalladamente los fundamentos
antropológicos, filosóficos y escriturísticos del tema del
amor. El resultado fue una obra monumental - “Hombre y mujer los
creó” - en la que se propone una concepción audaz y vigorosa
sobre uno de los temas capitales de nuestra época: la relación
amorosa de las personas humanas.
Por todo
esto, la enseñanza de Juan Pablo II no es la repetición de una
serie de postulados dogmáticos, ni se identifica con la
formulación condensada de un catecismo de afirmaciones. El
mensaje que Juan Pablo II comunica en el campo de la moral, no
carga al hombre de deberes que no entiende, sino que le ayuda a
entender que la aceptación de determinadas responsabilidades
morales es el único modo para llegar a ser lo que se es; es
decir, persona humana.
Naturalmente, esta gigantesca tarea de rehacer los parámetros
conceptuales de una época exigía medios extraordinarios puesto
que de lo que se trataba era de invertir una de las más
populares pretensiones culturales de nuestra época que, como
ustedes saben es la subjetivización del hecho religioso. Y en
esta perspectiva se podría también entender el obstinado viajar
característico de aquel Pontificado. Sus viajes no sólo han
permitido una difusión global de valores sino que, atrayendo
constantemente el interés de los medios, sobre todo de los
electrónicos, han terminado por situar el tema religioso
precisamente en el centro de visión de nuestra época. El hecho
religioso y la pregunta trascendental se hacen, de algún modo,
inevitables.
Quizás su
última gran tarea de rehacer un sistema común de referencias la
haya realizado Juan Pablo II con su ancianidad, su enfermedad y
su muerte. La decadencia biológica del ser humano aparece
silenciada a menudo en nuestro paisaje cultural. Problematizada,
como está, la debilidad física es señalada como escándalo.
Parece como si esas circunstancias – por otro lado universales e
inevitables – fueran un absurdo del que ninguna exégesis podría
extraer sentido alguno para la historia humana. Creo que él ha
transmitido nítidamente la verdad de que la vida humana conduce
a la muerte como a su final pero no como a su sentido último. Es
más, que la vulnerabilidad física y los límites que ella trae
consigo, son una revelación de la estructura de lo humano desde
la que recibe nueva luz el sentido de la responsabilidad de la
propia vida. Y que ignorar esa revelación es lo mismo que
resignarse a vivir en un nivel inferior a lo humano.
Agradezco
de nuevo a la Universidad C. Herrera el honor que me hace y a
ustedes su atención. Gracias.
Dr.
Joaquín Navarro-Valls
Joaquín Navarro Valls
Nació en Cartagena, España, el 16 de Noviembre de 1936.
Inició sus estudios en la "Deutsche Schule" y los estudios
superiores de Medicina en las Facultades de Medicina de Granada
y Barcelona y de Periodismo en la Facultad de Ciencias de la
Comunicación de la Universidad de Navarra. Recibió una beca para
el "International Seminar" de la Universidad de Harvard, USA.
Obtuvo la Licenciatura en Medicina y Cirugía en 1961 y
sucesivamente siguió los cursos para el Doctorado sobre el tema
"Trastornos Psiquiátricos en los Traumatismos Craneales". Fue
ayudante en la Facultad de Medicina. En 1968 obtuvo la
Licenciatura en Periodismo y en 1980 la Licenciatura en Ciencias
de la Comunicación.
Miembro fundador y subdirector de la revista DIAGONAL
(1964). Corresponsal en el extranjero de
Nuestro Tiempo
(1972). Desde 1977 a 1984 fue corresponsal en el extranjero del
diario
ABC
para Italia y el Mediterráneo Oriental (Egipto, Grecia, Israel,
Argelia, Turquía). Enviado especial en los países del África
Ecuatorial, Japón y Filipinas.
Fue miembro del Consejo Directivo (1979) y luego elegido
Presidente de la Asociación de la Prensa Extranjera en Italia en
1983 y 1984.
Desde 1984 es Director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede.
Ha sido miembro de las Delegaciones de la Santa Sede en las
Conferencias Internacionales de las Naciones Unidas en Cairo
(1994), Copenhague (1995), Pekín (1995) e Estambul (1996).
De 1996 a 2001 ha sido Presidente del Consejo de Administración
de la Fundación "Maruzza Lefebvre d'Ovidio" para enfermos
oncológicos terminales.
Ha participado como ponente y moderador en Congresos nacionales
e internacionales de Psiquiatría y en innumerables congresos de
periodismo y técnica de la comunicación.
Desde 1996 es Profesor Visitante en la Facultad de Comunicación
Institucional de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz,
Roma.
Habla Inglés, español, italiano y francés.
Ha publicado diversos libros:
"La manipulación publicitaria", Barcelona 1970;
"La familia y el mundo actual", Barcelona 1976;
"La familia y la educación", Caracas 1978;
"Fumata Blanca", Madrid 1978.
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