Conferencia
del cardenal
J. Ratzinger
En
el encuentro
de
presidentes
de
comisiones
episcopales
de América
Latina
para la
doctrina de
la fe,
celebrado en
Guadalajara
(México).
Noviembre
1996.
Situación
actual de la
Fe y la
Teología
La crisis de
la teología
de la
liberación
En los años
ochenta, la
teología de
la
liberación
en sus
formas
radicales
aparecía
como uno de
los más
urgentes
desafíos
para la fe
de la
Iglesia. Un
desafío que
requería
respuesta y
clarificación,
porque
proponía una
respuesta
nueva,
plausible y,
a la vez,
práctica, a
la cuestión
fundamental
del
cristianismo:
el problema
de la
redención.
La misma
palabra
liberación
quería
explicar de
un modo
distinto y
más
comprensible
lo que en el
lenguaje
tradicional
de la
Iglesia se
había
llamado
redención.
Efectivamente,
en el fondo
se encuentra
siempre la
misma
constatación:
experimentamos
un mundo que
no se
corresponde
con un Dios
bueno.
Pobreza,
opresión,
toda clase
de
dominaciones
injustas,
sufrimiento
de justos e
inocentes,
constituyen
los signos
de los
tiempos, de
todos los
tiempos. Y
todos
sufrimos;
ninguno
puede decir
fácilmente a
este mundo y
a su propia
vida:
detente para
siempre,
porque eres
tan bella.
De esta
experiencia,
la teología
de la
liberación
deducía que
esta
situación,
que no debe
perdurar,
sólo puede
ser vencida
mediante un
cambio
radical de
las
estructuras
de este
mundo, que
son
estructuras
de pecado,
estructuras
de mal. Si
el pecado
ejerce su
poder sobre
las
estructuras,
y el
empobrecimiento
está
programado
de antemano
por ellas,
entonces su
derrocamiento
no puede
producirse
mediante
conversiones
individuales,
sino
mediante la
lucha contra
las
estructuras
de la
injusticia.
Pero esta
lucha, como
se ha dicho,
debería ser
una lucha
política, ya
que las
estructuras
se
consolidan y
se conservan
mediante la
política. De
este modo,
la redención
se convertía
en un
proceso
político,
para el que
la filosofía
marxista
proporcionaba
las
orientaciones
esenciales.
Se
transformaba
en una tarea
que los
hombres
mismos
podían, e
incluso
debían,
tomar entre
manos, y, al
mismo
tiempo, en
una
esperanza
totalmente
práctica: la
fe, de
teoría,
pasaba a
convertirse
en praxis,
en concreta
acción
redentora en
el proceso
de
liberación.
El
hundimiento
de los
sistemas de
gobierno de
inspiración
marxista en
el Este
europeo
resultó ser,
para esa
teología de
la praxis
política
redentora,
una especie
de ocaso de
los dioses:
precisamente
allí donde
la ideología
liberadora
marxista
había sido
aplicada
consecuentemente,
se había
producido la
radical
falta de
libertad,
cuyo horror
aparecía
ahora a las
claras ante
los ojos de
la opinión
pública
mundial. Y
es que
cuando la
política
quiere ser
redención,
promete
demasiado.
Cuando
pretende
hacer la
obra de
Dios, pasa a
ser, no
divina, sino
demoníaca.
Por eso, los
acontecimientos
políticos de
1989 han
cambiado
también el
escenario
teológico.
Hasta
entonces, el
marxismo
había sido
el último
intento de
proporcionar
una fórmula
universalmente
válida para
la recta
configuración
de la acción
histórica.
El marxismo
creía
conocer la
estructura
de la
historia
mundial, y,
desde ahí,
intentaba
demostrar
cómo esta
historia
puede ser
conducida
definitivamente
por el
camino
correcto. El
hecho de que
esta
pretensión
se apoyara
sobre un
método en
apariencia
estrictamente
científico,
sustituyendo
totalmente
la fe por la
ciencia, y
haciendo, a
la vez, de
la ciencia
praxis, le
confería un
formidable
atractivo.
