RESEÑA
Autor: René Girard
Título: Veo a Satán caer como el relámpago
Ed: Anagrama, 2002
Por Urbano FERRER
El libro de R. Girard Veo a Satán caer como el relámpago (Anagrama, 2002) se inscribe en el género ensayístico y su temática sui generis pertenece a la Antropología Cultural. Sin embargo, no es una obra al uso, puesto que lo que pretende reiteradamente es probar una tesis, a saber, que el origen de los mitos está en la ocultación de la violencia mimética y que sólo la Sagrada Escritura la ha desvelado, poniendo de manifiesto su engaño intrínseco.
El mito consiste en personificar los acontecimientos naturales y las fuerzas del mal (las Furias, Zeus tonante, Edipo que trae la peste a Tebas, el mendigo responsable de la epidemia en el relato de Apolonio de Tiara…), creando así unanimidad colectiva por contagio, primero en contra y luego a favor de la primitiva víctima, a la que se sacraliza como un héroe o como un dios. El mismo mecanismo actúa cuando se busca un chivo expiatorio que aglutine a las colectividades, como ocurrió en el caso Dreyfus y en el antisemitismo subsiguiente que invadió a toda Europa. Condición para que el mito surta este efecto vinculante es que el apasionamiento mimético no aparezca como tal, originándose una extraña simbiosis entre la víctima y el verdugo.
En contraste con ello, en la Revelación bíblica aparece la verdad de la culpa y la verdad de la víctima, sin confusiones ni solapamientos. No hay ocultamiento de ningún proceso colectivo, sino que “en lugar de escamotear una vez más el secreto del mecanismo victimario, los cuatro relatos de la Pasión lo propagan por los cuatro rincones del mundo y le dan una gigantesca publicidad” (p. 193). Pero los testimonios evangélicos no sólo presentan públicamente la Verdad liberadora del Justo, que se ofrece voluntariamente como víctima en obediencia al Padre eterno, sino que a la vez derrotan a la aparente fuerza de la violencia ciega poniendo en evidencia sus fingimientos.
El autor encuentra en Satán las mismas características de los mitos: ser mentiroso, homicida, príncipe de este mundo…, sólo vencido por la verdad de la Cruz que él mismo contribuye a instaurar. Dios ha triunfado desde el instrumento de condena urdido por sus verdugos. Este poder incólume es inherente a la representación de la verdad: pues en él no es la violencia ciega la que hace aparecer una verdad ilusoria, sino que es la verdad la que desenmascara las ilusiones que provoca la violencia ciega. “La condición sine qua non para que el mecanismo victimario se imponga en un texto es que no aparezca en él como una cuestión explícita. Y lo contrario es igualmente cierto. Un mecanismo victimario no puede dominar un texto —los Evangelios— donde aparece explícitamente” (p. 191). Consecuencia de ello es que, frente al consenso sin fisuras en la persecución de las víctimas, el judaísmo y el cristianismo la desautorizan, provocando el disenso.
A la anterior exégesis del diablo le sigue una exégesis del Anticristo, el cual estaría presente en las formas paganas contemporáneas que pretenden hacer suya la preocupación por las víctimas que es originaria del Cristianismo. Esta preocupación auténtica y sana es un absoluto moral que ha sobrevivido a las interpretaciones deconstruccionistas, propugnadas por los seguidores de Nietzsche; pero cuando disfraza su propio origen, se convierte en cómplice de la victimación y opera del mismo modo que los mitos.
La tesis es sugerente y presenta distintas variantes que R. Girard examina. Cabe objetarle su simplificación, al querer explicar desde los mitos la cohesión de las sociedades entendida al modo durkheimiano y al dar una única explicación —desde la violencia— de la formación de los mitos. Es sintomática la escasez de ejemplos históricos de lo que con alcance general quiere probar (se podría aquí decir lo de que “quid nimis probat, nihil probat”). Por otro lado, la exégesis que se hace de Satán es a veces incompatible con su realidad personal, aunque acierte en aspectos parciales.
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