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LA VIDA DE UNA MUERTE (Antonio Orozco Delclós)

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SOTERIOLOGÍA, RESURRECCIÓN: LA VIDA DE UNA MUERTE El Código da Vinci

LA VIDA DE UNA MUERTE



No tratamos de una muerte cualquiera; ésta es absolutamente singular e irrepetible; un hecho histórico, sucedido en el tiempo, pero también transhistórico, insertado en la eternidad de la Vida de Dios-Hijo.

Por Antonio Orozco Delclós
 

 

El fundamento de la fe cristiana es la resurrección de Jesús de Nazaret. Ninguna otra religión de cierta entidad en la Historia pretende algo semejante de su fundador. En cambio, la historia más crítica reconoce no sólo la existencia de Cristo, sino también el testimonio del hecho de su resurrección: centenares de testigos fiables lo vieron muerto,  enterrado y a los tres días vivo. Con la resurrección – obra sólo posible para Dios - sus palabras más comprometidas quedan avaladas por el Padre: “Yo y el Padre somos uno”, “Yo soy el camino, la verdad y la vida”

 

LA MUERTE DE LA VIDA

 

Cristo es el Verbo, en quien reside la Vida, hecho carne (carne mortal). Por afirmarse Dios, los príncipes del pueblo le torturan hasta la muerte, muerte de cruz. En la mañana de Pentecostés Pedro hace saber: «Habéis matado al Autor de la vida» (Act 3, 15). Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre. La Divina Esencia no puede morir, la naturaleza humana sí. Muere en la cruz la humanidad de Cristo, no en su Divinidad, pero la Encarnación del Verbo es real y la Persona del Verbo encarnado, única, la Segunda de la Trinidad. Por eso es verdad rigurosa que Dios Hijo nace en Belén, trabaja en Nazaret, ríe y llora, sufre la Pasión y realmente muere en la tortura de la cruz. Allí quien muere es realmente una persona y esa persona es divina, la Segunda: afirmación consecuente al misterio de la Encarnación.

 

La muerte real es la separación del alma respecto al cuerpo; cuando acontece, el alma pasa a vivir en otro estado, aguardando la prometida resurrección del cuerpo. Pervive el alma, se marchita el cuerpo. Ahora bien, si quien muere «es» la «Vida», ¿cómo puede morir?

 

No tratamos ahora de una muerte cualquiera, ésta es absolutamente singular e irrepetible; un hecho histórico, sucedido en el tiempo, pero también transhistórico, por ser del Verbo, insertado en la eternidad de la Vida de Dios-Hijo. ¿No podrá decirse, pues, que es una muerte «vivida por la Vida» y, por tanto, que no muere, que no puede abandonarse sin más al pasado? ¿No cabe afirmar que se trata de una muerte inmortal y que vivirá siempre? No en cuanto destrucción sino en cuanto acto, precisamente del Verbo hecho carne.

 

La revelación enseña que la muerte de Cristo no se limita a ser sufrida o padecida, es una muerte libérrima, acontecida y asumida con plena voluntariedad por parte de la Persona que muere y posee un absoluto dominio de la vida y de la muerte. «Se entregó porque quiso» [Cfr. Is 53,7]. Es una muerte por amor perfecto y pleno. No es una mera pasión, es una muerte sumamente activa y perfectiva (con ella se perfecciona y llega a su colmo el amor de Cristo). Lo que hubo de «pasión pasiva» y por sí misma destructiva, pasó; pero lo que hubo de «acto» no pasa; y esto, el acto, es una realidad compatible con la actualidad del Verbo y la eternidad de Dios (Dios, dicen filósofos y teólogos, es Acto puro de Ser). La muerte de Cristo en cuanto acto es perfectamente compatible con el Acto puro que es Dios. Y así, nos parece, cabe expresar la enseñanza de la Iglesia sobre el misterio de la persistencia de todos los actos de Cristo, incluido el de su muerte, que encuentra feliz expresión en el Catecismo de la Iglesia Católica:

 