Todas las
promesas
incumplidas
de las
religiones
parecían
alcanzables
a través de
una praxis
política
científicamente
fundamentada.
La caída de
esta
esperanza
trajo
consigo una
gran
desilusión,
que aún está
lejos de
haber sido
asimilada.
Por eso, me
parece
probable que
en el futuro
se hagan
presentes
nuevas
formas de la
concepción
marxista del
mundo. De
momento,
quedó la
perplejidad:
el fracaso
del único
sistema de
solución de
los
problemas
humanos
científicamente
fundado sólo
podía
justificar
el nihilismo
o, en todo
caso, el
relativismo
total.
Relativismo:
la filosofía
dominante
El
relativismo
se ha
convertido
así en el
problema
central de
la fe en la
hora actual.
Sin duda, ya
no se
presenta tan
sólo con su
vestido de
resignación
ante la
inmensidad
de la
verdad, sino
también como
una posición
definida
positivamente
por los
conceptos de
tolerancia,
conocimiento
dialógico y
libertad,
conceptos
que
quedarían
limitados si
se afirmara
la
existencia
de una
verdad
válida para
todos. A su
vez, el
relativismo
aparece como
fundamentación
filosófica
de la
democracia.
Ésta, en
efecto, se
edificaría
sobre la
base de que
nadie puede
tener la
pretensión
de conocer
la vía
verdadera, y
se nutriría
del hecho de
que todos
los caminos
se reconocen
mutuamente
como
fragmentos
del esfuerzo
hacia lo
mejor; por
eso, buscan
en diálogo
algo común y
compiten
también
sobre
conocimientos
que no
pueden
hacerse
compatibles
en una forma
común. Un
sistema de
libertad
debería ser,
en esencia,
un sistema
de
posiciones
que se
relacionan
entre sí
como
relativas,
dependientes,
además, de
situaciones
históricas
abiertas a
nuevos
desarrollos.
Una sociedad
liberal
sería, pues,
una sociedad
relativista;
sólo con
esta
condición
podría
permanecer
libre y
abierta al
futuro.
En el campo
de la
política,
esta
concepción
es exacta en
cierta
medida. No
existe una
opinión
política
correcta
única. Lo
relativo -la
construcción
de la
convivencia
entre los
hombres,
ordenada
liberalmente-
no puede ser
algo
absoluto.
Pensar así
era
precisamente
el error del
marxismo y
de las
teologías
políticas.
Pero, con el
relativismo
total,
tampoco se
puede
conseguir
todo en el
terreno
político:
hay
injusticias
que nunca se
convertirán
en cosas
justas
(como, por
ejemplo,
matar a un
inocente,
negar a un
individuo o
a un grupo
el derecho a
su dignidad
o a la vida
correspondiente
a esa
dignidad); y
al
contrario,
hay cosas
justas que
nunca pueden
ser
injustas.
Por eso,
aunque no se
ha de negar
cierto
derecho al
relativismo
en el campo
socio-político,
el problema
se plantea a
la hora de
establecer
sus límites.
Este método
ha querido
aplicarse,
de un modo
totalmente
consciente,
también al
campo de la
religión y
de la ética.
Trataré de
esbozar
brevemente
los
desarrollos
que en este
punto
definen hoy
el diálogo
teológico.
La llamada
teología
pluralista
de las
religiones
se había
desarrollado
progresivamente
ya desde los
años
cincuenta;
sin embargo,
sólo ahora
se ha
situado en
el centro de
la
conciencia
cristiana
(1). De
algún modo,
esta
conquista
ocupa hoy
-por lo que
respecta a
la fuerza de
su
problemática
y a su
presencia en
los diversos
campos de la
cultura- el
lugar que en
el decenio
precedente
correspondía
a la
teología de
la
liberación.
Además, se
une de
muchas
maneras con
ella, e
intenta
darle una
forma nueva
y actual.
Sus
modalidades
son muy
variadas;
por eso, no
es posible
resumirla en
una fórmula
corta ni
presentar
brevemente
sus
características
esenciales.
