Pedro y sus sucesores
Autor: Antonio Orozco Delclós
Lugar: Arvo.net
Fecha: 28.06.2008
El conocido profesor luterano W. Pannenberg, en un coloquio celebrado hace años en una Facultad teológica española, contestaba así a una pregunta sobre el papado: «la necesidad de un ministerio de unidad en la Iglesia es algo tan evidente que las negativas protestantes no debían mantenerse por más tiempo». El Papa es principio, fundamento y unidad de todo el Pueblo de Dios. Es lógico que sea así y además es una verdad definida por el Concilio Vaticano I (Const. Pastor Aeternus, 2), vivida desde el comienzo de la Iglesia. No es momento ahora de pormenorizar sino de ponderar cuatro pinceladas que han puesto algunos santos en la Historia de la Iglesia sobre el Sucesor de Pedro, que pueden ayudarnos a ver y a escuchar mejor al Romano Pontífice.
Podemos comenzar por San Lucas: «estaba Pedro diciendo estas cosas cuando el Espíritu Santo descendió sobre todos los que escuchaban la Palabra» (Hch 10, 44). Viejas o nuevas, las palabras del Sucesor de Pedro, gozan siempre de la asistencia prudencial del Espíritu Santo y los oídos atentos se ven enriquecidos con luces y mociones siempre elevantes. Escribió Antonio Machado:
-Ya se oyen palabras viejas
-Pues aguzad las orejas
En segundo lugar, San Agustín, a quien tanto quiso Lutero. Escribió el Obispo de Hipona que al instituir el primado del Romano Pontífice, Jesucristo «quiso fortalecer de antemano nuestros oídos contra los que, según Él mismo advirtió, se habrían de levantar a lo largo de los tiempos, diciendo ved aquí a Cristo, miradlo allá (Mt. 24, 23). Y nos mandó que no les diésemos crédito. No tendríamos excusa alguna si no hiciéramos caso a la voz del Pastor, tan clara, tan abierta, tan palmaria, que ni el más miope o torpe de inteligencia puede decir: no he entendido" (S. AGUSTIN, De unitate Ecclesiae, II, 28).
Hipérbole escalofríante
En tercer lugar, continuamos con una santa doctora de la Iglesia, que vivió una de las épocas más conflictivas de la Historia de la Iglesia, cuando se llegó a la situación –hoy impensable- en la que había dos presuntos papas. No sucedía que el pueblo cristiano pensara que pudiera haber varios, sino que las circunstancias eran tan confusas que no se sabía bien quién era el legítimo y verdadero. Pero una cosa tenía muy clara Catalina de Siena: el Papa, fuera quien fuese, era el dispensador supremo de la Sangre redentora de Cristo, al extremo que escribió de un modo tremendamente gráfico y escalofriante, refiriéndose naturalmente a los cristianos: «Aquél que se aleja del Papa o atenta contra él es un insensato, pues el Papa es quien tiene las llaves de la Sangre de Cristo crucificado. Por eso, aunque fuese un demonio encarnado, no debo levantarme contra él, sino humillarme siempre e implorar esa sangre de su misericordia; pues de otra suerte no podríamos tener ni participar el fruto de la Sangre»( Cfr Giorgio Papasogli,Catalina de Siena, reformadora de la Iglesia, Madrid 1980, p. 117).
A la vez, la doctora de Siena no se mordía la lengua. Con toda piedad, ternura y fortaleza, manifestaba a su dulce Cristo en la tierra lo que consideraba deber del Pontífice. Esto es la cabal actitud del cristiano, la más profunda y sincera adhesión al Papa, hecha de fe y amor teologales. «Quiero – le decía en su oración a Cristo Jesús- que tu vicario sea otro tú, porque necesita más luz que los otros, ya que debe alumbrar a los demás» (Obras, Madrid 1980, pp. 461-469).
«¡Aunque fuera un demonio encarnado!». Hasta ahí no llegará la historia. Pero Dios puede escribir letra inglesa con la pata de una mesa y superar con una escoba Las Meninas de Velázquez o Las hilanderas y servirse de Satanás para el bien de los que le aman. Ahora bien, es preciso agradecer al Espíritu Santo que en estos tiempos de tan dura prueba para la Iglesia, haya querido poner al frente, como cabeza visible, un instrumento de primera; una singular inteligencia, especulativa y práctica, capaz de pasearse como en casa propia por las honduras de las inteligencias más poderosas de esta época y penetrar en los entresijos del corazón del hombre concreto, el de carne y hueso, que constituye su primordial interés. Un Papa sensible a los toques del Paráclito y capaz de sorprendentes síntesis que impulsan hacia progresos quizá insospechados en teología católica y filosofía cristiana. Benedicto XVI no es solo un hombre de hoy; es un hombre que «hace el hoy». Benedicto XVI, como Juan Pablo II, no dice lo que la gente quiere oír, sino lo que necesita oír. Y esto es, a la postre, lo que agradece la gente abierta a la verdad.
Sin embargo, por encima de todo, Benedicto XVI es el Papa. Su autoridad no es la que se funda en el poder pensante de un genio alemán llamado Joseph Ratzinger, sino la que procede del carisma del Espíritu Santo, que asiste siempre de modo singular al Sucesor de Pedro.
Llaves pesadas
Benedicto XVI, hoy personifica a Cristo, y Cristo es signo de contradicción. «Qué pesadas son estas llaves que vienen de las manos de Pedro a nuestras débiles manos!» exclamaba Pablo VI. «¡Qué pesadas de llevar y cuánto más de manejar!». Se entiende muy bien, sobre todo en un mundo que tan a menudo prefiere las tinieblas a la luz. Es pues menester que todos sus hijos ayudemos al Papa a llevar su cruz. «Rogad por mí, mis muy queridos en el Señor», suplicaba Juan Pablo II en la catedral de Brazzaville (1980). Benedicto XVI no cesa de hacer otro tanto.