«Durante su vida terrestre Jesús anunciaba con su enseñanza y anticipaba con sus actos el misterio pascual. Cuando llegó su Hora (cf Jn 13,1; 17,1), vivió el único acontecimiento de la historia que no pasa: Jesús muere, es sepultado, resucita de entre los muertos y se sienta a la derecha del Padre "una vez por todas" (Rm 6,10; Hb 7,27; 9,12). Es un acontecimiento real, sucedido en nuestra historia, pero absolutamente singular: todos los demás acontecimientos suceden una vez, y luego pasan y son absorbidos por el pasado. El misterio pascual de Cristo, por el contrario, no puede permanecer solamente en el pasado, pues por su muerte destruyó a la muerte, y todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente presente. El acontecimiento de la Cruz y de la Resurrección permanece y atrae todo hacia la Vida» [1].

 

LA VIDA DE UNA MUERTE

 

Si Quien muere es la Vida no puede no puede dejar a la muerte como era. Cabe esperar, como así es, que la transmute en manantial de vida. El Hijo de Dios Padre sólo podía morir – si nos está permitido hablar así - llenando de Vida a la muerte que padeció. Los actos humanos de Cristo, una vez realizados quedan unidos íntimamente al Verbo, son estrictamente hablando actos del Verbo. Si la muerte es del Verbo, la muerte queda unida al Verbo para siempre. Si tal muerte queda unida para siempre al Verbo, sólo puede quedar como perfección o acto perfectivo. Perfectivo ¿para quién? Por de pronto para el hombre-Dios, Cristo Jesús, quien por amor al Padre y a cada hombre en particular ha llegado hasta la muerte y muerte de cruz. Pero también para todos aquellos que se unan de algún modo a esa muerte vivificante.

 

Queda ahora responder a la pregunta: ¿cómo puedo unirme yo a la muerte de Cristo Jesús?  Respuesta: de la manera que Él disponga, en coherencia con su misterio de salvación. Y lo que ha dispuesto es: «el que come mi carne y bebe mi sangre, no morirá, vivirá para siempre». La Eucaristía es la incorporación perfecta a la vida del Cuerpo entregado y de la Sangre derramada, vida del Cuerpo de la Persona que murió y resucitó, que murió de muerte vivificante: muerte-pascua, muerte-tránsito a la Resurrección gloriosa. En la Eucaristía –confeccionada en la Misa - se encuentra en plenitud el Misterio pascual, es decir, el «Acontecimiento Cristo», esto es, el misterio de la Encarnación – Pasión – Muerte – Resurrección – Ascensión (Glorificación).

 

El medio establecido por el mismo Jesucristo es el Bautismo, puerta de todos los sacramentos, anticipo incoativo de la incorporación a la Muerte vivificada y vivificante en virtud de la Vida de Cristo, poseída en comunión con el Padre y el Espíritu Santo.

¡Cuánta Vida había -y hay- en esa Muerte! Tanta, tanta, que nunca podrá morir. Esta Muerte ¡vive!, porque es la Muerte de Dios, Dios Hijo, el Unigénito del Padre. (¡Cuán irrisoria resulta la nietzscheana «muerte de Dios» al lado de la verdadera!)

 

 

LA VICTORIA SOBRE LA MUERTE

 

Al tercer día el Padre resucita a Jesús. ¡Cristo vive!, es el clamor pascual. No sólo en espíritu sino también en carne.  «La muerte ha sido absorbida por la victoria» [2], exulta San Pablo. Cristo ha destruido la muerte venciendo a quien la implantó en el mundo [3]. «¿Dónde está muerte tu aguijón?» [4], ironiza el Apóstol. La muerte se ha visto sorprendida por quien había «recibido la llave de la muerte y del Hades» [5]. Estaba escrito: «seré tu muerte, ¡oh, muerte!» [6].