Es, por una
parte, un
típico
vástago del
mundo
occidental y
de sus
formas de
pensamiento
filosófico;
por otra,
conecta con
las
intuiciones
filosóficas
y religiosas
de Asia,
especialmente
y de forma
asombrosa
con las del
subcontinente
indio. El
contacto
entre esos
dos mundos
le otorga,
en el
momento
histórico
presente, un
particular
empuje.
Relativismo
en teología:
la
retractación
de la
cristología
Esta
realidad se
muestra
claramente
en uno de
sus
fundadores y
eminentes
representantes,
el
presbiteriano
americano J.
Hick, cuyo
punto de
partida
filosófico
se encuentra
en la
distinción
kantiana
entre
fenómeno y
noúmeno:
nosotros
nunca
podemos
captar la
verdad
última en sí
misma, sino
sólo su
apariencia
en nuestro
modo de
percibir a
través de
diferentes
lentes. Lo
que nosotros
captamos no
es
propiamente
la realidad
en sí misma,
sino un
reflejo a
nuestra
medida. En
un primer
momento,
Hick intentó
formular
este
concepto en
un contexto
cristocéntrico;
después de
permanecer
un año en la
India, lo
transformó
-tras lo que
él mismo
llama un
giro
copernicano
de
pensamiento-
en una nueva
forma de
teocentrismo.
La
identificación
de una forma
histórica
única, Jesús
de Nazaret,
con lo
«real»
mismo, el
Dios vivo,
es relegada
ahora como
una recaída
en el mito.
Jesús es
conscientemente
relativizado
como un
genio
religioso
entre otros.
Lo Absoluto
o el
Absoluto
mismo no
puede darse
en la
historia,
sino sólo
modelos,
formas
ideales que
nos
recuerdan lo
que en la
historia
nunca se
puede captar
como tal. De
este modo,
conceptos
como
Iglesia,
dogma,
sacramentos,
deben perder
su carácter
incondicionado.
Hacer un
absoluto de
tales
mediaciones
limitadas,
o, más aún,
considerarlos
encuentros
reales con
la verdad
universalmente
válida del
Dios que se
revela sería
lo mismo que
elevar lo
propio a la
categoría de
absoluto; de
este modo,
se perdería
la infinitud
del Dios
totalmente
otro.
Desde este
punto de
vista, que
domina más
el
pensamiento
que la
teoría de
Hick,
afirmar que
en la figura
de
Jesucristo y
en la fe de
la Iglesia
hay una
verdad
vinculante y
válida en la
historia
misma es
calificado
como
fundamentalismo.
Este
fundamentalismo,
que
constituye
el verdadero
ataque al
espíritu de
la
modernidad,
se presenta
de diversas
maneras como
la amenaza
fundamental
emergente
contra los
bienes
supremos de
la
modernidad,
es decir, la
tolerancia y
la libertad.
Por otra
parte, la
noción de
diálogo -que
en la
tradición
platónica y
cristiana ha
mantenido
una posición
de
significativa
importancia-
cambia de
significado,
convirtiéndose
así en la
quintaesencia
del credo
relativista
y en la
antítesis de
la
conversión y
de la
misión. En
su acepción
relativista,
dialogar
significa
colocar la
actitud
propia, es
decir, la
propia fe,
al mismo
nivel que
las
convicciones
de los
otros, sin
reconocerle
por
principio
más verdad
que la que
se atribuye
a la opinión
de los
demás. Sólo
si supongo
por
principio
que el otro
puede tener
tanta o más
razón que
yo, se
realiza de
verdad un
diálogo
auténtico.
Según esta
concepción,
el diálogo
ha de ser un
intercambio
entre
actitudes
que tienen
fundamentalmente
el mismo
rango, y,
por tanto,
son
mutuamente
relativas;
sólo así se
podrá
obtener el
máximo de
cooperación
e
integración
entre las
diferentes
formas
religiosas
(2). La
disolución
relativista
de la
cristología
y, más aún,
de la
eclesiología,
se
convierte,
pues, en un
mandamiento
central de
la religión.