Iglesia romana
En cuarto lugar, llegamos al siglo XX: «Esta Iglesia católica es romana –decía San Josemaría Escrivá- Yo saboreo esta palabra: ¡romana! Me siento romano, porque romano quiere decir universal, católico; porque me lleva a querer tiernamente al Papa, il dolce Cristo in terra, como gustaba repetir Santa Catalina de Siena, a quien tengo por amiga amadísima». Estas palabras del Fundador del Opus Dei me traen al recuerdo su voz entrañable, cuando le oía decir -yo recién llegado a Roma, vacante la sede de Pedro en octubre de 1958- que rezáramos mucho por el Papa que había de venir, porque, sin saber aún quién sería, ya le queríamos con toda el alma, fuera quien fuese.
El amor del cristiano al Papa ha de estar inspirado por la fe y el amor teologal. La recepción entusiasta, exultante -incluso clamorosa, multitudinaria- al Papa no es culto a la personalidad de un hombre excepcional, sino -como se ha dicho con acierto- «el vehículo del amor a Cristo, el amor a lo esencial o la esencialidad del amor».
Obras son amores
Obras son amores. Lo primero es rezar. Todos podemos facilitar la colosal tarea del Papa con nuestra oración, en sus múltiples modalidades. La Santa Misa, de infinito valor; el Santo Rosario, arma poderosa contra las fuerzas del mal y vigoroso imán de la gracia divina; ratos más o menos largos de petición ante el Sagrario; horas de trabajo bien hecho, con sacrificio ofrecido por la persona e intenciones del Romano Pontífice; sucesivas e incesantes conversiones que culminen en el sacramento de la reconciliación. Y un quehacer de suma importancia, difundir su Magisterio. Primero, conocerlo bien, estudiarlo a conciencia, cada uno según su capacidad, ponderarlo en el corazón, bebiendo en la misma fuente (no vaya a ser que conozcamos al Papa y su doctrina a través de los medios de contaminación social); sabiendo entender bien la verdad que transmite e interpreta con autoridad apostólica. Ante el Romano Pontífice como tal, todos somos discípulos, incluidos los más eruditos teólogos. Es él quien tiene, recibidas del Logos en persona, las llaves de la Sangre redentora de Cristo y de la sabiduría cristiana.
Su soberanía no es absoluta
Finalmente, no estará de más recordar lo que el propio Benedicto XVI entiende como esencia del Primado del Papa: no se trata de un simple primado de honor, por supuesto, pero tampoco –nos dirá– de una soberanía absoluta. Son palabras precisas, medidas, de la homilía que pronunció al tomar posesión de la Cátedra del Obispo de Roma en la Basílica de San Juan de Letrán:
«El obispo de Roma se sienta en su cátedra para dar testimonio de Cristo. De este modo, la cátedra es el símbolo de la «potestas docendi», esa potestad de enseñanza que constituye una parte esencial del mandato de atar y desatar conferido por el Señor a Pedro y, después de él, a los Doce. (…) Esta potestad de enseñanza da miedo a muchos hombres dentro y fuera de la Iglesia. Se preguntan si no es una amenaza a la libertad de conciencia, si no es una presunción que se opone a la libertad de pensamiento. No es así. El poder conferido por Cristo a Pedro y a sus sucesores es, en sentido absoluto, un mandato a servir. La potestad de enseñar, en la Iglesia, comporta un compromiso al servicio de la obediencia a la fe. El Papa no es un soberano absoluto, cuyo pensamiento y voluntad son ley. Por el contrario, el ministerio del Papa es garantía de la obediencia a Cristo y a su Palabra. Él no debe proclamar sus propias ideas, sino vincularse constantemente y vincular a la Iglesia a la obediencia a la Palabra de Dios, ante los intentos de adaptarse y aguarse, así como ante todo oportunismo (…) En sus grandes decisiones, el Papa es consciente de estar ligado a la gran comunidad de la fe de todos los tiempos, a las interpretaciones vinculantes desarrolladas a través del camino de peregrinación de la Iglesia. De este modo, su poder no está por encima, sino que está al servicio de la Palabra de Dios, y sobre él pesa la responsabilidad de hacer que esta Palabra siga haciéndose presente en su grandeza y resonando en su pureza, de manera que no se haga añicos con los continuos cambios de las modas.»
Los católicos podemos estar bien tranquilos y gozosos. Nada de voluntarismos o arbitrariedades. Razón y Fe; Fe y razón. El Papa no es un soberano absoluto. ¿Por qué el Papa no cede en la indisolubilidad del matrimonio? ¿Por qué no permite el aborto voluntario? ¿Por qué no acepta la eutanasia (suicidio asistido)? ¿Por qué…?. Porque no es soberano absoluto. Porque no es el Creador, ni el autor de la vida ni de la muerte, ni de los sacramentos, ni del Evangelio, ni de la Iglesia, ni de la familia, ni del sexo… Es sencillamente el Sucesor de Pedro, el Vicario de Cristo en la tierra.
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DOCUMENTACIÓN:
-José Orlandis, "El pontificado romano en la historia", Palabra, Madrid, 1996, p. 281.
ENLACES RELACIONADOS:
-Catequesis de Benedicto XVI, sobre San Pedro (en las Audiencias generales)
-Catequesis de Juan Pablo II (Audiencias generales, noviembre 1992-marzo 1993) vd www.vatican.va
-Congregación para la Doctrina de la Fe,
"El primado del sucesor de Pedro en el misterio de la Iglesia"
-José Ramón Villar, "El primado del Papa: lo esencial y lo mudable",