 

En el diseño de la redención estaba bien trazado que Jesús resucitaría pronto, no fuéramos a pensar que no tuviera remedio la muerte; que no hubiese posibilidad de resurrección. La carne de Cristo (su cuerpo) ha sido vivificada, como nunca lo había sido antes, por el Espíritu. «El que me come, vivirá por mí». En Cristo habitaba ya la plenitud de la Divinidad corporalmente, pero convenía que el Verbo no desplegase todo su poder hasta haberlo «conquistado», burlando a la muerte ante el mundo.

 

El primer Viernes Santo contempla estremecido a Cristo en la cruz. La narración evangélica es de una historicidad escueta, cuenta con asombrosa sencillez el drama del Calvario en brevísimas palabras, exentas de retórica y de cualquier adorno literario. Testimonia que Jesús ha muerto, éste es el hecho, en un patíbulo. Pero la inteligencia y el corazón cristiano, como es natural, desea penetrar en la realidad tremenda. Intuye que es un abismo que no podrá nunca abarcar y a la vez –intus legit— columbra un misterio de dimensión estrictamente infinita. No se puede racionalizar. No hay contradicción, sino misterio. No es oscuridad, sino luz deslumbrante, que requiere cautelas del mirar; que sólo puede contemplarse con los ojos entreabiertos, para que no deslumbre tanta luz. Pero la dificultad no ha de ser paralizante, sino espolón del pensamiento y del afecto. Nos es lícito y necesario procurar la mayor inteligencia posible del misterio, buscando los medios más adecuados, apelando incluso a las famosas "razones del corazón que la razón no entiende".

 

Entonces se intenta la narración alegórica y hallamos en la literatura cristiana textos de penetrante agudeza. La vida lucha con la muerte como si se tratara de dos púgiles reales, como si la Vida fuera una persona y la muerte otra. Lo primero es verdad; lo segundo no: la muerte no es una persona, aunque a veces Pablo se dirige a ella como si lo fuera.

 

La muerte y la vida luchándose están.

Maravilla de juego mortal....

Luchan vida y muerte

en singular batalla.

La muerte, en huida,

ya va malherida.

Y muerto el que es la vida

triunfante se levanta [7].

 

Decid a los muertos:

«¡Renace la vida,

y la muerte ya va vencida!» [8].

 

Vi los cielos nuevos

y la tierra nueva.

Cristo entre los vivos,

y la muerte muerta [9].

 

La muerte es el extremo del desfallecer de una vida que se ha autoexcluido originalmente de su unión con la Vida. A su vez, el pecado transmitido por Adán manifiesta la honda solidaridad de todos los humanos. Es otro misterio que ahora sólo podemos dejar apuntado. En rigor lo que hace Cristo es luchar con la causa de la muerte, es decir, con la fuerza opuesta al Amor de Dios, la gran estupidez llamada soberbia. Así como la fuerza de la gravedad hace caer los cuerpos hacia abajo, la fuerza del pecado rompe la comunión con Dios Vida. El efecto propio del alejamiento de Dios es la muerte. Para vencerlo, para tirar de nuevo hacia arriba a la Humanidad, desciende Dios hasta la más débil fragilidad, no por flaqueza de espíritu, sino por humildad infinita, por disponibilidad sin reservas a la voluntad del Padre, hasta la muerte y muerte de cruz.

 

UN NUEVO ABRAZO DEL PADRE Y DEL HIJO

 

«Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por los amigos» [Jn 15, 13]. La Cruz es la plenitud de amor del corazón humano al Padre y a la entera humanidad. Es el encuentro del amor sin medida del Hijo del hombre con el amor infinito del Padre, en el Espíritu Santo. El Hijo pone en el Padre su espíritu, es decir, todo su ser, todo su haber, toda su obediencia, toda su adoración, todo su sacrificio, todo su dolor, todo por amor. Padre e Hijo se funden en un nuevo abrazo. Nuevo, porque el Hijo llega de vivir hasta el fondo la plena existencia humana, hasta el morir. Ha experimentado en su carne, en su sangre y en sus huesos, en la asfixia de sus pulmones, en la angustia de la más profunda depresión, lo que es obedecer hasta la muerte. Es un abrazo inmenso que no impiden, al contrario, los clavos que hienden sus pulsos. Es el encuentro supremo del amor humano con el amor divino. Es el abrazo por el que ha luchado Cristo hasta el fin, el más suave e impetuoso éxtasis de amor que satisface y compensa por todos los dolores. Es el abrazo que atrae todos los corazones que saben amar un poco de veras. Es el abrazo en el que se encuentran todos los enamorados de Dios en Cristo y su Espíritu. Es la fuerza irresistible, más que todas las fuerzas cósmicas juntas, que anunció Jesús refiriéndose a la muerte con que había de morir: «cuando yo sea alzado en lo alto de la tierra, todo lo atraeré hacia mí» [Jn 12, 32]. Es el nuevo centro de gravedad de toda la creación, en el cual se encuentra nuestra salvación, nuestra vida, nuestra resurrección.