Para volver
al
pensamiento
de Hick: la
fe en la
divinidad de
una persona
concreta
-nos dice-
conduce al
fanatismo y
al
particularismo,
a la
disociación
de fe y
amor; y esto
es
precisamente
lo que hay
que superar
(3).
El recurso a
las
religiones
de Asia
En el
pensamiento
de Hick, que
consideramos
aquí como un
representante
eminente del
relativismo
religioso,
se aproximan
extrañamente
la filosofía
postmetafísica
de Europa y
la teología
negativa de
Asia, para
la cual lo
divino no
puede nunca
entrar por
sí mismo y
desveladamente
en el mundo
de
apariencia
en que
vivimos,
sino que se
muestra
siempre en
reflejos
relativos y
queda más
allá de toda
palabra y de
toda noción,
en una
transcendencia
absoluta
(4). Ambas
filosofías
se
diferencian
fundamentalmente
tanto por su
punto de
partida como
por la
orientación
que imprimen
a la
existencia
humana, pero
parecen
confirmarse
mutuamente
en su
relativismo
metafísico y
religioso.
El
relativismo
arreligioso
y pragmático
de Europa y
América
puede
conseguir de
la India una
especie de
consagración
religiosa,
que parece
dar a su
renuncia al
dogma la
dignidad de
un mayor
respeto ante
el misterio
de Dios y
del hombre.
A su vez, el
hacer
referencia
del
pensamiento
europeo y
americano a
la visión
filosófica y
teológica de
la India
refuerza la
relativización
de todas las
figuras
religiosas
propias de
la cultura
hindú. De
este modo,
también a la
teología
cristiana en
la India se
le presenta
como
imperativo
apartar la
imagen de
Cristo de su
posición
exclusiva
-juzgada
típicamente
occidental-
para
colocarla al
mismo nivel
que los
mitos
salvíficos
indios: el
Jesús
histórico
-así se
piensa
ahora- no es
más Logos
absoluto que
cualquier
otra figura
salvífica de
la historia
(5).
Bajo el
signo del
encuentro de
las
culturas, el
relativismo
parece
presentarse
aquí como la
verdadera
filosofía de
la
humanidad;
este hecho
le otorga
visiblemente
-en Oriente
y en
Occidente,
como se ha
señalado
antes- una
fuerza ante
la que
parece que
ya no cabe
resistencia
alguna.
Quien se
resiste, se
opone no
sólo a la
democracia y
a la
tolerancia
-es decir, a
los
imperativos
básicos de
la comunidad
humana-,
sino que
además
persiste
obstinadamente
en la
prioridad de
la propia
cultura
occidental,
y se niega
al encuentro
de las
culturas,
que es
notoriamente
el
imperativo
del momento
presente.
Quien desea
permanecer
en la fe de
la Biblia y
de la
Iglesia, se
ve empujado,
de entrada,
a una tierra
de nadie en
el plano
cultural;
debe, como
primera
medida,
redescubrir
la «locura
de Dios»
para
reconocer en
ella la
verdadera
sabiduría.
Ortodoxia y
ortopraxis
Para
ayudarnos en
este intento
de penetrar
en la
sabiduría
encerrada en
la locura de
la fe, nos
conviene
tratar de
conocer
mejor la
teoría
relativista
de la
religión de
Hick, y
descubrir
por qué
caminos
conduce al
hombre. A
fin de
cuentas, la
religión
significa
para Hick
que el
hombre pasa
de la
«self-centredness»
como
existencia
del viejo
Adán a la
«reality-centredness»
como
existencia
del hombre
nuevo, y de
este modo se
extiende
desde el
propio yo
hacia el tú
del prójimo
(6). Suena
hermoso,
pero,
considerado
con
profundidad,
resulta tan
hueco y
vacío como
la llamada a
la
autenticidad
de Bultmann,
que, a su
vez, había
tomado ese
concepto de
Heidegger.
Para esto no
hace falta
religión.
Consciente
de estos
límites, el
antes
sacerdote
católico P.
Knitter ha
intentado
superar el
vacío de una
teoría de la
religión
reducida al
imperativo
categórico,
mediante una
nueva
síntesis
entre Asia y
Europa, más
concreta e
internamente
enriquecida
(7). Su
propuesta
tiende a dar
a la
religión una
nueva
concreción
mediante la
unión de la
teología de
la religión
pluralista
con las
teologías de
la
liberación.
El diálogo
interreligioso
debe
simplificarse
radicalmente
y hacerse
efectivo
prácticamente,
fundándolo
sobre un
único
principio:
«el primado
de la
ortopraxis
respecto a
la
ortodoxia»
(8). Este
poner la
praxis por
encima del
conocer es
también
herencia
claramente
marxista.
Pero
mientras el
marxismo
concreta
sólo lo que
proviene
lógicamente
de la
renuncia a
la
metafísica
-cuando el
conocer es
imposible,
sólo queda
la acción-,
Knitter
afirma: no
se puede
conocer lo
absoluto,
pero sí
hacerlo. La
cuestión,
sin embargo,
es: ¿es
verdadera
esta
afirmación?
¿Dónde
encuentro la
acción
justa, si no
puedo
conocer en
absoluto lo
justo? El
fracaso de
los
regímenes
comunistas
se debe
precisamente
a que han
tratado de
cambiar el
mundo sin
saber qué es
bueno y qué
no es bueno
para el
mundo, sin
saber en qué
dirección
debe
modificarse
el mundo
para hacerlo
mejor. La
mera praxis
no es luz.
Éste es el
punto
crucial para
un examen
crítico de
la noción de
ortopraxis.
La anterior
historia de
la religión
había
comprobado
que las
religiones
de la India
no conocían
en general
una
ortodoxia,
sino más
bien una
ortopraxis;
de ahí ha
entrado
probablemente
la noción en
la teología
moderna.
Pero en la
descripción
de las
religiones
de la India
esto tenía
un
significado
muy preciso:
se quería
decir que
estas
religiones
no tenían un
catecismo
general
obligatorio
y que la
pertenencia
a ellas, por
tanto, no
estaba
definida por
la
aceptación
de un credo
particular.
Más bien
estas
religiones
tienen un
sistema de
acciones
rituales que
consideran
necesario
para la
salvación, y
que
distingue al
«creyente»
del no
creyente. En
ellas, el
creyente no
se reconoce
por
determinados
conocimientos,
sino por la
observancia
escrupulosa
de un ritual
que abarca
toda la
vida. El
significado
de
ortopraxis,
es decir, el
recto obrar,
está
determinado
con gran
precisión:
se trata de
un código de
ritos. Por
otra parte,
la palabra
ortodoxia
tenía
originariamente,
en la
Iglesia
primitiva y
en las
Iglesias
orientales,
casi la
misma
significación.
Porque en el
sufijo
«doxia», por
supuesto,
doxa no se
entendía en
el sentido
de «opinión»
(opinión
verdadera):
las
opiniones,
desde el
punto de
vista
griego, son
siempre
relativas,
doxa era más
bien
entendido en
su sentido
de «gloria,
glorificación».
Ser ortodoxo
significaba,
por tanto,
conocer y
practicar el
modo justo
con el que
Dios quiere
ser
glorificado.
Se refiere
al culto, y,
a partir del
culto, a la
vida. En
este
sentido,
habría aquí
un punto
sólido para
un diálogo
fructuoso
entre el
Este y el
Oeste.
Pero
volvamos a
la recepción
del término
ortopraxis
en la
teología
moderna. En
este caso
nadie piensa
ya en el
seguimiento
de un
ritual. La
palabra ha
cobrado un
significado
nuevo, que
nada tiene
que ver con
el auténtico
concepto
indio. A
decir
verdad, algo
queda de él:
si la
exigencia de
ortopraxis
tiene un
sentido, y
no quiere
ser la
tapadera de
la carencia
de
obligatoriedad,
entonces se
debe dar
también una
praxis
común,
reconocible
por todos,
que supere
la general
palabrería
del
«centramiento
en el yo» y
la
«referencia
al tú». Si
se excluye
el sentido
ritual que
se le daba
en Asia,
entonces la
praxis sólo
puede ser
comprendida
como ética o
como
política. La
ortopraxis
supondría,
en el primer
caso, un
«ethos»
claramente
definido en
cuanto a su
contenido.