 

Al dejarse atraer por el nuevo y sublime magnetismo, el cristiano consciente, encuentra en la cruz... ¡la felicidad! Es una de las grandes experiencias enseñadas por san Josemaría Escrivá: «¡Con qué amor se abraza Jesús al leño que ha de darle muerte! ¿No es verdad que en cuanto dejas de tener miedo a la Cruz, a eso que la gente llama cruz, cuando pones tu voluntad en aceptar la Voluntad divina, eres feliz, y se pasan todas las preocupaciones, los sufrimientos físicos o morales? Es verdaderamente suave y amable la Cruz de Jesús. Ahí no cuentan las penas; sólo la alegría de saberse corredentores con El» [Via Crucis, II]. Y en su locura, llegará el santo a afirmar con pasmosa naturalidad que la cruz es... ¡lugar de descanso!, porque «Tener la  Cruz, es tener  la alegría: ¡es  tenerte a Ti, Señor!» [Forja, 766]. De ahí la protesta que sale de su experiencia riquísima: «¡Sacrificio,  sacrificio! -Es  verdad que  seguir a Jesucristo -lo ha dicho El- es llevar  la Cruz. Pero no me gusta oír a las almas que aman al Señor hablar tanto de cruces y de renuncias: porque, cuando hay Amor, el sacrificio es gustoso -aunque cueste- y la cruz es la Santa Cruz.  /  -El  alma  que sabe  amar  y  entregarse  así, se colma de  alegría y de  paz. Entonces, ¿por  qué insistir en "sacrificio", como buscando consuelo,  si la Cruz de Cristo -que es tu vida- te hace feliz? [Surco 249].

 

Todo lo aquí dicho se cumple plenamente en la Misa, Sacrificio eucarístico, presencia viva – con toda su fuerza redentora - de la gloriosa Muerte de Cristo resucitado. En cada Misa, la Iglesia entera se funde en el abrazo de Dios Padre y Dios Hijo en el Espíritu Santo. La Misa: pervivencia de la gran Muerte, actualidad activa del sacrificio humano y divino del Calvario; fuente de vida eterna, imán irresistible, abrazo inmenso de la Trinidad con todos y cada uno de los miembros de la Iglesia, al que están llamados todos los hombres; éxtasis –sin espectacularidad- de amor divino y de amor humano.

 

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[1]       CEC, n. 1085. El subrayado es nuestro.

[2]       1 Cor 15,54: Absorta est mors in victoria.

[3]       2 Tim 1, 10: Manifestata est autem nunc per iluminationem salvatoris nostri Iesu Christi qui destruxit quidem mortem inluminavit autem vitam et incorruptionem per evangelium.

[4]       1 Cor 15, 55: Ubi est mors victoria tua, ubi est mors stimulus tuus?

[5]       Apc 1, 18.

[6]       Os 13, 14 Vg; cf 1 Cor 15, 55; citado por Juan Pablo II, DV 31.

[7]       Lit. Hor., Himnos comunes del Tiempo Pascual, Laudes, I y II.

[8]       Ibid., II.

[9]       Ibid., Vísperas, III.

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Publicada en ESCRITOS ARVO, Suplemento de abril 2002.

Ampliada en esta edición digital el 24.III.2002.

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