Esto viene,
sin duda,
excluido en
la discusión
ética
relativista:
ahora ya no
hay nada
bueno o malo
en sí mismo.
Pero si se
entiende la
ortopraxis
en un
sentido
socio-político,
vuelve a
plantearse
la pregunta
por la
naturaleza
de la
correcta
acción
política.
Las
teologías de
la
liberación,
animadas por
la
convicción
de que el
marxismo nos
señala
claramente
cuál es la
buena praxis
política,
podían
emplear la
noción de
ortopraxis
en su
sentido
propio. No
se trataba
en este caso
de
no-obligatoriedad,
sino de una
forma
establecida
para todos
de la praxis
correcta -o
sea,
ortopraxis-,
que reunía a
la comunidad
y distinguía
de ella a
los que
rechazaban
el obrar
correcto. En
esta medida
las
teologías de
la
liberación
marxistas
eran, a su
modo,
lógicas y
consecuentes.
Como se ve,
esta
ortopraxis
reposa, sin
embargo,
sobre una
cierta
ortodoxia
-en el
sentido
moderno-: un
armazón de
teorías
obligatorias
acerca del
camino hacia
la libertad.
Knitter se
encuentra en
las
proximidades
de este
principio
cuando
afirma que
el criterio
para
diferenciar
la
ortopraxis
de la
pseudo-praxis
es la
libertad
(9). Pero
todavía
tiene que
explicarnos
de una
manera
convincente
y práctica
qué es la
libertad, y
qué sirve a
la verdadera
liberación
del hombre:
la
ortopraxis
marxista
seguro que
no, como
hemos visto.
Una cosa sin
embargo es
clara: las
teorías
relativistas
desembocan
en el
arbitrio y
se vuelven
por ello
superfluas,
o bien
pretenden
una
normatividad
absoluta,
que ahora se
sitúa en la
praxis,
erigiendo en
ella un
absolutismo
que no tiene
lugar. A
decir
verdad, es
un hecho que
también en
Asia se
proponen hoy
concepciones
de la
teología de
la
liberación
como formas
de
cristianismo
presuntamente
más
adecuadas al
espíritu
asiático, y
que sitúan
el núcleo de
la acción
religiosa en
el ámbito
político.
Donde el
misterio ya
no cuenta,
la política
debe
convertirse
en religión.
Y, sin duda,
esto es
profundamente
opuesto a la
visión
religiosa
asiática
original.
New Age
El
relativismo
de Hick,
Knitter y
teorías
afines se
basa, a fin
de cuentas,
en un
racionalismo
que declara
a la razón
-en el
sentido
kantiano-
incapaz del
conocimiento
metafísico
(10); la
nueva
fundamentación
de la
religión
tiene lugar
por un
camino
pragmático
con tonos
más éticos o
más
políticos.
Pero hay
también una
respuesta
conscientemente
antirracionalista
a la
experiencia
del lema
«todo es
relativo»
que se reúne
bajo la
pluriforme
denominación
de «New Age»
(11).
Para los
partidarios
del New Age,
el remedio
del problema
del
relativismo
no hay que
buscarlo en
un nuevo
encuentro
del yo con
el tú o con
el nosotros,
sino en la
superación
del sujeto,
en el
retorno
extático a
la danza
cósmica. Al
igual que la
gnosis
antigua,
esta
solución se
considera en
sintonía con
todo lo que
enseña la
ciencia y
pretende,
además,
valorar los
conocimientos
científicos
de cualquier
género
(biología,
psicología,
sociología,
física). Al
mismo
tiempo, sin
embargo,
partiendo de
estas
premisas,
quiere
ofrecer un
modelo
totalmente
antirracionalista
de religión,
una moderna
«mística» en
la que lo
absoluto no
se puede